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Phoenix.G.Fawkes
Author of 84 Stories

Rated: K+ - Spanish - Romance/General - Alice L. & Frank L. - Reviews: 91 - Updated: 06-09-08 - Published: 02-22-08 - id:4088479

Advertencia: Femslash (suave). NO HAY INCESTO. Aclaro por las dudas.


Padma Patil

Música: Canción desesperada – La Oreja de Van Gogh

Cuando la voz atronadora del Sombrero Seleccionador resuena por todo el Gran Salón, el corazón de Padma da un vuelco. Gryffindor se escucha, y son diez letras, tres sílabas, una palabra que cambiarán su vida para siempre. La profesora McGonagall le quita el Sombrero a la niña de largos cabellos oscuros, y sus ojos castaños buscan inmediatamente los de Padma. Hay una mirada aprensiva, casi asustada en su rostro y se le hace un nudo en el estómago, porque se supone que su hermana es la chica que no le tiene miedo a nada y ahora se pregunta cómo no se lo vio venir antes.

Padma le sonríe débilmente y toda su fuerza se pierde en esa sonrisa, pero vale la pena porque Parvati le muestra el pulgar levantado y camina hacia su mesa – que nunca será la de Padma – un poco más animada. La ve sentarse entre una chica de pelo rubio oscuro y otra de enmarañado pelo castaño, saludando a una y a otra con una sonrisa algo forzada y Padma siente deseos de llorar.

- Oye, ¿te sientes bien?

Padma gira la cabeza para encontrarse con los ojos desvaídos de Brocklehurst, Mandy, que la mira con un poco de preocupación. Se muerde el labio y trata de tragarse el nudo que tiene en la garganta.

- Sí, claro. Es que...

- Tu hermana no está en la misma casa que tú.

Padma asiente, agradecida de no tener que decir las palabras en voz alta. Mandy la mira un momento, pensativa, y luego apoya una mano en su hombro.

- No te preocupes. La seguirás viendo un montón aunque no estén en la misma casa, ya vas a ver.

Las palabras tranquilizadoras de Mandy no le sirven de mucho consuelo, sin embargo, cuando se encuentra sola en su cama de dosel azul oscuro y ni siquiera el cielo estrellado que se ve por el gran ventanal consigue calmar sus confusos pensamientos. Sabe que las demás chicas tampoco pueden dormir, pero a diferencia de ellas Padma no está nerviosa o entusiasmada por el día siguiente, ni extraña su casa o sus padres. En cambio, Padma no puede evitar pensar que su nueva habitación es demasiado grande y solitaria aunque la comparta con otras cuatro chicas, porque es la primera vez que Parvati no está allí con ella para intercambiar confidencias y risas bajo las mantas antes de dormir, y unas cuantas lágrimas silenciosas se deslizan por su almohada antes que pueda conciliar el sueño.

-

Es difícil, muy difícil esa primera semana. Con tristeza las hermanas Patil descubren que sólo compartirán las clases de Astronomía y nada más. Todavía pueden compartir los recreos, cierto, pero para dos niñas que jamás se han separado desde el día en que nacieron no es suficiente. A Padma le cuesta dormirse por las noches porque no está su hermana allí para espantar las sombras con sus risas, no está acostumbrada a sentarse con otra chica en clase y se siente sola en la sala común, porque Parvati siempre fue la que hacía nuevos amigos y se los presentaba a su hermana, y ella nunca se acostumbró a hacer amigos por su cuenta. Y son los pequeños detalles los que más le duelen. Ya no tiene que levantarse diez minutos antes para sacudir a Parvati de la cama a tiempo, nadie dibuja caricaturas de los profesores en su rollo de pergamino, ya no tiene a quien darle el detestado tomate de su ensalada. Cada pequeña ausencia de su hermana es una cuchilla de aire gélido que le entra en el pecho, que se convierte en una casa de grandes habitaciones vacías con ecos resonando donde antes se escuchaban voces y risas.

