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: B s . A A A    : full 3/4 1/2   : E E   : Light Dark Books » Harry Potter » 101 Razones para odiarte

Booh
Author of 20 Stories

Rated: T - Spanish - Romance/Adventure - Hermione G. & Cho C. - Reviews: 153 - Updated: 05-08-09 - Published: 01-25-09 - Complete - id:4817376

N/A: Si contara la historia de este fic, probablemente muchos no me creeríais, así que me limitaré a deciros que empecé a escribirlo hace mucho tiempo y que nunca pensé que lo terminaría. Mi intención no era reincidir en los Chomione, pero, avatares del destino, el otro día, tras releerlo, sufrí una especie de fiebre literaria y conseguí acabarlo prácticamente de un tirón. Me daba rabia dejarlo acumulando polvo en los archivos del ordenador.

Añadir que el fic ya está completo. Es decir, voy a publicarlo poco a poco, uno o dos capítulos a la semana, pero ya está terminado. A quienes se sumen a esta aventura conmigo sólo les pido que tengan un poco de paciencia hasta que llegue el final. Primero tengo que editarlo convenientemente y eso me puede llevar un tiempo.

Gracias especiales a Gellar, que es mi beta y me ha prestado su ingenio para algunos pasajes de la historia. Sin ella, seguramente el fic sería muchísimo peor de lo que probablemente ya sea, jajajaja.

La historia es un post-Hogwarts y es, irremediablemente, un NC-17. Así que advertidos quedáis todos de que el tono puede no ser el más indicado para mentes sensibles. Todo se desarrolla lentamente porque había que explicar muchas cosas. ¡Paciencia con eso también! Jajaja. Y creo que esto es todo. Reviews y críticas constructivas, bienvenidos. Flamers, troles, iluminados y otras especies fandomísticas en peligro de extinción, por favor abstenerse e ir a dar la vara a otro lado. Gracias! XD


101 Razones para odiarte

Capítulo 1

-Problemas con el plural-

Caminó dos pasos y escuchó el quejumbroso crujir de sus zapatos sobre la nieve. Un manto blanco había inundado la calle durante la noche y la nieve parecía haberse amoldado alos recovecos de la acera, tomando la forma de los barrotes de una alcantarilla, de las cornisas de los edificios o de los contenedores de basura alineados frente a los portales.

Cho Chang se abotonó su parca negra con dedos azulados, ateridos por el frío. Metió una mano en el bolsillo para buscar el encendedor y con dedos temblorosos se llevó un cigarrillo a los labios que prendió para dar la primera calada del día. Mientras el humo bajaba hasta sus pulmones le asaltó aquel pensamiento: llevaba demasiados años fumando, tenía que dejarlo. Por su mente cruzó la bruma de los recuerdos de un día de verano. Una mala época aquella.

Acababa de salir de Hogwarts y los recuerdos de Cedric todavía la asaltaban con una fuerza injustificable. Habían pasado años, pero su presencia seguía en ella y el tiempo pasado juntos se apoderaba de Cho como el invitado no deseado a la hora de cenar.

Una y otra vez volvían las conversaciones con él, las risas, las caricias, las promesas que se hacían entre cosquillas. Y Cho daba largos paseos a ninguna parte, probablemente tratando de huir del agujero negro en el que los acontecimientos la habían sumido. Ese día en especial caminaba con torpeza, con las manos metidas en los bolsillos, el pelo más revuelto y descuidado de lo que lo había tenido en su vida, hasta que sus pies se detuvieron al chocar contra el felpudo de un establecimiento. Miró hacia arriba y al ver el letrero que pendía de la puerta ni siquiera se dio una segunda oportunidad para valorar la idea descabellada que acababa de tener. Entró, haciendo sonar la campanilla y sus ojos se posaron sobre las hileras de cajetillas que se amontonaban ordenadas sobre los apolillados estantes de madera.

—¿Puedo ayudarla? —el hombre detrás del mostrador alzó una ceja y la repasó con los mismos ojos que un depredador emplearía para analizar a su presa.

