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Rayla-R.L.A.
Author of 14 Stories

Rated: T - Spanish - Romance/Humor - James P. & Lily Luna P. - Reviews: 2 - Published: 12-11-08 - Complete - id:4709690

Realisation*

Summary: "Si me perdonas, querría que fuéramos amigos. Que empezáramos de cero". Lily no supo cómo reaccionar; ninguno de sus argumentos tenía ya sentido. "Bueno..." empezó, cohibida "Supongo que, si te comportas, no hay problema en darte una oportunidad". LJ.

Género: Romance / Humor.

Disclaimer: La gran mayoría de los personajes, los escenarios, las ideas, etc. de ésta historia pertenecen a J. K. Rowling Yo sólo los uso para divertirme escribiendo y divertir a los que leen. Lo hago sin fines de lucro.


¡Buenos díasss a todos y a todas!

Escribí este one-shot hace siglos, pero lo había perdido (... -.-) entre mis apuntes para fics, historias y demás, y al final se me olvidó pasarlo y subirlo. Sé que tengo varias cosas pendientes de betear para distintos autores...pero hoy me apetecía hacer algo distinto. Me pienso poner ahora mismo, cuando haya subido esto y me haya terminado de repasar los fics que tengo guardados, que no me haya saltado ninguno.

Bueno, pues os dejo aquí con un one-shot Lily-James de los que a mí me gustan, de la época de los merodeadores. Eso sí: este es bastante más verosímil y menos empalagoso que a los que estáis aconstumbrados/as por mi parte, aunque sigue siendo bastante tópico. Ya me diréis qué pensáis ;)

R&R!!

NOTA SOBRE EL RATING: hay alguna que otra palabra malsonante; lo digo porque eso es inusual en mis fics, para que vayáis prevenidos/as =)


La biblioteca era uno de los lugares favoritos de Lily en Hogwarts. Pasaba allí la mayor parte de su tiempo, ya fuera estudiando o leyendo por el simple placer de hacerlo, recreándose con el olor del pergamino viejo y riendo por lo bajo cuando la bibliotecaria echaba la bronca a alguien por hablar demasiado alto. Lily no tenía muchos amigos; en realidad, podría decirse que ninguno, aunque se llevaba muy bien con todo el mundo...excepto con James Potter.

A ojos de Lily, James no era más que un crío, inmaduro y mujeriego, incapaz de tomarse nada en serio. Había estado atormentándola a lo largo de sus ya más de seis años estudiando en Hogwarts, primero convirtiéndola en el blanco principal de sus bromas, y luego pidiéndole tres o cuatro veces al día que saliera con él.

“Y arruinándome todas las citas” pensó Lily, molesta, mientras mojaba la pluma en la tinta y proseguía su ensayo. Ya tenía suficientes problemas para hacer amigos, y mucho más para encontrar pretendientes interesantes. Lo último que necesitaba era que ese...gilipollas le amargara la vida.

“No sé ni por qué pienso en él. No se merece mi atención” se dijo la pelirroja, levantando la mirada de su trabajo para observar todo a su alrededor, distraída. Casi no había nadie en la biblioteca; aunque era comprensible, ya que la mayoría de los estudiantes de la escuela ya se habían marchado a sus casas para pasar la navidad con la familia. Lily, sin embargo, había decidido quedarse en Hogwarts, básicamente porque no había soportado la idea de tener que aguantar a su hermana plus su novio Vernon plus sus padres mirándola mal durante todas las vacaciones (porque Lily estaría mirando mal a Vernon, la cual cosa también provocaría que éste y Petunia la miraran mal, y que Petunia mirara mal a sus padres porque habían permitido que Lily fuera a una escuela de locos, y que Vernon mirara mal a Petuna porque ésta miraba mal a sus padres; y Petunia miraría mal a Vernon, y discutirían, y ella acabaría zanjando la cuestión dándole las culpas de todo a Lily).

