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Algo más que amistad
Resumen: Lily Evans se convertía en algún tipo de bestia, indomable y agresiva, cada vez que pensaba en James Potter. Jamás le había dado una oportunidad, pero, ahora que sus cartas la habían ablandado, ¿podría darle algo más que amistad?
Género: Romance.
Personajes: James Potter, Lily Evans.
Universo: Merodeadores (generación pre-Harry Potter). Canon.
Disclaimer: La gran mayoría de los personajes, los escenarios, las ideas, etc. de esta historia pertenecen a J. K. Rowling. Yo sólo los uso para divertirme escribiendo y divertir a los que leen. Lo hago sin fines de lucro.
Un one-shot de temática muy clásica. Espero que os guste.
Fanfic revisado el mayo de 2010.
14 de julio de 1977
Mi querida Lily,
¿Cómo estás? Espero que bien. Se me ha ocurrido que durante las vacaciones podrías aburrirte, así que he ido a la librería y he buscado algún libro de Encantamientos que aún no tuvieses y que te pudiese interesar (ha sido tarea difícil, eres una experta en el tema). Aquí lo tienes. Espero que te guste.
Un abrazo y un beso.
James P.
Cuando Lily Evans terminó de leer aquella carta, con la boca torcida en un gesto de crispación, su rostro expresaba cualquier cosa menos gratitud.
—¡Ese Potter! —se dijo, enfadada, mientras arrugaba el pergamino y lo tiraba en el suelo de cualquier modo. Sus manos temblaban un poco, como siempre le ocurría cuando se ponía tensa, mientras murmuraba hacia sí unas palabras casi ininteligibles:— No tiene suficiente con amargarme la vida durante la escuela, no... que encima va y me molesta también en vacaciones... pero ¿cómo diablos puede saber él qué libros tengo y cuáles no? Maldita sea, será imbécil ese egocéntrico de los... —estaba sola, pues sus padres se habían ido unos días a ver a sus tíos y Petunia había aprovechado la ocasión para "irse de compras" (durante toda la semana) y poder perder a su odiosa hermana de vista un rato. Así que ésta se permitió soltar unos cuantos insultos al aire, para desahogarse, y golpeó ruidosamente con los pies el suelo que había estado barriendo hasta hacía pocos instantes.
Lo cierto era que James Potter conseguía siempre sacarla de sus casillas, incluso con la más pequeña, ínfima, ridículamente inofensiva de las acciones. Simplemente, no podía soportarlo, era superior a ella. Se trataba de una especie de instinto que había desarrollado a lo largo de años y años de soportar el enorme ego y las insufribles bromas y malas jugadas del merodeador.
Por supuesto, todo esto no es novedad para nadie, pero es necesario entender que, en realidad, para Lily todo aquello no dejaba de ser desconcertante. Porque le daba la impresión de que, cada vez que hablaba de James o que éste se colaba entre sus pensamientos, dejaba de ser la persona responsable, calmada y amable de siempre para convertirse en algún tipo de bestia indomable y agresiva.
Sin embargo, pese a su enorme rabia y a su resentimiento hacia el joven Potter, el paquete verde que acompañaba la carta ejercía una gran atracción hacia Lily; una atracción que se combinaba inexplicablemente con una repulsión igual de profunda. Su mirada verde cayó sobre el bulto un instante, sólo uno, en medio de su rabieta, y por alguna razón calló de repente.
Luchó contra aquellos impulsos contradictorios durante unos segundos, pero finalmente no pudo resistirse y se adelantó para coger el regalo. Con las manos aún temblorosas, y sin olvidar su vieja costumbre de no romper los envoltorios de los regalos, lo abrió con dificultad.
Y es una suerte que lo hiciera, ya que, de no haber sido así, tanto esta historia como la vida de la pelirroja y la de todo el Mundo Mágico habrían tomado un rumbo muy distinto. No se podría decir "mejor" o "peor", pero sí diferente.
Lily soltó una exclamación de asombro, sin poder hacer nada por evitarlo. Se trataba de un libro impresionante; y, cuando digo impresionante, me refiero a im-pre-sio-nan-te, con todas las sílabas y los significados posibles de la palabra. Era un ejemplar grueso y ricamente encuadernado, con las tapas de piel oscura y unas letras doradas en el lomo donde se podía leer: Guía de encantamientos prácticos para el mago moderno, de Wolfreda Cattvich.