Cho lo ignoró con una mueca de hastío al tiempo que sus ojos se posaron en una cajetilla de color rojizo, brillante, cuyas letras doradas anunciaban que era el mejor blend de toda la comarca.

—Deme una de esas —ordenó, con el dedo señalando la cajetilla.

—Claro —dijo el estanquero con evidente sarcasmo. —Pero, antes, señorita, ¿me permite ver su documentación? —tenía todavía una ceja arqueada en señal de recelo.

Cho introdujo la mano en el bolsillo trasero de su pantalón. Era extraño. Ella nunca salía con su carnet de identidad encima. Pero, por razones que no alcanzaba a comprender, aquella mañana no lo había dejado olvidado en su mesilla de noche. Al contrario, se había quedado mirándolo, como si supiera que podría necesitarlo, como si intrínsecamente Cho Chang intuyera que estaba a punto de hacer “algo malo”. Luego lo había depositado en el bolsillo trasero de su vaquero, antes de olvidar que lo llevaba encima. Pero estaba allí, podía notar su dureza chocando contra la tela acartonada del pantalón. Forcejeó para sacarlo, pero no se lo tendió; lo arrojó rudamente sobre el mostrador de madera maciza. De haber sido un sickle, podría haber perforado la superficie, dejar una huella que anunciara que estaba a punto de hacer una de las mayores bobadas de su vida.

El estanquero lo tomó entre sus poderosas manos. Tenía los dedos curtidos, más propios de un avezado carnicero que de un empleado de comercio. Abrió el documento y sus ojos se posaron sobre la fotografía estampada sobre un papel de pergamino, aunque lo que vio no pareció convencerle.

Para un Muggle como él se trataba de un pasaporte extraño, uno de estos documentos expedidos en países que jamás visitaría, aunque no por ello se atreviera a poner en duda su existencia. En algún lugar, en un atlas o en una carta de navegación, debía de constar la existencia de aquellas naciones de nombres tan extraños. Se fijó en la fecha de nacimiento que figuraba en el pintoresco documento. Sus ojos danzaron de la fotografía a Cho y de Cho a la fotografía, tal y como haría alguien que trata de comprobar que, efectivamente, algo pertenece a la persona que tiene delante.

Al segundo se giró contrariado. Hasta refunfuñó por lo bajo, molesto de haber perdido aquella minúscula batalla con una niñata que parecía no saber en qué se estaba metiendo. Pero no articuló protesta alguna. Cogió la cajetilla y también él la golpeó contra el mostrador.

—Ocho cincuenta —anunció.

Cho sacó del bolsillo vaquero las libras que su padre le había dado al comienzo del verano —“por si vas al mundo muggle y quieres comprar chucherías”— y salió del establecimiento en búsqueda de un buen lugar donde fumar su primer cigarrillo.

Eso había sido muchos años atrás. Y joder si le molestaba tener que salir del edificio del Ministerio cada vez que le aniquilaban los nervios y lo único que podía calmarla era una bendita calada; el humo bajando hasta sus pulmones, la sensación casi inmediata de paz que sólo la nicotina le daba tras una pelea, una mala noticia o la sospecha de haberla cagado con una misión importante. Sobre todo en invierno: era muy molesto tener que salir del edificio.

—¿Otra vez dándole al vicio? —escuchó que le decía una voz amortiguada por una inmensa bufanda. La persona en cuestión desenroscó la mullida serpiente de lana que parecía llevar en el cuello y le sonrió con descaro.

—Buenos días para ti también, Banks —contestó ella con sarcasmo.

Trevor Banks. Nieto de un eminente miembro del Winzegamont. Un muchacho tan prepotente como guapo. Era un Slytherin arrogante, algo más joven que Cho, pero poseedor del culo más redondo y la sonrisa más seductora de todo el Ministerio. O, al menos, eso era lo que decía la votación estúpida de Navidad que hacían los empleados para acompañar el ambiente jovial característico de esas fechas. Aquel año, Banks también había ganado en casi todas las categorías. Pero a Cho no era eso lo que le molestaba. Era mucho peor que le inspeccionara sin ningún disimulo el trasero cada vez que pasaba al lado del Departamento de Seguridad Mágica. O que insistiera en invitarla a cenar cada dos viernes.

