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Author of 60 Stories |
Disclaimer: Lo que es mío es mío y lo que no, pues no. Hago esto sin ánimo de lucro, así que nada de denuncias, que hay crisis económica.
2.
Lo sientes en la piel.
Por eso, precisamente, es por lo que te duele tanto. Te sube por las garras con una lentitud horrorosa y te quema la sangre, la piel, las venas, todo. Asciende, porque es lo único que puedes decir, que el dolor va hacia arriba, y te hiela los huesos, te los quema, te los congela y los caldea a la vez. Sientes que tus músculos se van desintegrando poco a poco, que el dolor es tan fuerte que tus huesos se cascan, te atraviesan la piel.
Lo peor de todo es que el dolor físico es una broma comparado con el dolor mental. Los tienes en tu mente, y sabes que nunca, nunca vas a poder sacarlos de allí. Prometen buscarte debajo de las piedras y arrancarte la piel, destrozarte los huesos, morderte el cuello y hacer que te desintegres mientras sabes que la ponzoña recorre cada milímetro de tus venas susurrándote al oído que vas a morir.
Pierdes la razón en ese momento, para volver a recuperarla al escuchar el grito de Leah resonando en tu mente a pleno pulmón. Las voces en tu cabeza son cada vez más audibles, más potentes, más terroríficas, y ves desde diferentes puntos de vista a Jacob echo un ovillo en el suelo mientras Sam le cubre la espalda y Embry salta a su lado. Leah cambia de forma en ese mismo instante y cae de rodillas a su lado, con la preocupación y la alarma pintados en sus rasgos de india, y tú sólo puedes asustarte como nunca antes te has asustado, porque nadie sabe si está vivo o muerto. Tienes la certeza absoluta de que está muerto, y algo en tu cabeza zumba con tanta fuerza que vas a perder el sentido. No puedes transformarte, no puedes volver allí, porque a pesar de que lo intentes, la orden de Sam te tiene atado a ese árbol de pies y manos.
Es entonces cuando aparece él. Como un fantasma.
— ¡Seth, no! Todo va a estar bien, Seth. Todo va a estar bien, te lo prometo.
Y te agarra la cabeza, cantando esa frase una y otra vez. Lo primero que te pasa por la mente es morderle la cabeza y arrancársela, porque su olor te pudre el alma y porque él no sabe nada, nada, no tiene ni una mínima idea de cómo el alma se te está cayendo a pedazos y de las ganas de llorar inmensas que tienes, porque aunque quieras, no puedes cambiar de forma ni puedes echarte a correr.
—Mírame, Seth. ¡Mírame!
Y le miras. Le miras y no sabes por qué lo estás haciendo, pero clavas las garras en la tierra y él te abraza y te sigue prometiendo que todo está bien, que Jacob está vivo y que todo irá bien. Pero no sabe nada. No sabe que estás sintiendo el dolor de Jacob, el de Leah, el de Sam, el de Embry, Paul y Quil, al igual que el de Jared y el de los demás que se quedaron en La Push.
–¡Seth!
Le morderías. Le morderías con tanta fuerza que dejaría de gritar pero el dolor te tumba, agazapándote en el suelo. Piensas en echar a correr al bosque para ver a tu hermano de manada pero no puedes y a la misma vez la orden de Sam te aprisiona las patas, como una cadena invisible
–¡No! Ve a casa ahora mismo. Van a estar allí. ¡Ve a casa directamente!
Es entonces, sólo entonces, cuando reparas en su expresión torturada. Como si a él también le doliera tu dolor, porque sabe de qué magnitud es la conexión que tienes con la manada. Y le obedeces. Es como si hiciera magia con las palabras, porque te acaricia la cara con los dedos –fríos, duros como el mármol- y te levantas del suelo, echando a correr en dirección a la casa de Billy.
Tienes la certeza, la más absoluta certeza de que ha sentido el mismo pánico y la misma desesperanza que te ha helado a ti la sangre cuando los capas negras han atravesado las colinas de la península de Olympic, y a medida que vas corriendo cada vez más rápido y el olor a empalagoso y a maldito que emana de Edward Cullen deja de perforarte las fosas nasales, te das cuenta de que lo que ha hecho por ti no lo habría hecho ninguno de sus otros hermanos.
E inevitablemente te sientes en deuda con él.