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: B s . A A A    : full 3/4 1/2   : E E   : Light Dark Books » Harry Potter » Locura II: Reloaded

Thaly Black
Author of 63 Stories

Rated: M - Spanish - General/Romance - James P. & Lily Evans P. - Reviews: 114 - Updated: 03-20-09 - Published: 07-17-08 - id:4402855

Disclaimer: Los personajes, en su gran mayoría, no me pertenecen, si no que son de grandes genios como pueden ser Rowling o Kripke. Salvo divertirme, no encuentro ningún otro lucro en escribir fics, de modo que no intentéis demandarme (porque si me cabreo, menuda soy yo). El que plagie estas palabras contraerá el herpes genital (y quien avisa no es traidor)

¡Hola a todas! He vuelto, después de mucho, mucho, muchísimo tiempo. Y voy a quedarme, o al menos a intentarlo.

En los exámenes no me ha ido tan bien como yo quería que me fuese, de modo que tal vez no pueda escribir en verano tan a menudo como me gustaría. Pero no preveo un nuevo parón, y si lo preveo avisaré.

Los reviews están, como siempre, contestados en uno a mí misma. Os los agradezco mucho, en serio.

Y sin más preámbulo, APB Productions presenta...


15 Octubre 1977

9. Crimen sin castigo

Octubre había llegado a Hogwarts cargado de lluvias, que parecían querer quedarse en los terrenos hasta que el castillo se cayese de viejo. El Bosque Prohibido casi podría decirse que parecía más frondoso, y el lago casi había sobrepasado sus límites naturales.

Pero no, la naturaleza no era lo único salvaje que habitaba en el colegio. Los alumnos, concretamente los de Séptimo Año de Gryffindor estaban totalmente revolucionados, casi como si la lluvia, el viento y el fresco que empezaba a poblar las noches de Escocia tuviesen influencia directa sobre su ánimo.

Y la situación no era, precisamente, como para echar cohetes, porque parecía que en cualquier momento se iniciaría una batalla campal en medio de la Sala Común. James no se hablaba con Sirius, Peter o Remus. Aunque ellos tampoco le hablaban a él desde que, en dos ocasiones, intentasen obligarlo a contarles qué le sucedía y él los había mandado a la mierda con viento fresco. Lily, Alice, Diane y Jeyne tampoco le dirigían la palabra al Capitán del equipo de Quidditch de Gryffindor, y a él no le importaba. Lily se había comportado como una neurótica histérica y aún encima pretendía que él la defendiese, cuando no tenía razón.

Las Ravenclaw habían decidido mantenerse al margen, todas, menos Beth. Porque ella, como todos, veía que la situación era altamente ridícula, y quería que la solucionasen lo antes posible, y no porque le importase la tripa que se le había roto a James; no. Lo que le preocupaba a la pequeña rubia era que la situación le hacía daño a Sirius. Así que, pese a no intentar hablar con James para convencerlo de que confiase en sus amigos, le hablaba y lo trataba con amabilidad, haciendo que James prácticamente se sintiese obligado a hablarle de la misma forma, así que podría decirse que ella era el único nexo entre James y el resto del mundo. Y no le gustaba una mierda. Aunque por otra parte, estaba asquerosamente bien con Sirius. No estaban en esa fase empalagosa de necesitar estar juntos a todas horas, porque eso podría decirse que era una realidad más que una fase, ni tampoco estaban en la fase tonta de mirarse y reírse (o sonrojarse, lo que, en su caso sería más tonta todavía, porque no había nada que no se hubiesen visto ya). Pero se entendían con una mirada, un fruncimiento de labios o un alzamiento de cejas, y parecía como si siempre tuviesen una clara idea de donde estaba el otro, como si estuviesen interconectados, o, como diría Lily, con su buen humor habitual, como si fuesen tan imbéciles como para querer a alguien. Porque si. Lily Evans había renunciado a querer a cualquier hombre, sobre todo a James Potter, aunque eso no implicaba que no la alegrase que su amiga fuese feliz. Aunque claro, decidir no querer a James Potter, o al imbécil de James Potter, como amablemente apuntaría Diane, no implica que, automáticamente Lily fuese a dejar de quererlo. Más bien todo lo contrario.

En otro orden de cosas, Juliet Blossom había vuelto a acosar a Sophie en dos ocasiones, y la chica seguía, pese a todo, negándose en redondo a contarle a Beth nada de lo ocurrido. Se sentía mal ocultándoselo, pero, como buena Ravenclaw, sabía que la información es peligrosa, y cuanta más se tenga encima mejor. Siempre.

Por otra parte, Diane seguía sin decirles nada a sus amigas o a Edd sobre lo que le había hecho a su padre, y mucho menos sobre lo que su padre le había hecho a ella desde que su madre murió. Y eso le hacía daño. Le hacía daño porque no podía dormir y se pasaba el día con los nervios alterados, dormía en las clases y había bajado bastante en sus notas. Y le hacía daño porque sentía que estaba engañando a sus amigas, y sobre todo, engañando a Edd, que la quería sin que ella se lo mereciese.

Y, por si fuera poco, la temporada de Quidditch había empezado y los nervios habían empezado a alterarse en general.

oOo

Sirius entró en la habitación, que seguía a oscuras. No hacía ni un cuarto de hora que se había puesto la luna, pero él, James y Peter ya habían corrido a toda velocidad a la confortable seguridad de sus camas, tras dejar a Remus acostado y descansando en la Casa de los Gritos, a donde Madame Pomfrey iría a buscarlo luego.

Había sido la Luna Llena más rara de su vida. Él, Peter y Remus no se hablaban con James, y en un principio habían supuesto que no iba a ir, pero al llegar a la Casa de los Gritos se encontraron con él, sentado en un desvencijado sofá, esperándolos. No abrió la boca para pronunciar palabra, pero su presencia allí, implicaba en cierta forma, una especie de disculpa. Una rendición, nunca.

Le dolía el cuerpo, del cansancio de correr junto a Lunático durante toda la noche, para evitar que se escaquease e hiciese de las suyas por Hogsmeade; y le dolía el corazón de que James no le hablase. De hecho, el chico que era prácticamente más hermano suyo que su hermano de verdad, nada más entrar en el dormitorio, se parapetó detrás de las cortinas del dosel de su cama, sin decir más, dispuesto a aprovechar las tres escasas horas de sueño que les quedaban antes de ir a clase, y eso, prescindiendo del desayuno.

Estaba cansado de la situación, pero sabía que James no se lo contaría hasta que estuviese solucionado. Si es que tenía solución. Siempre se lo contaban todo, y cuando no, era porque o bien era un asunto de chicas, o bien era demasiado vergonzoso como para contárselo entre ellos. Fuese lo que fuese, Sirius estaba cansado de sentir que perdía a James poco a poco.

Abrió las cortinas del dosel de su cama, y se sentó en el borde, antes de quitarse la camisa y el jersey del uniforme por la cabeza y arrancarse los pantalones de un tirón, para meterse en cama lo antes posible.

Cerró las cortinas y se abrazó a un pequeño bulto vestido de rosa que había bajo las mantas. Esbozó una sonrisa y aspiró el aroma a coco que desprendía el pelo de Beth, mientras la abrazaba extenuado y cerraba los ojos, estrechándola con fuerza.

Desde el día en que le había regalado el anillo, que era el mismo día desde el que James no les hablaba, ella cruzaba el pasadizo que interconectaba ambos dormitorios y se colaba entre las cortinas de su cama, para abrazarse a él y dormir lo más cerca posible. Y Sirius se sintió tremendamente aliviado al verla allí, dormida, esperándole. Porque pese a estar cansado y molido, si no la hubiese tenido cerca no habría podido conciliar el sueño esa noche. O bueno, esa mañana.

Somnoliento, se dio cuenta de que ella se revolvía entre sus brazos y se giraba hasta quedar de cara a él. Vislumbró durante unos segundos el brillo verde de sus ojos y después ella hundió el rostro en su pecho, sudado y un poco sucio debido a la carrera por el bosque, y lo abrazó con toda la fuerza que cabía en sus pequeños bracitos.

—Por fin has vuelto—la oyó musitar, antes de que se quedase dormida de nuevo.

Él respiró profundamente y no tardó mucho más en quedarse dormido.

Dos horas y media después...

Mucho antes de abrir los ojos, sintió el calor de los brazos de Sirius envolviéndola, y el latido de su corazón, tranquilo por una vez, contra su frente. No quería moverse. Estaba demasiado bien allí, y además no quería despertarlo; pero tenían que ir a clase. Era algo que Sirius le había explicado. De nada servía que ayudasen a Remus si perdían horas de clase y los descubrían. Se sacrificaban y no les importaba. Pero Beth quería que durmiese al menos media hora más, que era lo que faltaba para ir a clase, y eso, sin desayunar.

Se escurrió con cuidado entre sus brazos, pero se frenó en seco cuando Sirius la apretó más contra él y se revolvió en sueños. Aguantando la respiración, Beth se fue escurriendo, poco a poco, intentando soltarse de sus brazos al mismo tiempo, y cuando lo logró, se escurrió con rapidez de debajo de las mantas y se quedó de rodillas en la cama, mirando a su novio en la penumbra que se colaba entre las cortinas.

Así, dormido, casi parecía un niño. Un niño guapo a rabiar, pero con una expresión de paz e inocencia que retorcieron el estómago de Beth con una mano cargada de amor. La chica suspiró mientras lo tapaba bien con la colcha. Le acarició el pelo y luego depositó un besito en su frente, que fue casi menos que un roce de labios.

Después se escurrió entre dos cortinas y buscó sus zapatillas, a tientas e intentando no hacer ruido, pero casi se cayó de culo al suelo cuando vio a Remus salir de la ducha, con el pantalón del uniforme desabrochado y la camisa a medio poner.

