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Piedra
Resumen: Marisa... serena, fría, rígida, como una estatua de mármol. Pero el muro puede derrumbarse. GerikxMarisa. GxM.
Género: Romance/Hurt/comfort
Personajes: Gerik, Marisa.
Universo: FE 8 (Sacred Stones).
Disclaimer: La gran mayoría de los personajes, los escenarios, las ideas, etc. de esta historia pertenecen a Intelligent Systems. Yo tan sólo los utilizo para divertirme, y divertir a los que leen. Lo hago sin ánimo de lucro.
Los mercenarios de Gerik habían ganado una gran cantidad de oro, aquella vez. Oh, sí; la persona a la que tenían que escoltar era importante, y ellos habían cumplido su contrato con diligencia. El premio era de los gordos, y ellos habían puesto toda su alma en aquel trabajo. Por eso era que ahora, después de días y días de viajar sin descanso, todos se encontraban celebrando en aquel pub, en las afueras de un pueblecito de Jehanna.
Sin embargo, Marisa, la Centella Carmesí, estaba fuera, lejos del calor, en un bosquecillo cercano al pueblo. Para variar, estaba sola; le gustaba, la soledad. Ya era noche cerrada, y la luna brillaba por encima de los árboles y de su cabeza, con una luz pálida y fría. Ella se había estirado en la hierba, apoyada en un árbol; aun desde la distancia, le llegaba claramente el sonido de las risas, los gritos y los cánticos de sus compañeros. Pero no le apetecía unirse a ellos; y no era porque le cayeran mal, todo lo contrario. Simplemente, aquel ambiente no iba con ella.
Pese a todo, Marisa no había bajado la guardia. Seguía atenta, como siempre, tomando en cuenta la posibilidad de que la atacaran por sorpresa en cualquier momento. Era una costumbre que tenía desde joven: estar siempre alerta y en tensión. Aquello le había salvado la vida más de una vez.
Por eso, se dio cuenta inmediatamente de la presencia de Gerik, incluso cuando éste se encontraba aún a bastante distancia. Se giró al instante, tensa; en cuanto lo reconoció, apartó poco a poco la mano del pomo de su espada, a la cual ya se había aferrado, a punto para saltar sobre el enemigo y cortar cabezas.
―Hola, jefe ―le dijo, con aquel tono impersonal que era tan propio de ella. Gerik ya estaba acostumbrado, y le sonrió. Parecía bastante despierto, aunque la espadachina no dudaba de que, seguramente, ya había bebido bastante cerveza. Aunque a Gerik le costaba emborracharse.
―Hola, Marisa ―le devolvió el saludo, mientras se sentaba a su lado. Ella oyó un leve tintineo, como de vidrio contra vidrio, y fue entonces cuando se dio cuenta de que él llevaba dos botellas, medio llenas de lo que con seguridad era cerveza, en la mano izquierda―. ¿Qué haces aquí fuera, tú sola? Todos están adentro, celebrando. Además, no es muy seguro pasearse por estos lugares; este sitio es peligroso. Más aún para una mujer, sin compañía y, encima, con la fama que tú te has ganado.
Marisa se tomó su tiempo para contestar. Cuando lo hizo, su voz sonó más fría, más susurrante que la misma brisa, y sin duda mucho más amenazadora:
―No les tengo miedo.
―Ya, pero yo sí ―replicó Gerik, impaciente, haciendo repiquetear sus botellas. Marisa se lo quedó mirando, alzando una ceja con evidente escepticismo. Gerik se rió―. Venga, va, que hablo en serio. Tengo que admitirlo: por aquí corre una gente que me da muy mala espina.
―Tú mismo lo has dicho ―dijo Marisa, mirando el cielo con semblante impenetrable―. "Te dan mala espina". Nada más. Tú eres el jefe, nada te da miedo, nunca. Al menos, nada que sea humano.
Gerik sabía a qué se refería. Durante el tiempo que habían pasado al servicio del príncipe y de la princesa de Renais, se habían encarado con monstruos formidables, terribles hijos del Rey Demonio, para después encontrarse con el Rey mismo. Pocas cosas podían asustarlos después de aquello.
