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Flores.
Siempre les tuvo pánico. Sentía por las flores un rechazo inexplicable para la mayoría de las personas. ¿Cómo odiarlas, cómo no quererlas, si cada primavera decoran el mundo con diversos colores y lo endulzan con sus aromas? Nadie lo entendía y se reían por lo bajo de su particular fobia.
Y en ese momento, Ken murmuraba en sus adentros que no se reirían si ellos mismos, siendo niños inocentes como él fue, hubiesen sostenido una bella flor, llena de vida y color, y la hubiesen dejado reposando en la misma tierra donde eternamente descansarían los restos de su hermano. Si descansar se le podía llamar al hecho de que su cuerpo se descompusiera, convirtiéndose así en el manjar de cientos de gusanos.
«Qué destino triste», pensó Ken. Pobre hermosa flor, condenada por los hombres a yacer en tierras lúgubres hasta no poder soportarlo más, y ser allí testigo de lo más tétrico de la vida: la mismísima muerte consumada.
Faltaba poco para que Ken y Yolei cumplieran un año de noviazgo y el muchacho caminaba por una transitada calle japonesa, expresando sus inquietudes a su amigo.
—¡No sé qué regalarle! —se quejó Ken, por enésima vez.
TK se llevó la mano a la barbilla y pensó, con sinceras ganas de ayudarlo.
—¿Qué te parece un ramo de flores? —No notó el cambio repentino en el gesto de Ken, de tierno y reflexivo, a increíblemente frío y distante—. No es muy original, pero no pasa de moda y a Yolei le gustan esas cosas.
—No —respondió Ken, cortante—, espero nunca regalarle flores a Yolei.
TK se extrañó por la respuesta, pero lejos de entender las verdaderas razones del muchacho, optó por buscar una explicación más simple y fácil, y sacó sus propias y erróneas conclusiones.
—Sí, puede ser un regalo muy cursi, lo admito.
Ken guardó silencio y no volvió a sacar el tema.
Muchos años después, Ken recordó aquella conversación y su corazón se vio estrangulado por la pena, mientras que una sonrisa irónica pero fría se dibujaba en su demacrado rostro. La injusticia del Universo había recordado incluso aquel mínimo detalle con el objetivo de hacerle más difícil e insoportable su existencia.
Tenía una flor en su mano y el pensamiento infantil de compasión que había sentido por la que había dejado sobre la tumba de Osamu le pareció ridículo. ¿Por qué? ¿Por qué tener compasión por una flor si la vida, interpretando el papel del otoño, se había llevado a su flor, aquella a quien tanto amaba?
—Aquí tienes —susurró, quebrando así el silencio espectral cernido sobre el oscuro cementerio—, la flor que me reclamaste en cada aniversario.
La colocó con dulzura en el suelo en cuyas profundidades yacía su amada, y la coronó con una solitaria lágrima que contenía toda la amargura, la tristeza, la nostalgia y la desdicha que un hombre es capaz de sentir.