Dos, exactamente.

—Para que luego no digas que soy un pesado —argumentaba con un descaro que a todas las volvía locas. A todas, menos a Cho. Porque si algo había aprendido durante aquellos años era a no dejarse deslumbrar por un buen trasero, un gran físico, la sonrisa perfecta o una cuenta bancaria custodiada por los mejores elfos de Gringotts.

Cho realizó una mueca de descontento, pero el muchacho sonrió divertido. Se le notaba complacido por haberla fastidiado y tenía aquellos aires absurdos con los que enviaba el mensaje inequívoco de “Da igual que te resistas, algún día serás mía”.

Banks se enroscó de nuevo la bufanda, que le tapaba gran parte de la cara, le guiñó uno de sus ojos azules de largas pestañas y se dispuso a entrar en el Ministerio. Cho ni siquiera se molestó en despedirse. Dio, en cambio, la última calada a su cigarro antes de dejarlo caer sobre la nieve para que se apagara. Tiró de la puerta de metal forjado y sintió cómo una placentera oleada de aire caliente le golpeaba la cara.

Hacía frío.


—¡Te digo que no está!

—¿Estás segura de que no la cambiaste de sitio?

—¡Claro que no! Te lo he dicho ya cuatro veces. Aquí, aquí mismo. ¡Estaba aquí!

Mientras colgaba el abrigo en un perchero tan ruinoso que bien podría haber sido un veterano de la guerra de las Maldivas, Cho observó divertida la escena. Era lo mismo de siempre: ella perdía los nervios y de su boca salían sapos y culebras. Pero, al final, todo acababa apareciendo y, aunque se empeñara en culpar a los demás, casi siempre la culpable era ella. Cierto que Susan Bones no era precisamente la lumbrera del Ministerio, pero no dejaba de ser menos cierto que….

—Hermione: siempre te pones de los nervios y al final las cosas acaban apareciendo —dijo Cho, dejándose caer sobre la silla que había frente a su mesa al tiempo que le dedicaba a Susan una sonrisa de apoyo.

Hermione clavó su mirada en ella con fastidio.

—¿Alguien te ha dado vela en este entierro? Porque creo que en ningún momento he pedido tu opinión, Cho. Además, ni siquiera sabes de qué estábamos hablando.

—Cierto, no es mi entierro —contestó Cho impasible. Estaba más que acostumbrada a los dardos envenenados de Hermione: siempre iban dirigidos a ella. —Pero tus ataques de histeria nos afectan a todos. Me parece que eso es un cirio enorme que debemos aguantar en este entierro al que nos invitas a diario. Gracias.

Susan Bones sonrió por lo bajo y Hermione bufó con tanta fuerza que el soplido consiguió apartar un mechón de pelo de su cara.

—¡Por fin! —dijo de repente, como si hubiera encontrado la solución a todos los problemas; también a su mal humor. Se agachó y se incorporó con una carpeta de documentos que parecía haber sacado del cajón de su mesa.

—¿Quizá un elfo doméstico la puso allí mientras limpiaba? —se burló Cho al ver la carpeta, entrelazando los dedos como lo haría el cristiano que se arrodilla ante un confesionario. —O quizá una ráfaga despiadada de viento decidió ponerla allí pensando que estaría mucho más segura en el cajón de tu mesa. Hay cosas que ni la magia puede explicar, ¿verdad, Susan?

Susan Bones volvió a reprimir otra sonrisilla de complicidad. Al verla, Hermione la fusiló con la mirada, pero luego desvió los ojos para encararse con Cho. Quiso decir algo, pero sus labios apenas temblaron imperceptiblemente y su mente se quedó en blanco.

Oh, cómo la odiaba. ¿Por qué no podía haberse quedado en Bulgaria? La repartición de fuerzas era muy simple: tú en Bulgaria, yo en Inglaterra. Así todo hubiera sido mucho más fácil. Pero no. Los jefes habían decidido que el trabajo de Cho era demasiado valioso como para dejar que se desperdiciara en aquella pequeña oficina perdida en las montañas búlgaras.

