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Es un pequeño capricho, nada más. Lo juro. Para los que ya me han leído, saben qué tipos de cosas esperar. Para los que no, esto va a tener algo de violencia, posibles imágenes que podrían resultar perturbadoras, y temas muy, muy, dark.
Miró distraídamente el cartel que habían pegado contra la pared de su nuevo hogar. En él, una joven mirada avergonzada encontraba la suya, y su propio rostro le devolvía una sonrisa tímida. Reconocía la foto como una de las tantas que se había tomado con Hermione y Ron, en sus tiempos de escolar inocente, con mucho que cargar y poca idea de porqué debía hacerlo. Sonrió tristemente. Hacía ya un año que aquellos carteles circulaban por las vacías calles de Hogsmeade y el oscuro paseo de Diagon Alley. Un año desde que había corrido frenéticamente detrás de Snape, murmurando las Imperdonables bajo su aliento, esperando cobrar venganza por la muerte de su mentor.
Apoyó su frente contra el frío ladrillo. Sabía que pocos se atrevían a salir de sus hogares ya, en aquél tiempo de destrucción y guerra. Nadie lo vería ni a él ni a sus memorias, disfrutando de un momento de reencuentro glorioso.
Recordó su mano cerrándose sobre la capa de Snape, la suave textura de esta, y la mirada sorprendida del hombre (y de Malfoy) que cambió en una de fría determinación antes de Aparecerlos a los tres. Recordó como sus piernas, ya desprovistas en parte de la adrenalina que lo había alimentado en su caza, perdieron fuerza y lo dejaron sentado en el suelo, recuperando su aliento. Snape le había dirigido una de sus más letales miradas, para desaparecer al instante con el rubio Slytherin. Su mente permaneció en blanco hasta que el traidor volvió, su cuerpo laxo en aquella calle oscura y brumosa, en lo que parecía un vecindario venido a menos.
- Entra –había dicho la figura negra, y Harry le había obedecido. Escucha, fue la imperiosa orden que el hombre susurró sin palabras, en aquella casa extrañamente confortable, ambos sentados frente al fuego como si no se odiasen, como si el mago más grande de los tiempos modernos no hubiese muerto minutos antes. Sin duda, todo había pasado muy rápido, y la mente de Harry zumbaba con las imágenes de destrucción, locura, muerte. La luz verde de la maldición asesina todavía entumecía sus palabras, incluso sus pensamientos.
En aquella bizarra situación, al menos bizarra en aquél tiempo, Snape introdujo al joven a un mundo en el que había preferido no creer. Un pasado, su pasado, que rompía con el precioso cuento de hadas que había sido el mundo mágico hasta ese entonces. En el mundo muggle, nadie lo amaba. En el mundo muggle, él era una paria, basura, nada especial. La gente acechaba a sus vecinos con sus dobles intenciones escritas en sus ojos, esperando a que le mostraran la espalda para introducir fieramente el puñal y reducir el frío cadáver a una masa informe y asquerosa. En el mundo muggle, él era uno más entre esos cadáveres, aquellos que alimentaban la avaricia grotesca de crueles hipócritas narcisistas.
El mundo mágico había sido su cuento de hadas. Albus Dumbledore, su hada madrina, mostrándole encantado las maravillas de aquél lugar al que él pertenecía. Dónde él era el héroe de las fábulas, donde la gente lo amaba, donde su cuerpo era adornado con coronas de flores y los puñales defendían sus espaldas. Incluso Voldemort, quien cual villano de todo cuento intentaba arruinar esa hermosa perfección, formaba parte de la magia de aquella historia.
Aunque su ingenua inocencia no pudo evitar ignorar, al paso del tiempo, las muestras de que aquello era una historia de humanos y no de hadas, aquél encanto nunca se rompió. Las mentiras de El Profeta en su quinto año, la traición de aquellos que lo idolatraban, su lucha contra su reputación nunca dejaron de parecerle más que manzanas envenenadas que formaban parte de la aventura. Allí todavía era amado; por sus amigos, por sus mentores, por los amigos de sus padres. Allí tenía una familia, y para él, era más que suficiente.
Sin embargo las palabras que hurgaban el pasado del profesor de Pociones cargaban con la más amarga verdad; era la historia de una fábula decadente.
Albus Dumbledore siempre lo había tratado como un peón.
Él no era más que un sacrificio en la guerra por el bien mayor.
El nació para morir.
Aquella vida orquestada, aquellos días del niño de oro no eran más que parte de una lenta eutanasia.
Quizás aquél momento de insólita verdad había sido la venganza de su antiguo profesor por los años en los que su rostro le trajo el amargo recuerdo de su padre (1). Quizás, por el tono amargo que especiaba sus memorias, era su resentimiento hacia Dumbledore lo que lo llevó a corromper suleyenda después de muerto. El asesinato, convertido en eutanasia gracias a las palabras del desgraciado hombre, no había sido más que un plan más del anciano. Una orden más que aquél pobre perro faldero debía cumplir. Sus vivencias, el oscuro pasado que ambos compartían, era el grito de su resentida alma por un poco del preciado aire de la libertad. Él se regodeaba en arruinar la mística con la que el hipócrita anciano se rodeaba, obtenía gozo en destruir los ingenuos cuentos que con sus hábiles manipulaciones Albus Dumbledore había creado para Harry Potter.
Inconscientemente, él, uno de los más odiados entre los odiados de la corta vida del joven héroe, le había provisto con algo que Harry ahora descubría, le había faltado toda su vida.
Una elección.
Sería un instinto tal vez impulsado por sus hormonas, un deseo interno de dar rienda suelta a la furia alimentada por la decepción de un niño que descubre que los libros no describían el mundo tal cual es. Era una rebeldía distinta a la que ya había experienciado antes; mientras que aquella había sido nada más que el deseo frenético de salvar a quien estaba en peligro, de ser el héroe una vez más, esta implicaba un cierto egoísmo que habían intentado eliminar los años en Hogwarts. Ahora era él el que se sentía traicionado; era su propia persona la que quería vengar.
El velo de la fábula caía desgarrado cruelmente frente a sus ojos. La vida con los Dursley jamás había terminado; tan sólo había cambiado de lugar. Allí, en Privet Drive, era el muñeco multiuso. Allí debía limpiar. Aquí, en su preciado mundo mágico, debía matar. Debía morir.
Cuando Snape miró sin una pizca de emoción su rostro pálido a la luz de la vela, Harry no pudo dejar escapar una carcajada. Años de esperanzas destruidas, amargos cuentos hechos trizas, todo deslizándose como la arena en sus manos en aquella fría carcajada. Siguió riendo hasta que de sus ojos cayeron lágrimas perladas, aunque nadie podía saber si eran parte de su risa o de su llanto.
