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Chicas... HE VUELTO!
Sí, ya sé que he tardado, pero es que los exámenes y mis otras historias me han tenido MUY ocupada. Espero que sepan perdonarme si?? Si lo hacen Draco esta noche se pasará por sus habitaciones a darles un masajito (pero solo uno eh?)
Una par de cositas antes de empezar:
1º En el último capítulo Ana Cecilia me dejó un review donde me decía que le encantaría dibujar una escena de mi fic, pero no me dejó ningún email de contacto y aunque la he intentado buscar por deviantart no he dado con ella T_T. Sólo quiero que sepas que si sigues leyendo mi fic, estaría SUPER HONRADA de que lo hicieras!!! Me sentiría importante o algo! No sabéis cuanto me alegra que esto os guste. Lo hago por vosotras!!!
2º Me hago un poco de promo. Lo primero es mi nuevo fic que estoy continuando y que se llama, CARICIAS PROHIBIDAS (lo podéis encontrar en mi perfil) es de la 3 Generación. Un James/Rose en Hogwarts que está teniendo mucha más aceptación de la que esperaba.
3º Esto es para las que, como yo, también les gusta y escriben sobre la tercera generación. Tengo una comunidad en LJ sobre ello que se llama VRAI ÉPILOGUES y este miércoles vamos a comenzar un drabbleton!! Os invito a todas a que os paséis y participéis.
http :// community .livejournal. com /vrai_epilogues/ -- quitad los espacios.
Hale, ya no me enrollo más. Diclaimer: Nada de esto es mío sino de Jk bla bla bla
“El éxito consiste en obtener lo que se desea. La felicidad, en disfrutar lo que se obtiene”
Ralph Waldo Emerson
Para Hermione, la felicidad consistía en una buena tarde con sus amigos hablando de estupideces, en tener una buena taza de chocolate caliente entre sus manos en las tardes frías del invierno, en ser la primera (y la única) en contestar en clase de McGonagall a porqué la transfiguración micro molecular es incapaz de surtir efecto en los gasterópodos o incluso en ese pasillo de la biblioteca lleno de antiguas novelas muggles inglesas… De hecho, su felicidad podía traducirse en mil pequeños detalles más que tardaría más de una semana en enumerar. Para ella, todo aquello era más que una palabra, más que un concepto, más que un estado anímico que todo hombre o mujer intenta alcanzar en la vida. Sabía muy bien la suerte que tenía de estar en Hogwarts y de poder compartir todo aquello con sus amigos. Alguien a la que sus compañeros de clase siempre le han puesto motes tan cariñosos como “devoralibros”, “pelopo” o “diente conejo”, es capaz de apreciar y atesorar lo que ahora mismo ella vivía y definía como FELICIDAD.
Hermione Granger siempre ha sido una persona capaz de apreciar las pequeñas ironías de la vida, aunque eso nunca la ha detenido en ser ella misma. Como suele decirse, “si la vida te da limones, haz limonada”. Ella incluso podría haber patentado su propia marca.
Por eso, mientras sus compañeras de habitación se han quedado dormidas de cualquier forma –Ginny ha invadido su cama y Lavender y Pavarti se han quedado dormidas atravesadas en la cama de ésta última –ella no puede evitar llevar despierta más de dos horas, sola, sentada en el poyete de la ventana con la vista perdida más allá del cristal, en los jardines del colegio. Les había mentido, a todas, y algo dentro de ella sigue diciéndole que no debería haberlo hecho. ¿Pero qué otra alternativa le quedaba? Desde que McGonagall y el retrato de Dumbledore le habían encargado que se ganara el “favor” –era mejor llamarlo así –de alguna serpiente, se había pasado las noches prácticamente en vela tratando de decidir cuál sería. Como parecía ser lo natural, no tenía demasiado contacto con ninguna de las serpientes, salvo las peleas e insultos que Malfoy y estúpida cuadrilla solían dirigirle todos los días, por lo que la lista oscilaba entre lo reducido y lo inexistente.
