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No hay notas… mi maldito cerebro se niega a cooperar. ¡Besos a quienes lean!
Intuición
By Kea Langrey
La sonrisa que se dibujó en los labios de aquel joven, lo hizo sentirse de pronto acosado.
Nunca antes nadie lo había mirado de aquella manera, como si fuese algún tipo de delicioso pastel, exhibido en un aparador. Bajó su mirada y vio los panes cubiertos de crema y frutillas multicolores. Regresó la mirada al chico que le atendía y carraspeo un poco.
—¡Hola! —recibió el emocionado saludo del rubio dependiente. El aludido entrecerró los párpados, dispuesto a soltarle el tono más frío y distante de su repertorio, cuando miró como la cabecita rubia del infame muchacho era golpeado por una fuerte colleja.
—¡No seas tan irrespetuoso! —escuchó la voz ronca y varonil de un hombre que parecía ser el clon varios años mayor del jovenzuelo irreverente. O quizá era al revés, pero por primera vez en su vida sintió como el aire abandonaba de golpe sus pulmones. —Perdone a mi hijo, aún no se acostumbra al empleo.
Y la sonrisa que le dio ¡maldición!... era casi como si un perfecto dios griego hubiese bajado de su nube de ensoñación a mostrar su gloriosa divinidad a un desgraciado mortal.
Casi pudo ver un aura brillosa rodear su cuerpo y unas luminosas alas brotar de su espalda.
—Está bien… no importa. —recordó responder. Tragó saliva, pues las palabras habían raspado su garganta. De pronto se había hecho demasiado difícil el hablar. —Quisiera ordenar un pequeño pastel con cubierta de chocolate blanco.
Fue lo que dijo, mientras aquel hombre le regalaba otra encantadora sonrisa, que hizo que sus rodillas se volvieran de gelatina. Justo en ese momento había olvidado que iba por un pudin sencillo, para celebrar el cumpleaños de su querido hermano pequeño. Pero termino por ordenar aquel dulce postre.
Había dicho el primer nombre que leyó en la carta, para salvarse de la humillación de tartamudear ante el hombre que le arrebató el aliento, y parecía no mirarle con mayor interés que el que le despertaría cualquier otro cliente.
El muchachito rubio salió detrás del mostrador, diciendo algo a lo que en realidad no le prestó atención y desapareció de su vista en cuestión de segundos.
Cuando el hombre rubio se inclinó por debajo del mostrador, logró encontrar la fuerza suficiente para hacer latir su corazón de nuevo, aspirando aire profundamente (disimulándolo muy bien) y mirando todo el local.
Se había decidido a entrar ahí, por recomendación de uno de sus amigos. Había dicho algo sobre haber probado los mejores pasteles de su vida. Y consciente de que en un par de días sería el cumpleaños de Sasuke, su hermano, se había animado a entrar, llamado por la bonita decoración del lugar.
Miró a unos cuantos comensales, los platitos frente a ellos y las humeantes tazas de té o café. Reparó por un instante en la ensoñadora mirada que le lanzaban un par de chicas que trataban de parecer mayores, por la forma en que se sentaban, irguiendo su espalda y sacando el pecho, y la mirada penetrante del chico de ojos azules de un principio, que estaba sentado con ellas.
Se preguntó si de alguna manera ya se conocían de antes, porque el joven parecía mirarlo con anhelo.
—Sí quiere, puede probar todas nuestras especialidades para decidir mejor. —le dijo el hombre de un principio, y sintió que nuevamente se le iba el alma a los pies. —Puede hacerlo por aquí. —dijo, llevando la charola lleno de trocitos de pastel a una de las mesas. —Así sabrá mejor cual elegir. —le sonrió de nuevo. Iba a responderle que no tenía por qué hacer eso, pero al ver como el hombre también se sentaba frente a la mesa, sintió que su cuerpo dejaba de obedecerle, para responder a la petición de aquel hombre. —Por cierto, Namikaze Minato, soy el dueño.
—Uchiha Itachi. —respondió casi automáticamente. Sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal, cuando lo miró sonreír con algo que para él pareció deleite, y estuvo a punto de corresponderle el gesto cuando escuchó el escandaloso grito del chico rubio de hacía un rato.
—¡Lo sabía! —se puso de pie en un salto, señalándolo. —¡Tenías que ser pariente de ese bastardo estirado! ¡Si tienes escrito “Uchiha” por todo el rostro y…! —y ahora fue sentado en su lugar nuevamente, por los golpes que las dos chicas le dejaron caer en la cabeza.