Snape no dijo ni una palabra más en toda la noche, y lo dejó allí solo, a la luz de aquella arruinada vela, su cuerpo mitad desparramado en el suelo, mitad desparramado en la silla. Los espasmos de una risa psicótica recorrían su cuerpo como malignas hormigas aleatoriamente, pero ya su rostro había perdido todo rastro de sonrisa. Con su cara oculta en las sombras, lloró.
Lloró no por su tristeza, sino por su odio al hombre. Al ser humano. Por dejar que su sonrisa se volviera amarga, por dejarlo caer en la desgracia. Algo dentro de él se había roto; desaparecido para siempre.
Harry despedía su inocencia, y con ella, su propia vida como Harry Potter.
Los días siguientes a la muerte de Albus Dumbledore y su huída de Hogwarts todavía seguían siendo una masa de memorias confusas, aún después de conseguir dominar la Oclumancia seis meses después. Todo se confundía en un popurrí de oscuros deseos de venganza, sentimientos encontrados, y confusión general. Recordaba vagar por las calles del Londres muggle (donde sabía que jamás lo reconocerían) predicando internamente su odio por el mundo, deseando que las llamas y el dolor consumiera todo lo que le se le hacía tan hipócrita, y luego llorar en callejones abandonados por la culpa que sus propios pensamientos le provocaban. Aquél instinto por defender todo lo bueno luchó una batalla perdida contra la decepción y la furia; su moral se volvió una masa informe de pensamientos incongruentes. Ya no podía distinguir el bien del mal, si es que existían, ni podía decir qué prefería y qué odiaba.
Confundido, dolido y enojado, había entrado a los tumbos en una pequeña capilla al sur de Londres. Las luces caían suavemente sobre la estancia, aquél brillo inmaculado que hablaba de lo sagrado del lugar no hizo más que impresionar al joven mago. Las estatuas lloraban, oraban o miraban hacia los cielos en silencio, testigos de piedra de una fe que Harry encontraba absurda. Si Dios existía, ¿por qué él estaba allí en aquél momento? ¿Por qué había dejado que se volviera un esclavo de un destino que algunos humanos había inventado para él?
Si Dios realmente existía, ¿por qué dejaba a sus estatuas llorar en silencio? Aquél cementerio de fe, de oraciones que se perdían en el rumor de los autos de la agitada ciudad británica, no era más que la triste casa de las esperanzas más antiguas del hombre.
Harry cerró los ojos, incapaz de soportar la vista de tal falsedad.
Ellos también se engañaban. Vivían en una fantasía, de la misma forma que él. Dios no existía, Dios había muerto en cuanto ellos comenzaron a soñar en él (2). Aquél lugar no era más que la prueba en piedra de lo mucho que le gusta al ser humano creer en las mentiras.
Mentiras como las de El Profeta.
Mentiras como las de Albus Dumbledore.
Una gran, gran mentira. Como él. Un niño hecho a medida para morir por sus pecados.
Como un cordero.
Una sonrisa que no era alcanzo sus labios. Recordaba las canciones de las misas a las que había sido obligado a ir con su adorada familia. Recordaba qué había sido del Cordero de Dios, recordaba lo que había sido de la humanidad desde su sacrificio.
Él estaba destinado a hacer lo mismo. Y el resto de su raza estaba destinada a actuar de la misma forma a su muerte.
Harry se dio media vuelta y salió del lugar con pasos firmes y decididos. Sus labios apenas se movían, pero cualquiera que prestara atención y se encontrara lo suficientemente cerca podría oír los versos que repetía con cruel obstinación.
Cordero, cordero
De Dios, de Dios
Que quitas el pecado del mundo
Ten piedad de nosotros
Cordero, cordero
De Dios, de Dios
Danos la Paz
Danos la Paz (3)
No sabría decir cuál fue el momento en el que pensó acudir a Voldemort. Quizás la magnitud de aquella traición no fuera tan grande como para volverse aliado de sus enemigos, pero en aquellos días solitarios que siguieron a su visita a la capilla, su mente se perdió en los rincones más oscuros de su alma. De golpe, en parte por furia, en parte por rebeldía, dejó que todo lo que alguna vez había creído como cierto se volviera una mentira. Su paranoia catalogó cada evento de su antigua vida como parte de un plan maquiavélico para moldearlo; todo, desde sus amigos hasta la forma en la que los Dursley lo habían tratado, parecía haberlo llevado a ser el arma que Dumbledore necesitaba. Y aquello que él tan desesperadamente odiaba en aquellos momentos.
Necesitaba encontrar algo que probara que no era aquél idiota Harry Potter. Algo que cementara su rebeldía, que mostrara al mundo que él era quien quería ser, y que todos los demás se fueran a la mierda.
Y ya sabía que sería lo único que le daría aquella satisfacción. Algo que el niño dorado de Gryffindor jamás haría, algo que haría que aquél viejo manipulador se revolcara en su tumba.
Harry Potter se volvería un mortífago.
Si él no hubiese estado tan absorto en sus pensamientos de venganza contra el mundo, probablemente se hubiese reído de la expresión en el rostro de Snape al verlo en su hogar, pidiendo ser llevado inmediatamente ante el Señor de las Tinieblas.
- Niño estúpido – le había escupido en la cara-, te matará en cuanto te vea. ¡¿Acaso piensas echar por la borda todo lo que la Orden ha hecho por ti?! ¿Eres tan arrogante como para entregarle la guerra a Voldemort en una bandeja de plata sólo porque la vida no es como tú quieres que sea? ¡Crece, Potter! Bienvenido a la realidad; no eres más que un peón. Acostúmbrate a que en verdad, el mundo no gira alrededor tuyo.
Harry había sentido cierto escozor en su pecho ante la idea de traicionar a todos los que una vez amó. Pero las palabras de Snape, cargadas de veneno, no hacían más que recordarle una vez más el porqué de su ira. Sonrió, ya no con felicidad o tristeza, sino con malicia, y habló en una voz muy suave, algo apenas más que un susurro.
- Que esa sea la realidad no significa que tenga que aceptarla, Snape. Y tengo el derecho de hacer lo que a mí se me venga en gana con mi vida, te guste o no. Ahora, ¿me llevarás con tu amo o tendré que pedirle el favor a Draco Malfoy?
El hombre, con un rugido, se le tiró encima. Harry, sorprendido, dejó caer su varita para arañar con fuerzas esas manos que intentaban estrangularlo. Sus ojos cerrados estaban fuertemente apretados, su rostro contorsionado en una mueca, su garganta pidiendo aire a gritos.
- Escúchame Potter, y escúchame bien. Irás con la Orden de vuelta te guste o no, no me importa si tengo que torturarte hasta la inconsciencia para hacerlo. Te olvidarás de todas estas estupideces, y seguirás actuando como el precioso niño dorado que todos quieren que seas.
