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Author of 9 Stories |
Lola
Aquí les dejo a Lola... Una chica con exceso de personalidad, de lo más ocurrente y carismática. Una adicta a la nicotina, la música y los buenos libros. Una de esas personas que todos aspiramos a ser, o a conocer, o a tener por amiga. Tres capítulos escritos, un cuarto en proceso.
Por cierto. Los textos en cursiva, si están en inglés, es porque son en inglés; y si están en español es porque son en español. También los encantamientos están en cursiva... Y, como la protagonista es original de Argentina, usa algunos insultos como boludo o expresiones del tipo de "es un garrón" o "fiaca" que los foráneos pueden no entender. Pregunten en un review, porque me da fiaca ponerme a hacer un diccionario de argentinismos. En negrita y cursiva es un recuerdo, y los recuerdos siempre están en español.
Bueno, espero que esas aclaraciones les faciliten la lectura. A mí me facilitan la escritura xD
En fin... El disclaiment: Todo lo que pertenece a Jotacá y yo tomé prestado para este fic, pertenece a Jotacá igual que sus casas, autos y millones de dólares. Si yo tuviera casas, autos y millones de dólares como ella, no estaría escribiendo estas boludeces. La historia, los personajes fuera del canon y los hechos ocurridos en "Lola", son enteramente míos y no dejo que nadie los firme con su nombre, los reescriba ni los copie en otras páginas. Todo peola con el copyleft, y si quieren bajarse los capis a su compu, e imprimirlos, y pasarle la historia a sus amigos (con MI NOMBRE) y reírse de lo mala que está y tirarme tomatazos, pueden, pero nada de plagios.
Recuerden: DEJAR REVIEWS ADELGAZA
Are you Dolores Dewey?
You change your mind
Like a girl changes clothes
Me acomodo los auriculares.
Miro por la ventanilla. Una tormenta se acerca por el este, y poco a poco el cielo se torna gris, negro. Ya quiero llegar. O no. No lo sé. Me da miedo ser la chica nueva. Pero dicen que es el mejor colegio de toda Europa, quizá del mundo. Debe ser genial. Por lo menos es en Escocia, no es Francia... ¡¿Qué iba a hacer yo entre un montón de francesas?!
Ahora agradezco los cinco años en el instituto de inglés. Pero sólo un poco, no sea cosa de que la vieja arpía que tenía como profesora crea que de verdad me agradaba que ella me dictara las clases.
Ay, Dios. Preferiría seguir en el Instituto mil años más antes que esto… Ser la nueva es una mierda… Nueva en el colegio, nueva en el país. Nueva en todo, desubicada, inadaptada.
Se me escapa un suspiro. Es raro, nunca fui a un internado. Allá, en casa, tenía que ir a la escuela muggle a la mañana y pasarme la tarde en el Colegio de Magia.
¿Qué, qué tiene de raro que vaya a un colegio de magia? Ah, cómo… ¿no lo dije? ¡Soy una bruja!
Bueno, hay muchas cosas sobre mí que aún no he dicho. Por ejemplo, que me llamo Dolores, que tengo quince años, que mis padres están separados y que nomás este verano me tuve que venir a vivir a Inglaterra con papá y la zorra de su novia, desde mí amada Argentina. Y que me inscribieron en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
You, you don't really wanna stay, no
You, but you don't really wanna go
Tengo miedo. ¿Cómo serán los ingleses? Quizá sean estirados y formales, como en las películas. Mierda. Espero que no. No entiendo todo eso de la hora del té y cenar antes de las ocho…
Debe ser genial estar en un internado… Lejos de casa (¡¡¡sí!!!), con Hogsmeade a sólo unas cuadras (¡Hogsmeade! ¡Una ciudad enteramente mágica…! ¡Sólo hay tres en el mundo…!), y ese enorme castillo…
Tengo una amiga que hizo un año de intercambio aquí. Dice que es muy cool. En realidad, dice que es chévere, la mexicanita. Pero ella es hija de magos, lo ve distinto…
Yo no puedo pasar dos días sin conectarme a Internet, ni hablar de estar sin mi celular… Un amigo me explicó cómo hechizar mi mp4 para cargarlo con magia, pero no es suficiente… Voy a tener que revisar la biblioteca, para encontrar una forma de enganchar Wi-fi en Hogwarts.
