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Shiorita
Author of 42 Stories

Rated: K - Spanish - Drama/General - Reviews: 15 - Updated: 10-05-09 - Published: 03-21-08 - Complete - id:4145770

Mucho que decir sobre un fic y poco tiempo. Así que, lo básico:

Participa en dos retos (porque yo debo tener un fetiche con los 2x1 que no es sano):

-AI de la KDD de Madrid de octubre de 2009 (ayer y anteayer, qué leñes). Para Laura :)

-Reto de Weird Sister, Sirius Black en Azkaban de Morrigan T.

Sólo puedo decir una cosa, espero que os guste, porque ha sido una auténtica aventura –very black, belive me!- escribir algo así.

Shio.

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Halloween.

As Black as them

Halloween.

La luz de la luna alumbra la ciudad. Sobre el asfalto mojado los niños corren y gritan, juegan alegres. Llevan diversos disfraces; de esqueletos, monstruos, brujas… Se creen los dueños de las calles, pues son los únicos que están fuera. El frío ha obligado a muchos a guarecerse en casa, donde el calor de la calefacción convierte la llegada del invierno en algo reconfortante.

Sin embargo, a pesar de ser fiesta, parece que sólo los niños están alegres. Es Halloween, pero en la tradición centroeuropea es la víspera de todos los santos. Ese día, la gente suele ir a visitar a los suyos, a aquellos que ya no están, a los que ya se fueron.

Los claveles descansan sobre las mesas de muchas casas. Son las flores de los muertos, las que se dejan en las tumbas de los camposantos. Y, en esa calle de Londres, mañana mucha gente irá al cementerio a dejar claveles en recuerdo de sus seres queridos.

Esa calle de Londres. Hace exactamente un año, la noche de Halloween del año pasado. 1981.

A veces la realidad parece tan lejana, tan absurda.

Por suerte, lo encerraron. Dijeron que se lo habían llevado a una prisión de alta seguridad, que se quedaría allí hasta el día de su muerte. De por vida. Una vida entera para recordar qué había hecho.

Halloween.

Hay fechas que marcan algo más que un calendario. 31 de octubre de 1981. Para Inglaterra en especial, es una fecha marcada con fuego. Un día agridulce, lleno de esperanza y desazón, de promesas y traición.

Pero al mar eso no parece importarle lo más mínimo. En su envite contra las rocas, se hace dueño del mundo. Tiene el poder de cubrir todo con su existencia, sobre todo, el paso del tiempo.

Quizás es por su murmullo eterno, por su fuerza, por lo que ha significado desde siempre. Y que, aún hoy, sigue significando.

Un elemento conciliador, portador de paz interior y aventuras lejanas, de recuerdos eternos y ensoñaciones quiméricas.

Y, para ellos, es el sonido más bello del mundo.

Ellos.

Sólo son un rastro de lo que antaño fueron. No queda en sus rostros rasgo alguno de humanidad. Algunos dicen que nunca fueron hombres; otros, que han perdido la oportunidad de serlo.

En las noches oscuras en que el reflejo de la luna se cuela a regañadientes por sus ventanas, ellos guardan silencio. Quieren escuchar el batir de las olas del mar, quieren creerse libres, al menos un instante.

Y saben que esa canción nunca cesará.

Sin embargo, es la esperanza lo que les merma, les vuelve más débiles, les convierte en el blanco perfecto de los dementores.

Los dementores son unas horrorosas criaturas capaces de absorber la energía vital de todo ser humano. Se alimentan de recuerdos felices, que les dan poder sobre las personas, a las que sustraen aquello que les hace sonreír.

Al final, sólo queda en ellos sus peores desconsuelos, momentos, sus pesadillas. Una vida entera recordando qué han hecho, y porqué están allí.

Allí; en Azkaban. Una prisión mágica, de alta seguridad, en medio del mar. Ilocalizable en ningún mapa, incomunicada con cualquier sitio. Tan perdida dentro de sí misma como sus inquilinos dentro de sus cabezas. A punto de volverse locos.

Porque cuando no buscan escuchar el sonido del mar, gritan. Al principio eso es lo peor, luego se acostumbran. Al final, todos gritan. Nadie escucha a nadie, nadie atiende a nadie; gritan para sí mismos, no para oírse, sino porque, en su desesperación, es lo único que se les ocurre hacer. Y lo hacen sin pensar, sin detenerse a reflexionar. Sólo gritan.