Tanto Malfoy, Crabbe y Goyle estaban totalmente descartados. La gryffindor antes preferiría alimentarse de gusarapos venenosos el resto de su vida. Zabini al principio era otra opción, pero el par de días que Hermione se pasó observándole descubrió la fijación bastante insana que Zabini tenía por Ginny. Pansy… en fin, no. Pansy tampoco era una opción… Así que sólo le quedaba…
-Maldita sea –murmuró empañando el cristal con su aliento.
Pavarti se revolvió sobre la cama.
-¿Qué has hecho, Hermione? –volvió a hablar la castaña para sí mientras se apartaba de la ventana y volvía a su cama.
Por suerte, la pelirroja no era de las que solían acaparar todo el colchón. Hermione apartó las mantas por su lado y se metió bajo ellas, cerrando los ojos y deseando que el sueño viniera pronto a por ella. No podría aguantar mucho más tiempo si seguía con aquellos hábitos nocturnos. Su rendimiento estaba bajando y su cuerpo empezaba a dar muestras de resentirlo.
-¿Hermy? –al parecer su amiga no dormía tan profundamente como ella creía.
-Shhhh, duérmete, Ginny –intentó tranquilizarla.
-¿Qué hora es? –volvió a insistir la pelirroja con su voz adormilada y sin abrir los ojos en ningún momento.
-No lo sé –le respondió sinceramente. –Puede que las cuatro de la mañana.
Ginny se giró hacia ella y abrió levemente los ojos.
-¿Dónde estabas? –la castaña no contestó, esperando que la oscuridad y el silencio le hicieran creer a su amiga que ya se había dormido. -¿Herms? Como quieras, pero mañana vamos a hablar. No creas que no me doy cuenta de lo poco que duermes últimamente.
Ahí estaba. La frase. La confirmación.
Sí. Definitivamente, Hermione tendría que tener éxito en su empresa y alcanzar su objetivo. Ser útil y de ayuda para la resistencia. Lo conseguiría, de eso estaba bastante segura. Siempre conseguía lo que se proponía, ¿no?
¿Entonces por qué tenía tanto miedo? ¿Tantas dudas?
Lo conseguiría. Tendría éxito, pero… ¿acaso podría volver a ser feliz?
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Draco llevaba ya varias horas despierto cuando Eliza fue a despertarle aquella mañana. Cuando la morena entró en la habitación, lo encontró de espaldas a la puerta, tras la cama, terminando de abotonarse la camisa. La muchacha cerró la puerta asegurándose de hacer el ruido necesario para asegurarse de no pasar desapercibida, aunque Malfoy seguía sin dar señal alguna de que se hubiera percatado de su presencia.
-¿Señor? –el rubio se giró hacia ella aún sin decir nada.
Así era Malfoy, o por lo menos así había llegado a ser. No hablaba sino era estrictamente necesario, prefería observar y estudiar a su adversario antes de alardear frente a él. Había cambiado demasiado desde sus días en Hogwarts, aunque después de más de tres años sirviendo fielmente al Señor Tenebroso, eso no era nada extraordinario.
-Ahí tienes un par de blusas y unos pantalones que quiero que estén listos para esta noche –la niña asintió. –Las sábanas también están manchadas. Cámbialas.
-Por supuesto, amo –Eliza se acercó a la cama para comenzar con la tarea cuando reparó en la cantidad de sangre que manchaba la seda plata.
Ella volvió a girarse hacia él.
-¿La sangre? ¿Está bien? –la morena comenzó a dirigirse hacia él, pero la mirada del mortífago la detuvo en el acto.
¿Por qué Malfoy volvía a ser tan frío con ella?
-No es mía –fue la única explicación que le dio.
Draco se echó la capa por encima de los hombros, se la anudó y se guardó la varita en uno de los bolsillos interiores. Más por acto reflejo que por otra cosa, se sacudió un poco los hombros tratando de quitar el polvo de ellos y se dirigió hacia la puerta de la habitación, abriéndola. Antes de salir, se giró de nuevo hacia la muchacha que amontonaba toda la ropa de cama en el suelo. Eliza notó la mirada de Malfoy taladrándole la nuca y también le miró.
