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Author of 10 Stories |
Disclaimer: Todos lo personajes y lugares son de Jotaká.
Pairing: Eventual Daphne/Pansy.
Género: Totalmente PWP.
Rating: Por las dudas T o PG-13, no sé.
Advertencias: Femslash, ósea, relación chica/chica.
Eso sí te gusta
A Daphne Greengras le eran indiferentes muchas cosas. Tantas, que varias veces la habían llegado a tildar de insensible o aburrida. Pero ella estaba convencida de que, en realidad, no lo era, simplemente no se emocionaba por las mismas cosas que normalmente hacían estremecer a la gente común y corriente.
No reía con alegría cuando conseguía una buena calificación en Pociones. No temblaba nerviosa cuando Balise Zabini se volteaba para recorrerla de arriba a abajo, con la mirada cargada de ansías y una provocativa sonrisa dibujada en el rostro. No se enojaba cuando sus padres vivían para recordarle lo perfecta que era su hermana menor, y menos aún cuando le aconsejaban que la imitase sólo un poco. Y ni siquiera se mosqueaba cuando, a menudo, Draco Malfoy gastaba un instante de su valioso tiempo para comentarle lo bonito que era su pelo rubio y que ése largo la favorecía bastante.
Ella sólo trataba de bosquejar una sonrisa, de encogerse de hombros despreocupada, de asentir con la cabeza tranquila y tal vez, sólo tal vez, separa los labios para murmurar un escueto gracias.
Daphne estaba segura de que la describirían perfectamente si únicamente la calificaban de rara. Pero en el mundo de convenciones en el que vivía, y con un calculado protocolo que seguir, era preferible que la gente siguiera pensando que a ella todo le daba igual a que se dieran cuenta de que, verdaderamente, no era alguien normal. Es más, le venía como anillo al dedo cumplir con el estereotipado papel de slytherin insensible y cruda, a la cual ningún acontecimiento mundano y terrenal nunca jamás lograría conmoverla.
Sin embargo, todo eso estaba muy lejos de ser cierto, porque a Daphne Greengras no le eran indiferentes otras muchas cosas.
La primavera. Sí, la primavera le gustaba bastante. Probablemente porque el aire se volvía calido y un tanto pesado. O tal vez porque las túnicas abrigadas e incomodas desaparecían, mientras que llenar los pulmones con oxigeno significaba perderse en una ensoñación de campos minados de flores perfumadas.
O quizás, lo que más llamaba su atención, era que las faldas se acortaban, misteriosamente, varios centímetros, mientras que la brisa ligera del lago hacía que los dobladillos bailaran, ondulantes, alrededor de la piel descubierta. Entonces ahí, justo ahí y si tenía mucha suerte, los bordes se subían, casi con descaro, dejándole ver a Daphne una de las cosas que más le gustaban.
Bragas. Muchas bragas. Demasiadas y demasiado.
Y Daphne no entendía por qué, ni cómo, ni hasta cuándo. Sólo sabía que era invierno, maldita sea, y todo era más complicado. Verlas era más complicado. Entonces tenía que poner toda su astucia slytherin a trabajar e ingeniárselas, como sea, para lograr su cometido. Que tampoco era una tarea sumamente complicada.
Ella era conciente de que con tratar de calmar su neurosis vouyerista probablemente corría el riesgo de ser descubierta. Pero su perfil bajo y su aire de desinterés inmaculado provocaba que nadie sospechara o se extrañara de que ella se encontrara, en ese instante, agachada al pie de la escalera, ajustando el moño de sus cordones, perfectamente atados, sin usar magia.
Sólo tenía que esperar hasta que alguna chica se acercara y cuando llegaba a subir seis escalones, sólo seis escalones, alzar con sigilo la cabeza. Y ahí estarían, siempre diferentes, ninguna igual y todas con un encanto especial.
Bragas azules o fucsias. Rosas o verdes. De todos los colores y formas. Con inocentes estampados de flores y corazones. O provocativas, decoradas con encaje rojo. Algunas sosas, blancas y amplias. Otras algo deshilachas y con el elástico flojo. Muchas otras bastante pequeñas e incomodas. Demasiadas, muy apretadas y otras tantas, flojas y gastadas. Y alguna vez creyó ver una que otra comestible.
Daba realmente igual como fueran, todas le gustaban. No tenía favoritas porque todas eran simplemente maravillosas.
Ya hacían varios minutos que estaba esperando, con las rodillas apoyadas sobre el frío suelo. Haciendo y deshaciendo el moño una y otra vez, mientras lo ajustaba cada vez más a causa de su impaciencia. Pero pronto sintió el ruido de pasos acercándose.
Desató el nudo por enésima vez y clavó la vista en la punta de sus zapatos, perfectamente lustrados. Aguardó un poco más y se mordió el labio inferior, algo nerviosa de sólo pensar en lo que ocurriría a continuación.