No sólo era uno de los libros más bonitos que Lily había visto nunca, y era grueso como a ella le gustaban, y trataba su tema favorito, y mostraba un aspecto muy prometedor al pasar algunas páginas al azar, sino que además tenía toda la pinta de ser muy, MUY caro.
Esta vez, Lily no se dijo nada a sí misma. No hubo rabietas. No hubo gritos ni insultos. Tampoco hubo elogios ni gratitud. Sencillamente, no quería creérselo.
Dejó el papel verde encima de la cama —en él había una etiqueta donde se leía "Para mi Lily, de James", aunque ella no se había dado cuenta— y se sentó en ésta, depositando el libro en su regazo con suavidad. Lo observó durante un momento más, aún sin acabar de procesar realmente de donde había salido, y acabó abriéndolo con sumo cuidado.
En la primera página, que no estaba impresa, había un mensaje manuscrito. Lily reconoció enseguida la letra de James, aunque parecía trazada con mucho más cuidado del habitual, como si el muchacho se hubiera pasado varios minutos pensando y dibujando cada frase.
Era un mensaje bastante largo —James había escrito cada palabra muy pequeña para que cupieran todas juntas— y Lily tardó un poco en terminar de leérselo. A medida que iba moviéndose de una línea a la otra, con la mitad de la mente en otra parte, su expresión fue cambiando de forma gradual. Primero había estado confundida, sorprendida por aquella muestra de sensibilidad (o de lo que fuera) por parte del eternamente odioso James Potter. Al empezar a leer, fruncía el ceño, esperando recibir alguna sorpresa desagradable, como aquellas a las que ya estaba tan acostumbrada: una escalera con trampa, pociones resbaladizas bajo la cama, escandalosas y originales peticiones de citas en medio del Gran Comedor...
Sin embargo, su gesto hostil se había ido esfumando poco a poco, dejando lugar a otro mucho más difícil de descifrar.
Querida Lily,
En primer lugar, quiero que sepas que no es mi intención escribir un mensaje cursi y falso, pero tampoco quiero que sea solemne o vulgar ni nada por el estilo. Así que intentaré hacerlo a mi manera, tan sinceramente como pueda, ¿de acuerdo?
Lo que quiero decirte es que lo siento mucho. Que soy consciente, ahora sí, de que durante los últimos años te he hecho muchas malas jugadas y he tomado una actitud muy prepotente e infantil hacia ti. Quiero que sepas que eso siempre ha sido un engaño. Sólo lo hacía para impresionarte, pero al fin me he dado cuenta de que, si lo que realmente pretendo es que me aceptes o seamos amigos o lo que sea, esa no es precisamente la mejor manera de conseguirlo. Remus lleva años repitiéndomelo, pero he tenido que tropezar millares de veces con la misma piedra para darme cuenta...
Lo que quiero decir es que, bueno, realmente me gustas mucho y ya estoy cansado de pretender que soy alguien que no he sido nunca. Me gusta hacer bromas, sí, y se la tengo jurada a Snape, pero eso no significa que sea el imbécil que siempre te he demostrado que soy. Llevo ya muchos días pensando sobre esto y, aunque sé que es probable que no me creas o que no te molestes ni en acabar de leer esta carta (y lo entiendo perfectamente, porque te he dado razones para ello), me ha parecido importante contarte todo esto. Para que lo supieras.
Encontré este libro en una tienda del callejón Diagon y me pareció que era perfecto para ti. Rengo muy buenas referencias sobre él, así que estoy seguro de que te resultará útil de un modo u otro. Además, las ilustraciones son fantásticas y muy claras. Te lo envío en parte para alegrarte las vacaciones, como ya he dicho en mi otra carta, pero sobre todo como disculpa. Por favor, perdóname.
Buenas vacaciones.
James Potter.
Lily se quedó mirando la firma en el papel con forzado escepticismo.
Aquel mensaje estaba lleno de mentiras. Todo mentiras. Tenían que serlo.