-¿Dónde está Granger?
Aquella pregunta la pilló por sorpresa.
-En las cocinas –contestó. –Cuando bajó esta mañana no tenía demasiada buena cara. Peor de lo normal, quiero decir –se apresuró a aclarar. –Y la gobernanta la mandó a las cocinas.
En la mirada de Malfoy, era imposible descifrar lo que sentía. Pétreo como el mármol y sin un atisbo de conciencia o sentimiento en ninguno de sus ojos grises. La actitud de su señor aquella mañana no hacía más que desconcertarla.
El rubio se limitó a asentir.
-Asegúrate de que esa sangresucia no salga de ahí en lo que queda de día. ¿Entendido?
Eliza sonrió ampliamente, entendiendo por primera vez lo que su señor hacía. La noche anterior se había quedado bastante preocupada cuando Hermione se había quedado a solas con él en sus habitaciones. Aún seguía sin entender esa obsesión enfermiza de su señor por la sangresucia. En fin, ella estaba allí, dispuesta para él y su familia era bastante digna, por lo menos mucho más que dos asquerosos muggles y aún así Draco seguía sin hacerla su favorita. Al contrario, ella tenía que suplicarle cuando estaban a solas y sólo en presencia de esa maldita de Granger parecía que Malfoy le prestaba algo de atención. ¡Por Merlín! ¿Qué más tendría que hacer para que él reparara en ella de una vez?
Sin embargo, cuando la noche anterior se despertó por culpa de todo el ruido que la castaña hizo al volver al cuarto donde dormían todas las doncellas, algo dentro de ella se agitó y la revivió. Todo estaba demasiado oscuro, pero Eliza estaba segura de haber visto un reguero de sangre corriéndole pierna abajo a Granger cuando ésta se acercó a Marie y la despertó. La rubia casi dio un grito que hubiera despertado a la mitad de la mansión si la castaña no hubiera sido lo suficientemente sensata y rápida como para taparle la boca. Luego las dos salieron y por la puerta y Eliza se quedó dormida antes de verlas llegar.
Sin saber porqué, aquella mañana tenía para ella un brillo especial.
-Por supuesto que sí, señor.
Sin decir nada más, Draco salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí. Sin mucha ceremonia, bajó los escalones de la mansión y se dirigió directamente al salón. Un par de muchachas más estaban allí, quitando el polvo de los muebles antiguos y bullendo los cojines.
Draco ni siquiera las miró.
Frente a la chimenea, Damien Acheron, el hombre de confianza de Malfoy, lo esperaba listo para partir ataviado con una capa negra con capucha idéntica a la de su señor. No se dijeron nada, tampoco hacía falta. El mortífago se limitó a coger un poco de polvos flú de un cuenco de la repisa y a lanzarlos a la chimenea.
El fuego chisporroteó con fuerza y se tornó escarlata. Cuando estaba a punto de adentrarse al fuego, el sonido de una de las puertas del salón al abrirse lo hizo detenerse. Hermione entraba cargando un par de figuritas con formas extrañas. A Draco no le pasó desapercibido que cojeaba de la pierna izquierda y que un mohín de dolor se dibujaba en su rostro cada vez que tenía que apoyarse en ella.
Con la mirada fija en Hermione, vio como la castaña se acercaba a una niña gordita y le susurraba algo rápido riéndose para luego dejarle a ella las dos figuras. Un tanto nerviosa, la rubia le instó a que se callara y le señaló el lugar donde estaban Draco y su hombre.
Hermione se calló en el acto.
-Asegúrate de que nadie vea a Granger en los próximos días –le susurró Draco a Acheron.
El mortífago asintió.
-No quiero tener basura muggle andando por mi casa mientras tengo invitados por aquí.
Y sin decir nada más, Draco se sumergió en el fuego y desapareció en él después de recitar en voz alta el sitio a donde quería ir.
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Tampoco es que Hermione esperara que cada ente masculino de Hogwarts se girara ante su paso y reparara en su pelo inusualmente liso, pero que ni Harry ni Ron, sus dos mejores amigos y con los que pasaba prácticamente el noventa por ciento de su tiempo se dieran cuenta de ese cambio de look la decepcionó un poco.
