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Author of 113 Stories |
Disclaimer: Twilight, blabla, Stephenie Meyer, más blabla…
Título: Enough
Claim: Leah/OC
Género: General/Romance
Advertencias: Situado unos pares de años después de BD.
Dedicatoria: Para mi otp, Laia (Kalliope Adhara por estos lares, como dice ella), que se suponía que esto debía ir para Navidad y se estropeó; luego para Reyes Magos y llegué algo (bastante) más tarde de lo debido. Es increíblemente estúpido y tengo esa sensación de que me arrojarás tomates hasta que te duelan los brazos, pero eso no quita que es todito para ti y que te mereces esto y mucho más. No me puedo creer que ni siquiera haya pasado un año desde que nos conocimos, srsly. ¡Feliz Navidad! Te quiero como la trucha al trucho, como las pringles a Ian y como DiosChuck a las patadas voladoras.
Enough
Primera parte
Leah se colocó el delantal con desgana, ignorando a sus compañeros de trabajo sin mucho esfuerzo por su parte, y comenzó a limpiar la barra con una toalla, preparándose para otro día.
Otro día.
Ya más de cuatro años habían pasado desde que se había separado de la ‘segunda manada’ y, por muy extraño que pareciera, sentía que el tiempo no pasaba. Al menos no para ella. Los días seguían transcurriendo, las agujas del reloj se arrastraban tortuosamente e incluso en sí misma podía ver cambios (la madurez en su rostro, menos amargura en sus facciones luego de tanto esfuerzo por dejar atrás el pasado), pero, internamente, el tiempo había quedado rígido, estático.
Se dijo que era natural, teniendo en cuenta que su aspecto seguía estancado en el cuerpo de una mujer de veintiún años, sentir que sin importar cuántos meses pasaran las cosas siguieran pareciéndole iguales. Era consciente de que ya no estaba cerca de vampiros, pero por algún motivo ella seguía teniendo la capacidad de poder entrar en fase, aún cuando hacía más de dos años que lo había hecho por última vez. Sam había dicho una vez que cuando pudieran mantener sus mentes calmas y no hubiera chupasangres alrededor lograrían, poco a poco, dejar de transformarse. Pero ella no podía.
Y debía reconocerse con cierta reticencia que era porque no quería.
Sabía que era inútil conservar esperanzas, que no había manera de que finalmente le sucediera a ella, pero en el fondo, escondida entre inseguridades e incertidumbre, aún seguía allí la Leah de diecisiete años que había experimentado por primera vez lo que era un corazón roto. La Leah que insistía en aferrarse con uñas y dientes a la posibilidad de volver a ser feliz, aunque con ello su voluntad y libre albedrío desaparecieran para siempre. La Leah que cada vez que veía a un hombre no podía evitar anhelar casi con furia que fuese él, su imprimación, aquel que le hiciese olvidar.
Tenía más que asumido el concepto de que era un eslabón perdido de la cadena genética y que la imprimación jamás le tocaría a ella, pero una parte mínima de sí misma aún guardaba celosamente el deseo, la esperanza de que sucediera. De que algún día pudiera olvidar a Sam.
Después de todo, la lógica no era algo que habitara en su mundo. Después de haber visto cómo Jacob se imprimaba de una niña mitad vampiro, Leah pensaba que a lo mejor no estaba todo perdido para ella.
- Buenos días.
En cuanto vio al hombre que le dirigía la palabra, perdió el entusiasmo por él. Una mirada, eso fue todo lo necesario para que su interés disminuyera hasta hacerse prácticamente nulo. No había miles de cables atándole a él ni repentina simetría en el universo, tampoco la sensación de que si él se marchaba se moriría de dolor ni que daría lo que sea por verle feliz.
No había imprimación; lo único que había era un hombre de ojos verdes sonriéndole.
- Hola – respondió secamente -. ¿Qué quiere que le sirva? – ni se molestó en sonreír cortésmente. Aquello era más propio de Anna o Helen, sus compañeras demasiado entusiastas.
No estaba especialmente orgullosa de su trabajo, después de todo servir café no era ni jamás sería la profesión de su vida, pero le ayudaba a ganar el dinero para pagarse el piso en las afueras de Seattle y la verdad es que estaba comenzando a tomarle el gusto.
