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Summary: [UA Voldemort no tuvo oportunidad de conocer la profecía hasta que Harry tuvo cinco años, y va en su búsqueda para encontrarse a un pequeño niño traumatizado por la horrenda muerte de sus padres hacía un año, producto de los mortífagos. Harry es autista, y su único vínculo con el mundo real es la pintura. ¿Será la única? Aquél par de ojos rojos parece conectar dos mundos.
Spoilers: Algunos de RM, pero la mayoría trasciende hasta HBP.
Advertencias: No Slash, Voldemort!paterno (ligeramente), probablemente violencia gráfica, powerful!Harry, angst, ligero OoC.
Capítulo 1 Luna Nueva
Dumbledore suspiró. Su mano derecha sostenía fuertemente las pequeñas falanges del niño, que no parecía tener más de cinco años. Sus grandes ojos color esmeralda brillaban, pero parecían ausentes. Una nube de místico dolor lo separaba del mundo, que lo había golpeado de la peor forma, por la espalda.
Sostenía un pequeño librito, algo manchado, y forrado de cuero. Albus sabía que adentro un mundo de miles de colores emergía, moviéndose constantemente. Su pequeña libretita, algunos crayones de colores, un bolso con sus ropas y sus propios recuerdos era todo lo que llevaba.
Cuánto dolía, cuánto lastimaba ver a la juventud en tales condiciones. Tan sólo había pasado un año, pero los sanadores poco habían podido hacer con él. Desde la muerte de sus padres, de la que fue testigo de primera fila, a manos del trío Lestrange, su mente había cortado toda relación con el mundo exterior. A pesar de sus esfuerzos en el área de pediatría de San Mungo, los psicomagos y sanadores no lograron ningún avance en un año. Por eso, le habían pedido que intentase criarlo en un ambiente diferente, con los pocos miembros de la familia que le quedaban, en caso de que pudieran obtener una respuesta favorable.
Y ahora estaban frente al número doce de Grimmauld Place. Cuarteles generales de la Orden del Fénix, y hogar de Sirius Black y Remus Lupin. Los dos únicos familiares que le quedaban a Harry, luego de la traición de Pettigrew.
Sin decir nada, la puerta se abrió, dejando ver a un hombre alto, moreno, de hermosos ojos azules que fruncía el ceño por preocupación.
- ¡Albus! – saludó el hombre, e inmediatamente, su mirada cargada de tristeza bajó hasta Harry-. Harry…
El niño no levantó la mirada, y sin hacer caso de ambos hombres, soltó la mano de Albus y caminó adentro de la casa, examinando el pasillo, obviamente atraído por el paragüero con forma de pie de monstruo que descansaba a un lado del vestíbulo.
- No ha mejorado nada, Sirius – comentó Albus con tristeza-. Todavía continúa aislado. Los sanadores esperan que quizás, en un ambiente familiar, pueda abrirse un poco más.
- Lo juro Albus -comentó con repentino rencor, cerrando la puerta detrás del hombre de barba blanca-, en cuanto le ponga las manos encima a Peter o a los Lestrange… - una lágrima asomó su rostro-. No puedo creer que hayan hecho esto enfrente de un niño.
- Los mortífagos no conocen la compasión, Sirius. Y siguen arruinando vidas…- Albus dejó escapar un suspiro derrotado-. Espero que esto no continúe por mucho tiempo más.
Notaron que Harry había pasado a la cocina, atraído por las luces prendidas, y ambos se encaminaron hacia allí. Notaron que Remus abrazaba al ojiverde, y lo sentaba en sus piernas, luciendo más destrozado que nunca. Alastor Moody estaba en una esquina, mirando la escena con cierto dolor, y sentados en las sillas alrededor de la mesa, estaban Arthur Weasley, Elphias Dodge, Hestia Jones y Kingsley Shackelbolt. Todos lucían ojeras y parecían muy cansados, varias tazas de café vacías sobre la mesa delataban su insomnio.
- Albus – saludó Alastor, con una inclinación de su cabeza. Los demás presentes murmuraron sus saludos.
- Pobre niño…-murmuró Hestia, y comenzó a llorar.
- Ya, ya, los sanadores dijeron que va a haber más probabilidad de que se recupere si está en un ambiente familiar. No podemos seguir llorando por lo que pasó hace un año, si no redoblar nuestros esfuerzos para que no vuelva a pasar. Estoy seguro que con la ayuda de Remus y Sirius, Harry va a poder seguir adelante.
