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Kakashi’s closet
by Inner Angel
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c-3
Acerca de cómo se esperan algunas respuestas
Sakura cerró la puerta tras de sí, preparada para todo.
El lugar estaba tranquilo y silencioso, pero ella sabía que no era prudente dejarse engañar por las apariencias. La media penumbra y la suave luz amarilla que se filtraba por entre las cortinas transmitían una falsa sensación de calidez y tranquilidad. Las fotografías en las paredes y las flores frescas sobre la mesa hablaban de familiaridad y sensibilidad. Pero eso era sólo una fachada para los incautos visitantes que pudiesen llegar. Y Sakura lo sabía bien. Después de todo, la tensa calma que se ocultaba tras las apariencias era el verdadero ambiente que se respiraba en el lugar al que ella llamaba hogar.
Luego de quitarse sus botas en la puerta, sus pasos ligeros apenas hicieron algún ruido, mientras se movía con rapidez.
“Ya estoy en casa”.
Entrando en la cocina encontró a las dos mujeres con las que compartía la vivienda sentadas en la mesa, bebiendo té. No contestaron a su llamado ni apartaron la vista de la verde infusión cuyo olor inundaba la habitación. Verlas a ambas era ver lo que Sakura sería en un par de décadas, según si engordaba mucho y le salían varices, o si su cabello encaneciese parcialmente y sus facciones se volviesen más duras y consumidas. De resto era imposible negar los rasgos de familia que tenían las tres en común.
“Llegas tarde, Sakura”. Finalmente una de ellas habló, reconociendo la presencia de su única sobrina pero sin mirarle directamente.
“Lo siento, la misión se extendió más de lo planeado. Ya saben como es”.
Primera mentira. En realidad había llegado a las puertas de Konoha por la noche. Pero Sakura se encontraba demasiado confusa y molesta como para ir directo a su casa, prefiriendo caminar sin rumbo hasta que sus botas –siempre confortables– amenazaron con matar a sus pies si no se detenía. Una caminata por su aldea natal nunca fallaba en calmarle los nervios, en hacerla sentir más humana, mucho más cercana a la inocencia infantil del que no conoce la crueldad del mundo que le rodea. Así había pasado otro par de horas cuando las primeras luces del día comenzaban a amenazar en el horizonte y se dio cuenta de lo mucho que había vagado y de lo lejos que estaba de su casa, al otro lado de la aldea.
“No te guardamos comida”.
Nunca lo hacían de cualquier modo. O estaba presente a la hora en punto para comer sentada a la mesa con ellas, o pasaba hambre. Así de sencillo. Eso si, el fregadero la estaba esperando repleto con todos los platos sucios del día anterior. Que junto con los restos de su desayuno fallido de ayer aun pegados del techo, anunciaban que estaba lejos de poder descansar.
“Está bien obasan, no tengo mucho apetito”.
Segunda mentira. Se comería un caballo entero si pudiera. Crudo, para más señas. Con toda la conmoción del día, apenas y había sido capaz de morder algo, pues nada pasaba por el nudo que se había instalado en su garganta. Si a eso se sumaba el cansancio por la misión y el insomnio de la noche anterior, el resultado era una Sakura a punto de caer al suelo.
La otra mujer, hasta entonces silenciosa, se levantó de repente y le dirigió una mirada de reprobación que nunca fallaba en helarle la sangre. “La próxima vez ten la cortesía de avisar si vas a ausentarte de ese modo”.
“Perdona Oka-san, no sabía que iba a demorar tanto…”.
“Dijiste que no tomarías más misiones largas”. El reproche era tan evidente en la voz de su madre como esas marcas de cansancio y amargura que se dibujaban en un rostro que, alguna vez, no fue muy diferente al de Sakura, con los mismos ojos verdes y la frente amplia. Ahora su extrema delgadez y la opacidad de sus cabellos, más ceniza que rosa, marcaban aun más las diferencias con su hija.
“Lo sé y no lo haré; pero esta misión no era larga, sólo iba a durar unas horas y…”.
“Con unas horas basta para que la desgracia llegue de nuevo a esta aldea maldita….”.
Sakura apartó la mirada y se mordió la lengua. Cuantas veces había estado allí, en esa misma situación recibiendo los reproches de su madre en silencio. Durante el último año eran tantas que había perdido ya la cuenta. Atrás había quedado la mujer que, nunca la comprendió, cierto, pero que siempre la trató con cariño al menos. Ahora ya no existía nada que las mantuviera unidas.
Y toda la culpa, era de Sakura.
Así que como siempre, la joven bajó la cabeza y asumió sus faltas.