Aunque apenas consiguiera un trabajo de verdad se marcharía de allí lo más rápido posible, claro.
- Un café estaría bien, gracias – dijo él quedamente, algo intimidado por su dureza.
Leah asintió y en silencio preparó el pedido. Se lo entregó sin decir ni una palabra.
- ¿Cómo te llamas?
Oh, no, pensó con amargura y ciertamente cansada. Era otro de esos. No había agregado un ‘bonita’ al final de la frase para flirtearle descaradamente, pero Leah ya estaba acostumbrada a esa pregunta y sabía muy bien de qué clase de hombres procedían.
- Lo siento, debo atender a los otros clientes.
Pero para su mala suerte, cuando miró alrededor del lugar comprobó que las otras pocas personas allí ya estaban siendo atendidas. Por la mirada que el tipo le lanzó, él también se había dado cuenta. Le sonrió abiertamente y Leah pensó que si se lo hubiera encontrado en la calle y no en su empleo, hasta podría haberse tomado la molestia de pegarle un buen puñetazo. Le devolvió una sonrisa tensa y forzada.
- Leah – se vio obligada a responder.
- Leah – repitió él con aire pensativo, haciendo girar la cuchara en la taza de café una y otra vez.
No sintió absolutamente nada cuando él dijo su nombre. Ella recordaba la expectación que había sentido cuando Sam lo dijo por primera vez, y también el revoloteo en el estómago cuando, dos años después, le confesó su amor bajo un árbol cercano a la playa de La Push (Te quiero, Lee-lee). De ello hacía más de siete años y aún tenía firmemente pegado en la memoria la manera en que él dejaba escapar entre sus labios su nombre, y estaba más que convencida de que no se comparaba en nada con el modo en que el hombre lo había dicho.
Nadie lograría hacerlo.
Depositó un billete de cinco dólares en la mesa, se puso de pie y volvió a sonreírle.
- Yo me llamo Dane. Gracias por el café. Nos veremos luego, Leah.
Y sin más se marchó, mientras ella le observaba con el ceño fruncido, pensando que no le había gustado nada cómo había sonado ese ‘luego’…
oOo
…que resultó llegar más temprano de lo que Leah hubiera esperado (y querido).
Al día siguiente, Dane se presentó allí puntual, pidiendo otra vez su taza de café.
- Soy nuevo aquí, me he mudado desde Phoenix – le explicó, y Leah asintió hoscamente aún en silencio, pensando para sí misma que ella no le había preguntado nada - ¿Y tú de dónde eres?
Se aferró con fuerza a la madera de la barra para no llevarse las manos al cabello y tirar de él. Le desesperaba la gente tan insistente. ¿Acaso no quedaba claro que no tenía ningún interés en él? Y no es que ella fuera de las chicas que daban aquel mensaje de rechazo y luego cuando el tipo las ignoraba repentinamente descubrían que necesitaban otra vez su atención; Leah de verdad quería que la dejara en paz para siempre y punto.
- Mira, debo trabajar. No puedo hablar en este momento.
Dane giró la cabeza en ambas direcciones para luego ver que no había nadie más que él y le arqueó una ceja. Maldita sea, pensó ella, ¿por qué tenía que ir tan temprano y, sobre todo, ser el primer cliente del día?. Le miró confuso y Leah tuvo otra vez aquellas impulsivas ganas de pegarle un puñetazo.
- La Push – respondió con reticencia. Ya ni siquiera tenía ganas de molestarse en evadirle.
Pareció avergonzado, y luego de lo que pareció un gran debate interno, se atrevió a preguntar:
- ¿Dónde se ubica exactamente?
Leah se permitió el lujo de regalarle su sonrisa más radiante. E irónica.
- Búscalo en un mapa – remató con malicia.
oOo
Le detestaba.
No podía creer que existiera alguien tan insoportable. Aunque, vale, debía reconocerle su resistencia. Al principio le había molestado que fuera tan persistente, pero… vamos, era una mujer y debía admitir que incluso para ella era halagador.
Lo que no quitaba que fuera también extremadamente irritante.