Harry, ante las últimas palabras, sintió su ira escocer dentro suyo, y abrió sus ojos verdes, que brillaban anormalmente en la mal iluminada estancia. Las manos de Snape, sorprendentemente, aflojaron algo de su presión, y el muchacho aprovechó la ocasión para desembarazarse de su atacante con un buen golpe en la mandíbula y una patada en el estómago. Buscó inmediatamente su varita con los ojos, y antes de que su ex profesor de Pociones pudiese hacer algo, lo dejó inconsciente con un buen Desmaius.
Respirando entrecortadamente, pensó de manera fugaz en escapar de allí lo más rápido posible, pero una nueva parte de su mente (o que en realidad había ignorado por mucho tiempo) sugirió que sería mejor utilizar a aquél traidor como una ofrenda de paz hacia Voldemort.
En aquél instante Harry supo que su vida podría tomar dos caminos diferentes. Como el caminante perdido frente a una bifurcación, él podía tomar la senda que lo llevase de vuelta a su antigua vida. Podría pretender que nada había pasado, que él seguía siendo el mismo idiota manipulado que había sido, y buscar alguna forma de sobrevivir su encuentro con Voldemort para luego vivir una hermosa vida muy confortable con Ginny y sus amigos. Tendría una casa idílica, dos hijos hermosos, y se convertiría en lo que el mundo dictase que fuera. Sería su pequeño héroe-marioneta.
Pero también podría descender a los mismos infiernos, volverse enemigo de todo lo que le habían enseñado a querer, y demostrar que él no era peón de nadie. Podría ayudar a Voldemort a ganar la guerra, traicionar todo lo que ese viejo estúpido le obligó a adorar, y obtener la venganza que tanto quería.
Sería una oscura satisfacción, pero Harry sabía que fracasaría si intentase olvidar su fantasía perdida. Aquello que las palabras amargas de Snape habían despertado no moriría jamás. ¿Cómo podía volver a ser Harry Potter, cuando Harry Potter no era más que un cadáver relleno de podridas ilusiones y manipulaciones?
Decidido, tomó el cuerpo inconsciente de Snape, y elevó una plegaria a algún Dios olvidado para que las pocas lecciones de Aparición que había tomado diesen fruto.
Lucius Malfoy no lo había decepcionado; ciertamente trató de parecer lo más calmado e indiferente que pudo en cuanto lo vio frente a las puertas de su mansión. Aún así, Harry podía notar, con una cierta satisfacción, que la sorpresa lo había atacado de la misma forma que a Snape.
- Harry Potter, qué… interesante sorpresa – había dicho con aquél aire pomposo que en nada le favorecía-. ¿Qué te trae a la verja de mi humilde morada?
Harry podía ser sordo y aún así notar el aire burlón del hombre. Con una expresión poco amable, dijo secamente que su intención era ver al Señor de las Tinieblas. La sonrisa que amenazaba con romper aquél aire de falsa dignidad alrededor del rubio aristócrata finalmente asomó a su rostro, y le dijo de manera muy desagradable que su señor no tenía tiempo para chiquillos como él.
- ¿Finalmente piensas honrar tu estupidez e intentar luchar contra él en un duelo? - se burló-. ¿O vienes a rogarle que tenga clemencia y te envíe rápidamente con tu padre traidor y aquella sangresucia?
Harry, quien había estado jugando con la idea de callar a aquél hombre idiota con un buen Cruciatus, finalmente cedió ante la tentación y concentró todo su odio en el hechizo escarlata que salió de su varita. Malfoy cayó al suelo con un grito agudo, y comenzó a revolcarse en el suelo, en la misma forma en la que Harry había deseado ver a Bellatrix en su quinto año.
Su ira lentamente se transformaba en un sórdido gozo ante los gritos del hombre. Control, finalmente él era quien estaba en control. Él tenía el poder de dar respiro o más dolor a aquél hombre que sufría bajo su mano, y aquella sensación le intoxicaba. Sentía su sangre hervir con un placer oscuro que jamás pensó que experienciaría.
- Vaya, vaya – una voz fría apareció entre los jardines lujosos que rodeaban la blanca mansión. El dolor de la cicatriz de Harry era curiosamente menos intenso que en ocasiones anteriores; apenas dolía más que un leve golpe.
- Si no es Harry Potter, intentando llevar a mis sirvientes a la locura – la voz, impregnada de una maldad pegajosa, hizo honor a la aparición de su dueño. Una figura alta, más no como Harry recordaba, se hizo paso entre los arbustos. Envuelto en túnicas negras, se detuvo a cierta distancia del muchacho, fijando su mirada roja sobre él. Harry levantó el hechizo, y Lucius se desmayó.
- ¿Vienes a pedirme que te mate, Harry Potter? ¿Acaso piensas que será más rápido, si te entregas ahora?
Harry sonrió, mostrando sus dientes blancos a la oscura noche. En sus ojos no había gozo alguno, tan solo una fría indiferencia. Movió su varita, y movió el cuerpo inconsciente de Snape hasta depositarlo groseramente delante de Voldemort.
- Harry Potter está muerto. Pero dejó un último deseo; y esto es, Voldemort, unirse a ti – con la misma sonrisa muerta, alzo una mano para señalar el cuerpo de Snape-. Incluso te he traído un regalo; ¿a qué no sabías que Severus Snape no era más que un traidor?
Aquellos rubíes se entrecerraron hasta convertirse en nada más que unas rendijas; Harry pensó que quizás Voldemort había juzgado aquello como no más que una burla, y su cuerpo se tensó inmediatamente esperando un ataque.
- Muy bien, Potter, parece que finalmente has ganado algo de sensatez. Pero, ¿qué te hace pensar que aceptaría que te unieses a mi ejército?
Harry alzó una ceja, y echó una mirada fugaz al cuerpo de Lucius.
- ¿Realmente piensas que no podría estar al nivel de… -con una mirada cargada de desprecio, pateó ligeramente el cuerpo- esto?
Sintió una risa ahogada; provenía de aquél demonio con el que intentaba hacer un pacto.
- Ya lo veremos, Potter – su voz se volvió fría nuevamente-. Extiende tu brazo izquierdo.
Harry, sin mostrar prueba alguna de duda, hizo lo pedido. Una pálida mano surgió de entre las sombras, y tomó su brazo no con poca rudeza. El muchacho se sorprendió al sentirla cálida y suave… muy diferente de los dedos esqueléticos que habían causado un mundo de dolor cuando tocaron su cicatriz en su cuarto año. La varita que estaba siendo presionada contra su brazo pareció desprender un líquido caliente; ardía y quemaba su piel, formando lo que Harry no dudaba era la silueta de la Marca Tenebrosa. Unos momentos de agonía, y todo había terminado.
Harry Potter era un mortífago.
