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Tras el Telón
Acto IV
“Inicios”
-Shaoran-
Llevaba alrededor de un cuarto de hora soportando el alboroto montado tras bambalinas; si no estuviese seguro de que la multitud reunida en torno a Tomoyo y su pequeño estudio eran personas, habría jurado que mi compañera se había montado su propio gallinero.
Miré mi reloj, con Chiharu graznando de fondo. Eran ya las cinco y veinte, así que supuse que Sakura no vendría.
Me revolví en mi silla, inquieto, recordándome que ésta vez sí tendría que repartir los folletos para la encontrar nuevos actores.
Suspirando di por perdida la que parecía ser mi única oportunidad de salvación. Creía haber hecho un trabajo aceptable con el recibimiento de Sakura, pero aparentemente el efecto había sido insuficiente y prefirió abandonarnos apenas llegar. Y lo peor es que tenía la seguridad de que nadie ni remotamente parecido a ella llegaría a pasarse por aquí jamás.
No la vería otra vez por aquí, ni por mi vida en general. Con lo cual…
—Es un kimono precioso, de verdad. —La voz de Rika apareció desde la derecha. Ella y Tomoyo bajaban del escenario charlando, o más bien, la una parloteando y la otra aguantándola sin rechistar—. Pero yo creo que los dibujos del obi deberían ser algo más coloridos, unos tan sosos como éstos no llamarán la atención del público y…
—Son justamente como los describió Naoko en su libro —apuntó sonriente Tomoyo. El ceño de Rika se frunció en amenaza.
—Claro, pero yo creo que Naoko se equivocó al elegir eso como la vestimenta de mi personaje. —Hizo unos aspavientos con la mano, restándole importancia al asunto—. Naoko no siempre sabe lo que quiere el público…
Tomoyo dejó de andar y se giró hacia Rika, quien calló al instante. La aguda e hiriente respuesta que mi amiga no daría a nadie, naturalmente nunca llegó. En lugar de eso, dijo:
—No te preocupes, iré ahora mismo a buscar unas telas más adecuadas a lo que te gustaría llevar en la obra. Después de todo, el personaje es tuyo, ¿verdad?
Rika se quedó desconcertada en su sitio, y yo pensé, mientras veía a Tomoyo marchar, que a lo mejor era más cruel de lo que la mayoría creíamos.
No la vería otra vez por aquí, ni por mi vida en general. Con lo cual…
Saqué un cigarro de la cajetilla en mi bolsillo y me lo llevé a la boca.
-Sakura-
Desvié los ojos de la calle por la que caminaba, no muy de prisa.
Intenté tomar nota de la distancia a la que estaba mi objetivo, pero más me pudo la vidriera repleta de cosas dulces, adornada y colorida, tan encantadora que parecía de mala educación no detenerse allí.
—Sólo será un momento, un momento pequeño —me dije a mí misma, pegando las narices al vidrio.
Un paso, dos, quizás tres seguidos, pero no mucho más, pues aquel mecanismo se había activado sin pedirme permiso: algo con lo que había convivido desde pequeña, a lo mejor desde el mismo vientre. Una extraña “capacidad”, por ponerle un nombre amable, que hacía que fuera capaz de estirar las distancias más mínimas en recorridos bíblicos. Ya fuera por detenerme, abstraída por cualquier clase de pensamientos, o bien por alguna cosa que despertara mi curiosidad. Y aquella tienda de chocolatines, era un blanco ideal.
—Estoy bien, sólo serán unos minutos —repetí, mintiéndome con mucha gracia, mientras estiraba mi brazo dispuesta a confirmar visualmente aquel enunciado.
Tenía la muñeca completamente tapada con abrigos y más abrigos, por lo que el reloj estaba poco menos que sepultado bajo su peso. Diablos. Podía imaginarme de todos modos cuán retrasada estaba, por obra de la costumbre de siempre llegar tarde.
Para mí, era impensable ser puntual, y esto lo digo con toda la seriedad de la que soy capaz. No me resultaba humanamente posible llegar a tiempo a ningún lado, por más entusiasmo que me generara, por más que me tuviera en vilo deseando llegara ese momento con cada fibra de mi ser… de todos modos, era inútil. De hecho, cuando me sucedía en el instituto, hacía las delicias de mis compañeras, quienes festejaban mi audacia.
Recuerdo clara la imagen de llegar corriendo, con apenas un poco de oxígeno en los pulmones, mientras el profesor venía pisándome los talones. “Te salvaste por el pelo de una rana calva”, era un clásico del profesor Terada, mientras yo reposaba mi cuerpo, víctima de mi impuntualidad innata, y todos reían y festejaban que una vez más había salido airosa.
Era todo un logro en aquellos años movedizos y casi idílicos, compartidos con el mismo grupo de chicas con las que me había topado en aquel lugar. Amigas o conocidas, según quiera pensarse, permanecían casi idénticas a como dormían en mis recuerdos, cada una de ellas. Por ejemplo, ver a Chiharu había removido el momento en que había cuestionado qué tan cercana me consideraban realmente.
Durante todo el instituto, ella había sido la primera en conocer el amor, junto a un curioso muchacho llamado Takashi Yamazaki, formando la fotografía de lo que en ese momento creíamos era la promesa de algo duradero y auténtico. Nada más cierto, lo mismo que mi amistad con ellas.
Cuando Chiharu quedó embarazada, ninguna se molestó siquiera en hacerme saber el miedo que sentía y mucho menos, que pensaba abortar.
Asumo sabían cuál sería mi postura, por lo que también presumo cuál fue el final de aquella historia.
La susodicha había estado mirándome como si fuera la vecina de enfrente. Alguien a quien conoces y hasta sabes el nombre, pero no te molestas en saludar, por más que eso sólo signifique una cortesía mínima. Ella en cambio había levantado el muro invisible de “no tengo ni tuve nada que ver contigo”, imposible de de atravesar, mientras su rictus de autosuficiencia acompañaba el estilo trenzado que antaño había usado.
