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Author of 8 Stories |
Hola!
Se, se, SE que he tardado en publicar el quinto. Pero es que no sabía como hacerlo. No sabía. Es como si no fuese mi historia. Era algo sumamente raro, pero en fin. Mehe recuperado, y esta aquí, y ME GUSTA. Me gusta como ha quedado... Si. Este capítulo esta lleno de emociones y sorpresas.
Primero. Gracias por la oferta de ALGUIEN que prefiere mantenerse anonimo (mira que eres...) de hacerme photoshopadas basadas en la historia. No, en serio. Eres adorable. Sabes que ADORO esta clase de cosas.
Y gracias por leerme a Karla, a Xi's y a Sra. Danvers, sois amor. Y a los que han puesto la historia en alertas.
Disclaimer: CASI todos los personajes son obra de J.K. Rowling, creadora y escritora de la Saga de Harry Potter. Rose McKellen es un personaje propio, introducido en esta hisoria por mi misma.
Y ahora, no os hago esperar más, y os dejo con...
¡Vamos a cambiar el Mundo!
Capítulo 5
Las primeras luces de la mañana se cuelan en su habitación, y ese día lo coge despierto. Normalmente no abre los ojos hasta que la luz llena la habitación, o, en caso de que tenga que ir a trabajar, hasta que suena el despertador, pero ese día estaba despierto. Se ha despertado con la mano dentro de los pantalones del pijama, y marcas en los labios, marcas de haber mordido para no gritar.
Ese día estaba despierto, y decidió ir a hacer el desayuno, sin cambiarse. Entró en la cocina con los pantalones del pijama y una camiseta de mangas largas. Se entretuvo preparando el desayuno, para perder el tiempo como mejor pudiese, e hizo unas tortitas con chocolate, y un chocolate caliente para acompañar. No sabía lo que era, pero algo era distinto. Intentaba pensar pero nada en su mente le decía nada nuevo. En un par de días el nuevo curso comenzaría, y él seguía allí, con un trabajo que no le aportaba nada nuevo, y esperando a que un día, milagrosamente, entrase Sirius por aquella puerta.
Algo estaba rascando la puerta. No hacía demasiado ruido, pero si el justo como para que Remus lo oyese, y el corazón se le disparase sin poder controlarlo. Aquellos días, cualquier indicio lo era todo, cualquier ruido que se saliese de lo habitual se convertía en una nueva esperanza que se desvanecía cuando veía que no era nada. Pero aquella vez no cesaba. Seguía ese ruido, algo rascaba la puerta cada vez con más energía, y Remus se dirigió hacia allí.
Parado delante de la puerta, respirando profundamente, intentando controlarse. Empezó a girar el pomo, y se dejó de escuchar el ruido. Habían dejado de rascar en la puerta, así que, fuese lo que fuese lo que estaba allí fuera, se había dado cuenta de que él estaba allí, al otro lado, girando el pomo lentamente. Abrió la puerta, y sin haber podido acabar, algo se lanzó encima de él, abrazándole con fuerza.
- ¡Lunático! ¡Por fin!
Era él. Eran unos brazos alrededor de los suyos con mucha fuerza, era un olor a lluvia sin haber llovido últimamente, un olor a algo fuera de lo común que lo acompaña siempre. Era ese pelo negro brillando, aunque Remus tenía claro que no se lo lavaba desde hacía un tiempo, o al menos no en condiciones decentes. Era Sirius sonriendo, con sus ojos azul grisáceo mirándolo fijamente, diciendo toda clase de palabras variadas sobre lo bien que iban a estar ahora los dos allí.
- Sirius…
¿Qué podía decirle? Le diría que estaba loco, que allí podían atraparle, que era muy peligroso, y que no debería haber venido. Cosas con sentido común, cosas con las que Sirius sabría que es realmente Remus quien esta hablando. Aunque en realidad lo que quisiera decirle era que se quedase allí. Que no pasaba nada. Que podía esconderse en su casa y que podían dormir juntos. Que beberían hasta altas horas de la madrugada hasta que la conversación se torciese y acabase sonrojado. Un montón de frases sin sentido, o quizás con demasiado sentido, tanto que no se podían decir en voz alta, por que se rompía. No sabía el que exactamente, pero se rompía.
- ¡Ostia, has hecho el desayuno!
Algunas cosas, no cambian. Seguía teniendo un hambre feroz, y una sonrisa en la cara. Seguían siendo amigos. Pero ojala algunas cosas si que cambiasen, para mejor.