—Buenos días Beth—dijo el chico, como si tal cosa.—¿Has dormido bien estas tres horas que lleva Sirius aquí?—su sonrisa, de repente, le recordaba a la de un lobo enorme—O... ¿has dormido, al menos?—añadió luego.

Beth lo fulminó con la mirada. Remus, normalmente era un amor de chico, pero los días después de transformarse, su sentido del humor era bastante especial. Como si la parte salvaje que tenía estuviese más en la superficie y sólo fuese capaz de razonar cosas relacionadas con sexo, farra y divertirse.

—Si, Remus, gracias por preguntar—dijo ella, levantándose, agarrada a una de las columnas del dosel de la cama de Sirius.—¿Estás bien?—preguntó luego, olvidando el sarcasmo y preocupada de verdad. Lo último que le faltaba a Sirius era que le pasase algo a Remus, además de no hablarse con James.

La sonrisa del chico se hizo más suave, menos... lobuna, y asintió con la cabeza, revolviéndole a Beth su pelo ya revuelto.

—Si, Beth, tranquila...—dijo con una sonrisa sincera.—Me canso más que ellos, y me autolesiono, también, pero me regenero más rápido—le explicó en voz baja.—no te preocupes...

Ella asintió, y se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla al chico. Era un cielo de hombre, y algo le decía, seguramente su intuición, que si un chico de diecisiete años podía querer y respetar la inocencia de una chica de once, era él.

—Vale...—musitó ella, acercándose al armario de James y apuntándolo con la varita.

—¿No quieres ducharte conmigo, entonces?—preguntó Dean, que acababa de salir en ese momento de entre las mantas, con el pelo totalmente revuelto y pintas de estar más muerto que vivo.

Beth soltó una risita y lo miró con una chispa divertida en sus ojos verdes.

—Deberías saber que ya tengo compañía para esas tareas—dijo como quien no quiere la cosa.

—¡Eres un pequeño gremling malvado!—le dijo Dean.—¿Quién me va a enjabonar la espalda ahora?

Beth le sacó la lengua.

—A lo mejor una chica de verdad... ya sabes, los gremlings nos reproducimos en el agua... y no creo que eso te haga gracia—dijo luego, con esa sonrisita maliciosa que él le había enseñado a esbozar. Como si estuviese tomándole el pelo constantemente.

Y sin decir más, apartó el armario de James con la varita y se metió en el pasadizo que llevaba a su habitación, y estaba más oscuro que la boca de un lobo... particularmente oscuro.

oOo

En el Gran Comedor reinaba una paz aparente, una sensación de calma que, tal vez tuviese algo que ver con el hecho de que James Potter no estuviese allí; y de que sus amigos no estuvieses tampoco. Más que nada porque, así, al menos, Lily se relajaba y desayunaba. Porque últimamente, más concretamente desde que se habían gritado de todo en el pasillo delante de Encantamientos, Lily no probaba bocado si James estaba presente, no hablaba con nadie, ni siquiera con sus amigas, cuando él estaba cerca, y se pasaba el mínimo tiempo posible en la misma estancia que él. Como una especie de mecanismo de defensa, como si crease un muro a su alrededor, en el que ni él, ni nada relacionado con él, pudiese entra.

Llovía. Gruesos gotones caían contra las ventanas, adornando de fondo las conversaciones, y el ambiente era bastante gris.

Jeyne, pálida y con unas ojeras que recordaban a un adorable oso panda, desayunaba en silencio, con el pelo recogido en un apretado moño, a lo McGonagall. No era plenamente consciente de lo que masticaba y tragaba, pero eso había dejado ya de importarle realmente. Regulus y ella no se hablaban. De hecho, llevaban un mes sin hablarse. Y Jeyne dudaba entre suicidarse con veneno o cortarse las venas. Porque, joder. Ella había sido muy feliz cosa de un año atrás, sin casarse, sin estar enamorada, simplemente siendo una niña de quince años, sin preocupaciones que fuesen más allá de los TIMOS, de ganar al Quidditch y de hablar de chicos con Hestia (de los chicos de Hestia, para ser más concretas). Y ahora todo era demasiado complicado. Por mucho que lo intentaba no lograba entender a Regulus. Y sobre todo, lo echaba de menos, tanto que su orgullo hacía semanas que se había disuelto, y sólo esperaba a que él le dijese qué cojones le pasaba, para poder volver a estar con él, como siempre.

Se abrió la puerta de golpe, y vieron a Beth entrar por ella, sin Sirius, lo que era tan raro como ver a un caracol sin su concha. Pero la chica se sentó entre Lya y Destiny y las atrajo a ambas con los brazos, para darles sendos besos.

—¿Qué tal está?—preguntó Lya preocupada, en voz baja.

Beth le dedicó una sonrisa tranquilizadora.

—Bien, bien—dijo con suavidad, antes de coger una servilleta color escarlata, del tamaño de un mantel (porque los Gryffindor tenían la insana tendencia de mancharse hasta las cejas cuando comían) y empezar a meter bollitos dentro.—De hecho, yo diría que está un poquito vacilón, incluso—añadió con una sonrisita traviesa.

—¿Vacilón?—Lya la miró alzando una ceja.

—Bueno… ya sabes… un poquito salido, y eso—dijo Beth, encogiéndose de hombros—según he leído, la parte lobuna de los licántropos se rige por los instintos primarios de todo hombre, sólo que de forma más intensa.

Lya ladeó la cabeza. Le costaba, por mucho que Remus le gustase de forma no demasiado casta, imaginárselo en plan salido. Pero bueno… era un hombre, y supuestamente los hombres están salidos a veces. Se mordió el labio inferior. En el hipotético pero poco probable caso de que ella y Remus pudiesen estar juntos, cosa que, aunque fuese un licántropo ella veía como el cumplimiento de sus aspiraciones inmediatas… ella nunca estaría a la altura de ninguna otra chica mayor en belleza y experiencia. Un globo de esperanza se desinfló en su pecho. Remus nunca se fijaría en ella cuando había tantísimas chicas mayores y mejores que ella.

Suspiró.

—Pero no te preocupes, Lya—dijo Destiny con suavidad, viendo la cara de disgusto que estaba poniendo la pequeña—Cuando se tranquilice, volverá a ser tu Remus de siempre—añadió con una sonrisita pícara.

—Vale…—susurró la niña.

—Y si quieres te presto el libro sobre licántropos que me regaló por mi cumple… a mí me ayudó a saber más cosas sobre él—dijo antes de mirar a Beth—¿Qué haces? ¿Tienes pensado largarte del castillo o algo?—preguntó luego.

Beth le dedicó una mueca.

—No, pero es que los chicos se han pasado toda la noche en el bosque, con Remus… y ahora están descansando un rato, antes de irse a clase; así que no les dará tiempo a desayunar y…

—¿Estás segura de que eres la novia de Sirius y no su madre?—preguntó Destiny burlona.

Beth alzó una ceja, y su tono fue más duro de lo esperado cuando contestó.

—Si, Destiny, completamente segura—dijo con fiereza—Al menos yo le quiero—añadió, como quien no quiere la cosa.

Destiny asintió con la cabeza, con una sonrisa. Beth no lo recordaba, pero ella sí; y en la boda de Jeyne y Regulus, la madre de Sirius y del novio, había tratado a todas las invitadas, hijas de muggles, de su nuera, como si fuesen poco menos que un chicle pegado en la suela de sus botas de diseño.

Mientras tanto, Lily subrayaba los apuntes de Defensa Contra las Artes Oscuras, que había tomado Alice en clase. No había vuelto a poner un pie dentro del aula de esa zorra desde el día en que le dijo que bien podía meterse el aprobado por el culo; al fin y al cabo, no sería ella quien la examinaría en los EXTASIS, así que podía estudiar por su cuenta y presentarse después al examen. Y si tenía algún tipo de duda, bien podía preguntarle a Sirius, ya que ahora se llevaban todo lo bien que no se habían llevado nunca, hasta el punto de que a veces se quedaba con él y Beth en la biblioteca, repasando mientras ellos leían libros de runas.

A veces se sentía un poco condón, cuando estaba con ambos. O incómoda, cuando veía como se miraban, o como no se miraban y simplemente eran conscientes de la presencia del otro. Lily necesitaba estar así con alguien, y la única persona con la que quería estar así, no le hablaba ni a ella ni a sus amigos, y ella no iba a ser quien intentase un acercamiento. Ni de coña.

—Oye Bethy…—dijo la pelirroja, llamando la atención de su amiga.—¿Va a ir Sirius a clase?—preguntó luego.

La aludida asintió con la cabeza, mientras un batir de alas se cernía sobre las mesas del Gran Comedor.

—Es que tiene que explicarme algo sobre el maleficio para paralizar a un vampiro; porque no entiendo cómo hay que mover la varita—explicó Lily, cerrando el rollo de pergamino con sus apuntes. —Si… si no te molesta—añadió mirando a su amiga con cierta cautela.

Beth le dedicó una sonrisa luminosa, que, si Sirius hubiese estado cerca habría logrado que perdiese todo rastro de concentración.

—¿Desde cuándo Lily Evans pide permiso a alguien para hablar con un chico de su casa?—preguntó un tanto burlona.

—Desde que la novia de ese chico puede arrancarme los ojos si me acerco demasiado a él—respondió con una sonrisa divertida.

Sus amigas la miraron aliviadas. Hacía días que no sonreía así, con verdaderas ganas, y era un cambio agradable.

—Hablas como si me dedicase a arrancarle la cabeza a todas las chicas que se acercan a Sirius, y eso no es verdad—alegó la rubia en su defensa. —Yo no soy agresiva—añadió.

Lily y Destiny pusieron los ojos en blanco, pero en ese momento les llegó desde un par de asientos más allá, el grito ahogado de Alice, que miraba alternativamente a la carta y a Diane, así que Beth y Lily se pusieron de pie y se acercaron para leer la carta.

