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Nightmares
Capítulo 1 – Take a look in the pool and what do you see.
Disclaimers: Ni Harry Potter, ni Iron Maiden son míos. Recuérdenlo por el resto de los capítulos.
Se incorporó rápidamente, mientras sentía las sábanas pegarse a su piel. Las gotas de frío sudor recorrían su espalda, tratando de purificar los últimos retazos de aquella pesadilla.
Al menos ya no gritaba. Ya no había razón por la que Vernon lo encerrara otro día más en su habitación. No sabía si sentirse agradecido o desear que todo volviese a ser lo mismo.
Un suspiro cansado escapó de sus labios. Las pesadillas habían colmado sus noches desde que había vuelto a la casa de sus tíos, después de su cuarto año en Hogwarts. Al principio sólo soñaba los ojos vacíos de expresión y vida de Cedric. Luego habían comenzado a cambiar, haciéndole revivir sus momentos en el cementerio de Little Hangleton.
Pero durante la última semana, Harry había soñado con un pasillo oscuro, al final del cual había tan sólo una puerta. Sentía un gran impulso por llegar hasta ella, por abrirla… pero en cuanto estaba a meros centímetros de ella, una figura se interponía, y violentamente tomaba sus muñecas. El terror lo invadía entonces, y se revolvía fuertemente contra su captor… algo estaba mal, debía escapar. Pero antes de que pudiese hacer nada, los ojos de la figura oscura se cruzaban con los suyos, y una voz le susurraba imperiosamente en el oído “despierta”.
Y Harry se despertaba, con el corazón intentando salírsele del pecho, y un sudor frío recorriendo sus temples. El eco de aquella voz fría le provocaba escalofríos… y preguntas.
¿Qué era aquella figura? ¿Por qué le ordenaba, noche tras noche, que despertase? ¿Podría escapar de esa fría voz? ¿O lo seguiría atormentando por el resto de su vida?
Al principio pensó que era algo relacionado con Voldemort… pero en cuanto el sueño se comenzó a repetir, olvidó aquella suposición. El mago oscuro no podía interferir con sus sueños, ¿no? En las breves horas de oscuridad que seguían a su mudo despertar, se encontraba a si mismo pensando una y otra vez si habría alguna magia que le permitiera a su némesis entrar a su mente. Después de todo, él había soñado más de una vez con las aventuras diurnas del hombre… aunque quizás se debiese todo a su cicatriz. ¿Quién sabe si habría alguna relación entre ellos más allá de la habilidad compartida del Pársel, o de los dolores que su cicatriz le hacía sufrir en presencia del mago oscuro?
Seguramente Hermione sabría. Pero por alguna razón, las cartas que había enviado a sus amigos no recibían respuesta. Recordó el verano de su segundo año y a Dobby, y se preguntó si esta vez no estaría pasando lo mismo.
Su pregunta acerca de la magia y la mente había quedado sin resolver, y por primera vez en mucho tiempo, se odió por no haber mostrado algo más de interés por sus estudios.
Miró por la ventana el aburrido aspecto de las calles de Privet Drive mientras se cambiaba de camisa. Tenía unas ganas irresistibles de ver a sus amigos de nuevo, y su tiempo en la casa de sus tíos se le hacía interminable. A la vez, no podía evitar sentir algo de resentimiento… ¿por qué no le habían respondido? ¿Cuándo lo vendrían a liberar de este silencioso tormento? ¿Se habrían olvidado de él? ¿Habrán pensado que su amistad era demasiado peligrosa, y decidieron dejarle de lado? Harry no los culparía… después de todo, Cedric apenas había sido un conocido, y por sólo estar junto a él había sido asesinado a sangre fría. ¿Qué sería de sus amigos, entonces? Quizás fuese mejor que se separaran; no podría soportar verlos sufrir por su culpa.
Apenas registró el momento en el que había terminado de asearse en el baño, y había bajado a la cocina para preparar el desayuno. Ya no era imperioso hacerlo; sus familiares apenas querían verlo, por lo que lo dejaban en paz la mayoría del día. De todas formas le gustaba mantenerse ocupado, le ayudaba a relajarse.
No había recibido noticia alguna del mundo mágico desde que había llegado de Hogwarts. Aquello le preocupaba, pero también suponía un pequeño alivio. Esperaba que con su regreso, Voldemort se dedicase a atacar a diestra y siniestra, y había esperado ver los noticieros repletos de noticias de masacres, por lo que su falta de actividad era un respiro aliviado. Sin embargo, eso le preocupaba aún más… algo debería estar planeando. ¿Qué tal si había decidido acabar con el mundo mágico primero? ¿Y si lo que pensaba que era tan solo negligencia por parte de sus amigos resultaba en algo más siniestro? Por todo lo que él sabia, en ese momento Voldemort podría haber tomado el Ministerio de la Magia y sus amigos podría estar muertos…
Harry sacudió la cabeza. No, sus amigos no estaban muertos. Era un pensamiento demasiado pesimista, incluso para él… y resultaba algo increíble, incluso. Rodeado de la aburrida paz del mundo muggle, en su cabeza no podría asociar la muerte con tiempos como aquellos. ¿Cómo podría un mundo entero sufrir bajo la mano de un tirano mientras allí todo era paz y comodidad?
No, Voldemort no debe haber hecho nada drástico… todavía. La falta de noticias le inquietaba, y había pensado más de una vez en suscribirse a El Profeta, más allá de las insistencias de Dumbledore al final del año escolar para mantener un bajo perfil. Le había dicho a Harry que una de las lechuzas del diario podría ser interceptada por Mortífagos, y su ubicación en Privet Drive descubierta. No podrían entrar en el hogar Dursley por la protección de los encantamientos a base de la sangre de su madre, pero eso no los detendría para atacar el resto del vecindario… o hacer que Harry intentase algo estúpido.
Suspiró, y terminó de lavar la vajilla que acababa de utilizar mientras sus tíos lo ignoraban. Dudley había abandonado la dieta hacía medio año, viendo que no ofrecía ningún resultado. Petunia había pensado que se debía a que “no había nada malo con su Duddinkins”, pero la verdad es que el poco peso que perdía por la dieta lo ganaba en la casa de sus amigos, quienes seguramente le daban todos los dulces que él se perdía de comer.
Habían vuelto a la dieta normal, aquella en con un solo día de comida podría matar todo un pueblo de diabéticos, pero Dudley había conseguido bajar un poco de peso y no gracias a cambios alimentarios. Durante los últimos cuatro meses había estado asistiendo a clases de boxeo, para la gran preocupación de Harry, e incluso había conseguido en poco tiempo comenzar a competir a nivel interescolar. El mago de ojos verdes había tomado como nuevo hobby el asegurarse estar lo más lejos posible de su primo a todas horas… sólo por si quisiera volver a la vieja rutina de la golpiza diaria que sostenía mientras ambos estaban en primaria.
- Salgo –dijo, y sin darse vuelta o esperar respuesta, salió de la cocina. Sin embargo, la voz chillona de su tía lo sorprendió.
- Mañana iremos a Londres a comprarle ropa a Dudley. Créeme que preferiría que te quedaras aquí pero desgraciadamente la señora Figg tiene otros asuntos que atender, así que irás con nosotros.
- Pero –la voz de su tío se escuchó como un gruñido- si llega a pasar algo… olvídate de salir de tu habitación hasta que tengas que volver a tu escuela.
Harry respondió con un “sí, tío Vernon” y salió a la calle. De niño, hubiese sentido una gran emoción por el simple hecho de salir a visitar Londres, pero hacía tiempo que le había dejado de importar. Sin embargo, quizás pudiese comprar algo de ropa para él mismo, pues incluso la ropa vieja de Dudley le comenzaba a quedar corta (al menos los pantalones) aunque seguía siendo igual de holgada que antes. Tenía algo del dinero muggle que le había pedido a la señora Weasley que cambiara en Gringotts el verano pasado, en caso de que ese año siguieran con la dieta (¡no podía vivir a base de tortas de cumpleaños todo el verano!).
Alegre ante el prospecto de poseer ropa nueva, caminó hasta el parque. Nunca le interesó mucho (y seguía sin interesarle) lo que vestía, pues su infancia con los Dursleys le enseñó que ese tipo de problemas eran triviales (había que agradecer lo poco que tenía), pero era lindo finalmente vestir algo suyo.
