|
Author of 31 Stories |
Disclaimer: Ningún personaje es mío, pertenece a J.K. Rowiling. Tampoco obtengo ningún beneficio con esto.
31 DE JULIO
CAPITULO III
Harry andaba más nervioso de lo que quería reconocer. Consultó su reloj por doceava vez en pocos minutos. Draco se estaba retrasando mucho más que en los dos años anteriores. La sola posibilidad de que en esta ocasión no acudiera, de que Hermione pudiera tener razón, le estaba desquiciando. El pequeño Teddy se había dormido en su regazo después de comer. Era el único que lo había hecho porque los demás estaban esperando a que llegaran los dos magos ausentes. Luna, sentada a su lado, insistía en aburrirlo con su tema favorito: el Snorckack de Asta Arrugada.
- Cada vez estoy más cerca de encontrarlo. -decía convencida- Mi último viaje a Suecia fue muy esperanzador. Al primero que nazca en cautividad, le pondré tu nombre, Harry. En tu honor. ¿Harry? ¿Me estás escuchando?
El moreno la miró con expresión despistada.
- ¿Eh? ¿Decías...?
Los ojos grises de Luna se enfocaron en su amigo con aire soñador.
- No te preocupes, Harry. Sé que vendrá. Los unicornios siempre vuelven junto a los puros de corazón.
Harry observó a Luna como si acabara de confirmarle que el Snorckack de Asta Arrugada realmente existía; cuando todo el mundo sabía que no era más que una invención del padre de la ex Ravenclaw.
- Es que Malfoy me recuerda a un unicornio. -afirmó ella con la misma devoción con la que hablaba de cualquiera de sus fantásticas criaturas- ¿Sabías que los potrillos son dorados y se vuelven plateados antes de alcanzar la madurez? -Harry negó con la cabeza, un poco sorprendido por el símil- Después son de un blanco purísimo. Hermosos. Y majestuosos. Solamente los hechos de bondad y ternura pueden tocarlos. Aunque los unicornios tienen un punto débil.
Harry aguardó con curiosidad a que continuara. Sin embargo, Luna parecía haber acabado su disertación y le miraba con una gran sonrisa.
- ¿Un punto débil? -preguntó finalmente Harry, animándola así a continuar.
Luna asintió, envolviéndose en un aire romántico.
- Siendo como son, amantes de la belleza, a veces se dejan llevar y cambian su libertad por el cariño y los cuidados de alguna dama hermosa, o caballero, -puntualizó- acudiendo a visitarla cada día a la misma hora en su jardín... -y añadió con un guiño- ...o cada año en la misma fecha, por su cumpleaños.
Dado el silencio a su alrededor, Harry se dio cuenta de que no era el único que había estado escuchando.
- Vaya, eso ha sido muy bonito, Luna. -aplaudió George, acabando con el mutismo general- Pero dime, ¿dónde lleva Malfoy el cuerno?
- Oh, bueno, en realidad el cuerno es un símbolo fálico, asociado con... -empezó a explicar Luna, emocionada, lejos de sentirse ofendida por el tono burlón del pelirrojo.
Sin embargo, Molly Weasley no sentía la misma emoción. Miró a George con cara de reprimenda.
- Harry, querido, ¿no crees que podríamos empezar ya? Se enfriará la comida... -interrumpió, poco dispuesta a escuchar según qué cosas a la hora de comer.
Harry captó el gesto nervioso de Hermione, mirando también su reloj. El turno de Ron se estaba alargando más de la cuenta y seguramente empezaba a preocuparse. Él mismo comenzaba a sentirse desanimado. Por lo visto, su unicornio particular iba a faltar a la cita este año. Y no podría decirle cuánto deseaba que se quedara con él. Que no quería que volviera a marcharse para investigar ninguna otra estúpida maldición para el Ministerio.
- Como quiera, Molly. -cedió, tratando de sonreír- Llevaré a Teddy a la cama.