También lloran, se golpean, no comen, hablan consigo mismos, tratan de suicidarse. O miran al mar.

Todos menos ella.

Ella sólo ríe.

Desde que llegó, hace unos meses, ha inundado las celdas y los pasillos de la Azkaban con sus risas. Que son peores que cualquier grito.

Sobre todo para el prisionero que se encuentra enfrente de ella. El número 390. Más conocido en el mundo mágico como Sirius Arturus Black.

Desde que ella está en aquella celda, la pesadilla en la que vive Sirius se ha vuelto más cruda, más real, más absurda, más tangible y mucho más dolorosa. Le quema: la piel, el alma, lo que queda de su vida va ardiendo conforme ella le habla.

Porque cuando Bellatrix deja de reír, dirige sus burlas hacia él. Y es en aquellos momentos cuando Sirius hace algo que nunca, jamás, pensó que haría delante de su prima: llora.

Se abraza como un niño pequeño, se acurruca en posición fetal, y, llorando, se repite a sí mismo aquella frase que tanto le martillea la cabeza. Inocente, eres inocente.

Al principio se despertó muchos días sin saber qué hacía ahí. Pensando en que sus amigos vendrían a rescatarlo. Pero luego la verdad se estrellaba contra su cara con un golpe sordo, abrupto, y le sobrecogía de tal forma que no podía evitar tiritar.

La visita diaria de los dementores dejó de hacerle efecto paulatinamente, según iba asimilando lo que había ocurrido. Hasta que creyó que podría soportarlo. Pero entonces llegó ella. Y lo que no pudieron llevar a cabo esas criaturas con su enorme poder oscuro, lo hizo ella, con sus palabras sibilinas y el veneno que destilaba con cada frase, cada mirada, cada gesto.

Halloween.

Hoy es Halloween y Bellatrix está de buen humor. Ríe y mira a su primo con las pupilas dilatadas, los ojos abiertos y una mueca de locura abismal en su cara. Sirius cierra los ojos ante esta visión. No quiere verla, no quiere oírla; hoy, no quiere saber nada de ella.

Pero ella sí quiere saber de él, o más bien, qué él se acuerde de ella.

-¡Sirius! –Canturrea con su voz chillona - ¡Sirius!

Sirius se tapa los oídos, se acurruca como un bebé y se abraza a sí mismo.

-Inocente, eres inocente –se dice a sí mismo, pero empieza a dejar de funcionar.

Ella sigue cantando, mientras él se limita a adormecerse con su propia voz. Se habla, se cuenta un cuento, una historia de alguien que una vez creyó ser. No quiere oír las risas de Bellatrix.

Eso no es reír, no con alegría. Una vez supo qué era la alegría. Trata de recordarlo, pero le cuesta. Así que se convence a sí mismo de que las oye. Las risas…

-Sí, las recuerdas. –Sirius imagina que está ahí, en alguna parte de su memoria, riendo. Se imagina feliz.

El efecto dura un instante pero es tan embriagador que lo vuelve a intentar.

-Recuerdas las risas. Te ves a ti mismo, espatarrado, sobre un sofá desgastado y roído por el tiempo.- Casi puede ver el sillón, la estancia donde está, la poca luz que se cuela por la ventana. Sonríe en sueños, porque ya está dormido. Aunque esa voz, inconsciente, sigue hablándole.

“Tienes una botella de whisky de fuego medio vacía entre tus rodillas, y estás jugando con tu varita. Hasta que se cae y rueda por el suelo.

-Canuto, tío, estás para el arrastre –se queja James.

Les miras. Están tan cerca… Te levantas para acercarte a ellos, pero te tambaleas.

Te llega la risa de Remus, lejana.

-Así no podemos tomarte en serio. Si no eres capaz ni de llegar hasta aquí, mal vas a saber tomar una decisión.

-¡Pero si no sabe ni andar recto! ¡Vas torcido, tío! ¡Toda la vida has ido torcido!- corrobora James.

No sabes porqué pero algo en sus palabras te hace daño.

-¿Decisión? –preguntas.

