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HERMIONE por Gellar
Por Merlín, ¿qué estaba pasando?
Cho estaba súper rara con ella, como evitándola, siempre pensativa. Podía ver en sus ojos que estaba urdiendo un plan, pero no tenía ni idea de por dónde iba a salir la Ravenclaw. Recapacitando, parecía ser que la respuesta que le dio tonta hacía unos días antes, cuando Cho le preguntó por los rumores que corrían sobre ella y Pansy Parkinson, le había dolido a Chang más de lo que ella calculó en un principio. Pero leches, no estaban saliendo, no tenía que darle explicaciones sobre a quién se pencaba o se dejaba de pencar.
Hermione sabía en su interior que quería a Cho, pese a que ésta fuera tan estirada, pero había algo que no encajaba. Y en el hueco de ése algo se había colado la Parkinson, como una serpiente, enroscándose en sus piernas, subiendo por sus muslos, metiéndose dentro de ella. Un día, mirándola en la biblioteca, sintió la sexualidad imparable de Pansy arrebatando sus mejillas, cuando la Slytherin la sostuvo la mirada y le deletreó en silencio “sangre sucia”. Seguramente había sido la forma de sus labios, o el empeño que puso en cada letra, pero en ese momento Hermione Granger había sentido la imperiosa necesidad de arrancarle la ropa y enseñarle lo sucia que podía llegar a ser en esa misma mesa.
Y Pansy le había dejado demostrárselo unos minutos más tarde en un aula vacía. Desde que sintió a la serpiente siseando en su oído había querido más y más.
No estaba engañando a Cho, porque no tenían ningún acuerdo al respecto, es que Pansy la intoxicaba y no podía aguantar el mono de no tener un encuentro con ella de vez en cuando, cada vez más desesperados, cada vez más necesitados.
Y ahí estaban un par de camisas, una minifalda, cuatro pares de medias y una corbata destrozadas para demostrarlo.
Qué iba a hacer ella si Parkinson estaba muy buena y ella estaba con ganas de experimentar. De experimentar en colchones raídos detrás de retratos, en aulas vacías, en salas comunes, en los terrenos de Hogwarts, a la orilla del lago, en la torre de Astronomía o en la lechucería (qué mal salían las cacas de lechuza de la capa). Mala, se estaba poniendo mala sólo de pensarlo.
Pero esa mañana se había cruzado con Pansy y en vez de alguna mirada sucia o gesto obsceno, la Slytherin se había reído con suficiencia. ¿Sabía ella algo que Hermione no? ¿Por qué la seguía poniendo aunque hiciera esas cosas?
La clase de Pociones con Snape fue peor que hacerse las ingles brasileñas con cera y Hermione sólo tenía ganas de liberarse un poco. Quizá Cho estuviera más receptiva aquel día y pudieran retomar un poco la relación, que parecía haberse enfriado un poco desde que Chang se entero de lo suyo con la Parkinson.
Cuál fue su sorpresa cuando salió de las mazmorras de los Slytherin y se encontró a una sonriente Cho Chang esperándola al pie de las escaleras. Qué alivio, parecía que su no-novia estaba de buen humor.
La Ravenclaw se acercó hacia ella meneando las caderas de una forma que hacía que a Hermione le entrara un hambre horrible y cuando estuvo a su altura acercó los labios a su oído de una manera casi obscena.
—A media noche te quiero ver en la torre de Astronomía y más te vale llevar el uniforme puesto, porque te lo voy a arrancar a bocados.
Y con esa frase lapidaria se marchó, dejando a Hermione en los mundos de Yupi, con la mandíbula soldada al suelo. Habría imaginado esa frase en los labios de la pervertida de Pansy, ¿pero en los de su remilgada Ravenclaw? Ni en un millón de años. Si Cho estaba decidida a reconquistarla no iba por mal camino, no.
Iba a hacer los deberes aquella tarde Rita la cantaora. Hermione se dejó todo preparado para el día siguiente y se metió en una ducha fría para paliar la impaciencia.
Cuando ya sólo faltaban 10 minutos, Granger terminaba de ajustarse la corbata frente al espejo del baño de prefectos, tenía que estar perfectamente colocada o no podría concentrarse en nada más. Claro, que con los calores poco sanos que le subían a tan poco tiempo de encontrarse con Cho, era complicado llevar la camisa, la corbata, el jersey y la capa y no irse asando cual pollo, pero los deseos de la asiática eran muy precisos y ella no se los iba a negar.