Se encaminó hacia la cocina, con el pequeño hecho una bolita contra su pecho, oyendo el bullicioso ruido de sus amigos sentándose a la mesa, pero sin ver todas las miradas apenadas que se clavaban en su espalda. Atravesó la cocina y el comedor, para salir al pasillo donde se encontraban las escaleras que llevaban al piso superior. Ya en su habitación, dejó al niño sobre la cama y se dirigió hacia el cuarto de baño, donde guardaba las pociones. Iba a necesitar un poco de ayuda para que su sonrisa no decayera, poder mostrar ilusión por todos los regalos que esperaban en el salón y lograr soplar las 21 velas de su tarta sin derramar una lágrima. Después, cuando estuviera solo, ya decidiría qué hacer.
Estaba a punto de llevarse el vaso a los labios, cuando alguien se lo arrebató de la mano.
- No puedes seguir haciéndote esto, Harry. -los ojos azules de Ron le miraban desde el espejo del baño, afligidos- No puedes buscar refugio en las pociones al menor contratiempo.
- ¿Cuándo has llegado? -preguntó Harry, sorprendido.
Ron vertió el contenido del vaso en el lavamanos.
- Tu verdadera poción antidepresiva está abajo, esperándote. -respondió el pelirrojo.
Ron no se ofendió por el irreflexivo empujón de su amigo, cuando le apartó para salir del baño a toda prisa. Sino que sonrió al oírle bajar las escaleras como una manada de caballos desbocados. Dejó el vaso que había vaciado sobre el lavamanos y contempló su propia imagen en el espejo.
- ¿Qué clase de amigo eres, Ronald Weasley? -se cuestionó.
Trastorno por estrés postraumático crónico. ¡Y una mierda! Él también había perdido amigos, compañeros. Y un hermano. De los que le quedaban, a uno le faltaba una oreja y otro tenía el rostro tan desfigurado que daba pena. Pero todos habían seguido adelante. Y si Harry no acababa de deshacerse de esa maldita depresión era porque ellos mismos no se lo habían permitido.
Quien más quien menos había pasado sus momentos malos. Y no por ello dejaba de comprender que los de Harry habían sido de los peores. Pero él y Hermione se habían tenido el uno al otro para cerrar heridas; George había encontrado su bálsamo en Angelina; Bill tenía a Fleur, cuyos ojos no veían cicatrices, sino sólo al hombre que amaba. Sus propios padres, después de tantos años, seguían siendo la fortaleza el uno del otro. ¿A quien tenía Harry? A sus amigos, es verdad. Pero los amigos no calientan una cama vacía ni llenan esa parte de corazón que sólo late por la persona a la que se ama.
Ron siguió mirándose en el espejo, con aire culpable. Él mismo había registrado como una fiera entre las cosas de Harry, hasta encontrar la varita de Malfoy, y había corrido a entregársela a los aurores para que comprobaran los hechizos realizados antes de su cambio de dueño. Era consciente de que precisamente había sido esa prueba la que había acabado de hundir al Slytherin. Porque sin la constatación de esas Imperdonables, vistos todos los atenuantes, tal vez el Wizengamot se hubiera limitado a quitarle la varita durante una buena temporada y a dejarle en libertad vigilada, como habían hecho con otros Slytherin, compañeros de Malfoy. ¿Quién se iba a imaginar entonces que en el corazón de Malfoy había también un rinconcito que latía por Harry? ¿Quién se detuvo a pensar que su familia, para el Slytherin, era tan importante como lo eran para ellos mismos las suyas, que también el hurón haría cualquier cosa con tal de salvarla? Una parte de Ron seguía sin poder perdonarle a Malfoy muchas cosas. Y seguramente ese rencor permanecería en él como una mar de fondo, cuando las olas son grandes y aparentemente lentas, provocando movimientos profundos y enturbiando el agua. Pero también había visto la desesperación en el fondo de esos fríos ojos grises. Impotencia. Y la firme resolución de no querer dejarse hundir. De esperar a que su momento llegara. Y cómo todo eso se fundía y confundía cuando Harry y él estaban juntos. De igual forma que, cuando eso sucedía, desaparecían todas las ansiedades de su amigo.
