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Aquí vengo con otro pequeño shoot de la serie :)
Este es un Arthur/Molly Weasley. Espero que os guste !
“El amor no se conoce por lo que exige, sino por lo que ofrece”.
Jacinto Benavente (1886 – 1954)
Sólo Arthur
-¿Molly Prewett?
Molly dirigió sus ilusionados ojos marrones al muchacho de primero que acababa de sentarse junto a ella. Él había sido el último seleccionado –“Weasley, Arthur” había dicho McGonagall –y el sombrero lo había colocado en Gryffindor como a ella. Antes de que se sentara a su lado, Molly se había percatado de que era muy alto y delgado, con el aspecto débil de quien había crecido mucho en muy poco tiempo, el cabello pelirrojo y las gafas torcidas sobre la puntiaguda nariz. Molly lo reconoció como el muchacho que había ido a su lado durante la travesía en barca por el lago.
Para la niña había sido ciertamente frustrante tener que quedarse en casa dos años más mientras sus hermanos Fabian y Gideon estaban en el colegio pasándoselo en grande. Todas las semanas les enviaban cartas contándole las travesuras que habían cometido y los castigos que les habían puesto. Por eso, mientras el guardabosques les llevaba en barca sobre las oscuras aguas, Molly sólo tenía ojos para la imponente edificación de piedra y magia que se alzaba majestuosamente sobre el lago. Ni siquiera había notado que era el pelirrojo el que estaba sentado a su derecha, pero resultó difícil ignorarle cuando se puso a gritar y a meter las manos en el agua, buscando algo que él llamaba “pila”.
-¡Por todos los tefélonos, se me ha caído al agua! –se había lamentado.
-Ten cuidado –había dicho un muchacho castaño observando las aguas con temor –he oído que hay un calamar gigante en el lago.
-¿De verás? –preguntó el pelirrojo, pero a Molly le dio la impresión de que en lugar de estar asustado por la idea, parecía fascinado.
Ya entonces había decidido que se trataba de un niño bastante raro pero lo que le dijo después de preguntarle su nombre, se lo confirmó.
-Yo soy Arthur Weasley. ¿Sabes una cosa? Creo que tu bisabuelo es primo segundo de mi tío Alfred –comentó entusiasmado -¡Oh, mira, chuletas! –exclamó cuando la mesa se llenó de fuentes doradas rebosantes de comida -Este verano comí chuletas en un restaurante muggle, ¿sabes que usan gas para cocinar?
Molly no tenía ni idea de cómo los muggles podían usar gas para cocinar, es más, no sé le ocurría por qué querrían hacer algo semejante. Los únicos gases que conocía no eran muy agradables y pensar en ello hizo que Molly perdiera el apetito su primera noche en Hogwarts.
Arthur Weasley no había cambiado a lo largo de los años. Había crecido más si cabe, pero seguía siendo igual de delgado y continuaba llevando las gafas irremediablemente torcidas. Los bolsillos de sus túnicas siempre estaban llenos de extraños cachivaches muggles y de cada diez palabras que decía, a Molly sólo le resultaban familiares la mitad –contando artículos y verbos –. Tenía una justificada fama de excéntrico y corría el rumor de que había puesto una queja porque la biblioteca no tenía libros muggles. A Molly se le había hecho familiar verle en un rincón de la sala común con una pila de libros extraños –con fotografías en la contraportada que no se movían –, una cámara de fotos enorme y aparatosa que evidentemente no era mágica y un montón de cacharros a los que llamaba enchufes. Era una visión común verle inclinado sobre un montón de extrañas piezas y tornillos, con las gafas en la punta de la nariz y expresión de absoluta concentración mientras desmontaba y volví a amontar los más peculiares aparatos.
Mientras todos los demás pensaban en quidditch, estudios o en flirtear, Arthur se dedicaba a su pasión por los muggles. A no ser que se pudiera catalogar como intento flirteo aquella vez que se acercó a Molly totalmente turbado y le dijo:
-¿Sabías que en algunos países los enchufes tienen dos clavijas en lugar de tres?
Molly sabía que Arthur que tenía buen corazón y carácter afable pero vivía en las nubes, eternamente despistado. Algunos compañeros se aprovechaban de él inventando excusas ridículas que les impedían hacer los deberes, sabiendo que Arthur se lo creería y los haría por ellos. Le prestaba dinero a todo el mundo que luego se olvidaba de pedir de vuelta y parecía sorprenderse al no encontrar monedas en su bolsillo mientras esperaba en la cola de Zonko. Perseguía sin descanso a la profesora de Estudios Muggles para que le contara más cosas sobre el tema y sacaba unas notas envidiables sin demasiado esfuerzo.
