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Rayla-R.L.A.
Author of 14 Stories

Rated: T - Spanish - Romance - Eirika & Seth - Reviews: 15 - Updated: 08-02-08 - Published: 07-30-08 - Complete - id:4434421

Miradas

Summary: Fe 8, SS. Las miradas pueden decir tantas cosas...como “te odio” o “te amo”...como “vete” o “quédate conmigo”. Seth/Eirika. S/E.

Género:General / Romance

Disclaimer:La gran mayoría de los personajes, los escenarios, las ideas, etc. de ésta historia pertenecen a Intelligent Systems. Yo solo los uso para divertirme escribiendo y divertir a los que leen. Lo hago sin fines de lucro.


¡Wolas!

Bueno, bueno, ¡al fin me decido a hacer un fic con más de un capítulo! :) Aunque no vale, porque ya lo tengo acabado ;) Tendrá tres capítulos, y los subiré con poca separación entre ellos, pa' ver si hay reviews (plis :3). Es complicado, tratándose de este fandom y, encima, en español, pero bue'.

Espero que os guste :)

Por cierto...antes de nada, os digo que este fic contradice bastante el final que pone el juego para Seth y Eirika si ambos llegan al nivel A de apoyo. Y no os digo más :P


Capítulo 1: Rebeldía

Cada vez que la miraba, se traicionaba a sí mismo. Cada vez que se fijaba en su cuerpo, en sus ojos, en su manera de moverse y de hablar...cada vez que lo hacía, sentía aquel deseo prohibido de hacerla completamente suya, de conocer y de recorrer hasta los más íntimos rincones de su cuerpo y de su alma. Cada vez que la miraba, rompía sus juramentos, dejaba de ser el gran Caballero Argénteo para convertirse tan sólo en un hombre que amaba a una mujer. Una mujer que, por cierto, era la princesa de Renais y, por si fuera poco, su señora.

—General, ¿os encontráis bien? —le preguntó un día Kyle, con voz seria pero preocupada, mientras ambos se ocupaban del entrenamiento de los recién incorporados. Seth, cuya mirada había estado perdida en algún punto del espacio, despertó de golpe.

—Sí —dijo, reaccionando—. Sí, sir Kyle, estoy bien. Sólo me he distraído un momento; lo siento —se disculpó, tratando de recuperar la compostura. Kyle le restó importancia con un gesto, escondiendo su desconcierto bajo una capa de convenciones y buenas formas.

—Oh, no, no os preocupéis; no pasa nada. Todos perdemos la concentración de vez en cuando. Es sólo que me ha parecido que os ocurría algo; creí notar que una expresión de dolor os cruzaba el rostro...

Seth no lo demostró, pero se sentía sorprendido ante aquella revelación. Él, el Caballero Argénteo, nunca se alteraba ante nada; o no mostraba esa alteración, cosa que, para los demás, era casi lo mismo. Ni la más cruel y sangrienta guerra, ni el enemigo más temible, conseguían provocar abolladuras en su dura y pulida superficie. En caballero se asemejaba a su armadura en aquel aspecto; resistente, tan brillante que dolía a los ojos, insensible e inflexible. Su rostro siempre se mostraba pétreo, sereno, sin más sentimientos que la resolución, la firmeza y la dureza. Sí, sin duda, Seth era un líder...un líder militar, sin ir más lejos. Tan fiel como un perro ciego, tan falso como una joya de azúcar.

Sin embargo, pese a todo eso, había permitido, sin quererlo, que aquello que lo estaba rompiendo por dentro aflorara al exterior.

Que él recordara, nunca antes le había ocurrido nada similar. Ni siquiera al morir su madre, seis años atrás; ni al hacerlo su padre, apenas dos años después de la muerte de la primera. Seth, el General que todos adoraban y respetaban, no tenía familia, no tenía amigos. Sus camaradas era tan sólo eso: camaradas, y nada más. Jamás se permitiría sentir afecto por ninguno de ellos, porque, en el fondo, sabía que podía perderlos en cualquier momento. A todos ellos. Aquél era el destino de los caballeros, a aquéllo se condenaban al entrar en la Orden: a vencer o a ser vencidos.

Pero nada de todo eso había afectado nunca el hablar o el hacer del General. Ni siquiera el más mínimo rastro de tristeza o de desconsuelo ensuciaba el metal de su armadura, porque él la había recubierto con una capa impermeable: deber. Disciplina.