Ron tomó la decisión de hablar esa misma noche con su mujer. Y después con su familia. Tal vez Kingsley se dejara convencer para iniciar los trámites que permitieran conseguir la libertad condicional para Malfoy. Después se ocuparía del maldito hechizo y la forma de enfrentarse a Harry cuando averiguara la verdad.
o.o.O.o.o
Harry se había lanzado directo a sus labios, sin darle tiempo a decir nada. Aunque todo lo que Draco tenía por decir lo estaba haciendo en ese instante, resarciéndose de los meses de añoranza en la boca de su amante. El reencuentro, durante esos primeros instantes, siempre era único. Porque por fin estaba entre los brazos del hombre que amaba, y todavía faltaba mucho para que tuviera que abandonarlos de nuevo y volver a su solitario y frío encierro. Durante esas impagables horas, Draco procuraba empaparse de su calor y alimentarse de sus besos; llenar el corazón con sus palabras y el alma de sus sonrisas. Tendría que vivir de ellas durante los próximos doce meses. Calentarían sus noches y ayudarían a pasar sus días de forma menos amarga.
- Pensé que ibas a agujerearme los labios. -bromeó cuando por fin ambos tuvieron que volver a respirar.
- Te he echado de menos. Mucho, Draco. Esta vez no voy a permitir que vuelvas a irte. -soltó Harry de corrido, casi sin respiración.
Draco trató de sonreír.
- Nada me gustaría más que poder quedarme. -apoyó su frente en la del moreno, para no encontrarse con sus ojos- Pero me comprometí a hacer un trabajo y tengo que terminarlo.
- ¿Cuánto tiempo más, Draco? ¿Cuánto tengo que esperar aún?
El rubio no respondió, sus frentes todavía unidas.
- Esto me está matando, Draco. -la voz de Harry sonó ansiosa, suplicante- No sé dónde estás la mayor parte del tiempo, ni lo que estás haciendo. He hablando con los ineptos del Ministerio un montón de veces y parecen idiotas. Nadie sabe nunca dónde encontrarte. Y cuando por fin te dignas a mandarme una lechuza...
- Lo siento, Harry. -le interrumpió el rubio, con el corazón encogido- Yo... tengo que terminar, el trabajo, tengo...
En realidad no sabía qué decir. La mano de Harry encontró su mejilla, y Draco se estremeció bajo su caricia. Era en esos momentos cuando más deseaba mandarlo todo a tomar viento. Cuando sus ganas de romper la promesa que le habían obligado a hacer eran más incontenibles que nunca. Pero era consciente de que eso no le ayudaría en nada a él; ni tampoco a Harry.
- Compré esta casa pensando en nosotros. -dijo el moreno suavemente- Ya sé que no tuvimos demasiado tiempo para estar juntos; que seguramente todavía no conocemos ni la mitad de las manías del otro. Pero dijimos que lo intentaríamos, y yo estoy seguro de que nos irá bien si...
De pronto Harry calló y Draco levantó la mirada. Una dolorosa sospecha había aparecido en los ojos del moreno.
- Has conocido a alguien... -titubeó- ...estás con alguien y no te atreves a decírmelo...
Draco le abrazó para no echarse a llorar.
- Cómo puedes decir tantas tonterías una detrás de otra. -susurró, sin embargo, apretándole contra su cuerpo- No he conocido a nadie, Harry. Te lo juro.
Draco jamás pensó estarle más agradecido a un Weasley, que cuando la voz absolutamente incómoda de Ron sonó justo a su lado.
- Dejad algo para después, chicos. Mi madre pregunta si venís a comer o qué.
Harry le fusiló con la mirada, molesto por la interrupción; pero el pelirrojo habría jurado que la de Malfoy era de puro alivio.
- Yo sólo soy el mensajero. -se disculpó Ron, encogiéndose de hombros.
- Seguiremos con esta conversación más tarde. -afirmó Harry, mirando seriamente a su rubio compañero- Me importa muy poco si tienes que coger un traslador a las seis o si te están esperando esta noche en la Conchimbamba. Porque hoy no te vas de aquí, Draco Malfoy. O dejo de llamarme Harry Potter.
