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Valdemar
Author of 13 Stories

Rated: T - Spanish - Romance/General - Bruce W./Batman & Joker - Reviews: 29 - Updated: 12-10-08 - Published: 09-21-08 - id:4551618

Capítulo 5: Un trato ventajoso

– Podríamos empezar por… – planteó Harley, pero se detuvo con una mueca de desagrado. Era imposible intentar siquiera mantener una conversación normal con alguien penosamente encadenado como una fiera – Quítenle las esposas. – ordenó a los celadores.

– ¡¿Qué?! – éstos intercambiaron una rápida mirada de alarma, no exenta de desaprobación – Doctora Quinzel, tenemos instrucciones de…

Yo soy quien está a cargo ahora. – los cortó ella – Y necesito que el paciente se encuentre cómodo para realizar las sesiones. Sólo las esposas, no los grilletes de los pies, puesto que no va a levantarse de la silla. Vamos, no se preocupen. – quiso tranquilizarlos – No me va a pasar nada. Para eso están ustedes aquí, ¿no es cierto?

– Sí, doctora. – contestó el compañero de Cash, reticente – Pero, aun así…

– Sólo hagan lo que digo. No puedo perder el tiempo con tonterías.

De mala gana, Cash se adelantó con la llave de las esposas en la mano y la introdujo en la hendidura de éstas. La cerradura se abrió y el celador se las quitó y las guardó. El Joker no dijo nada; se limitó a sonreír burlonamente al celador mientras se frotaba las muñecas doloridas. Éste no ocultó el odio en sus ojos.

– Déme la llave. Vamos, no tengo todo el día. – lo apremió Harley.

Visiblemente contrariado, Cash obedeció y ella se guardó la llave en uno de los bolsillos de su bata blanca, mientras los ojos del Joker seguían cada uno de sus movimientos. El celador regresó a su posición de guardián y ella volvió a dirigir su atención a su paciente.

– Gracias, doctora Quinzel. Doctora Quinzel… – repitió él con voz cálida e, inesperadamente, añadió – ¿Sabe? Me gusta su nombre.

– ¿Mi… nombre? – repitió Harley, desconcertada.

– Harleen Quinzel. Pero antes he oído que la llaman Harley, ¿verdad?

– S-sí. – admitió ella, sin saber por qué llevaba la conversación a aquellos derroteros.

– Si tomamos el diminutivo de su nombre, y cortamos su apellido por la mitad, resulta Harley Quinn. Ya sabe, como Arlequín. – añadió con los ojos muy abiertos – ¿Nunca se lo han dicho antes?

– En realidad, sí. – No era más que un juego de palabras facilón que ya habían descubierto sus compañeras de hermandad en la Universidad, y que se había convertido en su apodo cuando estaba con ellas. Después de haberlo oído como mil veces, acababa por perder la gracia, pero eso no quitaba para que, al volver a oírlo por primera vez desde que acabara la Facultad, la hiciera sentirse algo nostálgica.

– Harley Quinn… es un nombre muy original… Todo lo original me hace sonreír, ¿ve? – se recorrió la boca y las cicatrices que la circundaban con los índices de las dos manos, y Harley no supo si se estaba burlando de ella – ¿Puedo llamarla así?

Ella estuvo a punto de asentir, pero en el último momento desechó la idea. Parecía el tipo de hombre de los que les das la mano y se cogen el brazo entero, pensó. No era conveniente que le diera tanta confianza, al menos de momento.

– Creo que Doctora Quinzel será más apropiado. – dijo. Él pareció algo decepcionado, pero no protestó. – Es lo que soy. ¿Y usted, quién es?

– ¿¿Qué?? – graznó él, alzando las cejas sorprendido, e interiormente ella se felicitó por haber conseguido desconcertarle aunque fuera sólo por un segundo.

– Quién es usted. Nadie lo sabe, nadie tiene la menor pista de su identidad, ni huellas, ni ADN, nada. Creo que, antes que nada, usted necesita conocerse a sí mismo para que podamos entender qué le mueve a ser como es.