Así, sin previo aviso, Cho había aparecido una mañana de marzo en el umbral de la puerta de su oficina. Llevaba apenas una pequeña maleta rosa —ultra femenina, tan pretenciosa como su dueña, pensó Hermione en aquel momento—, su varita y muchas ganas de regresar a casa tras un duro exilio en el que trataba desesperadamente de demostrar que ella podía ser tan buen auror como cualquiera.

En un principio pensó que podían llevarse bien, que ¡eh! el pasado debía quedar enterrado en el fichero archivado en la “P” de “pasado” y que a ella no le importaba si en su momento Cho se había comportado como una niña malcriada, celosa de su relación con Harry.

Ahora eran adultas. Ahora tenían otras prioridades. Ahora habían madurado.

Y… ahora… no se soportaban.

A ojos de Hermione, Cho era irracional, fatua, chula y prepotente. Había cambiado, decían las buenas lenguas. Oh, sí, claro, ¡vaya si lo había hecho! Ahora llevaba esas gafas de pasta, de seudo-—intelectual con aspiraciones a premio Nobel de la belleza —si es que tal cosa existía—. Y se daba esos aires de grandeza. Aires de haber estado “ahí fuera, ya sabes, en el campo de batalla, donde nunca estás a salvo”, le había dicho nada más llegar de su destierro búlgaro.

Donde Hermione nunca había estado. Eso era realmente lo que quería decir.

Habían pasado meses trabajando codo con codo, pero ni siquiera el tiempo había sido capaz de limar sus asperezas: raro era el día que la Gryffindor no se despertaba con ganas de estrangularla. Y si por una extraña alineación de los astros ese se daba, seguramente se trataba de una jornada en la que ninguna tenía que trabajar.

Curiosamente, todos en el Ministerio la adoraban. Como lo habían hecho sus absurdas hordas de admiradores en el colegio. Las mujeres querían estar cerca de ella porque despertaba la admiración de los hombres. Los hombres querían meterse en sus bragas. Tan simple y llano como eso.

Y las neuronas de Cho, según Hermione, funcionaban al ritmo del fru fru de su corta falda. Porque seguía siendo tan corta como en el colegio, indecentemente corta cuando asomaba por la abertura de su túnica. Oh, no. A ella no podía engañarla y hacerle pensar que ahora era profunda o que le interesaba algo más que una bragueta forrada de pasta.

Luego estaba lo de Banks. Claro. Almas gemelas. Él la invitaba a cenar y ella, duramente, lo rechazaba una y otra vez. O eso pensaban todos. Pero a ella no podía engañarla. Hermione estaba convencida de que algún día se descubriría el pastel y que por fin se confirmarían los escasos rumores que aseguraban que Cho y Banks tenían más que un tira y afloja cada dos viernes. A la misma hora. En el mismo sitio. Cada dos viernes por la mañana él le proponía una cena romántica. Era una función repetitiva que se sabía de memoria y a la cual estaba harta de asistir.

Las manos de Hermione agarraron su túnica por detrás con la intención de plegarla meticulosamente antes de sentarse. Era un movimiento estudiado, el que le concedería unos valiosos segundos para responderle con una contestación aún más venenosa, un contraataque que curara su orgullo malherido. Nadie, NADIE, se burla así de una Gryffindor, de una Hermione, de una heroína condecorada con varias medallas que había sido decisiva en la lucha contra….

—¿Café?

Hermione se giró y vio la cabeza de Harry asomada por la puerta abierta de su oficina.

—¡Hola, Cho! Susan… —saludó el muchacho.

Miró a derecha e izquierda. Tanto Susan como Cho parecían concentradas en revisar los documentos secretos sobre una nueva misión que se estaba gestando. Ellas sólo habían saludado con un holaharry rápido, todo junto, sin separar la vista de lo que estaban haciendo, acostumbradas como estaban a sus visitas.

—Sí —concedió Hermione, aliviada al ver que la rutina parecía haber fraguado una tregua entre ellas—, no me vendría mal uno.