Yo sonreía de todos modos, como el gesto más instintivo que podía tener, inercia de por medio. Pero sin resultados, podía observar como conversaba en cambio con la otra muchacha, Naoko, quien empujaba sus anteojos imaginarios por el puente de la nariz, frenéticamente. Un aire de histeria envolvía sus gestos, serios y lunáticos por demás, mientras apuntaba muchísimas cosas invisibles a su interlocutora y al tercer sujeto en cuestión, que me aguijoneaba el pecho.
¿Nombre?
Li Shaoran. De probable origen chino. O más que probable, seguro. Con familia china. O con alguna relación de cualquier tipo con ese país. Y esta consideración, además, no es el resultado de haber estado pensando demasiado en su persona, preocupada por su nacionalidad y demás cosas referidas a su desconocida, extraña, huraña, y por qué no, intimidante forma de ser.
Durante todo el rato, había intentado prestar atención a la hermosísima mujer que tenía enfrente, Tomoyo, ignorando adrede y con toda intención los ojos ambarinos que desnudaban cada movimiento que hacía, cada respuesta que daba.
Soy despistada, pero vamos: sentía cómo respiraba en mi nuca.
—Oh, dulce Jesús… —suspiré, ni bien me percaté de la manera en la que estaba pegada a la vidriera. El maestro chocolatero se había lucido delante de mí, tirando y volviendo a estirar una cuantiosa cantidad de su dulce obra, modelándolo acá y allá. Y yo tiritando afuera, mientras mi cuerpo me pedía una taza de lo que fuera caliente, una cama tibia, y estar en cualquier lado, menos parada como una idiota allí.
Mi histeria crecía, propia y sanguínea, con lo que era un sabotaje de pies a cabeza.
—De acuerdo, respira profundo y comienza a correr, Sakura. O te mataré, ¡hablo en serio!
El sonido de su inocencia hecha palabras adultas, hizo que mi cuerpo se despabilara y comenzara a andar deprisa. Li, si es que debía llamarlo por su apellido, me había dicho que regresara para conocer de qué iba la cosa exactamente. Ver los ensayos, el ambiente y sobre todo, dar cuenta de la obra que trabajaban.
Mi ego había gritado que quería lucirse. Pero el sentido común callaba el sonido estridente de lo que no debe pronunciarse, explicando lo difícil que sería quitarme la máscara de acero y más aún, volvérmela poner, esperando nadie notara el cambio.
Jamás, no.
Así había vivido, mirando a través de mi yelmo, y está bien, concedo que la felicidad no está dentro de mi lista de sentimientos más frecuentes, pero al menos no podía pensarme vulnerable. Tenía un límite, trazado e inalterable, por el que nadie podía pasar a menos que yo, en un arrebato de locura temporal, lo permitiera.
Pensando todo esto avanzaba rauda hacia la dirección en la que había caído, por obra de la Providencia o del Diablo de cabellos rubios y ojos celestes, mientras mi emoción se multiplicaba, odiosa y delatora.
De pronto recordé a Eriol, quien por supuesto no estaba al tanto de lo que estaba ocurriendo, después de todo, cada uno tenía que preocuparse por sus propios intereses, ¿verdad? Aunque probablemente mi lado más cobarde sí tuviera miedo a lo que pudiera ocurrir, dejando de lado el hecho que toda yo estaba hecha de la misma gelatina de humanidad.
La misma estúpida y volátil humanidad que era capaz de volverse en mi contra en cualquier momento, dispuesta a dejarme ser, tanto como me había cuidado, en una nube de idiotez magnífica donde todo era posible.
Muerte, amor, dolor… No podía saberlo.
Una puerta grisácea detuvo mis pasos. No recordaba si tenía un timbre, si debía aplaudir, o golpear con la mano hasta que me escucharan. No sabía tampoco si había alguien, si mi reloj funcionaba bien aunque no le había hecho mucho caso de todas formas, o si era la dirección correcta. Podía haberlo imaginado, tranquilamente.
Pero la puerta se desplegó ante mí, dejando a la vista una de las criaturas más hermosas del Señor.
—Oh, ¡eres tú! ¡Qué gusto que regresaras, te estábamos esperando! —Tomoyo me estrechó solamente con su forma de sonreír, mientras me saludaba, tomando mis manos entre las suyas. Pero algo había tras su palidez acusante y sus ojeras violáceas, tan oscuras y tristes, que reconocía el vacío que debían intentar ocultar.
Hice una reverencia completamente torpe.
—Lo siento mucho, ¿he llegado muy tarde? —pregunté, esperando no ser la primera, pero tampoco ser el último orejón del tarro—. ¡He intentado venir a tiempo, pero me he distraído por el camino, realmente lo siento…!
—Llegas justo a tiempo. —Su gesto fue una mezcla entre dulzura y cansancio—. Estamos casi todos, pero aún no empezamos. De hecho, estoy por salir a buscar unas cosas para arreglar parte del vestuario, así que imagínate. —Suspiró, y prosiguió, como si quisiera decir algo más—. Pasa, por favor. Shaoran está esperándote también.
Aquella última oración terminó por colapsar mi sistema. Realmente me hubiera sentado de maravilla un poco de aquel chocolate, con tal de detener de alguna manera mi ansiedad.
Y sin embargo me hallaba ante aquella puerta, la puerta a un camino desconocido y brillante.
-Shaoran-
Me puse de pie y tiré el cigarrillo en cuanto apareció frente a mí, con la respiración agitada, las pupilas dilatadas y las mejillas rojas.
—Lo… siento… Se me hizo… tarde…
Su oxigenada respuesta tiró por los suelos mi teoría sobre drogas, así que me ahorré los comentarios. En su lugar encaminé todos mis esfuerzos a relajar músculos y conseguir que una mirada esperanzada y pletórica no ensuciase mi fachada de indiferencia.
—Creía que no ibas a venir.
Sakura se ruborizó más aún.
—¡No, no, claro que voy a venir, siempre que sea necesario! ¡Estoy muy interesada en el puesto!