Molly se sentía ligeramente avergonzada cada vez que sus amigas se reían con cariño de Arthur y sus extravagancias. No pensaba que estuviera chiflado como lo hacían ellas, pero desde luego la desconcertaba totalmente. Arthur siempre le hablaba, le explicaba con lujo de detalles cualquier transformación que a Molly no se le diera bien y le enseñaba cada nuevo objeto muggle que añadía a su colección con una ilusión casi infantil, pero Molly no pensaba que detrás de eso hubiera algo más que amistad. Arthur no se fijaba en chicas, estaba demasiado ocupado en sus cosas para hacerlo, de hecho, Molly estaba convencida de que cuando saliera con alguien sería una muggle.
No es que a ella le importara, en absoluto, simplemente todo lo que respectaba a Arthur le resultaba tan extraño como el mecanismo por el que funcionaba un tefélono –por mucho que él se lo hubiera explicado maravillado docenas de veces -.
Al contrario que él, Molly sí tenía las preocupaciones típicas de una chica de su edad. Por ejemplo que no se notaran los remiendos en sus túnicas viejas, sacar buenas notas y coquetear con algún chico a espaldas de Fabian y Gideon, ya que sus hermanos mayores eran excesivamente protectores con ella –lo cual se traducía en un “apalearemos con nuestros bates de golpeadores a todo aquel que te toque”-. Molly sospechaba que a Gabriel Morrison le imponían un poco sus hermanos mayores, así que se las apañó para verse a escondidas con él un par de veces. No hacían nada arriesgado como salir de su sala común pasada la medianoche, sino que simplemente aprovechaban los momentos en los que los gemelos estaban metiéndose en problemas o entrenando con el equipo de Gryffindor para estar juntos, cogerse tímidamente de la mano y darse algún beso casto.
En realidad, cuando más adelante Molly quiso hacer recuento de cuántas veces ella y Gabriel se habían besado, sólo recordaría dos. La primera vez fue algo tan rápido –porque Gabriel se dio cuenta de que los gemelos regresarían de un momento a otro, le entró el pánico y huyó a toda velocidad – que Molly ni siquiera creía que pudiera llamar beso a ese breve roce de labios. Y el segundo tuvo un sabor tan amargo que Molly no lo encontró en absoluto placentero. Había comenzado de forma prometedora, con las manos de Gabriel acunando su cadera y los labios presionando los suyos con un leve toque de humedad, pero él cortó el beso bruscamente cuando escuchó el sonido de unas pisadas acercándose a la puerta de la clase en la que una hora antes habían tenido Encantamientos.
-¡No estábamos haciendo nada, lo juro! –se había apresurado a gritar, alzando las manos en señal de inocencia y desplazándose aproximadamente dos metros lejos de Molly de un sólo salto.
Pero toda esa precaución había sido innecesaria, porque no eran Fabian y Gideon con sus bates en la mano y expresión intimidatoria quienes abrieron la puerta, sino Arthur, con la túnica demasiado corta y demasiado ancha y las gafas ladeadas, dándole un aspecto ligeramente ridículo.
-Weasley –murmuró Gabriel con tanto alivio que Molly se preguntó cómo había podido fijarse en alguien tan gallina –Sólo eres tú. Me has dado un susto de muerte, amigo.
No es que Gabriel y Arthur fueran amigos, no que Molly supiera al menos, pero Arthur era tan gentil y tan agradable siempre que la gente se sentía impulsada a tratarle con familiaridad. Molly nunca había notado que eso le molestara, por eso la mirada hostil que le lanzó a Gabriel la dejó totalmente sorprendida.
-Sí, sólo soy yo, Morrinson, y sí, estoy seguro de que no estabais haciendo nada –nunca, nunca jamás, Molly había escuchado ese tono sarcástico en los labios de Arthur. Parecía demasiado llano, demasiado pacifico para usar la ironía. Demasiado blando para necesitarla siquiera.
Gabriel quedó tan desconcertado como ella por la respuesta de Arthur que no dijo nada. El pelirrojo tampoco esperó contestación sino que entró en la clase, se dirigió al pupitre que había junto a Molly y recogió el enchufe que se había olvidado en el cajón sin siquiera mirarla. No supo por qué pero Molly se sintió mal cuando Arthur salió de la clase sin decir palabra, con la vista clavada en el suelo y los pies pesados.
Ni una simple mirada de reojo de esas que solía clavarle, como las que les prodigaba a los trastos que había en el cajón de su pupitre para asegurarse de que aún seguían ahí durante las clases. Como si fueran en cierto modo su tesoro oculto, ella y los enchufes.
