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Author of 11 Stories |
Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Amano Akira, y yo hago uso puramente fangirlístico para satisfacer msi necesidades artísticas :D
Advertencias: Situación adulta y algo de lenguaje malsonante. Cuidado a los fans aprehensivos de Yamamoto, puede que no os guste lo que veáis D:
Spoilers de la saga Millefiore.
La historia tiene lugar cuando Tsuna y Gokudera llegan al futuro, pero antes de que TYL!Yamamoto desaparezca : He utilizado un par de frases originales del manga, que imagino que os situarán.
Mil gracias a Marco por las traducciones de italiano (3) y a Mel por dejarme utilizar tan maravilloso título x3
Enjoy!
SWEET DEATHBLOW
“La mayoría de los amigos que hemos hecho los últimos diez años han sido eliminados.
Incluyendo al padre de Yamamoto.”
Entra en su cuarto y tira la espada al suelo, que rebota con un golpe seco.
Ahí está otra vez. El desgarrón que en lo más profundo de su ser, jamás deja de sangrar. La horrible dentellada de una bestia, no lo bastante certera como para matarlo, ni lo bastante superficial como para curarse por sí sola. Siempre ahí.
Siempre tan mortificante.
“¡Cabrón! ¡¿Qué has hecho?! ¡¿Por qué está el Décimo así?!”
Así. ¿Muerto?
Nadie se atreve a dar forma a la realidad. Dejar que esas palabras atraviesen el aire implicaría asumir de una vez por todas la pesadilla que les ha engullido en esa era.
No están preparados. El dolor y la culpabilidad se fundirían dentro de ellos y les matarían silenciosamente desde el interior; como pintura negra y venenosa bajando por sus gargantas, oscura como la noche.
Pero ahí está, a escasos metros, el peor de los castigos. La crueldad se ha manifestado con un envoltorio tan dulce que casi le dan arcadas.
Tsuna. El niño asustadizo y débil de hace diez años, con el que jugaba a un (por entonces) divertido juego de mafia. Alguien ahí fuera ha jugado con el tiempo y le ha traído aquí, al corazón de la guerra donde su análogo futuro ha perdido la batalla.
Tan cálido y frágil que sólo puede contemplarle como una pavorosa advertencia. Como un funesto recordatorio de lo que ha vivido hace escasos meses.
Como una cuchillada que remarca su error.
Apoyado contra la puerta cerrada, toma conciencia de estar jadeando. Echa el cerrojo y se aproxima a la cama con pasos bruscos y torpes, donde deja la americana de fina tela italiana y la corbata de seda. Se desabotona la parte superior de la camisa, pegada a su piel completamente a causa del irritante sudor frío que le empapa la piel.
Entra en el baño y rebusca en los cajones frenéticamente, desparramando su contenido por los impecables azulejos del suelo. Advierte como la cólera y el desasosiego le embargan con pasmosa rapidez, como si estuviese bañado en aceite y alguien acabara de lanzarle una cerilla prendida.
Quizá sea ansiedad. O quizá rencor. Todo su rencor vuelto hacia dentro y disparado hacia sí mismo.
Incapaz de encontrar lo que busca, pega un golpe en el borde del lavabo al tiempo que ahoga un grito de rabia. Se lleva ambas manos a la cara para secarse el sudor de la frente, y se da cuenta de que tiemblan violentamente, fuera de todo control.
Necesita relajarse.
Con los ojos cerrados, respira con la mayor profundidad que es capaz hasta que consigue que los dedos dejen de vibrar con tanta fuerza, y aprovecha para reanudar la búsqueda por los compartimentos que su delirio todavía no ha vaciado.
Una sonrisa involuntaria no tarda en aflorarle a los labios cuando palpa un pequeño bulto de plástico en el fondo de uno de los cajones más pequeños. El tacto suave y conocido en la yema de los dedos comienza a aliviar su agitación.
Y al mismo tiempo, el remordimiento le hace apretar los dientes. Pero ya es demasiado tarde para dejarlo pasar.
Despeja con el antebrazo la superficie de mármol que rodea el lavamanos, deslizando todas sus pertenencias hacia el suelo. Algunos frascos de vidrio se rompen al impactar con la baldosa y el olor de sus contenidos impregna el reducido espacio. No importa. Ya tiene lo que quiere.