Pero, pese a todo, ella rompía todas las leyes, desmontaba todos los esquemas. Incluso los que Seth había instaurado, a la fuerza, en sus propios sentimientos. Ella era la encarnación de la rebeldía, e insistía en atravesar la tupida red que la sociedad había tejido entre ellos dos. Seth la odiaba por ello. Seth la amaba por ello, aún más. La amaba tanto que le dolía el corazón.

—Supongo que habrá sido mi imaginación —zanjó Kyle y, de nuevo, Seth tuvo que concentrarse para entender qué diablos le estaban diciendo. Aquéllo empezaba a ser preocupante—. Ya ha llegado la hora de acabar con el entrenamiento —añadió Kyle, y llamó a todos los chicos y chicas que entrenaban a su alrededor. Les ordenó guardar las armas y los caballos y retomar sus actividades habituales.

Pero Seth ya estaba lejos de allí. Su mente había vuelto a perderse en los hilos de su propia consciencia, y el General apenas percibió que Kyle se despedía de él y abandonaba el campo de entrenamiento, volviendo a entrar en el castillo.

El horario de Seth era bien claro; él ya se había encargado de que fuera así. De las nueve a las doce, entrenar a los aprendices; de las doce a las tres, burocracia en su despacho; de las tres a las cuatro, comida; de las cuatro a las cinco, descanso; de las cinco a las ocho, patrulla. Cualquiera que quisiera hablar con él sabría dónde encontrarlo, pues siempre hacía exactamente lo mismo, calculado al milímetro.

Sin embargo, aquel día su mente estaba perdida, y sus pies lo llevaron inconscientemente a ninguna parte. En algún rincón de su consciencia, la voluntad, rígida y severa, que normalmente regía todas sus acciones le gritaba: “¡Ve a tu despacho! ¡Cumple con tu deber, o tendrás problemas!”. Pero él no la escuchaba. De hecho, ni siquiera la oía.

Paseó y paseó, meditabundo, moviéndose sin fijarse por aquellos pasillos, por aquellos patios que él conocía tan bien. Aún se podían apreciar los estragos de la batalla que había tenido lugar allí, en el castillo, apenas unos meses atrás. Pero cada día había menos desperfectos. Sin embargo, Seth no podía evitar recordar, al ver la sangre seca y la piedra rota, la traición de Orson. Sir Orson, caballero de Renais, que había sido su compañero, su maestro.

Orson se había vuelto loco de amor. Aquel sentimiento, sin embargo, había sido tan obsesivo, tan terrible y macabro, que lo había torturado hasta el final. Seth no quería hacer comparaciones, pero empezaba a pensar que él mismo estaba perdiendo la cordura. Por ella. Si tan sólo pudiera...

...

La parte más responsable y más obtusa de su mente volvió a surgir de entre las sombras, y trató de bloquear aquellos pensamientos. “¡No, no, NO!”, se dijo, furioso consigo mismo, mientras aceleraba el paso, aún errando por los pasillos. “¡Es mi princesa! ¡Es mi señora! No puedo pensar así de ella, no es...”

“...correcto”.

Todas las fuerzas lo abandonaron de repente, como si lo hubieran deshinchado, y fue entonces cuando Seth se preguntó, por primera vez en todo ese rato, dónde estaba y qué estaba haciendo allí. Era su deber, su obligación, ocuparse de los papeles que había en su despacho. Y estaba eludiendo aquella responsabilidad sin excusa ni razón alguna.

Repentinamente irritado, y aún dándole vueltas al asunto en su cabeza, Seth dio media vuelta y se dirigió hacia su despacho, con el insistente chirrido de su armadura siguiéndole allí donde fuera, como un perro fiel.


Cada día que pasaba, Eirika se sentía más como una parte de la decoración.

Su hermano gemelo, el príncipe Ephraim, y su prometida, la princesa Tana de Frelia, pronto se casarían y serían coronados rey y reina de Renais. Por supuesto, Eirika se sentía feliz por ellos (aunque bastante celosa de su suerte); al saber de su compromiso, se había apresurado a felicitarlos a ambos, a abrazarlos y a brindarles sus mejores deseos. Sabía que Tana, su mejor amiga, llevaba años enamorada de Ephraim, y se alegraba de que él le correspondiera. Sin embargo, aquel hecho no dejaba de sorprenderla; jamás habría sospechado que su hermano sintiera nada por Tana, ni siquiera que supiera que ella existía. Siempre que habían ido a Frelia, Ephraim se había enfrascado en los duelos más diversos con el príncipe James, olvidando todo lo demás. O, al menos, eso les había parecido a todos, incluida Tana. Quizás, en el fondo, Ephraim lo había hecho para impresionarla, pero eso Eirika no podía saberlo. En los últimos tiempos, su hermano estaba tan ocupado que apenas lo veía, y hacía mucho que no mantenía con él una conversación que mereciera llamarse como tal.