Tampoco sabes de qué hablan. Están ahí los tres, sentados en el suelo de La Casa de los Gritos. James se ríe de tu cara, de tu confusión, porque James siempre se está riendo. Miras a Peter, que baja la mirada. Te saca de quicio esa actitud, que no se haga valer. ¡Joder! ¡Es un merodeador! ¡Vale tanto como el resto! Pero Peter siempre actúa como si hubiera hecho algo malo. ¡Cómo si él supiera lo que es eso!

El único que te sostiene la mirada es Remus. Remus… Tiene una mirada tan profunda que cuando te pierdes en ella sientes cómo te invade la paz. Si fuera por ti, el cielo consistiría en eso, en mirar a Remus a los ojos, sólo en eso.

-Peter quiere compartir este sitio -te explica Remus.

Notas como el “no” surge de dentro de ti, sube por tu estómago sembrando fuego a su paso. Pero se atasca en tu garganta, donde se confunde con el whisky, y quema.

-… cree que sería divertido estar aquí con Lily, Alice y Mary.

Lily, Alice y Mary. Te llevas bien con ellas, te caen bien. Pero tus amigos también. Y no quieres, no, no te da la gana compartirlo. A ellos, en cambio, les gusta la idea. Remus y Peter lo discuten. James sólo ríe.

Te levantas de nuevo, para acercarte, para pedirte que no lo hagan. Pero la cabeza te da vueltas. El suelo se mueve, las paredes cambian de color. Tratas de pedir ayuda. ¡James! ¡Remus! ¡Peter!

Les buscas. ¿Adónde han ido?

Das un paso, otro. Avanzas a tientas. Sí, ahí están. Les vuelves a ver. Pero algo no va bien.

Te acercas a James, le oyes reír. La risa es lejana, y cuando lo tocas, está frío; helado.

Retrocedes y tropiezas con Peter, que te mira tan extrañado como tú a él. Entonces, te asustas. Es Peter, sí, es Colagusano. Pero no le reconoces; no tiene ojos, ni boca, ni nada. Es una figura pétrea, que te mira. Que te mira sin mirada.

Buscas a Remus. ¿Remus? Él siempre lo sabe todo, sabrá decirte qué ha pasado, qué ocurre. Remus nunca se equivoca, diga lo que diga será verdad. Y por dentro, sólo deseas que todo esté bien, que las cosas se vayan a arreglar. Quieres que te diga que a James y a Peter no les pasa nada, que están bien, que son los de siempre.

Pero esa sensación desaparece en cuanto te encuentras frente a él: ya no quieres preguntarle nada. Cuando le ves abrir la boca quieres cerrársela, pero sólo te tapas los oídos. Aún así, te llega su voz: tan clara, tan real, tan veraz. Tan determinante:

-Loco. Estás loco. Traidor. Eres un traidor. Tú, los mataste. ¿Cómo pudiste? Eres un Black, sí, siempre lo has sido. Eres un Black, eres igual que ellos. Asesino.

Te vuelves, echas a correr. Hacia ningún sitio, hacia ninguna parte. Pero que sea lejos. Tropiezas, caes.

Y entonces oyes un ruido. El sonido de un golpe seco. Te sobresaltas, te incorporas. Abres los ojos. Lo ves: el mar. “

Sirius jadea, cubierto de sudor. Se despierta, asustado. Le ha parecido tan real, que duda de si no fue cierto. Siente el sonido de las olas restallar en sus oídos.

Escucha una risa. Estridente, que le hace daño.

Y comprende que acaba de despertar de una pesadilla, porque la realidad es muchísimo peor. Quiere llorar, morir, dormir y nunca más despertar. Nunca lo ha pasado tan mal.

Al contrario que Bellatrix, que parece el ser más feliz de la Tierra en ese momento.

-¿Te diviertes?

La pregunta de Bellatrix queda suspendida en el aire. Sirius ignora si es retórica o sólo retorcida. Esboza una mueca, un intento de palabra que se pierde en su garganta.

-“Zorra”- piensa para sí.

-Ya veo que sí. –Bellatrix vuelve a reír.

De pronto se para, le mira, y sonríe. A Sirius no le gusta esa sonrisa. En realidad no le gusta nada que tenga que ver con su prima; y menos aún estar así, tan cerca de ella y tan lejos. Tan cerca como para no poder escapar de ella, y tan lejos como para no poder acabar con ella.