- ¡Mami, mami! – una nena llamó desde los columpios, y una mujer pelirroja se le acercó-. ¡Mira!
Harry no pudo evitar pensar en su madre. Si ella hubiera vivido… ¿estarían los dos, jugando en el parque? ¿Se acercaría con una sonrisa a ver lo que él quisiera mostrarle?
Con una sonrisa triste, trató de dejar de pensar en ello. Aquellas incertidumbres del ¿y qué si…? no valían la pena, al menos en tiempos como aquellos. El asesino de sus padres estaba vivito y coleando, listo para hacer con muchas familias lo mismo que hizo con la suya, y él debía evitarlo. No podía dejar que siguiese con su reinado del terror.
Un grito lo sacó de su ensimismamiento, y de un salto se paró del banco en el que había estado momentos antes. Una sola palabra resonó en su mente. Mortífagos.
Pero sus músculos se relajaron de nuevo en cuanto vio que la niña había gritado, seguramente impresionada por algo que su madre trataba de alejar de ella. Su varita estaba a medio salir del bolsillo trasero de sus grandes pantalones, y suspirando, la volvió a guardar cuidadosamente.
¿Tan paranoico se había vuelto, que todos los gritos hablaban de Voldemort? ¡Cómo deseaba que los Weasleys lo vinieran a buscar! Al menos entonces sabría qué pasaba en el mundo mágico. Toda esa incertidumbre estaba destrozando sus nervios.
- Vámonos, Sophie –la mujer pelirroja llevaba en brazos a su hija, quien estaba llorando-. Tranquila, ya pasó…
Harry notó que había quedado solo en el parque. Al parecer, muchas de las familias que habitaban Privet Drive se habían ido de vacaciones, por lo que prácticamente no había nadie en la calle.
Recordando a la niña, se preguntó qué la habría perturbado de esa manera y se levantó del banco. Caminó hasta los columpios, e inmediatamente buscó con la vista cualquier cosa anormal en la arena.
- ¿Me buscabas, humano? – una voz sibilante lo sobresaltó. Miró a su izquierda, y notó una pequeña serpiente verde, de no más de treinta centímetros de longitud, que reptaba hacia él. La serpiente abrió la boca, enseñando sus pequeños colmillos.
- No quiero hacerte daño – rápidamente dijo Harry. La serpiente se detuvo, al parecer impresionada.
- ¿Hablas nuestro idioma, humano?
-Si – Harry se sentía algo incómodo. No había usado su ‘habilidad’ desde su segundo año, y prefería no repetir la experiencia. Le recordaba a Voldemort.
- ¿Tienes nombre? – le preguntó la serpiente, sacando su lengua bífida para olerlo.
- Ehrm… Harry. ¿Tú?
El animal negó con la cabeza.
- ¿Quieres darme uno?
Harry se pasó una mano por el cabello, sin saber qué hacer.
- Si… no hay problema –de pronto, frunció el ceño-. Disculpa… pero, ¿eres hembra o macho?
- Hembra.
- ¿Qué te parece…Sophie? –preguntó patéticamente. No era muy bueno a la hora de dar nombres, y sólo se le ocurrió el de la niña que la serpiente había asustado.
- Sophie… me gusta –dijo la serpiente, y se deslizó hasta él, para comenzar a enroscarse en su pierna.
- ¡Oye, qué haces! – Harry cayó al suelo, y se arremangó rápidamente el pantalón para tomar a la serpiente.
- No creo que pueda seguirte el paso con las piernas largas que tienes, humano. Déjame enroscarme alrededor de tu brazo.
- P-pero… no te puedo llevar conmigo.
- ¿Por qué? Me acabas de dar un nombre, ¿no? Es lo que los amos hacen con sus mascotas.
Harry miró a Sophie, preocupado. ¿Qué iba a hacer con una serpiente? ¡No podía ser su mascota!
- Yo no soy tu amo… no puedo llevarte conmigo, lo siento. Ya tengo una lechuza… y seguramente mis tíos no tardarán en matarte si te ven cerca de su casa.
- Puedo esconderme debajo de tus ropas, humano – dijo la serpiente-. ¿Por qué no quieres llevarme?
- Mira…- Harry suspiró-. No puedo, simplemente no. Lo lamento.
Sophie probó el aire con su lengua, acercándola a la piel del mago.
- Hueles a que algo te preocupa. ¿Qué es?
El adolescente miró alrededor del parque, comprobando que seguía vacío. Bajó los ojos, evitando mirar a la serpiente.
- Pues… hay un mago que quiere matarme. Cuando tenía un año, asesinó a mis padres, y luego intentó hacer lo mismo conmigo. Pero no pudo, y de alguna forma sobreviví a algo que era imposible… y él se convirtió en un espíritu. Al parecer, la maldición que usó hizo que algunas de sus habilidades pasaran a mí, y por eso es que puedo hablar con las serpientes. Cuando tenía doce años, descubrí que era algo que se consideraba “oscuro”… y que era una de las tantas similitudes que tengo con ese mago –alzó la vista para ver los ojos amarillos de la serpiente-. Él también tiene una mascota serpiente, y no quiero agrandar la lista. No quiero parecerme a él.
La serpiente hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
- No entiendo qué te preocupa, humano. Sus similitudes no los hacen iguales. Tú no mataste a tu familia, ¿no?
- No, pero…
- Son las diferencias las que cuentan, no las similitudes. Muchas serpientes tenemos veneno, pero algunas lo usan para matar por placer y otras para comer.
Harry asintió; después de todo, Sophie tenía razón. Un policía y un ladrón podrían tener la misma arma, pero la usaban por motivos distintos. Las habilidades en sí no lo convertían en Voldemort, sino cómo las usaba.
- ¿Me dejas ir contigo, entonces? –preguntó la serpiente.
- Está bien –Harry ofreció el brazo. Sophie se enroscó alrededor de su muñeca, descansando su cabeza sobre la piel caliente del mago. El Niño-Qué-Vivió decidió volver al número cuatro de Privet Drive ya que seguramente Dudley y Vernon ya se habrían ido.
Mientras caminaba, se preguntó qué pensarían sus amigos. Sophie parecía muy insistente en ser su mascota, y le dio un poco de pena dejarla sola. Pero sabía que Ron (y Ginny, tal vez) tratarían de deshacerse de ella en cuanto la vieran… seguramente su familia lo relacionaría con Voldemort, y desaprobaría el acto. Quizás los gemelos tratarían de pedirle veneno para sus productos, o encontrarían todo el asunto muy gracioso. Hermione, por su parte, podría pensar que todo era parte de un plan de Voldemort para asesinarlo… o no le tendría ningún problema que él tuviese una serpiente por mascota.
Y si el resto del mundo se enterara de que Harry Potter tenía una serpiente… su segundo año parecería amable seguramente, en comparación con cómo lo tratarían.
Suspiró, y ausentemente acarició la pequeña cabeza del reptil, que emitió un silbido de placer, mientras entraba a la casa.
Harry prestó poca atención a los gruñidos de su tío, mientras miraba por la ventana del auto.
- ¡… vergüenza debería darles, manejar así!
Malditos embotellamientos.
- ¿Cuándo llegamos?
Maldito Dudley.
- Ya falta poco, cariño. Tú, puedes mirar por donde quieras, pero si no estás en la tienda antes de que terminemos, nos iremos sin ti.
Maldita tía Petunia.
- A ver si le enseñan un poco de puntualidad, no como a los fenómenos como tú…
Maldito tío Vernon.
Una lechuza desprendió vuelo de una casa cercana.
Maldita incertidumbre.
- Cállense – Harry silbó en pársel, sin darse cuenta. Por un momento, agradeció que el auto estuviera parado debido al embotellamiento, pues Vernon se dio vuelta rápidamente, olvidando el volante. Tía Petunia, y Dudley lo miraban con algo de miedo.
- ¿Qué dijiste? – Harry podía ver la vena en la sien de Vernon comenzar a palpitar-. ¿Qué nos has echado? ¡Juro que si te atreves a usar uno de tus trucos…!
- Asústalos, Harry – murmuró la serpiente, y el mago estuvo seguro que solo él la escuchó. Con una sonrisa digna de un Slytherin, pensó que con esto al menos Dudley no lo molestaría más.