Apoyó su bendito café en la barra con la mayor fuerza de la que era capaz sin derramar el líquido y acercó su rostro al del tipo para asegurarse de que le estuviera viendo cuando le hablara. Incluso se dio el lujo de obsequiarle su Mirada Dura Número Tres, la que generalmente hacía que el receptor se estremeciera.
Pero Dane no se movió, impasible y sonriente como siempre.
- Escúchame bien, porque sólo lo diré una vez. No me interesa saber quién eres, cuáles son tus gustos o cualquier otra cosa sobre ti. Tampoco quiero que me preguntes cosas sobre mí. De hecho, ni siquiera quiero que me hables. Toma tu maldita bebida en silencio, págame, sal por la puerta, piérdete y déjame en paz.
Estaba corriendo riesgos, claro, después de todo el tipo podía perfectamente hablar con su jefe, denunciar que una de sus empleadas no era educada con los clientes y estaría despedida tan rápido que ni se daría cuenta de cómo había sucedido, pero sabía que no pasaría. Sabía que los hombres a los cuales trataba de esa manera nunca se ‘vengaban’, quizás notando en ella, intuitivamente, algo peligroso, ese aire lobuno, felino, que les atraía pero luego, cuando veían de cerca, asustaba.
El tipo parpadeó, un tanto sorprendido, pero no dijo nada. Se limitó a asentir, ponerse de pie, pagar su café y marcharse sin otra palabra.
Leah sonrió para sus adentros. Hasta nunca, pensó.
oOo
Cuchara.
Se sacaría los ojos con una cuchara.
Después de todo, ¿para qué los necesitaba? Era evidente que no le funcionaban bien. Es decir, no podía estar viendo a Dane caminando hacia ella, con las manos en los bolsillos y la expresión impasible de siempre; no podía ser que hubiera vuelto, después de cómo lo había tratado, y que encima le sonriera como si ella le hubiese echo un cumplido el viernes anterior y no mandado a paseo para nada sutilmente.
- Hola – otra vez esa sonrisa -. Quisiera un café, por favor. Con tres cucharadas de azúcar, como siempre.
Boqueó, estupefacta. Era muy raro que algo sorprendiera a Leah, que algo le llamara la atención, pero aquello… Sacudió la cabeza y frunció el ceño.
- ¿No me escuch…?
- Sí – la cortó -, he escuchado lo que me dijiste la semana pasada, y estoy haciendo lo que me pediste: te estoy dejando en paz. Pero eso no quiera decir que no pueda venir a mi cafetería favorita y pedir mi desayuno diario, ¿no te parece? – alzó ambas cejas.
Leah se irguió, ya compuesta, y le miró fijamente.
- Tienes razón – concedió con frialdad -. Pero podrías pedírselo a cualquier otra – gesticuló a los otros extremos de la barra, donde Anna y Helen permanecían sentadas en sus taburetes con expresión aburrida.
- Tú los haces mejor que nadie – dijo con una sonrisa inocente.
Respiró profundamente, como le había dicho que hiciera su profesor de las clases de control de ira que había tomado hacía dos años, e intentó ser lógica; le costaba, claro, generalmente se dejaba dominar por sus impulsos, pero tampoco es que esa manera de actuar le hubiera servido mucho en el pasado. Está bien, se dijo. Después de todo, servir café era su trabajo, y si Dane se limitaba a sólo consumir su desayuno sin dirigirle la palabra, ella no tenía de qué quejarse.
- Vale – murmuró, y se retiró a preparar el pedido -. Hombres – masculló bajo su aliento.
No supo cómo pero el tipo pareció escucharla, a juzgar por cómo rió entre dientes con diversión.
***
Segunda parte
Al final no resultó ser tan malo.
Era como una rutina: Dane se acercaba a Leah, le pedía su café (con tres cucharadas de azúcar, siempre), lo bebía en silencio (de vez en cuando se permitía lanzarle una mirada y cuando ella le pillaba la desviaba con expresión de inocencia), y luego pagaba antes de marcharse.