Alice pasó un brazo por encima de los hombros de Diane, antes de depositar un beso en su pelo y extender la carta ante ella, Lily y Beth se posicionaron a ambos lados de la morena, intuyendo lo peor.

Princesa

Te echo tanto de menos que creo que moriré antes de Navidad. Sé que me echas de menos, pero como me vuelva a llegar una carta con borrones de lágrimas creo que me enfadaré. Sabes que no soporto verte llorar. Pese a ser tan mal novio y dejarte sola tanto tiempo, tengo que pedirte un favor.

Te voy a pedir que quemes esta carta cuando termines de leerla, pero es que contiene información confidencial que no debería desvelarte ni a ti ni a nadie, pero como antes que intento de auror soy persona, y Gryffindor, me veo en la obligación moral de decírtelo.

Antes de soltarte la bomba, contarte de Timothy Johnson ha tenido una niña preciosa, llamada Angelina, y que es absolutamente preciosa.

Ahora, metiéndome en lo que realmente nos concierne. Se ha hecho una investigación en la zona muggle del centro de Londres, para averiguar cuántos padres de estudiantes de Hogwarts habían desaparecido; ya que desaparecen muggles constantemente, y, me temo que el padre de Diane está entre los desaparecidos. Por favor, dile que no se asuste, que todavía puede aparecer, sin haber sufrido ningún tipo de daño, así que, por favor, que no cunda el pánico, que os conozco.

Pedirle también, que por favor, no le comunique nada a los profesores o a Dumbledore, ya que la información es confidencial, y no van a informar a los alumnos hasta dentro de más o menos un mes, cuando saquen algo en claro de la investigación. Mientras tanto, aunque sea difícil, que, por favor, mantenga la calma.

Siento tener que daros unas noticias tan malas. Pero las cosas están tomando un cariz demasiado oscuro.

Cuídate mucho ahí dentro, y cuida de tus amigas, que te necesitan, aunque no tanto como yo.

Te adoro

F”

Diane cerró los ojos, e intentó respirar profundamente, pero tenía los pulmones prácticamente cerrados. En cosa de un mes, irían a por ella, y sabía que no podía escapar de la justicia, muggle o mágica. Había matado a su padre. Y ahora debía enfrentarse a las consecuencias.

Sus amigas la miraban con algo similar a la cautela. Y eso fue peor que una puñalada en pleno estómago. Se suponía que debería estar llorando, o algo. Pero ellas no sabían hasta qué punto se había sentido en paz tras matar a su padre.

Vio a Edd acercándose desde la mesa de Hufflepuff, y a Alice diciéndole algo en voz baja, pero ella tenía los oídos taponados o algo por el estilo, porque sólo oía el bombeo de su sangre en su cabeza y su corazón, latiendo cada vez más rápido.

Edd se sentó a su lado y le pasó un brazo por los hombros, pero ella se lo sacudió con brusquedad, antes de ponerse de pie y salir disparada hacia la puerta del Gran Comedor.

Quería huír, quería esconderse, que no la encontrasen nunca, que la culpa, la puta culpa se quedase enterrada en algún lugar de ese gran castillo, y seguir adelante. Quería seguir adelante. Pero no podía. Ni podría nunca. Ahora lo sabía. De poco importaba eludir a la justicia muggle y mágica si no era capaz de eludir a su propia culpa.

Era consciente de que sus piernas subían escalones y más escalones, hacia arriba, siempre hacia arriba. Le dolía el pecho. Le dolía de culpa, pero sobre todo, le dolía de miedo. Miedo a que, si sus amigas, si Edd... si ellos descubrían la verdad... todo, todo se habría terminado para ella. Se quedaría sola en el mundo. E iría a la cárcel por parricida.

Y por si fuese poco, no sólo la justicia humana, ya fuese mágica o muggle vendría a por ella, sino también las Furias, que castigaban a los parricidas.

Aunque, y en el fondo lo sabía, de quien no podía escapar era de sí misma. De la culpa.

Todo daba vueltas y no era capaz de respirar. Sus pulmones gritaban pidiendo oxígeno, y el resto de s cuerpo actuaba en consonancia. Su cerebro no, él iba por libre. O mejor dicho. No iba.

Estaba en un callejón sin salida. Era confesar y perder a sus amigas y a su novio, o no confesar y morir ahogada por la culpa.

Se dejó caer al suelo, de rodillas, y ni siquiera le importó pelarse la suave piel de las piernas al caer, con falda, sobre la dura losa de piedra del suelo.

No era consciente de en qué momento había empezado a llorar, pero tampoco importaba ya demasiado. Todo se había acabado para ella.

Intentó, con un mínimo rastro de consciencia, serenarse un poco. Se secó las lágrimas y se arrastró hacia una pared, para sentarse allí, acurrucada, con los brazos alrededor de las rodillas, meciéndose, como una demente.

Cuando Edd la encontró, la vio con la mirada perdida y temblando ligeramente, cada vez que se mecía, como si se estuviese auto acunando para dormirse. Sus ojos verde azules parecían vacíos, sin vida, y le temblaban los labios.

Un pedazo del corazón de Edd dejó de latir en el momento justo en que la agarró con firmeza por los brazos y la obligó a levantarse. Ella obedeció, como si se tratase de un maniquí, o de la marioneta de un autómata.

—Princesa…—susurró acariciándole el pelo, esperando a que reaccionase—Diane… cariño… ¿estás bien? —preguntó luego, rozándole la mejilla con los nudillos, despacio.

Diane pareció reaccionar ante el contacto, y se apartó de Edd como si la hubiese quemado.

—Princesa… ¿qué ocurre? —preguntó luego, extendiendo una mano hacia ella.

—¡No me toques! —chilló la morena, prácticamente fuera de sí. Tenía los ojos desorbitados y boqueaba, como si todo el aire que respiraba fuese insuficiente.

Edd no sabía qué hacer. Diane parecía aterrorizada, pero no dejaba que él se acercase a calmarla.

—Dy, cariño… soy yo—susurró, con su voz más tranquilizadora—todo va a salir bien—añadió, tendiéndole una mano.

Diane apartó la mano de Edd con un gesto brusco y retrocedió contra la pared.

—¿¡Bien!? —aulló, prácticamente fuera de sí. —¿Bien? —soltó una risita histérica—¡Claro que va a estar bien! ¡Va a estar de vicio! Tan de vicio que mi padre no va a aparecer nunca—dijo, con un chillido histérico.

—No digas eso, Diane… los Aurores lo están buscando…

La risa de Diane, por un momento, llegó a darle miedo a Edd. Era la risa de una persona inestable, y el hecho de que fuese su novia quien la estaba profiriendo, era bastante preocupante, siendo sinceros.

—¿Los Aurores? —volvió a soltar una risita—Dime, Eddie… ¿pueden los Aurores resucitar a un muerto? —dijo luego, con su tono de voz normal, dejada de lado la histeria, pero como si estuviese a punto de echarse a llorar.

—No tiene porque estar muerto…—alegó Edd con suavidad, acercándose a Diane.

Ella soltó un resoplido.

—Si lo está, Edd—dijo, casi con total naturalidad—mi… mi padre había intentado violarme prácticamente desde que tengo uso de razón—su voz parecía pender de un hilo, y Edd pudo ver que Diane temblaba violentamente. Él mismo se había quedado estático. —Y yo… lo maté—añadió, en voz tan baja que Edd apenas oyó lo que dijo; pero si vio las enormes lágrimas que caían por su rostro, y se sintió tentado a abrazarla. Aunque fuese una asesina, aunque lo de que había matado a su padre fuese cierto y no una paranoia fruto de la histeria. Él la quería y no podía evitarlo. Y ahora ella lo necesitaba.

—Diane… mi niña…—susurró acercándose a ella.

Ella retrocedió un paso.

—No te acerques, Eddie—dijo con cautela—estoy sucia…—susurró luego, entre sollozos—soy una… una asesina—musitó antes de salir corriendo por el pasillo y doblar la esquina a toda velocidad.

Edd se quedó mirando al lugar donde unos segundos atrás había estado Diane. La realidad de que ella había asesinado a su padre penetraba poco a poco en su cerebro. No era posible que su Diane lo hubiese hecho.

Pero claro, si él, un pacífico Hufflepuff, lo habría matado por intentar ponerle una mano encima a Diane, ella, una Gryffindor con un carácter de los mil demonios, podría haberlo hecho. Tranquilamente.

El hecho de que su padre la hubiese intentado violar, explicaría que ella se bloquease cada vez que se acercaban demasiado. Y Diane era una criminal. Había cometido un crimen horrible. Pero él no era nadie para culparla. Él se encargaría de apoyarla y quererla, como su novio que era. En eso consistía el amor. En saber aceptar los errores del otro, por graves que sean.

Y vale que lo de Diane pasase con creces de la categoría de error. Pero... ¿qué podía hacer él? ¿Dejar de quererla? Imposible.

Aprender a vivir con las circunstancias. Como había hecho siempre.

oOo

La lluvia repiqueteaba contra los cristales del Gran Comedor, pero los alumnos parecían ajenos a todo ello. En pequeños grupos, leían una revista, con las cabezas juntas.

En la mesa de Gryffindor, Lily, Alice y Jeyne leían juntas una, mientras que Destiny, Lya Remus, leían juntos otra. Peter compartía la suya con Dean y Sam y Beth, que estaba en el regazo de Sirius, la compartía con su novio. James… James no estaba por ninguna parte.

Las chicas estaban bastante preocupadas por Diane, ya que no había ido a clase; aunque como Edd tampoco estaba en el Gran Comedor, supusieron, en principio, que estaban juntos.

—Beth, se os ha ido un poco la pinza en esto…—dijo Lya, alzando la cabeza de la revista.