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Sabía que le sonaba de algo. Y con su memoria, ya le extrañaba que no la ubicase. Por que claro, esa chica es metamorfomaga. Él, Severus Snape, es profesor de Pociones. Las pociones requieren una memoria especial, superior a otras muchas asignaturas. ¿Cómo se le iba a olvidar una cara? Imposible.
Se apartó un mechón que le caía por la frente, y siguió preparando pociones curativas, para reponer en la enfermería. Empezaba en nuevo curso en unos días, y tenía que hacer pociones para los alumnos. Era irónico, la mayoría de alumnos le tenían por un dictador y un hombre sin corazón, y gracias a él tenían la mayoría de las pociones. Lo seguía pensando mientras echaba unas gotas del último ingrediente en el caldero, y recordó el año en el que Nymphadora entró en Hogwarts. Se le pidió que no cambiase demasiado su apariencia, para no confundir a los profesores. Aunque si lo hacía, tan solo tenía que buscar a la alumna que no conocía de nada.
En séptimo curso, lo hacía para molestarle, estaba seguro. Cada vez cambiaba más de apariencia, y según lo que había escuchado, solo lo hacía en sus clases. Solo en clase de pociones. Y a veces, era realmente molesto. El último día de clase, antes de salir, se puso el pelo exactamente como lo llevaba él. Sonrío una vez, con un aire entre picardía y maldad, y salió del aula. No la volvió a ver, hasta aquél momento.
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Todos tenían ya sus libros, y contaban las horas que faltaban para volver al colegio con impaciencia. Aquél iba a ser un año memorable, o al menos, eso estaban esperando todos. Algunos más que otros. Por que algunos, tenían cosas importantes que hacer en el castillo. Gente que ver, a la cual abrazar y comprobar que las pecas siguen en su sitio, y no se les ha ocurrido moverse.
Cada vez salían y llegaban menos lechuzas, por que cada vez estaban más ocupados esperando el reencuentro. Preparándose para no montar un espectáculo delante de todo el mundo. Para poder contenerse hasta estar a solas. Y recordar las lechuzas de ese verano, todas y cada una de ellas. Sobretodo esa última.
Estaban desayunando todos en el comedor, y una lechuza de aspecto noble entró por la ventana. Un pergamino aterrizó sobre el pelo rojo intenso de Ginny, y esta lo recogió enseguida, se disculpó con un murmullo, y subió corriendo las escaleras hacia su cuarto, cerrando con fuerza. El corazón le latía con fuerza, y cerraba sus ojos fuertemente, queriéndose evadir del mundo. Tenía ese pergamino en sus pequeñas manos blancas, apretado contra su pecho, y parecía que nunca lo iba a soltar.
Consiguió abrir los ojos, y observar el pergamino. Era una nota igual de corta que las demás, pero eran sus palabras, sus manos que habrían tocado ese pergamino antes de enviárselo, sin que nadie más lo supiese.
“Ginny,
No tengo ganas de verte. Que va. Tan solo haré esfuerzos astronómicos en el andén y en el tren para no tener que acercarme. Haré mil y un esfuerzos y no se si será suficiente. Aunque de momento, tendrá que serlo.
Espero que lo sea. “
Hará mil esfuerzos para que sea suficiente. Ella tampoco sabe si lo será. Pero tiene que serlo. Si no, no sabe lo que puede pasar, así que tiene que serlo.
Abajo, en el comedor, llegaba otra lechuza. Otra lechuza que dejaba un sobre encima del plato de Fred, y se iba corriendo. Fred, a diferencia de su hermana, se guardó el sobre en el bolsillo. Y preguntaron mucho, claro. Pero era más fácil no soltar prenda. Muchísimo más fácil.
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Le acariciaba la mejilla a su mujer, con dulzura. Su hijo estaba haciendo las últimas compras en el Callejón Diagon, antes de irse a Hogwarts, y ellos se habían quedado en casa, sentados frente a la chimenea, dejando pasar el tiempo. Por que cada día era más difícil negar lo evidente.
Suponían que se habían equivocado, y cada vez lo veían más claro. Estaban criando a su hijo como sus padres los habían criado a ellos, y no se daban cuenta de que no era lo más indicado hasta que no fue demasiado tarde, hasta que no estaban en las garras del Señor Oscuro, hasta que Lucius no llegaba a casa con heridas y un historial de maldiciones encima o con amenazas de ello, hasta que no tuvo miedo de perder a su hijo a cambio de equivocarse en alguna misión.