Agarrándose la muñeca con la otra mano para controlar el pulso, inclina la pequeña bolsa y dibuja como puede una delgada línea recta.
La visión del polvo blanco provoca que por un momento le flaqueen las rodillas.
Sin vacilar lo más mínimo, se tapa una de las fosas nasales, acerca la cara a la fría piedra y aspira de una pasada el rastro de cocaína.
Casi al instante siente disminuir el ritmo de sus palpitaciones y la transpiración de su piel. Observa cómo sus manos dejan de estremecerse lentamente, y se incorpora sobre la porcelana para verse en el espejo.
Se limpia la nariz con los dedos para borrar cualquier rastro que pueda delatarle e inspira ruidosamente unas cuantas veces. Le arde el tabique, y sus pupilas son ahora el doble de grandes, pero se siente bien.
Fija la vista en la imagen que le devuelve el espejo. Ordena a sus labios que sonrían.
En verdad es un hijo de puta convincente.
Esas sonrisas son lo único que le queda de su añorada juventud. Con la salvedad de que ahora casi siempre son falsas. Sonreír es algo a lo que se ha habituado demasiado tiempo atrás.
Cuando empezó a notar que todos los ojos se posaban en él en busca de ese gesto tranquilizador, le pareció un precio muy simple a cambio del bienestar de su familia. Algo que podía recompensar toda la miseria en la que hurgaban cada día, y hacerles sentir que aún existía algo de luz en el camino.
Ya no es capaz de recordar el punto de inflexión en que sus sonrisas dejaron de ser sólo un bien común y empezaron a ser necesarias para apaciguarse a sí mismo; el momento en que creía ciegamente que si se mostraba al mundo rebosante de optimismo, el cielo no osaría caer sobre sus cabezas.
Pero hace mucho tiempo que ha perdido la última traza de inocencia, y los motivos para sonreír. La sangre de tantos y tantos hombres y mujeres muertos ha extinguido gradualmente esa fuente de luz interior que parecía haber sido el motor de su espíritu en otros tiempos.
Ahora todo se resume en simples actos mecánicos. Ejecutar. Sonreír. Olvidar.
Se encorva por encima del grifo y hundiendo la cabeza entre los brazos gime de deleite. Sabe que eso no es placer real, pero es lo que más se le acerca dadas las circunstancias.
La cocaína le ayude a evadirse, lo que en su patética situación es equivalente al mayor de los goces.
La lisa y suave superficie sobre la que se apoya empieza a teñirse de carmesí. Se endereza fatigosamente y comprueba en su reflejo que vuelve a sufrir una hemorragia nasal. Últimamente le ocurre a menudo cuando trata de evadirse.
Utiliza la camisa que acaba de pasarse por la cabeza para limpiarse un poco la sangre de la cara y echar una última ojeada al espejo. El Yamamoto asesino sigue al otro lado, penetrándole con una mirada gélida. Cada vez le resulta más difícil reconocerse a sí mismo.
Cuando vuelve a ser consciente de lo que hace, ya está bajo el agua helada de la ducha, apoyado en la pared con ambas manos y los párpados apretados, el agua fresca resbalándole por la espalda y las piernas. Sin saber si segundos antes algún pensamiento cruzaba su mente deshabitada, o si siquiera se ha acordado de respirar.
Está acostumbrado a que su cuerpo maniobre a sus anchas sin depender del control de la mente, que suele vaciarse y planear por la habitación durante unos gloriosos momentos. Momentos en los que él no es consciente de nada. De absolutamente nada.
Sale de la ducha y se restriega sin mucho entusiasmo con una toalla que se anuda a la cintura antes de pasar al dormitorio. Le parece seguir escuchando el murmullo del agua en algún lugar, pero no le apetece volver a comprobar si se ha dejado el grifo abierto. Le gusta el sonido del agua, porque le ayuda a recordar quién es.
Junto a la cama descansan un paquete de cigarrillos mediado y un mechero de gasolina de color negro, ambos propiedad de Gokudera. De un tiempo a esa parte han empezado a fumar juntos alguna vez que otra. Sólo un cigarro, y en el más absoluto silencio. Deben haberse quedado ahí olvidados la última vez.