Ron siguió a la pareja hasta el jardín sin que le llegara la camisa al cuello. Estaba seguro de que a Malfoy, tampoco.
o.o.O.o.o
La comida había sido deliciosa. Harry había soplado las velas de la tarta, apagándolas de una sola vez, según él, inequívoca señal de que su deseo se cumpliría. Había abierto sus regalos y los había agradecido con risas y exclamaciones de sorpresa. Pero, sin lugar a dudas, el mejor presente había sido el de Draco. Le había regalado un original collar de cuentas étnico, que Hermione había hecho verdaderos malabares para conseguir. Porque se suponía que Malfoy lo había comprado en algún punto perdido de África, donde también se suponía que se encontraba investigando. Estaba hecho de plata, conchas, coco y cuentas venecianas del siglo XVIII. El "detalle" les había costado a los amigos de Harry 140 libras. Pero de todos era sabido que un Malfoy no regala cualquier cosa. Lo peor era que todavía les quedaban cuatro cumpleaños más por los que responder en nombre de Malfoy...
Harry se sentía feliz y desesperado al mismo tiempo. Hubiera deseado poder tener más intimidad para estar con Draco y que todo aquel barullo de voces, risas y gritos desaparecieran de su jardín. Su compañero no era ningún espíritu de expresividad en público y no había nada que Harry deseara más que poder quedarse a solas con él y desinhibir su pose de Malfoy correcto pero distante. No obstante, se sentía bastante satisfecho de cómo había sido recibido Draco este año por sus amigos. Tenía la sensación de que le habían saludado con más entusiasmo que otras veces. Un poco amodorrado por el calor y la digestión, se había acomodado con la espalda contra el pecho de Draco y éste, haciendo un gran alarde de exhibición pública, acariciaba su cabello despacio, casi adormeciéndole. Harry sentía la mano que tenía entrelazada con la del rubio sudada y caliente. Pero si a Draco no le molestaba, no sería él quien la soltara. Aparte de cómoda, esa posición permitía que el rubio pudiera susurrar junto a su oído sin que los demás tuvieran que enterarse de sus palabras.
- No seguirás pensando esa tontería de que estoy con alguien más, ¿verdad? -preguntó Draco, tratando de no parecer preocupado.
Harry sonrió.
- ¡Claro que no! Pero te interesará saber que no eres el único experto en maldiciones, ¿sabes? Conozco una que te encoge el pito y casi no te deja ni mear...
El aliento de la risita de Draco batió contra su cuello y Harry echó la cabeza un poco más hacía atrás. Por si su rubio quería seguir desinhibiéndose y se decidía a darle un mordisquito. Uno pequeñito y discreto.
- Meas esperma y eyaculas orina. -corrigió Draco- Mi tía abuela Gertrude era una experta en esa maldición. Y en un montón de hechizos bastante pervertidos y amorales.
- ¿De veras? ¿Y conocía alguno para que no te salgan callos en las manos?
Esta vez el aliento de Draco rozó la oreja de Harry, haciéndole estremecer un poco.
- ¿En las dos? -preguntó el rubio.
- Se me dan bien los trabajos manuales...
De pronto el rostro de George Weasley invadió todo el espacio visual de Harry.
- Hey, pareja, ¿una partida de snap explosivo?
¿Acaso su socio comercial no era capaz de darse cuenta de lo inoportuno que era?
- No molestes, George. -gruñó Harry.
- ¿Gobstones?
- Piérdete.
- ¿Ajedrez?
- ¿Qué tal un ojo morado a juego con tu camiseta?
George comprobó el color de la prenda y fingió considerarlo por un momento.
- No, mejor no. Si mañana me pongo la azul, no estaría a juego.
Harry volvió a recostarse sobre Draco.
- Bien, ¿por dónde íbamos?
- En que tal vez sea el momento de buscar otro tema de conversación. -sugirió Draco- O voy a acabar con un serio problema en mis pantalones.
Harry sonrió con malicia.
- Te prometo que cuando toda esta gente se vaya, solucionaré cualquier problema que tengas dentro de tus pantalones.
Draco suspiró.
- Harry...
- Es más, espero que tú también soluciones el mío.
- ...no es ninguna broma que tengo que irme a las seis.
Harry volvió un poco el rostro hacia él, y miró a Draco por encima de sus gafas.
- ¿Acaso yo tengo pinta de estar bromeando?