Sintió el repiqueteo de los zapatos en el suelo sonar justo a su lado.
Allí estarían. Siempre estaban. Se preguntó cómo serían ésa vez.
Sólo un poco más y sólo seis escalones.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Era ahora o nunca. Daphne levantó la vista apresurada ante la expectativa, pero se tuvo que morder el labio aún más fuerte a causa de la impresión que le causó lo que vio. O lo que no vio. Mejor dicho, lo que vio y lo que no vio al mismo tiempo.
Un sentimiento extraño la invadió. Estaba decepcionada, tanto tiempo esperando para nada. Nada de nada. Pero al mismo tiempo un calor repentino le subió por el estomago hasta la garganta y, luego, volvió a descender, estrepitosamente. Hacia abajo, muy abajo, mientras las mejillas comenzaron a arderle.
Apartó la vista al darse cuenta que la había fijado en ese punto, el cual ahora era completamente difuso.
-Eso sí te gusta, ¿o no, Daphne?
Pansy Parkinson bajó un escalón y se llevó las manos a ambos lados de la cadera, inclinando un poco la cabeza, mientras una socarrona sonrisa cruzaba su pálido rostro.
Luego, sin esperar una respuesta, se giró y comenzó a subir las escaleras nuevamente, pero esta vez tomando los bordes de su falda para levantarlos un poco y moviendo exageradamente las caderas.
Daphne apartó la vista un poco tarde y se paró apresurada, sin impórtale que el cordón del zapato derecho estuviera desatado.
Maldita provocadora, pensó al escuchar la picara risita de Pansy perderse por entre los muros del castillo.
Quizás no fueran amigas, eran muy diferentes para serlo, pero igualmente ella conocía bastante bien a Parkinson. Y a pesar de lo que todo Hogwarts pensara, Daphne sabía que ella no era una persona impulsiva, aunque sus acciones dijeran lo contrarío. No, Pansy pensaba muy bien todo lo que hacía o decía y nunca actuaba sin una razón.
Y aunque todavía no le quedaba muy claro cuáles eran las intenciones que teñían su accionar, de una cosa estaba bien segura. Pansy sabía.
Daphne entendía que su hobbie, por así decirlo, no era algo ni remotamente normal, pero nunca se había apenado o sentido culpable por hacerlo. Para ella era completamente natural, casi innato. Y, aunque sabía que estaba expuesta a que la descubrieran, nunca pensó que lo harían. Porque ella era Daphne Greengras, la chica a la que nada lograba emocionarla y a la que todo le daba completamente igual. El interés masculino o el desinterés de sus padres. Las notas del colegio, los halagos y hasta el no tener a nadie a quien contarle sus cosas.
Se llevaba bastante bien con sus compañeros, pero no eran sus amigos. Ella no tenía amigos ¿Para qué tenerlos? ¿Para qué serlo?
Si a Daphne no le importa, si Daphne no entiende, si Daphne no siente.
Pero eso no era cierto. Muchas veces se había sentido sola. Tan sola, aburrida y fastidiada que había empezado con esa costumbre de mirar bragas ajenas.
Pero era preferible soportar la soledad antes de que todos se dieran cuenta de que era rara, mucho más rara de lo que ellos pensaban y de lo que probablemente pudieran soportar.
Justo en ese momento sentía vergüenza, demasiada, de hecho. Y también un poco de incertidumbre. Porque Pansy, de alguna manera se había interesado en ella y no de una forma convencional. Regalar miradas, piropos y palabras amables o exigentes era algo fácil, cualquiera podía hacerlo.
Pero Pansy había hecho algo sumamente trasgresor. Arriesgado. Y lo había hecho por ella. Cualquiera fuera su intención, si era para después extorsionarla y amenazarla con contarle a alguien o simplemente para molestarla, lo había hecho pura y exclusivamente para y por ella.
Se mordió una uña con fuerza y comenzó a subir las escaleras decidida a enfrentarla. Pero, ¿qué demonios iba a decirle?
“Si le cuantas a alguien, le digo a todo Gryffindor que extorsionaste a unos elfos para que te dieran Whisky de Fuego y ebria besaste a Crabbe.”
No, eso no era para nada diplomático. Pero debía explicarle de alguna manera. Necesitaba justificarse.
“¡Hey! Pansy, ¿Sabes qué? Me encantan las bragas, ¿Algún problema con eso?”
Si, bastantes problemas, gracias.
Eso sonaba demasiado extraño, incluso para ella. Además, ahora que lo pensaba bien, y después de todo lo que había pasado, no estaba segura de si eso era del todo cierto. Era confuso. No sabía si le gustaban más las bragas o lo que ellas ocultaban…
Tal vez podía pedirle a Pansy que se lo aclarase.
Fin