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Anime/Manga » Fullmetal Alchemist » Anécdotas para un alemán
abygate69
Author of 35 Stories
Rated: T - Spanish - Romance/Hurt/Comfort - Edward E. & A. Heidrich - Reviews: 25 - Updated: 03-22-09 - Published: 08-19-08 - id:4484819
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Disclaimer: Esta increíble pareja de rubiales les pertenece a Arakawa y a Bones, y escribo sin ánimo de lucro.

Notas: Quiero remarcar algo importante en este fic en lo que a la pareja se refiere, y es que aquí no encontraréis ningún tipo de Elricest de trasfondo. Lo siento, me parece algo triste utilizar a un personaje como Heiderich (¡abe, César!) de tal forma. Para mí, el Elricest es el Elricest, y el Edrich es el Edrich (palabra inventada por Leiram, todos los derechos reservados xD), y punto pelota. Ahora, ¡a leer!

Prompt # 30: Obsesión

Todo comenzó por una palabra: Obsesión. Edward por aquí, Alfons por allá, pero ninguno se ponía de acuerdo.

Edward le observaba a todas horas, en un principio por la curiosidad que le ataba a pensar si su hermano pequeño llegaría a ser igual que él, hecho que le hacía preguntarse constantemente cuáles eran aquellas pequeñas cosas que los caracterizaban a ambos, y cuáles eran totalmente opuestas.

Sin embargo, y con horas y horas de miradas furtivas mientras Alfons estudiaba, Edward llegó a la conclusión de que, si existía un Alphonse paralelo, desde luego no era Heiderich. Es posible que éste fuera una niñera para Edward –tal como hacía Alphonse en numerosas ocasiones-, que tuviera sus fugaces momentos de tozudez, que fuera un joven dedicado en sus propósitos, pero, cielos, ése no era Alphonse.

No, no podía serlo, mucho menos cuando Edward comenzó a obsesionarse por escrutarlo con tanto afán. No podía serlo, aún cuando habiéndose convencido de ello, Edward se sentía culpable cuando se imaginaba a sí mismo subiéndose a la mesa de la cocina y salvando la distancia entre ellos, lanzándose como un salvaje. Y con el tiempo, dejó de ser algo parecido a un hermano, para luego convertirse en Alfons Heiderich. Su Alfons Heiderich; y no hay más que hablar.

Con la continua práctica, Edward se acostumbró a pronunciar su nombre, a saborearle, a desnudarle –con y sin la mirada-, y no sentirse culpable o asqueado por ello, sin que nada le echara hacia atrás.

Parece mentira que a Alfons se le diera todo mucho más fácil imaginativamente.

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