Para Parvati parece ser mucho más fácil. La ve de lejos a veces, riéndose con sus compañeros en la mesa de Gryffindor, susurrando al oído de la chica de pelo rubio oscuro, y Padma puede sentir la distancia entre ellas crecer, como si la antigua camaradería que las unía fuese la sombra de un barco perdiéndose en el horizonte, dejándola sola en el muelle esperando por lo que no volverá.

El viernes de esa primera semana llega un paquete desde casa, y en la tarjeta dice: “para nuestras niñas” porque así han sido siempre para sus padres: “las niñas”, no Parvati o Padma, porque siempre han sido dos mitades de un par.

Abren la caja juntas, entusiasmadas al encontrar los pequeños tesoros preparados por sus padres y tíos. Tinta que cambia de color, hebillas para el pelo, varitas de regaliz y ranas de chocolates a montones, fotos y tarjetas llenas de buenos deseos y consejos. Se ríen al recordar anécdotas con sus primos, se manchan los dedos de chocolate y tratan de decidir qué es lo que más extrañan de casa. En un abrir y cerrar de ojos, es como si toda la última semana no hubiera tomado lugar, como si un trozo de paño negro no hubiera separado sus destinos para siempre, como si los colores que llevan en su pecho no marcaran caminos distintos para ambas. Y quizás no lo hagan, porque en ese momento, tiradas de cualquier manera en el pasto, mordisqueando varitas de regaliz, contemplando la tarde desvanecerse en el lago, no hay distancia entre ellas, no hay casas ni mesas separadas, no hay horas de clase con la mirada perdida ni noches insomnes.

Parvati, siempre la más impulsiva, la más intensa de las dos, la toma de la mano y la mira a los ojos, súbitamente seria.

- Padma, prométeme una cosa. Que nunca vamos a dejar que nada se meta entre nosotras, aunque estemos en casas distintas, que nunca vamos a cambiar.

A los once años, ninguna de las dos puede ver la ingenuidad en las palabras de Parvati, porque a esa edad las dos aún creen que pueden hacer que el mundo deje de girar sólo con desearlo con la suficiente fuerza.

- Claro que no – responde, apretando la mano de su gemela con fuerza – Eres mi mejor amiga.

Parvati alza una ceja.

- ¿Más que esa Brocklehurst y esa Turpin con las que te juntas siempre?

Se la queda mirando un momento, estupefacta. Luego se echa a reír.

- Mandy y Lisa no pueden compararse contigo, linda, y lo sabes. Son simpáticas pero...

- No son como tú y yo – completa Parvati, entendiendo al vuelo sus pensamientos como siempre – Sí, lo mismo me pasa con Lavender. Me cae muy bien y me mato de la risa mucho con ella pero... – Con la mano hace un gesto, señalando a Padma y luego a sí misma – No es lo mismo. Ella no eres tú.

En ese instante, azul y escarlata, oro y bronce se funden en el crepúsculo en que las dos hermanas se abrazan y se juran que nunca, nunca dejaran que nada ni nadie se interponga entre ellas.

-

Durante años, mantienen su palabra. Padma se sienta largas horas en la biblioteca ayudando a repasar a su hermana, mientras su gemela es siempre la primera en hacerla reír y abrazarla cuando se entristece por algo. Padma soporta estoicamente la compañía del insufrible Ronald Weasley para que su gemela pueda ir al Baile de Navidad con uno de los campeones de Hogwarts y también dejará que la lleven a la rastra a una cita doble con los chicos de Beauxbatons. Parvati es quien idea cómo escaparse de casa cuando el grupo preferido de Padma da un recital en la ciudad vecina, y es también quien aguanta dos horas de una música que detesta y los reproches de sus padres por haber ido sin permiso; es también ella quien la convence de dejar sus miedos e inseguridades de lado para que se una al coro de la escuela, sabiendo como sabe que lo que más le gusta en la vida es cantar.