Él sonrió. De nuevo había vuelto a recuperar su expresión sarcástica, lo que aumentaba la inseguridad de Harley.

– Yo… me conozco bastante bien.

– ¿Sí? Entonces no le importará responderme. Quién-es-usted. – repitió ella, remarcando casi agresivamente las palabras.

El Joker, indiferente a cualquier tono, agresivo o no, se recostó aún más sobre su asiento adoptando una postura indolente.

– En realidad, eso importa poco.

– No sabía que usted fuera de los que evaden las cosas. – replicó ella, mordaz. – ¿De verdad no me contesta porque no quiere… o es porque no puede? – Se estaba pasando, pensó alarmada. La estrategia de “la mejor defensa es un buen ataque” no dejaba de ser arriesgada. Muchos pacientes de ese estilo respondían hostilmente ante la menor insinuación por su parte de que adolecían de alguna limitación o debilidad.

Pero el Joker no pareció ofenderse. Por el contrario, soltó una carcajada.

– Mire por dónde, sí que me alegra que esté aquí. Usted es mucho más divertida que su antecesor.

– Y yo me alegro de que usted se alegre. – Por dentro respiró aliviada. – Porque estoy aquí para ayudarle a encontrar la respuesta a esa pregunta.

Él enseñó sus dientes amarillentos y enérgicos en otra sonrisa, y sacudió la cabeza.

– La identidad de uno… siempre es una pregunta. Quiero decir, ¿sabemos quiénes somos en realidad?

Harley lo pensó un momento. Eso era otro error, ya que con los pacientes se debía actuar y contestar siempre sin vacilaciones, pero estaba claro que con el Joker no valían las normas estándar del protocolo psiquiátrico.

– Yo creo que sí. – contestó al final. Esperaba al menos haber parecido lo bastante segura de la respuesta.

– Yo creo que no. – la contradijo él con tono enfático.

– Parece muy seguro de lo que dice.

– Lo estoy. Mmm… mírese a sí misma. “Doctora Quinzel, es lo que soy”. – hizo una cómica imitación de una voz femenina – Cuando sabe que eso no es cierto. Es algo más que una doctora, mucho más; pero hace tiempo que lo ha olvidado.

– Escuche, creo que lo que yo haga… – intentó cortarle, pero él no la escuchó y continuó hablando:

– Fíjese en cómo se viste, en cómo se arregla... o mejor dicho, cómo no se arregla. – señaló, haciéndola enrojecer por la directa alusión – Con ese moño de abuelita y escondiendo esos bonitos ojos tras esas espantosas gafas. Y esa ropa… – hizo rodar los ojos y sacudió la cabeza, como dando a entender que no encontraba palabras para describir lo fea que era su ropa. – Su aspecto dice a gritos: “¡Por favor, véanme como a una profesional, no como a una mujer!” – volvió a remedar su voz, y a continuación se puso serio – Le aterroriza ser deseada o destacarse, y por tanto no se muestra al mundo como realmente es. Dudo que se haya enfrentado a su verdadero yo alguna vez.

Aquel discurso la dejó sin palabras. ¿En qué momento se habían cambiado las tornas y el paciente había sido quien había acabado psicoanalizando al terapeuta?

Lo que más la asustaba era que había acertado de pleno. Era verdad que desde hacía tiempo se esforzaba en esconder su belleza tras la bata blanca y la severidad de su arreglo personal. Tal precaución era necesaria, trabajando en Arkham, morada de dementes, asesinos y violadores, lo que la obligaba a disimular su feminidad todo lo posible. Por desgracia, se había acostumbrado a ello y ya no recordaba otra cosa. De toda la vida le parecía haber sido así, en lugar de la jovencita bulliciosa y coqueta que había sido durante su adolescencia.