La rubia miró a la chiquilla, con aire inquisitivo, y vio el artículo que ella le señalaba.

—El mejor método para declararse, Lya, es secuestrar a la persona bajo un tapiz, o contra una pared, y darle un beso de esos que hacen que pida sexo a gritos—explicó Sirius, reconociendo el artículo.—Y si la chica que lo mandó es demasiado bajita, como ella nos dice, que no le llega ni a la barbilla, debería pegar un salto—añadió con una sonrisa.

Beth le dedicó una sonrisa tranquilizadora a Lya.

—A ver, cariño... lo que importa es decírselo, y ser lo suficientemente fuerte como para asumir cualquier respuesta—dijo con suavidad.

Lya asintió.

—Tal vez deberías haber escrito algo así...

—Ya, pero Sirius no me dejó—dijo la rubia, girándose y fulminando a su novio con la mirada.

El chico le dedicó una sonrisa traviesa.

—No te hagas la modosita, nena—le susurró él, con la barbilla apoyada en su hombro.—Sabes que en el fondo eres una gamberra, y te encanta—añadió mientras la atrapaba entre sus brazos y le mordía una mejilla con suavidad.

—Si no os importa, aquí hay gente que no quiere pillar diabetes, así que, por favor, exhibiciones azucaradas a otra parte—dijo Alice con un poco mucho de mala leche.

Sirius le sacó la lengua, e iba a replicar, pero Beth lo detuvo.

—Déjala, Sirius... —susurró volviéndose y mirándolo, repentinamente seria.—Está preocupada. En realidad todas lo estamos...

—¿Qué ha pasado?—preguntó él, apartándole un mechón de pelo de delante del rostro.

—El padre de Diane...—musitó ella.

—¡No me jodas!—soltó Sirius mirándola fijamente.

Ella, en contra de su voluntad, esbozó una sonrisa.

—No lo hago... no es el momento ni el lugar...—dijo burlona, antes de volver a ponerse seria.—Llegó en una carta de Frank durante el desayuno... pero es confidencial, así que no digas...

—Como si no supieses con quien hablas...

—Esto es muy serio, Sirius...—dijo Beth con suavidad.

—También lo es ser animago ilegal, nena—susurró él, estrechándola contra él—no tienes nada de lo que preocuparte y lo sabes...

Ella suspiró y se mordió el labio inferior, dubitativa.

—Si que hay algo, a parte de lo de Dy, por lo que preocuparse...—musitó, retorciéndose las manos.—O bueno... a lo mejor no...—tomó aire profundamente.

Sirius le tomó las manos entre las suyas.

—¿De qué se trata, nena?—preguntó, mirándola a los ojos.

—Yo...—ella desvió la mirada—tengo... un retraso de tres semanas—dijo en voz tan baja que Sirius apenas la escuchó.

Sirius, prácticamente de forma automática, la abrazó con todas sus fuerzas y le besó el pelo rubio. ¿Sería posible que estuviese embarazada? ¿Otra vez? Sintió una especie de calor brotando en su pecho. ¿Sería posible que volviese a tener un garbancito, un niño en miniatura, creciendo dentro de ella?

—Lo siento...—musitó ella, en algún lugar cercano a su cuello.

Él la miró, interrogante.

—Si es que sí... —Sirius la sentía temblar contra él, así que le acarició una mejilla, con el brazo que no le rodeaba la cintura.

—Tranquila, ¿vale, nena?—susurró con la voz ronca.—¿Te has... no sé, mareado, tenido náuseas, cansado... esas cosas?

Ella sacudió la cabeza.

—Normalmente estoy todo el rato cansada, pero es más porque apenas duermo, ya sabes... lo de meterme contigo en cama no implica descansar—dijo con una sonrisita traviesa—pero...

—No te preocupes, nena. Voy a estar aquí, ¿vale?—dijo, colocándole un mechón de pelo tras la oreja—y tenemos que conseguir una prueba de estas muggles—añadió con suavidad.—Porque la mágica duele, según dicen.

Beth alzó una ceja.

—¿Según dicen o por que ya has pasado por esto antes?—preguntó con una sonrisita.

Sirius sacudió la cabeza. Si él le contase...

—Con ninguna chica que me importase de verdad—le concedió, omitiendo que ellos dos habían estado a punto de ser padres.—Pero... sea lo que sea... a partir de ahora tendremos que usar un poco más la cabeza...

Beth asintió, cerrando los ojos y recostando la cabeza en su hombro.

Justo en ese momento se abrió la puerta del Gran Comedor, y por ella entró Diane, más pálida de lo que la habían visto nunca, y con el rostro surcado de churretones de lágrimas. Sin embargo, estaba extrañamente serena, pese al brillo enfebrecido de sus ojos verdosos.

Diane se sentó entre Lily y Alice y se acercó una enorme fuente de canelones, para empezar a comer directamente de ella, sin echarse en el plato. Parecía que engullía en lugar de comer, y de vez en cuando miraba por encima de su hombro, como si tuviese miedo a que alguien o algo la persiguiese.

Beth se levantó del regazo de Sirius y dio la vuelta alrededor de la mesa, para sentarse con sus amigas. El chico la miró, dividido entre la preocupación y el anhelo de recuperar lo que alguna vez estuvo a punto de tener. Tal vez fuese, en el fondo, más maduro de lo que él mismo pensaba.

—Cariño... ¿estás... mejor?—preguntó Alice a su amiga, acariciándole el pelo.

Ese simple gesto provocó que Diane soltase el tenedor de golpe y mirase a ambos lados, con aspecto de estar aterrorizada. Fue como si tardase un par de segundos en reconocer a Alice y a Lily, que estaban sentadas a ambos lados de ella, y entonces el temblor que la recorrió fue prácticamente visible.

—Si... no os preocupéis—dijo con suavidad.

Alice, Lily, Beth y Jeyne se miraron entre ellas. Destiny y Lya intercambiaron una mirada con Sophie.

—Claro, cielo… los aurores lo encontrarán, y no dejarán que le pase nada malo.—dijo Alice con dulzura, acariciándole despacio el pelo, como si temiese que Diane se fuese a desmoronar de un momento a otro, como un castillo de naipes.

Diane esbozó una sonrisa frágil. Había perdido ya a Edd, no podía perderlas a ellas. Sabía que nunca la entregarían a las autoridades, pero… perderlas sería peor que ir a Azkaban, seguro.

Justo en ese momento se abrió la puerta del Gran Comedor, y vio a Edd parado en el umbral, mirando a la mesa de Gryffindor, Diane sabía que estaba buscándola.

En ese momento, a Diane le gustaría ser pequeñita, hasta el punto de poder confundirse con una de las miguitas de pan que había en el suelo; pero no podía y lo sabía. Además, pese a todo, seguía siendo una Gryffindor, y si no era capaz de enfrentarse a lo que quiera que Edd tuviese que decirle, más le valdría estar muerta. Tal vez así fuese todo más fácil.

Edd llegó a su lado y ella se giró en el banco, para mirarlo. Él se acuclilló hasta quedar a su lado y lentamente, casi como si tuviese miedo a que ella se apartase, le acarició la mejilla.

Diane cerró los ojos ante su contacto, porque pese a todo, ese simple roce le hacía sentirse bien, tan bien que ella estaba segura que no se lo merecía. Con la otra mano Edd agarró una de las suyas y la besó despacio. Ella abrió los ojos y lo miró fijamente. Estaba tan, tan absolutamente serio que a Diane la recorrió un escalofrío desde la nuca hasta el final de la espalda.

—Te quiero—susurró Edd con voz baja, mirándola a los ojos. Diane podría ahogarse en sus ojitos grises, pero tenía miedo, mucho miedo.—Y de verdad, no me importa lo que hayas hecho o hayas dejado de hacer, princesa… no voy a dejarte sola con todo esto, ¿vale?

A la chica se le llenaron los ojos de lágrimas y se abrazó a Edd, que le rodeó la cintura con los brazos y la acunó despacio contra su pecho.

—Pero… Eddie…—musitó ella—yo… he…

—Eso no me importa, mi niña… sólo me importas tú—susurró contra su mejilla.

Diane cerró los ojos y respiró profundamente. Sentía los latidos del corazón de Edd contra su mejilla y eso le hacía sentirse, contra todo pronóstico, fuerte. Sobre todo, le hacía sentirse a salvo.

—Gracias, cariño…—musitó separándose levemente de él.

—No tienes que darlas y lo sabes, princesa—susurró.—¿Necesitas que me quede?—preguntó con suavidad.

—No cielo… estoy bien…—dijo ella rozándole la mejilla con los dedos.—Ve a comer—añadió con una sonrisa antes de besar su mentón con suavidad.

Edd le acarició el pelo una vez más antes de alejarse, y Diane sintió como si le quitasen un peso de encima. No terminaba de asimilarlo, pero Edd no iba a dejarla aunque fuese una asesina. Y, pese a todo, se sintió un poquito mejor.

Edd la quería, pese a todo, y sabía que guardaría el secreto. Esperaba no tener que contárselo nunca a sus amigas, porque a ellas las perdería, fijo. Y no podía estar sin ellas.

—Chicas… deberíamos irnos a clase—susurró Lily cerrando su mochila, en la que acababa de meter los apuntes de Defensa, ya que Sirius se los había estado explicando—O bueno… deberíais iros a clase, que yo me voy a la biblioteca—añadió con una leve sonrisa.

Alice asintió al tiempo que se levantaba, y Diane fue con ellas. Como siempre, no había ni rastro de James Potter en el Gran Comedor, así que salieron acompañadas de Remus, Peter Sirius y Beth.

En el primer piso se despidieron de la rubia, que tenía Transformaciones, y a quien Sirius parecía no querer dejar marcharse, hasta que llegó McGonagall y lo miró con su Mirada Fulminante Clase Cuatro, que no es que asustase a Sirius, pero como a Beth le daba mucho respeto McGonagall, pues Sirius tuvo que dejarla entrar en clase.