Nada se ha interpuesto entre ellas. Ni sus otras amistades, siempre secundarias al lado del lazo que las une, ni los enamoramientos pasajeros de Parvati por tal o cual chico, ni las dudas que sintió Padma antes de unirse al Ejército de Dumbledore, ni el miedo que esta guerra atroz ha alojado en su pecho. Siempre se han mantenido unidas, cada una el sostén de la otra más allá de sus diferencias, más allá de discusiones a gritos y portazos que hacían temblar los vidrios de su casa. Son dos pero también son una, de un modo que nadie más que ellas puede comprender, y Padma no creyó que eso pudiera cambiar nunca.

Y sin embargo aquí está, caminando de una punta a la otra del aula donde quedó en encontrarse con su hermana, retorciéndose las manos y echando miradas de soslayo al reloj sobre el dintel de la puerta. Parvati está llegando tarde, como de costumbre. Se muerde el labio, vuelve a recorrer el largo del aula a grandes zancadas, se desacomoda el pelo al tirar distraída de sus trenzas.

Siempre se lo han contado todo. Por más que no siempre estuvieran de acuerdo, por más que hubiera veces en que sus sentimientos y sus opiniones tenían tan poco en común como la luna y el sol, siempre confiaron la una en la otra, aún las cosas más íntimas, más embarazosas. El lazo que las une es más fuerte que los celos, las rivalidades y la desconfianza, es profundo y cálido como la sangre idéntica que corre por sus venas. Nunca hubo nada que Padma temiera decirle a su hermana... hasta ahora.

¿Cómo puede explicárselo, cuando ni ella misma lo entiende del todo? Un carrusel de sentimientos caóticos en su pecho, girando demasiado aprisa en un torbellino de color y sensación, una caída libre en el abismo, un calor que recorre su piel de pies a cabeza aún en medio del gélido viento invernal, un redoble de tambores en vez de corazón.

Padma ni siquiera puede decir cuándo empezó. Un día era la sosegada, racional prefecta de Ravenclaw, y al día siguiente su vida se había convertido en una tormenta de fuegos artificiales. Y pareció tan simple, tan inocente en un principio. Una voz amable, suave pero no insegura, unas mejillas sonrosadas, ojos del color del mar.

¿Me ayudas? No hay forma de que me salga el hechizo de Desarme y me siento tan tonta, creo que Potter ya me mira con lástima...

Y ella lo hizo, porque ayudar a otros está en su naturaleza, porque se sintió halagada de que se lo pidieran a ella y no a Hermione Granger o Ginny Weasley, porque no vio nada de malo en ello. Empezaron a encontrarse en aulas vacías, porque al ser sólo dos personas la loca de Umbridge no podía usar sus ridículos decretos como excusa para fastidiarlas, y mientras Padma la ayudaba con el hechizo de Desarme la otra chica le enseñaba el Encantamiento Escudo. Nunca habían hablado mucho antes, separadas como estaban por los colores que llevaban en su pecho y mesas distintas en el Gran Salón; una de ellas aire y bronce, la otra la calidez de la tierra y el brillo del sol de verano. Y sin embargo, no eran tan distintas, porque entre comentarios al pasar y bromas sobre sus profesores, chismes de sus compañeros y risas sofocadas, se colaron confidencias, por entre los intersticios de una camaradería casual se introdujeron secretos revelados a media voz, sueños e ilusiones confesados al caer la tarde en el horizonte más allá de la ventana. Ella nunca creyó que podría sentirse tan cómoda con alguien a quien apenas conocía, pero algo en la sonrisa franca, en esos ojos a veces azules, otras verdes y de vez en cuando grises, cambiantes como el mar donde la mirada de Padma podía perderse; que le inspiraba una calidez, una confianza que no había sentido nunca.