A parte de Lily, pocos Gryffindors de sexto se habían quedado en la escuela; pero, desgraciadamente para la pelirroja, James Potter era uno de ellos. Él, su amigo Black y dos chicas más, de quien Lily ni recordaba el nombre, y que sólo conocía de vista.

Por eso, Lily intentaba evitar la Sala Común siempre que le era posible. La biblioteca era un buen lugar; silenciosa, llena de libros, con mesas donde avanzar trabajo, con buenas vistas y sin los merodeadores. El único que se atrevía a poner el pie allí (y lo hacía bastante a menudo, por cierto) era Remus Lupin, pero no estaba. Lily Evans se sentía en el paraíso.


Lily, como prefecta, tenía patrulla aquella noche, así que no volvió a la Sala Común hasta muy tarde, cuando era ya pasado medianoche. A la hora de la cena, había conseguido evitar bastante bien las miradas edulcoradas y los comentarios estúpidos de James Potter, así que se sentía feliz y optimista con la vida.

Hasta que se encontró en la Sala Común con el blanco de su odio.

Estaba sentado en uno de los sillones más cómodos, cerca del fuego, y parecía bien dispuesto. La había estado esperando, sin duda alguna, y a la prefecta le sobrevino una oleada de irritación que le resultaba difícil contener.

Esa vez, Lily no tenía escapatoria. Suspiró mentalmente.

―¿Se puede saber qué quieres ahora, Potter? ―gruñó más que dijo, con aquella mirada de odio tan fulminante que sólo utilizaba con él. Hablaba flojo, para no despertar a nadie, pero aquello no le quitaba fuerza a sus palabras.

James alzó las manos en son de paz.

―Eh, tranquila, Evans. Sólo quería hablar contigo.

Lily se calmó un poco...sólo un poco.

―Si es para pedirme que salga contigo, olvídalo ―le advirtió con un tono amenazador, pero no tanto como antes. Aún no se había movido de la entrada, y se la veía tensa.

―No, no voy a pedirte eso. Lo juro ―prometió James. Hablaba en un tono civilizado, casi educado, y aún no había hecho nada raro, así que Lily decidió darle la oportunidad de decir lo que fuera que tenía tantas ganas de decirle. Se acercó al fuego y se sentó ella también en uno de los cómodos sillones, no demasiado lejos del de James, pero tampoco demasiado cerca. “Por si las moscas”, se dijo.

―Eh... ―James parecía sorprendido de que realmente fuera a escucharlo―. ¿Significa eso que puedo hablar?

―Sí. Y hazlo ya, Potter, porque mi paciencia tiene un límite ―le soltó Lily, aún en postura hostil, apretando los puños. James suspiró. Era un gesto tan poco propio de él que Lily tuvo que pensárselo dos veces antes de decidir si había sido real, o sólo un truco de su imaginación.

―Mira, yo...he estado pensando... ―empezó él, con dificultad y ¿timidez?, pero Lily lo interrumpió:

―Vaya, Potter, qué raro. Ignoraba que fueras capaz de pensar ―su tono era tan sarcástico que resultaba incluso ofensivo. James soportó la estocada a duras penas; lo había herido.

―Evans, por favor, quiero que hablemos como personas civilizadas ―le dijo, en un tono entre serio y suplicante. Por algún motivo, Lily sintió que enrojecía hasta las cejas, y calló. James esperó unos segundos, con prudencia, antes de continuar, con ese tono inseguro (casi avergonzado) que Lily nunca le había oído usar antes:

―Sé que he sido un idiota durante estos seis años. Creo que tenías toda la razón del mundo al enfadarte conmigo. He estado pensándolo durante muchos días, y quiero...quiero pedirte perdón. Lo siento mucho. En serio.