Y entonces, los Gryffindor siguieron su camino hacia la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras.

—Un día de estos te la vas a merendar de verdad—dijo Remus con una media sonrisa.

—A lo mejor un poco…—dijo con una sonrisa—pero tal vez deberías seguir mi ejemplo y merendarte a tu chica—le dijo luego, con una sonrisa traviesa.

—Sabes que el problema radica en que, a lo mejor, me la meriendo de verdad… literalmente—dijo Remus con una sonrisa un tanto lobuna.

—Sabes de sobra que no eres capaz de hacerle daño—dijo Sirius dándole una palmada en el hombro—pero tal vez deberías… iniciar maniobras de acercamiento—añadió con suavidad.

—No es más que una niña…—susurró Remus, mirando a Alice, Diane y Lily, que caminaban unos pasos por delante de ellos.

—Si, pero las niñas crecen, Lunático—dijo Sirius.—No tienes más que mirar a Beth. Hace un año parecía que se la fuese a llevar el viento, y ahora…

—Parece que se la vaya a llevar el viento, Sirius—le dijo Peter un tanto burlón.

—Ya, pero ha crecido, no sé… ha cambiado… está más buena—dijo como si así lo solucionase todo.

Peter y Remus intercambiaron una mirada. Lo que estaba Sirius era gilipollas perdido.

—A lo que me refiero…—siguió Sirius, en sus trece—es a que Lya va a crecer, y entonces habrá más tíos a su alrededor…

—Está atada a mí… y mucho me temo que ningún tío le va a llamar demasiado la atención nunca… por mi culpa.

—Gracias a ti—lo corrigió Peter.—Tú puedes darle cosas que los demás tíos no podrán darle nunca.

—Pet… soy un licántropo—dijo Remus en voz muy baja—no puedo ofrecerle ni la mitad de cosas que podrían ofrecerle los demás… y es sólo una niña…

—Pues conviértela en mujer, coño, Lunático, no es tan complicado—le dijo Sirius, palmeándole un hombro.

Remus sacudió la cabeza.

—Tiene once años, Sirius… ¿en qué me convertiría si le pongo la mano encima?

—¿En un hombre feliz?

—Joder… ya no se trata de mi moralidad… es que es ilegal…

Sirius puso los ojos en blanco.

—Pues esperas hasta que sea legal… no es tan difícil…

Remus puso los ojos en blanco.

—¿Vosotros tres qué? ¿Tenéis pensado quedaros en la puerta?—preguntó Alice, apoyada en el umbral.

Sirius le dedicó una sonrisa traviesa, que normalmente hacía que se le aflojasen las rodillas a las chicas, pero Alice se limitó a alzar una ceja.

—Ya vamos, Al—dijo Remus entrando en clase seguido de Peter.

oOo

Alice casi podía palpar la tensión del ambiente. James se sentaba en una de las primeras filas, y Sirius, Peter y Remus en la fila inmediatamente detrás de ella y Diane. Le jodía que esos cuatro no se hablasen, y le jodía porque eran como hermanos, y, al menos James y Sirius eran como sus primos. De hecho, James y Sirius eran sus primos… lejanos. Porque ya se sabe, las familias de Sangre Limpia están todas emparentadas entre sí.

Intercambió una mirada de soslayo con Diane cuando Ananda Justock entró en clase. Como siguiese vistiéndose así, cualquier día se quedaría en pelotas en medio de la clase. Y por la cara que ponía Peter, incluso por la cara que ponía Sirius, parecía que no les importaría demasiado. Alice hizo nota mental de decírselo a Beth, que con que James hiciese daño a Lily era suficiente, no quería a más amigas suyas pasándolo mal por culpa de esos homo demasiado erectus. Aunque algo le decía que Sirius, contrariamente a Peter, sólo miraba, pero no quería, para nada, tocar.

Lo que le revolvió el estómago a la Gryffindor fue la manera en que James la miraba. Por el amor de Merlín, ni que estuviese enamorado de ella, coño.

—Buenas tardes, alumnos—empezó la profesora, con esa voz que parecía miel derretida y que hacía que Alice sufriese arcadas.—Como miembro del cuerpo de Aurores del Ministerio de Magia inglés, estoy autorizada a comunicarles que padres de alumnos de Hogwarts están desapareciendo masivamente.—Alice fue consciente de que Diane apretaba su estuche y respiraba ruidosa y profundamente.—Y sería aconsejable que aquellos hijos de muggles, o cuyas familias, por simpatizar con la comunidad no mágica, estén en peligro, avisasen a sus familias para que mantuviesen… alerta permanente.

Alice se aclaró la garganta, llamando la atención de la profesora.

—Con todos los respetos, señorita Justock, considero que no es un tema para tratar en clase—dijo con toda la suavidad que le fue posible. Notó como Diane se envaraba a su lado y como los nudillos se le volvían blancos en torno al estuche.

—Señorita Daniels, le recuerdo que aquí la profesora soy yo, y que, por lo tanto, yo decido los temas que son adecuados para tratar o no en mi clase—le espetó Ananda alzando una ceja y dedicándole una sonrisa que hizo que la apacible Alice desease arrancarle los ojos a su profesora.—Por cierto, señorita Rushmore…—Alice fue consciente de que Diane, a su lado, dejaba de respirar.—¿Ha tenido noticias de su padre últimamente?

Y la clase entera permaneció en silencio, un silencio de esos sepulcrales que hizo que Alice oyese su propia sangre retumbándole en los oídos. Se oyó algo más: el sonido de un botecito de cristal al romperse, de repente Diane se levantó, con las manos cubiertas de tinta roja, que parecía sangre, y, tras fulminar a Ananda Justock con la mirada, salió de clase.

Alice respiró profundamente. Le gustaría estrangular a esa imbécil. Pero ahora tenía cosas más importantes que hacer, como por ejemplo buscar a Diane y asegurarse de que se encontraba bien. Metió todo en su clasificador, despacio, mientras Ananda caminaba hacia el frente de la clase.

Se levantó y se acercó a la puerta. Ya tenía la mano sobre el pomo cuando la profesora se dio cuenta de lo que estaba haciendo.

—¿A dónde va, señorita Daniels?—preguntó Nan, apoyada en su escritorio y mirándola con los brazos cruzados.

—Me voy con mi amiga, Justock, porque está claro que en esta clase no aprenderé nada que me ayude en el futuro—dijo, sacudiéndose el pelo de delante de la cara—O bueno, a lo mejor sí… a lo mejor aprendo a comportarme como una zorra, que siempre puede venir bien—añadió antes de salir de la clase dando un portazo.

Remus, Sirius y Peter se miraron entre ellos. ¿Esa era su pequeña e inofensiva Alice? ¿La que nunca levantaba la voz? ¿La que nunca le hablaba mal a nadie a no ser que hiciesen daño a la gente que ella quería? Si. Era Alice.

Sirius se puso de pie, seguido de Peter. Remus los miró, dudando durante dos décimas de segundo; él no podía permitirse el lujo de irse de la clase, era un licántropo y ya por eso sus posibilidades de tener un futuro eran escasas. Pero era un Gryffindor, y aún encima un Merodeador. Se levantó tras Peter y Sirius, y los tres juntos salieron de la clase, cerrando la puerta a sus espaldas, dejando a James sólo con Ananda y una pandilla de Slytherin. Era su deber como Merodeadores estar con James, pero si James no los quería consigo, no era culpa de ellos.

—Beth me va a matar cuando se entere…—dijo Sirius con una sonrisa—Se pone tan quisquillosa con las cosas de las clases que…

—Beth lo entenderá, Canuto—dijo Peter metiendo los libros en la mochila—y además siempre nos quedará ella en Séptimo Año para pillar los apuntes.

Sirius esbozó una sonrisa. Si todos querían mantenerse firmes en su postura de estar en contra de Ananda Justock él debía dar las gracias al cielo por tener una novia que no se perdía palabra de lo que decía el profesor en clase. Además… eran los Merodeadores, nadie sabía más que ellos sobre Defensa Contra las Artes Oscuras, salvo, tal vez, Snape. Pero eso es algo que Sirius jamás reconocería.

oOo

Cuando Lily vio entrar a Alice en la biblioteca se temió lo peor, o tal vez lo mejor. Era posible, por la cara que Alice traía, que hubiese decapitado a la Justock, porque jamás le había visto ese brillo de rabia homicida en los ojos.

—¿Alice, va todo bien?—preguntó cerrando de golpe el libro de Defensa Contra las Artes Oscuras que había estado leyendo.

Alice se sentó en frente a ella, como un pequeño huracán.

—¡No! Nada va bien—dijo, en voz demasiado alta para la biblioteca.

—¡Shhhh!—siseó Lily recogiendo sus cosas bajo un brazo y agarrando a Alice por el otro.—Vamos al pasillo y me lo cuentas…

Su amiga, que parecía a punto de explotar, o al menos eso insinuaba el color rojo encendido de sus mejillas mientras Lily la sacaba a rastras de la biblioteca.

—¿Qué ha pasado?—preguntó la pelirroja una vez fuera.

—¡ES UNA MALDITA PUTA!—aulló Alice sin poder contenerse.—“¿Ha tenido noticias de su padre últimamente?”—siseó entre dientes—Y la pobre de Diane se largó destrozada.—¡Quiero abrirla en canal, quiero arrancarle la puta cabeza de los hombros y sobre todo, quiero matarla durante un rato!—masculló después Alice.

—Pues parece ser que vas a tener que pillar número, Al, porque yo voy antes—masculló Lily con sus ojos verdes echando chispas.—Vamos…—dijo echando a andar—tenemos que encontrar a Dy.