- Dije que se callaran.
- ¡Tú…! – Vernon parecía furioso, pero Harry lo interrumpió.
- Intenta hacer algo, tío, y seguiré. Me lo han enseñado el año pasado, sabes… -mintió rápidamente-. Es una forma de hacer magia sin varita.
- ¡No juegues con nosotros! – Chilló Petunia-. Sabemos que si haces magia fuera de esa escuela, te expulsarán.
- Ah, pero este es un tipo de magia avanzado… El Ministerio no puede detectarlo –viendo sus caras, supo que no le creían, pero se le ocurrió una idea-. ¿No me creen? Sophie, sal de mi manga en cuanto te lo diga, ¿está bien?
- ¿Qué quieres hacer? – susurró la serpiente.
- Un pequeño truco para que me dejen en paz.
- ¿Q-qué estás haciendo? – preguntó Dudley con miedo. Harry le sonrió de una forma poco amable, y sacó un hilo suelto del buzo que llevaba puesto.
- Transformar esto en una serpiente, obviamente – dijo como si le hablara a un niño de cinco años. Con una mano, tapó el hilo, y fingió concentrarse, mientras decía:- Sophie, sal ahora por detrás de mi mano.
La serpiente obedeció y comenzó a reptar por el brazo de su amo, escondida, hasta esconderse dentro de la palma del muchacho. Harry abrió la mano, y Petunia emitió un chillido, mientras que Dudley trataba de alejarse lo más que podía de su primo. Vernon parecía haber adoptado la misma idea.
- ¿No es linda? – Dijo Harry con una sonrisa.
- ¡Saca eso de aquí, fenómeno!
- También puedo ordenarle que los ataque, ¿sabes, tío? Pero no tenemos que llegar a esos extremos si me dejan en paz. Así que sigue manejando, que ahora tú estás causando el embotellamiento.
Con una última mirada que se debatía entre el odio y el temor, Vernon volvió su vista al volante, para encontrar que Harry tenía razón. Los autos a su alrededor tocaban bocina, y muchos conductores parecían muy molestos. Arrancaron rápidamente, mientras Petunia y Dudley le echaban miradas temerosas de tanto en tanto.
Cuando llegaron al centro comercial donde harían las compras, Harry se separó de sus parientes, y salió a recorrer las tiendas por sí solo.
- ¿Qué haces, Harry? –preguntó Sophie.
- Necesito comprarme ropa nueva.
La serpiente no contestó, y el chico sintió que apoyaba su cabeza contra su muñeca. Luego de ver algunas prendas que le gustaban, entró en una de las tiendas.
- ¿Qué se te ofrecía? – le preguntó amablemente una de las vendedoras.
- Ehrm, estaba buscando unos pantalones y camisas nuevos –la vendedora lo llevó al mostrador, y en unos minutos, Harry seleccionó la ropa que le gustaba. No tardó mucho más en terminar con la compra, y salió de la tienda con cuatro bolsas repletas de ropa.
- Harry –llamó su serpiente cuando estaba a punto de empezar a buscar a sus tíos-. Hay alguien que nos sigue.
El mago se sobresaltó, y comenzó a buscar con la vista a posibles magos disfrazados, específicamente mortífagos.
- No seas tan obvio, búscalo con disimulo –le reprochó la serpiente.
Harry se abstuvo de contestarle, y siguió caminando, tratando de discernir a su perseguidor.
- ¿Puedes olerlo? –le susurró a su serpiente, mientras levantaba la mano como para rascarse la nariz.
- Si, al parecer se dejó de mover, y está enfrente de ti.
Harry miró a su alrededor, y finalmente pudo distinguir a una mujer de cabello ¿rosa? que sostenía un diario entre sus manos. Quizás a un muggle no le hubiese parecido para nada sospechoso, pero Harry podía ver claramente la varita escondida debajo del periódico, lista para usarla.
“Si realmente es un mortífago,” pensó, “no debe ser muy discreto entonces. ¿Quién usa el cabello rosa?”
Sin embargo, si era una mortífaga, no podía dejarla atacar en medio de un centro comercial lleno de muggles, por lo que comenzó a caminar hacia la salida. Vio por el rabillo de su ojo que la mujer se levantaba y lo seguía, aunque manteniendo una sana distancia entre ambos.
¿Adónde podría ir? Sabía que no podría usar magia, al menos no en un lugar tan concurrido como en aquella parte de Londres. Decidió entonces buscar algún callejón, donde al menos serían uno contra uno… un mago adolescente contra un mago adulto, dispuesto a matar.
Realmente estaba perdido, ¿qué haría?
Sintió el pánico hervir en su pecho. No tenía forma de contactar a sus amigos, o a Dumbledore… y no podría defender a nadie por sí solo. Recordando toda su valentía Gryffindor, se obligó a calmarse, y dobló en un callejón estrecho, dejando la marea de transeúntes por detrás.
- ¿Lo hueles, Sophie? – preguntó.
- Está a unos metros… acaba de entrar al callejón.
Notando que faltaba poco para que el pasaje terminase, su mente se sumió en una cuasi histeria. ¿Debería seguir caminando? ¿O enfrentarlo allí mismo? El sonido de sus pasos se perdía entre el murmullo apagado de las calles perpendiculares.
Levantó la vista, y una pequeña sonrisa floreció en su rostro. El metal rojo que brillaba al sol le hablaba de un bus que acababa de parar frente al callejón, y sin pensarlo dos veces, corrió hacia él.
Sintió unos pasos apresurados detrás de él, y aumentó la velocidad, mientras la sangre golpeaba contra sus oídos. Con un grito, se lanzó a la puerta (que se estaba cerrando) del bus… y llegó a tiempo, tropezándose con las cortas escaleras y cayendo a un lado del conductor, que al igual que los pocos pasajeros, lo miraba sorprendido.
- ¿E-estás bien, hijo? – le preguntó, poniendo en marcha el vehículo.
- S-si…-Harry se dio vuelta y vio a la mujer de cabello rosa volver a entrar al callejón.
- ¿Sucedió algo? Pues saliste de la nada, de ese pasaje oscuro…
- Alguien me seguía –respondió rápidamente-. ¿Cuánto es?
- Una libra y media –el conductor dijo automáticamente-. No sé por qué no se encargan de vigilar esos callejones. En el último mes, casi asesinan a una joven que pasaba por allí.
Harry asintió sin prestarle mucha atención. Luego de pagar su boleto, se sentó con desgano en uno de los asientos, abrazando fuertemente las mullidas bolsas con su nueva ropa. Dejó escapar un respiro de alivio, y se secó el sudor de la frente.
- Estuvo cerca.
- Podría haberte atacado si quisiera –dijo Sophie-. Podría haber hecho que todo este vehículo explotara.
El muchacho asintió, sorprendido. No lo había pensado. No tenía duda que si se hubiese encontrado con Voldemort, el mago no hubiese dudado en hacer volar el bus por los aires… matándolo no sólo a él sino también a toda la gente.
Debería tener más cuidado la próxima vez.
- ¿Dónde te bajas, chico? – preguntó el conductor, mirándolo a través del espejo retrovisor. Habían pasado unos quince minutos, y Harry se encontró con el pequeño dilema de no saber dónde demonios estaba.
- Ehrm… ¿aquí? – dijo, mirando de reojo el cartel de una calle. El bus se detuvo, y Harry descendió, agradeciéndole al conductor.
- Genial, ahora no sé dónde estoy…- murmuró, frunciendo el ceño. El cartel frente a él rezaba Grimmauld Place, y detrás de él se podía ver una pequeña plaza, rodeada de edificios un tanto destartalados.
Si la memoria no le fallaba (y luego de tantos accidentes mágicos no le extrañaría), aquella era la zona norte de Londres. Harry recordaba haber recorrido la ciudad cuando era más pequeño, y toda su clase había organizado una salida alrededor de la capital. Los edificios de aquella parte eran un tanto viejos, y obviamente no pertenecían al mismo nivel de las casa de Surrey, que se encontraba al sur.
¿Qué haría entonces? ¿Cómo llegar a alguna estación que lo dejara del otro lado de la ciudad? Decidió buscar a alguien para preguntarle, cuando sintió unas voces animadas del otro lado de la calle.