—No deberías tomártelo como un trabajo —sugerí, tanteando en los bolsillos de mi chaqueta hasta encontrar mi libreta de apuntes—. No creo que te sea demasiado rentable de cualquier forma. No lo es para ninguno de nosotros. Yo hago algunos “trabajillos” de vez en cuando si quiero mantenerme.
Ella asintió, y yo me di la vuelta para dirigirme otra vez hacia las sillas frente al escenario, pudiendo captar sin dificultad los pasos tímidos de Sakura tras de mí.
—¡Quiero a todo el mundo listo en un minuto! —ordené, aplaudiendo para captar la atención del grupo que discutía acaloradamente sobre los trajes de Tomoyo—. Ya está bien de perder el tiempo. Siéntate —dije a mi acompañante, que aún dudaba a unos pocos metros—. Quiero que veas el ensayo antes de decidir qué papel te daré.
Me acomodé con una idea fija en la mente: Sakura tendría que interpretar algún pequeño papel de principiante, algo que le diese una noción de lo que haría a partir de ahora, de lo que se sentía tener que actuar frente a un montón de personas, de tener que cautivarles e impresionarles incluso si le tocase ser el más insignificante ratón de la cocina.
Por supuesto, conociendo las habilidades que esta chica había demostrado tener durante la prueba, no dudaba que lo conseguiría. Y a partir de ahí podrían ofrecérsele papeles de mucha más trascendencia, y dejarla subir hasta llegar al último escalafón.
Me pregunté si sería bueno crear algún personaje para ella; bastaría con una vendedora o una mendiga, una excusa con tal de que apareciese en escena, algo totalmente prescindible. Y junto a ello, hacer que memorizase el papel de algún actor más relevante por si necesitábamos un extra.
Se abrió el telón ante el público mudo y expectante que éramos, justo cuando escribía la tercera letra de “extra” en mi libreta, así que preferí dejarlo para más tarde.
Rika Sasaki se hallaba en el centro del escenario, escribiendo una carta a la luz de la única vela. Su pluma parecía volar sobre el papel, aunque ella vigilaba constantemente la puerta inquieta al saber que Kaito llegaría a casa pronto.
Se levantó de la silla casi a trompicones al oír en su momento de mayor distracción las llaves girar en la cerradura y los pesados pasos de su marido inundar la salita.
—¡Akemi! —El grito de Terada fue desmedido, hasta la propia Rika hizo un gesto de desagrado desde su posición, ocultándolo tardíamente con una mueca temerosa—. ¡Tráeme la cena!
Ella hizo una reverencia antes de desaparecer por la izquierda del escenario, dejando solo a Terada, quien se fijó demasiado pronto en el pincel y la tinta sobre la mesa. Probablemente notando su error, fingió quitarse algo de ropa mientras esperaba a su mujer.
Yo resoplé sonoramente y dejé mi espalda resbalar por el respaldo de la silla. Unos minutos más y ya no podría soportar la mediocridad que había alcanzado ese individuo en los últimos meses.
El sonido del cuenco cayendo violentamente al suelo llenó la habitación. El eco retumbó incluso en el pasillo, como una pequeña degustación de lo que se avecinaba. Sakura se removió en su asiento, sin ocultar su mueca de desagrado aprovechándose de la semioscuridad de la sala.
Kaito se había levantado con demasiada violencia, e interceptado a Akemi cuando ésta ni siquiera se hallaba en donde debía. El cuenco en donde debería haber ramen salió disparado de un manotazo, y por poco se cae del escenario.
—Dime qué has estado haciendo mientras no estaba, mujer. —Rika olvidó enseñar su dolor en el momento en que Terada fingía apretar con fuerza sus brazos—. ¿Por qué están sobre la mesa el pincel y la tinta, y sin embargo no hay ningún dibujo? ¡Qué estás ocultando!
—¡Yo no os oculto nada, señor!
La cara de papel de Rika no satisfizo mis expectativas, así que preferí desviar la mirada hacia mi acompañante. Parecía muy concentrada en lo que estaba ocurriendo, en ver cómo Akemi intentaba ocultar la carta escrita a su amante, cómo Kaito conseguía quitársela y la leía en alto mientras ella lloraba arrodillada en el suelo, rogando clemencia. Pero los ojos de Sakura se clavaban inmóviles en algún punto del espacio, sin mirar nada realmente.
¡Te mataré antes de permitir que vuelvas a verle!
No supe ver a través de la rigidez de su cuerpo. No supe qué significaba aquella actitud, si era simple desagrado ante una escena dura y machista, o algo más allá. Y riendo mentalmente la comparé con la actitud de Tomoyo, quien, cuando se quedaba conmigo a ver los ensayos, permanecía siempre serena, con las manos sobre el regazo y una sonrisa en los labios… sin querer saber.
—Por Dios, ¿pero tú has visto la forma en la que siempre se adelantan el uno al otro? ¡Parecen estar compitiendo para ver quién la caga antes!
Aquella vocecita me resultó tan familiar que ni siquiera tuve que girar la cabeza para verle. Podía imaginar a mi pequeño amigo de brazos cruzados y ceñudo ante semejante espectáculo.
—Se supone que él es un personaje tradicional, un hombre forjado a la vieja usanza, viril, violento, mandón, el señor de su casa, y sin embargo sólo sabe interpretar el papel de imbécil: ni se centra, ni permite a los demás centrarse. Y ella debería aprender a olvidar por un momento que tiene mirada de zorra y comportarse de acuerdo a su personaje, una mujer sumisa y aterrada que nada tiene que ver con lo que chapotea en el escenario de un lado a otro.
Asentí con la cabeza, sabiendo que todo aquello era verdad. Terada parecía una maricona y Rika se mantenía erguida y desafiante incluso mientras le besaba los pies a su esposo.
—Tienes que hacer algo —insistía la vocecilla, y esta vez sí que me giré. Él estaba a mi derecha, sentado en la silla vacía que solía dejarle por si se pasaba por aquí. Su expresión no admitía disculpas ni réplicas, pero lo cierto es que tampoco sabía qué decirle—. No puedes dejar que uno de los principales pilares de la obra sea ese patán.