Lily no respondió. Lo miraba como si no creyera lo que veían sus ojos: el orgulloso, prepotente, pesadísimo, insistente, tenaz e insoportablemente atractivo (tenía que admitirlo) James Potter, ¿pidiéndole perdón a ella? James carraspeó, incómodo, pero Lily seguía sin decir nada, así que prosiguió:

―Bueno... ―se aclaró la garganta otra vez. Lily trató de no reírse ante la evidente incomodidad que el chico sentía, aunque se le escapó una sonrisa burlesca y medio insegura―. Esto...la cuestión es que, si me perdonas, me gustaría que pudiéramos ser amigos. Empezar de cero, o algo así ―Lily alzó una ceja, un poco cortada pero intentando disimularlo con escepticismo. Había tenido un manojo de gritos preparado para soltárselo a James si éste se pasaba de la raya, pero no se esperaba aquéllo. No sabía exactamente qué decirle o qué hacer.

Tardó un rato en darse cuenta de que se sentía, posiblemente, tan incómoda e inquieta como él.

―Er... ―finalmente, separó los labios, cohibida―. Bueno...supongo que, si te comportas, pues no hay...problema en darte una oportunidad. Mmm...pero sólo si dejas de ser tan molesto ―añadió de corrida, como para que no cupiera ninguna duda.

La expresión de James se iluminó al acto, tan rápido que parecía que alguien hubiera encendido un interruptor. Saltó de la butaca, radiante.

―¡Gracias!¡Gracias! ―la abrazó impulsivamente, para separarse de ella al cabo de medio segundo, apresurándose a decir un “Lo siento” casi ininteligible.

Lily encontraba la situación bastante ridícula, incluso divertida, pero no lo dejó traslucir. Le sonrió a James la más pequeña de las sonrisas, más por cortesía que por otra cosa, y sin llegar a eliminar del todo aún el matiz de burla que en ella había. Pero bastó para alzar al merodeador a los cielos.

Con una alegría que a duras penas podía contener, James se dirigió entre saltos a la escalera de los dormitorios, levantando la mano y exclamando:

―¡Buenas noches! ―y se fue.

Lily se quedó unos segundos clavada en el sitio, sin moverse, hasta que no pudo más y se puso a reír escandalosamente, llevándose la mano a la boca para amortiguar el sonido.

“¿Qué le ha dado a Potter?” se dijo, incrédula, entre risas. “Y, más importante aún: ¿qué me ha dado a mí, por Merlín? ¿Quién me manda meterme en estos líos?”

Bueno, al menos el tipo era divertido.


Al día siguiente, y como llevaba haciendo toda la semana, Lily se levantó alrededor de las diez, desayunó sola y se dirigió a la biblioteca con paso tranquilo. Recordaba muy bien lo que había pasado la noche anterior, pero no sabía si tomárselo del todo en serio. No sería la primera vez que Potter trataba de engañarla con trucos sucios...

No os imagináis la sorpresa que se llevó cuando se lo encontró sentado en una de las sillas de la mesa que ella acostumbraba a ocupar. Estuvo a punto de modificar la trayectoria a medio camino y buscar otro sitio, e incluso se planteó ir allí y echarlo a patadas, o mandarlo a paseo; pero se lo pensó mejor.

“Dijiste que le darías una oportunidad” se recordó a sí misma, mientras terminaba de cubrir el espacio que quedaba entre ambos y dejaba caer pesadamente sus libros sobre la mesa. Quizás Potter podía jugar sucio, pero ella era una persona de palabra.

Mientras se sentaba, se forzó a sonreírle a James, y la sorprendió el ver que no era tan difícil como se había imaginado. “Músculo, sube...músculo...”. Le salió bastante natural (dentro de lo que cabe).

Estaba de buen humor.

―Buenos días, Potter ―lo saludó, alargando el brazo para coger uno de sus libros y después poniéndose a buscar tinta y pluma en su mochila.

―Buenos días ―respondió él, con una inmensa sonrisa. Hizo una pausa corta antes de añadir:―. Puedes llamarme James, si quieres.