“Lo siento mucho, no volverá a ocurrir, Oka-san”.
“Siempre me dices lo mismo…”.
Dejó la frase en el aire, pero la joven kunoichi no necesitaba oír más para saber lo que vendría si se decidiese a continuar. El discurso sobre promesas rotas y deslealtades. Con la vista fija en el suelo delante de sus pies Sakura no vio a su madre dejar la habitación, ni tampoco a su tía moverse hacia ella, más rápido de lo que cabía esperarse con su sobrepeso.
“No te sientas mal querida. Ya sabes como es tu madre con estas cosas”.
El apretón de la mano regordeta sobre su hombro la forzó a alzar la vista para encontrar los ojos vidriosos de su tía. A juzgar por la media sonrisa en su cara, la simpatía por su situación estaba aderezada con uno o dos chorros de licor en su té, lo que no fallaba en hacerla llorar por cualquier tontería. Y eso era lo último que necesitaba Sakura, por lo que trató de sonreír un poco para ella y mostrarse tranquila para aplacar los sentimentalismos innecesarios.
“No te preocupes obasan, estoy bien”.
Tercera mentira. Sakura no estaba bien. No lo había estado desde la noche en la que recuperaron finalmente a Sasuke. La misma noche en que Akatsuki intentó matar a Naruto para obtener el bijuu en su interior. La noche en que la guerra llegó a las puertas de Konoha dejando tras de sí las marcas de una terrible destrucción.
La noche en la que su padre, murió.
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El Hospital General de Konoha era reconocido por su excelencia, y su fama trascendía más allá de las fronteras del propio País de Fuego. Esto, por dos razones principales: La primera era que sus médicos cirujanos eran de los mejores, capaces de llevar a cabo operaciones de gran precisión y complejidad gracias a sus técnicas secretas y su increíble control del chakra.
Siempre había en la aldea gentes de otras latitudes en busca de tratamientos especiales que sólo en Konoha se podían obtener. La quinta Hokage, Tsunade-hime, cuyas habilidades médicas eran bien conocidas por todos, era la principal responsable por el creciente prestigio que estaba asociado al hospital y por las revolucionarias técnicas que los distinguían de otros. Su regreso a la aldea había traído no sólo estabilidad luego de la muerte del Sandaime, sino también una nueva era de desarrollo y prosperidad para el Konohagakure, aun a pesar de la guerra.
La segunda razón era mucho más mundana y no tan espectacular, pero era igual de conocida por todos: La comida que se servía en el hospital era considerada veneno.
Definitivamente era algo bueno que Konoha tuviese un excelente Departamento de Pociones y Antídotos o de lo contrario serían más un servicio funerario que uno de salud. La teoría de que el comedor era, en realidad, un laboratorio encubierto para el mencionado Departamento ganaba fuerza con cada caso de intoxicación alimentaria.
Tsunade también era la responsable de esto, por su empeño en recortar los fondos para lo que ella llamaba insignificancias en comparación con la inversión médica. Aunque si uno ponía cuidado, podía escuchar algún rumor que apuntaba más bien a una legendaria adicción al juego como la causa de la estrechez del presupuesto.
La gerencia había desmentido todo esto, claro.
Pero nada de eso tenía importancia ahora, pues Sakura estaba segura de que se arrepentiría de cualquier modo. Con apenas el tiempo justo en la mañana para terminar los oficios de la casa, ducharse, recuperar un par de horas de sueño y salir volando a trabajar, no le quedó más remedio que pasar por el comedor del hospital y comerse una bala fría de dudosa consistencia. Luego tendría que lidiar con las consecuencias.
Ignorando las protestas de su estómago por la extraña mezcla de frituras que acababa de consumir, la joven médico se abrió paso hasta los vestidores para ponerse el uniforme de trabajo y dejar sus cosas en el locker. Mientras se vestía mecánicamente, con movimientos seguros pero apresurados, no se sorprendió en lo más mínimo cuando sus pensamientos regresaron a los hechos del día anterior. En realidad no había podido dejar de pensar en ellos, ni siquiera luego de vagar toda la noche y darle vueltas sin descanso a esa doble revelación que había recibido. Aun estaba muy agotada para poder sacar conclusiones en claro, y la mayor parte de su furia inicial se había transformado en una indefinible forma de inseguridad y remordimiento que le hacía sentir ganas de llorar tanto como de matar a alguien.
Había luchado por tanto tiempo para ganar reconocimiento ante sus compañeros y amigos como kunoichi, como médico… como un igual.