Lavender había insistido aquella mañana en no sólo retocarle un poco más el cabello, sino también en añadir un poco de brillo a sus labios. “Nada exagerado, Mione”, había dicho. “Tampoco es que queramos pasar de ser Santa Teresa de Calcuta a Cindy Chick, prostituta profesional”.
Así era Lavender Brown, directa y sincera, y en demasiadas ocasiones bastante cruda y real. Lo importante es que cuando Hermione bajó a la sala común de Gryffindor, ni siquiera con las indicaciones poco disimuladas de Ginny tras ella Harry o Ron supieron que había algo diferente en su amiga y siguieron echando su partida de ajedrez mágico matutina. La castaña se fue directamente al Gran Comedor con Lavender y Pavarti, decepcionada con sus amigos. Una cosa es que no la consideraran una mujer deseable, por todo ese rollo de la amistad y demás, pero de ahí a ni siquiera mirarla y percibirla como mujer había un gran paso.
Ginny también estaba bastante mosqueada con su novio y su hermano. Sabía lo mucho que aquello había significado para Hermione y esos dos cabeza de chorlito ni siquiera habían dado muestra de interesarse ni un poco por ella. Ella también siguió a las chicas y cuando Harry le gritó que le esperara, lo único que hizo fue andar aún más rápido.
-¿Esa de ahí es Granger? –exclamó Draco Malfoy desde la mesa Slytherin cuando las cuatro gryffindors cruzaron la enorme puerta del comedor.
Las chicas se fueron directamente hacia su mesa y, por lo que parecía desde aquella distancia, no estaban demasiado contentas con algo.
-Alguien debería decirle a esa sangresucia que aunque el hipogrifo se vista de seda…
-Cállate, Zabini –le cortó el rubio.
-¿Qué cojones te pasa, Malfoy? ¡No me jodas! Un poquito de magia potagia en ese pelo escoba de Granger y ya…
Draco ya tenía su varita en alto y apuntando directamente a Zabini cuando volvió a hablar. Su voz era un simple susurro. Frío y mortífero, pero un susurro al fin y al cabo.
-Si sabes lo que te conviene, Blaise, no vas a terminar esa frase.
Los dos chicos se miraron durante un momento, midiendo, como suelen hacer los hombres, el grado de arrogancia, poder y estupidez con una sola mirada. Al cabo de unos segundos, Zabini fue el que la apartó.
-Tampoco tienes que ponerte así –dijo mientras se llevaba un bollo relleno de mermelada a la boca. –Era sólo una jodida broma.
Draco no le hizo caso y volvió a guardar su varita bajo su capa. En ese momento, Parkinson llegó hasta ellos y se sentó al lado del rubio dándole un beso profundo y bastante húmedo en su camino. Draco la apretó con fuerza por la cintura y volvió a hundir su lengua en la boca de ella.
-Buenos días –dijo cuando por fin se separaron. -¿Me he perdido algo interesante? Esa idiota de Greengrass ha tardado más de cuarenta minutos en salir del baño.
Pansy cogió un poco de huevos revueltos de la fuente y se los puso en su plato, al mismo tiempo que Goyle le servía un poco de zumo de calabaza en su copa. Si de algo podía presumir la morena, era de tener bien adiestrados a las mascotas de su novio. Cuando el slytherin le ofreció la copa llena, ella se lo arrancó de las manos de un zarpazo.
-¿Qué pasa? ¿Por qué nadie dice nada? –Pansy los repasó a todos con la mirada.
-Cállate ya, Pansy –la atajó Draco mientras él también se llevaba la copa a los labios. –No son ni las ocho de la mañana y ya me estás dando dolor de cabeza. ¿Adónde vas tú, Nott?