Desde ese día, varias cosas cambiaron en la vida de Molly. La primera de ellas fue que Arthur dejó de acercarse para hablarle de las cosas más extrañas y estrafalarias que ella hubiera oído jamás, también se acabaron las miradas y las pilas que de vez en cuando le regalaba, como quien entrega algo muy preciado. Molly no sabía lo qué eran las pilas y ni siquiera le gustaban, pero por alguna razón las guardaba en un pañuelo con sus iniciales, debajo de la almohada.
Otra de las cosas que cambió en Molly fue su interés por Gabriel. Simplemente desapareció, mucho antes de que él le dijera que debían dejar de verse porque estaba convencido de que Fabian y Gideon sospechaban de “lo suyo” y no quería problemas.
Molly se descubrió irritándose cada vez que sus amigas hacían algún comentario burlón pero inocente sobre Arthur y una vez le dio un codazo sin querer a un Slytherin que decía que el Weasley era una vergüenza para los sangre pura y un aberrante desviado. A Molly le preocupaba cada vez más que Arthur demostrara tan abiertamente su pasión por los muggles en una época en la que los magos de esa procedencia aún sufrían prejuicios por parte de los sangre pura. Estaba segura de que eso podría traerle problemas con el grupo de elitistas que se creían lo amos del colegio, pero sabía que advertir a Arthur al respecto no serviría de nada. Él no les tenía miedo y jamás renunciaría a su pasión.
A pesar de todo, Molly se sentía tan culpable –aunque no entendiera por qué –que no se atrevió a hablar a Arthur en dos semanas, hasta que una noche, cuando sólo quedaron los dos en la sala común de Gryffindor, él se acercó a ella.
-Molly –le dijo y ella apartó en el acto la redacción de Pociones en la que había estado trabajando -¿Podemos hablar? –pidió con una seriedad nada propia de él.
-Claro –Molly asintió rápidamente y le invitó a sentarse junto a ella con un gesto.
-No, aquí no, me apetece pasear.
Molly no puso ninguna pega a pesar de que ya habían superado la media noche y aún siendo alumnos de quinto les estaba prohibido salir de su sala común a esas horas. Además a ella le resultaba extrañamente emocionante la perspectiva de pasear con Arthur bajo la luna llena, así que simplemente le siguió hasta el retrato de la Dama Gorda y más allá.
Arthur no dijo palabra y caminó serio y pensativo, al parecer absolutamente despreocupado ante la posibilidad de que el conserje Pringle les encontrara y castigara. Parecía tan sereno que hasta Molly dejó de preocuparse y llegaron hasta el hall sin problemas. Luego Arthur empujó las pesadas puertas con sus manos delgadas e invitó a Molly a salir fuera.
Lo primero que notó Molly además del frío en sus mejillas fue que esa noche el cielo no era negro, sino de una extraña tonalidad entre violeta y azul marino a consecuencia de la intensidad del brillo de la luna. La hierba estaba húmeda y el aire fresco y el canto de los grillos sonaba como campanillas de duende. Era sin duda una noche agradable para pasear, pero después de dar un par de pasos, Molly se percató de que Arthur no estaba a su lado. Se giró y lo vio plantado al pie de las escaleras rascándose la cabeza con una mano y manoseando una pila con la otra, con los ojos azules clavados en ella.
-Molly –dijo con solemnidad y tomó aliento –te he traído aquí para decirte que no salgas más con Morrison.
Molly abrió mucho los ojos, sorprendida, y algo en su pecho pálpito alegremente.
-Escribí una lista de los motivos por los que no deberías salir con Morrison sino conmigo –continuó él en el mismo tono apasionado que usaba para defender a los muggles –pero… creo que la usé por error para envolver alguna pieza de la cámara de fotos muggle… -Arthur se desinfló lentamente y perdió su pose decidida.
-Oh.
Oh. Molly pensó que le hubiera gustado leer esa lista.
-El caso es, Molly –Arthur reanudó su discurso –que deberías salir conmigo porque me gustas más que a él.
Eso mismo que había comenzado a pulsar velozmente en el pecho de Molly se abrió como una flor, liberando un agradable néctar debajo de su piel.
-De hecho, me gustas más que a nadie, Molly –murmuró él algo colorado.
Molly le miró con su túnica ridículamente corta, las gafas resbalando por el puente de la nariz y las manos jugueteando nerviosamente con una pila y supo que ese muchacho despistado y excéntrico era el hombre de su vida. Quiso acercarse y robarle un beso, un beso de verdad, pero en ese momento las puertas del colegio se abrieron y el conserje Pringle apareció por ellas.
