|
Author of 34 Stories |
Cápitulo 1
— ¿Por qué demonios dijiste eso sobre él? —grité al pequeño punk mientras lo empujaba contra la cadena de una valla.
— ¡Hey, woah! —lloró. — ¿Esto es por lo del retardado? Porque, por favor, él es lento, no puedes negarlo-
Lo interrumpí con una patada en el estómago, no demasiado fuerte pero si lo suficiente como para dejarle un moretón. Su respiración se convirtió en un rápido ‘woosh’. Se estrujó el estómago, sus dientes se apretaron, cerró sus ojos fuertemente y lentamente, se deslizó por la valla hasta caer al suelo de redondo.
— Él no es estúpido —le dije fríamente. — Él es sordo. Y obviamente es como diez veces mucho más inteligente que tú, porque debiste haber sabido que yo no dejaría que te burlaras de mi mejor amigo de esa manera. Ni siquiera lo conoces, imbécil.
— “Mejor amigo” —exhaló burlonamente a través de sus adoloridos dientes, mientras me devolvía la mirada con dolor y horror. — Sí, como digas. Yo te he visto, siempre estas sobre él… zorra.
No lo golpeé esta vez. Sólo me alcé de hombros y me alejé hacia la casa de Edward. No le daba importancia a lo que decía o a lo que pensaba de mí, yo sabía que no era cierto; y mi honor no era tan importante como para pelear él o defenderlo. Edward, sin embargo… era una historia diferente.
Habíamos sido amigos desde que nos conocimos, a los cinco. Yo siempre había sido paciente y era eso lo que él necesitaba, un amigo paciente, algo que ningún niño de cinco años fue. Crecer es duro, pero lo es mucho más cuando tratas de entender un mundo en el que todos hablan y… simplemente no puedes oírlo. Él tenia que aprender lenguaje de signos, y como era muy inteligente, lo logró (Impecablemente, añadí cariñosamente en mi cabeza).
Pero no los suficientes lo sabían como para hacerle las cosas más fáciles. Sus profesores, familia y yo; pero los otros chicos… no lo sabían y era duro para muchos aceptar que él simplemente no podía oírlos. Parecía imposible… Como resultado, muchos habían creído que era lento. Pero eso era cuando éramos niños y me enfurecía que hasta ahora, a la edad de dieciocho y cercanos al final del nivel avanzado de la secundaria, algunas personas siguieran creyendo que era estúpido e ignorante.
Yo había aprendido lenguaje de signos para él y a veces con él, porque yo siempre lo he amado. Edward es mi mejor amigo.
Bueno, fue duro admitir que con el correr de los años mi amor por él había superado la amistad, honestamente. Él lo era todo; mi luz, mi mundo. Todo lo rodeaba. A veces, parecía que él se sentía de la misma manera, pero no podía estar segura.
En fin, lenguaje de signos no fue lo único que aprendí por él. Yo también era cinturón negro en karate (increíble, ¿no?). Le pedí a mi madre que me matriculara cuando era muy pequeña, porque quería proteger a Edward de la gente mala… incluso en ese entonces.
Él no sabía por qué había aprendido karate; yo le había dicho que era sólo por diversión. Él se había reído y luego meneado su cabeza, alegre. Siempre había sido una persona muy gentil. Pelear no era para él. Probablemente hubiera podido pelear si lo hubiera querido, pero él no había encontrado razón alguna para hacerlo.
Edward, definitivamente, era el mejor de los dos.
Miré mi reloj y vi que era casi las cuatro de la tarde. La escuela había terminado hace casi una hora. Usualmente, Edward y yo íbamos o a mi casa o a la suya para hacer los deberes y luego pasar el rato. Pero hoy le había informado que tenía trabajo que hacer primero. No le había dicho lo que era pues dudaba mucho que él lo aprobara. Gracias al cielo no preguntó, pero fue difícil mentirle.