El chico, al escuchar su nombre, se volvió de nuevo hacia sus compañeros en la mesa. Theodore llevaba un par de libros y pergaminos en la mano. No es muy difícil imaginar adónde me dirijo, pensó. Zabini seguía centrado en su desayuno, pero Malfoy no le quitaba ojo de encima, como si de verdad el hecho de que él, Theodore Nott, abandonara la mesa del desayuno antes que el rubio fuera una verdadera ofensa. Pansy también lo observaba con un brillo extraño en los ojos.
-Voy a la biblioteca –y antes de que Malfoy pudiera agregar algo más, el chico ya estaba fuera del comedor, sin saber que cierta gryffindor pelirroja tampoco le había quitado los ojos de encima.
De hecho, antes que seguir aguantando la verborrea de Lavender sobre lo egoístas que son todos los hombres, sin excepción alguna, Ginny prefería incluso estudiar el ciclo reproductor de la larva venosa Cigneas Vilumun.
Harry y Ron habían bajado pocos minutos después de que lo hicieran ellas, aunque ninguna de las chicas se deshacía en palabras con ellos.
-Ey, Lavender, ¿qué tal con la redacción sobre los hábitos alimenticios de los vampiros en Rumanía? –preguntaba Ron con su mejor cara de cachorrito apaleado.
-Ajá –era lo único que le decía ella.
-¿Y tú, Ginny? ¿Hablaste con McGonagall sobre la nota de tu último trabajo? –le tocaba a Harry contraatacar.
-Psssss –era lo que recibía de su novia, seguido de un extraño gruñido de indiferencia.
Así que visto lo cual, los chicos se habían resignado a desayunar en silencio y a hacerse notar lo menos posible.
-Hermione –le susurró Ginny dándole un pequeño codazo entre las costillas para llamar su atención. La castaña casi se atraganta con una magdalena. -¿Has visto eso?
-¿Ver qué? –le contestó después de beber un poco de zumo y de buscar algo extraño con la mirada en el Comedor.
-Nott acaba de irse –le aclaró. –Me pregunto…
-Va a la biblioteca –contestó Hermione antes de que Ginny pudiera terminar su frase. Ante la mirada divertida de “¿Y tú cómo lo sabes?” que tenía su amiga, agregó: -Lo hace todas las mañanas. No lo sé. Le gusta comprobar sus tareas antes de clase o algo. No tengo ni idea, la verdad, pero Madame Pince me lo ha dejado caer muy sospechosamente alguna que otra vez.
-¿Madame Pince?
-Sí, ella…
-¡No importa! –le cortó la pelirroja. –Tenemos que pensar alguna manera de que tú y él os acerquéis. Y tenemos que pensarlo rápido.
-¿Qué estáis cuchicheando vosotras dos ahí? –inquirió Lavender frente a ellas.
Pavarti también las miraba, queriendo, al igual que la rubia, formar parte de la conversación.
-Nada. A Ginny, que le ha debido de sentar mal la pasta de dientes esta mañana –conociendo a sus amigas, la única posibilidad que tenía Hermione para salir de ésa, era restarle toda la importancia que tuviera.
-Sólo le decía a Hermione –continuó la pelirroja sin hacerle caso a las miradas asesinas de la castaña. –Que tenemos que encontrar una forma de que pueda acercarse a Nott.
-¡Ginevra Weasley baja la voz!
-Herms, vuelve a llamarme así y sabrás lo que es gritar de verdad.
La castaña apartó la mirada y se fijó en los ojos brillantes de Lavender. Su compañera no hacía más que mirarla como si Hermione fuera el pastelito de chocolate más sabroso que había visto en su vida. Lavender sólo había puesto esa mirada enfebrecida y soñadora cada vez que se le había ocurrido una “brillante” idea relacionada con lo que ella gentilmente denominaba: “sus más que evidente dones de casamentera”.
Mierda, se lamentó Hermione. Esto no ha hecho más que empezar.
-¿Sabes si Nott suele ir a la biblioteca también por las tardes?