-¡Ajá!¡Lo sabía! ¡Holgazanes holgazaneando fuera de su torre! –gruñó con su voz oxidada. Pringle era un viejo milenario y reumático, calvo, con gafas de culo de vaso y un bastón que acaba en una horquilla metálica (que según Fabian y Gideon usaba como instrumento de tortura con los alumnos castigados), cuya palabra favorita era “holgazán” junto con todos sus derivados. Molly había escuchado cosas terribles acerca de sus castigos, aunque las mayoría se las habían contando sus hermanos, así que no sabía si fiarse de sus testimonios. De cualquier modo, se angustió sólo de imaginar lo que podría hacerle a Arthur, pues si de algo tenía fama Pringle era de ser indulgente con las chicas pero despiadado con los chicos.
-¡Prewett! –gritó Pringle -¡A holgazanear a su torre! ¡YA!
-Pero…
-Molly –la voz de Arthur la interrumpió al inicio de su protesta. Lo miró y él la miró a ella –fui yo él que quiso que saliéramos, no te mereces el castigo.
-No pienso irme y …
-Molly –la apremió él suplicándole con la mirada y en ese momento Molly presintió que jamás sería capaz de mostrarse inflexible con esa mirada de Arthur.
o0o0o
A la mañana siguiente, el momento de debilidad de Molly ya estaba más que superado. Es más, estaba furiosa con Arthur por haberla obligado a regresar a su torre mientras él sufría las consecuencias de algo que los dos habían hecho. Molly no dejaba que nadie la manipulara, ni siquiera sus hermanos. Había tenido discusiones monumentales con ellos en medio de la sala común para que dejaran de vigilarla y de intimidar a sus amigos. Se las apañaba perfectamente para poner en su lugar a quienes se pasaran de la línea y la intensidad que podían alcanzar sus gritos era más que conocida –y temida –por el colegio entero. Nadie hubiera imaginado que precisamente Arthur, tan flacucho, tan tranquilo, sería el único en lograr que Molly hiciera algo que no quisiera.
Por eso, Molly aguardó con los brazos cruzados y golpeteando con impaciencia el suelo con la puntera de su bota izquierda mientras esperaba a que Arthur bajara de su habitación. Pero cuando Arthur apareció, no fue por las escaleras que daban a los dormitorios masculinos, sino por el hueco del retrato, con aspecto cansado y débil. De hecho, Molly comprendió que se había pasado la noche castigado. Posiblemente Pringle le había tenido colgado de los tobillos, pinchándole con su bastón para que no se durmiera durante horas.
Y toda la indignación y enfado que Molly había acumulado durante esa noche cayó a sus pies y se coló por una rendija imaginaria junto a todos los chicos que conoció en su vida. Y sólo quedó Arthur.
Arthur, demasiado sencillo para tener ambición, demasiado distraído para encontrar las corbatas limpias, demasiado despistado para preocuparse por el dinero.
-Molly –la saludó Arthur con una sonrisa cansada de ojos brillantes.
Arthur, el que necesitaba alguien que cuidara de él.
-Arthur –dijo ella, y no hicieron falta más palabras. Tan sólo una pelirroja bajita y con curvas y un muchacho alto y delgado con las gafas siempre torcidas, acercándose.
Un abrazo y ‘crick’.
El sonido de un enchufe encajándose en su toma de corriente.
Se sabe bastante poco de la juventud de Molly y Arthur, pero siempre he imaginado a Arthur con su obsesión por lo muggle desde pequeño. Arthur me parece sencillamente adorable, un niño mayor, obsesionado con los enchufes y las pilas, desmontando cosas en el granero a escondidas de Molly. No he podido evitar hacer referencia a los gemelos Prewett que por alguna extraña razón me encantan desde que leí sus nombres y que eran bromistas. Sospecho que Fred y George salieron a sus tíos, así que por extensión los adoro también. Además siendo Molly tan sobreprotectora con sus seres queridos, no me extrañaría que sus hermanos mayores lo hubieran sido con ella :)
En algún momento de los libros, Molly mencionó que el conserje de aquel entonces -Pringle- les pilló una vez paseando a la luz de luna y castigó a Arthur duramente, tanto que aún después de muchos años conservaba las marcas. Me pareció apropiado usarlo en el fic :)
Y nada más, ojalá os haya gustado aunque a mí no me ha acabado de convencer del todo. Espero que los personajes no estén insoportablemente Ooc y que no os hayáis aburrido más que en misa :)
Un beso gigante y gracias por los reviews en la historia anterior. MIL GRACIAS!
Con mucho cariño, Dry
(o Disclaimer para las plagiadoras)