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Kea Langrey
Author of 54 Stories

Rated: M - Spanish - Drama/Romance - Reviews: 9 - Published: 05-03-08 - Complete - id:4235451
Amo

Para ti, Sahel. Gracias por todo ;)

Título: Amo.

Autora: Kea Langrey.

Serie: Mirage of Blaze.

Genero/Clasificación: Drama/Romance. PG-15

Previo: Entrecerró la mirada y la dolorosa imagen del muchachito que le observaba con desconcierto, lo regresó de un duro golpe a la realidad. Para Kagetora siempre sería un simple sirviente.

Amo.

Fue como si el destino se riera de él. Casi poético.

Por un instante pudo verlo. Erguido, orgulloso. Blandiendo con seguridad su katana, mientras la roja sangre cubría sus manos y se secaba en su piel.

Entrecerró la mirada y la dolorosa imagen del muchachito que le observaba con desconcierto, lo regresó de un duro golpe a la realidad.

No estaban en una antigua batalla, ni siquiera en aquella amplia estancia de pisos laminados de madera. La luz del sol no golpeaba sus rostros y entibiaba sus pieles, tampoco se colaba por las rendijas de las ventanas, iluminando tenuemente la habitación.

Apretó los párpados con fuerza, sacudiendo su cabeza.

Quería alejar aquellas imágenes que se empeñaban en torturarlo. Olvidarse de aquellos preciosos ojos nublados por el deseo, de los ansiosos y humedecidos labios que liberaban quedos jadeos suplicando por…

Estrelló su puño contra la pared, sintiendo el crujido de sus nudillos. Volvió a golpear. Una vez tras otra, mientras el agua cubría con una brillosa humedad su cuerpo.

Él no volvería a mirarlo con fiereza, mientras el sudor y la tierra cubrían sus rostros.

Él no mostraría algo parecido al deseo mientras lo envolvía con sus brazos, mientras yacían recostados en un cálido futón.

Quiso gritar.

Maldecir al destino.

Ahogarse en sus propias lamentaciones.

Verlo, tan hermoso como lo recordaba. Sus facciones que armonizaban perfectamente con sus ojos, que emitían un brillo atrayente, que le pedía a gritos que se ahogara en la poza colorida que reflejaba los rayos de la luna. Los delgados y sensuales labios que temblaban impacientes, suplicando calladamente por un fiero beso que les arrancara el aliento.

E irónicamente… lo había olvidado.

Y no supo si insultar a todos los dioses conocidos, o agradecerles por tan maravillosa oportunidad.

Secó sus cabellos y terminó de vestirse. Anudó su corbata y miró por última vez sus nudillos. Descarnados y rojos por los golpes. Negó nuevamente con la cabeza, sintiendo un doloroso nudo formarse en su garganta. Se encaminó hasta la puerta y giró la perilla con lentitud.

La sangre se le heló, haciendo que un doloroso nudo se atorara en su garganta.

—Mi señor, Kagetora… —susurró. El joven levantó el rostro, fijando su penetrante mirada en los ojos marrones que no podían ocultar su sorpresa. Dio un paso, colocándose a un lado de la puerta, permitiéndole la entrada.

Takaya se encaminó hasta la cama pulcramente tendida y se dejó caer ceremoniosamente en ella, sin alzar la mirada. Llevó sus manos hasta sus rodillas y formó un par de puños, sin saber exactamente que hacer, o decir.

Naoe se acercó, dando pasos seguros, aunque por dentro su mente trabajaba frenéticamente tratando de entender la razón que había llevado al pequeño a adentrarse (nuevamente) a su departamento.

—Arrodíllate. —masculló sin levantar el rostro. El castaño se congeló en su sitio. Se sintió consternado y separó sus labios para pronunciar una negativa. —Es una orden.

Y cuales crueles cadenas que lo ataban a un ominoso destino, di un par de pasos más antes de permitir que sus rodillas se flexionaran y lo hicieran desplomarse en el suelo. Adelantó sus manos un poco hasta apoyarlas en el piso y dejó caer su cabeza.