Siempre he creído que él no necesita que lo salve, porque siempre ha sido mucho más fuerte y mejor que yo. Pero yo tenía un lado defensivo y protector que salía a flote cuando se trataba de él. No podía hacer nada con eso. Creo que eso se desarrolla cuando amas a alguien demasiado. Yo no quería que le hicieran daño; pero a veces, cuando esas personas asquerosas no le hacían daño, me lo hacían a mí. El merecía mucho más que…
Saqué la llave de debajo de la alfombrilla de bienvenida de los Cullen y entré a la casa. Ésta era prácticamente mi segundo hogar por lo que no necesitaba tocar.
— ¡Hey, Esme! —llamé animadamente mientras pasaba por la cocina.
— ¡Oh, Bella! —dijo Esme. — Acabo de preparar galletas, ¿quieres una? Están calie-entes... —dijo con una voz cantarina, haciéndolas provocativas.
— ¿Y como se supone que puedo resistirme a eso? —pregunté indignada mientas entraba a la cocina. Le sonreí mientras tomaba una de las galletas de su mano y le daba un mordisco. — Mmm… ¡Está comestible! —
— ¡Oh, silencio! —rió, pateando mi trasero fuera de la cocina literalmente. Reí mientras me dirigía a la habitación de Edward en el tercer piso.
— ¡Gracias por la galleta! —
La puerta de Edward se encontraba entrecerrada. Casi siempre lo estaba y aunque a veces estaba cerrada, nunca estaba asegurada. Eso sería peligroso en caso de una emergencia.
Me deslicé al interior y vi a un hermoso hombre sentado en su inmensa cama, de espaldas a la puerta, mientras hacia su tarea. Siempre el estudiante estudioso, especialmente ahora, cuando los exámenes se acercaban.
Salté sobre su cama, alertándole mi presencia. Antes de que él pudiera voltear, lancé mis brazos alrededor de su cuello e incliné mi cabeza sobre su hombro para dedicarle una sonrisa.
La sonrisa que me dio en respuesta fue hermosa y angelical.
— Bella —dijo.
El que él dijera mi nombre seguía haciendo que mis ojos se aguaran. Él solo podía decir una pequeña cantidad de palabras: sólo su nombre, el de sus familiares… y el mío.
No tenía idea de cuán difícil debió haber sido para él el aprender esa pequeña cantidad de palabras. Tuve que sentarme junto a él y pronunciar mi nombre por meses, mostrándole los movimientos de mi lengua y asintiendo o negando si el sonido era el correcto. Pero él quería aprender mi nombre, a pesar de lo difícil que era…
Y lo hizo. Y lo amé mucho más luego de eso. Tanto le interesaba aprender mi nombre, que no le importaba todo el frustrante ejercicio por el que debía atravesar.
— ¿Terminando la tarea? —gesticulé, y él volteó el rostro para observas mis manos.
Él asintió rápidamente y sonrió, para luego volver a clavar sus ojos en mí con una mirada seria.
— Entonces, ¿a dónde fuiste? —
Ay, carajo. Me alcé de hombros y recé para que lo dejara, mis brazos lo soltaron y me volteé para lanzar mi mochila sobre la cama.
Cuando me volví a voltear, me miraba escéptico, pero no volvió a gesticular una pregunta. Él me conocía lo suficiente –creo- como para saber que no le respondería. Me sentí ligeramente incómoda; a veces sentía que él podía leer mi mente y ver a través de mí, como si supiera exactamente lo que había estado haciendo.
— Hey, ¿puedes ayudarme con este cálculo? Eres mucho mejor que yo —.
Me sonrió insolentemente y luego se deslizó hacia mí, de tal manera que nuestros costados se rozaron. Mi corazón se aceleró –como siempre-, pero no mostré señal alguna. Eso, era bueno. Puse mi cuaderno sobre nuestras rodillas unidas y él comenzó a ayudarme.
— Tú superas a mi profesor de matemáticas. Ella sólo se pasea de un lado a otro, nunca la entiendo —. El rió y yo me deleite con eso. Era una de las pocas veces que yo había conseguido oír su melódica voz.
— Eso, o simplemente no prestas atención, boba. – Le saqué la lengua y rodeé los ojos, mientras volví a fijarme en mi tarea.