-Oye, ¿cómo es? –le pregunta con algo que parece curiosidad sincera. –Dime, Sirius, ¿cómo es llamar a James en sueños y que él ya no venga a ti?

Sirius siente cómo la sangre de sus venas le estalla, y se imagina, por un momento, golpeando a Bellatrix hasta provocarle una hemorragia mortal.

-¡James! ¡James! – chilla con su estrepitosa voz Bellatrix- ¡James! ¡Sálvame! ¡No quiero seguir en esta pesadilla!

Sirius aprieta los puños. En su mente, Bellatrix se desangra. Por lo menos eso le alivia un poco.

-Ah, no, espera. ¿Cuál era tu pesadilla, primo? Ah, sí, la muerte de James. –Bellatrix mira a Sirius, que ha palidecido. Pero no se detiene ahí- ¿Por qué me miras así? ¿De qué te extraña? Si lo mataste tú.

-Yo no lo maté –niega Sirius con vehemencia.

-Sí, claro que lo hiciste –rebate ella.

-No.

Hay pocas cosas de las que Sirius está completamente seguro, y más en el estado de locura que sufre en ese sitio, pero sabe qué él no mató a James y a Lily. No, ese fue Voldemort.

-Les traicionaste, querido primo. –La ese que pronuncia Bellatrix se asemeja demasiado a un silbido de serpiente.

-No.

Eso lo hizo Peter, sí, a quién todos creían su amigo. Les traicionó Peter, no él.

-¿Aún te crees esas mentiras, Sirius? Fuiste tú quien les traicionó, quien los mató. Fuiste tú y de nadie más es la culpa de su muerte. ¿Quieres saber porqué?

Sirius niega con la cabeza. No, por supuesto que no quiere.

-Porque ellos confiaron en ti.

-¡Cállate!-

Sirius se levanta, golpea contra los barrotes y mira lleno de furia a Bellatrix. Grita con todas sus fuerzas, y, en ese lugar, es el grito más cuerdo de todos.

-No te atrevas a… ¡cállate maldita hija de puta!

-Que no me atreva ¿a qué?- ríe feliz Bellatrix. –Pero si tú también lo piensas.

La risa de Bellatrix le da de lleno. Siente la sangre hervir. ¡Qué delicioso sería matarla! Asustado, de pronto, reconoce esos sentimientos que hace, al menos, seis años que no siente. Recuerda la última vez. Cuando se fue de la casa de sus padres, tras enterarse que Regulus se había alistado en las filas de los mortífagos.

Habría matado a su madre de no ser por su padre, de no ser por la cara de su hermano, de no ser por la promesa de James de una nueva familia.

Ira. Aquello que siente dentro de sí, no es más que ira.

-La sientes, ¿verdad?- pregunta de nuevo su prima.

Sirius la mira como si no comprendiese. Ella únicamente asiente.

-Sí –señala arrastrando la s- es la ira lo que te reconcome. En este momento lo único que deseas es matarme, ¿verdad?

Sirius no dice nada, no sabe qué decir. Su prima tiene toda la razón, sólo desea hacerla callar, borrarla del mundo.

-Pero tú no has sentido sólo ira por mí, ¿verdad?- le comenta Bellatrix con tono suave. -¿Te acuerdas?

Sirius la mira, palideciendo un poco.

-No… -responde lacónicamente Bellatrix. –Tú has sentido muchas cosas por mí, antes que ira. Y ¿sabes? Te las voy a recordar.

-No hace falta- consigue decir Sirius con esfuerzo.

-Oh, no lo hago por ti. Simplemente, es que hoy, me apetece divertirme- ríe alborozada Bellatrix.

Se quedan en silencio un momento, sabiendo que lo que viene a continuación es inevitable.

-¿Sabes qué día es hoy, Sirius?

Sirius niega con la cabeza. Miente, y ambos lo saben.

-Oh, claro que lo sabes. 31 de octubre ¿cómo vas a olvidarlo? Hoy los niños se disfrazan de seres oscuros, ¿recuerdas? Hoy, dicen, se sucumbe ante la oscuridad.

-Tú siempre has vivido en ella- le espeta Sirius enfurecido.

-¿Yo? Por supuesto. Soy Black, ¿no? Y tú también lo has hecho.