Al parecer todos sus esfuerzos habían sido en vano, a juzgar por el respeto que le tenía el Team 7 al día de hoy. Sentirse burlada y discriminada no era nada agradable, menos cuando viene de parte de tus propios compañeros a quienes respetas y admiras. O al menos así consideraba a cierto copyninja hasta el día anterior. Era cierto que ella también había abusado de su confianza al transgredir su intimidad, pero sólo porque él mismo la había empujado a ello. ¿Con qué fin? Sakura sólo podía imaginar alguna excentricidad sadista o alguna lección retrasada sobre técnicas de manipulación y sometimiento que Kakashi había olvidado darle en su momento.
Con un gruñido de frustración Sakura se sacudió mentalmente mientras se calzaba unas medias. El tema tendría que esperar a que ella tuviera tiempo y mejor disposición para analizar lo ocurrido y tomar decisiones. Lo que era seguro era que su –ya no tan querido– sensei, estaba en muchos problemas. ¿Con que quería su venganza, no? ¿Verla tomar iniciativas? ¡Ahora si se iba a enterar de lo que ella era capaz cuando se empeñaba! Él, junto con sus dos descarados compañeros de equipo, porque el hecho de que ellos no supieran nada (cosa que aun estaba por comprobarse), no los hacía menos culpables de la miserable situación en la que estaba.
El sonido inmediato de unas risitas acercándose le obligó a mover su atención a otra cosa. Concentrándose en la tarea de atar las trenzas de sus deportivos, se forzó a cambiar su semblante por uno más sociable y menos homicida.
“¡Oh, buenas tardes Sakura-san!” dijeron casi en coro las dos chicas que acababan de entrar a los vestidores, evidentemente divertidas con algo.
“Buenas tardes Yuriko, Kimina, ¿qué es tan gracioso?”, la kunoichi puso en práctica sus mejores habilidades de actriz para disimular su estado de ánimo e integrarse con la charla ligera de las dos jóvenes aprendices.
“El Doctor Satoshi”, las típicas risitas tontas siguieron al nombre del médico más popular del hospital entre las chicas. “Estoy segura de que está coqueteando con Yuriko”.
“Nada de eso, sólo fue amable y sostuvo la puerta para-las-dos”
“Pero fue a ti a quien le sonrió, no lo niegues…”
“Bueno, tal vez un poco, si…”
La habitación se llenó de más palabrerío baboso de las dos emocionadas quinceañeras y Sakura no pudo evitar el sentirse muy aliviada por haber dejado muy atrás la etapa de adolescente hormonal, atontada y frívola. Escuchar a las dos chicas enumerar los atributos físicos del atractivo médico como si fuera un artículo de lujo en las ofertas de temporada, le hizo sentir también un poco de pena ajena. Ciertamente el tipo era un espécimen de concurso que tenía revolucionado a medio hospital con sus ojos verdes y sus maneras elegantes, pero Sakura ya había aprendido de la forma más dura –y gracias a Sasuke– que las apariencias eran tan profundas como la piel y que no servían para nada cuando sentimientos verdaderos estaban de por medio.
“Oi, Sakura-san me olvidaba, ayer por la noche vino a buscarte Takuma-san”
‘Oh no’
¡Con todo lo ocurrido se le había olvidado por completo! Habían quedado de ir juntos a la fiesta de cumpleaños de uno de sus amigos del trabajo, de cuyo nombre ya no se acordaba, pero que mentalmente ella tenía registrado como el aburrido-número-cinco.
“Ahhh, cierto, ¿y dejó algún mensaje?”
“Sólo que te vería en casa de Masahiro-san”.
Bueno, al menos algo bueno había salido del trasnocho y la caminata nocturna. Inadvertidamente se había ahorrado el tener que pasar unas horas de espanto en casa del tal Masahiro. Podía parecer una exageración de su parte, pero todos, absolutamente todos los amigos de Takuma, sin excepción, entraban en dos categorías bien definidas:
a) eran unos babosos sin remedio que coqueteaban torpemente con todo lo que llevara falda.
b) eran unos aburridos insufribles que sólo hablaban de finanzas y coqueteaban torpemente con todo lo que llevara falda.
No había mucha diferencia, obvio.