Hermione no había pasado más vergüenza en su vida. De eso podía estar más que segura. En todos los años que llevaba en Hogwarts, había ido más de una vez con sus amigos a estudiar a la biblioteca, aunque menos de las que ella consideraba necesarias. Ron solía ser un verdadero pelmazo en la biblioteca. No se podía estar ni quieto ni callado y la bibliotecaria solía reñirle una media de diez veces en menos de treinta minutos. De hecho, por culpa de eso, Hermione y él habían tenido bastantes peleas. La castaña no comprendía la actitud infantil de su compañero y la toleraba aún menos. Todo el mundo tenía cosas sagradas e intocables y la biblioteca era el talón de Aquiles de Hermione.
Ahora, mientras miraba pero sobre todo, escuchaba a Lavender no podía más que desear que fuera Ron quien estuviera a su lado. Las chicas habían conseguido encontrar una de las mesas más escondidas y apartadas de toda la biblioteca, escondida entre dos estanterías de la sección de Herbología.
-Bien, lo hemos conseguido. Nott todavía no está aquí.
Hermione se llevó la mano a los ojos y suspiró.
-No me digas que por eso habéis venido.
-Pues claro, Mione. ¿Creías que de verdad estábamos interesadas en ponernos al día con Pociones cuando sólo llevamos un par de semanas de curso? –soltó Lavender como si aquello fuera lo más inverisímil que había escuchado en su vida.
-En realidad, yo…
-No, Mione. Estamos aquí para darte algún que otro consejo para que comiences con la Operación Serpiente de Biblioteca.
-¿Operación Serpiente de Biblioteca? –repitió la castaña sorprendida.
-Es así como llamamos a lo tuyo con Nott –le aclaró Ginny mientras hojeaba desinteresadamente un libro que había cogido.
-No existe ningún mío con Nott –exclamó Hermione exasperada. –Y os agradecería que fuerais un poco más discretas con todo este asunto.
-Tranquila, Hermy, nosotras sólo… -Lavender paró en seco. –¡Ahí viene! Genial…
La rubia se volvió al instante hacia su amiga. De hecho, todas miraban a Hermione en aquel momento.
-Recuerda, Mione… Tú eres una leona y él una simple serpiente. Aquí mandas tú.
-Pero…
-Hazte la desinteresada. Hay pocas cosas que interesen más a un tío que una presa difícil –le tomó Ginny el relevo. –Un poco de pestañas agitadas, ojos perspicaces y luego, ¡zás!, indiferencia. Créeme, funciona.
-Yo no…
-Deja de subestimarte, Hermione –terminó Parvati mientras todas recogían sus cosas y se levantaban. –Hoy estás preciosa y aunque los idiotas de nuestra casa no se hayan dado cuenta, Nott parece un tipo inteligente. Puede que sea un mortífago en potencia pero bueno, para una alegría tampoco tiene que ser el Rey de Inglaterra.
Hermione se quedó sin palabras. ¿Qué era eso que acababa de oír? Y de boca de Patil nada menos. La castaña se quedó petrificada viendo a sus amigas salir de la biblioteca y a Lavender murmurándole un “hola” demasiado risueño a Nott.
¡Por Morgana! ¿En qué estaban pensando? Aquello iba peor de lo que había esperado.
Theodore se sentó dos mesas a la derecha de Hermione. Tras comprobar que después de lo que le habían dicho sus amigas, era incapaz de concentrarse en nada, Hermione decidió que lo mejor (o mejor dicho, lo único que podía hacer) era sumergir la nariz en alguna novela que la evadiera lo suficiente para que se le bajaran los dos coloretes que la vergüenza habían hecho aparecer en sus mofletes.
Sin hacer ruido se levantó de la mesa y se perdió entre las estanterías. Tantos libros que leer, tantas cosas que pensar, tanto que hacer… Hermione necesitaba un descanso. Su mente necesitaba desconectar, lo sabía, pero dudaba que eso fuera posible. Sin quererlo, o puede que haciéndolo, acabó en el pasillo de literatura. Los dedos de la gryffindor se deslizaron veloces entre los tomos, buscando uno en particular. Uno que alguien había cambiado de sitio.
-¿Tan difícil es dejarlo donde lo encontraste? –murmuró para sí.