Aquel hombre era… era increíble. Apenas llevaba unos minutos con él, y había conseguido ver en su interior con una precisión que ni sus amigos ni sus compañeros de trabajo habrían logrado alcanzar en años. ¿Cómo podía alcanzar un psicópata, si eso era, tanta inteligencia?

Intentó dominar su confusión pasando hojas de su libreta, mientras el Joker se repantigaba en su incómoda silla, visiblemente satisfecho por el efecto que sus palabras habían provocado en ella. Pero el esfuerzo de la joven fue inútil y sintió que la acometía un principio de pánico. “Leland tenía razón, esto me viene grande. No seré capaz”, la golpeó la idea; y tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no levantarse y salir corriendo.

Respiró hondo, y levantó de nuevo orgullosamente la cabeza para enfrentar la mirada de aquel individuo desconcertante. No, no se dejaría asustar tan fácilmente. Después de lo que le había costado conseguir el caso, no podía dejar que la intimidara con sus trucos.

– Es usted muy observador. Pero, ¿y qué me dice de usted, tiene las agallas para dirigir esa perspicacia hacia sí mismo? Se ha construido una identidad artificial, en torno a una carta de póker y a un traje y un maquillaje excéntricos porque así aumenta la confusión de los demás y eso le encanta.

Él no dijo nada, pero sonrió de nuevo, como dando a entender que concordaba con lo que había dicho. O tal vez eso deseaba creer ella.

– Pero usted no siempre fue el Joker, ¿verdad? – insistió. – Creo que para nuestras sesiones sería beneficioso que pudiera dirigirme a usted, a la persona; no a una imagen llamada Joker. Tendrá un nombre, ¿no?

– ¿Se refiere a un nombre de persona normal? – preguntó él, con sorna – ¿El del certificado de nacimiento, el de la pila bautismal, el de “Aquí yace Fulano de Tal, todos lo echaremos de menos”?

– Algo así.

– Un nombre humano… – suspiró él, y levantó los ojos hacia el techo, como tratando de recordar – Creo que una vez tuve un nombre así. Pero eso fue en otra vida, claro. – se rió entre dientes. – Creo que empezaba por J, puede que John, Jack, Joe, o tal vez James; la memoria no es una de mis mayores virtudes. Pero ahora soy un hombre sin nombre. El señor jota, punto.

Harley se inclinó sobre la mesa, acortando unos centímetros la distancia de un metro treinta y cinco centímetros que había entre ellos.

– Señor J… ¿quiere que le llame así? – Él se encogió de hombros, indiferente. “Quien calla otorga”, se dijo ella, y continuó – Como decía, señor J., yo tengo que llevar a cabo su evaluación, y a usted no le vendría mal conocerse a sí mismo.

– Creo que no soy el único de esta habitación. – la pinchó, pero ella se hizo la desentendida. No le permitiría que volviera a hacerle perder los papeles.

– Pero usted es el único de esta habitación condenado a reclusión por crímenes violentos, y por tanto sujeto a evaluación psiquiátrica. – replicó ella zanjando la cuestión. – Si colabora, y yo emito un informe favorable ante la junta, de ello podría depender que su estancia aquí en Arkham sea más… soportable.

La sonrisa que el Joker le devolvió llegaba al límite de lo sardónico.

– Doctora… o es muy ingenua o me toma por imbécil. – Ella se sintió bloqueada de nuevo ante la rudeza de la frase.

– Le-le aseguro que no…

– Sobre mis espaldas tengo muuuchos cargos de asesinato, amén de robo, extorsión, secuestro, blah-blah-blah. No insultaré su inteligencia diciendo que soy inocente. – añadió orgullosamente – La cuestión es: ¿de verdad cree que por muchos informes favorables que tenga, especialmente viniendo de una novata, esa junta va a facilitarme las cosas siquiera un poquito? O, ¿de verdad espera que me lo trague yo?