¡Otra más! En la biblioteca de Hogwarts sólo debe haber libros de magia, y todas mis novelas muggles las dejé en casa. En casa, es un decir. En el departamento de papá. Quiero volver a mi verdadera casa. ¡Ya!
La puerta del compartimiento se abre. ¡Dios! ¿Qué me van a decir? No sé si pueda usar cosas muggles en el tren, ni si mi vestimenta está permitida, ni si mi aspecto general es… ¿aceptable?
En el segundo en que la puerta se abre, hago un repaso de mi atuendo. Un jean ajustado y lleno de rotos, con un parche que dice "Qué mirás?" en el bolsillo trasero. Una remera negra, con una foto del Flaco Spinetta. Zapatillas rotas (la derecha tiene la suela despegada. La izquierda ni siquiera tiene cordones). El pelo negro atado en una coleta alta y desordenada, rizos escapando de todos lados. En una oreja, cuatro brillantes de distintos colores; en la otra, un largo colgante negro acabado en una calavera cerca del hombro. El piercing en la ceja izquierda. La mochila de lona, toda rota, que está en el asiento a mi lado.
Una chica de pelo rubio dorado en hermosos bucles, ojos azules como mediodías y todo el aspecto de ser la versión más joven de Barbie asoma la cabeza. Jeans corte recto y camisa blanca con cuello redondo, mi dios. ¡Debe tener mi edad!
- Oh, disculpa, creí que estaba vacío. – Dice en un inglés con acento graciosísimo. Acabo de recordar que el instituto al que fui enseñaba inglés americano.
- No hay problema. El lugar está libre. – ¿Cómo sonarán mis palabras a sus oídos británicos? Por la mueca que hace, supongo que muy mal. Murmura algo que suena a “no importa” y desaparece.
La mudanza fue bastante precipitada, igual que el compromiso de mi viejo con esa rubia siliconada y la desición de que, si él no estaba en el país, la custodia provisoria que mamá tenía no era válida.
Cuando digo precipitada, no me refiero a un par de semanas de anticipación. Hablo de tres días en que papá hizo todos los trámites necesarios (con ayuda de su abogado), mientras yo suplicaba por quedarme.
El último día supe que era imposible. Mi notebook, mi mini-componente, mis libros, mis discos, mi ropa, mis pósters, mis fotos, mis revistas, el televisor de mi cuarto… Todo fue prolijamente guardado en el baúl mágico de la abuela, y enviado por la Red Flu al departamento de la futura esposa de papá.
No quedó mucho por decir. El cuarto vacío, la casa triste, mamá con el rostro anegado de lágrimas. Y mi odio cada vez más grande.
Mona Sofía, mi paloma mensajera (los ingleses usan lechuzas… qué raro) fue la encargada de repartir avisos a todos mis amigos… Los del lado mágico, claro. Los muggles recibieron mensajes de texto de emergencia. Todos decían lo mismo.
“Mudanza a Inglaterra. Este lunes. No se puede arreglar. No cuenten conmigo para las salidas de este año… ¿Alguien para ofrecer apoyo moral? ¿Alguien que quiera mis peluches?”
Hubo respuestas, hubo silencios. Varios aparecieron con casa con helado, cartitas de despedida y diccionarios de inglés. Repartí los peluches entre todos ellos, como agradecimiento.
Mariano y Guadalupe, mis “tabacco friends”, se presentaron con una caja de zapatillas llena con atados de cigarrillos de distintas marcas… Y un par de habanos, para no irme tan triste.
Fiore y Juan, los del “Insti” de inglés, fueron los graciosos de los diccionarios bilingües. No tardé en ver que entre las hijas había mensajitos alentadores.