Cómo Takuma lograba siquiera soportarlos era algo que Sakura no entendería jamás. Sólo podía suponer que se trataba de algún tipo de entendimiento ritual entre machos de la misma especie. Porque él –según ella lo veía– no tenía nada en común con ellos. Él era un chico decente, trabajador y cariñoso. ¿Qué más se podía pedir? Desde que comenzaron a salir juntos, luego de conocerse por casualidad en el hospital, la percepción de Sakura respecto a esos ideales románticos que había cultivado sobre tener una pareja habían cambiado, desarrollándose en una visión más madura a medida que pasaba el tiempo y la relación pasaba de ser casual a exclusiva. En ese sentido, se podía decir que Sasuke representaba a su pasado, a la niña sentimental e inocente enamorada de un sueño. Takuma representaba la realidad, el ahora de una mujer con los pies en la tierra.
Claro que las cosas no eran tan sencillas como lanzar un kunai a tres pasos del blanco. Como era de esperarse, y del mismo modo en que ella aborrecía a los amiguetes de su novio, Takuma por su parte detestaba a muerte a Naruto y a Sasuke.
Animosidad que era mutua, desde luego.
La cantidad de problemas que le traía a Sakura el evitar que sus atolondrados y celosos compañeros de equipo despellejaran vivo a Takuma tan sólo por atreverse a mirarla, se multiplicaban exponencialmente por la capacidad vocal de este último. Es decir, que Takuma no tenía tapujos en decir con innecesario detalle lo que pensaba de sus amigos cada vez que tenía oportunidad de verlos. Y eso a pesar de que, él mismo, no era un ninja.
Un administrador trabajando de nueve a cinco en las oficinas de recaudación de impuestos de la Torre Hokage diciéndole al Kyuubi Jinchuuriki y al último psicótico del Clan Uchiha que eran menos que la mierda de perro pegada en la suela de sus zapatos de diseñador.
Con esa analogía, está claro que Pakkun tampoco le quería mucho.
O el tipo tenía las pelotas en su sitio o estaba adelantando los pagos de su hueco en el cementerio.
Ni que decir que, en un principio, Sakura admiraba a más no poder el valor de su novio por pararse firme y decir lo que pensaba –sin censura– a los dos shinobis más poderosos de Konoha. Suspiros iban y venían con cada encuentro verbal. Y es que los civiles solían tener tanto miedo de los shinobis que resultaba refrescante ver uno dispuesto a plantar cara.
Ahora, meses después, todo el asunto le daba mucho fastidio porque era ella a la que le tocaba evitar (con muchos esfuerzos y amenazas), que el par de tontos rematados mataran a su novio al primer descuido. Luego de casi un año de lidiar con lo mismo, ya resultaba francamente tedioso seguir aguantando esa ridícula costumbre masculina y hormonal de andar marcando territorios a punta de insultos y peleas, para luego dejar que las mujeres recojan el desastre tras ellos.
Pero no había remedio. Eran hombres. Y la estupidez era genética, evidentemente.
Agradeciendo por el mensaje a las dos aprendices, Sakura salió de los vestidores lista para comenzar con su rutina de trabajo, apartando todas sus preocupaciones a un rincón de su mente, al menos por los momentos. Primero turno en la emergencia, luego la ronda de los internos, y finalmente algo de papeleo ligero en el departamento de cirugía antes de regresar a casa.
No había avanzado mucho cuando Shizune le salió al paso sobresaltándola más de la cuenta, tan abstraída como estaba en sus propios pensamientos.
“¡Por fin te encuentro, Sakura-san!”
“¡Shizune-san!”
“Justo iba a buscarte en emergencias, necesito que me hagas un gran, gran favor”. La mano derecha de la Hokage la tomó por un brazo de inmediato y la llevó a un recodo del pasillo. Era evidente que el favor requería de máxima discreción a juzgar por el tono conspirador que marcó sus palabras.
“Genma acaba de regresar de su misión…”.
¡O no! Sakura conocía muy bien lo que continuaba luego de esa frase.
“…y han pasado varias semanas…”.
Ok. Tenía que huir de esto como fuera.
“…y ya sabes como es…”.
Si no dormía algo esa noche iba a perder el juicio y pulverizar el hospital a puño limpio.
“¿Podrías cubrir mi turno esta noche en la Torre Hokage?”
Usar la mirada irresistible del perrito sin amo era un golpe bajo, incluso entre ninjas.
“Es martes. Los martes nunca hay mucho papeleo…”.
A quien quería engañar. No podía decirle que no a una amiga en necesidad. Igual que siempre terminaba dormida babeando sobre dicho papeleo, así que aun le quedaba oportunidad de descansar un poco en el trabajo.
Además, Shizune y Genma mantenían una relación muy especial.
Una relación que ellos se empeñaban mucho por mantener como ultra-secreta e informal; pero que en realidad todos sus amigos y compañeros ya conocían de sobra y con innecesario detalle. Hasta le apostaban regularmente a la fecha de la boda. La verdad era tierno verlos negar y ocultar lo que era perfectamente obvio para todos los demás.