– Puede creer lo que quiera, señor J. Pero mi obligación es realizar ese informe de evaluación, con su ayuda o sin ella. Si usted no colabora, rellenaré el informe con lo que se me ocurra y cumpliré con la norma, aunque entonces los dos habremos perdido el tiempo miserablemente. Pero si se aviene a colaborar, no será una pérdida de tiempo. Yo conseguiré un informe que verdaderamente tenga utilidad, y usted…

– … ¿Y yo, qué conseguiré? – la desafió él.

– La atención que sé que desea por encima de todo. – respondió ella, y, sin dejarle replicar, agregó – No, no lo niegue. Esos vídeos que mandaba a las cadenas de TV para que los retransmitieran, esos comunicados a la policía, esos golpes sensacionales y populosos… no sólo tenían el objetivo de inspirar terror entre los ciudadanos de Gotham. Le encanta alardear, ser el centro de atención.

Él no respondió, sólo le devolvió la mirada socarronamente. En su fuero interno, Harley suplicó que eso significara que se estaba ablandando y apretó aún más:

– Durante las sesiones, yo le prestaré toda la atención que quiera, y más. Para eso estoy aquí, para escuchar todo lo que quiera contarme. Y además… – añadió como último argumento – No tiene nada mejor que hacer.

Él inclinó la cabeza hacia un lado y la examinó con detenimiento cerrando el ojo izquierdo, como si fuera él quien la estuviera evaluando a ella y no a la inversa (¡lo estaba haciendo otra vez!). Recuperando la posición inicial, con expresión campechana, asintió:

– Eso es verdad. Y, sin embargo, no es suficiente.

– ¿No? ¿Y qué podría ofrecerle yo que le interesara? – preguntó Harley sin apartar su vista de él y de sus reacciones. Él dejó pasar unos segundos examinándola de nuevo de arriba abajo. Esta vez ella consiguió sostenerle la mirada sin pestañear, ignorando el calor que acudía a su rostro de forma casi inconsciente.

En esa ocasión, fue él quien desvió la vista, con expresión aburrida.

– Está bien. Hagamos un trato.

Harley intentó no dejar traslucir su emoción poniendo, de nuevo, su famosa “cara de póker”, que ya le salía bastante lograda. Por cierto, una expresión bastante acertada, teniendo en cuenta quién era su interlocutor.

– Un trato. – repitió con precaución.

– Un trato. – repitió él también, asintiendo – Usted hace algo por mí, y yo le cuento todo lo que quiera saber. Quid pro quo, creo que dijo alguien una vez.

Ella se inclinó sobre la mesa, entrecerrando los ojos. Ni con todo el disimulo del mundo podía esconder su deseo, su ansia, de lograr que colaborara.

– Bien… ¿qué puedo hacer por usted?

El Joker se reclinó en su silla, enseñando las manos con expresión falsamente bobalicona. Intentó columpiarse en su silla en un gesto jovial, pero ésta estaba atornillada al suelo y no lo consiguió.

– Verá doctora… soy un hombre de gustos sencillos. Me gustan la pólvora, la dinamita… Aunque no creo que vaya a proporcionarme nada de eso aquí.

– Más bien no. – repuso Harley, con una sonrisa casi divertida.

– Entonces me conformaré con algo más accesible. Verá, las mangueras con agua helada son estimulantes, pero me gustaría poder tomar alguna ducha caliente y poder usar jabón. La higiene es importante. – sonrió con lo que pretendía ser una expresión didáctica – Creo que estoy siendo bastante razonable, ¿no? – Levantó los hombros e inclinó la cabeza con un mohín mimoso, como diciendo “soy un buen chico”. Harley sabía que no lo era, pero en ese momento no vio razón para negarle lo que era un derecho básico.

– Supongo que sí, es razonable. – asintió ella – Me ocuparé de ello.

– ¿Y, en qué consistiría exactamente, eso de… colaborar? ¿Qué tendría que hacer?

– Hablar conmigo y contestar, lo más sinceramente posible, a mis preguntas. Bueno, ya ha realizado varias sesiones con el doctor Cavendish, ya conoce el procedimiento.