Con una sonrisa, pensó en acercarse, cuando algo llamó su atención. Ese cabello rojo, ese cabello castaño…
¡Eran Ron y Hermione!
Por un instante, sintió un gran alivio al verlos completamente bien, pero no tardó en sentir una punzada atacando su estómago. ¿Qué hacían ambos juntos, riendo y hablando así? ¿Qué hacían en ese lugar, Grimmauld Place, en vez de la Madriguera? ¿Por qué no lo habían invitado?
Pero las sorpresas no se acabaron, porque al instante Sirius apareció de la nada (o al menos, desde su posición, unos árboles molestos le tapaban la vista) y con una gran sonrisa les dijo algo en voz baja, mientras tomaba a Ron de los hombros. Luego de unos momentos, la cháchara se había detenido, y los tres se habían ido.
Suprimiendo su deseo de cruzar la calle y comenzar a golpear todas las puertas hasta encontrarlos y hacer uso de sus cuatro años de educación mágica, Harry se dio media vuelta y abandonó la calle, caminando en busca de alguna más concurrida.
- Harry, supongo que conocías a esos magos –la serpiente le susurró. Apenas se había dado cuenta de su movimiento, pues ahora descansaba debajo del collar de la camisa que llevaba puesta.
- Si, los dos de mi edad eran Hermione y Ron. El más grande es mi padrino, Sirius –dijo entre dientes.
- ¿Por qué no los saludaste? Ayer me dijiste que los extrañabas.
Harry estaba seguro que si no se tomaba un tiempo para responder, ofendería a la serpiente con sus palabras.
- Hueles a ira.
- ¡Estoy enojado! Todo el verano con los malditos Dursleys, sin saber de ellos, ¡y ahora los encuentro a los tres felices, disfrutando como si yo no existiera! ¿Y qué hacen aquí en Londres? ¿Por qué no están en La Madriguera? ¡Yo fui el que vio regresar a Voldemort, les traje la noticia de su maldito ritual, y ahora me dejan de lado!
Sintió la pequeña lengua de la serpiente acariciar su cuello de manera reconfortante, y trató de calmarse. Ir por la calle luciendo como el demonio, y hablando en silbidos seguramente no resolvería nada, además de hacerle ganar un par de miradas extrañas.
- Ahora preocúpate por tu problema más urgente. Consigue la forma de llegar a la casa de tus tíos, y luego resuelve el resto.
El muchacho asintió. En unos minutos, pudo encontrar una calle bastante transitada, y entró en uno de los negocios para pedir direcciones. Una hora y media más tarde, finalmente había llegado a la casa de sus tíos.
- ¡¿Dónde has estado?! –se escuchó el chillido de su tía Petunia. Escuchó el silbido molesto de Sophie, y no pudo evitar dejar escapar el suyo propio.
- Un mortífago me perseguía, y tuve que perderlo –respondió, con una voz que indicaba que no era el mejor momento para tener una conversación con él.
- ¡Shhh! –la mujer se escandalizó, y echó una mirada furtiva a la ventana-. ¡Los vecinos escucharán!
Harry le echó una mirada que mostraba lo mucho que le importaba.
-De todas formas, ¿qué son esos mortífagos? – Entonces pareció notar las bolsas que Harry llevaba en su mano-. ¿Y de dónde sacaste eso? No los habrás robado, ¿no? Por que si…
- Son los seguidores de Lord Voldemort –respondió con voz cansina el muchacho-. Y estas las compré con el dinero que me dejaron mis padres para pagar mis estudios.
Sin esperar respuesta, caminó hasta las escaleras, haciendo caso omiso de su tía. Sintió la voz sibilante de Sophie en cuanto abrió la puerta de su habitación, y vio a la serpiente reptar hasta su cama. Harry la acompañó.
Dejando su varita junto a la cama, sobre la mesa de luz, se acurrucó junto a su nueva mascota, y echó una mirada a la jaula vacía de Hedwig. La blanca lechuza había salido de caza dos noches antes y todavía no había regresado.
Recordando a su primera amiga, Harry se preguntó si se ofendería por Sophie. Probablemente se sentiría algo celosa, pero tal vez con el tiempo se llevarían bien… lo último que necesitaba era una constante lucha entre sus mascotas. Decidió que lo mejor sería mimarla lo más posible antes de darle la nueva noticia, y cambió el agua y limpió la jaula de su lechuza, usando viejos pergaminos de pequeñas notas de sus amigos.
Amigos. Ron y Hermione. Grimmauld Place.
La jaula se resbaló de sus dedos, y calló con un sonoro clang al suelo.
- Demonios…
- ¿Sucede algo? – Preguntó Sophie, quien había mirado desinteresada todo el mantenimiento de la jaula de su compañera. Harry suspiró, y dejó el objeto sobre el escritorio, apoyándose en él.
- Ya resolví el problema uno. ¿Qué hago con Ron y Hermione? ¡No puedo creer que me hayan hecho eso! No me han respondido mis cartas, y al parecer me esconden cosas. ¡Y Sirius! ¡El tampoco me ha respondido mis cartas! ¡Míralo, supuestamente tan preocupado por su ahijado, que la pasa tan bien con los amigos de este!
- Quizás alguien le dijo que no lo hicieran…
- ¡Dumbledore! – Harry explotó-. ¡Seguramente él lo hizo! ¡¿Por qué me tienen que ocultar todo lo que pasa?! Porque sé que seguramente hay algo detrás de esto, ¡yo fui el que les avisó de la vuelta de Voldemort y así me lo pagan! Encerremos al pobre Harry, que seguramente estará seguro…
Se dejó caer al suelo, mirando enojado el techo.
- ¿No se dan cuenta que no soy una muñeca de porcelana? Me encierran aquí, me separan del mundo mágico… ¡hay un psicótico que me quiere matar, por Merlín! ¿No debería ser yo el más informado?
Harry sintió el paso de Sophie por el suelo de su habitación, y pronto la serpiente estaba junto a él.
- Sabes, los humanos son más complicados que las serpientes. Pero hay algo en lo que nos parecemos; hacemos lo que debemos para sobrevivir. Si tienes que matar a tu macho para que tus crías sobrevivan, lo haces. Si tienes que mentir a otra serpiente para asegurar tu presa, lo haces. Piensa, Harry…
- ¿Crees que Dumbledore me encierra por su conveniencia?
- No conozco al tal Dumbledore del que hablas – respondió Sophie, moviendo la cabeza lentamente-, pero si hay alguien impidiendo que recibas noticias del mundo mágico, o que tus amigos te escriban, entonces es porque en algo le debe favorecer.
- ¡Lo hace por mi protección! Dumbledore nunca me usaría –dijo Harry, ligeramente enojado. ¡Era prácticamente su mentor! Jamás le fallaría de esa forma, ¿no?
- Tú has dicho que eres una muñeca de porcelana, sea lo que eso sea. ¿No son esos monstruos que las niñas usan para jugar?
- ¿Una muñeca de porcelana? – Harry frunció el ceño-. ¿Dices que Dumbledore me protege porque le sirvo de algo…?
Sophie emitió algo que el muchacho interpretó como la versión reptil de un suspiro.
- Veo que la hembra chillona no te ha enseñado nada. Todos quieren algo, y al final, hacen todo lo que puedan para conseguirlo. No sé como serán los humanos con su código de honor, pero creo que siguen siendo iguales que nosotros, hacen lo que sea para obtener lo que quieren.
Harry contempló la idea por un momento. Sophie tenía razón, al menos parcialmente, pues el muchacho no creía que toda la gente usara a otra sin compasión. ¿Dónde estaba el amor, sino? Un novio no mataría a su prometida por un ascenso, o una madre a su hijo por ser competencia. Pero tampoco significaba que el asesinato fuese la única salida… siempre podría haber otros medios: despidos, burlas, humillaciones. Más o menos sutiles, pero presentes al fin y al cabo.
¿Pero sería el caso con Dumbledore? No, esa no era la pregunta correcta. ¿Qué ganaría Dumbledore con su encierro en Privet Drive? Harry estaría seguro, y sin noticias. Supuestamente era por si las lechuzas eran interceptadas o seguidas (con lo que él estaba de acuerdo), pero a la vez, Harry no se enteraría de los eventos más allá de lo que Ron o Hermione supiesen (si es que los veía antes de empezar el año escolar), que a su vez estaría controlado por los padres del pelirrojo, que tenían conexión directa con Dumbledore. Entonces el director podría controlar las noticias que leyera…
No, no. Dumbledore no querría controlarlo. ¡Era casi un abuelo para él!