De la escuela vinieron Karen, Nico y Guille, con tres kilos de helado de chocolate y una caja grande de pañuelos. Fue una de esas despedidas lacrimosas y patéticas que se etiquetan como no quiero recordar esto.
Del Colegio, Nahuel y Rodrigo aparecieron con un mazo de naipes explosivos nuevo y un libro llamado “Los secretos de la Animagia”. Pablo no estaba allí para decirme adiós, ni abrazarme ni secarme las lágrimas…
Unos diez mails consoladores, cincuenta mensajes de texto y una veintena de cartas que me trajeron las palomas de mis compañeros acabaron por llenarme de bonitos recuerdos para no deprimirme tanto.
Luego, las llamas de la chimenea en casa de papá se tornaron verdes, y yo murmuré un desganado “154 Washington Street, London, England” que me supo agrio.
Sólo viví una semana en Londres, y apenas salí de casa. Papá fue a comprarme los libros para el colegio, yo me encerré en mi nuevo cuarto con la música a todo volumen y no asomé la nariz fuera ni siquiera para comer.
Tengo que admitir que el departamento de la zorra es espectacular. Habitaciones mágicamente insonorizadas y sistema de detección de muggles, cuatro dormitorios (el mío, el de ellos, uno para los posibles huéspedes y un pequeño estudio) con baño en suite, una cocina súper lujosa y moderna, y todos los lujos que uno desea en una vivienda no mágica, desde reproductor de DVD y Blue-Ray hasta LCD de 49 pulgadas.
Mi cuarto es asombrosamente grande, comparado con los cuatro metros cuadrados de casa, pero también frío e impersonal. Paredes blancas, piso de madera, cama de una plaza con acolchado azul, cortinas celestes, un enorme armario empotrado, una biblioteca de pino y un pequeño escritorio.
Con una mano sobre el corazón, puedo decir que prefería mi estantería hecha con ladrillos apilados y tablas de madera; mi sillón-cama y el barral cruzado sobre el cuarto que usaba para colgar la ropa antes que vivir en Inglaterra. No digo que no me encantaría tener una casa así, pero en MI ciudad.
Arruiné la pintura impecable con cinta adhesiva y clavos, saqué las horribles cortinas y las cambié por las mías negras, rebalsé la biblioteca de libros, rayé un poco el piso corriendo la cama. Por supuesto, yo dije que no lo hacía aposta (lo cual fue una asquerosa y despreciable mentira).
El escritorio era perfecto para poner mi pequeño televisor 14 pulgadas y la computadora. El mini-componente quedó en el suelo, junto a la gigantesca pila de discos y una montañita de libros que no cabían en la estantería.
Luego de setenta y dos horas de fumar y fumar y fumar y escuchar El Otro Yo a todo lo que daba el equipo de música y de pasar ratos eternos mirando la calle en el balcón y de no comer absolutamente nada, me harté y decidí que debía averiguar qué fumaban los ingleses.
Me di una ducha, me puse un pantalón negro y ajustado, una remera de los Guns ‘N Roses, me até el pelo y me puse mis zapatillas. Agarré algo de dinero, dejé la ventana abierta para que saliera un poco el olor a humo y me fui.
Di varias vueltas hasta dar con un kiosco. El kiosquero no me quería vender cigarros, y estuve media hora para convencerlo de que eran para mi padre (que no fuma, pero él qué sabe). Compré varios atados, de distintas marcas, para probar, y uno de Marlboro. No quería acabar tan pronto mis provisiones para el año, que había comprado con mis pocos ahorros.
Al volver, fumando tranquilamente, todos los adultos y varios jóvenes que me cruzaron en la calle me miraron mal. N o sé si era por mi aspecto, por el cigarrillo o por ir cantando al son de mi mp4.
¿Podré fumar en el tren?, me pregunto. Supongo que no, pero buscar un baño no me matará… Por las dudas, digo. Además, estoy nerviosa, y no me vendría mal un poco de nicotina.