Lily se lo quedó mirando un momento, como sospesando sus posibilidades. “¿Lo mando a la mierda? ¿No lo mando a la mierda? Mmmm...”

―De acuerdo ―dijo finalmente. Era la primera vez que le hablaba a James de forma normal, y tampoco estaba tan mal, después de todo. Uf, demasiadas nuevas impresiones para un sólo día, y eso que se acababa de levantar...―. Pero con una condición ―le dirigió una sonrisa suave. “¿Por qué diablos le estoy sonriendo?”―. Llámame Lily ―”¡Noooo, qué tópico más grande!¡Pero si parece que te lo estés ligando! ¡Tonta, tonta, TONTA!”

James le devolvió la sonrisa.

―Vale ―respondió simplemente. El joven no podía creer su suerte. Estaba hablando con Lily Evans,¡Lily Evans!, y ella le sonreía. ¡A él! “¡Yupie!”

―¿Qué haces aquí, James? ―le preguntó Lily con educación, diciendo su nombre a propósito. Por alguna razón, le dejó un sabor dulce en la lengua (aunque cuando se dio cuenta se le antojó más bien vomitivo).

―Bueno...ya que vamos a intentar ser amigos, quería estar contigo un rato, ver lo que haces...sinoteimporta ―se apresuró a añadir, temiendo molestarla.

La Lily de menos de veinticuatro horas antes se habría molestado, pero la de ahora, no. Las disculpas de James, su casi ruego de que le diera una oportunidad, la habían ablandado un tanto. Aunque aún no quisiera admitirlo, ni siquiera a sí misma. “Bueno, vale, quizás sí. Un poquito...el chico tiene su gracia”

―No, no me importa...mientras no me distraigas del trabajo... ―le dijo. Su voz no sonaba amenazadora, ni enfadada. Tan sólo...neutra, quizás ligeramente amigable. Un poco.

Sin embargo, Lily pronto comprobó que James era una terrible distracción. Pese a que el muchacho se ciñó a su palabra, y no dijo ni hizo nada más que mirársela, la prefecta se sentía cada vez más nerviosa. Y lo peor era que no sabía por qué; y no soportaba no saber el por qué de las cosas. Se puso a jugar con su pluma con unos gestos espasmódicos, rayanos al histerismo, y pronto se dio cuenta de que no paraba de releer la misma frase todo el tiempo, porque era incapaz de concentrarse.

Al final, decidió dejarlo correr y empezó a guardar sus cosas, pensando que, al fin y al cabo, no pasaba nada si se saltaba un poco del trabajo extra...

―¿Ya has terminado? ―dijo, James, sorprendido. Eran las primeras palabras que pronunciaba en media hora. Lily negó con la cabeza.

―No me apetece trabajar ―mintió, y a media frase se dio cuenta de que estaba diciendo la verdad. Sin embargo, James no era estúpido.

―Si te distraigo, me voy ―dijo al acto, levantándose mientras hablaba. Lily se dio cuenta de que no quería que se fuera. “Venga, Lily, no seas cursi...¿será malo esto de hablar conmigo misma?”

―No, no ―se apresuró a decir, gesticulando con las manos―. Está bien.

Compartieron un incómodo silencio. La mirada que James le dirigía era tan intensa, tan escrutadora, que Lily se sintió desnuda frente a él. “Joder, qué mal rollo”.

―Err... ―hizo ella, con la mente trabajándole a mil por hora―. Oye, ¿qué te parece si guardo todo esto y...mm, vamos a pasear a los jardines, o algo?

James sonrió de medio lado, y Lily luchó por contener su sonrojo. “Malditas hormonas adolescentes...grr”

―Claro ―respondió él, con una voz entre amable y divertida. Las piernas de Lily se volvieron de gelatina.

“Genial” pensó, con menos sarcasmo del que pretendía, “No llevas ni un día hablando normal con Potter y ya estás colada por él. ¿Puede este día volverse mejor?...No, no, prefiero que no me lo digas; ya estoy harta de tópicos absurdos (¿a quién diablos le estoy preguntando?)"