– ¿También usted va a preguntarme si me pongo cachondo cuando rajo a alguien? – inquirió él, en tono burlón. Por supuesto, lo hacía por incomodarla, pero ella contestó con voz serena, casi fría:

– Señor J., el análisis de sus reacciones físicas ante determinados estímulos constituye una parte importante de su estudio criminogenético, es cierto… pero, por ahora, lo que realmente interesa de usted son sus motivaciones internas.

– ¡Ah! Escudándose tras jerga profesional, ¿mmm? – celebró él con una risita. Fingió, o tal vez no, tomarse unos segundos más para pensar. Estaba claro que disfrutaba teniéndola en ascuas, pensó Harley, el muy… – Está bien. – acabó accediendo, con tono magnánimo – Contestaré a sus… preguntas. – imprimió un tono despreciativo al término, y añadió como advertencia – Pero cualquier respuesta que pueda darle, apenas será un rascado en la superficie. Si quiere llegar al fondo, tendrá que hacerlo por sí misma.

– ¿Se refiere al fondo de su mente?

– No exactamente. – contestó su paciente de forma enigmática, intrigándola aún más si cabe.

– ¿De qué, entonces?

– ¿De verdad quiere averiguarlo? – preguntó él malicioso, casi seductor. Ella bajó la vista, aún nerviosa pese a tener la situación aparentemente controlada, o quizá tal idea no fuese más que una ilusión. Después, recuperando el valor, levantó los ojos, clavándolos de nuevo en él.

– Es mi mayor deseo.

– Cuidado con lo que desea, doctora… – canturreó él con voz ronca – Puede incluso que lo consiga. Pero le advierto que, para lograrlo, será un laaargo viaje… ¿Será usted capaz de seguirme hasta el final?

Esta vez fue Harley quien se tomó su tiempo antes de responder, disfrutando de su pequeña venganza al tenerle en vilo ahora ella a él; y en ningún momento apartó la mirada del rostro de su paciente. Al final, contestó empleando, aunque involuntariamente, un tono sugestivo y desafiante muy parecido al que había utilizado él:

– Pruébeme.

En los ojos del Joker destelló, por un instante, un fiero y salvaje placer. El placer de un nuevo juego que comenzaba.

– Lo haré.

Harley volvió a experimentar el, ya cada vez más familiar, cosquilleo en su estómago que mezclaba excitación y miedo, emoción e impaciencia. Echó un rápido vistazo a su reloj de pulsera para ver cuánto tiempo le quedaba y maldijo para sus adentros cuando vio que prácticamente era ya la hora del final de la sesión. “¿Tan pronto?”, se dijo molesta. Se le había pasado el tiempo volando. Ojalá las sesiones duraran el doble, para poder seguir hablando. ¡No le había dado tiempo de nada! ¡Y tenía tantas preguntas que hacerle, tantos temas que tratar!

Bueno, no debía impacientarse. Recordó que la doctora Leland le había dicho que debía realizar un número de sesiones “no inferior a seis”, pero no había especificado un número máximo. Eso significaba que podía tener a su disposición a su paciente todo el tiempo que quisiera, lo cual era una idea alentadora.

Por el momento lo dejarían así, no debía agotarle el primer día. Ya había conseguido su colaboración, que no era poco. El próximo día ya les daría tiempo a entrar en materia, con lo que fuera que implicara eso.

– Se acabó el tiempo. – comentó el Joker, adivinándolo al leer la expresión de ella mientras miraba su reloj. Apoyaba la cabeza sobre una de sus manos y su actitud, despreocupada y espontánea, era más propia de un hombre libre que de un interno de un psiquiátrico.

– Sí. – confirmó ella.

– Qué lástima.

“Y que lo digas”, añadió ella en su fuero interno.

– No se preocupe, nos veremos en la próxima sesión.