Mientras bajaban se encontraron con Sirius, Remus y Peter, que las miraron inquisitivamente.

—¿Cómo está Diane?—preguntó Remus con suavidad.

—No lo sabemos—reconoció Lily, respirando profundamente, intentando calmarse—No la hemos encontrado todavía.

—Si queréis os ayudamos a buscarla—se ofreció Peter con suavidad.

—Gracias, Pet—dijo Alice con dulzura. Ya se le había pasado el cabreo, que no volvería hasta que volviese a ver a la Justock.

—Alice, eres una máquina, mira que llamarle zorra…—dijo Sirius con una sonrisa traviesa.

—¿Hiciste eso, Al?—preguntó Lily sorprendida mientras bajaban hasta el Primer Piso.

La rubia asintió, mientras veían a otra rubia caminar hacia ellos. Y la segunda rubia no era más que Beth, que los miró extrañada durante unos segundos.

—¿Qué hacéis fuera de clase a estas horas?—preguntó mientras Sirius le rodeaba la cintura con un brazo.

—Pese a que podríamos preguntar lo mismo, nena, nos hemos largado de Defensa Contra las Artes Oscuras.—le susurró Sirius.

—A nosotros McGonagall nos ha dado la segunda hora libre como clase no presencial, para que hagamos un trabajo…—explicó la chica—¿Dónde está Diane?—preguntó luego, mirando a sus amigas.

—“¿Ha tenido noticias de su padre últimamente?”—dijo Alice con rabia de nuevo en la voz.—Eso fue lo que le dijo la puta de Justock—añadió con un siseo.—Yo me largué, y los chicos me siguieron… y ahora vamos a buscar a Dy.

Beth respiró profundamente y asintió con la cabeza.

—¿Cuándo mataremos a esa zorra de mierda?—preguntó luego, con una sonrisa encantadora, que casi hacía que diese miedo.

—¡Ese vocabulario!—la increpó Sirius con una sonrisa.

—La mataremos pronto—masculló Lily.—Apostaría el cuello a que Diane está escondida en las mazmorras.

—¿En las mazmorras?—preguntó Peter.

—Si, ella odia a los Slytherin, de modo que sabe que nunca la buscaríamos allí—explicó Alice.

Remus asintió, al tiempo que encabezaba la marcha hacia las mazmorras. Diane era su amiga, era parte de su manada. No de la manada interna, sino de la manada normal, y no podía permitir que nada le hiciese daño, ni siquiera una profesora con demasiadas ínfulas.

En las mazmorras apenas se veía, porque estaban iluminadas con antorchas, pero con la humedad, muy pocas estaban encendidas. Pero se encontraron con Diane en un pasillo secundario.

La encontraron porque oyeron sollozos, y Remus y Sirius, que tenían más oído que Peter y las chicas, la oyeron ya en la distancia. Además, las mazmorras de piedra hacían reverberar los sonidos.

Estaba sentada con la espalda contra la pared, y acurrucada, con las piernas contra el pecho y los brazos alrededor de las rodillas. Tenía la cabeza apoyada sobre una rodilla y los ojos cerrados. Remus pudo ver en la oscuridad que todavía tenía las manos manchadas de tinta que parecía sangre.

—Dy, cariño…—susurró Alice, de pronto volviéndose todo lo maternal que no había sido antes, mientras se sentaba a su lado y le acariciaba el pelo despacio.

—¿Estás bien?—preguntó Lily, sentándose al otro lado de la chica, mientras Beth se ponía de rodillas delante de ella y le tomaba las manos entre las suyas.

—Chicas…

—Hablaremos con Dumbledore—susurró Remus acercándose y acuclillándose al lado de Alice.

—No… no—susurró Diane mientras un violento espasmo la recorría.

—No tengas miedo, Dy…—susurró Peter, poniéndose de rodillas al lado de Lily e inclinándose para mirar a Diane y acariciarle despacio una mejilla.

—Nunca podríais entenderlo…—susurró la chica.

—Prueba a intentar contarlo—le dijo Sirius, con suavidad, sentándose con las piernas cruzadas, al lado de Beth.

—No puedo…—musitó Diane.—Si os lo cuento…

—Tranquila, cielo—susurró Alice besándole el pelo y pasándole un brazo por los hombros.

—Es… es horrible… soy una persona horrible…—musitó Diane, empezando a temblar visiblemente.

—Shhh, cariño…—susurró Beth—no eres una persona horrible—aseguró con dulzura.—Pase lo que pase, nosotras siempre vamos a quererte—añadió mirando las manos de Diane, que ahora habían teñido las suyas también de tinta roja.

—No creo…—dijo Diane, antes de soltar una risita que sonaba un poco a histeria.

—Dy, tranquila, cielo—susurró Lily, acariciándole un brazo.

—Mi padre… desde que murió mi madre…—empezó con voz frágil—… había intentado violarme tantas veces que ya ni las recuerdo…—una gruesa lágrima cayó por la mejilla de Diane—… y este verano…—se detuvo cuando se le escapó un sollozo.

Sirius vio que a Alice se le escapaban también alguna que otra lágrima, y que Beth estaba llorando. Le rodeó los hombros con un brazo.

Lily parpadeó con fuerza, y Sirius sabía que era para evitar llorar ella también. En ese momento entendió lo unidas que estaban su novia y sus amigas. Si una lo pasaba mal, todas lo pasaban mal. Como él, James, Peter y Remus. Y necesitaba volver a estar bien con James… definitivamente.

—Y… este verano…—sollozó de nuevo—…estaba haciendo la cena… tenía un cuchillo cerca… y… no quería hacerle daño… de verdad… no quería hacerle daño… sólo quería que parase…—Diane dejó caer la cabeza contra la pared.—Soy una asesina…

Casi como si fuese una sola voluntad enviando las órdenes a tres cuerpos distintos, Beth, Alice y Lily abrazaron a Diane a la vez, quedando las cuatro abrazadas y sollozando.

Sirius miró a Peter y a Remus. El primero parecía conmocionado y el segundo preocupado. El moreno esbozó una sonrisa cansada y triste. Ahora todos eran cómplices. Pero eran todos Gryffindor, bueno, menos Beth, y los Gryffindor prefieren morirse antes de delatar a los suyos. Y Beth… tal vez tuviese más de Gryffindor de lo que cabía esperar.

—Diane, tranquila—susurró Peter con suavidad—tal vez no debería decirlo pero… se lo merecía—añadió con suavidad.

—Estoy de acuerdo con Pet—dijo Sirius.—Fue en defensa propia, y…

—Mi padre era muggle… si las autoridades se enteran…

—Pues que no se enteren—dijo Remus con suavidad.

—Vendrán a interrogarme…

—¿Quién más lo sabe a parte de nosotros?—preguntó Sirius con cautela.

Diane se sorbió las lágrimas al tiempo que sus amigas se separaban de ella.

—Sólo lo sabe Edd… y vosotros.

—Pues asegúrate de que Edd no diga nada, que nosotros tampoco lo diremos—dijo Sirius.

—Edd no me va a delatar—aseguró Diane, con algo parecido al aplomo.

—Entonces… aquí no se ha contado nada… y en tu casa, en verano, no ha pasado nada—dijo Remus, con la voz un tanto ronca.

—Chicas… ¿no vais a…?

—¿Dejarte de lado?—preguntó Lily alzando una ceja con incredulidad.

—Vamos, Dy, ni que nos conociésemos de hace dos días—le dijo Alice—Los Gryffindor nos cuidamos unos a otros.

—Y sabes que yo no diré nada—añadió Beth con dulzura.

—No… de eso me encargo yo…—susurró Sirius rodeándole la cintura con un brazo—Tendré que entrenarte en las artes de la tortura, nena…

—Gracias…—musitó Diane.

—Dy, sois Gryffindor, y yo…—Beth suspiró mirando a Sirius que le dedicó una sonrisa—supongo que ahora soy un poco Gryffindor también—añadió.

—Nunca vamos a abandonarte—aseguró Lily.

—No.—corroboró Alice con dulzura—Pero ahora tal vez debamos irnos a clase antes de que Flitwick crezca medio metro mientras nos espera.

Diane esbozó una sonrisa y se miró las manos.

—Vamos… pero antes tengo que limpiarme esto—dijo con suavidad.

Beth asintió.

—Sí… yo también.

Y así salieron de las mazmorras. Como si allí no hubiese pasado nada.

oOo

Tenerla cerca le ayudaba a no pensar en todo lo que había descubierto hacía apenas una hora y media. Pero es que estar cerca de Dhalya tan poco tiempo después de haberse transformado, cuando el lobo todavía estaba despierto, era un poco peligroso, así que requería toda su fuerza de concentración mantenerlo a salvo para no hacer algún tipo de tontería, como por ejemplo inclinarse hacia ella y besar esos labios carnosos y de aspecto suave. Concentrarse en no violar a una niña de once años ayudaba a no pensar en que una de sus amigas había asesinado a su padre.

Remus, sinceramente, no la condenaba por ello. Sabía que nunca le pondría una mano encima a nadie para defenderse a sí mismo; pero al mirar a Dhalya entendió que por defenderla a ella sería capaz de matar a quien quisiese tocarle un solo pelo moreno de la coleta.

La quería y se sentía mal por ello. Pero sobre todo, se sentía mal porque ella terminaría queriéndolo a él, y tal vez tuviese que explicárselo un día de esos, porque si no… bueno, se sentiría mejor si se lo explicaba.

El problema, para él, radicaba en que Lya se relacionaba demasiado con sus amigas, y ellas eran de Sexto y Séptimo Año… y eso hacía que Dhalya hiciese preguntas un tanto extrañas.

—¿Remus… a los tíos cuando follan por primera vez les duele?—preguntó al tiempo que se mordía el extremo del lápiz, mirándolo pensativa.