—Él fue bueno alguna vez, puede volver a serlo —me quejé, muy bajito. De reojo me aseguré de que Sakura no estaba mirando ni oyendo nada de lo que yo hacía o decía—. Sólo tiene que…
—Si ese tipo fue bueno alguna vez, ya se le olvidó la fórmula mágica. Probablemente desde que dejó de dar clases y de tener que fingir que se follaba a una de sus alumnas.
El teatro como las matemáticas, según él. Si no lo practicas a diario…
—¿Qué vas a hacer con Sakura? —Yo arqueé una ceja—. Ella podría encargarse de suplantar al inútil de Terada, ¿no crees?
Abrí los ojos de par en par, sin poder creer que mi pequeño demonio parlanchín estuviese sugiriéndome eso.
¿Sakura, alguien que jamás había participado en una obra?
¿Darle el papel de protagonista a alguien que…?
—Puede que ella no tenga experiencia con los teatros —insistió él, leyéndome el pensamiento como hacía a veces—, pero no creas que no practica su arte a diario, a todas horas. —Fugazmente me pregunté por qué hablaba de ella como si en realidad la conociera, pero el pequeño esquivó mis dudas con una excusa bastante creíble—. Tú mismo lo has comprobado… Sabes que no es una novata y que le da mil vueltas a todo tu elenco… junto.
Empecé a tamborilear los dedos sobre mi pierna derecha.
Sí, ya, le da mil vueltas… ¿y qué? No es sólo el don lo que hace falta. Darle un papel tan grande a alguien que jamás ha hecho nada parecido es demasiado arriesgado.
—Como quieras. —Mi amigo se encogió de hombros—. Tú verás si te interesa que esto se vuelva una obra decente o no llegue ni a mediocre.
Me levanté de mi asiento en el momento en que Rika, no Akemi, decidía acabar con su sufrimiento, y en lugar de parecer una mujer débil y apaleada que acababa de perder completamente la cordura, bordaba a una desquiciada a secas.
Tomé a Sakura de la mano, que dio un brinco en su asiento, y para sorpresa de todos la hice subir al escenario conmigo. Los actores hicieron un corro a nuestro alrededor, preguntando con la mirada.
—Terada —el aludido tragó plomo, incluso sin entender lo que estaba pasando—, puedes dejarlo. Naoko te escribirá un nuevo guión a tu altura.
Rika dibujó una sonrisa deslumbrante de felicidad.
—¿Eso qué significa?
—Que inventaremos otro extra para él. —Me giré un poco hacia Naoko, que observaba la escena sin dar crédito—. Me da igual qué sea, por mí como si lo transformas en Cyborg…
—¡Esto no es ciencia ficción! —apuntó mi pequeño amigo desde su sitio. Como era habitual, nadie le oyó.
—…y Sakura se quedará con tu puesto en la obra.
La bomba estalló un poco antes de lo que pensaba. De repente yo me había quedado sordo, y todos a mi alrededor movían sus bocas de monstruos en medio de un ruido demasiado intenso para poder oírlo.
—¡Pero qué dices! —se alzó Rika, y el resto hizo silencio sepulcral—. ¡Yoshiyuki ha estado preparando este papel durante mucho tiempo, no puedes quitárselo así como si nada y pretender dárselo a esta… a Sakura!
Habría pagado por saber qué intentaba decir en realidad, pero el apretón en mi mano me despejó la mente. Captando la indirecta, dejé de hacer presión y liberé a mi cálida presa.
—No estoy dispuesto a discutir —sentencié en cuanto vi que todo el mundo iba a sumarse a la protesta y empezar a gritar otra vez—. A quien no le guste, ya sabe en dónde está la puerta. Sakura reemplazará a Terada y no hay más que hablar.
En lugar de quedarme a oír los venenosos comentarios de la conglomeración de arpías tras de mí, indiqué a Sakura que me siguiese, casi sin atreverme a volver a tocarla, y en un momento estuvimos en el despacho de Tomoyo. Revolviendo entre los trapos sesgados por toda la habitación, encontré el hakama que usaría Kaito y se lo enseñé a Sakura.
—Esto es lo que usarás en la obra. Junto con una yukata, por supuesto, pero que Tomoyo aún no ha confeccionado. Probablemente porque el kimono de Rika le está dando demasiados problemas —casi gruñí.
El recuerdo de Tomoyo y su agotada sonrisa me hizo unas cosquillas muy molestas en el pecho. En cualesquiera otras circunstancias, ella ya habría tenido preparados todos y cada uno de los trajes, y ahora estaría dedicándose a los pequeños arreglos. No obstante, la petulancia del equipo también conseguía retrasarla a ella, y lo que era peor, en un momento tan poco adecuado como…
Como los últimos meses.
¿O ya eran años?
Shaoran…, he conocido a alguien.
Las primeras ausencias, los primeros llantos, las primeras ansias de evaporar a Ritsuko de la faz de la Tierra sin que ella me lo permitiese.
¿Cuántos siglos llevábamos en este estado…?
—Oiga, yo… —La imagen de los moretones en su piel se desvaneció de repente, con la voz de Sakura actuando como un espeso bálsamo—. ¿De verdad voy a hacerlo?
Descolocado, intenté que el extraño temblor en sus ojos no me afectase. Dejé a un lado el hakama y me encendí un cigarrillo rápidamente.
—Claro que sí —aseguré con palabras de humo—. Si es que te sientes capacitada para ello…
—Sí —respondió al instante—. Sí, sí, claro que me siento capacitada. Sólo que… es un poco extraño. —Alcé una ceja—. No pensé que se me fuese a dar un papel tan… importante. Es decir, uno de los protagonistas…
—Yo tampoco tenía pensado dártelo, si te digo la verdad. —Entonces su mirada cambió y entendí un poco más de todo—. Aun así, no te preocupes. No voy a cambiar de opinión, se te dará mucho mejor que a cualquiera de ellos.
Ella asintió aliviada, y se dejó caer sobre una de las sillas libres.
—Bueno, y… ¿qué es lo que tengo que hacer exactamente?
-Sakura-
Cuando Shaoran terminó de hablar, el silencio se adueñó del espacio.