Dejó que la nieve que caía le recordara de la indiferente paz de su presente, y caminó por las calles desiertas de Diagon Alley mirando distraídamente las vidrieras. Muchas estaban tapiadas; prisioneras de una guerra que había consumido el lugar, siempre observando el tiempo pasar a través de las pocas hendiduras oscuras que dejaban entrar escasos haces de luz a la estancia. Otras parecían abrazarse a sí mismas, escondiendo en su rellano sus artículos y esperando que ningún mago oscuro las destruyese.
Aquél era un triste lugar; sus tiendas no eran más que niños asustados en estaciones de trenes abandonadas. Los pocos transeúntes caminaban sin mirar más que al suelo; todos parecían querer evitar la sentencia de unas invisibles medusas, todos querían escapar la muerte.
Vol de Mort.
Vuelo de muerte.
Todos querían escapar el vuelo de muerte.
Harry sonrió al recordar su propio miedo a aquella muerte fugaz. A aquél demonio encarnizado, que poseía un poder muy parecido al que Dumbledore había tenido sobre él. Había tenido miedo de morir sin librarse de aquella imaginaria peste que las manipulaciones le habían contagiado. Los meses que pasó habitando la mansión Malfoy como un prisionero voluntario habían sido meses solitarios. Lucius Malfoy le esquivaba, su esposa Narcisa jamás le había dirigido más que unas frías miradas. Draco había sido enviado junto con Bellatrix y Rodolphus a cumplir ciertas misiones al sur de Inglaterra en lo que Harry adivinaba sería un intento para moldear al heredero aristócrata en su rol de futuro mortífago.
Harry, con la única compañía del viento y las noches frescas en el jardín de los Malfoy, había pasado un bizarro verano abandonado a sus propios pensamientos. Estos parecían volverse más y más oscuros; su obsesión parecía retorcerse y adoptar matices inesperados. En todo su ser veía los rastros del cordero, los crueles espejos le recordaban que él seguía siendo parte de aquél ser que había llegado a odiar con todo su ser.
Quemó las ropas que había utilizado mientras había sido ignorante, miraba obsesivamente su Marca esperando encontrar en ella el consuelo de saber que él no era Harry Potter, que aquél cordero no era él. En su furia destructiva había intentado destruir aquella imagen que tanto se asemejaba a la de la marioneta; los espejos fueron rotos una y otra vez, en un vano intento por convertir aquella suciedad (pues todo lo que había sido Harry Potter, lo que había sido débil, manipulado, útil no era más que una impureza de la que debía limpiarse; el debía ser libre) en algo diferente. Perfecto. Pues todo lo perfecto era libre. Pues todo lo libre era perfecto.
Finalmente, había cerrado sus ojos y cubierto su rostro de heridas, esperando que su sangre sucia fluyera libre, y se convirtiera, le convirtiera en alguien distinto. En alguien limpio de Harry Potter.
Su rostro cubierto de cicatrices había sido un alivio. Ya no se parecía a Harry Potter. Sus ojos verdes se habían oscurecido en su soledad, ya no eran las brillantes esmeraldas de Harry Potter. Su brazo que orgullosamente portaba la Marca Tenebrosa no era el brazo de Harry Potter. Sin embargo, todavía no se sentía libre de toda suciedad.
Todavía no era libre de Harry Potter.
Por tal razón, había hablado una mañana, mientras desayunaba. Voldemort había hecho una rutina de compartir sus desayunos con el muchacho, especialmente después del incidente con su rostro. Ninguno de los dos hablaba; tan solo comían sus alimentos en silencio. Harry observaba los rayos de luz iluminar las partículas que flotaban alrededor del blanco mantel, Voldemort fijaba sus mirada escarlata en él. Le estudiaba, quizás decidiendo si debía matarlo, si le sería útil, o si había perdido la razón. Harry le temía en secreto. Quizás el poderoso hombre, con su astucia, su magia, su carisma, quisiera mancharlo con una nueva especie de suciedad. Quizás querría convertirlo en su propio cordero oscuro.
En esa apacible mañana de principios de otoño, había roto el silencio, el encanto, y el miedo con su voz rasposa, olvidada desde hacía meses. Su petición fue simple.
- Déjame asesinar a alguien.
Aquello le volvería a separar de Harry Potter. Disfrutaría, y purificaría su esencia una vez más.
Y mientras más matara, más libre sería.
Voldemort, con una enigmática sonrisa, le asignó su primera misión aquella tarde. Destruir completamente, por sí solo, el pueblo de Pequeño Hangleton.
Harry recordó aquella primera matanza con cariño. Por primera vez en su vida, había sentido el sabor de la libertad como nunca antes lo había sentido. La adrenalina, la sangre y los gritos de terror ante su poder sobrenatural se unían en una orgía de control, libertad y satisfacción. Aquello era hermoso; el sonido de las llamas devorar agónicamente los cuerpos, las calles que sucumbían ante sus hechizos, los edificios que se rendían ante él. Mientras veía el preciado líquido rojo caer al suelo libremente, sentía que se había librado de Harry Potter.
Cuando convocó la Marca Tenebrosa sobre las ruinas devastadas del otrora alegre pueblucho, reconoció que aquello no era sólo una misión para purificar su esencia. Aquello también era destruir parte de la poca suciedad que cubría a Tom Marvolo Riddle, un ritual no tan mágico en el que los testigos de un escándalo amoroso perecerían para borrar la existencia de los Riddle de la faz de la Tierra. De la misma forma en la que aquél muchacho joven renegaba del cordero, el poderoso Lord renegaba de todo lo que lo hacía impuro a sus ojos.
Una carcajada fría a su lado logró sobresaltarle al punto de dar un pequeño salto, y pronto sus ojos del color del bosque se encontraron con unos rubíes brillando con malicia y deleite.
Harry Potter era un asesino.
- Potter – una voz le sacó de su ensimismamiento. Levantó la mirada, y se encontró con el rostro níveo de Draco Malfoy. Esbozó una pequeña sonrisa, y devolvió el saludo.
- Quizás quisieras acompañarme a tomar algo al Caldero Chorreante – a pesar de que la misión con sus tíos le había quitado mucho de su antigua estupidez, se había permitido guardar algo de su acto de niño malcriado; su tono hablaba de lo poco que pensaba de aquél lugar en comparación con otros más elegantes y caros que solía frecuentar.
Harry aceptó, y ambos caminaron en silencio de vuelta hacia la entrada de Diagon Alley. El muchacho moreno poco tenía que temer que alguien lo reconociese; poca gente caminaba esas calles y nadie levantaba la vista del suelo. Su rostro desfigurado por las cicatrices escondía fácilmente su identidad.