Sirius niega con la cabeza y Bellatrix estalla en carcajadas.

-¿Dices que no? Pero ¿cómo te atreves? –Bellatrix no está enfadada, para nada. Su voz es suave, melosa… maligna. –Si no hay más que pruebas en tu pasado.

Sirius se deja caer contra el suelo. No quiere seguir escuchándola. Cierra los ojos con fuerza y se concentra en pensar en que quiere que se calle. Lo repite con tanta vehemencia en su cabeza que es como si creyera que, quizás así, no va a seguir hablando más.

Pero la realidad es mucho más amarga.

-Sirius… ¿sabes lo que son los siete pecados capitales?

Sirius la mira, extrañado por la pregunta. Por supuesto que…

-¡Espera! Por supuesto que sabes lo que son los siete pecados capitales. Si tú naciste para sucumbir a todos ellos.

Sirius se encoge inconscientemente sobre sí mismo y se mueve hacia el fondo de la celda. Pegado contra la pared, sabe que ya no puede escapar más de Bellatrix. Lo que es mucho peor que cualquier otra cosa que se le ocurra en este momento. Mucho peor que, incluso, el beso de un dementor.

-“Me acuerdo de aquellos días en que creías que te comías el mundo. Nunca pensaste que en realidad el mundo se estaba dando un festín contigo. Jugabas a creerte inmortal, el gran conquistador. Más bien, el estúpido ingenuo que creyó que nada le pasaría factura. No eras nadie, Sirius, sólo un montón de basura traicionera.

O eso decía tu madre. Tu padre, en cambio, nunca hablaba sobre ti. Para él ya no eras su hijo. Y tu hermano, ay, el pequeño Regulus. Nunca supo hablar mal de ti, mira. Supongo que porque vio en ti lo que pocos vieron. Pero que ni a él ni a mí se nos escapó jamás.

Y es que, Sirius, eres un Black.

¿Sabes? Creo que era un día como hoy. Un 31 de octubre, una noche de Halloween. Decidiste ser especial, más especial de lo que ya hubieras sido de estar con nosotros. Pero no, tú querías más, querías brillar en la oscuridad, querías destacar entre los buenos, ser conocido, y a la vez, llevar esa doble vida, siendo tan malo como quienes criticabas.

¿Sabes cómo se le llama a eso? Avaricia.

Es uno de los siete pecados capitales, uno de los primeros que aprendiste.

Luego llegó la envidia. No podías soportar que hubiera alguien mejor que tú. Porque, aunque aún te lo creas, siempre fui superior a ti. En todos los sentidos.

Al contrario que tú, yo siempre supe qué es lo que quería hacer con mi vida, quién era, qué quería. ¿Qué querías tú, Sirius?

Te lo diré: nada. Sólo sucumbir, caer en la tentación.

Y caíste una vez más. Tu pereza era un vicio que tu madre fue incapaz de soportar. La pobre pensó que por eso habías acabado en Gryffindor. ¡En Gryffindor! ¿Cómo se te ocurrió, Sirius?”

Sirius levanta la cabeza, extrañado, mientras ve cómo Bellatrix se retuerce. La mujer ríe. Grandes carcajadas llenas de una alegría sádica llenan la celda, y, con ella, todo el pasillo y aquello que se encuentra cerca de éste. Avaricia, envidia y pereza. Ira. Cuatro de los pecados capitales. Cuatro de los siete pecados a los que una vez, embriagado de whisky de fuego y dosis de cretinismo, había jurado sucumbir delante del tapiz de sus antepasados.

Ese mismo día había determinado que, puesto que era incapaz de resistirse a nada que Kreacher pusiera en la mesa, su único pecado capital no iba a ser, ni mucho menos, la gula. No, él sería algo más que un obseso por la comida. Él sería alguien de oscuro y noble corazón, como el brujo del corazón peludo.

-“Me parece que ya sabes cuál fue, en verdad, tu primer pecado. En fin, hagamos la cuenta, ¿te parece? Gula, avaricia, envidia, pereza. E ira, ¿no? Aún nos faltan dos, pero tú y yo sabemos, como creo que no lo hace nadie más, cómo fue uno de los dos, ¿verdad?