- Albus tiene razón, Hestia – murmuró Remus-. Pero Voldemort parece no ceder terreno.
Ante la cara de desconcierto del director de Hogwarts, que empezó a temer que las derrotadas caras de los miembros de la Orden fueran por algo más que el recuerdo de la pérdida de los Potter, Kingsley habló:
- Mientras estabas en San Mungo, Voldemort y sus mortífagos atacaron a los Longbottom. ¡Ya sabía yo que no debíamos confiar en aquella rata de Mundungus! ¡Los entregó, Albus, entregó a los Longbottom y los torturaron a muerte!
- ¿Y el pequeño, Neville? – preguntó Dumbledore, devastado.
- Muerto por un Avada Kedavra. Fui uno de los primeros en llegar, Albus – dijo Alastor-. Nunca había visto semejante crueldad, al menos desde los Potter.
- Voldemort sabe de la profecía –murmuró Arthur, por primera vez-. No hay otra explicación. ¿Para qué mataría a un niño? No es su estilo, Albus. Hay que darle eso. Pueden asesinar sin piedad, pero jamás atacan niños. Harry es prueba de aquello.
La habitación se sumió en el silencio. Voldemort sabía de la profecía, y ya había eliminado una opción. Ya sólo quedaba Harry, como última esperanza, y estaba sumido en un mundo al cual no había forma de acceder. Como respuesta a aquél silencio, el niño giró su cuerpo, todavía en la falda de Remus, hacia la mesa, y dejó su cuaderno forrado de cuero sobre ella, mientras sacaba sus crayones de la bolsa en la que traía el resto de sus pertenencias.
Ante la interesada mirada de los presentes, abrió su cuaderno en una página en blanco, y comenzó a dibujar pequeñas líneas, con cuidado y contemplación, como midiendo gravemente lo que estaba por aparecer en el blanco lienzo. Tras unos minutos, vieron el tosco dibujo de tres personas – una mujer, un hombre y su pequeño hijo, sonrientes. Su pelo marrón, y sus ojos chocolate, y la cara redonda del niño inmediatamente revelaron su identidad.
- Los Longbottom…- Exclamó, con las manos en la boca, Hestia Jones.
Quitando los ojos del dibujo, los demás miembros de la Orden se miraron entre sí, melancolía y sorpresa expresas en su mirada.
- Pero él no los conocía… ¿no?
- No, Arthur, los Potters se escondieron con el Fidelio un año antes de que los atacaran. No creo que se hayan conocido antes de ello, pues los Longbottom utilizaron el hechizo mucho antes.
- ¡Albus! Pero entonces… ¿qué…?
- No lo sé, mi querido Elphias. La magia alcanza límites insospechados, y si la profecía ahora recae en sus hombros, entonces deberíamos acostumbrarnos a las sorpresas.
- ¡Miren! Está dibujando otra cosa…- Murmuró Arthur, mientras los trazos en una hoja nueva tomaban forma conocida, y tanto Remus y Sirius no pudieron contener el llanto al ver las tres caras felices y cálidas de la familia Potter bajo un cielo estrellado.
- Una vez más, hemos asestado un golpe relevante que ha de reverberar directamente en el corazón de la Orden. Los Longbottom, como muchos de ustedes saben, eran reconocidos aurores que habían sido una espina para nuestra organización durante mucho tiempo, y me alegra el anunciarles que ya no serán más que un molesto recuerdo de un pasado distante, mis Mortífagos.
Aplausos y vítores sonaron con entusiasmo entre las paredes de piedra de la mansión en la que actualmente residían, ubicada en algún oscuro rincón de Escocia. En ese momento, los Mortífagos festejaban su mejor golpe desde la muerte de los Potter, a manos de los Lestrange. Muchos se habían extrañado ante la exterminación de la familia completa, ya que los muertos eran reconocidos sangre puras, y de gran poder, pero nadie se iba a arriesgar a preguntar.
Después de todo, la regla número uno para el trato con su señor era “no hacer preguntas a menos que él quiera responderlas”, y no creían que él estuviera dispuesto a justificarle nada de lo que hiciera a menos que hiciera referencia directa a ello.
Lord Voldemort alzó una mano, e inmediatamente el salón calló.
