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Author of 13 Stories |
¡Hola de nuevo! Antes que nada, mil gracias a Anya y a Spikis por leer y por sus maravillosos comentarios. Ya estaba perdiendo la esperanza de que esto le interesara a nadie XD Pero me alegra ver que le gusta a otros fans del terror.
Bueno, aquí tenéis mi última gore-viñeta redactada hasta el momento. Ésta es sobre el episodio de Huella, dirigido por Takashii Mike (por si no lo conocéis, es el director de la versión original de Llamada perdida o de Dead or alive, entre otras). Este episodio es uno de los más perturbadores que hay en toda la serie, y la escena de la tortura es realmente bestia (a mí me impactó mucho, y eso que tengo un estómago bastante fuerte para estas cosas). Aunque aún no he visto el episodio de El fin del mundo en 35mm, que dicen que también tiene lo suyo. Cuando lo vea, probablemente volveré aquí a escribir alguna viñetita. Eso espero, porque me lo paso muy bien haciéndolas XD
Episodio XIV: Huella
VII: Tres mujeres
Dos mujeres ocupan la estancia de castigo del prostíbulo, encerradas entre paredes de papel de arroz y aseguradas entre barrotes de bambú.
En realidad son tres mujeres, pero la tercera se cuida mucho de revelar su presencia.
La primera es Komomo, bella y desgraciada princesa, víctima de su espera por un amor que llegó demasiado tarde. La segunda ha olvidado su nombre, que ha quedado tan borroso en su memoria como los rasgos deformados de la mitad derecha de su rostro. En cuanto a la tercera, oculta su sonrisa insidiosa dentro de la masa de cabellos negros de la segunda.
¿Dije que Komomo era bella? Bueno, eso es cierto a medias. Sí, era bella, la más bella de las jóvenes que hay en ese impío lugar. Pero ya no lo es, no tras la tortura. La han quemado con brasas candentes y una de las prostitutas veteranas le ha enterrado agujas bajo sus uñas y encías con gran habilidad, esbozando una sonrisa demente con sus dientes ennegrecidos y haciendo gala de ese sadismo inhumano y a la vez sutil que sólo las torturas asiáticas pueden conseguir.
Komomo tampoco es ya princesa, no desde que el terror y el sufrimiento le hicieron orinarse encima mientras estaba atada y colgando boca abajo. Ya apenas es humana. Ya no puede pensar racionalmente, se conforma con existir. Se ahoga.
Y todo por un anillo de jade, propiedad de la dueña del burdel, que desapareció de la caja donde ésta lo había guardado. En el lugar del delito se encontró una peineta de Komomo. Sus compañeras, celosas de su belleza y popularidad entre los clientes, no tardaron ni dos segundos en acusarla y de nada le han servido a la desdichada muchacha sus acaloradas protestas de inocencia.
La otra joven, la deformada, se siente ahogada en culpa. Fue ella la que robó el anillo y dejó allí la peineta de Komomo para incriminarla. Espera que el martirio de la joven haya borrado el daño que para su alma inmortal suponía su amistad con un ser tan perverso como ella misma. Siente tanta lástima por la pobre muchacha. Sigue compadeciéndola mientras sus manos aprietan el lazo en torno a su garganta y contempla cómo los ojos se le saltan de las órbitas. “No te preocupes, amiga mía”, murmura, intensificando su fuerza sobre el lazo. “Irás al cielo, como mereces”.
La tercera no dice nada; espera. Sólo quiere el anillo.
Cuando el cuerpo retorcido de Komomo da sus últimos estertores, los dedos empiezan a emerger lentamente de entre la cabeza de su asesina. Poco a poco, empiezan a vislumbrarse los malévolos ojillos y esa diminuta boca con dientes que, aunque pequeños y romos, pueden llegar a hacer mucho daño.
“¡El anillo!”, demanda ese ser con voz gutural.
“¡Tienes que esperar! ¡Aquí no es seguro!”, protesta la otra.
“¡¡El anillo!!”, repite ella su exigencia aún más imperiosamente que la primera vez, y como para subrayar la obligación de la otra para obedecerla, hinca los dientes en lo que sería su labio inferior, que en realidad es la mano que brota de su frente. Una vez, y otra, y otra… sabe que es un tormento para la mujer, un martilleo insoportable que le dan ganas de utilizar de nuevo el lazo consigo misma, y seguir a Komomo en su viaje sin retorno.
Pero no lo hace, claro. Siempre ha sido una cobarde. En lugar de eso, saca el anillo de entre sus ropas y con mano temblorosa lo alza hacia su cabeza, hasta la boca de su “hermanita”, quien lo atrapa entre sus dientes con ansia feroz y vuelve a hundirse en su escondrijo de la cabellera de la otra.
Ahora sólo quedan dos ocupantes en la estancia, aunque en apariencia no haya más que una.