Cada día que pasaba, Eirika se sentía más y más frustrada, tanto por su infelicidad (sentimentalmente hablando) como por el hecho, evidente y descarado, de que no tenía nada que hacer. La guerra había acabado; ya no era necesaria su espada. Sin embargo, ella seguía entrenando, e incluso tenía pensado iniciarse también con la lanza. En el castillo siempre había algún caballero que disponía de tiempo para practicar con ella; pero Eirika sabía que tan sólo lo hacían porque Ephraim se lo había ordenado, queriendo complacerla. La princesa era bien consciente de que, si pidiera un compañero de entrenamiento ella directamente, no obtendría resultados tan satisfactorios. Seguramente, ni siquiera la escucharían.

¿Dónde se había ido el sueño de “reconstruyamos juntos el reino”? ¿Había muerto, expirado, bajo el peso de la mentira?

Cuando su padre vivía, jamás los había tratado con diferencias. Para él no eran “el heredero” y “la-que-va-a-casarse-con-un-príncipe-y-crear-alianzas”; tan sólo eran Ephraim y Eirika, sus hijos. Eirika había crecido y se había criado creyendo que los hombres y las mujeres eran iguales; que valía igual un noble que un campesino, con la única diferencia de que el primero tenía más responsabilidades. Durante la guerra, Eirika había llegado a ver con claridad lo cruel e injusto que era el mundo. Pero entonces había tenido la ilusión, la certeza de pertenecer a algo.

El sueño se había roto. Sería su hermano quien reinaría y, aunque hasta entonces no le había importado, estaba empezando a hacerlo. Porque se daba cuenta de que, aunque el rey seguro que tomaría en cuenta lo que dijera su querida hermanita, ya nada volvería a ser como antes.

Pronto, Eirika no sería más que un florero para el que debían encontrar un marido conveniente. Y ella era orgullosa, muy orgullosa, porque le habían enseñado a creer en la justicia. No estaba dispuesta a pasar por aquello, de ninguna manera.

Aunque quizás, en el fondo, no tuviera elección.


Sus estocadas tenían un ritmo constante y explosivo. Se movía a la velocidad del relámpago, coordinando perfectamente sus ataques y sus bloqueos con el movimiento de sus pies, blandiendo el arma con elegancia y firmeza. Su adversario, un caballero con armadura ligera, esquivaba las acometidas a duras penas, sin oportunidad de defenderse. Terminó agotado, y acabó por rendirse.

—Una técnica impecable, alteza —dijo, jadeando, mientras le dedicaba una reverencia tan amplia que se veía incluso ridícula—. No soy oponente para vos.

Eirika inclinó levemente la cabeza ante el halago, pero no hizo ni dijo nada más al respecto. Claro que lo sabía: había llegado a convertirse en una gran espadachina y, de entre los caballeros de la guardia, tan sólo el General Seth, el Caballero Argénteo, conseguía derrotarla o ser un reto para ella. Pero Seth ya no entrenaba con ella, y Eirika sabía muy bien el por qué...demasiado bien, quizás.

Apagada, se puso el estoque en el cinto, junto a su espada. Siempre llevaba armas encima, y la mayoría lo encontraban extravagante, incluso ofensivo, pues lo interpretaban como señal de que la princesa no confiaba en las medidas de seguridad del castillo. Pero a ella no le importaba lo que “la gente” creyera; siempre había aborrecido la violencia, pero se sentía más segura si iba armada. Sospechaba que Ephraim no tardaría en pedirle que dejara de hacerlo, para conservar las apariencias, pero Eirika no pensaba hacerle caso. Ya estaba harta de que le dijeran qué podía y qué no podía hacer.

