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Pleamar
por Silence Messiah.
Capítulo Tres
”No sé qué pasa en mi… la noche tiene para mi corazón todas las lágrimas”
Rafael Lasso de la Vega
(Rimas de silencio y soledad)
El mercado era un hervidero de gente por las mañanas desde las ocho hasta las doce. El viernes de cada semana, Suien, que no tenía que ir a trabajar, aprovechaba el día para limpiar cada discreto rincón de su casa y hacer las compras. De nuevo, su cesta rebosaba puerros alargados y frondosos, frescas espinacas y jugosas lechugas; las zanahorias de huerta se entremezclaban con los pequeños tomates biológicos, reposando con gracia sobre un fondo de paquetes de arroz, harina y carne envuelta en papel comercial.
El murmullo de la turba la llevó a mirar a ambos extremos de los puestos de fruta, buscando al dependiente. Llevaba en la mano una lujuriosa mandarina, grande, de un color rojo esponjoso; sus dedos parecían, en torno a su piel tersa, acariciar un diminuto pecho amelocotonado, o sostener la parte más sensible de un hombre. Eran dedos cuidadosos y elegantes, aunque pequeños y frágiles.
Fue lo primero que observó Genma en la distancia, apoyado contra las cajas de huevos. Podría recorrer con la mirada su cuerpo grácil, adivinar la forma y la textura que deberían tener bajo el vestido plisado, o desear tomar con sus dedos los delicados tobillos que se tensaban sobre sus deliciosos tacones, y sentirse expectante durante horas.
Toda en ella era suave y cálido, y por eso tan excitante. Al primer vistazo, su cuerpo se tensaba como una cuerda, reconociéndola.
Entonces ella lo vio. Buscaba otra cosa, pero lo vio. Sus labios llenos se abrieron, asombrados, al reconocerlo, y un tímido rubor inundó sus mejillas, haciéndolo provocando aquella sonrisa sesgada que lo volvía peligroso, sensual y masculino.
Caminaba justo de esa forma. Suien observó mientras como se apartaba de su lugar para acercársele y admitió que, aún siendo un desconocido, el hombre sabía mirar de una forma tan absurdamente contundente que contraía los músculos, paralizándolos, y aceleraba el corazón el doble de su marcha natural.
Era consciente de que Gemma notaba los cambios operados a su alrededor. Su cuerpo se tensaba con evidencia ante la potencia visual de su persona, algo que lo satisfacía: le gustaba la tensa manifestación de su atracción mutua.
Suien no supo ni sonreír una vez él hubo llegado a su lado. Durante los breves instantes en que él había focalizado en ella toda su atención, se había sentido observada y analizada.
Él rompió el hielo con una sonrisa sesgada.
- Buenos días, Srta. Harada.
- ¡Ah! Buenos días –agarró el cesto con algo más de fuerza. Los ojos de Gemma se desviaron brevemente hasta sus nudillos, y luego hasta su rostro.
- No voy a robarle, perdería mi trabajo –bromeó-. Relájese.
- Estoy relajada –protestó tímidamente, aunque sus hombros se cuadraron vacilantes. Él se limitó a sonreír.
- Ya lo veo –musitó.
- Es solo que estoy sorprendida de verle.
- ¿Sí?
- Yo… me he sorprendido.
- Ya lo ha dicho –ella movió los labios, contrita. Lo hizo reír y mover entre sus dientes el delgado senbon (1) - ¿Cómo está su tobillo?
- ¿Qué?
- Su tobillo –repitió amablemente.
- ¡Ah! Bien, muchas gracias. Hace… hace semanas que no me molesta en absoluto.
- Me alegro.
- Usted… ¿Llegó usted bien a casa? Me lo pregunté luego –azorada, pareció tener de repente la necesidad de explicarse-. Como estaba lloviendo y… -se apresuró a encogerse de hombros.
- Llegué bien.
- No se enfermó, ¿Verdad?
- Un catarro de nada.
El rostro de ella reflejó todo un poema de sonrojo.
- Oh, Santo Cielo, cuánto lo siento –tragó saliva.
- ¿Por qué?