Abro la mochila, donde tengo tres cajas mayoristas de Marlboro. En el baúl hay más. Gracias, abuela; gracias, mamá; gracias, tío; por el dinero de mi cumpleaños. Los amo.
Con un atado y la varita en el bolsillo, me aventuro por el corredor. Una niña de primero que lleva pantalones cortos y remera de Bob Esponja me mira un instante y se mete en un compartimiento.
De uno de los bolsillos delanteros de mi jean saco el mp4, y le subo lo más posible a la música. Suena Fall Out Boy. “Dead on arrival”
Llego al final del vagón. Una puerta con un cartelito indica que ese es el baño. Entro, y noto al segundo que tiene pestillo mágico. Un golpe de varita, se cierra. Otro a la ventana, y un aire frío se cuela en el pequeño cuarto de baño. Otro en la punta del cigarrillo, una pitada que me llena los pulmones de humo.
“Pucho nuestro que estás en mis manos…” El padre nuestro del fumador. ¿De dónde lo saqué? Ah, sí. Una amiga lo vio en un blog y se lo plagió. “Santificada sea tu ceniza”. La calma nicotínica y artificial del cigarro se inyecta en mi organismo. “No nos permitas caer en el porro” Suspiro, y una leve línea humeante rasga el aire y se escapa por la ventanita. “Y líbranos de la salud. Amén.”
Me apoyo en el borde del lavamanos, el cigarro descansando entre mis dedos, los hombros un poco más relajados. El espejo me devuelve una mirada cansada, triste, ojerosa.
Ojos verdes, verde jade. Nariz como un poroto, caricaturesca. Cachetes redondos y sonrosados. Labios pequeños y carnosos. Frente ancha, con unos pocos mechones de pelo cayendo sobre ella. Mentón levemente puntiagudo. En conjunto, una carita de ángel irrepetible, perfectamente arruinada por la mueca despectiva siempre presente, el piercing (los piercings, saco la lengua un momento), la cicatriz en la barbilla. Ahora es el rostro de una incógnita, una contradicción constante entre el inocente perfil derecho y ese par de detalles que se hacen notar al mirarme desde la siniestra.
Me llevo el Marlboro a los labios. Me suelto el pelo, lo vuelvo a atar, con más fuerza. Los mismos mechones quedan libres y caen sobre mi frente. Caso perdido.
- Ciertamente, podrías cortártelo o algo. – Dice el espejo. ¡Maldito espejo con acento inglés! Le echo una mirada cortante, y sonríe. El reflejo deforma horriblemente mi sonrisita ladeada y llena de hoyuelos (lo único, junto con mis ojos, que me ENCANTA de mí misma), y lo odio tanto como es posible odiar a un espejo mágico. – Y esa cara que llevas… El maquillaje no va a matarte, preciosa.
- Cierra el pico, idiota. – Mascullo, y aunque tengo ganas de putearlo como se debe, en argentino, le hablo en correcto inglés. – Vete al infierno.
- Verte ya es un infierno. – Dice, socarrón. Procuro ignorarlo, me hundo en mi música. Noto su mirada en mí. Maldito espejo, maldito espejo, maldito espejo.
– Malditos ingleses y sus espejos y la concha de sus madres. – Le digo a nadie en particular. El espejo no entiende. Sonrío, amo el español. Una pitada más, y tiro el cigarro por la ventanilla.
Salgo al pasillo relajada, con una sonrisita burlona en el rostro y escuchando “Anarchy in the U.K.” Durante los próximos cinco minutos, con suerte un poco más, seré feliz.
Se hizo de noche. Me queda poca batería en el mp4, así que lo coloco junto a mi varita, de forma que la punta de ésta toque con la toma para el cargador. Murmuro un lumos, pero no se prende ninguna luz. El indicador de carga comienza a subir.
Estoy desparramada en uno de los asientos, con los pies en el de enfrente. Los brazos bajo la nuca, oficiando de almohada, y la mirada clavada en el techo.