- Siguen buscándote – comentó Draco, ojeando los carteles con el rostro de una persona completamente opuesta a la que caminaba a su lado. Al verlo por primera vez en su mansión, meses después del día en el que Dumbledore fue asesinado (aunque realmente no fuera así, como más tarde todos los mortífagos se enteraron cuando asistieron a la ejecución pública del traidor) su vanidad innata le había hecho horrorizarse ante el triste espectáculo de la apariencia del joven. Su pelo negro, que había negado a cortarse, caía descuidado alrededor de su rostro desfigurado por las cicatrices, y se apoyaba sobre sus hombros. Su pálida piel le daba cierto aspecto de espectro en la noche, y las túnicas negras que usaba pegadas a su flaco cuerpo parecían fundirse en las sombras. Lo que había perdido en belleza convencional lo había ganado en otro aspecto: Harry Potter parecía imponente. Los Mortífagos con los que se había cruzado en su estadía en la mansión Malfoy habían sentido escalofríos al observar aquella figura solitaria, que parecía extenderse infinitamente cuando sus túnicas se unían con la noche, su piel pálida exaltando las líneas de sus heridas auto infringidas dándole un aspecto de hombre desolado, de muerte terrible. Pues en aquello se había convertido; los seguidores de Voldemort comentaban en susurros horrorizados las atrocidades que el antiguo enemigo de su amo cometía a las órdenes del monstruo.
- Lo que importa realmente es que me encuentren – la susurrada respuesta despertó a Draco de sus pensamientos. No pudo evitar mirar aquellos ojos del color del musgo de brillo opaco y supo que aquella persona era un vengador. Estaba en lo cierto, pues Harry ansiaba el día en que le demostraría a todos los que alguna vez habían sido parte de su suciedad lo libre que era ahora.
- ¿Por qué te buscan ahora? Al parecer están bastante desesperados; hasta incluso pusieron bajo vigilancia la casucha de los Weasley como si ellos te estuvieran ocultando.
- Lee el cartel –dijo sin pizca de molestia el muchacho-. Pasaron de darme por secuestrado, a desaparecido, a querer interrogarme por la muerte de Dumbledore –Draco no ignoró el veneno en aquél nombre-. Al parecer, ahora soy cómplice o autor del asesinato.
El rubio dejó escapar una risa ahogada mientras abría el pasaje que los llevaría a la trastienda del Caldero Chorreante.
- Qué inocentes pueden llegar a ser.
Para la buena suerte de un fugitivo, el local estaba vacío. Ni bien caminaron dos pasos, un atento Tom apareció detrás de la barra, y los miró con una sonrisa que revelaba los pocos dientes que le quedaban.
- Un firewhiskey para mí y una cerveza de mantequilla para mi acompañante – ordenó secamente el heredero. A diferencia de Harry, a quien poco le importaba su reputación, Draco utilizó los mejores recursos que un Slytherin podía tener para evitar que lo relacionaran con el asesinato del director de Hogwarts. El ministerio había creído que él había actuado bajo un Imperius (ciertos testigos comprados afirmaban haberlo visto actuando con los síntomas de la maldición) cortesía de Severus Snape, del que no pudo librarse hasta que unos mortífagos que conspiraban contra su poder en el círculo interno de Voldemort lo asesinaron.
Ambos se sentaron en una de las mesas de un rincón. Tom volvió al instante con lo pedido, y con una simple mirada de Draco, desapareció detrás de su barra. Un simple hechizo para evitar que los oyesen evitó cualquier intento del anciano, por más accidental que fuese, para espiar en la conversación.
- Fue un espectáculo lo que hiciste con Scrimgeour – dijo Draco con cierta envidia-. El Señor de las Tinieblas ya se está preparando para dar el golpe final y tomar el Ministerio.
Poco le interesaba a Harry la guerra que Voldemort combatía. La única razón por la que le ayudaba era para completar su propia limpieza. El mundo mágico le tenía sin cuidado.
- Tus amigos van a querer meterse ahora, ¿no es así?
- ¿Blaise, Pansy, todos esos? – Draco alzó una ceja-. Saben que después de eso no va a haber mucha sangre que derramar. Pansy seguro que va a esperar a que estemos a un paso de terminar con todo (y me refiero a cuando ya nos hayamos deshecho de la mayoría de los sangresucias) y Blaise, Theodore y los de sexto ya me confirmaron que van a recibir la Marca luego de que Thicknesse gane el puesto de Ministro.
- ¿Qué va a pasar con la Orden del Fénix? – Harry preguntó. En su voz había cierta expectación que Draco no pasó por alto.
- Nadie ha dicho nada al respecto, pero muchos creen que los del Círculo se encargarán de ellos – no hacía falta mencionar que Harry estaría en el centro de todo. El primer ataque a la Orden, que sucedió poco después de la incorporación del muchacho de ojos verdes a sus filas, se dio gracias a la información que él confió acerca del paradero de la Orden. Voldemort no le dejó participar, temiendo que aquello fuese una trampa, pero para su suerte terminó siendo un golpe eficaz contra las fuerzas de la Orden, que había sido diezmada.
- No queda mucho, entonces.
Draco asintió con la cabeza.
- Vamos, Voldemort está a punto de llamarnos.
El rubio parpadeó, confundido, y se levantó detrás del muchacho, dejando unas monedas en la mesa para pagar las bebidas. Efectivamente, su brazo izquierdo comenzó a arder poco después. Todos los mortífagos sabían de la extraña conexión entre el Niño-Qué-Vivió y el Innombrable, de la misma forma que todos sabían que era el único que lo llamaba por su nombre. La admiración, corrompida por la envidia, corría rampante en los corazones de aquellos seguidores. Solamente a Harry le era permitida aquella familiaridad con el monstruo. Draco lo veía con cierto humor; después de todo, sólo la muerte puede tratar de igual a la misma muerte.
Desapareciendo en la trastienda del lugar, aparecieron rápidamente en la mansión perteneciente a la familia del rubio. A su alrededor, figuras enmascaradas y cubiertas de velos negros se materializaron en una ráfaga de oscuridad. Draco conjuró su atuendo y echó a caminar hacia la verja. Harry lo seguía a un paso más lento, admirando distraídamente los animales que caminaban alrededor del jardín en su vana gloria. Sus cicatrices superaban cualquier máscara; su porte convertía las túnicas negras en sombras infernales. Él era la mano derecha de la muerte, no necesitaba jugar a los disfraces para señalar quién era su amo.
Dejando la piel inmaculada de su brazo izquierdo a la luz de la luna, entró sin problemas a la mansión, cubriéndose lentamente la piel expuesta con su manto oscuro. A su alrededor, los hombres murmuraban silenciosas conversaciones, mientras el usual aire de tensión los envolvía. Cada reunión era un paso más al infierno, pues habiéndose abandonado a la oscuridad sólo podían esperar redención por parte del demonio. Y a él caminaban en aquellas lúgubres noches, en parte aliviados por no ser sus enemigos, en parte preocupados por ser sus aliados.
Entraron en una gran habitación que el dueño de la casa había dispuesto para las reuniones. Las cortinas blancas estaban abiertas, dejando entrar inocentemente la luz de la luna. Unas pocas velas estaban encendidas alrededor de la estancia, más eran innecesarias; aquella noche era luna llena. Selene lloraba perlas plateadas que hacían palidecer la iluminación de los mortales.