Un ángel había pasado, ninguno de los dos respiraba siquiera para no hacer demasiado escándalo, aunque esto fuera una exageración de proporciones estúpidas. Él se encontraba perdido en lo que suponía eran sus pensamientos mientras yo, cavilando como siempre, intentaba decir algo que sonara despreocupado y muy al pasar.
Completamente opuesto al tsunami de emociones que pujaban en mi escasa humanidad.
—Supongo debería ir a casa a estudiar un poco, a menos que hoy… —comenté en un bostezo.
—No, no creo que ellos quieran ensayar. —Shaoran me cortó en seco, dirigiendo la mirada a un cenicero estratégicamente ubicado por allí, donde miles de cadáveres descansaban extinguidos.
—Ah, vaya.
Con algo de prisa se movió hasta detrás de una pila de lo que cualquier hubiera jurado, era un montón de basura y extrajo, no sin tirar algunas cosas de por medio, una especie de libro. Ni muy grueso, ni muy corto. Debía ser alguna copia que nadie usaba, debido a su espantoso estado, aunque no me pareció apropiado preguntar. Se percibía en el aire que el horno de ese lugar no estaba apto para cocer bollos ni en ese momento, ni en otro.
—Disculpa el deterioro, lo he estado repasando hasta el cansancio y ya ves. Ha quedado destrozado, prácticamente —adivinó mis pensamientos mientras me pasaba el manojo de hojas subrayadas y marcadas—. No prestes atención a mis comentarios, sirven solo para el lunático que los escribe.
Sonreí por el gesto de autocompasión que podía interpretar de aquello, y en ese instante, fui yo la que sorprendió sus intenciones ocultas, pues desvió la mirada a cualquier punto mientras redescubríamos lo que era el rubor juvenil del “no saber que decir”.
—Allí afuera están dándole un nuevo significado al drama, creedme.
Tomoyo ingresó con un gesto cansado a la oficina, mientras yo agradecía su entrada, pues estaba a punto de salir corriendo con alguna excusa infantil o siquiera sin ella. Estar encerrada con Shaoran en ese espacio pequeño y completamente viciado, era estimulante. Y sin duda, peligroso.
¿Por qué?
La respuesta está tan explícita que siento que no es necesario seguir indagando al respecto. A menos, claro está, que mi parte masoquista gane terreno a mi lado racional y todo me obligue a declarar que…
No, nada.
Y sí, esto es negación seguida de más negación y probablemente producto de sentirme completamente desencajada ante una obligación nueva.
Era igual, o muy similar sino, a lo que se sentía en el colegio cuando te asignaban una tarea especial, lo que fuera, y todos los ojos inspeccionan el momento de encontrar un error. Mínimo, imperceptible, casi imposible de ser notado a menos que se lo buscara con la intensidad de la perversión.
—Bueno, creo que tendría que ir allá. Quizás aún pueda hacer algo para librarnos de esta Inquisición.- dijo Shaoran, mientras murmuraba algo sobre que “él” se reiría mucho de cómo estaban saliendo las cosas.
Curiosamente, yo pensaba lo mismo. Pero, claro que no de la misma persona.
—Creo que este aquelarre ya ha invocado a su Diablo, ¿no crees? —Tomoyo sonrió cálida, mientras me tomaba de las manos, despertándome—. Vamos a mi estudio, quiero tomar algunas medidas para poder hacerte el traje más hermoso del Mundo. Sólo para ti.
De acuerdo, esto era nuevo.
—¡Oh! —Intenté responder, pero ella me arrastraba consigo a otro oscuro rincón del Teatro—. ¡Este lugar es mucho más grande de lo que parecía desde afuera!
Ella no respondió, pero rió bajito, con esa expresión que le había reconocido antes. Cuando los labios sonríen quedadamente y los ojos, apagados, se preguntan por qué no pueden mentir un poco más. Por qué siempre tienen que ser así de delatores, así de sinceros. Y el cuerpo se pregunta en qué momento disoció al corazón del resto de aquel mecanismo perfecto.
Yo sabía de qué se trataba todo aquello. Era prácticamente una experta en el arte de engañarme a mí misma y a los demás, muy a mi pesar y sin tener una pizca de orgullo al respecto. Lo curioso es que tanto ella como yo, sonreíamos al resto del mundo, padeciendo quién sabe qué cantidad de sufrimiento o rencor por dentro. Queriendo gritar que todos podían irse a la mierda, y más lejos si gustaban.
Podía apostar que el mismísimo Shaoran pertenecía a nuestro pequeño club de psicóticos también, sobre todo luego de la escena que habían protagonizado sus personajes hacía solo un par de minutos. Por alguna razón, lo imaginé tal como sería si no tuviera que ocultar su frustración detrás de aquella mirada seria y resentida.
No.
Era imposible.
Es decir, podría ser plausible en un universo donde yo fuera algo más que la hermanastra de la Cenicienta, si se entiende lo que quiero decir. Entonces Tomoyo también sonreiría con sinceridad y todos correríamos al horizonte en busca de un arco iris. Quizás incluso encontraríamos el baúl de oro con el pequeño irlandés al lado.
O como sea.
Un par de dedos chasquearon enfrente a mi nariz.
—¿Chocolate caliente? —ofreció una taza humeante, que despedía una fragancia dulce y aromática—. Probablemente sea el remedio más eficaz para traer a cualquier de vuelta después de toda esta experiencia, ¿no crees?
—Muchas gracias —asentí a su comentario con la cabeza, soplando un poco mí recién adquirida merienda—. Sí, ha sido un viaje de locos… todavía estoy preguntándole al conductor dónde me ha traído.
Ella rió. Y sus ojos brillaron tranquilos.
—A todos nos ha pasado, Sakura. Tarde o temprano Pepito Grillo se olvida de decirnos por dónde debemos caminar y terminamos eligiendo caminos que quizás no fueron los más felices.
Eso ya no iba por cuenta de lo que sucedía, pues sonaba más similar a un soliloquio que a la conversación que parecíamos ir llevando. Rebusqué en mi mente la manera más sana de distraer a mi interlocutora, pues su tristeza implícita estaba logrando que quisiera llorar a su lado.