Harry pareció el tono raro que había empleado su amiga porque en ese momento frunció el ceño y sus ojos fueron directamente a Cho, como si buscara en ella una respuesta a la ironía de sus palabras.

—No dejes que se lo tome demasiado cargado, Harry —pidió la Ravenclaw con desparpajo, sin molestarse en separar la mirada de los documentos que estaba ojeando.—. Hoy los ánimos están... algo… exaltados.

Los ojos de Harry aplaudieron disimuladamente la broma de Cho. No quería que Hermione lo notara, pero cada vez le caía mejor. Había cambiado mucho en aquellos años y no podía entender cómo Hermione no era capaz de apreciarlo como lo hacía él —todo el mundo, en realidad—. Quiso contestarle con otro comentario ingenioso, pero entonces sintió la furiosa mano de Hermione tirando de la manga de su túnica, dirigiéndole hacia la salida.

—¡Chao! —consiguió decir apresuradamente cuando fue empujado hacia fuera. —. ¿Qué ha pasado? —preguntó mientras se colocaba la túnica y los dos caminaban hacia la máquina de café.

—¡No la aguanto más! —Hermione estaba fuera de sí. Hacía aspavientos y hablaba tan alto que algunas personas de los cubículos contiguos estiraron la cabeza para ver de quién era esa voz. —. Es estúpida, arrogante y me hace la vida imposible. O me trasladan a mí o la trasladan a ella, pero yo ya estoy cansada de estar en su equipo. Te juro que tengo al menos cien razones para odiar a Cho.

—Pues ella es encantadora contigo…

—Ahí tienes la ciento uno…

Harry sintió ganas de reír, pero había aprendido a no dar demasiada importancia a sus arranques de ira cada vez que el nombre de Cho salía a colación.

—Ten —una bolsa de plástico chocó contra un brazo de Hermione.

—¿Qué es?

—Ron me pidió que te lo diera a ti. Es una camiseta que me prestó la semana pasada cuando fuimos al estadio.

Harry y Ron solían pasar las tardes de domingo jugando al quidditch. Desde que habían empezado a trabajar, aquél era el pasatiempo dominguero favorito de los chicos, la única manera que tenían de estar en contacto con otros ex alumnos de Hogwarts que también se habían apuntado al torneo amateur por equipos.

—Bien —dijo la chica tomando la bolsa—. ¿¡Pero la has escuchado!? —insistió—. “No dejes que se lo tome muy cargado, Harry” “Hoy están los ánimos muy exaltados, Harry” ¡Ja! ¡Está coqueteando contigo!

—Vamos, Hermione, ¿no te parece que estás exagerando? ¡Esa es una vieja historia! Creo que lo último que haría Cho ahora mismo es coquetear conmigo.

—Eso lo dices porque no te has fijado en cómo te mira. Pero yo sí. Un día de estos te descuidas y te acorrala en el ascensor, ya lo verás.

Harry se quedó embobado mirando a ningún punto en concreto y de repente puso una cara placentera, como si la idea no le desagradara lo más mínimo.

—¡Harry! —protestó Hermione al notarlo—. ¡Por favor!

—¿Qué? Debes admitir que no estaría mal un encuentro en el trabajo con los memorandos por únicos testigos, ¿hum?

Hermione le dio un codazo, pero sonrió con la broma. No, no estaría nada mal. Pero eso nunca lo admitiría. Ni delante de él ni delante de nadie, pensó cuando llegaron a la máquina del café.


—Granger, a mi despacho.

Hermione se giró sobresaltada. Le pasaba siempre que escuchaba aquella voz. Poderosa, tajante, la voz de un mago experimentado que escondía en sus cuerdas vocales toda una partitura de aventuras inenarrables. La muchacha se levantó con la varita en ristre, que bajó rápidamente para que su nerviosismo no se notara. Siguió aquellas anchas espaldas hasta una puerta de madera maciza, y se quedó esperando en el umbral.

Tras ocupar su asiento, Kingsley Shacklebolt la miró con extrañeza.