Sin embargo, Gerik negó con la cabeza.
―Eso no es cierto. Yo también me asusto, a veces, como todo el mundo. y... ―dudó un instante, pero el alcohol le había soltado la lengua, y se atrevió a mirarla a los ojos y a confesarlo―. Y tengo miedo de que te hagan daño, Marisa. Si te pasara algo...
Dejo la frase inconclusa, pero su significado quedaba bien claro. Marisa lo miró verdaderamente a los ojos por primera vez aquella noche; por primera vez, quizás, en muchas noches y muchos días. Su rostro seguía completamente inexpresivo, inalterable, como una máscara rígida de piedra, pero sus ojos violetas se habían abierto por la sorpresa.
No dijo nada. Parecía haberse quedado sin palabras, y Gerik frunció el ceño, sintiéndose extrañamente incómodo. Quizás había hablado demasiado... lo cierto era que no era muy bueno con las mujeres, y Marisa, concretamente, era una fuente constante de sorpresas.
Finalmente, al cabo de unos minutos de tenso silencio, Marisa recuperó la voz.
―Gracias.
Era apenas un susurro, no más expresivo que su voz habitual, pero había algo en la forma en que lo pronunció que inquietó a Gerik. El mercenario se removió en su sitio, e hizo el amago de dar un trago de una de sus botellas, pero se lo pensó mejor.
―¿Por qué me das las gracias? ―le preguntó a Marisa, intrigado. La volvió a mirar a los ojos; pero esta vez, por algún motivo, ella no fue capaz de sostener su mirada y giró la cabeza.
―Por preocuparte ―respondió ella, en voz baja―. Nunca nadie se preocupa por mí. Ni siquiera los demás compañeros del grupo. Ya sé que eres el jefe; que estoy a tu cargo, y que es tu obligación ocuparte de mí y de todos los demás. Pero te lo agradezco de todas formas.
Gerik nunca la había oído pronunciar tantas palabras seguidas; estaba impresionado, pero no sólo por ese hecho, sino por lo que ella había dicho, y por lo que aquello implicaba. El hombre experimentó una sensación difícil de definir: de repente, por alguna razón, tenía unas ganas terribles de abrazarla. Sin embargo, sabía muy bien que Marisa no toleraba el contacto físico, así que mantuvo las distancias.
―Marisa... ―Gerik suspiró y meneó la cabeza, con una media sonrisa―. No me des las gracias. No tienes por qué dármelas. Yo... ―de nuevo, dudó, pero esta vez se decidió mucho más deprisa―. De hecho, también me preocupas a nivel personal. Me... caes bien, y me sabría mal que te ocurriera algo. De verdad.
Hubo otro silencio, igual de largo o más que el anterior. Nada en ella mostró la más mínima reacción a sus palabras, así que Gerik no podía saber cómo la habían afectado (si es que lo habían hecho). Al final, ella habló, y no era lo que Gerik esperaba. Aunque, tratándose de Marisa, nunca nada era del todo previsible. Era algo que a Gerik, en el fondo, le gustaba de ella.
―Eres amable conmigo ―él advirtió, no sin sorpresa, un rastro de emoción en sus palabras―. Eres muy bueno. Nunca nadie me había tratado como tú, ni me habían entendido, ni habían tratado de hacerlo. Todos dicen que soy una mujer extraña ―de nuevo, demasiadas palabras para tratarse de ella. Y teñidas con algo que parecía una mezcla de tristeza y de nerviosismo, un tinte tan leve que apenas se percibía.
―Eres extraña, Marisa ―hizo notar Gerik, con voz amistosa, atreviéndose a acercársele un poco más. Al parecer, ella no lo advirtió; o, si lo hizo, decidió pasarlo por alto―. Pero eso no es malo. Puede que no te hagas mucho con la gente, y que ellos te encuentren desagradable, pero eso es porque no te conocen. En realidad, sí que eres sociable... a tu manera.