—Si, señor mío. —sabía que aquellas palabras no eran necesarias, pero no pudo evitar que brotaran inconcientemente de su boca.

—Desnúdate. —aunque intentó que su voz sonara firme, no pudo evitar el ligero estremecimiento que sacudió su tono. Naoe sintió como su cabello cubría sus ojos, tratando de descubrir si aquello era algún tipo de broma macabra para reírse de él.

—Kagetora…

—¡Hazlo, maldita sea! —le interrumpió, mirándole con los ojos impregnados de odio.

Naoe entrecerró los párpados y asintió, llevando sus manos hasta el nudo de su corbata para aflojarla, dejándola caer después a un lado suyo.

Retiró su saco y desabotonó su camisa, tirando de ella en el proceso para zafarla de sus pantalones. La abrió, sin dejarla deslizarse por sobre sus hombros y levantó el rostro, para encontrarse con las mejillas sonrojadas de Takaya.

—¿Continúo, mi señor Kagetora? —Takaya respingó y asintió, ladeando su cabeza para observar cualquier cosa, menos la firme mirada que parecía pedirle explicaciones.

Dejo que la camisa cayera de sus hombros con un suave crujido de la tela. La tenue luz del amanecerse colaba por las ventanas, brindando una iluminación etérea que le hizo cerrar sus ojos mientras se permitía fantasear un poco.

Sus dedos llegaron hasta la pretina de su pantalón y lo desabotonó, bajando con lentitud la cremallera.

Sería una venia de los dioses si en ese momento las manos que en su mente se encargaban de despojarlo de su ropa sustituyeran las suyas y le regalaran tibias caricias que lo convertirían en el hombre más feliz del mundo.

—Basta… —susurró. —¡Basta! —gritó, encarándole. Naoe levantó el rostro y lo miró. —¿Acaso no tienes dignidad? ¿Por qué tienes que obedecer cada orden mía? —se había puesto de pie, mirándole con algo parecido a la ira. Aunque también se podía atisbar un resquicio de decepción.

Naoe se puso de pie. Su torso completamente desnudo y el botón de sus pantalones abierto, dejando entrever el nacimiento de algunos rizos castaños.

—Eres mi señor. —musitó, sujetando con una de sus manos su mentón, ejerciendo la fuerza necesaria para que no se apartara de él y hacer que levantara su rostro, mirándolo fijamente a sus ojos.

Aquellas simples palabras parecían ser vacías para Takaya. Pero eran lo suficientemente validas para Naoe. Tan importantes que encerraban por completo el sentido de su existencia.

Takaya sintió que sus piernas temblaban peligrosamente cuando la profunda mirada de Naoe se posó en él y parecía desnudarlo por completo, retuvo el aliento cuando lo vio acercarse, creyendo que su instinto lo haría alejarse, a pesar de la mano que lo retenía. Pero nada de eso sucedió. Ni siquiera se percató del instante preciso en que sus párpados cedieron al impulso de cerrarse, y su sentido común se fue de paseo cuando el cálido aliento de los labios entreabiertos de Naoe chocó contra su temblorosa boca.

—Naoe… —musitó antes de que sus labios fueran apresados en un salvaje beso que le arrebató el aliento. Sintió como su lengua era succionada dentro de la boca de Naoe, como era empujada fuera, para sentir como después su cavidad era invadida por la de Naoe, cosquilleando las tibias paredes impregnadas de saliva.

El castaño empujó el cuerpo del joven contra la cama. Las piernas de este chocaron contra la orilla del mueble, haciendo que las flexionara, cayendo pesadamente sobre el mullido colchón. Naoe evitó dejar caer todo el peso de su cuerpo sobre Takaya, al apoyar sus manos, pero no dejó de besarlo. Mordió los labios con suavidad, los succionó dentro de su boca, sorbió de su tibia saliva.

Se apartó entonces, besando sus mejillas, presionando con un poco de fuerza, haciendo que Takaya ladeara su rostro, ofreciendo la pequeña oreja que fue mordisqueada.