Lo que normalmente habría hecho Lily Evans —la Lily Evans impulsiva, violenta e irritable que surgía con cada aparición de James Potter— era arrugar la carta y tirarla igual que la otra, que ahora estaba comiendo polvo en el suelo a medio barrer de su habitación. Pero no podía y no sabía por qué.
No entender las cosas la molestaba infinitamente. Casi tanto como James Potter.
Casi.
Si embargo, ¿por qué dudaba, de hecho? Pasara lo que pasara, dijera lo que dijera, Potter seguía siendo Potter; por mucho que le hubiese enviado aquel fantástico regalo, aunque hubiera escrito esas palabras tan hermosas —¿hermosas? ¿Realmente lo eran?— sólo para ella. Quizás ni siquiera las había escrito él, pensó Lily, sino que se lo había encargado a otro o había copiado el texto de algún libro...
Y, repitiéndose aquella idea con insistencia en su mente, como si se tratara de un encantamiento ("es Potter, es Potter, es Potter..."), Lily se puso a escribir una respuesta, esforzándose al máximo por reprimir cualquier sentimiento —fuera duda, alegría o lo que fuera— que surgiera de ella. Esforzándose por utilizar una helada cortesía, que siempre quedaba bien y no la dejaría en evidencia.
15 de julio de 1977
James, (evitó usar ningún adjetivo que mostrara la más mínima familiaridad)
Muchas gracias por el regalo que me mandaste y también por el mensaje. Sin embargo, sigo oliendo algo extraño en todo esto, así que si tramas algo ya puedes ir olvidándote de mí.
Espero haberme hecho entender.
Cordialmente,
L. Evans.
Era un mensaje frío, casi desagradable, e infinitamente hipócrita en comparación con la carta de James, que —aunque Lily tratara de convencerse de lo contrario— derrochaba sinceridad por todos lados.
Probablemente, si Lily hubiese releído la carta hubiera cambiado muchas cosas o, simplemente, no la hubiera mandado. Pero no lo hizo. Aún con un nerviosismo inexplicable, incluso para ella misma, ató el pergamino a la pata de la lechuza parda —que supuso que era de James— con cierta dificultad, pues los dedos aún le temblaban exageradamente. Cuando terminó, se apoyó en el alféizar de la ventana, observando como el ave se perdía en el cielo nublado, dejando atrás Spinner's End. Suspiró profundamente y agitó la cabeza con cierta desesperación, tratando de librarse de aquella extraña sensación que crecía dentro de ella.
No era la primera vez que Potter le causaba aquellas reacciones, pero siempre que le ocurría intentaba hacer como que no existían, o no pensar en ello. No hablaba con él, no abría sus cartas, tiraba sus regalos a la basura. Pero aquella vez la había tomado desprevenida, y Lily ya no podía negarse más a sí misma que el muchacho le gustaba... algo.
¿Realmente era así? ¿Lo había aceptado? ¿Acababa de aceptar que le gustaba James Potter?
Quizás. Aunque eso él no tenía por qué saberlo, claro.
17 de julio de 1977
Querida pelirroja,
Me alegra que te haya gustado el regalo. De verdad. Estaba dudando de si era el libro adecuado, o de si no tenías ya algo similar y te iba a resultar inútil, o lo que fuera.
Respecto a lo de tus sospechas... entiendo que te sientas así —como ya te dije, tienes razones para desconfiar—, pero esta vez no debes preocuparte, de verdad. Sólo se me ocurrió regalarte algo interesante, para alegrarte las vacaciones y que no se te hicieran pesadas. De modo que decidí (¿cómo sabía James... es decir, Potter, que estaba pasando unas malas vacaciones?) enviarte un buen libro, ya que sé que leer uno siempre te alegra y te abstrae de tu alrededor. No lo hacía con más intención que esa, de verdad.
Espero que te vaya todo muy bien. No tienes por qué responder a esta carta, si no quieres. No quiero ponerte en ningún compromiso.
Con afecto,
James.
Bien mirado, parecía saber muchas cosas sobre ella, aunque Lily no recordaba que jamás hubieran intercambiado más de dos o tres frases en un tono civilizado. Cuando hablaban (más bien "discutían") cara a cara, ella nunca le dejaba dar explicaciones. Daba por sentado que sus palabras la confundirían, que se aprovecharía de lo que ella sentía por él —¿sentía ella algo por él?— y después la dejaría tirada en cualquier sitio, como hacía siempre su amigo Black con todas sus citas...
