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Author of 16 Stories |
¡Hola! Debería estar supuestamente estudiando porque el miércoles tengo un examen absolutamente infumable que me trae por el camino de la amargura pero... en fin, para variar, he encontrado un ratito para escribir. Es un one-shot cortito y sencillo, pero que me ha salido solo y me ha parecido bastante simpático... y tierno, a su manera. Si es que mi sapito mal parido es un amor...
Pues nada más que añadir, espero que os guste. ¡Besos y suerte si andáis también en época de exámenes!
Vademécum (De pesquisas y besos)
El primer beso no fue un beso propiamente. Fue más bien un tanteo, un previo acercamiento en forma de olisqueo curioso en la intimidad de su nuca, en donde el recurrente pretexto del contacto visual para justificar semejante acercamiento ignominioso quedaba estrepitosamente inservible.
Acabó, como no podía ser menos, en una ristra de moratones y amenazas de Apocalipsis inminente en el caso de una hipotética repetición.
El segundo quizás tampoco debería llevar el apelativo de “beso”. Sencillamente, L se limitó a repetir la fallida estratagema, con el incentivo de un Light Yagami acogido en los brazos de Morfeo, lo que venía a significar que sus taimados arrumacos no se vieron recompensados con uno o dos dientes de menos. Gozó de la fragancia discordante de jabón y sudor de su cerviz y de la suave caricia de sus mechones cobrizos revoloteando bajo la tibieza de su aliento, hasta que un rincón de su atípico instinto animal le instó a posar su boca entreabierta en el terciopelo de su carne, aguantando, con gesto triunfal y análoga afección, una parca risilla al abrigo de la varonil curvatura de su cuello.
A Dios gracias que el joven magnicida no se despertara.
El tercero fue catastrófico, una flamante calamidad. La dinámica del beso pareció antojársele de una dificultad hasta entonces inopinada: aquel esperpento se cernió como movido por un resorte sobre el rostro de su antagonista… de frente y con sus ojos de lechuza más abiertos que nunca. A Kira aquello le pareció tan repulsivamente patético que se dignó a dejarle proceder, sólo para mostrarle el formidable ridículo que acababa de hacer. Obviamente, su nariz chocó contra la suya y el beso quedó en un amago irrisorio que incluso ofuscó al propio L. Lo subsiguiente fue una incómoda velada de ceños fruncidos hasta el suelo y reniegos mascullados bajo kilos de tarta por un lado y medias sonrisas de autosuficiencia y desaire por el otro.
Sobra decir que, por aquel entonces, el muchacho ya era más que consciente de lo deliberadamente correspondido que era su jueguecito sicalíptico.
El cuarto fue de cine, y nunca mejor dicho. Un forcejeo efímero seguido de un tozudo beso con los labios fuertemente apretados, como un apasionado ósculo hollywoodiense de la década de los años cuarenta, que suscitó en la imaginación de Yagami la impagable estampa del ovacionado detective sorbiéndose los mocos infructuosamente, en su empatía selectiva, mientras los créditos de “Lo que el viento se llevó” proclamaban el aciago desenlace de la película recordándole a L una vez más que la vida era, ciertamente, una injusticia, una terrible injusticia con mayúsculas.
Un beso, en fin, tan testarudo como el mismo Lawliet.
El quinto pareció tener intenciones de seguir la estela de su precedente, mas encontró una respuesta sublime y ejemplar, digna de una Matrícula de Honor. El pálido joven aprendió bien aquella lección magistral de lenguas entrelazadas, fluidos intercambiados y jadeos ahogados. En su recuerdo siempre quedaría el tacto de los labios llenos de Light Yagami contra los suyos sesgándose largamente en una díscola sonrisa. Se aplicaría en sus deberes y sorprendería a su mentor con creces, desde luego.
Después de todo, él era L, la leyenda del siglo.
El sexto trajo consigo las primeras exploraciones con las manos. Viajes torpes, de adolescente. Besos de amateur indiscreto, al que jamás se le pasaban las ganas de jugar. Sin tener muy claro aún la razón de todo aquello, pero demasiado intrigado con semejante complicidad ambigua como para hacer borrón y cuenta nueva, atónito ante el cariz que sus recalcitrantes ofensivas verbales podían tomar cuando estaban escondidos bajo las sábanas. Entusiasmado con su desafío aceptado.
Y el séptimo… bueno, lo cierto es que a partir de ahí L perdió la cuenta de su singular memorándum…
Fin