Sabe que Gokudera lo considera como una especie de desahogo en el que las palabras quedan relegadas a un segundo plano. El humo saliendo de sus pulmones y retorciéndose en intrincadas volutas probablemente era un fiel reflejo de sus emociones, pero para Yamamoto eso no basta. Ni siquiera fuma una vez traspasados los límites de esa rutina que se ha creado de la nada entre ellos. Sólo cuando el otro agarraba un cigarrillo con los labios y le tendía el paquete, sabía que debía aceptar, fumar y callar.
En parte le calmaba poder aliviar el sufrimiento del italiano. Era algo agradable acudir a esa inusual llamada de auxilio y sentir que todavía era capaz de hacer algo por alguien, que su vida no se había reducido a un mero ritual de deber, muerte y órdenes; puede que, después de todo, sigua existiendo algo de aquel friki del béisbol que un día había sido.
Pero su propio dolor agoniza en el presente, ansiando un remedio más intenso. Pero ¿por qué nunca se ha atrevido a sincerarse? ¿Tan terrible resultaría que a Yamamoto Takeshi le flaqueasen las fuerzas, y su amable fachada no fuese tal, en realidad?
Ahora ya nunca lo sabrá, porque no queda nadie que pueda ayudarle.
Se recuesta en la cama y enciende uno de los cigarrillos olvidados. Posa sobre su vientre desnudo un cenicero que aún contiene viejas colillas y se abandona por completo a sus pensamientos.
- Porco Dio Yamamoto! Sei diventato matto?! Ma che cazzo credevi de fare?
Joder, Gokudera debía estar realmente cabreado para gritarle así en italiano. Aunque no era de extrañar, teniendo en cuenta que acababa de descubrir su pequeña afición clandestina.
Ahora le miraba inquisitivo desde arriba, apretando en su puño la bolsa llena de polvo blanco que había descubierto quién sabe cómo.
Yamamoto se echó hacia delante en su asiento y se apretó el puente de la nariz, pensando qué responder. No parecía contar con demasiadas alternativas aparte de decir la verdad, pero siguió en silencio. De pronto le era imposible fingir alguna de esas expresiones tan espontáneas que apaciguaban a cualquiera. De pronto estaba muy cansado. Harto de todo.
Se sentía abochornado ante su propia actitud y la intransigencia que reflejaban los ojos verdes de Gokudera.
Se dio cuenta de lo iluso que había sido al creer que ocultárselo a sus amigos no conllevaría una excesiva dificultad, y sin embargo, casi podía sentir la gratitud aflorando a la superficie. Durante un segundo se sintió agradecido porque el otro guardián le hubiese descubierto, y pudiese delegar parte de su carga en él.
Pero al segundo siguiente se sintió de nuevo estúpido y avergonzado. Aquello no era un simple secreto que dos niños comparten al volver del colegio, y Gokudera nunca había sido el niño indicado para jugar a aquellos juegos.
Levantó la vista e intentó forzar una sonrisa, pero Gokudera lo fulminó con la mirada. Oh sí, estaba muy cabreado. Se preguntó qué significaba aquello. Resultaba absurdamente inverosímil tratándose de él que lo que refulgía en sus ojos fuese preocupación, pero aún así no pudo evitar preguntárselo.
Rió amargamente para sus adentros. ¿Tanto necesitaba a alguien que veía al mismísimo Guardián de la Tormenta como un posible cabo al que aferrarse?
- ¿Desde cuándo te metes esta mierda?
“¿Desde cuándo me meto esta mierda?”. Buena pregunta.
Quizá desde que sintió cómo todos sus actos empezaban a perder significado, y el primer dardo envenenado le atravesó mortalmente el corazón.
Vislumbró sin proponérselo el cuerpo ensangrentado de su padre, abandonado en la penumbra. Luego, su mente le devolvió la imagen del ataúd rodeado de flores y de la congoja y soledad opresivas que había padecido.
Recordó haber demostrado una heroica entereza durante el funeral, escuchando cortés palabras de pésame que no ofrecían ningún consuelo. Claro que había sido Tsuna quién se había encargado prácticamente de todo; no sólo como el jefe de la familia, sino como su amigo.