¿Pero qué sabes realmente de él?
Harry odiaba aquella vocecita. Maldita conciencia. Y siempre tenía razón. ¿Qué sabía él del afable anciano? Ahora que se daba cuenta, absolutamente nada más allá de sus encuentros personales, y que por su brevedad, mucho podría ocultar. ¿Qué tal si el hombre no era como todo el mundo lo pintaba? Pero Harry no podía dudar, porque no sabía nada acerca de él.
Hizo una nota mental de buscar libros acerca de Albus Dumbledore en cuanto pudiese visitar Diagon Alley.
Su enojo se había esfumado lentamente, y ahora reinaba la incertidumbre, junto a una extraña calma. Se sintió vagamente feliz, principalmente porque era extraño para él pensar tanto las situaciones. Generalmente actuaba antes de pensar, como buen Gryffindor que era, y los resultados podían llegar a ser un tanto desastrosos. Quizás un poco de aquella lógica fría no le vendría mal en el futuro.
- Veo que te has quedado pensando.
- Si, Sophie. Suelo ser muy impulsivo a veces, esto es nuevo para mí.
Una serie de silbidos extraños le indicó a Harry que su serpiente se estaba riendo.
- Me alegra ser de utilidad.
El adolescente le sonrió, y se levantó. Tomó la jaula olvidada de su lechuza, y terminó de limpiarla. El rostro de Sirius, sonriente, apareció de pronto en su mente.
- ¿Sentiste más magos mientras estábamos en Grimmauld Place?
- ¿Te refieres al lugar donde estaban tus amigos? No, pero había un olor muy concentrado de magia en el lugar… sin embargo, era muy confuso. No pude ubicarlo.
- ¿No? –Harry supuso que la concentración se debería a que era un lugar mágico, como La Madriguera-. Quizás estaba escondido.
- Y bajo un encantamiento muy poderoso… mira que confundirme así…
Harry sonrió, y de pronto recordó algo. ¿Qué hacían Sirius, Ron y Hermione en el mismo lugar? Si no estaban en el hogar del pelirrojo… ¿quizás habían sido atacados y se mudaron a un lugar más seguro? Pero no tendrían el dinero suficiente… a menos que Dumbledore les ofreciera una casa. ¿De algún conocido, quizás? Harry dudaba que así fuese, pues Sirius estaba con ellos. Seguramente no les gustaría esconder a un fugitivo de Azkaban en su hogar, quien quiera que fuese, hombre inocente o no. O quizás, quizás sería el hogar de Sirius. Seguramente debía tener alguna propiedad antes su arresto.
Y si había algo que lo protegía… tal vez no estaba destinado a mantener alejado al Ministerio, sino a Voldemort. ¿Entonces los Weasleys si habían sido atacados? Harry sintió el corazón caérsele a los pies.
Trató de dejar sus pensamientos de lado, mientras esperaba que Hedwig volviese. Seguramente le hubieran avisado si algo así hubiese ocurrido… ¿no?
Acurrucándose en su cama junto a Sophie, trató de borrar cualquier pensamiento de su mente por un momento y relajarse…
- ¡Despierta, humano, despierta! ¡Harry!
Una voz lo llamaba entre la oscuridad. Harry se revolvió en su sueño, estaba tan cómodo, tan calentito…
- ¡Vamos! –la voz le apremiaba-. ¡Hay creaturas…!
Sintió un mordisco en su brazo, suave pero firme, y sus ojos se abrieron inmediatamente, buscando el origen de la amenaza. Notó que ya había oscurecido. La luz de las farolas de la calle no alcanzaba para distinguir las figuras de sus sombras. Palpó a sus lados, y rápidamente se colocó los anteojos de montura redonda, para luego apresurarse a prender la luz que estaba a su lado. La pequeña figura verde de Sophie se movía inquieta junto a su brazo. Dos pequeñas incisiones rojas contrastaban contra su pálida piel.
- ¿Qué…? –silbó, pero su serpiente golpeó los dedos que limpiaban la sangre con su cola.
- Ahora no hay tiempo, no te envenené. Puedo oler dos criaturas oscuras muy cerca de aquí.
Harry reaccionó, y tomó la varita que se encontraba apoyada sobre la mesita de luz.
- ¿Sabes que son?
- No, nunca antes los había visto. Pero huelen a miedo.
“¿Miedo?” pensó Harry, “dementores.”
- ¿Dónde están?
- Afuera de la casa. Pero no se han movido; creo que no pueden pasar.
Seguramente eran los famosos encantamientos basados en la sangre de su madre los que lo estaban protegiendo a él y a su familia. Echó una mirada a la jaula vacía de Hedwig, para dejar escapar un juramento. Si tan sólo estuviera allí, seguramente podría avisar a alguien de la presencia de las terribles creaturas en su casa.
Estaba a punto de bajar las escaleras, cuando escuchó gritos en la calle. Saltó hasta la ventana, y la abrió desesperadamente. Afuera había dos dementores, que rápidamente estaban siendo perseguidos por dos animales plateados que brillaban con luz propia. Los Patronus los ahuyentaron en cuestión de minutos, y Harry buscó con la mirada a los magos que los habían invocado. El cabello fucsia de la mujer que lo había estado siguiendo inmediatamente llamó su atención, y antes de alarmarse, miró a su compañero.
- ¿Lupin? –suspiró.
Entonces aquella mujer no era un mortífago. ¿Por qué lo seguía, entonces? ¿Era parte de la seguridad de Dumbledore?
Más bien jaula, escuchó decir a su conciencia.
Ignoró la molesta voz, y salió a las estampidas de su habitación apenas consciente de Sophie, quien colgaba de su brazo escondida por la ancha manga de la vieja camisa.
En cuestión de minutos estaba frente a la puerta de calle, y pudo sentir por un instante los gruñidos de su tío que parecía que acababa de despertar, junto con las quejas de su tía. Los ronquidos de su primo seguían imperturbables.
- ¿Lupin? –llamó una vez que estuvo afuera. El licántropo se dio vuelta inmediatamente, y le gritó:
- ¡Quédate dentro del perímetro de la casa, Harry! ¡No vayas más allá de la valla!
Harry obedeció. La mujer parecía estar buscando algo con su varita, y tras lanzar un sonoro suspiro, se acercó a su ex profesor.
- Se han ido –Harry le escuchó decir-. ¿Crees que sea el Innombrable?
- No lo sé, Tonks. Ya sabes lo que Kingsley dijo la última vez; los dementores parecen no dar señales de revuelta. Al parecer siguen bajo el control del ministerio.
- Pero ya sabes cómo es, podría intentar usar uno o dos…
Lupin se pasó una mano por el cabello.
- Es lo más lógico. Pero ahora será mejor que dejemos las teorías para más tarde. ¿Confío que ya le habrás mandado un mensaje a Dumbledore?
- Si, me ha dicho que lo llevemos hoy. Esta vez tuvo suerte, sabes que suele dar paseos a esta hora…
Harry se sintió ofendido; ¿acaso lo vigilaban? ¿Era mucho pedir un poco de libertad?
- Disculpen, pero ¿qué hacían esos dementores aquí? – preguntó, decidiendo cortar con aquella conversación de él en tercera persona.
La mujer de cabello fucsia le sonrió.
- Disculpa, Harry. Sé lo molesto que puede ser que hablen de ti como si no estuvieras – “Entonces, ¿por qué lo haces?”-. Seguramente los han enviado a atacarte, aunque por suerte los encantamientos que hay sobre la casa lo impidieron.
- ¿Voldemort? –ambos adultos no pudieron reprimir un escalofrío.
- No estamos seguros, pero es lo más lógico –contestó Lupin.
Harry asintió. Al instante, recordó algo.
- ¿Quieren algo de chocolate? Merlín sabe que es lo único que hay en la alacena.
El licántropo sonrió con desgano, y asintió. Mientras Harry los conducía al interior de la casa, la mujer de cabello fucsia se presentó.
- No te he dicho mi nombre. Me llamo Nymphadora Tonks, aunque prefiero que me llamen por mi apellido –sonrió-. No sé qué pensaba mi madre cuando me nombró así.