Así que, con un largo suspiro, Sakura se resignó a su destino.
“Vale, vale… pero no olvides que me debes una”. En realidad le debía como veinte al menos, por no decir que se estaba volviendo una rutina, pero Sakura encontraba tan difícil decir que no a sus amigos, como pedir los favores de vuelta.
“¡Eres la mejor Sakura!”. Un abrazo siguió a esta declaración. Realmente la kunoichi preferiría ir a su casa a dormir que tener que quedarse de guardia, pero Shizune se había convertido en una especie de hermana mayor para ella, siempre ayudándola en su desarrollo profesional y preocupándose por ella en sus estudios como la aprendiz de la Hokage. No podía negarse, y menos aun si el amor estaba de por medio.
Shizune por su parte, estaba radiante de felicidad con la respuesta de Sakura, cuando de repente recordó cosas no tan placenteras y más urgentes que decidir el tipo de ropa interior que se pondría esa noche para Genma.
“Oi, Sakura no se si ya lo sabes, pero estamos en código lima”.
¡Rayos! El código lima no era más que el nombre clave entre los empleados para designar la amenaza más grande a la que una institución de ese calibre podía hacer frente: una Godaime Hokage iracunda y malhumorada luego de una noche pasada por mucho Sake. Un día malo para Tsunade-hime era un día malo para todos, y ciertamente nadie quería ser la próxima víctima de su infame temperamento.
“Bueno eso y que la propia Tsunade te ha estado buscando personalmente desde esta mañana, no tengo idea para qué, pero a juzgar por su cara…” la mueca en el rostro de Shizune lo decía todo mejor que cualquier calificativo verbal.
¿Su día no iba a mejorar, cierto?
¿Acaso era este un castigo cósmico por mirar los calzones de su sensei?
Sin importar las razones detrás de su mala racha, era hora de demostrar por que Haruno Sakura era una de las kunoichi más prometedoras de su generación. Ambas mujeres intercambiaron una mirada de entendimiento. Las dos tenían una misión por el resto del día: pasar desapercibidos era más una necesidad que un arte ninja en el Hospital General de Konoha.
Sin decir una palabra más las dos kunoichis se deslizaron sigilosamente como dos sombras en direcciones opuestas, sin dejar ni rastro ni evidencia alguna de su presencia.
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Incompetencia.
Estaba rodeada de la mayor in-com-pe-ten-cia.
Cómo el hospital seguía funcionando con éxito cuando las enfermeras rompían en llanto por un par de gritos bien merecidos escapaba a su comprensión. Claro, que ella parecía tener ese efecto en muchos de sus subordinados sin necesidad de gritar siquiera, pero eso no venía al caso. El dolor de cabeza por la maldita resaca taladraba su cerebro y el hecho de tener que ocuparse de lidiar con un paciente difícil –empeñado en irse antes de tiempo y sin pagar– por la incompetencia de otros no mejoraba en nada su estado de ánimo.
Para colmo, Haruno Sakura aun no había aparecido por sus oficinas a pesar de haberla hecho llamar desde temprano.
¿Y dónde rayos estaba Shizune?
“¡Ya dejen de llorar! Quiero el reporte de lo ocurrido en una hora en mi escritorio, ¿les queda claro?”. La amenaza implícita en sus palabras hizo que cualquier sombra de llanto en las tres enfermeras que estaba reprendiendo se disipase más rápido que el etanol en un plato caliente.
La Godaime Hokage maldijo no por primera vez en la última hora, el día en que se dejó engatusar por Jiraiya y Naruto para regresar a Konoha. Orochimaru parecía ahora un paraíso de posibilidades al lado de la montaña de papeles y problemas bajo los que estaba condenada a vivir el resto de sus días.
Ser Hokage apestaba, y seguro que ella no era la primera en decirlo.
Estaba a punto de salir por la puerta del departamento de enfermería cuando casi imperceptiblemente, algo en el fondo de su percepción se movió.
“¡HARUNO SAKURA!”
Con un chillido la aludida salió dando trompicones de detrás de uno de los armarios, revelando repentinamente su presencia.
“¿Si, Tsunade-shishou?”
Con una mirada la Hokage procedió a fulminarla en el sitio.
“¿Te estabas escondiendo de mi?” su voz era contradictoriamente dulce comparada con la expresión furibunda en su rostro.
“No, cla-claro que no, Tsunade-shishou”. El tono rígido en la respuesta de su aprendiz le resultó casi tan natural como tener un rostro veinteañero a los cincuenta y tantos.