No querían que su hijo acabase así. Algo grande se estaba formando, y ellos estaban en uno de los dos bandos. Cada vez veían menos claro que fuese el bando correcto. Cada vez veían menos claro todo aquello.
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Al otro lado de la calle, estaba ella. Ella, con su pelo rubio cayéndole por los hombros y sus ojos verdes, con mezclas de colores, brillando con una sonrisa de oreja a oreja. Ella, con su chaqueta de cuero rojo, un rojo bastante oscuro, pero aún así conservando un toque demasiado alegre para cualquier otra persona, pero nunca lo suficiente para ella. Ella, con sus pantalones tejanos, y su mochila cayéndole por la espalda, una mochila negra llena de parches a lo loco, parches de los rolling y los beatles, de grupos musicales variados y alguna chapa proclamando alguna frase con fuerza.
No sabía cuanto tiempo había estado mirándola antes de que ella se diese cuenta. Antes de que pusiese una sonrisa adorable, y cruzase la calle, acercándose a él. Antes de que le diese un abrazo que le recordaría, como una bofetada, todos los abrazos que se habían dado antes, y todos los que no se habían dado, todos los que le hubiese dado gustarse, y los que casi se dan y no hubo manera.
- ¡Biiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiill!
Un abrazo que le rodeo el cuello con los brazos y le acercó a ella, sin poder ni tan siquiera pestañear. Un abrazo que le hizo sentir más que muchísimas otras cosas, y en cuanto se separó de ella, y volvieron a esa mirada, esa mirada que los hacía más cómplices que cualquiera, supieron que habían vuelto, que por fin, por fin, eran ellos de nuevo. Eran ellos caminando por las calles de El Cairo, Bill señalándole cada pequeño rincón que debía conocer y Rose sonriendo.
Sentados en un banco, mirándolo todo y mirando nada. Sentados el uno al lado del otro sin decirse nada especial, más bien medio en silencio, mientras en la mente de ambos sonaba una misma melodía imposible de parar pero imposible de hacer algo más real, por que aquello de por sí era tan real que podía llegar a romperse. Quizás, era mejor dejarlo todo como estaba. Si, quizás era eso.
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Marzo de mil novecientos sesenta y cuatro, en uno de los despachos de Hogwarts. Una conversación demasiado importante como para dejarla pasar.
- No te quedes aquí. Ven.
Ella gira la cara hacia él. Lo mira con ojos sorprendidos, como si no se esperase lo que él decía, aunque lo había oído muchísimas otras veces.
- No sabes lo que dices. No lo sabes.
- Creo que se bastante bien lo que se. – Él se mira al espejo, y vuelve a mirarla a ella – Si, se bastante bien lo que digo.
Ella se levanta, y se va hacia la ventana. Apoya las manos en el alfeizar, y mira al exterior, sin saber que decir exactamente.
- No es tan fácil como tú lo planteas. No se a quién me recordarás.
- Es fácil. Sales de aquí, abandonas todo esto, y te vienes conmigo a un lugar bien lejano. Podemos irnos a algún país de Asia. O de América. Dónde no les importe lo que hacemos.
Ella, sin girarse, se empieza a reír. Una risa nerviosa, sin demasiada convicción. Le temblaba todo el cuerpo tan solo de pensar en esas palabras.
- … Y pretendes que abandone, claro. Pretendes que abandone aquello en lo que creo.
Él se acerca a ella, con desesperación. La coge por el brazo, y la besa con fuerza, sin que ella oponga resistencia, más bien ella responde. Él se separa de ella, después de susurrar con rapidez un “te quiero” y un “lo siento”. Sale por la puerta del despacho, sin mirar atrás.
Minerva, rápidamente, se secó una pequeña lágrima incipiente en su ojo izquierdo, esa lágrima que él lograba ver siempre y que a ella la delataba siempre. Intentaba no recordar aquella vez, aquella última vez que le vio. Aquella última vez que no fue lo suficiente valiente como para abandonarlo todo.
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Continuará! Y esta vez, espero tardar menos. Empiezo ya mismo el 6 ( o no, que es tarde y tengo SUEÑO, lo que se dice SUEÑO.)
¿Como creeis que puede ir la cosa? Como veis, hay mucho lío por ahí. Se esta liando la cosa XD Y... ¿Quién creeis que es el hombre de la historia de Minerva? BWAHAHAH! ¿Y que pasara con Lucius y Narcissa? ¿Que harían ellos por su hijo? ¿Os estáis preguntando algo más que no sea que pasara con Sirius y Remus?
Nos vemos en el Capitulo 6! (Y gracias una vez más por leerme, y por los reviews!)