Harry ocupó su lugar entre aquellas sombras enmascaradas. El trono hecho en madera de roble que coronaba la habitación estaba vacío. El muchacho no parecía sorprendido pues sabia que su antiguo enemigo gustaba de darle cierto toque melodramático a todo lo que hacía; una grand entrance era lo menos que hacía para impresionar a sus seguidores y asustarlos con el aire amenazador que desprendía su magia libre alrededor suyo.
Los susurros que recorrían el círculo fueron apagándose conforme la expectación por la llegada de su líder aumentaba con el tiempo. Nadie quería ser atrapado hablando mientras Voldemort aparecía.
Un leve cosquilleo en la cicatriz de Harry le indicó que el hombre había llegado, y sus ojos lo buscaron frenéticamente por todo el lugar. Finalmente encontró su figura, apenas visible entre la oscuridad que cubría la habitación, caminando lentamente hacia el trono. Cuando la luz iluminó su rostro blanquecino con un brillo etéreo, todos los murmullos se apagaron, y los Mortífagos se arrodillaron. Harry permaneció de pie, como era su costumbre, sin prestarle atención a ninguna de las figuras que estaban a su alrededor más que a Voldemort.
- Pueden levantarse –ordenó en cuanto se sentó en el trono. Con una mano, indicó a los espías para que dieran un paso adelante y reportaran la información que tuvieran.
Harry prefirió hacer oídos sordos a aquél aburrido asunto, y en cambio, dirigió su atención al asesino de sus padres. De alguna forma pensó que se sentiría satisfecho en cuanto se uniera a sus filas, más aquello no le parecía suficiente ahora. Todavía podía sentir aquella suciedad que era su pasado corromper sus venas, su ser. Tenía que haber alguna forma de sentirse satisfecho, de sentirse libre.
- Potter –la voz como seda del malevolente hombre llamó su atención-, hoy será tu turno.
Aquellas crípticas palabras eran un mundo de alivio para el joven. Aquello significaba que finalmente aquél era el día en el que se encargaría de demostrarles lo libre que era. De demostrarles… a sus antiguos captores, a sus antiguos pastores, que Harry Potter había muerto.
- Hoy, mis fieles mortífagos, nos deshacemos de aquellos molestos pajaritos –anunció Voldemort con una sonrisa maligna en el rostro.
A pesar de tener un objetivo tan importante, el plan era casi inexistente; Harry debía entrar a los cuarteles, matar a todos los que estuvieran dentro de su campo de visión, y los mortífagos estacionados afuera del edificio se encargarían de los que escaparan. Voldemort había decidido acudir a la función en un intento de regodearse malignamente de la aniquilación de su último obstáculo.
Los mortífagos se habían convertido en sombras, y las sombras se habían fundido con aquellas que los altos árboles proyectaban en el suelo; en aquél bosque que no envidiaba en nada al de su viejo colegio, había un pequeño claro en el que alguien había osado edificar una pequeña casucha. Harry caminó hacia el iluminado parche de césped con paso firme; estaba consciente de las decenas de miradas clavadas en su espalda, tanto curiosas, como impacientes, como expectantes.
Los cuarteles de la Orden ofrecían una vista patética. El cemento se caía a pedazos, el revoque era apenas visible ya. Las malezas cubrían la miseria en tonos de verdes apagados en una cruel imitación de sus ojos. Las ventanas estaban tapiadas con maderas podridas y cubiertas de la herrumbre de los clavos que la sostenían; dejaban pasar solo valientes hilitos de luz que se encaminaban a una batalla perdida con la oscuridad que seguro reinaba en el interior del deslucido edificio.
En aquél podrido hogar Harry veía una clara expresión de sí mismo. Quizás fuese una burla del destino la que hizo que él terminara su vieja vida allí, más en toda aquella mugre que no llegaba a ser tragada por la naturaleza, el antiguo Niño-Qué-Vivió encontraba su propia suciedad a punto de ser expuesta una vez más antes de desaparecer completamente. Era irónico que entre aquellas ruinas, entre las ruinas de sí mismo, estuvieran los miembros de la Orden. Se permitió una pequeña sonrisa sardónica.
Avanzó silenciosamente hacia la puerta de la casucha, seguro de que los encantamientos que la habían protegido habían sido completamente desmantelados instantes antes por Voldemort. Alzó una mano, y su varita salió inmediatamente de entre sus negras túnicas para posicionarse cómodamente dentro de ella. Sin necesidad de palabras, su magia voló en pedazos la débil entrada de madera, y luego disipó la nube de polvo y humo que había levantado.
- Salgan ya, salgan que vine a jugar – dijo con la voz ronca por la emoción mientras entraba en la casucha. En el aire había cierto olor a humedad y podredumbre, más era evidente por su poca intensidad que alguien había aireado el lugar. A su vez, las pisadas que habían quedado estampadas en la gruesa capa de polvo que cubría el suelo delataban a los recientes visitantes.
La oscuridad no le dejaba ver nada, pero él sabia que no había nada para ver. Era evidente que había una puerta trampa en el suelo, y que los verdaderos cuarteles se encontraban bajo tierra.
Salió de la casucha, y antes de que ninguno de los mortífagos hiciese nada, se dio media vuelta para contemplar la estructura. Con un rápido movimiento de su varita, la casa entera levitó unos metros por encima del suelo antes de que se convirtiera en polvo. Entre la tierra, que yacía expuesta a los rayos del sol, Harry pudo ver con claridad la entrada hacia un túnel, del tamaño de una boca de alcantarilla. Dejó que el polvo que había sido la casa cayera exclusivamente dentro del agujero, y nuevamente comenzó, esta vez vocalmente, a realizar encantamientos sobre aquél terreno.
Se encontró con más protecciones de lo que había esperado, pero todas eran fácilmente desmanteladas con su conocimiento en artes oscuras. Evidentemente no habían esperado que el guardián secreto de su Fidelius los traicionara, aunque fuera porque se le habían aplicado ciertos ingeniosos métodos de tortura. Cuando terminó de dejar indefensa a la base subterránea, tomó unos pasos hacia atrás, hasta llegar al borde del claro, y esperó.
Evidentemente los miembros de la Orden no lo decepcionaron, pues al instante el parche de tierra que había sido alguna vez una casa explotó, cubriendo los alrededores de polvo y casquetes de tierra, y de ella salieron figuras borrosas volando en lo que Harry estimaba eran escobas.
- No tan rápido –dijo, y se mantuvo inmóvil mientras los oía chocar contra las barreras aéreas que los mortífagos habían erigido cuando habían se aparecido en el lugar. Dejó que volvieran al suelo (sus varitas ya estaban en sus manos), y comenzó la batalla con una gran explosión que envió al suelo a muchos de sus enemigos.