Hora de irse. Se echó unasgotas de perfume detrás de las orejas, en las muñecas, y tras mirar hacia los lados disimuladamente, se abrió la minifalda para echarse un poco en el pubis.
De camino a la torre, pensó un momento en Pansy Parkinson y se sintió un pelín culpable. ¿Cómo podía ese proyecto de mortífaga tenerla tan dominada? ¿Era sólo porque follaba como el mismísimo diablo o había algo más? Si hubiera estado hechizada ya se habría dado cuenta, y habría sido infinitamente más fácil, pero es que una parte de la bruja más brillante de su promoción quería ser castigada. Y Pansy era un veneno de efecto lento. Pansy la trataba mal, la hacía sentir inferior. Para Parkinson no era la súper mega listísima Hermione lo-sé-todo-pregúnteme-a-mí Granger, era la otra mitad de una masa sudorosa y ardiente, la consideraba un objeto de uso ilimitado y la Gryffindor tenía que reconocer que eso tenía su encanto.
Y también tenía clarísimo que una parte de la Parkinson disfrutaba trabajándose a una sangre sucia. Es lo que tienen las damas de alta alcurnia, que pueden llegar a ser las más guarras. Y Hermione no tenía ningún reparo al respecto. Se había cansado de ser la prefecta perfecta, la eterna enamorada del atontado de Ron Weasley, desde que probó a las mujeres se sentía libre, se sentía la más leona. Y por las bragas de Circe, ¡que le quitasen lo bailao!
Unos peldaños más y llegaría a Cho. Se la imaginaba de mil maneras, vestida sólo con la minifalda y la corbata, tumbada desnuda encima de la capa, con el uniforme de quidditch, mordiendo delicadamente su varita, con el camisón blanco ése de encaje pecaminoso que sólo le había dejado ver una vez.
Pero aún así, cuando abrió la puerta se encontró algo que la sorprendió más.
¡Ahí no estaba ni Merlín!
Estaba sola. Quizá había llegado pronto, pero el reloj de la torre marcaba las doce en punto. Lógico y normal, Hermione siempre llegaba puntual. Bueno, siempre podía esperar, era menos divertido, pero qué alternativa tenía, así que se fue al centro del cuartucho y se sentó en uno de los sillones. Entonces fue cuando la puerta se cerró sola.
¿Sola? No.
Era Cho, cerrando la puerta con sensualidad, sin quitarle los ojos de encima, pero había otro par de ojos que también la miraban desde allí. La mismísima Pansy Parkinson la miraba divertida, leyendo su reacción. Y Hermione sabía que tenía que estar disfrutando porque a la Gryffindor se le acababa de dislocar la mandíbula como mínimo.
A los leones no les gustaban las encerronas, así que Hermione se levantó de un salto.
—Yo… —empezó a decir.
—Tú —ordenó Pansy sentándola de nuevo en el sillón —. Te callas, que estás más guapa, Granger.
—Sólo disfruta del espectáculo, Hermione —ronroneó Cho poniéndose a la altura de la serpiente.
Y entonces empezaron a besarse entre ellas, y Hermione ya no sabía ni cómo reaccionar. Tenía los ojos más abiertos que Hedwig y tenía la seguridad de que de un momento a otro se iba poner a sangrar por la nariz. Sí, moriría de una orgásmico aneurisma viendo como sus dos objetos de deseo entrelazaban lenguas. Se separaron con una sonrisa malévola.
Cho se sentó encima de ella y Pansy rodeó el sillón por detrás. Ambas llevaban los uniformes de sus respectivas casas.
—¿Qué te parece, Granger? —siseó Pansy en su oreja —. Parece que al final las tres casas principales de este castillo ruinoso van a integrarse.
Chang le desataba la corbata y la tiraba a algún rincón de la torre mientras sentía las hábiles manos de la Slytherin desabrochándole los tres primeros botones de la camisa y metiéndose en su escote.
Estaba soñando. Estaba soñando. Estaba soñando. De un momento a otro un ronquido de Lavender Brown la iba a sacar del Olimpo y a separarla de esas dos diosas.
La Ravenclaw había decidido que se dedicaría a la parte de abajo y se puso de rodillas enfrente de Hermione para separarle las piernas. Parkinson no perdía el tiempo y le había quitado el jersey a Granger, que no podía hacer otra cosa que agarrarse a los brazos del sillón con fuerza para controlarse. Quizá el aneurisma no llegara, la mataría antes un infarto de miocardio.