Quedaron en encontrarse al cabo de media hora, frente a la puerta principal de la escuela, y cada uno partió hacia un lado: Lily fue a su dormitorio a guardar la mochila y los libros, y James se dirigió a las cocinas (eso sí, no antes de coger un abrigo; afuera hacía frío).

―¿De dónde has sacado todo eso? ―le pidió Lily, sorprendida, cuando volvieron a encontrarse. James llevaba una cesta llena de comida.

―Un merodeador tiene sus recursos ―le guiñó un ojo―. Por si nos entra hambre...

Lily no pudo evitar soltar una risita. “Joder, me estoy volviendo una estúpida...mmm...bah, qué más da” Estar enamorada no era tan malo...aunque se tratara de POTTER.

Pasearon un rato por los terrenos nevados, sin hablar, en una atmósfera agradable y familiar, como si se conocieran de toda la vida. Lily se dio cuenta entonces de otro aspecto de James que no era como se lo había imaginado; supo que le gustaban las bromas y el ruido, pero también sabía disfrutar del silencio.

“Mira tú qué bien” se dijo, con ironía. “Otro punto más para él, otro menos para mí”.

Finalmente, al cabo de estar caminando un buen rato por la hierba helada, se acercaron al lago congelado y admiraron su superficie de hielo, lisa y brillante como el cristal.

―¿Qué te parece si nos sentamos aquí? ―preguntó James, señalando el pie de un árbol cercano, a la orilla del lago.

―Pero, ¿no nos mojaremos? Hay nieve por todas partes... ―argumentó ella, con lógica, aunque en realidad la nieve le importaba bien poco. Su aliento se helaba en contacto con el aire, y formaba nubes blancas de vapor.

―Para algo somos magos, ¿no? ―dijo James, guiñando un ojo otra vez. Utilizó un hechizo térmico para derretir la nieve, y pronto había bastante espacio seco como para que ambos pudieran sentarse con comodidad.

―Me gusta mucho poder estar aquí contigo ―dijo James, entonces, apoyando la espalda en el enorme tronco y mirándola de reojo. Lily sintió que le subía toda la sangre del cuerpo en la cara, y se imaginó a sí misma sacando tanto humo como una locomotora―. Sin discutir, tranquilamente, disfrutando de tu compañía...

―¿A-ah, sí? ―balbuceó ella estúpidamente. “¿Ahora te afecta al habla? Venga ya, Lily, no me seas tonta...¡carajo, pero es que es un encanto!”― Emm...bueno, pues estar contigo tampoco es tan malo ―siguió diciendo, intentando retomar el control de su propia voz y fracasando estrepitosamente―. Eres...es verdad que has cambiado. Yo...creo que te debo una disculpa. Unas cuantas ―añadió, sin mirarlo. Estaba segura de que, si lo hacía, perdería los estribos. “Y cuando pierdes los estribos, chica, es casi como si estuvieras bebida. Mejor no te arriesgues...no lo mires...no lo mires...” se fue repitiendo insistentemente, aunque se moría por saber su reacción a sus palabras.

Él rió suavemente, y Lily no pudo contenerse más; giró la cabeza y se encontró con sus ojos marrones, que le sonreían.

―Bueno, bueno...¿Lily Evans, la orgullosa, prepotente, inteligentísima, aplicada, tenaz e insoportablemente atractiva Lily Evans, me está pidiendo disculpas? Me siento halagado ―su sonrisa no era de burla, sino más bien de diversión. A Lily le volvieron a subir los colores, y se le escapó una sonrisa pícara.

―Gracias por lo de atractiva, pero no me la pegas ―bromeó, y esta vez su voz sonó un poco menos anormal. James rió otra vez, e hizo algo que a Lily la tomó completamente por sorpresa; alargó un poco el brazo y la cogió de la mano. No era un contacto directo, porque ambos llevaban guantes, pero no por eso menos cálido...y significativo.