Sin embargo... ¿había visto nunca a Potter hacer nada similar?
Sí, era cierto, siempre ingeniaba bromas desagradables —muchas de las cuales estaban dirigidas especialmente hacia ella—, intentaba llamar la atención, presumía con su Snitch, se burlaba de la gente... o, por lo menos, lo había hecho hasta el año anterior, el sexto curso, cuando le había parecido que se calmaba un poco y dejaba de ser tan impertinente. No había querido creerse que había cambiado, pero... ¿y si realmente lo había hecho? ¿Merecía la pena seguir intentando odiarle, si ya no había razón para ello?
Y el mensaje en el libro...
Empezaba a ver a Potter como a una persona normal, incluso mejor que normal, y se arrepentía de no haberse dado la oportunidad de conocerlo mucho antes; pero a la vez no podía resistir el miedo a estarse equivocando, a que realmente se aprovechara de su confianza y la hiriera. Y eso por no hablar de su orgullo, que se negaba rotundamente a aceptar la "derrota", aunque en realidad no hubiera habido nunca una batalla en primer lugar. ¿Qué tenía que hacer? ¿Qué podía hacer?
Sin embargo, pese a sus dudas, Lily era una Gryffindor. Y al pensar en ello tomó una decisión.
19 de julio de 1977
Querido James (el encabezado le salió casi por sí solo, pero no hizo nada por evitarlo),
Ya he recibido tu carta y he de decirte que te creo... más o menos. Es complicado hacerlo después de tantos años de discutir y de pensar que eres un idiota, pero me da la sensación de que has madurado y de que me dices la verdad.
Así que, bueno... espero que este curso podamos hablar un poco más, para conocernos y todo eso; así podré comprobar si lo que creo es cierto. Que quede claro que no te prometo nada más que amistad —que es lo que tú quieres, ya lo sé—, pero espero que te guste la idea.
Un abrazo,
Lily.
21 de julio de 1977
Querida Lily,
No sabes lo feliz que me haces, de verdad. Hacía muchísimo tiempo que esperaba una oportunidad y, bueno...¡gracias! Muchísimas gracias por creerme. Sé que es difícil, que mi actitud no ha sido la correcta, pero no volveré a comportarme más como un imbécil. Lo prometo.
Espero que podamos conocernos un poco y ser buenos amigos. Es cierto que me gustaría que fuésemos más que eso, pero no des del principio, claro. Y, si la amistad es lo único que quieres darme, lo aceptaré. Te quiero mucho y no pienso forzarte a nada (sí, vale, suena cursi pero es la verdad).
¿Qué te parece si seguimos escribiéndonos regularmente?
Con todo mi cariño,
James.
26 de julio de 1977
Querido James,
¿Cómo estás? Espero que bien. Ya sé que tendría que haberte escrito antes, pero me fui de vacaciones a Francia unos días y no pude leer tu carta hasta hoy.
Me gusta la idea de irnos escribiendo; creo que será una buena manera de conocernos antes de Hogwarts y así también tendremos algo que hacer en las vacaciones. ¿No crees?
Bueno, pues ya nos leeremos.
Un beso,
Lily.
13 de agosto de 1977
Mi pelirroja de ojos verdes,
Hoy he pasado un día bastante aburrido. Mis padres han convocado una de esas reuniones típicas y aburridísimas llenas de gente rica y aburridísima que habla de cosas aburridísimas... en honor al aniversario de ese tipo que te dije, ya sabes, el del bigote y la barba roja. Y mi padre me ha "obligado" a participar... ya te lo puedes imaginar: un rollazo (Lily rió al imaginarse a James vestido de gala, en medio de una enorme sala inmaculada, como de palacio, y rodeado de viejas con mil joyas y peinados horribles).