Sí, sí que te acuerdas. Fue una noche oscura como la boca del lobo. Llovía a cántaros y todo Londres estaba prácticamente desierto. Te habías escapado de casa. Gran día ¿verdad?

Dejaste la mansión de tus padres queriendo dejar todo atrás, ¡creyendo que lo harías! ¿Para qué? Para venir hasta la mía.

No viniste porque me necesitaras, ni porque te sintieras obligado. Viniste porque te dio la gana, porque de nuevo te creíste mejor que nosotros, que yo. Viniste hasta mi casa. ¡Qué suerte tuviste que la encontraste vacía! Te plantaste en la puerta de mi dormitorio y me gritaste. ¿Recuerdas las palabras? ¿No? Yo sí: no soy un Black, no soy como ellos, como vosotros, como tú. No soy tan oscuro como te crees; aún hay una luz que brilla en mí.

¿Cuánto alcohol llevabas en las venas para decirme algo tan cursi? No lo sé; no me importó en aquel momento, tampoco ahora. Te miré, recuerdo que te miré, incrédula. Y después me eché a reír, a sabiendas de que eras tan Black como yo misma.

Pero estás deseando caer en la tentación, ¿verdad?

Sí, esas fueron mis palabras. Te enfureciste, caminaste hasta mí tras cerrar la puerta de un golpe, me empujaste. Eras fuerte, y te aprovechaste de ello. Si caí contra mi cama fue un milagro, ¡podías haberme desnucado en el camino!”

Sirius piensa que es lo que debería haber hecho. Desnucarla, matarla. Durante mucho tiempo se ha dicho a sí mismo que aquello nunca pasó, pero no porque se lo repita más veces esa escena se borrará de su vida. Mira a Bellatrix, a ver si se lo está pasando bien o mal, y la ve ahí, como en otra galaxia. Le cuenta aquello como si fuera un espectador, como si no se lo estuviera diciendo en primera persona, de primera mano.

-“Te abalanzaste sobre mi como una fiera, y a pesar de que traté de zafarme de ti no lo conseguí. No era tan sencillo. Era mayor que tú, pero tú tenías más fuerza. Un león aplastando a una serpiente. Un león loco, y una serpiente inocente. Al menos todo lo inocente que puede ser una serpiente.

Aprisionada entre el colchón y tu cuerpo no podía respirar. Separé los labios buscando una bocanada de aire. Pero tú no parecías estar por la labor de dejarme ni un gramo de libertad. Aquello no fue un beso. Aquello era un intento de ahogarme, de arrancarme los labios, de morderme la lengua, de romperme los dientes.”

Sirius recuerda aquel beso, y lo que siguió a continuación. Sus manos desgarraron su ropa, dejando al desnudo sus pechos. Si hubiera estado más atento hubiera disfrutado de aquel espectáculo, pero no parecía estar más atento a ella que a lo que estaba a los ruidos de la casa. Por él, lo mismo habría podido ser una fantasía más de las suyas. Y eso a ella le molestó sobremanera.

Pero la gota que colmó el vaso fue cuando le embistió. El quejido de dolor que estuvo a punto de salir de su boca se convirtió en rabia cuando vio que él ni siquiera le miraba, ni siquiera le prestaba atención.

Entonces decidió tomar cartas en el asunto. Con una delicadeza que nadie habría supuesto jamás de ella, y cierta firmeza, Bellatrix consiguió salirse de debajo de él. Se movió de modo que quedó sobre él. Su pelo oscuro cayéndole sobre los hombros hasta rozarle la camisa.

Él aún estaba medio vestido.

Botón a botón Bellatrix la desató y se deshizo de ella. Se inclinó sobre él para lamerle la línea que el bello había dibujado sobre su pecho cuando sintió que él la sujetaba de nuevo y la movía sin ninguna dificultad.

Incluso sentada sobre él, Sirius seguía teniendo el control de la situación. Aquello la estaba sacando de quicio.

A horcajadas sobre él, mientras sentía cómo éste la penetraba una y otra vez sin mayor preocupación, tomó la decisión de no dejarse avasallar. Y de actuar como él, sin rastro alguno de delicadeza.