— Gracias — gesticulé, con una expresión molesta en mi rostro.
Me sonrió ampliamente y luego me abrazó con fuerza, mientras recostaba su cabeza contra mi cabello en una disculpa silenciosa. Negué con la cabeza.
— No, no te perdonaré —. No podía ver su rostro por lo que no lo vi venir; de repente, sus manos estaban en mis costillas y yo estaba recostada sobre mi espalda, riendo frenéticamente.
— ¡Ahhh! ¡Detente, Edward, detente! —grité, jadeando por aire. Él no podía oírme, pero si entendió el mensaje.
Entonces, se detuvo y se echó para atrás, mientras me sonreía inocentemente y mi risa se apagaba. Por un fugaz momento, mientras lo miraba, vi su feliz y pacifica expresión ser oscurecida por una profunda tristeza y… ¿arrepentimiento?
— ¿Qué? Edward, ¿qué? —
Me observó pensativamente por un segundo, para luego mirar la ventana.
— Desearía poder escuchar tu risa. De seguro es bonita —.
Suspiré y me incorporé, mientras posaba una mano sobre su mejilla. Él cerró sus ojos y se acercó a mí hasta que nuestras frentes se tocaron. Cerré los ojos también.
Permanecimos así por un breve momento. Luego de que Edward suspirara y su aliento chocara con mi rostro, se echó para atrás.
— Gracias, ‘Bella’… tú siempre sabes cómo hacerme sentir mejor —.
Le sonreí tristemente y acaricié su brazo. Me miró y me dedicó una sonrisa torcida; luego, se volteó a seguir con su tarea.
Me relajé y apoyé mi cabeza sobre su hombro mientras que él trabajaba. Cerré mis ojos y una memoria me atacó.
— ¡Oye, tú! —
Una niña de cinco años, vestida con un vestido amarillo –especialmente elegido para el primer día de escuela-, llamó al pequeño y lindo niño de cabello castaño que se encontraba sentado en la esquina del parque de juegos, completamente solo.
— ¡No te había visto! ¿Quién es tu profesora? — Él la miró, con ojos llenos confusión, pero no le habló.
— ¿Por qué estas sentado aquí, solo? ¡Vamos, ven a jugar conmigo! — Una vez más, no hubo respuesta; ningún signo de que la hubiera escuchado a pesar de que él le estuviera prestando atención a la efusiva niña. Lentamente, él puso su mano sobre su oreja y negó con la cabeza.
El entrecejo de la niña se alzó con confusión. — ¿Qué?
Él apuntó a su oreja nuevamente y negó. La niña lo imitó y le preguntó:
— ¿Qué, no puedes oír?
Él no respondió -sin saber si la niña lo había entendido o no-, sino que siguió mirándola fijamente.
Ella se alzó de hombros. — Bien, bien. ¡Vamos a jugar con la pelota! ¡Vamos!
Esta vez, ella se agachó y lo tomó de las manos, jalándolo y arrastrándolo tras ella.
En ese entonces no sabía que ese momento sería el comienzo de nuestra eterna amistad.
Alcé el rostro y miré a Edward. Él me estaba mirando por el rabillo del ojo, expectante. Yo sabía lo que me preguntaba en silencio.
— Sólo recordaba el momento en que te conocí. ¿Lo recuerdas? — Miró la ventana y comenzó a recordar. Mientras lo hacía, una sonrisa se formó lentamente en su rostro hasta que movió la cabeza positivamente. Eso me cortó la respiración.
— Por supuesto. Ese fue uno de los mejores momentos de mi vida —.
Le sonreí y lo abracé fuertemente. Él respondió.
— No sé qué hubiese hecho si no te hubiera conocido, ‘Bella’ —. Me incorporé y besé su mejilla.
— Yo también, Edward, yo también —.
Okay. ¡Dejen reviews, por favor! Ya tengo la idea en concreto y esta historia no va a tener muchos capítulos pero si tendrá una extensión decente. Dejen un review, por favor, y hazme saber qué es lo que piensas. Por cierto, esto será rated ‘M’ más adelante. Sólo aviso.
- The Romanticidal Edwardian