Y eso no me había pasado en muchísimo tiempo.
—Nunca he confiado demasiado en los grillos —repuse, y ella abrió aún más sus amatistas lumbres—. ¡No me malinterpretes, sólo creo que no son los mejores consejeros! —Intenté que sonara como una broma tonta y me eché a reír de mi propia idiotez.
—Creo que tienes razón. Gracias. —Acercó su propia taza a la mía y chocamos porcelanas—. ¡Por las malas decisiones!
—¡Por las malas decisiones!
En ese momento, algo en mi interior se sintió sedado, lánguido. Mi acostumbrada voz interior, el sarcasmo y la rebeldía que se alojaban en mi cuerpo no habían hecho presencia, siquiera como un reflejo de lo que siempre ocurría. Mientras Tomoyo me quitaba el abrigo y empezaba a tomar medidas, entendí que con ella podía ser un poco más yo misma y sentirme bien con ello.
Que sería como la calidez que suponía debían experimentar las personas felices.
Olvidando ya que no escuchábamos más las voces que debían sonar, y que ya era tarde, Tomoyo y yo nos quedamos conversando como si en ello encontrásemos el bálsamo más preciado para las heridas que ni ella ni yo queríamos mostrar al resto. Pronto me contó, muy poco resumidamente, su vida.
—¡No puedo creer que hayas vivido en Francia! Debe ser un lugar precioso, estoy segura. La… —con nerviosismo mal disimulado, junte mis pies y desvié la mirada—, la gente tiene que ser tan maravillosa como tú.
Estaba realmente emocionada con la idea. Y Tomoyo me parecía tan hermosa, tan elegante, que bien podía imaginarla en medio de un montón de personas bonitas, siendo ella quien destacara por sobre todos.
Justo como mi madre.
—Es un lugar hermoso, como bien dices. Pero nunca fue mi hogar —continuó ella, mientras yo me removía en el asiento, esperando sus siguientes palabras—. París fue tan vacío que no bastaba la preciosidad en la que estaba envuelta, pues las personas y el ambiente en general se encargaban de hacerme desear volver aquí, a Japón. Aunque la verdad, Tokio es exactamente igual de frívolo.
Intentaba hacerme a la idea, pero no sabía muy bien en que círculos se había movido Tomoyo para sentirse de esa manera. Siempre había pensado que la ciudad era algo que seguramente me hubiera venido bien para sacarme de encima el polvo de Tomoeda, pero estaba equivocada, de nuevo.
Mamá había vivido en Tokio.
Había sido modelo, de joven. Era hermosa, pero tan delicada y frágil, que parecía una muñeca a punto de quebrarse todo el tiempo.
Un día, ella se rompió. En miles de diminutos fragmentos, que yo no podía juntar. Nunca importaba cuanto lo intentara. Y un día, dejé que se fuera, deshaciéndome también a mí en pedazos.
—…esto del diseño de vestuario es uno de mis sueños casi frustrados —continuó, mientras dibujaba en un cuaderno un boceto perfecto—. Luego de volver a Japón, mi familia me dio la espalda, pues había sido la responsable de uno de los mayores escándalos, socialmente hablando, dejando París de la manera que lo hice. Ni un aviso, ni una nota. Así que me convertí en una paria para ellos.
—Tomoyo… —susurré, estirándome para acariciar una de sus manos. Las puntas de sus dedos se sentían ásperas, encallecidas, algo que no encajaba con ella para nada.
Sentí rabia contra las personas que la habían dejado de lado.
—De todas maneras, esta historia tuvo un buen final. Cuando me mude aquí, a Tomoeda, conocí al dueño de este teatro, y de alguna manera obtuve el trabajo de diseñar la indumentaria para la compañía. —Hice una mueca de desconcierto instantánea y ella sonrió tímida—. Me gustaría explicarte como sucedió, pero el sujeto que está a cargo, Fye, es algo complejo de descifrar y mucho más de intentar explicar.
Moví las manos aceleradamente, apartando moscas imaginarias.
—¡No, no, entiendo! —aseguré—. Así conociste a Shaoran, y eso nos trae al presente, ¿verdad?
—Ajá —dijo—. Es una especie de final abierto al cuento. Pero ahora es tu turno, cuéntame algo de tu familia, de tu vida. ¡Apenas sé tu nombre y que tienes un cuerpo con unas medidas preciosas!
El último comentario me puso de todos los colores. Pero intenté suprimir la vergüenza de la que era presa y tomé aire, pues era la primera en tiempo que deseaba de verdad contarle a alguien parte de lo que era “mi vida”.
—En realidad, no hay mucho que decir —empecé, dándome cuenta lo patético que sonaba eso—. ¡Oh, quiero decir que no es muy interesante! Dios, bueno… eh, verás. Mi familia es dueña de una multinacional, aunque esto te pueda sonar a cuento. Se dedican a la venta de automóviles, y pues, les va muy bien. Mi hermano y mi padre son los que manejan todo, así que no tengo mucha más idea del negocio —admití, sonrojándome—. Yo no sirvo para lo que signifique manejar dinero y sobre todo, hacer números.
Ella se rió y me animó con la mirada a continuar.
—Mi hermano vive en Hong Kong, con su esposa, que tiene más o menos nuestra edad. Es una especie de mujer lunática y chillona que no para de gastar el dinero de la familia en los centros comerciales, pero tiene un corazón de oro. —Cuando terminé de decir eso, noté que había sido un comentario bastante malvado en esencia—. Lo siento, no quise hablar mal de mi cuñada, ¡solo que es algo desesperante! —Ahí iba otra vez—. Ya, no dejes que siga hablando, soy muy mala en esto.
—No te preocupes, lo estoy disfrutando —aseguró ella, mientras yo mantenía mis manos como si estuviera rezando y pedía disculpas a Dios por la maldad que había mostrado enfrente de Tomoyo.
Me imaginé lo que me iba a preguntar luego, pero no sucedió.