- No tengo tiempo para saber si hay un amor ideal… - Canto, apenas moviendo los labios, en un murmullo cansado. Los auriculares no me permiten enterarme de nada. Sólo de la música en mis oídos y de un nudo en la boca de mi estómago que a cada momento se cierra más.
Decido que en mi compartimiento no va a entrar nadie, y me prendo un cigarrillo. Me siento, estiro las piernas. Doy una pitada. Cierro los ojos.
¿Cuánto faltará para llegar? ¿A dónde debo ir? ¿Cómo es eso de las casas? No noto que la puerta se abre hasta que alguien me toca el hombro. Me sobresalto. El cigarro se me cae de entre los labios y rueda al piso, yo me quito los auriculares en un movimiento rápido. Caen sobre mi regazo, aún sonando, y escucho la letra a la perfección (mierda que tenía fuerte el volumen).
- Sorry, ¿are you Dolores Dewey? ¿The new-one? – Un chico de ojos grises, cabello rubio ceniza desordenado y túnica negra está parado a mi lado. Me sonrojo. Me ha dicho “la nueva”. Puta madre. Pero, carajo que es lindísimo.
- Yes, I’m. ¿Quién eres tú? – Otro más que me mira raro por el acento. Y sólo dije cinco palabras. Bueno, no estoy segura tampoco de que deba hablarle así, además el chico parece mayor que yo y tiene una “P” verde y plateada en el pecho que me hace pensar que es uno de los “Prefectos” que me comentó mi amiga mexicana.
- Scorpius Malfoy. No se supone que debas fumar aquí. – Me dice, pero no es una regañina. Sonríe. – Tengo una carta de la vice directora para ti, y te recomiendo que trabes la puerta if you want to smoke. – Me tiende un rollo de pergamino atado con una cinta roja, y me guiña el ojo.
Augh. Qué sexy qué es. Le devuelvo la sonrisa. Y ¿por qué un prefecto me diría cómo romper las reglas en vez de castigarme? Pfff, yo qué sé, estoy derritiéndome.
– Gracias – Me mira desconcertado. No me dí cuenta que hablada en español, qué idiota. – Oh, Sorry. Thank you. – Me sonrojo más.
- Deberías ponerte la túnica, llegaremos en unos quince minutos. Un gusto, Dolores Dewey. – Qué mono, cómo pronuncia mi nombre.
- Igualmente. – Desaparece por el corredor justo a tiempo, porque ya se me cae la baba. Trabo la puerta con un movimiento de varita, y un Accio trae mi cigarrillo de vuelta. Otra pitada, para tranquilizarme, y desenrollo la carta. Comienzo a leerla, muy por arriba.
“Estimada Señorita Dewey:
Estamos muy… tenerla aquí junto a nosotros… esperamos que se sienta… quinto año… horario será entregado… selección de las casas… dejar el baúl… carruajes… esperar junto a… Gran Comedor… luego podrá… con su casa… Sala Común…
Atte.
Hermione J. G. Weasley
Profesora de Defensa Contra Las Artes Oscuras
Jefa de la casa Gryffindor
Vice directora del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.”
¿Qué mierda…? No entendí naah... Evanesco, y la colilla desaparece. Tiro la carta a un costado, y abro el baúl. Quiero mi túnica… Me la pongo por encima de la ropa, y noto que no tiene nada en el pecho. ¿Será porque no tengo casa? ¿O sólo los prefectos tienen un escudito prendido? Y qué prefectos…
Malditos ingleses… ¿Por qué tienen chicos tan sexies?
El tren se detiene. Todos se apuran a bajar, riendo y charlando. Fuera, un sombrío transporte los espera, para llevarlos (llevarnos) al castillo.
Carruajes negros tirados por enormes y tétricos caballos alados esperan en el andén. Miro a los caballos, que tienen la piel escamosa pegada a los huesos y enormes ojos rojizos. Uno me devuelve la mirada, y al instante recuerdo algo. Comienzo a temblar. ¿Qué demonios son esas cosas?