—Discúlpeme un momento. —pidió el adonis, levantándose de su silla para ir a sujetar de la oreja a su hijo y dejarlo detrás del mostrador, diciéndole algo que lo hizo poner una mueca enfurruñada, en ese instante las chicas abandonaron rápidamente el lugar. Cuando Minato regresó, le mostró de nuevo aquella hipnotizante sonrisa.
Itachi no se perdió ninguna escena de esa obra magistralmente representada frente a sus ojos, y estuvo seguro que el desencadenante de esa reacción en el joven hijo de Minato, no era otro sino el destinatario del pastel que ahora se vería obligado a comprar.
—Al parecer mi pequeño hijo es compañero de escuela de tu hermano, Sasuke. —dijo a modo de disculpa, dejando de lado el tono formal para dirigírsele, luego de que se acomodó en la silla. E Itachi lo odio, por parecer tan perfecto, incluso al estar plácidamente sentado en el sencillo mueble. —Toma… este es de trufa de chocolate. —dijo, tendiéndole un platito con un trozo del mencionado pastel.
Itachi estiró su mano casi automáticamente, como si su comportamiento estuviese condicionado a las palabras del hombre que tenía enfrente. Probó el postre y tuvo que admitir que sabía muy bien.
Y sonrió.
A cada trozo diferente de pastel, su sonrisa iba haciéndose aún más amplia, lo que lo hizo descubrir que era un ávido fanático de los dulces. Ni siquiera fue consciente de cuando el hijo de Minato le colocó una taza de café enfrente, pero si agradeció el amargo sabor que hacía contraste en su boca. Tampoco de cuando la conversación fue encaminándose a derroteros más personales, ni del hecho que se estaba mostrando demasiado amistoso con un completo extraño.
—Itachi… —le llamó el rubio hombre, provocándole un delicioso escalofrío al moreno. —¿Puedo preguntarte algo personal?
Itachi casi gritó. Era de lo único que habían estado hablando las últimas… miró su reloj de pulsera… ¡tres horas, por dios!
—Eh… si, supongo. —respondió sin saber por qué.
—¿Te gusto? —Itachi casi se atragantó con el pastel. Miró de reojo percatándose de que eran las únicas dos personas en el local. Estuvo a punto de levantarse con aire ofendido, asesarle un puño en el rostro y salir con aire ofendido, pero simplemente tragó saliva y sonrió.
—¿Te gusto yo a ti? —susurró con voz ronca.
—Creí que era evidente. —y nuevamente sintió como su corazón golpeaba fuerte contra su pecho. —Soy tu víctima.
—¿La pastelera? —preguntó, tratando de sonar desinteresado.
—Sólo pastelero. —se escuchó de pronto el ruido de trastes cayendo y la disculpa atropellada proveniente de la cocina. —Y Naruto, mi hijo.
Itachi arqueó las cejas en muda pregunta y acomodó su impecablemente ajustado abrigo.
—Puedes preguntarle si quieres. —le sonrió. Itachi también se alegró. —Podré sonar como un lunático, pero soñé contigo… hoy.
Itachi metió un dedo en la crema sobrante de uno de los pasteles y lo llevó a su boca en un movimiento insinuante.
—También lo seré entonces, pero creo que este encuentro fue divinamente orquestado.
Minato metió su dedo en un poquito de merengue y lo llevó hasta la boca de Itachi, quien lo lamió con la punta de su lengua.
—Presiento que no será lo único que lameré. —ronroneó Itachi, y Minato le mostró sus hermosos y blanquísimos dientes en una bonita sonrisa.
—Puedes apostarlo.
Cuando Naruto salió de la cocina, con un nuevo pastel (de un muy sospechoso color naranja), su papá le tendía una nota, que supuso era el recibo de su pedido, a Itachi. El moreno se dignó entonces a fijar sus profundos ojos oscuros en él y luego le sonrió. Le tendió una pequeña tarjetita.
—Estás invitado al pastel de cumpleaños que organizaré para Sasuke. —Naruto sonrió enormemente, comenzando a mascullar algo sobre empujar a su hermano sobre el pastel, para vengarse por haberlo arrojado a la fuente del parque central y quien sabia que cosas más, pues el joven se fue riendo histéricamente, maquinando quien sabe que.
Minato miró la notita con el pedido, firmada por Itachi. La giró al notar escrito algo al reverso. Sonrió al leer la dirección en la notita y un escueto: “Hoy. 9:30.”
—¿Cómo sabes que iré? —preguntó jocoso el rubio.
—Intuición. —respondió, saliendo del local.
El rostro de Minato se iluminó y guardó la pequeña nota en su bolsillo. Si, en definitiva, era bueno hacer caso a la intuición.