—Es mejor que me vaya a casa, si quiero cenar —comenté mientras me desperezaba y buscaba con la vista mi abrigo.
—Sí, yo también. El tiempo ha pasado volando, estoy sorprendida —dijo mientras se acercaba con mi prenda y me ayudaba a ponérmela como correspondía. Nada de abotonar mal ni de tener las cosas desaliñadas, tal como lo hubiera hecho yo.
—Muchas gracias por todo. El chocolate y la conversación han estado geniales, la he pasado muy bien contigo —aseguré e hice algo raro. Algo que no hacía desde que me había olvidado lo que era el cariño.
La abracé.
Ella envolvió sus delgados brazos alrededor de mi arropado cuerpo y me apretó delicadamente.
—Ahora eres mi amiga, no lo olvides.
Su voz retumbó en mis oídos y se adentró en mi pecho, tocando con sus dedos la fibra más íntima de mi tristeza. Era como si ella hubiera vuelto a vivir y me estuviera estrechando.
—No lo haré…
-Shaoran-
Me topé con aquel paquete cuidadosamente envuelto, justo frente a mi puerta. Era lo suficientemente pequeño como para caber sin problemas en la palma de mi mano, con una nota adherida que procuré revisar antes de nada.
Sácale partido. Es un pequeño presente que te he traído de Europa… porque supongo que mi otro regalito ya lo habrás recibido ayer, ¿verdad?
Pásate por aquí más seguido, esto está tan desolado como siempre.
Fye.
¿Su otro regalo?
Sin querer pensar demasiado en ello de momento me limité a abrir la puerta de mi apartamento, siendo recibido por absolutamente nadie, tal y como siempre. Dejé el teléfono móvil que me molestaba en el bolsillo en la mesita de la entrada y me quité la chaqueta con pesadumbre.
Lo cierto es que cualquiera puede pensar que debería estar aunque sea mínimamente contento. Que tenía en mis manos al hermoso trozo de carbón que con algo de tiempo acabaría por convertirse en un diamante, o que simplemente con darle el libreto y esperar a que se lo aprendiera debería sentirme relajado, confiado, optimista. Pero por algún motivo me sobraba demasiado peso sobre la cabeza como para poder levantarla con orgullo.
—Bueno, vamos allá.
Me dejé caer en el sofá más cercano con la suerte de que el mando a distancia del reproductor de música yacía justo sobre el apoyabrazos. Le di al play y acto seguido comenzó a sonar Come Together, por lo que supe que aquello era mi Abbey Road.
Here come old flattop he come
grooving up slowly He got
joo-joo eyeball he one
holy roller He got
hair down to his knee
Got to be a joker he just do what he please
Lo cierto es que no conseguía desprenderme de los buenos músicos de antes. Ahora mismo, mientras intento abrir el regalo de Fye, hago un repaso mental de los discos en mi “meloteca”, y me encuentro con The Beatles, Queen, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Aretha Franklin, Luis Armstrong junto a otros similares. Probablemente nada posterior a los noventa. Y, probablemente, debido a mi maniática y retorcida obsesión por aferrarme al pasado más que al futuro, de intentar revivir todo lo ocurrido para mantenerme estático en el tiempo.
Sin movimiento, ni vida, ni muerte.
¡…Oh!
—Sancta Maria mater Dei…
Igual que un niño inexperto tanteé con torpe cuidado el contenido de aquella cajita, temiendo que se desintegrase o desvaneciese de pronto en el aire. La verde fragancia me llenó los pulmones abriéndolos de par en par, el olor era tan fuerte que incluso me picaba la nariz.
—…ora pro nobis peccatoribus nunc, et in hora mortis nostrae...
El color y el aroma prometían tanto que envolví buena parte en un papel tan rápido como fui capaz, con cada segundo pesando sobre mí en una auténtica tortura.
—…amen.
La primera calada confirmó mis teorías: Fye me había dado un poco de una de las mejores marihuanas que podría probar jamás. Por supuesto él tenía su propio cultivo, que estaba bastante bien, pero por suerte o por desgracia ésta parecía venir desde otro planeta. En el que, me imaginé, el trabajo no estaría sobrevalorado, o directamente no estaría valorado en absoluto.
Cerré los ojos al volver a respirar el denso humo, aguantando los pulmones hinchados que pedían con un leve dolor, algo de oxígeno.
—Rasca, ¿eh?
—¿Otra vez tú?
Cuando volví a abrir los ojos, esta vez con algo de dificultad, me encontré con su mirada sardónica. Estaba sentado como un indio en el sofá frente a mí, expectante, sin perder ningún movimiento en la trayectoria traslativa, del porro… a mis labios.
—Sólo venía a dar mi aprobación —explicó, encogiéndose de hombros. Al notar que probablemente yo empezaba a no estar en condiciones de entender, agregó—: Por hacerme caso con lo de Sakura, ya sabes.
Janis Joplin murió a los veintisiete años, y yo no me acordaba. ¿Alcoholismo?, no. ¿Suicidio…? Sobredosis. Cuarenta por ciento de pureza. Sí. Ella otra vez, como siempre y para siempre, arrastrándote de la cima a la tumba.
Oh, Dios, tengo un agujero negro en el puto estómago…
—Mmm…
El rostro infantil desapareció tras una densa nube de humo blancuzco, olvidado junto a todo lo real y táctil.
Vencido por el peso de mis párpados dejé a mi mente viajar; veía a mi consciencia sentada en una barca de madera, esperando que la corriente de aquel río que alcanzaba el infinito por todos sus extremos le llevase a un puerto desconocido.
—¿Me estás oyendo, Shaoran?
El sol se ponía, los pensamientos nacían inconexos, se entrelazaban, jugaban los recuerdos y la imaginación, miles de rostros aparecían bajo la superficie del agua, traslúcidos, sonrientes, tristes, algunos familiares, otros desconocidos.
Porque supongo que mi otro regalito ya lo habrás recibido ayer, ¿verdad?
—¿Shaoran?
La noche era clara. Ya no había barca, ni río; tan sólo el familiar callejón en medio de los paupérrimos suburbios. Y ella saliendo del teatro.