Lo peor de todo es que hay mucha gente con ideales desagradables, entre "ciertas" familias de sangre pura. Supongo que ya te lo imaginas: Malfoy, Black, Lestrange... un asco (Lily arrugó la nariz. James y ella coincidían en su opinión respecto a aquellas "ciertas familias"). Y no paran de soltar unos comentarios repugnantes. Cada vez que lo oigo me vienen ganas de darles un puñetazo; pero, claro, no me lo puedo "permitir", siendo parte de los Potter, una familia de orígenes ancestrales y bla bla bla... Pero lo más increíble de todo es que, verdaderamente, se creen que son mejores que los mestizos, los muggles y los hijos de muggles... por vete-a-saber-tú qué argumentos que no entiendo ni quiero entender.
Supongo que tú ya sabes lo que es eso. Debe de ser horrible que te insulten por tu origen, ¿verdad? Aunque no saben nada de nada. Si te lo miras con perspectiva, ser hijo de muggles es una suerte. Así puedes usar también la tecnología muggle, aparte de la magia, y eso es genial. Ya me gustaría a mí saber como funcionan esos trastos... la última vez que toqué un aparato muggle —uno de esos que son cuadrados, donde salen imágenes que se mueven, como muchas fotos diferentes una detrás de otra—, casi lo hago estallar (Lily rió otra vez).
En fin... dejémonos de cosas desagradables y vayamos a lo bueno. ¿Te he dicho ya que he visto a Remus y a Sirius hace poco? ¡No han cambiado nada! A Peter ya hace más tiempo que no lo veo, pero Remus habló con él hará unos días y dice que está bien.
Me gustaría verte a ti, por cierto. No me siento capaz de aguantar ni un solo día más sin ver esos ojos tan lindos... ¿Qué te parece? Espero tu respuesta, ¿eh?
Un enooooooorme abrazo,
James.
15 de agosto de 1977
¡Hola, James! ¿Cómo andamos?
Yo, bien. Tienes razón: he sufrido todo eso, me han discriminado muchas veces por ser hija de muggles, pero yo me siento orgullosa de ello. Tienes razón, es una suerte pertenecer a ambos mundos, aunque haya gente que no lo aprecie. Muchísimas gracias por apoyarme. Ya les gustaría a toda esa panda de imbéciles ser así de amables.
Por cierto, gracias por lo de los ojos, pero no me la pegas...
A mí también me gustaría verte. ¿Te parece bien que quedemos el día 20 a las doce del mediodía, ante la Fortescue? Supongo que ya sabes dónde está... ¡es la mejor heladería del mundo mágico!
Nos vemos.
Lily.
Hundió más aún la nariz en la bufanda que llevaba alrededor del cuello, temblando de frío, y frotó sus manos la una con la otra para calentarlas. Su cabello emitía destellos rojizos incluso en aquel ambiente gris provocado por las nubes.
Mal día habían escogido para quedar: el cielo encapotado y la brisa —suave y fría— que recorría el callejón Diagon presagiaban tormenta. El aire se movía constantemente, inquieto, y estaba casi helado, de modo que los alientos de los transeúntes se volvían vaho al entrar en contacto con el exterior. La heladería estaba casi vacía y mucha gente atravesaba contínuamente la calle, apresurándose para evitar la lluvia que caería pronto encima de sus cabezas. Y es que ¿quién habría esperado un día tan frío, casi invernal, en pleno agosto? No era normal...
La muchacha cambió de posición, cansada de estar apoyada en el mismo pie durante tanto rato, y suspiró. Se estaba muriendo de nervios, aunque lo único en su aspecto que la delataba era el modo en qué le temblaban las manos y el constante movimiento de sus ojos verdes.
Hacía un mes y medio que no veía a James Potter. No sabía qué sentiría, cómo reaccionaría, cuando finalmente lo hiciera. Tenía miedo de sí misma, por un lado, y de él, por el otro. ¿Y si se había equivocado? ¿Y si realmente acababa hiriéndola, como ella había temido? Toda su seguridad y confianza, acumulada tras las docenas de cartas que habían intercambiado en las últimas semanas, parecía haberse desmoronado de repente. ¿Realmente su valor, su capacidad de decisión, su aplomo, eran tan inestables?
Lily tenía la cabeza llena de preguntas sin respuesta. ¿Podían dos personas conocerse de verdad por escrito? ¿Podían ser amigas? ¿Podían ser algo más que amigas?