Harry pudo notar claramente como el cuerpo en el que apoyaba su espalda se tensaba.
- Encontrarás otro trabajo, Draco. Y mientras tanto, no tienes de qué preocuparte, porque Sortilegios Weasley va muy bien. Increíblemente bien, diría yo.
- Perdona, pero a un Malfoy no le mantiene nadie. -se ofendió Draco.
¿Discutir con él sería una buena forma de quitarle otras ideas de la cabeza? Porque Harry era testarudo. Y cabezón cuando se entestaba en algo. Draco tenía la impresión de que tenía la intención de mantenerle atrapado en esa silla, retándole a levantarse por la fuerza, ni que fuera para ir al baño. Draco era consciente de que tenía que estar en su celda de Azkaban a las ocho de la noche. Que Weasley tenía que aparecerle primero en el Ministerio y de allí en aquel lóbrego embarcadero para tomar la barca que le llevaría de nuevo a la prisión mágica. Una rápida mirada a su alrededor le dijo que no era el único que se estaba poniendo nervioso. Una velada tensión empezaba a palparse en el ambiente.
- Son imaginaciones mías o de pronto la jarana se ha convertido en cuchicheos. -dijo Harry, repantigándose más cómodamente sobre su compañero.
- Imaginaciones tuyas.
Harry suspiró con una especie de resignación; como quien ya conoce la respuesta a su pregunta, pero desearía que fuera otra.
- Anda, sigue haciéndome eso en el pelo. -pidió mimoso.
Cerró los ojos y se concentró en las caricias de Draco, dispuesto a dejar que el sol saliera por Antequera.
- Harry, alguien pide paso en tu chimenea.
Harry volvió a abrir los ojos y enfocó el rostro sonriente que tenía delante. George de nuevo.
- Estoy ocupado. -gruñó, ya un poco harto de tanta interrupción.
- Es que llevan rato intentándolo. -insistió el pelirrojo- Puede ser importante...
De mala gana, Harry se levantó, no sin antes dirigir una mirada desafiante a Draco: como te muevas de aquí, atente a las consecuencias.
- Lo siento, Malfoy. -dijo Ron en cuanto su amigo desapareció por la puerta que accedía del jardín a la cocina- Son las seis menos veinte y no creo que tengamos otra oportunidad de desaparecer sin que Harry la arme.
Draco asintió, comprendiendo que sería mucho peor irse dejando a un encolerizado Harry tratando de impedírselo. Prefería evitar la confrontación y que fueran sus amigos quienes se las apañaran con la inevitable bronca que seguiría a su marcha. Bastante tendría él con comerse la cabeza durante los próximos doce meses. Contempló los rostros consternados a su alrededor. Realmente tan diferentes de la primera vez, cuando todos le habían hecho sentir como un despreciable intruso. De todas formas, seguía odiándoles. Casi más ahora por sus miradas de contrición, que por las de aborrecimiento que había recibido siempre. ¡Hipócritas! Como si no supiera que él les importaba una mierda. Que todo era por Harry. Sólo por Harry. Aunque si Draco había aceptado estar allí, también era sólo por él. Habría sido más fácil no verle, no sufrir en la forma que lo hacía al tenerle a su lado sólo unas horas y esperar después una verdadera eternidad para volver a tener la oportunidad de sentir sus labios. No era justo que le permitieran saborear la miel durante un día y le obligaran a comer hiel el resto del año. Como no lo era estar pagando tan sólo por hacer lo necesario para salvar a su familia; únicamente por pretender seguir con vida, él y los suyos. ¿Acaso había tenido otra opción? ¿No hubieran hecho lo mismo cada uno de esos embusteros, cargados de reverenciadas razones? Sólo cuatro años más, se dijo. Cuatro años más y Harry no recordaría ni sus nombres. Y no necesitaría recurrir a ningún hechizo para ello.
- Bien, supongo que hasta el año que viene. -dijo, incómodo.
- ¡Espera! Llévate esto, cariño.
Molly Weasely le tendía a Draco un paquete envuelto en papel de embalar, atado con un cordel, que acababa de sacar de debajo de la mesa.