―Es la verdad ―murmuró él, con un tono repentinamente confidente.

“Me ha roto” pensó Lily, derrotada. “Es imposible resistirse a eso. Ha derrumbado mi muralla en un tiempo récord...otro punto menos para mí, otro más para él”

Se estuvieron así un rato, en silencio, de nuevo con el mismo aire de familiaridad que antes habían compartido, hasta que James la sacó de su ensimismamiento:

―¿Cómo es que trabajas tanto en vacaciones? ―le preguntó, con curiosidad, aún tomándola de la mano―. Tenemos deberes, pero no tantos...incluso yo los he terminado ya ―bromeó, y Lily le sonrió.

―Hago trabajo extra, para repas...oye, ni que fuera tan raro ―se interrumpió la muchacha, al ver que él se la miraba como si fuera marciana―. ¿Qué?

―Yo nunca haría nada así, y menos en las vacaciones de navidad ―admitió él, frunciendo el ceño, como si temiera por su salud mental―. ¿Seguro que eres humana, Lily? No sé cómo puedes trabajar tanto sin volverte loca...

Ella se encogió de hombros.

―Tengo mucho tiempo libre ―dijo, y al cabo de unos segundos añadió, de nuevo con gesto burlesco:―. Yo, en cambio, me volvería loca si fuera tú y tuviera que inventarme nuevas bromas. ¿No se te acaban las ideas?

James soltó una carcajada que la hizo sobresaltarse.

―Las ideas no son mías ―le dijo, con una cómica voz de mártir―. Sólo unas pocas. Normalmente es Remus quien decide lo que haremos...

―¿Remus? ―exclamó Lily, sin aire― No me jodas...

―Te lo juro ―rió él, y luego añadió:―. Vigila tu lengua, Lily...esas palabras no suenan muy bien en labios de una muchachita tan aplicada como tú...

―¿Y tú que sabes, mocoso? ―le espetó ella, con una sonrisa sardónica.

Hacía años que no bromeaba así con nadie. Era tan maravilloso que, por unas horas, entre un comentario y otro, entre sonrisas y chistes ingeniosos, Lily Evans olvidó completamente los argumentos que la habían llegado a odiar a James Potter. Se estaba empezando a dar cuenta de que “odio” era, precisa y posiblemente, la palabra menos apropiada para definir lo que sentía hacia él.

Hablaron y hablaron durante toda la mañana, primero en broma, luego en serio y luego en broma otra vez, hasta que llegó la hora de comer. Lily se sorprendió cuando miró su reloj. El tiempo había pasado tan rápido...y la comida que James había traído había apagado la alarma de su estómago, que normalmente empezaba a molestarla muy temprano. “Vaya, Lily...qué interesante...un estómago despertador...”.

James se levantó el primero, y luego la ayudó a levantarse a ella. Hacía rato que se habían soltado las manos, pero al sentir de nuevo su contacto, a Lily se le revolvió el estómago. Se miraron a los ojos un instante; James se adelantó y le acarició la mejilla con dedos dubitativos. Ella entrecerró los ojos.

“Diosss...” pensó, y soltó un suspiro, no sabía si de placer o de resignación. La mano de James se retiró al cabo de poco, y ella estuvo a punto de impedírselo, pero se lo pensó mejor. “No seas ridícula”, se riñó.

―Ya nos veremos después, ¿eh? ―le dijo James muy de cerca; soltó su brazo, y empezó a caminar hacia el castillo.

Lily tardó un rato en reaccionar y seguirle. Se había quedado paralizada, porque acababa de darse cuenta de otra cosa, la más importante de todas.

Estaba completa, estúpida e irrevocablemente enamorada de James Potter.


*Realisation: del verbo "realise" ("darse cuenta"). Se podría traducir como "el hecho de darse cuenta de algo"


Ray Laé Àlfori



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