- Ya sin dos de sus más prominentes familias, la Orden del Fénix tambalea, y con ella, el Ministerio. Pronto tomaremos lo que por derecho nos pertenece y nos encargaremos de llevar a cabo la noble tarea que nuestros ancestros nos encomendaron.
Muchos mortífagos brindaron a ello, y los vítores se sucedieron. Voldemort se retiró del salón, siendo acompañado por los miembros de su círculo interno. Atrás quedaron los ruidos cuando se cerró la puerta, que llevaba a un pasadizo, y tan sólo se podía escuchar el ruido de las túnicas rozando las piernas, o las capas ondeando tras sus pasos.
Pronto un siseo y un cuerpo que se deslizaba entre ellos se unió a la comitiva, y entraron en otra sala de conferencias, donde una mesa con una selecta cantidad de sillas los esperaba. Sin necesidad de una palabra, los Mortífagos tomaron sus lugares correspondientes junto a las sillas, y esperaron a que su maestro se sentara. En cuanto lo hizo, ellos procedieron a tomar asiento, ordenados por jerarquía. Bellatrix Lestrange se ubicaba a la derecha de Voldemort, y a su izquierda Lucius Malfoy. A la derecha de Bellatrix estaba su esposo, mientras que a la de Lucius le seguía Rabastan. Luego se sucedían los Carrow, Avery, Nott, Dolohov y Barty Crouch Jr.
- Los he llamado a esta pequeña conferencia, pues son los mortífagos más valiosos y de mayor confianza en mi círculo, para brindarles cierta información que ha llegado recientemente a mi poder.
- Señor, nos honra usted con tal concesión…
- Lucius, guárdate las adulaciones para más tarde – replicó fríamente Voldemort, lo que hizo callar al hombre de inmediato.
Se levantó, y comenzó a caminar alrededor de la mesa, examinando con sus rojos ojos a sus más fieles servidores, como si estuviera determinando qué tan merecedores eran de su confianza. Cuando habló, lo hizo con una voz sedosa, suave pero amenazante, que hizo a más de uno sudar con insistencia:
- Hace poco uno de mis espías vino con la información de que hace algún tiempo, una profecía fue hecha en relación a mí… y a un niño que nacería para derrocarme – varios susurros incrédulos resonaron en la sala-. Oh, pero créanlo, pues la profecía en cuestión tiene cinco años en vigencia. Al parecer fue Dumbledore quien la presenció ni más ni menos, y desde entonces el viejo loco ha estado ocultando a los posibles involucrados.
- Uno de los requisitos para que fuese el niño señalado era nacer “al morir el séptimo mes” y que sus padres me hayan desafiado tres veces. Sin duda, las únicas dos familias que cumplían con estas dos condiciones eran Los Longbottom… y los Potter.
Murmullos coparon el silencio, algunos felices de que ya la amenaza estaba casi extinguida, y otros algo fastidiados acerca de la supervivencia del niño.
- Por supuesto, ya podría decirse que no hay competencia…- Sonrió brevemente y señaló a los Lestrange-. Gracias a la eficaz acción llevada por Bella, Rodolphus y Rabastan, los padres están fuera del camino, y la única persona que representa peligro para mí en este momento es Harry Potter.
- Pero señor, Narcisa y yo vimos al niño en San Mungo. Al parecer sufre de un shock emocional causado por la muerte de sus padres, y se ha cerrado al mundo, al menos según lo que las enfermeras nos dijeron –comentó Lucius-. No creo que pueda representar una amenaza actualmente.
- No, pero el autismo es un problema que se puede resolver con el tiempo –discutió Alecto Carrow-. Y es bien conocido que parte de los chicos autistas tienen gran capacidad para algo en particular.
Como preocupados de que el niño pudiese tener alguna especie de poder que destruyera a Voldemort en cuanto comenzara a curar, Bellatrix preguntó:
- Bien, Lucius, ¿recuerdas algo útil del niño?
- Si. Estaba dibujando cuando lo vimos –miró a Alecto-. ¿Será esa su “habilidad especial” de la que hablas?
Ella, avergonzada, respondió:
- Si, puede ser.
- Bien, entonces podemos empezar a temer que el niño mate a nuestro señor tirándole con crayones –se burló Rodolphus, y los mortífagos rieron. Voldemort observó todo el intercambio en silencio, y con una sonrisa maligna estampada en la cara. Alzó una mano, y todos callaron.