Amistad. Ni ella se lo podía creer: era amiga de James Potter. ¿O quizás no lo era?
Y las manos le seguían temblando...
—¡Lily! —de repente, una voz masculina la llamaba entre la multitud. La joven, que había estado perdida en sus pensamientos, se sobresaltó de forma espectacular. El corazón le dio un vuelco y empezó a latir muy, muy deprisa, con tanta fuerza que parecía que retumbaba por todo su interior, a través de brazos y piernas y pecho y cabellos.
El monstruo impulsivo y agresivo que había sido Lily Evans, despertado una y otra vez por James Potter, se había convertido en otro tipo de bestia muy distinta: un animal enamoradizo y asustado que no sabía donde esconderse —si es que realmente tenía que esconderse—, que dudaba de todo y de todo el mundo, que sufría de temblores y de corazones alocados...
Emocionada y nerviosa a partes iguales, Lily se giró y gritó un "¡aquí!", a la vez que alzaba la mano con entusiasmo —quizás con demasiado entusiasmo— y buscaba con sus ojos en el tumulto del callejón.
James Potter se le acercó corriendo, con una sonrisa realmente radiante y una mano escondida detrás de la espalda. A Lily le pareció que el mundo se había deshecho, que no existía, que se había fundido con las nubes; y el cielo ya no era gris, sino lleno de color y de vida. Y en medio de aquel increíble arco iris, inexplicablemente, estaban ellos dos.
James se detuvo justo delante de ella y, sin saludarla siquiera, mostró lo que escondía tras su espalda: un enorme ramo de rosas de colores —rojas, amarillas, blancas, negras, violáceas, azules—, que le ofreció a Lily con un gesto ampuloso, casi teatral, aún sonriendo y sin dejar de mirarla a los ojos.
Lily sintió que toda la sangre que se movía sin razón por su cuerpo, impulsada por un corazón completamente perdido, se acumulaba de repente en su rostro. Sonrió levemente y tartamudeó un gracias en voz muy bajita, pues no se sentía capaz de pronunciar media frase con sentido, antes de coger las flores.
Incluso antes de acercarlas a su rostro ya pudo olerlas: tenían una fragancia inexplicable, antinatural, casi —y probablemente— mágica, que Lily no había olido nunca antes en su vida. La dejó algo atontada durante un momento y, cuando se recuperó, al cabo de unos segundos, le pareció que se sentía algo más tranquila.
—Son muy bonitas. Y curiosas —comentó con suavidad mientras James y ella caminaban por la calle a través de la multitud, intentando encontrar un rincón más tranquilo. Afortunadamente, parecía que aquel extraño y agradable olor llamaba la atención de la gente a su alrededor, que se giraba para mirarlos y se apartaba para dejarlos pasar—. Por cierto: hola —añadió, divertida, justo en el momento en que abandonaban el tráfico de personas y se sentaban en un banco. James rió.
—Hola. Perdona que haya sido descortés —le guiñó un ojo—, pero quería que las flores tuvieran el mayor impacto posible...
—¿Qué clase de flores son? —casi inconscientemente, Lily se dejaba llevar por la conversación, que seguía un rumbo agradable y fluido. Sus nervios, quién sabe si por las extrañas flores o por la amable sonrisa de James, parecían haberse diluido en la nada.
—Vaya, querida Lily, creí que sabrías distinguir un ramo de rosas cuando te lo pusieran por delante... —dijo James con un tono de falsa burla. Lily le golpeó en el brazo, medio en broma medio en serio.
—Sé que parecen rosas, pero no pueden ser rosas normales —le dijo, rodando los ojos—, porque ese olor es muy extraño y agradable y parece que me haya calmado los nervios...
—Precisamente —lentamente, deliberadamente, James se inclinó hacia ella y le dijo, ahora desde mucho más cerca:—. Me imaginaba que estarías nerviosa y por eso añadí un poco de esas pociones del placer, o como se llamen, a las flores —y, aún más cerca, casi en su oído:—. Pensé que alguien como tú, una experta en pociones, se daría cuenta en seguida...
Lily enrojeció, no sabía si por no haber distinguido la poción o por la cercanía de James, por sus ojos castaños que nunca había visto tan de cerca y que la derretían por dentro. Volvía a sentirse muy nerviosa, y aquello la paralizó. James aprovechó aquel instante para pasar un brazo alrededor de su hombro y abrazarla.