Entre el humo y el fuego que se comenzaba a extender por el follaje, divisó a los sobrevivientes y corrió rápidamente hacia ellos. Vio a tres jóvenes que parecían no haber terminado Hogwarts toser y buscar frenéticamente con sus ojos a su enemigo, y como no los reconoció, decidió encargarse de ellos rápidamente y buscar a los que de verdad le interesaban.
Unos gritos desgarradores abrieron el conteo de víctimas fatales cuando Harry usó la maldición desolladora en los tres, que dejó sus músculos y órganos vitales expuestos al fuego de una rama ardiente que cayó sobre ellos. El muchacho siguió avanzando, utilizando hechizos congelantes para evitar resultar quemado, mientras escuchaba los indicios de que los mortífagos escondidos en el bosque ya habían comenzado a pelear.
Una luz verde pasó a su lado, y falló por apenas centímetros.
Se dio vuelta rápidamente, y se encontró con el rostro jadeante de Seamus Finnegan. Recordó que el irlandés se había unido a la orden poco después de graduarse, y en una pelea con un mortífago había perdido un ojo. Sonrió, aquél era un buen comienzo para su purificación.
- ¿Qué pasa, Seamus? Cierto, es difícil apuntar cuando sólo tienes un ojo –se burló, aunque en su voz no había emoción.
- ¡Escoria! ¡Avada Keda…!
Al escuchar las primeras sílabas de la maldición asesina, Harry sonrió internamente. Por fuera, su rostro dejó ver una expresión asustada al tiempo que decía:
- ¡No, Seamus, no lo hagas! ¡Soy yo, Harry! ¿Recuerdas?
Su voz había sonado exactamente igual a lo que había sido en otro tiempo. Harry sintió una negra satisfacción al verlo palidecer, y perder la concentración en el hechizo.
- ¿Ha-harry? –tartamudeó-. ¿Qué…?
- Seamus –respondió Harry con aquella misma voz inocente, aunque en su rostro no había más que malicia, y en sus ojos un brillo maníaco-, ¿por qué dejaste que me manipularan? ¿Por qué hiciste que me mataran?
- ¡¿Qué?! ¡Harry, yo…!
- Seamus, Harry ha muerto –dijo el muchacho de ojos verdes al irlandés con inocencia-. Avada Kedavra.
El cuerpo sin vida del muchacho salió disparado hacia un tronco en llamas, donde el fuego lo envolvió y consumió su cadáver. Utilizando algunos hechizos para apagar el fuego, logró hacerse camino entre la multitud de pilas de ceniza ardientes, y algún que otro cuerpo parcialmente consumido por las llamas. Vio el rostro de Percy Weasley caído entre unos arbustos, y se preguntó dónde estaría la familia Weasley.
Un brillo carmesí respondió a su pregunta, y vio a Ginny correr entre los árboles junto a los gemelos. Con una sonrisa maníaca se dirigió hacia ellos, derribando de un hechizo a un árbol para detener su escape.
- ¡Demonios! –escuchó jurar a uno de los gemelos.
- Por aquí – susurró Harry suavemente, y a pesar de los gritos provenientes del claro, supo que los tres pelirrojos lo habían escuchado.
- ¡Desmaius! – la más pequeña del clan Weasley chilló al verlo. Harry esquivó el hechizo, y dijo con la misma voz que antes:
- ¿Por qué me atacas, Ginny? Pensé que me amabas (4).
- ¿Harry? –dijo uno de los gemelos. El moreno sonrió.
- Entonces era cierto… ¿por qué nos traicionaste? – dijo con una voz dolida la adolescente. Grandes lágrimas salían de sus ojos para morir en sus mejillas… limpiando la ceniza de su rostro y creando un pequeño camino de sal y agua que brillaba a la luz de las llamas. La sonrisa de su antiguo novio se ensanchó aún más.
- Harry Potter muere hoy… pero para eso, debo deshacerme de ustedes primero.
Ginny atinó a darse vuelta y escapar, pero una viva luz verde la alcanzó en la espalda, haciéndole caer de cara al suelo. Sus hermanos, horrorizados ante la vista del cadáver de su preciosa Ginny, y ante quién lo había hecho, profirieron gritos de furia e intentaron atacarle, pero Harry, quien tenía mejores reflejos y mayor experiencia en el combate, los mató antes de que lograran dañarle.
Echando una última mirada al cuerpo de los tres Weasley, y sintiéndose más liviano que antes, volvió al claro, donde la pelea seguía igual de encarnizada. Había reconocido a Tonks, quien había logrado matar a dos mortífagos a costa de unos peligrosos cortes en su cuello y pecho, luchando con todas sus fuerzas contra Lucius Malfoy. Era obvio que, aunque el aristócrata no era ningún as del combate, el no haber perdido tanta sangre como la aurora había perdido le daba una amplia ventaja, y poco le faltaba para poder ganarle. Aún así, Harry estaba ligeramente sorprendido ante el espíritu de Nymphadora, quien recordó que había perdido a sus padres en un ataque sorpresa que les llevó a capturar al guardián secreto de la orden (quien era nada más ni nada menos que Arabella Figg. Harry recordaba las horas en las que llevó a cabo su tortura con un suspiro).Kingsley Shacklebolt luchaba contra un grupo de cinco mortífagos, más Harry llegó a ver como Bellatrix saltaba de la pelea que acababa de ganar para sorprenderlo con una maldición asesina en la espalda. A lo lejos estaban Hestia Jones y Mundungus Fletcher, tratando de hacer frente, sin mucho éxito, a un grupo de cuatro mortífagos, mientras que a su lado Dedalus Diggle caía a manos de Draco Malfoy.
Incluso Voldemort había optado por luchar, y actualmente estaba jugando con Alastor Moody y Minerva McGonagall en un impresionante duelo cargado de artes oscuras y transformaciones. Harry, habiendo recibido instrucción del Señor de las Tinieblas antes de comenzar a acudir a los ataques, podía decir que incluso aquellos dos hábiles magos jamás lograrían ganarle, pues Voldemort parecía siempre tener un as bajo la manga.
Sintió un grito de furia, y miró hacia su izquierda para encontrar a un mortífago siendo ferozmente atacado por una enorme masa de pelo y túnicas… que no eran nada más ni nada menos que Remus Lupin. Al parecer el licántropo había aprendido un par de lecciones de Greyback, que Draco le había comentado que al final le habían servido para matar al hombre que lo había mordido.
En cuando Remus notó su presencia, Harry no pudo ver en él más que la sombra de Dumbledore proyectada en sus historias acerca de sus padres. Sintió asco por aquél hombre que antaño había sido uno más entre los caminos que lo llevarían a reunirse con sus padres; y que evidentemente lo retendrían como el arma de Dumbledore.