—Sir Paul —le dijo al caballero, que parecía a punto de retirarse—, me gustaría preguntarlos una cosa. Mi técnica con la espada ya es lo bastante buena, y siento un cierto interés en iniciarme con la lanza. Me gustaría saber si alguno de los caballeros podría ayudarme con ello —el hombre parecía incómodo ante sus palabras, pero Eirika no se lo reprochaba. Al fin y al cabo, su fama de “poco ortodoxa” ya estaba bien difundida a lo largo y ancho del castillo.

—No lo sé, señora —le respondió el caballero, con precaución—. Deberíais consultarlo con Lord Ephraim o con sir Seth...milady —con una última reverencia, sir Paul se retiró, dejando tras de sí a una muy irritada Eirika.

“Preguntad a Lord Ephraim...”, “Decídselo al General”, “Mejor que pidáis permiso al príncipe”...siempre era lo mismo. Nunca podía tomar sus propias decisiones, y contínuamente tenía que recurrir a otra persona...a un hombre, por lo general. Su hermano gemelo y su amor secreto eran las excusas que más le daban sus siervos antes de salir huyendo de ella.

Sí, amaba a Seth; lo amaba con toda su alma. Y otra de las cosas que más odiaba de aquella situación era el hecho de no poder dar rienda suelta a ese sentimiento. Su hermano le había repetido mil y una veces que no quería que tuviera un matrimonio por conveniencia; que los descendientes de él y de Tana pondrían solución a la sucesión en el trono, y que ella no tendría por qué tomar más parte en el asunto. Pero, en el fondo, Eirika sabía que su hermano no podía hacer nada al respecto. Que, llegado el momento, la presión de los demás reinos sería demasiado fuerte, y Ephraim tendría que rendirse a lo inevitable y buscarle un marido...un marido que no sería Seth. Eirika no podía soportar aquella idea, así que la apartaba contínuamente de su mente...pero siempre regresaba.

Eirika suspiró, resignada, y decidió ir al despacho de Seth para preguntarle al respecto; no tenía nada mejor que hacer, y así al menos tenía una excusa para verle. Sabía que él se encontraría allí a aquella hora del día, porque se conocía su horario prácticamente de memoria. Seguramente, el verlo lograría mejorar su humor; aunque sabía que, al mismo tiempo, se autosometía a la tortura de recordar, por enésima vez, que lo suyo no podía ser.

Sin siquiera molestarse en quitarse su túnica de entrenamiento, que estaba sucia y sudada después de su duelo con sir Paul, se dirigió con pasos seguros hacia la zona este del castillo, donde estaban situados los despachos de los generales.

Normalmente, cada país acostumbraba a tener tres generales: el de las unidades terrestres, el de las aéreas y el de las mágicas. Renais, sin embargo, no disponía de ejército aéreo, así que sólo tenían dos generales. Uno de ellos era Seth.

Cuando llegó a su despacho, pese a que ya pasaban más de cuarenta minutos de las doce, se encontró con la puerta cerrada. Y Seth nunca dejaba cerrado cuando estaba dentro de esa habitación. Eirika se sintió inquieta. Seth era demasiado perfeccionista como para saltarse su horario sin una buena razón.

—¡Seth! —exclamó la princesa al verlo venir por uno de los pasillos. El caballero se quedó clavado en el sitio.

—Princesa... —reaccionó, y siguió caminando hasta detenerse a su lado—. Yo...

—¿Dónde estabas? —lo interrumpió Eirika, alzando una ceja. Tenía que levantar mucho la cabeza para mirarlo a la cara, pues él era mucho más alto que ella, pero no le importaba—. No es propio de ti desatender tus responsabilidades, Seth.

No había reproche en su voz pero, pese a ello, Seth se sintió como un niño atrapado in fraganti, con las manos en la masa. Si cualquier otra persona le hubiera dicho aquello mismo, ni que hubiera sido Lord Ephraim, el futuro rey, no se habría sentido tan incómodo como en aquel momento.

—Yo...lo siento, milady —inclinó la cabeza ante ella, claramente avergonzado—. Me he distraído, y no debí haberlo hecho. No volverá a pasar.

Eirika no pareció del todo satisfecha con esa respuesta. Se lo quedó mirando unos instantes más antes de decir, de una forma un poco extraña:

—Mientras venía hacia aquí, me he cruzado con sir Kyle —hablaba en un tono casual, tan forzado que Seth alzó la cabeza para mirarla, esforzándose por mantener su expresión impasible—. Según me ha dicho, en el entrenamiento de esta mañana te has comportado de un modo...poco usual —su voz y su expresión eran tan inexpresivos que su postura se hacía difícilmente creíble, al menos a ojos de Seth, que intuía qué era lo que le ocurría por dentro. Lo mismo que a él—. Dice que estabas desconcentrado, y que parecías preocupado por algo. ¿Es verdad? —hablando de preocupación...la que Eirika sentía por él estaba aflorando claramente al exterior, por mucho que ella tratara de reprimirla, y aquello a Seth le llegaba al corazón. No lo demostró, sin embargo. Trató de evitar sus ojos.