—Te he echado mucho de menos —susurró. Su voz era tan sincera y tan tierna que Lily no dudó en ningún momento la veracidad de sus palabras. Su pecho se llenó de emoción, no sabía exactamente de cuál, y no pudo evitarlo: acercó sus labios a la mejilla de James y le dio un beso suave, muy suave, pensando...
Un trueno resonó a lo largo y ancho de la calle y los sobresaltó. El cielo cada vez estaba más nublado, casi negro, y ya se podía ver volar algunas chispas. Cuando miraron a su alrededor se dieron cuenta de que, durante el tiempo que habían pasado perdidos en su propio mundo, la cantidad de gente que circulaba por el callejón había disminuido notoriamente.
—Será mejor que entremos —dijo James, sin apartar su brazo del hombro de Lily, que estaba tan roja como su cabello pero no podía dejar de sonreír. Ella asintió con la cabeza.
—¿Te gusta el helado?
—¿Eh? —Lily se sobresaltó, y respondió mecánicamente:— Sí, sí...
—Te veo algo distraída —comentó James, queriendo sonar casual pero sin poder evitar mostrar su desilusión. Lily se incorporó rápidamente, incómoda y a la vez asustada. No quería que se tomara su actitud a mal, que creyera que ella no lo estaba pasando bien, porque la situación era exactamente la contraria. Pero estaba confundida... pensativa... ¿qué podía decirle?
—No, tranquilo, es que... —dudó. Sus manos temblaban otra vez y, para distraerse del temblor, se puso a jugar con su cabello, aunque enseguida se arrepintió. De aquel modo, el temblor se hacía aún más aparente ante los ojos del muchacho, y eso era justo lo que quería evitar. Continuó hablando, casi sin saber lo que decía, mientras dejaba caer las manos en su regazo:—. Hacía tanto que no te veía, y... no sé... no sé qué... estoy... no sé cómo actuar —dijo finalmente, moviendo la cabeza en un gesto de confusión, incapaz de seguir hablando. La mirada de James se suavizó y, con toda la naturalidad del mundo, tomó su mano y le dijo:
—Tranquila. No pasa nada. Perdona mi actitud, es que... —él también parecía dudar al hablar, pero sin duda se estaba esforzando por ser sincero—. Ya te lo he dicho antes, Lily: te había echado muchísimo de menos. Desde que quedamos, no he pensado en nada más que en ti y en el día de hoy... supongo que debo de estar algo obsesionado, o paranoico —hizo una mueca y Lily no pudo evitar sonreír—. Por eso me sentiría culpable si no te lo pasaras bien. Pero si dices que es porque no sabes cómo actuar... —su voz se fue apagando hasta morir del todo, pues él tampoco no sabía cómo responder a eso.
Estuvieron callados unos momentos. Había una especie de tensión contenida en el aire, el tipo de tensión que se produce cuando James Potter está cogiéndole la mano a Lily Evans y está solo con ella y trata de no ir demasiado rápido ni demasiado lejos, mientras que Lily Evans está mirando a James Potter y queriendo hablar y besarlo a la vez, pero sin atreverse a hacer ninguna de las dos cosas y avergonzándose de sus propios pensamientos.
Finalmente, sin embargo, Lily volvió a armarse de valor y siguió hablando, como si no hubiera habido ninguna pausa en su conversación:
—¿Sabes? Para serte sincera, me siento algo extraña contigo —ahora hablaba sin mirarlo a los ojos; porque, por mucho valor que hubiera reunido, sabía que si lo hacía se le escaparía todo de golpe—. Hace tantos años que me llevo mal contigo que... no sé... el mero hecho de que mantengamos una conversación normal ya me parece excesivo —soltó una risita demasiado aguda, impropia de ella, que denotaba su nerviosismo y, también, un cierto tono de disculpa. Siguió hablando in pausa, intentando ordenar sus pensamientos y transformarlos en palabras mínimamente comprensibles:—. El James que yo aprecio de verdad lo he conocido por carta, y antes casi te odiaba, ¿me entiendes? En el fondo sois la misma persona, ya lo sé: tú sólo eres James, pero resulta tan difícil entenderlo todo así de golpe... No te había dado la oportunidad de conocernos cara a cara, y ahora, esta situación me resulta muy... no sé, rara —acabó confesando, dándole vueltas al helado con la cuchara pero muy pendiente de la reacción de él.