- Harry Potter –el muchacho devolvió la sonrisa.
- ¡¿Quiénes son esas personas, chico?! – la voz de un irritado Vernon Dursley en pijama los recibió en la cocina. Harry suspiró, y caminó hacia la alacena, ignorándolo por el momento.
- Mi nombre es Remus Lupin y ella es Nymphadora Tonks. Ambos estábamos vigilando el lugar cuando dos dementores –al ver la expresión del muggle, Remus explicó-, son creaturas oscuras que pueden absorber el alma y hacer experimentar a una persona todos sus malos recuerdos. Como estaba diciendo, aparecieron dos dementores, y trataron de atacar su casa, pero llegamos a tiempo para espantarlos.
Harry notó que la cara de su tío lucía un color peligrosamente morado, seguramente producto de su mayor esfuerzo por no explotar delante de magos adultos de la misma forma que lo hacía delante de su sobrino cada vez que se tocaba el tema magia.
- ¿Quiere decirme… -dijo con esfuerzo-, que unos dementotes, o como sea que se llamen, casi atacan mi familia por culpa de este… fenómeno?
Tanto Tonks como Lupin parecían ofendidos, por lo que Harry aprovechó para darles dos barras de chocolate que estaban escondidas dentro de la alacena. Ambos magos no tardaron en comenzar a comerlo, masticando con un poco más de fuerza que la que un médico recomendaría.
- Sí, tío, ahórrate el melodrama.
- ¡TÚ NO TE QUEDAS NI UN MINUTO MÁS EN ESTA CASA!- bramó el hombre, parándose súbitamente y derribando la silla-. ¡PRIMERO TE PRESIGUEN Y AHORA CASI NOS MATAN POR TU CULPA!
- Si Harry llegara a irse –respondió Lupin en forma calma-, entonces estarían en mayor peligro que antes porque los encantamientos que los protegen se destruirían, dejándolos vulnerables.
Mientras la información era procesada en el cerebro del hombre, Harry se sentó junto a los magos. Un minuto más tarde, Vernon parecía haber perdido todo rastro de su feo color morado, y respiraba con normalidad.
- ¿Piensan llevárselo, entonces? – Dijo, mirándolo con resentimiento-. Por el resto del verano, ¿no?
-Si –Tonks respondió con brusquedad. Ignoró la mirada que Vernon le dirigía, y sonrió a Harry-. No pensábamos que Quien-Tú-Sabes iba a hacer una movida tan pronto. Probablemente esté planeando algo grande, por lo que Dumbledore nos ha dado autorización para llevarte con nosotros.
Harry pensó en preguntar si iban a Grimmauld Place, pero se abstuvo. De alguna forma, lo consideraba innecesario. Harían muchas preguntas, y él todavía estaba demasiado resentido por su falta de libertad (y participación) como para contestarlas sin animosidad.
- Será mejor que subas a empacar. Nosotros te esperaremos aquí –Lupin le indicó.
El muchacho asintió, y subió las escaleras.
- ¿Conocías a esos magos, Harry? El macho huele a hombre lobo, y la hembra era la misma que nos persiguió por la tarde –siseó Sophie en cuanto Harry comenzó a guardar su nuevo vestuario en el baúl. Seleccionó las viejas prendas, y las dejó hechas un ovillo en una parte del armario. Se preguntó si las necesitaría alguna vez, y decidió que lo mejor era guardarlas por si las dudas.
-Si. El hombre lobo era amigo de mis padres. La mujer se llama Tonks, aunque no la conozco.
- Tonks huele extraño.
- ¿A qué te refieres?
Harry frunció el ceño, pero en ese momento entró la hechicera, y Sophie se escondió rápidamente debajo de la manga de su camisa.
- ¿Quieres que te ayude? Es mucho más fácil hacerlo con magia… aunque los hechizos domésticos no sean lo mío – se rió, y Harry sonrió.
- Si no te importa – terminó de doblar la última camisa e hizo un gesto para señalar los libros y pergaminos desparramados por la mesa. Tonks apuntó con la varita el desorden, y con un susurro los objetos volaron hacia el baúl abierto, aunque depositándose en él de forma desprolija.
- Te lo dije.
- No hay problema –Harry se agachó, y buscó el tablón suelto bajo el que escondía algunos libros y plumas-. Tú eras la que me seguía, ¿verdad? –La miró-. Hoy por la tarde –aclaró.
La mujer sonrió, un gesto de culpabilidad mostrándose en su rostro.
- Si. Creo que te has dado cuenta que te hemos estado vigilando todo el verano –Harry no se molestó en corregirla, después de todo las palabras de la joven instantes después de ahuyentar al dementor le habían dado la pista-. Me avisaron un poco tarde de tu inesperada salida, y no tuve tiempo de prepararme muy bien –sonrió, culpable-. Pensaste que era un Mortífago, ¿verdad?
- Uno muy poco disimulado –bromeó, echando una mirada al brillante cabello de la mujer.
Tonks sonrió, esta vez con algo de picardía, y su cabello se volvió de un color negro muy parecido al de Harry. El muchacho la miró por un instante, completamente impactado.
- Si, en el apuro de vigilarte y luego seguirte me olvidé de usar algo más discreto.
- ¿C-cómo hiciste eso? ¿Qué hechizo es? – Harry pensó en los beneficios que encantamientos de ese tipo podría acarrearle. No tendría que preocuparse de que la gente lo reconociera por su cicatriz.
- No es ningún hechizo –le guiñó un ojo-. Soy una metamorfómaga. Significa que puedo cambiar mi apariencia a voluntad.
- ¿Se aprende?
- No, al menos no sé de ninguno que lo haya podido hacer. Es una habilidad con la que se nace.
El rostro esperanzado de Harry gradualmente se fue entristeciendo, y Tonks entendió el por qué.
- Querrías ocultar tu cicatriz, ¿verdad? –el muchacho asintió-. Sabes, no estoy segura si funcionarían, considerando que es una marca de maleficio y todo eso, pero creo que podrías intentar con unos hechizos de glamour.
- ¿Eh? – exclamó, confundido-. ¿Qué son?
- Te permiten crear una ilusión, cambiando de apariencia. Son útiles, pero sólo los puedes usar por cierto tiempo determinado antes de cansarte, y tienen algunos límites.
Harry asintió, y se maravilló internamente del infinito repertorio de utilidades que la magia parecía poseer. Si tan sólo los pudiese conocer todos…
Nadie te lo impide.
Gracias, conciencia. ¿Él, compañero de Hermione en la biblioteca? No tenía mucha paciencia para los libros, y encontraba una cierta dificultad en concentrarse por más de una hora en cualquier texto. Prefería aprender por la práctica.
“Podría pedirle a Hermione que me enseñe algunos hechizos. O que me recomiende algún libro que yo pueda leer.”
Recordó los entrenamientos que hizo para la tercera prueba del Torneo de los Tres Magos, y pensó que si le sacaba el estrés que la expectación por la prueba le había generado, podía decir que la había pasado bien en aquellas pequeñas clases. Muy bien, de hecho.
- ¿Falta algo? –preguntó Tonks, mientras cerraba el baúl. Harry negó con la cabeza.
- Nada. ¿Vamos?
La joven asintió y con un par de movimientos de su varita, el baúl no pesaba más que una pluma, y cabía en el bolsillo delantero de los viejos jeans de Dudley.
Siguió a Tonks cerrando la puerta tras sí, y notó que en la cocina había algunas voces que no reconocía. Al bajar la escalera, se enfrentó con tres personas más de las que había dejado, y al parecer su incertidumbre se expresó en su rostro, pues Lupin rápidamente los presentó:
- Harry, ellos son el resto de tu escolta. Él es Kingsley Shackelbolt – señaló a un hombre de piel oscura y aspecto rudo, pero mirada afable-; ella es Hestia Jones –una mujer gordita saltó con un pequeño chillido de emoción, y lo saludó con la mano emocionadamente-; y estoy seguro que conoces a Alastor.