—Pase, Granger, no tenemos todo el día —le dijo, frunciendo el ceño y haciéndole una seña con la mano para que tomara asiento.

Las cortinas semi bajadas del despacho del jefe de aurores no le dejaron ver hasta entonces que había otra persona allí esperando. Pero cuando dio dos pasos notó por el rabillo del ojo quién era. Se detuvo en seco al ver a Cho, sonriéndole con diversión. Parecía estar disfrutando de la cara que había puesto.

Lentamente, todavía extrañada, tomó asiento en la silla que le indicaba Shacklebolt. Aquella inesperada reunión despertó en ella tanta curiosidad que ya no le pareció relevante que Cho también estuviera allí.

—Presten atención, esto es importante —la voz autoritaria de Shacklebolt pareció retumbar en el interior de su despacho. El poderoso mago hizo una floritura con su varita y sobre la pintura blanca de la pared comenzaron a proyectarse varias imágenes. —. Alcor Beckinsale —afirmó el jefe de aurores dando por sentado que ambas estaban familiarizadas con la fotografía que apareció ante ellas—. Un tipo sumamente peligroso. Profesor ilegal de Artes Oscuras. Ha dado clase a algunas de las familias más importantes del Reino Unido, aunque ahora parece estar retirado de este negociado suyo y vive plácidamente en Durness, una pequeña localidad escocesa. Probablemente, ex mortífago y ex seguidor de Lord Voldemort —ni Cho ni Hermione se inmutaron al escuchar el nombre antes prohibido del poderoso hechicero—, aunque nunca haya podido demostrarse su vinculación con los caídos. Creemos que ha vuelto a hacer de las suyas. Nuestros contactos en Escocia nos han informado de que Backinsale está tratando de rodearse de un nutrido grupo de grandes magos cultivados en las Artes Oscuras. Aquelarres, reuniones en tabernas y cementerios, sacrificios de animales… las habladurías son infinitas. Hay demasiados rumores circulando por ahí para hacerles caso. Aún así, de todos es sabido que Backinsale no es trigo limpio y sospechamos que está tramando algo. Tendrán que vigilarle. Quiero una vigilancia día y noche, a todas horas, sin descanso. Vuelvan aquí cuando se sepan hasta su talla de su zapato. ¿Comprendido?

—¿Tendrán? —preguntó Hermione con la cara desencajada.

—¿Vuelvan? —repitió Cho, no menos horrorizada que la morena.

Shacklebolt las miró de hito en hito, sin comprender qué parte de su mensaje no había quedado claro.

—¿Tienen algún problema con el uso del plural? —preguntó con tono de pocos amigos. En los tiempos de la Orden del Fénix había sido una persona afable, pero durante el desempeño de su trabajo se volvía bastante imperativo. —. Ya me han oído, ¿a qué están esperando? Parten para Escocia mañana por la mañana.

—Pero… señor… nosotras —tartamudeó levemente Hermione, impresionada por la noticia y porque no quería oponerse a las órdenes directas de su superior.

—Granger —la atajó Shacklebolt—, si piensa que no estoy informado de lo que ocurre bajo el techo de mi Oficina, está usted muy equivocada. Soy perfectamente consciente de los juegos de jardín de infancia que ustedes dos se traen entre manos. Y debo decir que me importan un verdadero carajo. A partir de ahora, ustedes dos serán un equipo y trabajarán como tal. No habrá malas caras. No habrá protestas ni reclamaciones. No quiero escuchar una sola queja en el tiempo que dure el desempeño de esta misión. Deberán aprender a trabajar juntas si quieren seguir perteneciendo a la Oficina de Aurores. ¿Ha quedado suficientemente claro?

Las dos muchachas se miraron desconcertadas.

—Cristalino, señor —ironizó Cho. Pero lo hizo de una manera tan subrepticia que Shacklebolt no encontró motivos para llamarla al orden. Los ojos de Hermione la apuñalaron con enfado; Cho se encogió levemente de hombros.

—Bien. Suficiente. Encontrarán un informe detallado sobre Beckinsale en sus mesas. Estúdienlo con atención antes de partir. Pueden retirarse.



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