Sabía que el licántropo había reconocido su presencia. Las palabras estaban de más; su olor lo había traicionado. Con una pequeña sonrisa, no dudó al levantar la varita y utilizar el viejo hechizo matalobos. Aquél que transformaría su sangre en plata líquida. Observó como el hombre luchaba por pronunciar algunas palabras, quizás un último testamento ante la muerte. Observó como sus miembros se sacudían en violentos espasmos, su piel volviéndose pálida y sus venas resaltando con un tono grisáceo.
Finalmente, con los últimos destellos de vida que se apagaron en sus ojos, Harry había perdido todo lo que le relacionaba con los Potter.
- ¡REMUS!
Un grito lo sacó de su ensimismamiento; una maldición de un extraño color pasó zumbando a sus espaldas. Aquél chillido, aquél hechizo.
- Hermione –susurró.
Su antigua amiga detuvo sus pasos al reconocer la voz. Harry se dio vuelta, y contempló el rostro confundido y dolido de la niña que se había vuelto demasiado rápido en una mujer. Su antiguo cabello enmarañado ahora estaba corto al ras; una fina manta de pelusa marrón cubriendo su cabeza. Su rostro había palidecido, dejando más visibles las pocas cicatrices que cruzaban su labio y su mejilla izquierda. Sus manos sujetaban fuertemente la varita en alto, sus nudillos se habían tornado blancos por la presión.
- ¿Quién eres? –preguntó, mirando cuidadosamente cada uno de los movimientos del hombre enfrente de ella.
- Tú lo sabes.
- ¿Harry? –su tono sonaba incrédulo, y sus ojos marrones se ensancharon al ver el aspecto de su antiguo amigo. Las cicatrices que habían dejado su pálido rostro irreconocible, sus ojos muertos, el cabello que caía sobre su piel…
- ¿Qué te han hecho? –susurró, horrorizada. Harry sonrió de lado, y las cicatrices no hicieron más que darle un aspecto aún más desequilibrado.
- Me han librado de ustedes – dijo él, su voz volviendo a ser la misma áspera y seca de siempre.
- ¿De nosotros? ¿Qué…?
- Así es, Hermione – en sus ojos del color del bosque brilló una luz cargada de malicia y locura-. Todavía no, pero pronto seré libre. De ustedes, de Dumbledore… de toda esa porquería que me estaba convirtiendo en un asqueroso muñeco con el que podrían jugar.
- ¿Qué estás diciendo? – Hermione lucía desesperada-. ¡Harry, jamás jugaríamos contigo! ¿Qué te ha metido Voldemort en la cabeza?
El muchacho negó, sus labios estirándose hasta hacer una mueca poco agradable que hizo que los pelos de la nuca de Hermione se pusieran en punta.
- Es una ironía, en verdad. Fue Snape el que me contó toda la verdad; el que me dijo que Dumbledore había manipulado toda mi existencia. También quiso hacerme volver con ustedes, pero ya había tomado mi decisión –alzó su varita-. Ustedes no son más que lo poco que queda en mí de Harry Potter. De esa marioneta de la Orden. Por eso… -los ojos de la hechicera se agrandaron, pero su cuerpo no reaccionó- Avada Kedavra.
Un grito resonó entre las llamas, y la ráfaga de luz verde murió para dejar ver a un cuerpo que ciertamente no era el de Hermione tirado en el suelo. Ron Weasley había saltado para salvar a su prometida.
- ¡Ron! –la joven gritó, las lágrimas cayendo copiosamente por sus mejillas. Su varita cayó al suelo, y quiso agacharse para tomar el rostro de su amado en sus manos, pero otra cruel maldición la golpeó primero, dejando su cuerpo desparramado a metros de el del pelirrojo.
Harry miró ambos rostros. Ambos ojos sin vida.
Sintió que algo dentro suyo había desaparecido.
La sonrisa que agració su rostro pareció iluminar aquél claro de muerte con una beatífica luz. Aquella sonrisa cargad de amor, inocencia, de realización.
Aquél muchacho se dio cuenta que había perdido su nombre.
Voldemort contempló el atardecer en aquella campiña inglesa, vaso de brandy en mano. Sin duda las cosas habían sucedido con mayor éxito del que había pensado, y aunque a cualquiera que se atreviese a preguntar le respondería que aquella era toda su pericia, en su interior reconocería el aporte de alguien a quien jamás se hubiera imaginado que se ganaría el título de ‘su más leal servidor’.
Habían pasado veinte años desde que había visto al muchacho por última vez, en el ataque a la Orden.
Había visto la expresión en el rostro del joven antes de caminar hacia el bosque y desaparecer entre sus sombras; y supo que jamás podría volver a referirse hacia él como Harry Potter. Aquella era una persona completamente diferente, que había muerto el mismo día que Albus Dumbledore, paradójicamente asesinado por el mismo anciano.
El muchacho había sido útil; admitiría que había apreciado tener a alguien competente en sus filas, pero viendo que aquella sería la última batalla que los mortífagos lucharían (el ministerio ya estaba en sus manos) juzgó prudente dejarle ir. Después de todo, aquél tipo de herramienta solo era útil en la guerra, y dudaba que el muchacho se hubiese dejado utilizar como el resto de sus sirvientes en caso de que lo obligase a volver.
Si, él tan sólo se había unido a sus filas porque sabía que podría luchar por eliminar toda la suciedad que habían sido sus antiguos camaradas. No le interesaba la política detrás de su campaña, no le interesaban los planes personales de Voldemort. Y aquello, al Señor de las Tinieblas, le convenía enormemente.
Tomó un sorbo de su brandy, y volvió a su escritorio. Ya pronto comenzaría a expandir su imperio nuevamente. Quizás, si tenía suerte, encontraría a algún muchacho que quisiese olvidar su nombre en el deseo pecaminoso de la guerra.
(1) A diferencia del séptimo libro, Snape no piensa "humillarse" frente a Harry contándole acerca de su amor por Lily, por lo que Harry piensa que su odio se debe nada más a ser hijo de su padre. Lo único que revela son las manipulaciones de Dumbledore, principalmente porque le asquea que Harry sienta tanta devoción hacia un hombre que en realidad, (o al menos desde mi punto de vista) Snape odió (vamos, prácticamente Dumbledore lo rebajó al hombre a ser su perrito faldero).
(2) Dale que me saqué un diez en las pruebas de filosofía sobre Nietszche. Un capo el flaco.
(3) Si algunos de ustedes tiene que sufrir el suplicio de asistir a una escuela católica, entonces quizás reconozcan el cántico de misa. Su nombre es "Cordero de Dios" (prueba irrefutable que
Dios a la hora de crear canciones, usaba todo su omnipotente poder para hacerlas lo más pegadizas posibles, y que seguramente perdía toda su creatividad en ello, pues tiene todas unos nombres terribles).
(4) Al igual que en el libro, Harry salía con Ginny, pero después de la muerte de Dumbledore y las revelaciones de Snape, dejó de pensar en ella.