—Entiendo perfectamente lo que quieres decir —dijo James, mirándola con algo especial en sus ojos—. A mí me pasa lo mismo. Siempre me has gustado... y cuando digo siempre quiero decir siempre. Des del primer momento, cuando te conocí el primer día del primer curso, en el andén nueve y tres cuartos. Pero hay cosas que no se pueden apreciar del todo bien mirando desde lejos, como yo he hecho des del principio. Y, durante estas semanas, he descubierto muchas cosas sobre ti... cosas que me han gustado mucho.
Ante todos esos elogios, Lily no hizo más que enrojecer al máximo, mientras sentía que la sangre volvía a palpitar en sus venas con una fuerza increíble, y los ojos, sin que ella comprendiera el porqué, se le humedecían.
—Pero ahora, verte ante mí, poderte tocar... —siguió diciendo James, cada vez en un tono más bajo. Iba acariciando la mano de Lily entre las suyas y ella, inconscientemente, se le acercó más des del otro lado de la mesa y puso su otra mano sobre las de él, que seguía hablando, preso por el momento:—. La verdad es que todo esto, poderte tocar y oír tu voz, después de lo que nos hemos dicho por escrito... es fantástico... y se me hace raro —rió al darse cuenta de que había dicho casi lo mismo que Lily, y ella lo acompañó, aún sintiendo la sangre golpeando con fuerza en sus oídos. Ninguno de los dos había apartado las manos; el calor del otro les resultaba reconfortante.
Alguna cosa se había roto —o se había formado— entre ellos dos con aquella risa. James, finalmente, ya sentía que podía dejarse llevar y se levantó, arrastrando a Lily consigo. Se miraban, se miraban sin pausa como si así pudieran entenderse sin hablar, y Lily sintió que su cuerpo reaccionaba —de nuevo— cuando se dio cuenta de lo que James estaba a punto de hacer.
No se planteó en ningún momento detenerlo, o moverse de lugar, o nada que pudiera retardar el momento. La Lily Evans responsable, amable y calmada de siempre se habría escandalizado si le hubieran dicho de besarse en un espacio público, pero Lily había cambiado para siempre des del momento en que se había enamorado de James Potter.
James la cogió por los hombros, dubitativo, pero sus dudas se evaporaron cuando Lily le rodeó el cuello con los brazos y le dirigió una ancha sonrisa. Y realmente fue una suerte que el local estuviera casi vacío, y que Florean estuviera mirando hacia otro lado, y que por la calle no circulara casi nadie, porque el beso que compartieron entonces era demasiado apasionado como para poder hacerse en una heladería. O, de hecho, en ningún otro lugar donde hubiera gente.
Después del beso, se dieron un abrazo estrecho y se relajaron en brazos del otro. Los helados seguían abandonados en la mesa y, por mucho frío que hiciera, terminarían por convertirse en zumo, pero los dos jóvenes se habían olvidado de eso. No era trascendente. Estaba, por decirlo de un modo sencillo, completamente fuera de su órbita actual.
—¿Lily? —dijo James, risueño y de buen humor, pues acababa de conseguir un beso que llevaba esperando desde hacía ya casi siete años. Había hundido la nariz en el pelo de Lily y se sentía embriagado por la sensación.
Ella sonrió, pero no se movió. Tenía los ojos cerrados y apoyaba la cabeza en el hombro de James, respirando aún muy deprisa, con el corazón a cien y las manos temblorosas agarradas a su túnica.
—¿Sabes, James? —murmuró al cabo de unos instantes, aún sin cambiar de posición, pero estrechando su abrazo— Creo que he cambiado de opinión. Al final sí que puedo darte algo más que amistad... si aún la quieres —añadió, con un cierto aire burlesco y provocativo que nunca antes había usado.
James Potter soltó una carcajada tan fuerte, tan alegre, que Florean Fortescue se giró y se los quedó mirando de hito en hito.
Majarath F.