- Les aseguro que no será un crayón maldito el que me mate –ligeras sonrisas en la cara de sus seguidores-. Pero de todas formas, es mejor estar seguros. Como dice Alecto, es sólo cuestión de tiempo para que se recupere y Dumbledore lo convierta en el arma que tanto desea – volvió a sentarse en su silla, y miró a Dolohov-. Asegúrate de averiguar dónde está el niño ahora, no creo que con la muerte de los Longbottom Dumbledore lo haya dejado en San Mungo. Probablemente ya está con la Orden del Fénix, o alguna familia sustituta.
- Si, mi señor.
- Una vez que lo encontremos, me encargaré de matarlo – esbozó una sonrisa escalofriante y continuó-. Ningún mocoso será capaz de derrotar a Lord Voldemort.
Sirius ya había decidido junto con Remus que sería mejor que Harry durmiera junto a alguno de los dos, para empezar a estimular su interacción social. Pese a las disputas de Sirius, el hombre lobo renunció a su derecho alegando acerca de su condición, y no que el moreno no quisiese a Harry –más bien todo lo contrario-, pero no quería que su amigo pensara que había alguna clase de impedimento por su condición. Mientras no estuviera transformado, lo que ocurría una vez al mes y completamente en control, no significaba peligro alguno para Harry.
Pero la insistencia de Remus ganó, y Sirius ahora llevaba a su ahijado a su habitación, para introducirlo al ambiente.
- Esta va a ser tu habitación, Harry – dijo el hombre suavemente, y señaló la cama que yacía a un lado del cuarto-. Allí dormirás tú, yo dormiré allí – señaló su propia cama, del otro lado.
Notó que Harry miraba ambas camas, y despacio, se dirigía a la suya. Había redecorado la habitación, ahora de paredes blancas, pero de motivos Gryffindor. Tal vez, el ambiente alegre quizás contribuyera. Las mantas eran rojas y doradas, y había posters de diferentes bandas, viejas fotografías y dibujos que Harry había hecho cuando era más pequeño empapelando la pared.
El pequeño se subió a su cama, y comenzó a mirar los dibujos que descansaban contra la pared. Alzó una mano, y trató de sacar uno.
- No, Harry, tienen hechizos de permanencia. No van a salirse.
Tras varios intentos infructuosos, el niño abandonó su tarea, y volvió a sacar el cuaderno de cuero. Lo abrió en una página en blanco, y comenzó a dibujar.
- Mmh, creo que pronto vas a necesitar unos nuevos crayones –murmuró Sirius, mirando los pequeños restos de las herramientas de su ahijado-. Y un nuevo cuaderno.
El niño paró de dibujar, y su padrino se acercó a observar lo que había hecho.
- ¿Me muestras?
Harry no se movió. El cuaderno yacía abierto sobre la sábana, y aún sin hacer ningún gesto, era un silencioso “tómame” el que llamaba a Sirius. Sin dudarlo, tomó el objeto y comenzó a descifrar las líneas.
Era el propio Harry, sentado. Dibujando. Dibujando para Canuto.
El niño estaba reconociendo a su propio padrino, y le mostraba una de sus memorias. Harry comenzaba a comunicarse.
Sirius no pudo dejar escapar una lágrima, y soltó el cuaderno para abrazar fuertemente a su pequeño ahijado, sin parar de murmurar su afecto por él. Luego de unos minutos, logró soltarse de él, y recogió la preciada libreta, para entregársela a Harry. Este la miró por un tiempo, y luego la aceptó, sin dejar de observarla. Luego tomó su bolsa, y en ella guardó sus crayones, su cuaderno, y los escondió debajo de la cama.
Sirius, intrigado, hizo una nota mental para mencionárselo a Remus más tarde. Mientras, el ojiverde se metía dentro de las sábanas, y cerraba los ojos.
No tardó en quedarse dormido, y Sirius no se movió del asiento junto a la cama del niño hasta que lo hizo. Con un beso en la frente, se despidió de él y bajó a la cocina, donde sabía que Remus lo estaría esperando.
Pero en cambio…
- Snape –gruñó-. ¿Qué haces aquí?
El profesor de pociones lo miró con desdén y soltó su ácida lengua:
- Vengo a contar borregos, Black, ¿pero qué te parece que hago aquí? ¿Tan idiota eres?