El menor emitió un quedo jadeo cuando sintió que la lengua de Naoe se deslizaba por el cálido pasaje de su oído. Volvió a musitar su nombre y al castaño se le antojó la cosa más erótica que había escuchado en mucho tiempo.

Sus mejillas ardieron al ser conciente de que las manos habilidosas del mayor se apresuraban a desabotonar su camisa, zafándola de sus pantalones y despojándolo con rapidez de ella.

—Voy a hacerte el amor. —susurró, mientras retiraba con habilidad sus pantalones, dejándolo solamente en ropa interior. Takaya abrió grandemente sus ojos y sintió una oleada de calor expandirse por su rostro, coloreando aun más sus mejillas.

—Naoe… —volvió a dejar escapar su nombre. Apretó fuertemente sus párpados cuando lo vio acercarse. Cuando sintió como su piel era lentamente cubierta por el cuerpo desnudo del mayor. Su mente le pidió a gritos que lo empujara, que se alejara de él, que se escurriera entre sus brazos y se pusiera a salvo. Pero su piel agradeció la calidez que lo embargó. El ligero cosquilleo que recorrió hasta la última célula de su cuerpo y lo hizo estremecerse debajo del otro.

Su espalda se arqueó, acción que Naoe aprovechó para deslizar su brazo por el estrecho hueco, atrayéndolo en un firme abrazo.

—Mírame, mi señor. —escuchó la queda suplica. Separó con lentitud sus párpados, mostrándole sus preciosos irises a Naoe. La mano libre del castaño subió, hasta acariciar con la punta de los dedos el contorno de su rostro.

Viajó, desde la unión de su oreja hasta el afilado mentón. Subió un poco, topándose con el labio inferior y restregó su pulgar contra él. Takaya separó sus labios e hizo chocar su tibio aliento contra el dorso de Naoe. Tragó saliva.

Dejó que la punta de su lengua se deslizara fuera de su boca y tocó el dedo que se empeñaba en restregar lentamente su labio. Notó como la mirada de Naoe se oscurecía y supo que ya no podría detenerse… aunque tampoco supo si realmente quería.

ººº

Cuando despertó, la luz del sol se colaba por la ventana, lastimando sus párpados. Los apretó en un inútil intento de evitar la desagradable sensación que de pronto le provocaba. Rodó sobre sí mismo, para poder retirarse de los cálidos rayos. Fue entonces cuando lo notó.

Estaba solo en la cama.

En ese justo momento, todo regresó a su mente.

El delgado cuerpo debajo suyo, moviéndose al compás de sus embistes, gimiendo su nombre con su voz enronquecida del placer, descubriéndose como un muy complaciente amante. De cadera estrecha y largas piernas.

Recordaba la sensación agobiante que le provocó el sentirse dentro de su cuerpo, sus músculos envolviéndolo, sus uñas clavándose en su espalda, su saliva y semen combinándose en una sola y tibia sustancia. Llevó su mano hasta su clavícula y paseó sus dedos justo en el lugar en el que su señor había clavado sus dientes. Le dolió. Y no necesariamente por la marca roja y pulsante que seguramente adornaría su normalmente blanca piel.

Sonrió.

Llevó sus manos hasta sus cabellos castaños y tiró con ellos, para luego soltar una risa amarga.

Todo era justo igual que antes. Siendo usado para aliviar la atormentada alma de su señor. Cubriendo con cálidos besos las invisibles heridas de su cuerpo. Susurrándole quedas palabras de amor, promesas de un futuro en donde sus almas se encontrarían y se unirían sin ningún impedimento. Sin algún recuerdo doloroso.

Simplemente… para despertar solo por las mañanas. Añorando el cuerpo de su amado. Anhelando ver sus preciosos ojos mirarlo con la misma pasión y deseo de cuando se movía lentamente, disfrutando de la sensación que le provocaba su sexo al golpear aquel punto en su interior que lo hacía gritar desesperado.

Pero se engañaba.

Lo había hecho antes y, lo hacía ahora.

Para Kagetora siempre sería un simple sirviente.

Y lo más doloroso, era que eso no le importaba.


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