“¡Sígueme!”
“Si, Tsunade-shishou”.
Tsunade echo a andar con rapidez en dirección a la Torre Hokage. Sus pasos resonaban con cada golpe firme de sus imponentes sandalias en el piso encerado. Detrás de ella una muy contrariada Sakura caminaba al mismo paso, preguntándose –no por primera vez en su vida– como lograba mantener el balance una mujer tan bien dotada por la naturaleza usando semejante calzado de tacones imposibles.
Era como ver caminar a un equilibrista por la cuerda floja. Internamente y en la parte más oscura que guarda todo ser humano, se estaba permanentemente a la expectativa por verlo caer.
A pesar del largo trayecto desde el hospital por las concurridas calles de Konoha hasta la Torre, llegaron a destino con mucha rapidez y sin cruzar palabras con nadie. Básicamente porque nadie era lo suficientemente estúpido como para acercárseles en semejante situación. El código lima era tan respetado como el mismísimo código shinobi.
“Cierra la puerta y siéntate”.
“Si, Tsunade-shishou”.
Una vez dentro de la oficina de su mentora Sakura se llenó de aprensión. Algo estaba por ocurrir, y considerando la porquería de racha que llevaba desde ayer, nada bueno podía salir de esta conversación.
A pesar de que el incómodo silencio pareció extenderse entre ambas, Sakura se contuvo de hacer preguntas. Permanecer fuera de su camino y decir lo menos posible eran los dos principios clave de la supervivencia bajo el código lima. En el primero ya había fallado, sólo le restaba el segundo para salir airosa.
Tsunade, por su parte, se sentó frente a ella y le dedicó una mirada firme y concienzuda. Su joven aprendiz había tenido un desarrollo muy rápido, destacándose enseguida como una de las mejores en su generación. Ya no era una niña, ni física ni mentalmente, aunque aun le faltaban la madurez de los años y la experiencia.
Sin embargo sus competencias eran tan variadas y completas que Tsunade no tenía duda en que ella misma sería superada y con creces en los próximos años. Todo esto la hacía sentir más orgullosa de lo que había estado nunca en su vida. También la hacía sentir estúpidamente senil como si fuera una abuelita sentimental y fuera de moda.
Hacerse viejo también apestaba mucho.
En definitiva, era un hecho que Haruno Sakura podía llegar tan lejos como ella quisiera en su carrera. Por ello Tsunade no podía poner en palabras la enorme frustración que sentía al ver que la joven promesa, en realidad, no quería llegar a ninguna parte.
“¡Iré directo al grano, Sakura!”, el golpe de sus manos sobre el escritorio le dio énfasis a sus palabras, estremeciendo peligrosamente una montaña de papeles, ya de por sí, en precario equilibrio.
“Ha surgido una nueva oportunidad para ir a Suna como parte de nuestra alianza para el intercambio de recursos”.
Lo soltó con tal rapidez y contundencia que dejó a Sakura paralizada y sin mover un músculo.
“En este caso ellos necesitan apoyo médico y entrenamiento en el área de traumatología en virtud del reciente terremoto que han sufrido”, Tsunade continuó hablando, analizando con detalle el efecto de cada una de sus palabras sobre el ánimo de su joven aprendiz, quien parecía a punto de disolverse en la silla. “A cambio de esta ayuda ellos compartirían sus últimos avances en cuanto a neurocirugía. Y tu sabes bien lo adelantados que están en ese departamento en comparación con nosotros.”
Era cierto. El Konohagakure era sin dudas el líder en cirugía traumatológica, ortopedia, reconstrucción de órganos, transplantes, toxicología y hasta en cirugía estética. Pero en cuanto al trabajo con el cerebro y el sistema nervioso, el área de experticia de la aldea se limitaba a como penetrar la mente para extraer información… o destruirla. Sobre como sanar, era poco lo que se podía hacer en casos de trauma cerebral o de médula espinal.
Bajo la intensa mirada de su shishou, Sakura se sintió miserable entonces. Porque ella sabía de sobra cuales serían sus siguientes palabras.
“De más está decirte, Sakura, que te considero como la más calificada para ser enviada”.
Cuando semejante halago, venido ni más ni menos que de la Godaime, debería hacerla sentir increíblemente orgullosa por sus logros profesionales, y feliz por ser considerada como la mejor para esa oportunidad, en realidad le hacía sentir deseos de gritar de la frustración y la vergüenza.
Porque ésta no era la primera vez que su shishou le hacía un ofrecimiento de este calibre, y porque ésta tampoco sería la primera vez en que ella se vería obligada a rechazar su petición.