- Al menos no soy una asquerosa rata mortífaga, imbécil – Sirius se le hubiera tirado encima de no ser porque Remus entró en ese momento.
- Basta Sirius, deja a Severus en paz – eso pareció calmar al animago, aunque seguía enviándole miradas asesinas al hombre-. ¿Qué sucede?
- Albus dijo que vendría aquí en unos minutos, Lupin, y lo estoy esperando.
- ¿Ha pasado algo con Voldemort? – Preguntó el licántropo.
- Seguramente no le alcanzó con que le besaras los pies, y ahora…
- Basta, Sirius – la voz de Albus llegó por el corredor-. Compórtate, o me veré obligado a pedirte que nos dejes.
El animago murmuró un “está bien” y se sentó, refunfuñando, en la silla.
- Albus –saludó Snape al director-. Ya me temo que te has enterado que Voldemort está al tanto de la profecía.
- Así es, esta mañana – dijo el hombre, y señaló los asientos, que los dos todavía parados aceptaron gustosos-. No puede haber otra explicación de la masacre de los Longbottom.
Severus asintió, y siguió:
- No te imaginas la fiesta que se hicieron los Mortífagos en cuanto se enteraron que ya habían eliminado a parte de los Potter, también.
- En la que de seguro participaste, bastardo.
- ¡Sirius!
- Profesor, todos sabemos lo que Severus sentía hacia James…
- ¡Black! – Severus se levantó y golpeó la mesa con las manos, enfurecido. Sirius pareció algo sorprendido, pero su expresión no perdió su desdén. El profesor de Pociones no se intimidó, y acercó su rostro al de su enemigo, con furia visible en sus ojos:- Escucha Black, me importa un bledo lo que tú o tu patética banda de amiguitos piensen de mí, pero no voy a tolerar que me acuses de aprobar algo como la masacre de los padres de un niño inocente – no necesitó alzar la voz, pues tomó un carácter de susurro mortal, que no pudo menos que dar escalofríos al último Black-. Puedo haber odiado, o seguir odiando, a James Potter o su memoria, pero jamás, ¿me escuchas? Jamás le sacaría un padre a su hijo. Y por sobre todo, jamás le pondría un dedo encima a ella. Ni me alegraría de su muerte. ¿Me entiendes, Black?
Sirius cerró los ojos por un momento, y en lo que se podría considerar una frase histórica, dijo:
- Lo entiendo, Snape. Lo siento.
Severus volvió a su silla sin quitar los ojos de su enemigo, y Albus sonrió, juntando las palmas.
- ¡Bien! Me alegro que resuelvan, al menos temporalmente, sus disputas. Ahora, Severus, ¿qué tenías para decirme?
- El Señor de las Tinieblas desea asesinar a Harry Potter. Ya ha mandado a varios de sus mortífagos a averiguar su paradero.
- Bien, por eso no debemos preocuparnos porque está aquí en Grimmauld Place, y estamos bajo un Fidelio, ¿no? – comentó Remus, alegremente.
- Lupin, si los Longbottom fueron traicionados, si los Potter fueron traicionados, no me quedan dudas de que Voldemort tiene espías dentro de la Orden. Y muy bien posicionados, me temo.
Sirius se tragó su insulto.
- Severus tiene razón –Albus se rascó la larga barba-. No sabemos cuánto puede tardar Voldemort en conseguir acceso a Grimmauld Place.
- O si ya lo ha hecho – murmuró Sirius.
- Mientras tengamos la ventaja, debemos conseguir un nuevo lugar para hospedar a Harry – dijo Albus.
- ¿La Madriguera? – preguntó Remus, pensativo.
- Demasiado obvio. Voldemort lo consideraría uno de los primeros blancos.
- Y sería injusto – agregó Sirius-. Arthur y Molly tienen siete hijos. Los pondría a todos en peligro.
- Cierto…- admitió el licántropo-. ¿Dónde más, entonces?
- ¿Hogwarts? – Preguntó Sirius.
- Demasiado expuesto, Black. Sería más fácil para los hijos de mortífagos el llegar a él.
- Exacto. Y es demasiado grande. No tendríamos control sobre Harry, y podría meterse en problemas – Remus suspiró-. ¿Otra opción?
Los ojos de Dumbledore parecieron echar chispas por un instante. Los otros tres ocupantes de la habitación se miraron inmediatamente. Eso no era un buen signo.
