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SABOR
Sirius le dijo una vez mientras le mordía el cuello en un pasillo oscuro que le gustaría meterla en la Torre de Gryffindor para poder desnudarla despacio.
Ahora ella está en una cama, en su propia casa, y tendrían todo el tiempo del mundo, pero es él el que no está.
Algunas noches se arrepiente de haberlo matado.
Rodolphus duerme, de lado y dándole la espalda. Siempre en la misma postura y siempre sin moverse en toda la noche. Bellatrix no puede dormir, pero no se atreve a levantarse porque sabe que lo despertará. Le da la sensación de que su marido pasa las noches con un ojo abierto.
Nunca ha dormido con Sirius en la misma cama (pero está convencida en que era de los que se destapaban y acababan con la sábana arrugada a los pies). Lo suyo eran polvos rápidos contra alguna pared, sobre una mesa o deslizándose hasta el suelo. Se desvestían solamente lo imprescindible y normalmente no hablaban. Tenían prisa. La atracción irresistible de la Sangre.
Bajo la sábana se nota la forma de las piernas de Bella. Las acaba de abrir, intentando recordar. Sirius la tocaba de cierta manera. Empezaba por el ombligo haciendo círculos con la lengua. Ella lo hace con los dedos pero no es lo mismo, a pesar de que cierra los ojos e intenta imaginarlo. Cuando Sirius hacía eso, ella sabía lo que venía después. Recuerda la sensación de la carne de gallina y el sonido de su risa despectiva. Llegaba hasta la ingle para entretenerse en los muslos. Sus manos tenían callos de jugar al Quidditch y eso hacia el roce duro. A ella le gustaba más.
Rodolphus tiene manos suaves acostumbradas a pasar páginas. La toca lento y la toca distinto. No hay odio en el placer. No se siente arder por dentro.
Tampoco suele besarla. A veces lo hace, pero no suele. Sirius lo hacía siempre. Eran improvisados, igual que sus encuentros. Bellatrix nunca ha sabido cuál de las dos cosas esperaba con más ganas. Solía llevar la mano a su nuca y entrelazar los dedos en su pelo, siempre después de haberla follado. Un solo beso, largo, ansioso y urgente. Como si cada vez fuera a ser la última.
Llegó un día en que lo fue.
Ahora se tiene que conformar con lamerse los labios despacio, tentada de despertar a su marido para exigirle lo que quiere. Lo suele pensar durante unos minutos, y, sin embargo, siempre acaba girándose para intentar dormir.
Si besa mucho a Rodolphus, quizá acabe por olvidar el sabor de Sirius.
- FIN -