Empezó como algo casual. Un rozar de su mano contra la suya, una sonrisa tímida, un beso en la mejilla a la hora de la despedida. Un secreto susurrado al oído, el cálido aliento sobre su cuello haciéndole erizar la piel, una mirada que se detenía en sus labios un segundo más de lo prudente. Y entonces Padma empezó a preguntarse algunas cosas. Empezó a preguntarse qué se sentiría enredar los dedos entre sus cabellos rubios, si su piel clara se erizaría de rozarla con la yema de los dedos, cómo sería un beso de esos labios siempre sonrientes. Al principio trató de apartar esos pensamientos de su menta, confundida y asustada, porque la racional Padma Patil nunca esperó que le pasara algo así. Y sin embargo, poco a poco empezó a tener sentido. Porque ella nunca se quedó horas embobada mirando a un chico, no sentía deseos de hablar y hablar sobre Cedric Diggory o Roger Davies o Blaise Zabini ni sintió nada cuando Pierre, el chico de Beauxbatons, la besó. A decir verdad, los chicos siempre la habían dejado sin cuidado y la única vez que se quedó sin respiración no fue cuando Anthony Goldstein le dijo que era la chica más hermosa del curso (lo cual era una mentira descarada, porque ella sabe que no es más linda que Parvati) sino cuando vio entrar al Gran Salón a esa chica de cabellos dorados que refulgían bajo la luz de las velas y rasgos perfectos de diosa griega. En su momento trató de convencerse que apreciaba su belleza como quien aprecia una estatua por su valor estético pero ahora no puede menos que reírse ante su ingenuidad.

Fue un abrazo que duró demasiado, un beso en la mejilla que resbaló hasta su boca cuando giró la cabeza, un suspiro tenue escapando de sus labios los que decidieron su suerte. No sabe bien cuál de las dos comenzó, sólo que a ese primer roce de sus labios siguió otro beso tímido, seguido por otros un poco más seguros, más audaces. Antes de darse cuenta estaban contra una pared, los dedos de Padma enredados en sus cabellos rubios, mientras una de las manos de la chica se aferraba a su cintura y la otra la tomaba de la nuca para acercarla aún más, el corazón de ambas rebotando contra la pared de su pecho al unísono.

Terminó tan pronto como empezó y Padma se apartó dando un salto hacia atrás. Los cabellos rubios, libres de la larga trenza, ahora caían desordenados a ambos lados de su rostro enrojecido; sus labios estaban hinchados y entreabiertos y sus ojos, azul oscuro como el mar en la tormenta.

- Yo... Lo siento – tartamudeó Padma incoherentemente, abrió la puerta y echó a correr antes que la rubia pudiera detenerla.

Durante las semanas siguientes, Padma hizo todo lo posible por evitarla. No entendía qué le pasaba y hasta que no pudiera razonarlo analíticamente, no estaba dispuesta a exponerse a más confusión. Su resolución flaqueaba cuando su mirada se cruzaba con unos ojos a veces azules, otras verdes, en el Gran Salón, o cuando entrenando en las sesiones del ED la rubia pasaba lo suficientemente cerca para que pudiera sentir su perfume. Extrañaba horrores su compañía y la amistad forjada en aulas desiertas, pero cada vez que intentaba recordar sus conversaciones la imagen de labios hinchados y rojos y cabellos rubios desordenados invadía su mente, disolviendo todo lo demás.

Por primera vez, Padma sentía que no podía confiar en su hermana gemela y eso sólo era lo suficientemente doloroso. Parvati siempre la había escuchado aún cuando no podía entender su punto de vista, pero presentía que esta vez sería distinto y no quería arriesgarse, no hasta tener las ideas un poco más claras. Sus amigas quedaban descartadas. Si no podía confiar en su hermana, mucho menos podía hablar con ellas. Y escribirle a su madre sobre el tema era una idea aterradoramente vergonzosa así que terminó haciendo lo que haría cualquier miembro digno de su casa: buscó algún libro que la ayudara. Para su sorpresa, encontró varios que trataban el tema, pero usaban unas definiciones y nomenclaturas que Padma jamás habría usado para describirse a sí misma. Desesperada, abandonó su investigación, tratando sin éxito olvidar el asunto, porque a cada lado que giraba sus ojos parecían toparse con la mirada herida de la rubia.