- Mamá, Malfoy no puede llevarse nada. -dijo Ron, impaciente.
Si no lograban irse antes de que Harry volviera, iban a tener serios problemas.
- ¡Tonterías! -la matriarca le colocó a Draco el paquete en las manos, quieras que no- Sólo son galletas, frutos secos y una bandeja de bollos que he hecho esta mañana. Recuerda que los bollos es lo primero que tienes que comer, porque se secarán antes.
Aturdido, Draco contempló el pintoresco paquete. ¿La madre de todas las comadrejas había hecho bollos para él?
- ¡Merlín bendito, mamá! -casi gritó Ron- Tenemos que...
- ¡Adivinad quién ha venido a felicitarme!
Harry acababa de hacer su entrada en el jardín, exultante, precediendo al mismísimo Ministro de Magia.
- ¡Vaya! Veo que no falta nadie. -saludó Shacklebolt, con aquel vozarrón tan grave que parecía conferir gravedad a todas sus palabras- Le comentaba a Harry que he estado tratando de contactar con vosotros toda la tarde.
Draco se había quedado petrificado, el corazón golpeando contra su pecho como un mazo sobre un tambor. Y no era el único. Expresiones nerviosas e intrigadas recorrieron los rostros de todos los presentes en el jardín.
- ¡Qué sorpresa Ministro! -saludó a su vez Arthur Weasley, saliendo de su asombro- Te has perdido la comida...
- Pero todavía queda tarta, colega. -ofreció rápidamente George, incapaz de conferirle a su ex compañero de ondas radiofónicas el título que ahora le correspondía- La ha hecho mi madre.
El Ministro se sentó a la mesa y aceptó con agrado el plato que ya le ofrecía la Sra. Weasley. Hundió la cucharilla en el esponjoso bizcocho, para llevárselo después a la boca, saboreando con deleite el delicioso postre.
- Mmmm... Molly, si algo extraño de otros tiempos, son tus guisos. -aseguró dejando entrever su blanca dentadura al esbozar una sonrisa de satisfacción.
A Draco, todavía de pie junto a Ron y sintiéndose totalmente ridículo con aquel paquete en las manos, le temblaban las piernas. No sabía exactamente el porqué, pero le temblaban. Tal vez porque el auror parecía tan confundido como él mismo. Y no acababa de decidirse en si tomar aquella inesperada visita como una buena o mala señal.
- Por cierto, Harry, te he traído un pequeño regalo. Después de todo, no se cumplen veintiuno todos los días.
El Ministro metió la mano en varios de sus bolsillos, hasta que por fin dio con lo que buscaba. Una esfera dorada, completamente lisa, cuyo diámetro era más o menos el doble del de una snitch. Harry la tomó en su mano, sin comprender qué era exactamente.
- Vaya, gracias...
Miró al Ministro, confundido. Kingsley sonrió, mientras seguía rebuscando y sacaba de otro bolsillo un pergamino que le tendió a Ron. Éste se apresuró a tomarlo.
- Es un traslador. A Roma, para se más exactos. -explicó después a Harry- Creo que tu novio necesita unas vacaciones. -fue entonces cuando miró a Draco- El trabajo que está haciendo en Asia...
- África. -rectificó Ron inmediatamente, echándole una rápida mirada a Harry, por si se había dado cuenta del error.
Hermione ya le había arrebatado el pergamino de las manos y lo leía ávidamente, con las cabezas de George, Charlie y Neville asomando sobre sus hombros.
- ...er... sí... África, puede esperar de momento. Hemos decidido suspender esa investigación por tiempo indefinido. Cuestión de presupuesto... -si Malfoy no hubiera estado tan blanco, a punto del colapso, Kingsley se hubiera reído- Tal vez tres o cuatro años, -insinuó- y entonces decidiremos si vale la pena reanudarla.
Se hizo un silencio extraño, palpitante. Como si todo el mundo hubiera contenido el aliento y no se atreviera a soltarlo. Intercambiando miradas mudas, anhelantes, deseosas de confirmar que los demás habían entendido lo mismo.
- ¡Nos vamos a Roma, Draco!
El grito de euforia de Harry se elevó solitario sobre el jardín, como si fuera la señal esperada para la iniciación de un rito de catarsis colectiva.