En cuanto él se relajó ella se lanzó a su cuello. Sabía amargo por el sudor, la lluvia y la sangre que provocó cuando le mordió. Las manos de Sirius se movieron para tratar de quitársela de encima, como si de pronto se hubiera percatado de con quién estaba. Pero ella se acercó más a su cuerpo, restregándose contra él. Bajó las manos por el suyo, arañándolo a su paso hasta llegar al lugar por donde ambos estaban unidos.

Sacando el miembro de Sirius de su interior, lo presionó, lo acarició, lo pellizcó, hasta que sintió como éste se erguía, se tensaba.

Mientras, su boca hacia un recorrido por el cuello de su primo, dejando su huella en cada milímetro de su piel.

Bellatrix notó que él ya no trataba de quitársela de encima. Más bien, la aprisionaba con sus brazos para acercársela más aún. Perfecto. Eso era lo que estaba buscando.

Apoyó una mano en el pecho de Sirius y se separó de él, para que se pudieran ver la cara. Quería ver su cara de horror, sobre todo cuando él notase qué es lo que había hecho.

-A esto se le llama lujuria.

Entonces ocurrió. Él se separó de ella, como impulsado por un resorte interior. Se subió los pantalones y se vistió la camisa. Luego la miró. Ella seguía desnuda, tumbada sobre el edredón, mirándolo sensualmente con una sonrisa que dejaba entrever intenciones nada buenas.

-El último pecado –asintió Sirius con firmeza. –Ya no habrá más, porque ya no soy un Black.

Y con ello se marchó de casa, dejándola ahí, riendo a mandíbula batiente. El mismo ruido que le devuelve a la realidad, de la que ya no puede escaparse tan fácilmente.

-¿Sabes? Sé que saldrás de aquí –le comenta Bellatrix.

Sirius la mira tratando de adivinar a qué nuevo juego está jugando. Porque con Bellatrix siempre hay dos realidades donde uno sólo ve una.

-Saldrás de aquí, sí. Y volverás a caer. Porque aún te queda un último pecado.

Sirius cierra los ojos, cansado. Sí, aún le queda la soberbia. Pero él no está tan seguro de poder salir de ahí. No, con esos dementores.

-En realidad no es que no puedes salir de aquí –le recrimina su prima. –No, en realidad es que no quieres, no aún. Es demasiado pronto. Acabas de llegar, no es cosa de irte tan pronto ¿no?

No. Aún queda tiempo. Disfrutemos del momento, Sirius. Yo, personalmente, quiero disfrutarlo.

En algún momento de la noche Sirius se duerme y, esta vez, no sueña nada. Adora cuando pasa esto, porque al día siguiente descansa y entonces sí que siente que el tiempo transcurre.

Pero hoy, al levantarse, mira, temeroso, a la celda de enfrente. Está vacía.

Se queda en silencio, y sonríe. Sonríe hasta que sus ojos se fijan en las marcas que hay en las paredes de la celda. Son letras. Las lee sin dificultad alguna:

Fuiste tú quien los mató. Ellos confiaron en ti, y tú les traicionaste. Black.

Halloween.

La luz de la luna alumbra la ciudad. Sobre el asfalto mojado los niños corren y gritan, juegan alegres. Llevan diversos disfraces; de esqueletos, monstruos, brujas… Se creen los dueños de las calles, pues son los únicos que están fuera. El frío ha obligado a muchos a guarecerse en casa, donde el calor de la calefacción convierte la llegada del invierno en algo reconfortante.

Sin embargo, a pesar de ser fiesta, parece que sólo los niños están alegres. Es Halloween, pero en la tradición centroeuropea es la víspera de todos los santos. Ese día, la gente suele ir a visitar a los suyos, a aquellos que ya no están, a los que ya se fueron.

Los claveles descansan sobre la mesita de noche de la torre de Gryffindor. Son las flores de los muertos, las que se dejan en las tumbas de los camposantos. Y mañana Harry irá al cementerio a dejar claveles en recuerdo de uno de sus seres más queridos.

Hace exactamente tres meses Sirius Black murió. Cayó al otro lado del arco mientras reía a carcajadas. Pura soberbia. A veces la realidad parece tan lejana, tan absurda.

Quizás Bellatrix tenía razón. Hasta en el último momento –o sobretodo, en el último instante- Sirius fue un Black. Tan oscuro como los siete pecados capitales que un día prometió cumplir; tan oscuro como la pesadilla que tuvo que vivir.



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