El ex Auror, tan cubierto de cicatrices como la última vez que lo había visto (o al menos a su impostor) dejó escapar un gruñido. Harry notó que lucía muchísimo más saludable, y su ojo mágico no dejaba de parar. Echando una mirada alrededor, también se sorprendió al ver a su tía Petunia junto a Dudley en la sala de estar, la mujer sosteniendo a su hijo mientras miraba la cocina con cara de pocos amigos. Vernon por su parte parecía haber razonado que estaba en presencia de magos adultos, de los cuales más de uno había estado en batallas peores que la de un embotellamiento, y se mantenía seguramente alejado en un rincón, esperando impaciente la hora en que todos se fueran.
- No tenemos toda la noche, muchacho –la voz gruñona de Moody lo sobresaltó-. ¿Tienes todas tus cosas? –Harry asintió-. Bien, entonces vayamos.
- ¿Cómo iremos? –Recordó que se suponía que no sabía a dónde iban y agregó apresuradamente-. ¿Adónde iremos?
- No te lo podemos decir aquí, Harry –respondió Lupin-. Es… inseguro. Pero ya verás. Y en cuanto a cómo iremos… confío que todavía tienes tu Saeta.
El muchacho asintió, dejando que una gran sonrisa se expandiera por sus labios. ¡Iba a volar!
- La tomé antes de encoger el baúl –Tonks le pasó la escoba, que lucía tan perfecta como la Navidad en la que Sirius se la había regalado. Harry le dio las gracias, y siguió a los adultos hacia el jardín. El licántropo se giró hacia él.
- ¿No quieres despedirte de tus tíos?
Una expresión más propia de Severus Snape que de él se apropió de su rostro.
- Hay mujeres presentes –dijo, mirando a Tonks y luego a Hestia. La primera dejó escapar una risita ahogada, mientras que la segunda (junto a Kingsley) lo miró con confusión. Su ex profesor sonrió ligeramente y se encogió de hombros.
- Entonces vamos. Pero primero, debemos Desilusionarte – Lupin sacó su varita, y tocó con un golpecito la coronilla del mago menor-. Sentirás una sensación desagradable, pero no durará mucho.
Y sin duda, Harry sintió con un escalofrío como si se rompiera un huevo sobre su cabeza, y la fría clara recorriera todo su cuerpo. En un instante, la sensación había desaparecido, y alzó su mano para ver los efectos de la supuesta Desilusión.
- ¡Soy invisible! –exclamó.
- Más o menos – Lupin aclaró-. El término correcto sería “camuflado”. No serviría en pleno día, pero es suficiente para volar por los cielos sin ser detectado.
- Bien, bien, basta de cháchara –Moody los regañó-. El plan es así, muchacho: en todo momento volaremos rodeándote, en caso de que alguien llegara a atacar. Si es así, y uno de nosotros cae herido, los demás seguirán adelante. Nada de actos heroicos, o patrañas por el estilo ¿entendido?
Tonks puso los ojos en blanco.
- Vamos, como si supieran que Harry vive aquí.
- ¡Vigilancia permanente! ¡Podrían estar observando todos nuestros movimientos! – Rugió Moody-. Nunca hay que subestimar a un Mortífago.
Harry no pudo evitar darle la razón (al menos en la última parte), y se montó en la escoba. Los demás siguieron su ejemplo, y despegaron. El aire frío de la noche hacía cosquillas en su cuello, y pronto sintió sus dedos entumecerse. Apenas llevaba una camiseta encima, y aunque no volaban a una gran altura, la temperatura en los cielos era muy inferior a la de la tierra.
Harry observó con fascinación las luces de la ciudad de Londres en la noche, y apenas registró el silbido disgustado de Sophie.
- ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Hace mucho frío, detente! – sintió el cuerpo de la serpiente cerrarse con más fuerza sobre su brazo, y podría haberse reído si no fuera porque le estaba cortando la circulación. Fingiendo que le dolía la mano, se llevó el brazo al pecho, manteniendo a la serpiente escondida cerca de su piel. Supuso que allí encontraría más calor.
- Lo siento, Sophie. Ya llegamos – siguió dirigiendo la escoba con una mano, ignorando las miradas preocupadas de algunos de sus acompañantes.
Diez minutos más tarde, la tortura se había acabado tanto para él como para su serpiente. Habían descendido en el mismo parque que Harry había visitado por la mañana, y tras terminar el encantamiento de Desilusión, se acercaron a una casa en particular. O dos.
El número 11 y el 13 brillaban débilmente a la luz de las farolas, y ninguno de los dos parecía ser la guarida de un grupo de magos.
“Debe estar mágicamente escondido” pensó Harry. “Quizás por eso no hay número 12.”
Lupin se giró hacia él, y el muchacho notó que tenía un papel en la mano.
- Lee esto, y procura recordarlo.
Harry tomó el pergamino, y distraídamente reconoció la letra como la de Dumbledore. Decía:
“Los cuarteles generales de la Orden del Fénix pueden encontrarse en el número 12 de Grimmauld Place.”
- ¡Harry! –un par de voces gritaron al mismo tiempo, y el muchacho de ojos verdes se encontró atrapado en un gran abrazo.
- Hermione, Ron, qué alegría verlos –dijo con una gran sonrisa en el rostro. Todo rastro de resentimiento producto del encuentro de aquella tarde había desaparecido, pues Harry estaba convencido que Dumbledore era el que estaba detrás de aquello. Sus amigos, por más de que pidieran y pidieran (y Harry estaba seguro de que lo hicieron) no podían hacer mucho por él.
- ¡Recibimos tus cartas, pero no podíamos contestarte! – Hermione dijo, su rostro afectado por su preocupación-. Dumbledore dijo que no era seguro, aunque fuera por una sola vez.
- Hedwig está aquí, por cierto. Al parecer notó que no contestábamos y volvió para molestarnos hasta que te escribiéramos –Ron sonrió y le mostró sus manos, llena de picotazos enrojecidos.
- Lo siento –dijo Harry-. Aunque creo que si estuviera en el lugar de ella, haría lo mismo –los tres rieron.
- No estás enojado, ¿verdad? –Preguntó Hermione-. Creo que si hubiera estado en tu lugar, me sentiría bastante mal.
Harry dudó un momento acerca de si debía contarles o no acerca de sus dudas respecto a Dumbledore. Decidió no decirles nada hasta conseguir algo de información acerca del hombre, pues por ahora sus ideas se basaban en especulaciones, nada firme. Quizás luego de conseguir algo de información acerca de él, podría sentarse con sus amigos a discutir el tema. Juntos sabrían qué hacer.
- No, supuse que no me escribían porque Dumbledore se los había pedido por mi seguridad. Está bien, en serio –los rostros de sus dos amigos se relajaron visiblemente.
- Estuve buscando acerca de lo que me pediste, Harry –dijo Hermione, apuntando a algunos libros que reposaban sobre su nueva cama-. Sirius me ayudó, al parecer había bastante en la biblioteca de su familia.
- ¿La biblioteca de su familia? –Preguntó mientras miraba los títulos, que rezaban “Legilimancia y Oclumancia, las artes de la mente”; “Sepa todo acerca de su enemigo: Legilimancia avanzada para expertos” y “Sueños y magia”-. ¿Esta casa es de Sirius?
- Si, pero al parecer no le hace mucha gracia estar aquí –respondió Ron-. No quise preguntarle, ya sabes…
Harry asintió. Explicaba perfectamente por qué Sirius estaba allí. Al parecer había ofrecido la casa para ser usada como cuartel general, y seguramente los Weasleys estarían allí para mantenerla (lo más probable dado el comportamiento de Ron) más que para esconderse de algún ataque.
- De todas formas, ¿qué es esta Legilimancia? –preguntó, ojeando el primer libro.
- Ah, es muy interesante –los ojos de Hermione brillaban con interés-. Al parecer es lo que los muggles llaman “leer la mente”, aunque no es lo mismo. Puedes captar las sensaciones y las memorias de una persona, y si sabes interpretarlas, saber qué están pensando.
- ¿Puedes manipular de alguna forma los pensamientos de otra persona o algo así? – preguntó Harry. Hermione entrecerró los ojos.
- ¿Es por Quién-Tú-Sabes, Harry? ¿Ha pasado algo? –preguntó.
- Bien…-el muchacho suspiró-. He tenido sueños raros últimamente, y pensé que quizás él me los estuviera mandando de alguna forma…
- ¿Lo dices por tu cicatriz? ¿Cómo los sueños que tenías el año pasado? – preguntó Ron, y su amigo asintió-. ¿Qué sueñas?