Remus la miró fijamente. No entendía a que coño venía la pregunta, pero el lobo estaba a punto de desbocarse.

—No… a los tíos no—explicó, sin embargo, con paciencia.—¿Puedo preguntar a qué viene esa pregunta?

Lya dejó el lápiz sobre la mesa y miró a Remus con una media sonrisa.

—Es que… el otro día Lizzie le oyó decir a unas chicas de su casa que la primera vez para las chicas dolía… entonces empezó a hablar, ya sabes… que si era injusto que a las chicas nos doliese y a los chicos no, machismo natural… todas esas cosas… y Will le dijo que a los chicos también les dolía… y como, a decir verdad, ninguno de los tres tiene ni idea, pues… te he preguntado a ti, que… eres mayor.

—Ah…—Remus intentó controlar al lobo con todas sus fuerzas. Tenía miedo a hacer una tontería. Estaba a punto de hacer una tontería.

—¿Tú cuando lo hiciste por primera vez?—preguntó Lya entonces, mirándolo pensativa.

Remus respiró profundamente.

—Hace… hace tiempo…—susurró mirando las formas de la madera de la mesa. Si la miraba a ella estaba perdido.

—¿Con quien?—preguntó luego. No es que a Lya le interesase de verdad, pero… le gustaba cuando Remus parecía querer meterse bajo una mesa de la vergüenza.

—No…

—Vamos, Remus… soy yo… Lya—dijo, componiendo un puchero—Sabes que me puedes contar lo que sea, ¿verdad?

Remus esbozó una media sonrisa. No era capaz de resistirse a ese puchero.

—Con… Sophie—dijo luego, quedándose pensativo.

Había pensado que la quería. Joder, estaba enamorado de ella. Hasta los huesos. Pero de repente, apareció Lya en su vida, como una especie de terremoto, y todo lo que hasta entonces había sido real y certero se había vuelto inestable. Y lo único real a lo que Remus podía aferrarse era a los sentimientos poco castos que sentía por una niña de once años.

La cabecita de Lya corría a toda velocidad.

Sophie. Jolines. A Sophie la conocía, y estaba segura de que no podía competir con ella, que era alta, morena y preciosa. Además, era mayor y tenía un cuerpo precioso. Y algo le decía a Lya que Remus sentía por ella algo más que amistad.

—Así que es Sophie la chica que te gusta…—dijo pensativa.

—No… ya no…—susurró Remus con suavidad.—Ahora hay otra chica… y no es que me guste… es que la quiero.

Lya suspiró abatida.

—Bueno… pues suerte con ella, entonces—dijo con dulzura.

Remus sintió como una sacudida en su interior. Como el lobo, que estaba ya un tanto desatado, se desataba un poco más, hasta el punto de que casi lo dominó por completo. Y el olor de Dhalya le llegó, fresco y dulce, listo para hacerle la boca agua. Y de repente se encontró a sí mismo preguntándose qué se sentiría con esas delgadas piernas alrededor de la cintura, y con la suave piel de su cuello entre los labios. Y Remus sintió miedo, porque entendió que estaba a punto de saltar a por Lya.

—Dhalya…—la voz le salió ronca, pero la niña lo miró a los ojos fijamente.

—Remus…—la niña sonaba sobrecogida. Los ojos dorados de Remus se habían vuelto de color amarillo venenoso y estaban inyectados en sangre.

—Vete… rápido…

—¿Te encuentras mal?—preguntó ella, con la voz aguda, que sonaba aterrorizada.

—No… —siseó él—es el lobo—añadió con los dientes apretados—…vete rápido, busca a Peter y quédate con él.

Ella asintió con la cabeza, antes de recoger sus libros bajo el brazo y salir disparada hacia la puerta de la biblioteca.

Remus respiró profundamente. Una, otra, otra y otra vez. Intentando calmarse. Lya tenía que quedarse con uno de sus amigos hasta que a él se le pasase lo que quiera que le estuviese ocurriendo, porque ellos sabían hechizos para dejarlo fuera de combate durante unos minutos cuando estaba transformado. Así que, como humano, mucho más.

Cuando estaba transformado. No entendía por qué el lobo lo había dominado así si ya había pasado la luna llena. No entendía cómo había estado a punto de perder el control.

Respiró profundamente, relajándose. Ahora Lya estaba a salvo.

Se soltó de la mesa y miró el lugar donde sus manos habían dejado marcas en la madera de roble de la fuerza sobrenatural con la que la había apretado.

oOo

Intentó no pensar en nada, mientras ella metía la mano por debajo de su camiseta y le tocaba los abdominales. Bueno, mentira. A lo mejor sí pensaba en algo, o en alguien. En cierta pelirroja de ojos verdes de la que estaba enamorado como un gilipollas y que seguramente a esas horas lo odiaría con todo su ser.

Porque sí, James seguía queriendo a Lily, igual que siempre, pero no podía demostrarlo. No podía, básicamente, porque llevaba desde la tercera semana de clases particulares acostándose con Ananda, sí, su profesora de Defensa Contra las Artes Oscuras.

Y sí, James se sentía como un mierda. A ver, no es que no estuviese genial y todo eso, que lo estaba; pero no por ello dejaba de sentir que le estaba fallando a Lily. Y de hecho le estaba fallando, joder. Que ella lo quería, y él la quería a ella de todas las formas en que se puede querer a Lily Evans. Y pese a que no estuviesen juntos, sentía que le estaba fallando de forma estrepitosa.

Y claro, también estaban sus amigos. Tampoco a ellos podía contarles nada, porque Ananda no quería que nadie lo supiese, porque… si alguien se iba de la lengua a ella la echaban del colegio, y James no quería eso. Porque sí, sería una forma tremenda de librarse de ella y poder estar con Lily; pero había un pequeño error de cálculo en sus planes: le gustaba Ananda.

No le gustaba como le gustaba Lily; con ella no quería una casita con un columpio en el porche y tres docenas de niños. Pero Ananda quería sexo, y él quería sexo. Y como los dos querían sexo, follaban. Y James, tal vez por eso, más que por nada, sentía que estaba traicionando a Lily; porque ella había sido la primera, prácticamente la única, si no contaba a Hestia. Y porque con Lily no follaba, hacía el amor, por ridículo y cursi que sonase.

Su cuerpo se estremeció al notar el tacto de los labios de Ananda contra su clavícula. Y él cerró los ojos y buscó los labios de la profesora con los suyos. Casi con desesperación.

Porque por liarse con ella y ocultárselo a sus amigos, los estaba perdiendo. Y a Lily no la tenía, y a ese paso no la tendría jamás, así que se aferraba a sus polvos con Nan, porque eran lo único que le quedaría al final de ese curso.

—¿Te encuentras bien? —preguntó la profesora, separando sus labios del cuello de James y mirándolo fijamente.

—La verdad es que no, Nan…—dijo él, soltando un suspiro—… por esto—dijo un gesto con la mano, abarcándolos a ambos—estoy perdiendo a mis amigos. Y realmente no me vale la pena.

Ella le dedicó una sonrisa encantadora. Peligrosa, sí; pero encantadora.

—No estarás intentando dejarme, ¿no, James? —dijo, con un cálido ronroneo.

—Yo…

—Porque te recuerdo que como me dejes, James, cariño, tus notas pueden empezar a bajar… y tal vez las de tus amiguitos, esos a los que estás perdiendo, empiecen a bajar también…—añadió, acariciándole el pecho con sus largos dedos—Y eso es algo que no creo que te apetezca… ¿verdad?—añadió, componiendo un puchero.

James negó con la cabeza de forma automática. Si lo suspendía a él le daba un poco igual. Un año más o un año menos en Hogwarts era lo mismo. De todas formas ya no tenía a Lily, apenas tenía a sus amigos y ya todo estaba empezando a darle igual. Pero no podía permitir que suspendiese a Remus, que, de sus amigos, era el que más necesitaba sus notas para asegurarse un futuro, debido a su condición de licántropo.

—No, Nan… no tenía pensado dejarte…—dijo, con docilidad, antes de rodear su cintura con un brazo y atraerla hacia él para besarla con pasión.

Pasión que no era más que rabia contenida. Rabia contra ella, contra lo que le hacía; pero sobre todo, rabia contra sí mismo.

Sólo esperaba que Lily alguna vez pudiese perdonarle.

oOo

El equipo de Quidditch de Gryffindor estaba entrenando en el campo, y ella, como miembro del equipo de Ravenclaw debería estar en las gradas viendo las jugadas que ensayaban, ya que en diez días tenían el primer partido de la temporada, Ravenclaw contra Gryffindor.

Pero Destiny tenía otro tipo de cosas más importantes que hacer en el campo de Quidditch. O bueno, en los vestuarios. En los de Ravenclaw. Sobre todo, porque no estaba sola.

Ella y Sam llevaban algo así como un mes enrollándose en los lugares más inusitados que cualquiera pudiese llegar a imaginarse. Se habían enrollado en la Lechucería, en el Invernadero 2, rodeados de plantas un tanto raras mientras se suponía que hacían un trabajo, se habían enrollado en el armario de las escobas del vestíbulo, en Historia de la Magia, sentados en la última fila, y también se habían enrollado contra la estatua de Rowena Ravenclaw, en su Sala Común, una noche que quedaron terminando un trabajo.

Y lo peor de todo era que ellos no querían. Porque bueno, vale, sí. Se atraían, se gustaban. Mucho. Pero Destiny estaba hecha el lío más grande de la historia de Hogwarts, porque se sentía culpable para con Justin, pese a que cada vez que Sam y ella se besaban todo lo que no fuese él y sus manos desaparecía de su mente.

Y claro, se besaban porque se atraían. Porque cada vez que se quedaban solos y se miraban el uno al otro a la vez (porque siempre intentaban apartar la vista para que el otro no los pillase mirándolo) era como si un par de manos invisibles los empujasen, como imanes con distinta polaridad. Y cuando sus pieles entraban en contacto era como si sus cerebros se desconectasen y sólo fuesen dos voluntades mordiéndose.