Hubo un nuevo silencio, el tercero, entre los dos; pero ya no era tenso ni incómodo. El ambiente se había relajado visiblemente, y Gerik estaba más cerca de Marisa de lo que había estado jamás. Tan sólo era un poco más cerca de lo normal al hablar con la gente, pero lo suficiente como para que el corazón del mercenario se desbocara. De Marisa no se podría haber determinado nada, porque su postura seguía siendo rígida e imperturbable. Sin embargo, su cercanía la inquietaba. Gerik se había dado cuenta de ello al verla temblar más de una vez, y no precisamente de frío; estaba claro que ella también se había dado cuenta de su situación.
―Gerik... ―la voz de Marisa, sorprendentemente cálida, lo despertó de su ensoñación. Él se sorprendió al oírla nombrarlo por su nombre; nunca antes lo había hecho, porque siempre lo llamaba "jefe". Sin embargo, ella no lo miraba; tenía los ojos perdidos más allá de las montañas. Su mirada se había suavizado un tanto, y Gerik pensó que, pese a que su expresión y su postura seguían siendo de roca maciza, nunca la había visto tan humana.
La voz de ella se perdió en el aire fresco de la noche, y también lo hizo lo que fuera que quisiera decirle; porque, en ese instante, Gerik ya no pudo (o no quiso) controlarse más. Dejó las botellas en el suelo y, guiándose por un impulso, se inclinó hacia delante y abrazó a Marisa. Rodeó con un brazo su cintura y con el otro, sus hombros, y hundió la nariz en su cabellera. El aliento de la muchacha, cálido y agradable, acariciaba el cuello de Gerik; Marisa respiraba aceleradamente, como nunca lo hacía, ni siquiera después de los combates, que jamás la agotaban. A parte de por esa circunstancia, no había reaccionado; no le había devuelto el abrazo, pero tampoco trató de impedir que la tocara. Y Gerik, que se sentía embriagado por el calor de su cuerpo, empezó a acariciarle el cabello cariñosamente, pasando la mano por la cabeza y por el cuello, apretándola hacia sí.
Se mantuvieron en esa postura durante mucho rato, sin que ninguno de los dos dijera nada; hasta que Marisa reaccionó, como por reflejo. Confundida, se apartó de Gerik de una sacudida, empujándolo lejos de ella. Parecía muy alterada, y aquello no era propio de ella. Sus ojos estaban anormalmente abiertos; sus cejas, corrugadas; sus labios, apretados, y sus mejillas mostraban una tonalidad rosada tirando a rojiza. Su rostro inexpresivo ya no era tan inexpresivo. Marisa parecía... ¿asustada?
―Yo... lo siento ―se excusó Gerik, en cuanto logró reaccionar―. No pretendía molestarte.
Marisa no parecía estar prestándole atención. Se abrazó a sí misma, temblando de miedo, frío o las dos cosas a la vez, y fijó su mirada en el suelo.
Mientras tanto, Gerik seguía hablando, inquieto y avergonzado al ver que ella no hablaba:
―De verdad que lo lamento. No quería invadir tu intimidad. Siento lo que he hecho y, si te has ofendido, yo...
―No... ―murmuró Marisa. Tuvo que repetirlo, más alto, porque Gerik no la había oído:―. No ―él calló de golpe, y se la quedó mirando; el corazón aún le latía muy rápido, y amenazaba con salírsele del pecho. Ella cerró los ojos, confusa, fregándose los brazos con las manos, como para darse calor―. No... no me has molestado. Me ha gustado lo que... has hecho. Pero... pero...
Parecía incapaz de terminar la frase. Su voz, habitualmente tan fría que no parecía humana, estaba rota por el llanto, y Gerik lo comprendió de repente. Marisa estaba asustada de aquellos sentimientos, de aquellas sensaciones, que eran nuevos para ella. Cosas más allá de sangre y de espadas.