La castaña echó un vistazo rápido por la estantería y encontró el libro un par de baldas por encima de su cabeza. Se estiró, pero ni de puntillas era capaz de alcanzar el tomo y como siempre ocurre, la mente de Hermione, aunque más inteligente que la media, también llegó a la conclusión de que quizás saltando o peor, agarrándose a la estantería y alzándose más sobre las puntas, conseguiría suplir lo que su escasa estatura le impedía.
Un par de libros se balancearon peligrosamente.
-Déjame a mí –escuchó que decía una voz masculina detrás de ella.
Una mano pálida pasó al lado de su cara, cogió el libro que quería y lo bajó. Hermione se giró lentamente, maldiciéndose a sí misma, pero sobre todo a Lavender, Ginny y Pavarti, por saber a quién pertenecía esa voz. Frente a ella, Theodore Nott observaba tranquilamente la cubierta del libro.
-Orgullo y Prejuicio –leyó en voz alta. –Que no te engañe el título, Granger. No es autobiográfico.
La niña se quedó mirándolo sorprendida.
-¿Lo has leído?
Nott le alargó el libro y la miró con una sonrisa de medio lado en los labios. Una sonrisa que Hermione no pudo evitar tachar de encantadora.
-No todos los Slytherins somos unos incultos sin capacidad para apreciar el arte. A pesar de lo que a los leones les guste pensar.
-No quería decir eso.
-¿Ah, no? ¿Entonces?
Hermione se calló un momento sin saber si contestar o no. ¿Acaso Nott se estaba riendo de ella?
-Austen es una escritora muggle y sí, no esperaba que alguien como tú la conociera y que mucho menos la leyera.
Nott se encogió de hombros. La miró durante un momento más y sin decir nada, comenzó a irse. Cuando el slytherin ya estaba a punto de doblar la esquina y salir del campo de visión de Hermione, se giró hacia ella y aún con esa sonrisa enigmática y burlona en los labios le dijo:
-Por cierto, Granger, bonito pelo.
Y ahí sí que Hermione se quiso morir.
Que ningún chico del castillo hubiera reparado en el resultado de tres horas de encantamientos y pócimas alisadoras era algo que bien podía soportar, pero que el único que lo hubiera hecho hubiese sido Nott, un slytherin, era demasiado.
Aún en contra de su voluntad, las mejillas de Hermione volvieron a encenderse y ahora incluso le quemaban.
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Cuando Draco llegó al lugar de reunión, la mayoría de los mortífagos que había allí iban cubiertos por la capucha de su capa. Algunos estaban ya reunidos en grupitos y aunque no todos, Malfoy era capaz de reconocer a la mayoría de ellos solo por su pose y los zapatos que llevaban. Se quedó en silencio junto a la chimenea, esperando la llegada de su súbdito.
Acheron tardó unos diez minutos más en llegar.
-¿Has tenido problemas?
-Nada importante, señor.
Draco asintió a sabiendas de lo que aquella frase significaba. El incidente de ayer con Granger había sido demasiado precipitado. Había perdido los nervios. Últimamente, esa sangresucia no hacía más que sacarlo de sus casillas. Cuando vio toda esa sangre bajando por su pierna, Draco se asustó mucho y ella lo había notado. De eso estaba seguro. Aún así, ese estúpido orgullo gryffindor que todo los horrores que había vivido hasta el momento y todas las vejaciones que sufría en la Mansión Malfoy no habían podido borrar, la obligaron a levantarse de la cama, coger una de las blusas favoritas de Draco y taparse con ella el corte y salir de la habitación con la barbilla ridículamente alta.
-Vamos. Al Señor Tenebroso no le gusta que le hagan esperar.
¿Qué os ha parecido el sexto capítulo?
Yo he quedado bastante contenta con el resultado. Y ahora unas cuantas preguntas:
¿Qué creéis que pasó la noche anterior entre Hermione y Draco?
¿Cómo creeis que actuará Hermione a partir de ahora con respecto a Nott? ¿Y él? ¿Qué creeis que hará?
Y ahora si habéis llegado hasta aquí, ¿qué más os da dejadme un comentario?
Solo dadle a mi amiguito verde!!!