La verdad es que ninguno de los dos tenía muy claro, en ese momento, como habían llegado al vestuario de las chicas de Ravenclaw, cuando cinco minutos antes habían estado paseando por la linde del Bosque Prohibido; pero allí estaban.

Los brazos de Sam rodeaban la cintura de Destiny, mientras caminaba a ciegas hacia la repisa de los lavamanos. Chocaron con la pared, a un buen par de metros de su destino original, pero les daba un poco igual.

Destiny se pegó a Sam todo lo posible, hasta que de repente él la aupó, haciendo que ella le rodease la cintura con las piernas. Se aferró a sus hombros, mientras él se movía hacia los lavamanos, para dejarla sentada allí.

Los dientes de Sam jugaban con la clavícula de la chica. Mordía, luego pasaba la lengua y volvía a morder, al mismo tiempo que los dedos de Destiny se enroscaban en su corbata y se la aflojaban, mientras con la otra mano le desabrochaba la camisa.

Los labios del chico se colaron por dentro del hueco de la camisa de Destiny, rozándole la garganta, logrando que ella se mordiese el labio inferior para ahogar un gemido que quería escaparse de su garganta. El chico siguió bajando, desabrochando, hábilmente, la camisa de Destiny con los dientes, para después subir, delineando su estómago con la nariz y por su pecho, antes de rozar su barbilla y besarla.

Ella sabía que si seguía así acabaría por dar el paso y acostarse con Sam. La verdad, no la disgustaba la idea, ya que le gustaba mucho el chico, y confiaba en él. Y además estaba sanando poco a poco en su corazón el hueco que Justin dejó al marcharse así de improvisto.

Y al pensar en él, fue cuando se detuvo. Porque sentía que lo estaba traicionando y joder… sabía que no tenía por qué sentirse así. Él se había ido y ella no le debía nada, pero… de no haber sido por él, ella no habría conocido a las que ahora eran sus amigas y… se habría quedado sola después de lo de su hermana.

Sam se separó de ella y la miró a los ojos, antes de sostenerla por las mejillas y darle un beso en la frente.

—¿Estás bien? —preguntó luego, con suavidad.

Destiny asintió con la cabeza y le dedicó una media sonrisa.

—Sí… lo siento—añadió luego, empezando a abrocharse la camisa del uniforme.

Las manos de Sam substituyeron a las suyas, mientras él le rozaba la nariz.

—No tienes por qué sentirlo, no tienes por qué hacer nada que no quieras, ya lo sabes…—dijo con suavidad.

Destiny esbozó una sonrisa y después le acarició la mejilla con suavidad.

—Ya, Sam, pero no es eso…—susurró, saltando de la repisa de los lavamanos y alisándose la falda—Se trata de que no sé lo que quiero… no te digo que sí y terminamos lo que empezamos, ni te digo que no, y siempre volvemos a empezar… y como sigamos así terminaré haciéndote daño… y no quiero—murmuró muy seria.

Sam le colocó un mechón de pelo tras la oreja y le dedicó una sonrisa amable. Tranquilizadora.

—No te preocupes por eso, Destiny…—tomó aire—Me gustas. Me gustas, y no quiero que me des nada más que aquello que estés preparada para darme…—añadió, acariciándole la mejilla.

—Gracias…—susurró Destiny, cerrando los ojos ante el contacto.

—Eso sí…—empezó Sam, con la voz un tanto ronca—… tal vez fuese mejor que te alejases de mí, Dest… ya sabes lo que le pasó a Jess y no quiero que a ti te pase algo malo por mi culpa.

—No te preocupes por eso, Sam…—tomó aire—Me gustas. Me gustas, y no voy a alejarme de ti, por mucho riesgo que pueda llegar a correr…—dijo ella, antes de abrazarse a él, que la acunó contra su pecho.

Destiny cerró los ojos y no pudo evitar que una sonrisa se escapase de sus labios. Se sentía extrañamente bien. Por mucho que Sam dijese que podía estar en peligro, ella jamás se había sentido tan a salvo.

Y deseó con todo su corazón poder aclararse.

oOo

Ya estaba oscuro, pero ella aún subía del campo de Quidditch. Se había quedado bajo el chorro calentito de la ducha hasta que el agua caliente se terminó. Tenía que recurrir al agua caliente para no morir de la tristeza, de lo muchísimo que extrañaba a Regulus.

Un mes. Un mes exacto en el que él la había evitado de todas las formas posibles en las que un Slytherin podía evitar a la Gryffindor con la que estaba casado. Un mes exacto en el que Jeyne tampoco había intentado acercarse a él, porque ella era una Gryffindor, joder, y no iba a correr tras el imbécil de su marido Slytherin sólo porque él le hubiese pedido tiempo para aclararse.

Pues bien. Ella le había dado el tiempo que él le había pedido, y todo el que quisiese. Pero más le valía, cuando quisiese volver a hablarle, tener una excusa, como mínimo, grandiosa, para que ella lo perdonase sin partirle la cara mínimo dos o tres veces. Por minuto.

Entró en el Vestíbulo y vio la escalinata de mármol por la que habían caído ambos hacía un mes. La verdad era que el castillo estaba completamente desierto. Y Jeyne, al mirar su reloj de pulsera, regalo de su hermano Justin, vio que eran ya las once y media pasadas. Si Filch la pillaba por los pasillos le arrancaría la piel a tiras.

Se caló un poco mejor la capucha, para que nadie le viese el color de pelo natural y echó a andar, sigilosamente, escaleras arriba.

Estaba ya en el Primer Piso cuando notó a alguien que se movía inmediatamente detrás de ella, y se detuvo en seco, notando como la persona que la perseguía desde que había salido del Campo de Quidditch se detenía justo tras ella.

Tenía dos opciones: gritar o pegar. Si gritaba aparecería Filch y si pegaba a lo mejor el oponente tenía más fuerza que ella.

Pero de repente un brazo bastante fuerte le rodeó la cintura y una mano le tapó la boca para evitar que pudiese gritar. Ella intentó arrear patadas, pero el secuestrador la levantó en el aire para evitar que pudiese valerse por sí misma.

Entonces Jeyne se vio encerrada en un armario lleno de productos de limpieza y escobas y su secuestrador la acorraló contra la pared antes de besarla al mismo tiempo que le rodeaba la cintura con los brazos, pegándose a su cuerpo como si quisiese sentirla lo más cerca posible.

Ella nunca se había enrollado con nadie, excepto con Regulus, así que conocía la forma de besar de su chico, tan bien como conocía el color de sus ojitos grises o de su pelo negro y suave.

—Reg…—musitó separándose.

—Mi niña…—susurró él, con su nariz rozándose contra la de la chica y atrayéndola por la cintura.

—¿Puedes explicarme a qué viene esto? —preguntó ella, dando un paso atrás y mirándolo fijamente.

—Te echo de menos, Jey, te echo tantísimo de menos…—susurró él, acercándose a ella y acariciándole la mejilla con suavidad.

—Yo también te echo de menos a ti, imbécil—le dijo ella con dureza—pero no puedes pasarte un mes entero sin hacerme caso y venir ahora, secuestrarme y besarme como si no hubiese pasado nada—añadió—creo que, al menos, me merezco una explicación, ¿no?

El chico sacudió la cabeza y suspiró, con aspecto derrotado. Jeyne sintió unas ganas inmensas de abrazarlo, pero si se mostraba débil, entonces él podría hacer de ella lo que quisiese. Y a ella nadie la hacía ser débil.

—Mi niña…—murmuró agachando la cabeza. Jeyne lo oyó tomar aire profundamente—No puedo con todo… mi madre no hace más que presionar, presionar y presionar para que tengamos un niño. Y yo ya no puedo más, de verdad… estoy dividido, mi niña, entre lo que quiere mi madre y lo que quieres tú…

Y también entre lo que quería el Señor Tenebroso y lo que él quería realmente… pero esa era otra historia, la historia real tras la excusa.

—Y no haré nunca nada que pueda lastimarte, ya lo sabes, así que… he estado buscando el valor necesario para enfrentarme a mi madre y decirle que no va a haber heredero hasta que terminemos el colegio, como mínimo…

Jeyne se mordió el labio inferior y le acarició la mejilla.

—Reg, cariño…—lo atrajo hacia ella y le besó la nariz, despacio—…deberías habérmelo contado antes, tonto. Se supone que estamos casados, se supone que tenemos que estar juntos en lo bueno y en lo malo, mi niño… y no quiero que me apartes de ti.

—Jey…

—Jey nada, cariño—dijo ella, con firmeza—estamos juntos en esto. Juntos para todo. Así que, corazón, es hora de que lo vayas asumiendo.

Regulus la atrajo contra su cuerpo y la estrechó con fuerza. Con todas sus fuerzas.

—Lo siento tanto, mi niña… siento tanto hacerte pasar por todo esto…

Ella le dedicó una sonrisa y apoyó la mejilla en el hombro del chico.

—Por ti iría al infierno y le mordería el culo al mismo Satán, ya lo sabes…

Regulus sonrió y besó el pelo de su esposa. No sería capaz de estar sin ella. Jamás. Era una cualidad inherente a los Black. Nunca se enamoraban, pero cuando lo hacían, era para siempre.

Lo que Jeyne no sabía en ese momento, es que tal vez tuviese que ir al infierno por salvar a Regulus, o que tal vez Regulus la arrastraría al infierno con él.


Sé que siempre suelo dar notas aclaratorias al final de cada capi. Pero, joder, os he hecho esperar demasiado por él como para tardar más.

Espero que os guste, y cualquier duda que tengáis, preguntad.

¡Gracias por leerme!


Thaly


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