- ¡Eres un tío grande, Kings! -proclamó George a todo pulmón.
Un coro de gritos y aclamaciones apoyaron la declaración.
De pronto Draco se sentía un poco mareado. Le pareció que Granger estaba llorando y que esa lunática de Ravenclaw le miraba de una forma bastante inquietante, como ausente de la algarabía que había a su alrededor. Draco se preguntó si en realidad no habría tocado fondo y se estaba volviendo loco. Se dejó, más que abrazar, estrujar por un Harry exaltado y nervioso, que no paraba de llenarle el rostro de besos sin que él fuera capaz de responder.
- ¿Te encuentras bien, Draco? -preguntó finalmente Harry, preocupado.
Le quito el paquete de las manos y le ayudó a sentarse.
- Anda hijo, tomate una copita, te sentará bien. -el Sr. Weasley le tendió a Draco un vaso con un líquido ambarino- Lo hago yo mismo. -confesó, bajando la voz- Pero no se lo digas a Molly.
En otras circunstancias, Draco no habría aceptado ni loco un licor de fabricación casera. Sin saber en qué condiciones higiénicas había sido elaborado, su graduación o de qué estaba hecho. ¡A saber qué clase de alambique se habría montado Weasley! Pero Draco no pensaba ni coordinaba demasiado en ese momento. Se lo bebió de un trago. Al segundo siguiente creyó que iba a estallar en llamas.
- Sr. Weasley, me gustaría tener novio todavía para cuando llegue a Roma... -se quejó alegremente Harry mientras le daba al rubio unos golpecitos en la espalda.
- ¿Se puede saber qué le has dado al chico, Arthur? -exigió saber su mujer, preocupada.
El bueno de Arthur Weasley se hizo el sueco, mientras Bill y George distraían a su madre, reclamando más pastel para el Ministro.
Harry se arrodilló frente a Draco, que tenía los ojos llorosos y las mejillas completamente enrojecidas y trataba de no ahogarse en el ardor de su garganta. Tomó sus manos, consciente de que las suyas temblaban un poco.
- Nos vamos a Roma, Draco. Por fin.
Draco sólo sonrió. Porque su voz se había ido y no sabía dónde.
o.o.O.o.o
Draco no sabía si había sido la impresión de no tener que volver a Azkaban, el "milagroso" licor del Sr. Weasley, o la combinación de las dos cosas; pero tenía el cuerpo como si le hubiera pasado una manada de hipogrifos por encima. A Harry no le había costado mucho convencerle de que se acostara y descansara, mientras él despedía a sus invitados y recogía un poco. Además, eso de recoger quedaba muy bien cuando Hermione estaba delante, había dicho el moreno con un guiño.
Una hora después, Ron y Hermione acababan de irse y sólo quedaba Luna, que se había empeñado en ayudarle a descolgar los farolillos del jardín. Quería quedarse con un par de ellos y hacerse unos pendientes. Harry no había tenido inconveniente. Después de tantos años, las excentricidades de la ex Ravenclaw ya no extrañaban a nadie.
- Er... Luna... -ella le miró con sus grandes ojos grises, con esa sonrisa un poco ida en sus labios- ¿te acuerdas de ese bicho que trajiste hace un par de meses y te guardé durante unos días en el sótano?
- ¿El Blibbering Humdinger? -la bióloga suspiró con esa especial ensoñación que siempre la había caracterizado- Nadie creía que existiera... como el Snorckack de Asta Arrugada.
- Ya, sí... bueno... -Harry se rascó la cabeza, sin saber cómo empezar a resolver su duda- sabes... ¿has averiguado ya sus características, si tiene algún poder mágico especial o algo así?
Ella siguió sonriendo, mientras examinaba varios de los farolillos descolgados, decidiendo con cuáles quedarse.
- ¿Te refieres, por ejemplo, a que si entra en contacto con cualquier objeto hechizado, el hechizo se rompe instantáneamente? -preguntó.
Harry se quedó mirando fijamente a su amiga durante un buen rato, mientras ella seguía descartando farolillos.