- ¡Déjenmelo a mí, señores! – Dijo, y se fue.
- ¿Por qué tengo la impresión que la solución no nos va a gustar?
- El sentimiento es mutuo, Remus –admitió Sirius.
Severus hizo ademán de levantarse, pero Remus lo retuvo, tomándole por el brazo.
- Ah, no, Severus. Tú te quedas.
- Por más encantadora que halles mi presencia, Lupin, tengo otras cosas que hacer – dijo el hombre entre dientes.
- ¿Otras cosas? Ya escuchaste a Albus, Severus. Espera unos minutos, y verás como aparece con una solución en el bolsillo.
- ¿Y todo esto qué tiene que ver conmigo, si te importaría decirme, Lupin?
- Ah, todo, Severus – la voz de Albus había vuelto a aparecer, y ahora el hombre estaba apoyado contra el marco de la puerta.
El profesor de pociones levantó una ceja, y los ojos del director brillaron.
- ¿Te importaría esconder a Harry en tu casa?
Las bocas de los tres hombres cayeron al suelo y rodaron unos centímetros.
- ¡Es una idea perfecta! – Los animó el anciano.
Los tres se le quedaron mirando unos momentos como su estuviera completamente loco (luego de recoger sus bocas), y sobrevino un segundo en silencio antes de que estallaran.
- ¡No pienso tener un mocoso en mi casa, Albus!
- ¡No puedes dejar a Harry en la casa de este grasiento bastardo!
- ¡Albus, estaría a la merced de Voldemort si se llega a enterar!
Y el griterío siguió hasta que el mayor levantó una mano, y pidió silencio.
- Entiendo que esto sea peligroso, pero es precisamente por eso que Voldemort lo desecharía como opción, si al menos lo tuviera en cuenta. No esperaría que dejase a un niño de cinco años, posiblemente capaz de derrotarlo, en las manos de uno de sus mortífagos –cuando vio que las protestas iban a comenzar de nuevo, agregó-. Y tampoco pienso dejarlo sin protección. Acabo de echar algunas barreras básicas, pero con un simple fidelio en Harry servirá para ocultarlo.
- ¿Un fidelio en un ser humano?- preguntó Sirius.
- Si, el encantamiento funciona en todo lo que se desea proteger. En este caso, los que el guardián halla elegido para saber la ubicación de Harry, son los únicos que lo podrán ver –explicó Remus.
- ¿Cómo si fuera invisible?
Snape bufó.
- No, Black. Si el niño tropezara con alguien que no lo puede ver, este sentiría su esencia mágica, y el contacto físico, pero si quisiera retenerlo, o atacarle, no podría.
Sirius estaba a punto de decir algún comentario mordaz, cuando Dumbledore lo detuvo.
- ¡Perfecto! Entonces me parece que mañana podremos hacer el encantamiento, y podrá mudarse a tu casa, Severus.
- ¿Mi casa? ¡No, yo no…!
- Si, Dumbledore, no puedes...- Comenzó Sirius, pero luego se detuvo-. ¿Y por qué no le echas el encantamiento y se queda aquí?
- No puedes usarlo dentro de otro Fidelio. Requiere mucha magia y aún así, es posible que no funcione – contestó Remus.
- Exacto – Albus miró a Snape-. Severus, confío que accedas a cuidar de Harry. Es por su bien.
Este bufó, y murmuró por lo bajo:
- Como si tuviera otra opción…
De pronto, Remus se paró, y miró seriamente a Dumbledore.
- Imagino que alguno de nosotros –se señaló a sí mismo y a Sirius- será el guardián secreto.
- Yo seré el guardián secreto, Dumbledore – dijo Sirius.
Sus ojos determinados, y la firme línea de su boca que no admitían discusiones convenció al anciano director, quien suspiró y aceptó.
- Está bien, Sirius, serás el guardián secreto.
Tras decir esto, el animago asintió y subió a su habitación, tras una breve despedida. Pronto Remus lo siguió, y quedaron solo Severus y el director en la habitación.
- Por favor, Severus. Es lo único que nos queda – dijo Albus, pena en sus ojos.
- ¿A sí que es solo por eso que te tomas tantas precauciones, Albus? – contestó el Slytherin, con furia reprimida-. ¿Por qué es el títere que va a destruir al lord oscuro?
- No, mi niño… es más que eso.
Pero antes de que siguiera, el hombre moreno lo interrumpió.