Notó que las medias bajaban y en un acto reflejo levanto el culo del asiento, lo que Cho aprovechó para sacar también sus braguitas. ¿Por qué ella estaba casi desnuda y las otras dos chicas estaban impecablemente vestidas? Qué injusticia. Pero no pudo quejarse porque Pansy se había deshecho también de su camisa.
Entonces las dos chicas pararon de acariciarla y se pusieron enfrente de nuevo.
—Mientras te libras de lo que te queda, Granger, puedes disfrutar del espectáculo —dijo Pansy empezando a abrirle la corbata a Cho.
Se desnudaban la una a la otra, tirándole la ropa a Hermione, que había tardado aproximadamente dos minutos en mandar su minifalda a hacer gárgaras. El tanga de Cho estuvo a punto de colarse en su boca, de lo abierta que la tenía.
Ya estaban desnudas y se acariciaban sin dejar de mirar a la Gryffindor, que pensaba que no podía soportarlo más. Pero sí, había más, y mejor, Cada una de las chicas subió por una de sus piernas, besándola, lamiéndola, mordiéndola. Y cada una se hizo con uno de sus pechos.
Dos estilos, dos sensaciones, el doble de placer para Hermione. Tenía que haber hecho algo muy bueno en su anterior vida para tener esto de recompensa.
Y justo cuando las manos de las dos bajaban a la entrepierna de la Gryffindor se juntaron en su pubis y ellas se levantaron con las manos entrelazadas.
—Ahora, Hermione, es cuando eliges —dijo Cho riéndose.
Pansy directamente no pudo contener una serie de carcajadas malignas. La cara de Hermione era un poema y tardó varios minutos en poder articular palabra. Probó a tragar saliva y entonces se dio cuenta de que había recuperado la capacidad de elaborar frases con un mínimo de significado.
—¿Que hago qué? —logró decir.
—Que eliges, Granger. A una de nosotras. —aclaró Pansy señalándose a ella misma y a Cho.
—Estás jugando con nosotras y aunque nosotras te lo permitamos, estamos un poco hartas de ser tus esclavas. Cuando me quieres a mí, me tienes a mí y cuando quieres a Pansy, la tienes a ella. No es justo para nosotras Hermione —explicó la Ravenclaw diseccionando la realidad al más puro estilo de su casa.
—¿Justo? —Hermione no podía hacer mucho más que repetir lo último que oía.
—Sí, justo, sangre sucia, que no estás atenta. —le espetó Parkinson con desdén —. Nos tienes hasta las narices, así que eliges aquí y ahora.
Iban completamente en serio. Hermione miró a una y a otra como si de un partido de tenis se tratara mientras no dejaba de parpadear. Era incapaz de decidirse. Se sentía como Ron Weasley en Honeydukes.
—No, no puedo decidirme —admitió negando con la cabeza.
—Entonces lo haremos nosotras por ti, Hermione —le advirtió Cho muy seria.
Hermione siguió sin reaccionar y la pareja que tenía delante dictó sentencia.
—Yo me quedo con la asiática —dijo Pansy con una sonrisa pícara.
—Y yo con la serpiente —terció Chang.
—Y tú, Gryffindor de pacotilla, nos sobras, porque aquí mi compañera y yo tenemos asuntos que resolver —terminó la serpiente con desprecio.
Entre las dos recogieron toda la ropa de Hermione y se la pusieron entre los brazos. Luego la escoltaron hasta la puerta, se despidieron de ella agitando las manos cómicamente y le cerraron la puerta en las narices, dejando a Hermione mirando la gran puerta de roble, desnuda y estupefacta.
La prefecta se dio la vuelta y empezó a bajar las escaleras en shock.
—Menudo par de zorras locas —musitó mientras se dirigía a su dormitorio.
Mientras se terminaba de ajustar la corbata sentada en un sillón de la Sala Común y se alisaba la falda, vio a Ginny bajando las escaleras con cara de sueño y se le iluminó la cara.
—¿Qué haces aquí tan tarde, Hermione? —bostezó la pelirroja mientras se acercaba a ella.
—No puedo dormir, ¿te apetece hacerme compañía? —dijo con una sonrisa seductora.
—Llevaba un tiempo preguntándome cuándo ibas a pedírmelo —contestó Ginny sentándose encima de ella.
FIN