“¿Y bien…?”
Tsunade detuvo su discurso para dar oportunidad a la pequeña kunoichi a hablar, consciente de que por la expresión en su rostro y las manos temblorosas en su regazo, su respuesta no iba a ser favorable, de nuevo.
“Tsunade-sama, esto es… inesperado… estoy muy agradecida… yo…”.
“El entrenamiento durará un año, en el cual estarías de permiso activo condicionado. En ese tiempo completarías todos los créditos que te faltan para graduarte como médico cirujano, mucho antes que si te quedases ejerciendo aquí en el hospital. Además regresarías justo a tiempo para presentar el examen y subir tu rango a jounin”.
“Shishou, yo no…”, comprensiblemente las palabras se negaban a salir, y Tsunade tampoco estaba de humor para escuchar sus lamentos de siempre, así que endureció su tono y su corazón ante el doloroso conflicto evidente en la mirada desesperada de su aprendiz.
“Ya rechazaste –en contra de mi voluntad– la oportunidad de entrenar en Taki. Espero que no estés pensando hacer lo mismo de nuevo…”.
“Realmente me gustaría ir, shishou, pero…”
De un salto la Hokage estaba de pie frente a Sakura con la expresión de quien está a punto de asesinar a alguien a punta de bofetadas por su extrema estupidez.
“¡Es hora de que decidas si vas a tomarte en serio tu carrera de kunoichi o no, Sakura! Como mi aprendiz tienes que tener ambición o no pasarás de ser una chunin promedio”.
“No es que no sea seria… realmente quiero superarme…” la ansiedad en su voz y en la expresión desesperada de su rostro no lograron ablandar en nada el semblante comprimido de furia de Tsunade.
“Lo que ocurre shishou, es que…”
“Ya conozco tus razones y francamente, no tengo tiempo ni paciencia para tus excusas. Si quieres seguir sacrificando tu carrera sin razón, ese es tu problema”.
Sakura se quedó muda y paralizada con el desden que manaba a chorros de la voz de la Hokage. Por su espalda un escalofrió le transmitió a todo su ser la desagradable sensación de estar cometiendo el peor error de su vida. La desesperación por encontrar una forma de rectificar, de solucionar una situación imposible para ella la asaltó con fuerzas.
Porque por sobre todas las cosas la kunoichi no iba a soportar que Tsunade-shishou la menospreciara también y se uniera al reciente (y creciente), grupo de sus detractores. Porque si alguien más la trataba como el felpudo a la entrada de la aldea, Sakura estaba segura de que enloquecería sin remedio.
La rubia Hokage se dio la vuelta sobre sus tacones para regresar a su puesto y Sakura reaccionó poniéndose de pie como si tuviera un resorte pegado en el trasero. Quería explicarle, hacerle entender, pero la verdad ni ella misma entendía bien que demonios pasaba en su vida para que las cosas no avanzaran sino hacia atrás. Así que se quedó paralizada, boqueando estúpidamente bajo la mirada fastidiada de su mentora.
“Tienes una semana para decidir, en diez días enviaré al pasante”.
Sólo le faltaba el agua y Sakura estaría feliz nadando en una pecera.
“¿¡Qué estas esperando!? ¡¡Vete de una vez!!”
“Si, shishou”.
“¡Y que alguien busque a Shizune!!”.
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Cerrando la puerta tras de sí, Sakura aun podía escuchar la retahíla de improperios que salieron de la boca de su shishou luego de su charla. Si ayer se había sentido mal por todo lo ocurrido con su sensei, ahora estaba definitiva y totalmente deprimida.
Conseguir una oportunidad como esa era algo por lo que cualquiera de sus colegas mataría de buena gana y a ella se la presentaban en bandeja de plata y tenía que rechazarla. Para colmo la neurocirugía era un área en la que ella quería especializarse.
Pero todo el asunto estaba definitivamente fuera de su alcance. ¿Por qué Tsunade no lo entendía?
Ausentarse por un año era algo impensable.
No podía dejar de nuevo a su familia. Aunque las cosas ya no fueran como antes, su madre estaba allí y la necesitaba. Estaba haciendo muchos sacrificios, si, pero eran necesarios…. eran justos.
Si tan sólo hubiera una alternativa, una salida…
‘…buscar la salida de una situación que te molesta…’.
“¡Ya cállate, tu no sabes nada!!”