Marietta Edgecombe resultó ser la chica más imbécil del año y extrañamente el desastroso final del ED fue también la salvación de Padma, porque se encontró encerrada en un cubículo minúsculo del baño de chicas con nada menos que la chica de la trenza dorada y fuente de confusión de la morena. Y en ese momento, las dos conteniendo la respiración y apretadas contra la pared, paradas sobre el inodoro para que Pansy Parkinson no pudiera ver sus pies por debajo de la puerta, Padma tuvo un momento de claridad absoluta. No le importaba en lo más mínimo la confusión y la incertidumbre, no cuando su perfume intoxicaba sus sentidos, no cuando podía sentir su cálida piel bajo la blusa blanca. Padma no sabía lo que sentía, pero se dio cuenta que no iba a averiguarlo sentada en la biblioteca y por eso, un par de días después llamó aparte a la muchacha.

Empezó a hablar, tratando de explicar porqué se había alejado esas últimas semanas, pero se hizo un lío y las palabras se enredaron y retorcieron hasta ser un galimatías incomprensible. Entonces Padma, la racional, fría y analítica prefecta de Ravenclaw, tiró toda precaución por la borda, la tomó por los hombros y la besó.

Hubiera sido más romántico y emocionante si sus frentes no se hubieran chocado y si ella no hubiera trastabillado hacia atrás clavándose el picaporte de la puerta en la espalda, pero ése no es el punto y de todos modos, la memoria es gloriosamente selectiva y nos permite rescribir la historia cada vez que sea necesario.

Después de esa tarde empezaron a encontrarse a escondidas cada vez que podían, intercambiando confidencias y besos, caricias y risas en rincones oscuros y recluidos. Ni una palabra dijeron a nadie, porque era un secreto sólo para dos, pero también porque ninguna de las dos estaba muy segura de las reacciones que podían provocar. Así llegó el fin de curso, trayendo consigo la confirmación de sus peores sospechas y las vacaciones de verano. No fue hasta que se encontró encerrada entre las cuatro paredes de su casa, con las discusiones tras puertas cerradas de sus padres, la indignación de Parvati ante la mera sugerencia de abandonar Hogwarts y el terror cobrando fuerza a su alrededor, que ella se dio cuenta cuánto extrañaba esa sonrisa franca con hoyuelos, esos ojos que cambiaban con el tiempo, esas palabras de ánimo que siempre la reconfortaban. Las cartas ya no eran suficientes para subsanar la ausencia y su ánimo decae por la melancolía y el miedo constantes, más la tristeza por tener que ocultarle algo a su gemela por primera vez en la vida.

El nuevo lazo que las une no se resquebrajó durante el verano sino que cobró más fuerza y entonces, después de muchas idas y vueltas, discusiones en voz baja y vacilaciones, tomaron una decisión: sincerarse. No que pensaran ir y publicarlo en la cartelera ni mucho menos porque tampoco era asunto del alumnado, pero sí decirles la verdad a aquellas personas en las que confiaban y querían. Tomaron la decisión, se dieron ánimos y dijeron: no pasa de hoy.

Y aquí está ella ahora, enfrentándose a Parvati quien ha llegado al fin. Su hermana la mira confundida, sin entender porqué está tan nerviosa, y al principio se alarma y cree que algo malo le ha sucedido a alguno de sus seres queridos. Cuando ella le aclara que no es nada de eso Parvati se la queda mirando como diciendo ¿y entonces, qué?, con cierta impaciencia y ella no puede culparla, porque con los tiempos que corren no debería estar ahogándose en diez centímetros de agua.