– Estaré impaciente. – susurró él humedeciéndose los labios, y Harley no pudo evitar seguir el movimiento con la vista, sintiéndose acalorada de nuevo. Sabía que lo hacía únicamente para evitar resecarse la boca, pero, según lo acompañaran determinadas palabras, o frases como la que acababa de decir, a dicho gesto podrían atribuírsele connotaciones muy diferentes. Casi podría decirse que aquel gesto y aquellas palabras, dichas por otra persona y en otras circunstancias, podrían interpretarse como algo… sensual.

O tal vez sólo fuera que ella era una mal pensada. Después de todo, el Joker sólo era un paciente más, famoso y fascinante, pero un paciente. Alguien enfermo, que necesitaba ayuda, como había afirmado ante Leland y Arkham. No debía olvidar eso.

Se levantó y se dirigió a Aaron Cash.

– Por hoy ya hemos acabado, pueden devolverlo a su celda. Para los traslados pueden volver a ponerle las esposas, pero cuando esté aquí para las sesiones quiero que se las quiten. Tienen copia de la llave, ¿cierto? – Cash asintió de mala gana – Me quedaré entonces con la que tengo ahora, para cualquier eventualidad. – meditó unos segundos y después añadió. – Y a partir de hoy, asegúrense de que pueda tomar una ducha caliente al día.

Los rostros de los dos celadores se mostraron alarmados.

– ¿Quiere que lo llevemos a ducharse con el resto del ganado? – preguntó el otro – Se nos ordenó mantenerlo aislado de cualquier contacto con otros internos.

Harley se lo pensó mejor. Era cierto, después de lo fácilmente que había convencido a muchos de los antiguos internos para que se convirtiesen en sus secuaces, era demasiado pronto para permitirle el contacto con otros, y aún más, tratándose de los internos del “zoo”, cien veces más peligrosos que los anteriores.

– Está bien, lo mejor será que lo lleven después de que haya acabado el turno común, cuando los baños se queden vacíos. Así no molestará a los otros ni ellos lo molestarán a él. Simplemente vigílenlo bien durante todo el tiempo y asegúrense de que no haga nada raro. Y también proporciónenle jabón, champú y cualquier cosa que les pida.

– Y un patito de goma, no te… – añadió Cash con tono desdeñoso – Si me permite opinar, doctora, es una pérdida de tiempo. Este tío es un guarro, y la higiene le importa tanto como a mí la poesía del siglo XVI.

– Pues debería importarte, amigo… – se oyó la voz del Joker, que había estado escuchando la conversación. Al parecer, tenía un oído más fino de lo que aparentaba – La cultura es alimento para el cerebro, aunque en tu caso dudo que quede algo que alimentar.

– Tú cierra el pico, bicho raro. – escupió Cash, sin esconder su desprecio.

Por un momento, el rostro del Joker se ensombreció, pero enseguida volvió a recuperar su expresión despreocupada. Sólo puso los ojos en blanco, como asombrado de que alguien pudiera ser tan grosero.

Harley inspiró y respiró profundamente para mantener la calma. Por supuesto, Cash tenía razón. A juzgar por su aspecto y lo que conocía de su carácter, el Joker no era de los que solían “perder el tiempo” en el aseo personal, y no dejaba de escamarle un poco esa extraña petición. Pero, aun así, concederle ese insólito capricho era un precio pequeño para obtener una disposición favorable por su parte. Después de todo, solo, desnudo y con una cuadrilla de celadores vigilándole en los baños, ¿qué daño podría hacer? Sin embargo, la razón principal de que hubiera accedido era que aquel hombre llevaba demasiado tiempo siendo tratado como un animal, y puede que ésa fuera una de las causas por las que disfrutara comportándose como tal. Con suerte, si empezaba a incorporar a su vida diaria un trato mejor y rituales como una higiene diaria decente, tal vez empezara a recordar lo que significaba ser humano.