- Pues… un pasillo oscuro con una puerta. Cuando estoy a punto de llegar a ella, aparece una figura, y me toma de las muñecas. Entonces me dice “despierta”, y luego me suelo despertar.
Hermione lucía escéptica.
- No creo que el Innombrable esté detrás de esto, Harry. No puedes culparlo de todo –dijo suavemente.
- Me parece extraño que se repita el mismo sueño todas las noches… y tan sólo me preguntaba si existía la posibilidad…
- Puede ser –la bruja no parecía muy convencida-. Pero más vale prevenir que lamentar; si quieres te puedo ayudar con los libros.
- Bien, gracias Hermione. No sé que haría sin ti –dijo el muchacho con una sonrisa.
- ¡No puedo creerlo, Harry! –Ron lo miraba con una falsa mueca de horror-. ¡Me has abandonado por… estudiar!
- Cállate, Ron –Harry le lanzó una almohada-. Aunque quisiera no podría. Te has encargado de inyectar el Quidditch en mis venas, y Merlín sabe que consume todo mi tiempo…
Hermione dejó escapar un bufido que sonó sospechosamente como “¡hombres!”, y ambos amigos le sonrieron pícaramente. De pronto, la puerta de la habitación se abrió y dos cabezas pelirrojas idénticas entraron, con la misma sonrisa malévola en sus rostros.
- ¡Harry, querido!
- Teníamos la impresión de que…
-… hoy estarías un poco molesto.
- Hola, Fred, George –saludó el moreno a los gemelos.
- Estas entre familia, Harry.
- Llámanos Gred y Feorge.
Harry rió, mientras los hermanos sacaban un objeto de sus bolsillos.
- ¿Qué es eso? –preguntó, entrecerrando los ojos. Recordaba muy bien la broma que le habían jugado a su primo el año pasado, y no cometería el error de pensar que él no sería su nuevo conejillo de indias para sus productos.
- Orejas extensibles –contestó Fred.
- Puedes usarlas para espiar –agregó George.
- Asumo que no nos habrán estado espiando, ¿verdad? – preguntó Hermione, con un leve tono de irritación en su voz.
- No, estuvimos consiguiendo mejor información, ¿verdad George?
- Así es, Fred.
- Ustedes dos me asustan.
- Ah, pero querido hermanito…
- ¿No quieres saber qué está haciendo la Orden?
- ¿O qué pasó con los Dementores que atacaron Privet Drive?
Al parecer eso sirvió para captar el interés no sólo de Harry, sino de sus amigos, quienes lo miraron por un momento, antes de acribillarlo a preguntas.
- ¡Oh, lo siento, Harry! Nos habían dicho que te iban a traer antes, pero no supuse que sería algo así…
- ¿Realmente te enfrentaste a ellos? ¿Usaste tu Patronus?
El muchacho suspiró, y procedió a contarles todo lo sucedido en el día; desde su viaje a comprar ropa muggle con sus tíos hasta el momento en el que su escolta llegó a la casa de los Dursleys, obviando por supuesto a Sophie y a su paso por Grimmauld Place.
- ¡No debiste haber andado tú sólo por Londres! ¿Qué tal si realmente había Mortífagos persiguiéndote? –le regañó Hermione.
- Tuviste suerte, amigo –Ron simpatizó-. Imagínate si hubieras estado fuera de la casa…
- Lo que pasó, pasó –dijo Harry-. Además, todavía nadie me ha dicho nada acerca de la Orden del Fénix o qué se supone que hacen aquí.
- Ese es nuestro Harry…
-… siempre a por los peces más grandes.
- Aunque si tienes en cuenta a Quien-Tú-Sabes…
-…realmente no es de extrañar.
-Basta ustedes dos –Hermione les dedicó una mirada irritada.
- Si, madre –respondieron a coro. La hechicera puso los ojos en blancos mientras Ron emitió una risita ahogada.
- La Orden es una organización que Dumbledore creó para combatir a Quien-Tú-Sabes. Mucho más no sabemos porque no nos dejan ir a las reuniones; dicen que somos muy pequeños para ser miembros.
- Pero gracias a las orejas extensibles de los gemelos tenemos algunos detalles de lo que hacen- Ron señaló los extraños artefactos que sus hermanos todavía tenían en sus manos -. Algunos miembros de la Orden vigilan a algunos Mortífagos conocidos, para saber qué hacen y dónde lo hacen, otros reclutan más gente para la Orden. Al parecer Quien-Tú-Sabes está planeando algo grande, pero por ahora no saben qué puede ser.
Harry frunció el ceño.
- ¿Por qué Dumbledore creó una organización para combatir a Voldemort? –Fulminó con la mirada a sus amigos cuando dieron un pequeño chillido al escuchar su nombre-. ¡Es un nombre! En fin, ¿y el Ministerio? ¿No hace nada?
-¿No sabes? –preguntó Ron, y recibió un codazo en las costillas por parte de la castaña.
- ¡No seas tonto, Ron! Dumbledore seguramente le pidió que no se suscribiera al Profeta por si conseguían seguir a la lechuza –Hermione miró nerviosa a su moreno amigo, y se mordió el labio-. Te enterarás tarde o temprano, pues está en todos lados… están haciendo una campaña para desprestigiarte a ti y a Dumbledore. Al parecer Fudge piensa que Dumbledore miente para desestabilizarlo y tomar su posición como Ministro, entonces ha convencido a todo los periódicos de que tú estás loco y que Dumbledore está senil.
- ¿Es decir que porque ese idiota es demasiado inepto como para ser Ministro, Voldemort ahora puede andar libre e impune por la calle porque todo el mundo cree que sigue muerto? – Harry apenas podía mantener la furia a raya.
- Cálmate, Harry –Hermione apoyó una mano sobre su hombro-. Sabemos que está desesperado por permanecer en el poder… por eso la Orden tiene tantos problemas para reclutar miembros. Todos creen en lo que El Profeta les vende.
- ¡Idiotas! –gritó el muchacho, y golpeó un puño en una almohada.
-Lo sabemos, Harry –dijo Ron.
- ¡Hola Harry! –una voz alegre sonó desde la puerta y Harry alzó la vista para encontrarse con el rostro sonriente de Ginny Weasley. El muchacho devolvió la sonrisa-. Escuche que estaban insultando al Ministerio, ¿puedo unirme?
- Claro, no hay problema – dijo Ron, e hizo espacio para que su hermana pudiese sentarse en la cama-. ¿Alguna noticia de la reunión?
- No pude escuchar nada, mamá puso hechizos en la puerta. Pero vi cómo Snape entraba.
- ¿Snape? –Harry preguntó, extrañado-. ¿Qué hace aquí?
- Es miembro de la Orden –respondió Fred.
- Creemos que debe estar espiando para Dumbledore, haciéndose pasar por Mortífago –agregó su hermano gemelo.
- ES un mortífago –aclaró el moreno.
- Si, pero redimido –comentó Hermione, como si aquello zanjara la cuestión-. Dumbledore confía en él.
- Dumbledore es un hombre, puede equivocarse como cualquiera –respondió Harry fríamente.
- Vamos, ¡no dejes que tus opiniones nublen tu juicio, Harry! –Hermione le regañó-. ¿Qué sabes de él, de todas formas?
- Lo único que hace falta saber de Snape es que es un grasoso bastardo –comentó Ron, y todos rieron.
Pero Harry quedó con una duda en mente. ¿Qué sabía de Snape? ¿No era lo mismo que con Dumbledore? Si así era, entonces quizás pudiese descubrir alguna información relevante en cuanto a él, aunque no tenía idea de cómo hacerlo. Tal vez Sirius supiera algo acerca de él, más allá de su legendaria rivalidad.
Parecía que la información jugaría un papel importante en ese nuevo año.
Notas de Autor:
Y bueeeeno… nueva historia. Hace rato que tenía en mente la idea de empezar con un Harry lo más humanamente cannon posible, e ir distorsionándolo poco a poco para volverlo no sólo Dark, sino también super ocsesionado con nuestro Dark Lord favorito. Y para eso, Tom va a usar sus mejores trucos para manipularlo bwahahahaha.
Que capítulo tan largo. 10,500 palabras. Faaa.
DEJEN REVIEWS!
Augur.