Pero su lengua se traba y tartamudea, y no es vergüenza porque no siente ninguna: no está haciendo nada malo y sabe que su hermana lo entenderá así porque no las han criado para vivir encerradas en castillos de cristal. No es miedo, precisamente. Admite que mucho no le gustaría que se enterase toda la escuela, pero sabe que Parvati, como sus amigas Mandy y Lisa una vez que se los cuente, mantendrán la boca cerrada. Lisa probablemente se encogerá de hombros y dirá algo así como qué bien mientras que a Mandy le costará más tragarlo después de años de intentar convencerla para que salga con su hermano, pero eventualmente lo superará.

Decírselo a Parvati, sin embargo, es distinto. Porque no es su amiga, aunque siempre la haya considerado su confidente, su sostén, la mejor amiga que podría desear jamás. No es su hermana, no solamente, porque el lazo que las une va más allá del cariño fraternal. Los hermanos comparten padres, una casa y unos cuantos recuerdos y genes, Padma y Parvati lo comparten todo desde el día en que nacieron. Son dos, pero también son una, dos mitades de la misma moneda, distintas pero complementarias. No pueden ser separadas y sin embargo, en cuanto las palabras salgan de su boca se abrirá una brecha entre ellas, porque hay un camino que ya no caminarán juntas.

Con palabras torpes, que se tropiezan unas con otras, le cuenta la historia desde el principio, a veces viéndose forzada a volver sobre sus pasos para explicar con mayor detalle tal o cual cosa. Cuando termina, Parvati tiene los ojos como esas bolas de cristal donde afirma que puede ver el futuro. Padma no la culpa. Debe ser extraño que el espejo donde solías mirarte ahora muestra un reflejo tan distinto al tuyo, porque pese a sus diferencias siempre han podido verse reflejadas la una en la otra.

- Así que... ¿Bones? Bueno, no... no me lo esperaba pero... bien por ti, supongo.

No, Parvati no puede digerirlo a la primera pero está bien de todos modos, porque más adelante lo hará y descubrirán la forma de seguir siendo gemelas, dos mitades de un todo aunque sean tan distintas como el aire y el fuego. Ahora Padma lo sabe y puede sentirse tranquila.

- ¿Se lo has dicho?

Susan la mira con ojos expectantes, hoy de color verde aguamarina. Por las miradas de soslayo que les dirige una shockeada Hannah Abbott desde lejos, Padma deduce que su amiga ya le ha contado la verdad.

- Sí. Fue difícil pero... ya está.

La rubia asiente y toma su manos entre las suyas.

- Ya vas a ver que todo saldrá bien – Y de cualquier otra persona Padma lo tomaría como un montón de palabras vacías, pero Susan hace que suene plausible. Cuando mira en sus ojos, podría creer que el cielo puede fundirse con la tierra, que el azul del mar y el amarillo del trigo pueden ser el mismo color, que el águila y el tejón pueden andar juntos. Porque Susan es Susan, simplemente, y con eso hace que el mundo de Padma sea un poco más brillante, más cálido, más fácil de sobrellevar.

Pocos días después Parvati la llama aparte, con una caja repleta de chocolates en forma de gobstones. Ante la mirada intrigada de Padma, su hermana se encoge de hombros.

- Justin Finch-Fletchley me comentó que son los preferidos de Susan y como eres nueva en todo este asunto de las citas, me pareció que te haría falta una guía. No puede ser tan distinto, ¿verdad? Bueno – agrega después de pensarlo un momento – al menos, si le sacas todo el asunto de la testosterona de en medio.

Y entonces Padma sonríe de oreja a oreja y le echa los brazos al cuello a su hermana, que se ríe y protesta porque la caja se está aplastando pero no importa, porque ahora las dos saben con toda certeza que sin importar lo que diga un feo sombrero milenario ni que los dictámenes de su corazón sean tan distintos, porque han iniciado un camino juntas y están dispuestas a terminarlo así. Por más que a lo largo del trayecto vayan viviendo experiencias distintas, las dos saben que siempre se tendrán la una a la otra, porque son dos y una y eso no cambiará nunca.



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