- ¿Y una persona? -interrogó nuevamente el mago- ¿Qué pasa si una persona, por ejemplo, lo acaricia?
- Bueno, eso también es entrar en contacto, Harry. -dijo ella con aire ausente.
- Ya...
Finalmente, satisfecha con su elección, Luna encogió dos farolillos y los guardó en la bolsita que llevaba colgada al cuello. Después miró a Harry con cariño.
- Has tirado de todas las cuerdas, ¿verdad? -afirmó después, abriendo una de las sillas plegables, ya recogidas, y sentándose junto a su pensativo amigo- Sin estar seguro de cuál se rompería primero. -le guiñó un ojo al moreno- Has logrado ponerlos a todos bastante nerviosos, ¿sabes?
Harry le dirigió una mirada culpable. No se sentía muy orgulloso de haber presionado a Draco de esa forma. Es más, estaba seguro de que él sería el único que no hablaría. Pero, haciéndolo, esperaba que alguno de los demás acabara cayendo.
- Pero el poder siempre es el primero en tratar de protegerse. -suspiró Luna- Porque también siempre es el que tiene más que perder.
Él negó con la cabeza, mientras una pequeña sonrisa asomaba a sus labios. Sí, felizmente había sido Kingsley.
- Eres una mujer sorprendente, Luna. -declaró.
- Y tú un gran mago, Harry.
- No. -rechazó él- Ahora mismo no creo tener ninguna habilidad especial; ni siquiera puedo hablar parsel. -Harry sonrió- No lo lamento, ¿sabes? Como tampoco lamentaría descubrir que mi magia es menos poderosa ahora que esa parte de Voldemort ya no está dentro de mí. -Luna asintió, comprendiéndole- Creo que me resumiría a mi mismo como una parte de coraje y tres de mucha suerte. Nada más.
Harry se estiró en su silla con pereza.
- Me encanta sentirme un tipo corriente. -confesó.
Ella también sonrió, sin querer decirle que jamás podría ser un tipo corriente. En su lugar, miró embelesada al cielo, donde empezaban a aparecer las primeras estrellas.
- Creo que en mi próxima reencarnación me dedicaré a la astronomía. -afirmó.
Ambos permanecieron en silencio durante un rato, contemplando las pequeñas lucecitas que poco a poco inundaban el firmamento. A pesar de todas sus peculiaridades y extrañas creencias sobre criaturas mágicas, Harry siempre se había sentido cómodo en compañía de Luna. Tenía una singular manera de hacerle sentir bien, aunque fuera con su silencio. Podía contarle la cosa más esperpéntica que se le pasara por la cabeza y ella jamás se reiría. Seguramente le sorprendería con alguna todavía más estrafalaria que le haría pensar que, después de todo, no estaba tan loco.
- Tu unicornio blanco de ojos plateados te espera.
A pesar de su suavidad, la voz de Luna sobresaltó a Harry, ensimismado en sus propios pensamientos. Plegó las dos sillas en las que habían estado sentados y la acompañó hasta el salón de la casa, dónde se encontraba la chimenea. Ella le miró nuevamente con esa expresión ensoñadora en su rostro.
- Recuerda, Harry, que los unicornios necesitan guardar sus propios secretos.
- Los caballeros también. -respondió él.
Luna asintió, mientras cogía un puñado de polvos floo del recipiente que su anfitrión le tendía.
- Feliz cumpleaños, Harry.
Se inclinó para depositar un beso en la mejilla de su amigo y seguidamente desapareció en la chimenea. Y fue entonces cuando Harry cayó en la cuenta de que, en el salón, no había habido ningún regalo de cumpleaños provinente de Luna... porque ya se lo había dado con dos meses de antelación.
Mientras subía las escaleras hacia su habitación, Harry no recordaba haberse sentido tan feliz desde que Draco le había perdonado aquel irresponsable Sectusempra lanzado con total desconocimiento de sus consecuencias, ambos imprudentemente escondidos en el almacén de ingredientes de Snape, demasiado ocupados en averiguar quien era capaz de quitarle antes los pantalones al otro.
Harry sonrió. Porque en cuanto atravesara esa puerta, Draco no tardaría ni dos segundos en volver a perder los suyos.
FIN