Pero no podía permitir que Cash la desautorizara delante de él, así que se apresuró a reprenderle:

– Usted opine lo que quiera, pero obedezca. Y una cosa más… – se adelantó y se encaró con el celador todo lo que le permitían los veinticinco centímetros de diferencia entre sus estaturas – Si tengo la más mínima sospecha de que han vuelto a golpearlo o maltratarlo de cualquier manera, informaré de inmediato al señor Arkham y alguien perderá su empleo. ¿Me ha comprendido?

– Perfectamente, doctora. – repuso éste, con el rostro y la voz tensos por la rabia reprimida.

Inmóvil en su asiento, el Joker esbozó una leve sonrisa satisfecha.


Cuando salió de la sala, a Harley le temblaban las piernas; en realidad le temblaba todo el cuerpo. La doctora Leland, que había seguido toda la sesión desde la otra habitación, acudió interesadísima a su encuentro.

– No ha estado mal, Harley… – sentenció – Nada mal para ser tu primera vez con alguien tan… como él. Pero creo que le has dado demasiada confianza, tal vez deberías esforzarte en conducir tú la sesión en lugar de darle tanta libertad… ¿Harley?

Ésta no la escuchaba. Se sentía tan extraña… nerviosa, algo asustada y… emocionada, muy emocionada. ¡Todo había ido muy bien! Vale, había tenido algún que otro traspié, pero nada que no tuviera solución. Lo importante era que él no sólo la había aceptado, sino que parecía preferirla a Cavendish. Y se había mostrado dispuesto a colaborar a cambio de una bagatela.

No le había parecido, en absoluto, el monstruo sediento de sangre que habían descrito los periódicos y los noticiarios. Por el contrario, había encontrado a un hombre inteligente y carismático, si bien un tanto excéntrico y con un sentido del humor un poquito retorcido. Nada con lo que ella no pudiera lidiar. De acuerdo, era un asesino, hecho reconocido por él mismo, pero en ningún momento ella había sentido miedo frente a él, ni siquiera sabiendo lo de Cavendish. Tal vez lo hubieran juzgado mal y no tuviera nada que ver con su muerte. La gente moría de infartos inexplicables todos los días.

Lo mejor de todo era que aquella sesión sólo había sido el principio. Casi no podía esperar para realizar la siguiente y poder verlo de nuevo para poder seguir profundizando en los entresijos de su mente, una tarea que prometía ser apasionante.

“Definitivamente, de esto sale un libro”, fantaseó de nuevo. “Voy a ser famosa, y me voy a forrar. Y puede que incluso llegue a curarlo de verdad, si él se deja. Sería estupendo que…”

– Harley… ¿Harley? – la doctora Leland, preocupada por la expresión perdida de su empleada, llamó su atención sujetándola por el brazo. Ésta volvió a la realidad.

– ¿Eh? ¿Qué?

– No me estabas escuchando. ¿Te encuentras bien?

– Claro. – aseguró ella con una amplia sonrisa – Nunca me había sentido mejor.

Y era cierto.


Bien, espero que esta primera entrevista os haya gustado, aunque sólo ha sido, como dije, una toma de contacto, aún no han hablado de nada verdaderamente importante. Eso ya vendrá en próximas sesiones que ya tengo planeadas, así que estad atentos (aunque advierto que tengo nulos conocimientos de psiquiatría o psicología, así que disculpad de antemano mis posibles meteduras de pata). Y, por si hubiera dudas, el Joker tiene sus motivos para haber hecho la petición de las duchas, aparentemente tan poco propia de él; motivos que se irán desvelando en el futuro.

En próximos capítulos, retomo la historia de Bruce y Vicki. Sé que la mayoría de quienes leéis esto lo hacéis más por el Joker que por Bruce, pero también es su historia, así que tengo que dedicarle tiempo. Si le dais una oportunidad, también llegará a gustaros.

De nuevo, mil gracias por leer y por vuestros amables comentarios. Cualquier sugerencia o puntualización, dicha de forma educada y constructiva, por supuesto, será bienvenida. Bye!




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