Apago mi mp4, y subo a uno de los últimos carruajes. Sólo una niña -que debe ser de segundo- está allí, leyendo una carta. Pergamino. La niña tiene un pequeño escudo rojo y dorado en la túnica, aunque sin la “P” del rubio.
El viaje se hace largo, silencioso. Al fin llegamos, y la pequeñaja no me ha ni mirado. Se baja, enrollando la carta. Tiene una mirada feliz, como si hubiera recibido buenas noticias. Qué envidia.
Sigo a la multitud hasta el Gran Comedor, pero me detengo en la puerta. Todos pasan a mi lado, algunos me miran, incluso me señalan. Me sonrojo, y respiro hondo.
Cuando ya no queda nadie en el corredor, oigo el sonido de unos tacos altos acercándose a mí. Una mujer de cabello castaño recogido en un moño informal, vestida con un elegante traje pantalón muggle, me estrecha la mano. Debe tener unos cuarenta años, pero sus ojos color miel reflejan una vitalidad espectacular. Es atractiva, con un cuerpo joven, y unas pocas arrugas en torno a los ojos.
- Un gusto, señorita Dewey. Por favor, sígame. – Sin dejarme decir nada (y echándole una mirada reprobatoria a mi túnica entreabierta y mis zapatillas), comienza a caminar otra vez.
Una escalera, un corredor, otra escalera. Una puerta de madera, una placa dorada con su nombre. De golpe me viene una canción a la mente. Algo de Radiohead. Pero no llego a precisarla, que se esfuma. La puerta se abre.
Un escritorio de roble, lleno de papeles prolijamente apilados. Estanterías repletas de libros. Una chimenea encendida. Fotos mágicas en una pared: una familia de pelirrojos sonrientes, tres adolescentes abrazados, una boda, dos niños pequeños. Y también varias fotos muggles: una pareja con una niña de pelo castaño; la misma pareja, más ancianos, con los que parecen ser sus nietos.
La Profesora Weasley se dirige a un taburete de tres patas sobre el que descansa un viejo sombrero. Lo levanta, y me mira. – La Ceremonia de Selección debe comenzar en diez minutos. Por lo tanto, para que estés presente en la misma y luego en la cena, serás seleccionada ahora. Por favor…
Me señala el taburete. Dubitativa, me siento. Ella coloca el sombrero en mi cabeza con una sonrisa maternal. El ala me cubre los ojos. De pronto, una voz inunda mi mente.
- Hello, hello. ¿Who are you? – Canturrea la voz. ¿Qué demonios…? – Así que chica nueva… Felicitaciones, Hogwarts va a encantarte. Vamos a ver… Eres inteligente, realmente una mente brillante… - Oigo un suspirito. – Pero veo que a ti no te gusta estudiar. También eres leal y honesta, y te esfuerzas por alcanzar lo que quieres… But you’re not the typical Hufflepuff. – Puedo intuir que hace una mueca… Pero los sombreros, incluso los sombreros parlantes, no tienen rostro ¿o sí? – Quizá te gustaría estar en Gryffindor, donde todos son valientes y atrevidos, aventureros y unidos… Pero esa mente maquinadora y esa falta de escrúpulos que veo aquí irían mejor en Slytherin… - Una risita. – Pero tu sangre es mezclada, no querrás dar la nota en la casa de las serpientes. – Recuerdo al chico de ojos grises. Serpientes. ¡Cierto! Rojo y dorado, leones; verde y plateado, serpientes; amarillo y negro, tejones; azul y blanco, águilas. Eso me dijo mi amiga mexicana. La sonrisa de Scorpius Malfoy se graba en mi cabeza un segundo.
- Slytherin. – Murmuro, casi un ruego. El sombrero ríe. Y su voz llena el cuarto.
- Si así lo quieres… - Toma aire. – You’ll be… Slytherin!