—Sí, es cierto, mi señora —respondió finalmente, sabiendo que no podría mentirle. La inquietud de Eirika se le escapó un poco más de las manos, y su expresión acabó de traicionarla del todo.

—¿Qué es lo que te preocupa, Seth? No me gusta saber que te sientes mal. Si puedo hacer algo al respecto... —él negó con la cabeza, mirando hacia otro lado. Sabía que aquello podía ser considerado como una grave falta de respeto hacia su superior; pero estaban solos, y Seth sentía que no podría controlarse a sí mismo si la miraba a los ojos un minuto más.

—No hay nada que hacer —dijo, apesadumbrado—. Esto está fuera de vuestro alcance, milady...y también fuera del mío.

Intentó con todas sus fuerzas no soltar demasiada amargura con aquellas palabras, pero Eirika ya lo había comprendido todo. Su mirada se ensombreció, ofuscada por la tristeza.

—Seth... —murmuró, cogiéndole en brazo y oprimiéndoselo con cariño. No se atrevió a más.

Suponía (y muy acertadamente) que Seth ya se había enterado del asunto de Lord James y dama Vanessa, que se había convertido en un escándalo público. Ambos llevaban enamorados mucho tiempo, desde incluso antes de la guerra; pero él era un príncipe y ella, una caballera a su servicio. Habían tenido que romper su relación al topar con una negativa rotunda del rey Hayden de Frelia.

Al oír de aquellos sucesos, tanto Seth como Eirika, por separado, no habían podido evitar comparar aquel caso con el suyo. Por supuesto, des del principio habían sabido que lo suyo era imposible; pero saber de alguien que había hecho lo mismo, conocer en vivo las consecuencias, era mucho, mucho peor.

A ambos los había afectado; pero era a Seth a quien se le notaba más, pues generalmente era sereno e infalible, y sostenía sus muchas responsabilidades sin duda ni vacilación. Eirika...ella podía permitirse suspirar y estar ausente de vez en cuando. Su hermano casi no la veía, ya que estaba muy ocupado con los asuntos del reino y de la boda, así que no se había dado cuenta de nada. “En otros tiempo, lo habría hecho”, pensaba ella, entristecida. Pero, ¿a quién le importaba que un florero estuviera deprimido, que no fuera feliz? Aquello no afectaba en nada su función decorativa.

—Milady...debo retirarme —se excusó Seth, devolviéndola a la realidad. La princesa se dio cuenta de que aún lo sostenía por el brazo—. Tengo que ocuparme de ciertos asuntos...que he dejado desatendidos, como bien habéis dicho.

Sin embargo, Eirika no lo soltó. Sus ojos se encontraron de nuevo; la mirada de Eirika era tan intensa que esta vez Seth no tuvo fuerzas (ni ganas) para retirar la suya. Había rebeldía en los ojos de ella...el deseo de hacer algo imposible, de saltar todos los muros. De repente, Seth revivió, con increíble claridad, la noche en que ambos habían cabalgado juntos, él malherido y abrazándola contra su pecho, huyendo de un castillo que no tardaría en caer en manos de sus enemigos.

“Os habría llevado a algún lugar lejano para estar los dos solos...”.

Eirika había olvidado completamente qué era lo que la había llevado allí, y parecía hechizada por sus ojos. Lo miraba de una manera difícil de resistir, como si quisiera atravesarlo y conocer todos sus secretos. Sus ojos le decían: “Quédate. No me dejes sola”, pero Seth no podía complacerla, por mucho que lo deseara. Llevó su mano libre a la mejilla de ella, y le hizo una caricia tan leve que apenas existía. Eirika se estremeció de pies a cabeza, y aflojó su presa.

—Lo siento —murmuró él. Se separó de ella, que seguía paralizada en el mismo sitio, y fue a abrir la puerta de su despacho. Aún pudo mirarla una vez más antes de encerrarse en su prisión.


Ray Laé Àlfori



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