El grito hizo que todos a su alrededor voltearan a verla y Sakura tomó conciencia de que estaba vociferando como posesa en medio de los concurridos pasillos de la Torre Hokage. Apresurando el paso de regreso al hospital, trató de hacer que se la tragara la tierra por el camino, pero ese era un jutsu que la exasperante voz que acababa de sonar en su cabeza jamás había tenido la cortesía de enseñarle.
Su vida era, oficialmente una cagada, y no pudo evitar la imagen mental de un sonriente sensei como la causa de su actual racha de miserias.
“De algún modo, todo esto tiene que ser tu culpa…”, susurró para sus adentros, convencida de lo razonable que sería matar al copyninja mañana por la mañana durante la practica de los miércoles. Un par de kunais mal apuntados le pasaban a cualquiera, después de todo.
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La Hokage daba vueltas por su oficina en su mejor interpretación de una leona enjaulada, desesperada por ir a defender a uno de sus cachorros.
Su punzante dolor de cabeza sólo se había intensificado luego de la charla con Sakura. Ver la expresión en su cara de culpabilidad y remordimiento cuando le habló de la oportunidad de continuar avanzando en su carrera la hizo sentir más enferma que todas las resacas de su vida juntas. La chica estaba estancándose a si misma y lo peor, es que lo hacía por decisión propia y consciente. Ninguna cantidad de palabras o amenazas habían resuelto el problema. Sakura estaba frenando su vida a cuenta de por sus propios remordimientos, aceptando culpas ajenas y propias como una cruz que tenía que cargar para redimirse.
Ni que decir que todo esto ponía a Tsunade bastante más irritada que los estándares normales registrados en el infame código lima.
“¡Con un demonio! dijiste que te ocuparías de esto hace más de 6 meses y yo no he visto ningún progreso”.
En la oficina de Tsunade no había nadie salvo ella misma. En la ventana, en cambio, había un shinobi recostado confortablemente contra el marco, su postura segura y relajada hacía parecer que era la cosa más natural del mundo que estuviese allí, a diez pisos de altura leyendo pornografía.
“Ahh, pero los resultados toman tiempo”.
“¡Tiempo que ya no tenemos!... Si esto no da resultado, Kakashi…”, la amenaza en sus palabras estaba más que clara. El infierno se iba a desatar sobre su persona si Sakura no cambiaba de parecer. ¡Y pronto!
“Las cosas ya están en movimiento Hokage-sama. En una semana Sakura estará de camino a Suna, sin remordimientos. Tiene mi palabra”.
Tsunade lo miró de reojo. Ella confiaba plenamente en el excéntrico shinobi apertrechado en su ventana; pero también sabía de sobra que sus métodos para abordar las misiones no eran siempre los más ortodoxos.
Él disfrutaba de las estratagemas más retorcidas y efectistas que su genio podía inventar para llegar al mismo punto al que otro shinobi intentaría aproximarse por una ruta más directa y obvia, aunque probablemente, no tan efectiva. Así que no había más remedio que confiar en el famoso genio retorcido del copyninja.
Igual que Tsunade sabía que Sakura se encontraba más allá de soluciones simples o que si ella imponía su voluntad como Hokage obligándola a ir, sólo se agravarían las cosas.
Finalmente detuvo su marcha y le miró abiertamente, sopesando sus palabras con cuidado.
“¿Estas seguro?”
“No lo diría si no estuviera convencido, Hokage-sama”.
“Más te vale que sea cierto, o la próxima semana serviré puré de copyninja en el comedor del hospital…”.
“Será una mejora del menú, sin duda”.
“¡¿Cómo dijiste?!, Tsunade se dio la vuelta, lista para golpearlo directo hasta el día de mañana, pero ya no había ningún indicio del shinobi en su ventana.
“Malditos mocosos que ya no le tienen respeto a nada…”.
Sentándose pesadamente detrás de su escritorio la Hokage sintió el deseo de prender fuego a todo el papeleo que tenía pendiente.
“¿Y dónde rayos se metió Shizune?”.
-o-
NDA: He estado pensando en poner este fic en hiatus hasta terminar LeN, porque la verdad me cuesta un poco pasar de uno a otro sin enredarme en los hechos que ocurren en cada uno, considerando lo similares que son. Supongo que dependerá de que tanto coopere mi musa.
En cuanto a lo que viene, pues ya estoy adelantando el one-shot sasusaku prometido, así que debe estar publicado muy pronto. También debo anunciar que he sido totalmente sometida por cierto mangekyo sharingan y que un itasaku viene en camino, luego de terminar con lo que estoy publicando, claro.
Gracias a todos por sus reviews y por el interés y cariño que me han hecho llegar. Me hace muy feliz saber que el producto de mis obsesiones e insomnios les entretiene.
Inner