- Me dijeron que tiene los ojos de Lily, Albus. ¿Acaso lo haces a propósito? ¿Envías al niño a mi casa, donde veré esos ojos que ya no me dicen nada, simplemente porque yo fui el que le dijo de la profecía al Señor de las Tinieblas?
Sus manos estaban fuertemente apretadas en puño. Albus endureció la mirada, y dijo fríamente:
- Mandaste a tres inocentes al matadero ese día, Severus.
- ¡Y cómo se suponía que supiera que eran los Longbottom o los Potter! – Gritó, perdiendo la calma-. ¡Yo simplemente estaba salvando mi culo para seguir espiando para ti, Albus! ¡Y jamás te preocupaste en decirme de quién se trataba la maldita profecía!
- Esperaba que un hombre tan astuto como tú se diera cuenta por sí mismo – replicó, calmado aún, Dumbledore.
- Claro, porque voy revisando las fechas de los partos de todas las madres del mudo mágico. Por si te has olvidado, Albus, tengo una doble vida que mantener, no tengo tiempo de mandarles felicitaciones a todas las parturientas en San Mungo.
- No, no lo he olvidado, Severus –el director se masajeó la frente-. Pero un buen hombre siempre se hace responsable de sus acciones.
- Un buen hombre no se mete en el infierno en el que yo estoy metido – comentó simplemente, y se levantó de la silla-. Buenas noches, Albus –dijo, y salió de la cocina.
- Gracias, Filius –dijo Albus, secándose el sudor de la frente con un pañuelo. Acababan de terminar de realizar el encantamiento Fidelio, y ahora Harry permanecía oculto a la vista de todos, menos la de Sirius. Este se hallaba sentado en la mesa, escribiendo en un pergamino la clave que permitiría descubrir al niño.
Tras unos momentos, en los que Flitwick se despidió de la Orden, Sirius pasó el pergamino primero a Remus, luego a Dumbledore, y finalmente a Snape. No estaban seguros de quién era el espía en la Orden, pero era mejor mantener el secreto entre ellos, los más alegados al líder de la organización.
A pesar de las continuas protestas de Sirius.
- ¡Albus, es un mortífago! ¡No nos podemos fiar de él! – había gritado.
- Sirius, confío con mi vida a Severus. No sigamos discutiendo, por favor –cortó hábilmente el tema Dumbledore, poco después.
Ahora el niño de cinco años con la libretita en mano, terminaba de tomar su desayuno, sentado enfrente de Remus. Su bolsa reposaba sobre la mesa, a su izquierda, y aquello trajo un repentino recuerdo a Sirius.
- Por cierto, ayer por la noche, antes de acostarse, escondió su bolsa y objetos personales debajo de la cama. ¿Creen que…?
- ¿Hayan hecho algo en San Mungo? – Terminó el licántropo. Sirius asintió, y Dumbledore habló.
- Los niños autistas sufren, además de una completa falta de comunicación social, de la compulsión en actos repetitivos. Establecen rutinas, o incluso pueden sufrir algún movimiento involuntario, que las siguen a raja tabla, por decir de alguna forma. Seguramente el esconder la bolsa es algo instintivo, más que por alguna razón externa.
- Espero que tengas razón, Albus…- susurró Sirius amenazadoramente. Tenía la vista fija en su ahijado, que había dejado su desayuno a un lado, y había comenzado a dibujar.
Un momento más tarde, ya terminado el dibujo, los cuatro adultos se inclinaron para prestarle atención. Allí aparecía un niño de pelo negro, con anteojos –“seguramente él mismo” acotó Remus-, que escondía bajo su cama una bolsa de tela estrellada. Al parecer la estaba ocultando, o quizás introduciendo, a las sombras que salían debajo de su lecho. Un ojo rojo coronaba la cabeza de las sombras.
Todos miraron al niño, que estaba terminando su desayuno.
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Comentarios:
Tenía que satisfacer este Plot Bunny. Todavía me quedan tres o cuatro más, creo. XD. En fin, antes de que aprieten el botón lila de allá abajo que dice “go”, me gustaría aclarar que esta es una historia que intentaré actualizar, pero que no recibirá prioridad. Primero están El Espejo de Oesed, Disiunctus Anima y Claroscuro.
Tampoco creo que sea demasiado larga.
En fin, gracias por leer y recuerden dejar review :D
Augur