- Me siento culpable, usted podría haberse marchado a su casa si no se hubiese sentido obligado a llevarme a la mía.
- No lo hice por obligación, sino por solidaridad. ¿Qué clase de persona sería si dejase a alguien herido a su suerte?
- Usted no –por primera vez durante toda la conversación, ella sonrió-. Y se lo agradezco por ello.
- Agradézcamelo dejando que la invite a un café –tendió la mano para quitarle la bolsa- ¿Me dará ese placer, Srta. Harada?
La renuencia era algo que Genma había previsto incluso antes de pedirle que lo acompañase, así que no lo cogió desprevenido el brillo desconfiado que cruzó sus ojos.
Ella le sostuvo la mirada ansiosa solo unos segundos. Luego, toda su atención fue para su chaleco. Genma no habló mientras ella parecía estar absorta en la suerte de símbolos que lo identificaban como un Jounîn.
El momento de su claudicación fue evidente para Genma. Suien suspiró sentidamente y, entonces, le cedió el peso de la cesta.
- De acuerdo.
Él le sonrió, señalando con un gesto la cafetería más cercana.
Suien había sentido que se le cerraba la garganta en muchas ocasiones, pero aquel hombre era tan excepcional, que su corazón no dejó de latir durante todo el trayecto, e incluso cuando se sentaron en una mesa junto a la ventana, ordenando el café, no dejó de sentirse como una escolar delante del profesor más atractivo del colegio; incapaz de mirarlo a la cara, deseando que la dejase sola con la misma intensidad con la cual se desea un roce o una mirada.
Se sentía como una virgen inexperta en los asientos traseros de una sala de cine. Cuando Genma la miraba, todo su cuerpo respondía.
Sorbió su leche y leche muy despacio, ampliando el tiempo en que su boca permanecía ocupada.
No la salvó de su conversación.
- Sigues tensa.
- Estoy un poco aturdida.
- Ah, está bien –sus ojos se descubrieron en una burla-. Es muy agradable saber que mi sola presencia es capaz de quitarte el aliento.
A Suien le irritó su sarcasmo velado. Sujetando su café con ambas manos, se preguntó si quedaría muy grosera en el caso de que lo mandase a tomar vientos. No obstante, le sonrió incómoda y sin muchas ganas.
- Eres un hombre muy guapo –concedió, intentando sonar amable y graciosa, aunque su voz estuviera tan patéticamente modulada.
- Sí lo soy, ¿Verdad? –comentó distraídamente-. Pero tú también lo eres: tienes esos tobillos finos y elegantes, solo con verlos un hombre puede imaginarlos enroscándose entre los suyos mientras te hace el amor.
Ella dio un respingo en su asiento. Sus ojos centraron toda su atención en él, impresionados. Obviamente no estaba acostumbrada a ese tipo de franqueza con un desconocido. Lo cual era, ciertamente, algo sensato.
Pero Gemma no lo era, y una sonrisa se perfiló a un lado de su boca sensual y disyuntiva.
- Siempre pareces escandalizarte. ¿Eres virgen, señorita Harada?
- ¡No! –jadeó-. Y no veo como eso pueda interesarte.
Él inclinó la cabeza, como si hiciese una concesión.
- Quizás.
- Mi vida sexual no es en absoluto de tu incumbencia.
- Claro que no.
- No quiero que vuelvas a preguntarme algo así.
- ¿No? –alzó una ceja dorada.
- ¡Apenas te conozco!
- Por supuesto.
Suien apretó los labios, arrugó la servilleta entre sus manos y miró con pasión la mesa. No le gustaba su respuesta. Es más, no le gustaba su tono condescendiente.
Notando su tensión, él llamó a la camarera y pidió la cuenta. Pagaron a escote y, esta vez, Gemma no la acompañó a su casa sino que enfiló al cuartel Jounin, por lo que cargó su cesta de la compra todo el camino a casa, con su beso de despedida quemándole la mejilla.
1. Senbon: delgada aguja hecha de metal, acero o viceversa. Utilizada para dañar puntos críticos desde la distancia, paralizar miembros mediante su inserción en zonas de gran importancia nerviosa o envenenar.