Esta vez, a diferencia de las anteriores, podía sentirme extrañado y ajeno a toda aquella situación. No así mi cuerpo, que se movió impulsado como por alguna fuerza superior, directo al destino que algo dentro de mí quería imponerme.
Inevitablemente abandoné mi escondrijo y me dirigí tras ella, sabiendo que no me vería. Nunca lo hacía. El olor de la muerte premeditada que ya inundaba mis fosas nasales parecía no llegar a ella hasta que era demasiado tarde.
Hasta que, como ahora, se giraba para que yo pudiera apresarla tal y como quería.
Y aunque esta vez era él y no yo quien decoraba su pálida garganta con una sonrisa de sangre, podía notar su piel resbalando bajo el puñal como suave mantequilla.
Bang, bang
Maxwell’s silver hammer came down upon her head…
Caí al lado de mi víctima cuando las rodillas me fallaron, y entonces volví a recuperar el control de mis movimientos. No a tiempo, pero al menos permitiéndome cerrar los ojos a lo que había sido Tomoyo desangrándose sobre el pavimento y tapar mis oídos con fuerza para dejar de oír aquella canción…
Pero estaba dentro de mí.
Bang, Bang
Maxwell’s silver hammer made sure that she was death…
—Shaoran…
Me encogí sobre mí mismo, temblando, deseando que todo esto acabase.
—Shaoran…
Nunca, nunca debí haber abierto ese ojo. El demoníaco portal que me permitió verla girar la cabeza hacia mí en un último retorcimiento sonriente, y llamarle a él.
—No…, Ritsuko…
Sus ojos vacíos me despertaron al instante. Me erguí, empapado en sudor, con los restos del porro a medio consumir en mi mano derecha y el corazón trepando por mi garganta. Volvía a estar completamente solo —probablemente mi pequeño amigo se había aburrido de mí en cuanto dejé de hacerle caso, y probablemente estaría muy enfadado por ello… pero no era, ni mucho menos, lo más importante en este momento.
Volví a encender lo que quedaba del porro y luché por tranquilizarme. No era la primera vez que soñaba esto, si bien había sido diferente, y todo apuntaba a que por un motivo u otro tampoco dejaría de soñarlo. Así que tocaba irme acostumbrando.
Sin querer darle más importancia al asunto me concentré en la canción que sonaba ahora y en intentar recordar a qué brillante conclusión había llegado antes de quedarme dormido.
Como es habitual en estos casos y con mucha suerte mediante, la información llegó a mí como un rayo estallando de repente en medio del resto de ideas incoherentes, ahogándome con una risa estúpida e inevitable.
—Desde luego, Fye, te has superado con ambos regalos.
-Sakura-
Cuando entré al departamento, inhalé profundo. Durante las últimas horas no había existido nada ni nadie más allá del mundo retorcido al que había ingresado sin saberlo siquiera, por lo que mi hogar parecía el de alguien más en ese momento.
Breathe me
Everytime you close your eyes
Él no estaba por allí, aun cuando yo esperaba verlo para contarle cada una de mis peripecias y más aún, de cuán audaz había sido aquel día. Seguramente me habría dedicado alguna de sus miradas altivas pero encantadoras, y hubiera sonreído con aquella mueca de “yo soy mejor que tú”, que yo tanto quería.
Taste me
Every time you cry
Caminé hasta la habitación, dejando por el suelo toda mi ropa. Con solamente las braguitas y el sostén, entré al baño y observé el reflejo que me devolvían los azulejos.
Inercia de por medio, abrí la llave del agua de mi bañera y me quede sentada a un lado, casi desnuda, tiritando de tanto en tanto.
Metí mis pies desnudos al agua que se iba juntando y sentí que se distendían y se volvían a tensar, por obra de moverlos de un lado a otro, chapoteando y mojando todo. Me quité el resto de mi escasez, y sumergí todo mi cuerpo en la bañera. Mis rodillas habían quedado fuera del agua.
This memory will fade away and die
Entonces mi cuerpo se encogió y todo comenzó a doler, pues la conciencia de ese “algo” que había estado intentando ignorar, arremetió con toda la violencia de la que era capaz.
Comencé a llorar por mí, y por lo desgraciada que era. Era ese día, que yo me decía a mí misma que no pasaba nada, que ya volvería.
Pero aun así, yo seguía sin poder recordarla.
¡Se había ido para siempre!
La risa de mi madre, que nunca más volvería a escuchar.
Just for today
Breathe me and say Goodbye
Notas de las autoras: ¡Tachán! No, no estábamos muertas… ni de parranda (batería por favor). Pero sí Charlotte con otra muela molestando, afortunadamente la última. Teníamos el capítulo casi hecho hace unas dos semanas, pero el juicio no podía esperar xD.
En fin, ¿qué tal el capítulo? Es un poco más largo que los otros, quizá algo más denso también. Nuevamente tenemos al personaje misterioso dando vueltas por ahí, e incluso responsable de la nueva situación con Sakura y su elección como protagonista de la obra, a una Tomoyo que parece (con perdón) hecha mierda, y a un Shaoran… que bueno, creo que representa bastante bien a un director de teatro amateur (y sí, me refiero a que es drogadicto). Nada que comentar acerca del sueño de Shaoran (espero que cada uno esté sacando sus propias conclusiones), salvo quizá que la canción que oye se llama “Maxwell’s silver hammer” y es de los Beatles (aquí entre nos, Charlotte y yo somos grandes admiradoras de los Fab Four).
Esperamos que la entrega haya merecido tanta espera, y por supuesto, tantos reviews como en el capítulo pasado. ¡Muchísimas gracias!, recibimos casi cincuenta, creo que el record hasta ahora en esta historia. Ojalá nos sigan queriendo tanto y nos escriban aunque sea para putearnos, todo nos hará felices (?).
Sin más que agregar, ¡hasta dentro de unos días!
…
PD: ¡AYER FUE MI CUMPLEAAAAAÑOOOOOOOOOS! Jajaja, perdón, tenía que decirlo xD.
Ahora sí, ¡chau!