Vacilante, Gerik se le acercó y le puso una mano sobre el brazo. Marisa abrió los ojos de golpe, pero no se apartó esta vez; se limitó a mirarlo, con una mezcla de temor y anhelo que hizo que algo dentro de él se removiera. Al verla tan... indefensa, con las mejillas sonrosadas, con los ojos llorosos, Gerik sintió más ganas que nunca de protegerla. De protegerla no de enemigos físicos (porque ella los eliminaría sin dudar con el filo de su arma), sino de cosas más sutiles, cosas que la muchacha tan sólo conocía de lejos.
Ya no dudó más. Volvió a rodearle la cintura con un brazo, y la atrajo hacia sí; acarició toda su espalda con la otra mano, des del cuello hasta la cintura, y pudo sentir perfectamente cómo ella se estremecía.
Y entonces, casi a cámara lenta, Marisa le devolvió el abrazo. Al principio lo hizo torpemente, como si no supiera abrazar, y Gerik pensó que, seguramente, era así. Pero pronto ella ganó seguridad, y lo estrechó con fuerza entre sus brazos, hundiendo el rostro en su hombro.
No dijo nada; ninguno de los dos habló, en realidad. Poco a poco, Gerik sintió cómo el cuerpo de Marisa se relajaba entre sus brazos. La muchacha estaba más tranquila, más calmada, de lo que había estado en años; y se podría afirmar, sin lugar a dudas, que se sentía más cómoda de lo que se había sentido en toda su vida.
Al cabo de un rato (¿cuánto tiempo? ¿Segundos, días, años...?), se separaron ligeramente para mirarse a los ojos. Los de Marisa seguían húmedos, hecho que no dejaba de ser sorprendente, aunque aún no había derramado ni una sola lágrima; y Gerik se dio cuenta de que los suyos también lo estaban. Pero no le importó. Esa muchacha... no, esa mujer le hacía sentir como ninguna otra lo había hecho antes. No estaba seguro de que fuera amor, ni de que no lo fuera; al fin y al cabo, no se había enamorado nunca antes (bah, cuatro rollos para pasar el rato), así que no podía comparar. Lo único que tenía claro era que la quería, la necesitaba a su lado. Desesperadamente.
Con una sonrisa más bien estúpida (aunque él no se dio cuenta, claro), Gerik le acarició la mejilla con la mano, notándola agradablemente suave y cálida bajo sus dedos... y Marisa le devolvió la sonrisa. Era una sonrisa pequeña, muy pequeña, pero resultaba un espectáculo muy agradable: todas sus facciones tomaron un nuevo significado, una nueva belleza. La sonrisa de él se ensanchó, volviéndose, como era típico de él, pícara y burlona a la vez.
―Nunca te había visto sonreír ―le comentó a Marisa; su mano, que seguía acariciando su mejilla, se deslizó lentamente hasta su cuello, y Marisa suspiró suavemente―. Estás guapísima con esa sonrisa. Más de lo normal, quiero decir ―añadió, riendo, sin dejar de pasar los dedos por su cuello. Notó a Marisa temblar ligeramente en sus brazos; su contacto la estaba haciendo volver loca, y Gerik, pese a no saberlo del todo, lo intuía. En parte era por eso que estaba disfrutando tanto de aquella situación―. ¿Sabes? Creo que deberías sonreír más a menudo. Te sienta bien.
Finalmente, Marisa se atrevió a imitarlo, y alzó una mano para acariciarle el rostro, delineando su cicatriz. Sus dedos se movían de forma torpe, aunque no insegura; no dejaba de mirarlo a los ojos en casi ningún momento, dirigiéndolos hacia su propia mano, hacia la piel que ésta acariciaba, e inmediatamente después devolviéndolos a su lugar inicial: los ojos de él. Parecía hipnotizada, y seguía sonriendo, quizás un poco más que antes.
―Lo intentaré ―dijo finalmente, con aquel laconismo que era tan suyo. Gerik le puso una mano en la nuca y la otra en la barbilla, aún perdido en su mirada, y se inclinó para besarla. Cuando sus labios se tocaron, Marisa contuvo a duras penas un gemido, medio de sorpresa, medio de placer, y le rodeó el cuello con los brazos.
Su muralla, su máscara de piedra, se había roto. Derrumbada. Quebrada. Inexistente.
Majarath F.