Fue en ese momento, cuando roto por el dolor y embargado por la ira, se dejó absorber por la ciudad nocturna, en completa soledad; sus pasos le condujeron a un antro subterráneo de una de las calles con peor fama, al que entró presa de la desolación, buscando refugio. Únicamente deseaba estar solo y beber hasta perder el sentido, una sola noche. Por la mañana volvería a ser el mismo y, con energías renovadas, vengaría a su padre en nombre de la familia Vongola.
Pero sus planes se habían torcido inexplicablemente rápido. Se imaginaba a sí mismo medio derrumbado sobre la barra mugrienta y oscura, vaciando de un trago un vaso del alcohol más fuerte y caro, con la mirada perdida en algún lugar muy lejos de allí. Una presa fácil y apetecible.
Alguien se había acercado a él, ordenando dos nuevas bebidas e invitándole a una. Antes de poder reaccionar, sus oídos ya estaban llenos de las promesas que más deseaba escuchar, y su cuerpo disfrutaba de las extrañas y a la vez reconfortantes sensaciones de aquella sustancia.
La impaciencia y la ira del italiano le llenaron los pulmones devolviéndole a la conversación.
- Un tío me la ofreció. – fue lo único que acertó a responder.
-¿“Un tío me la ofreció”? ¿Es eso todo lo que tienes que decir? – la furia del italiano afilaba cada una de sus palabras.
Al no obtener más explicaciones, estrelló la droga contra una de las paredes y se dirigió a la puerta. Una punzada de dolor torció involuntariamente el gesto de Yamamoto. Con Gokudera era más que suficiente. La posibilidad de decepcionar a alguien más le aterraba profundamente.
- Hayato - el aludido se detuvo, sin girarse -. No se lo digas a Tsuna.
Gokudera murmuró un agrio vaffanculo, stronzo y salió dando un portazo. Yamamoto se levantó y se guardó amargamente la droga en el bolsillo de la americana.
Aquello pasó hace mucho tiempo. Apaga el cigarrillo y se incorpora envuelto en las luces anaranjadas del amanecer; fumar no tiene sentido si lo hace solo.
Gokudera ya no está allí para abrirle los ojos a gritos o devolverle la razón haciéndole daño. Son métodos rudos, pero así es como Gokudera hace las cosas, y es eso a lo que Yamamoto está acostumbrado. Es eso lo que necesita ahora, aunque sabe que es imposible conseguirlo.
Gokudera ya no está allí; al menos no el Gokudera enterado de su problema.
En su lugar, el muchacho rebelde de 15 años que conoció en el pasado duerme en la habitación contigua, acompañado de la acusadora versión viva de Tsuna.
Se mete otra raya y llora sólo, sentado en la cama.
Ok, that's all folks.
¿Os ha gustado? Creo que no he sido capaz de expresar toda la rabia, la intensidad y la confusión que pretendía traspasar a la historia, pero espero que algo pueda percibirse. Necesitaba escribir algo como esto desde hace tiempo, y por fin lo he hecho.
Vaya forma de estrenarme en el fandom, lol.
Antes de que empecéis a apedrearme: NO. No creo que TYL!Yamamoto se meta coca hasta las cejas, evidentemente.
Lo que sí creo qes que es un personaje atormentado; muy atormentado. Y por eso el argumento es el que tenéis delante.
Cuando empecé la saga Millefiore, me quedé totalmente prendada de Yamamoto (que hasta el momento no había sido nada especial para mí). En mi opinión es el personaje que más ha cambiado y evolucionado con respecto a su versión pasada. El momento en que REborn dice que su padre ha muerto, hay un gesto de los ojos de Yamamoto que por primera vez me hicieron verle humano, y eso aumentó al 300 mi interés por el personaje.
Esto es simplemente una manera de reflejar lo roto que interpreto al personaje en el futuro.
Por si no entendéis italiano, os dejo unas traducciones aproximadas (como ya he dicho, gracias Marco :);
Sei diventato matto?! ¡¿Te has vuelto loco?!
Ma che cazzo credevi de fare? ¿Pero qué coño crees que haces?
Vaffanculo Que te jodan.
Stronzo Es algo así como cabrón, o gilipollas. Asshole, para entendernos :D
Todavía no lo sé, pero es posible que esto tenga continuación, o se convierta en un fic más largo. Who knows, pero me ha resultado muy cómodo meterme en una posible piel de TYL!Yamamoto.
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