Debió reconocerse que cuando el tipo no insistía y permanecía callado, incluso resultaba tolerable. Quizás (quizás, tal vez, a lo mejor), si lo hubiera conocido en otras circunstancias, podría hasta haber sido agradable. Pasaron tres semanas desde que lo conoció y él no faltaba nunca. Leah a veces -y esto la avergonzaba ilimitadamente- ya comenzaba a preparar su café antes de que llegara sabiendo que, al fin y al cabo, acabaría allí tarde o temprano.
No significa que me esté acostumbrando a él o algo así, se decía, y estaba segura de ello. Sólo quería ahorrarse tiempo; mientras más rápido su pedido estuviera listo, más rápido se iría, ¿o no?
Leah no hablaba con él, desde luego. Aunque menos que antes, seguía encontrándolo irritante.
Y Dane pareció respetarla y tampoco volvió a hablar con ella. Al menos no a preguntarle cosas ni a intentar ‘acercarse’. Simplemente acudía, pedía su orden, le preguntaba de cuánto era la cuenta (aunque siempre fuera el mismo importe) y se marchaba no sin antes dirigirle una sonrisa.
Leah se preguntó, por enésima vez, que tramaría ese tipo.
oOo
- ¿Sabes? – Dane hablaba con cautela, como si estuviese tanteando el terreno -. Te he hecho caso – Leah le miró con una ceja enarcada y él, con las mejillas de un leve, levísimo tono rosado, continuó: -. He buscado a La Push en un mapa. Está en Forks y es una reserva india.
- Gracias por la información – replicó Leah con sarcasmo.
- Hmm. Estuve leyendo un poco sobre su cultura, ya sabes, para aprender más del lugar. Tienen las leyendas muy interesantes – hizo una pausa para tomar un sorbo de café.
Le temblaron las manos. Sabía perfectamente a qué se refería así como también que posiblemente no se creía ni por un segundo que fueran verdad, pero eso no quitaba el hecho de que le pusiera ansiosa.
- Eso me han dicho – Leah soltó una risa llena de nerviosismo mientras mantenía la mirada gacha.
Esperaba que el tipo continuara hablando, pero se topó con un profundo silencio. Cuando levantó la vista, vio que Dane le observaba -no había otra palabra para describirlo- maravillado.
- ¿Te… - abrió mucho los ojos – acabas de… reír?
Le frunció el ceño, desconcertada. Sí, se había reído; ¿qué era lo extraordinario de aquello?
Bufó mentalmente. Claro, se dijo. Para él soy una completa amargada que no deja de decirle que se vaya a paseo. Debe ser un cambio muy notorio.
Por algún motivo desconocido, se sintió avergonzada de sí misma. No le costó mucho encontrar el por qué y cuando lo hizo le dejó atónita su descubrimiento. Se sentía culpable por lo mal que había tratado a Dane.
- Eso creo – se revolvió un tanto incómoda. Por primera vez en casi siete años se sentía… humana. Normal. Una simple mujer con un hombre sentado frente a ella mirándole con interés.
- Deberías hacerlo más seguido – le sonrió con calidez -. A riesgo de sonar increíblemente cliché, debo decir que te ves incluso más bonita cuando te ríes.
- Ah. Esto… vale – fue lo único que se le ocurrió decir. De repente, no le parecía buena idea responderle con su habitual sarcasmo o incluso crueldad.
Se escabulló hasta la cocina, apoyó la espalda contra la pared y se deslizó hacia abajo hasta quedar sentada en el suelo.
Demonios, pensó. No le había gustado que le hubiera llamado ‘bonita’. No porque no le hubiera gustado sino todo lo contrario. Leah muchas veces había tenido que lidiar con hombres que flirteaban con ella sin vergüenza y esa palabra era ya una de las que más odiaba; siempre que se la dirigían era con una lujuria que ella encontraba repugnante. Pero Dane ahora la había dicho y había sido totalmente diferente. No le había enfurecido ni hacerle sentir incómoda, en vez de eso había sido dulce, cálida y suave. Simplemente, del modo que debería ser siempre: un elogio que la hacía sentir halagada, una palabra que le hacía sentir por primera vez en años como la joven que era.
- Mierda – masculló a la cocina vacía.
Estaba empezando a creer que Dane no era tan malo como se había empeñado en creer.
oOo
No, no lo era. En lo absoluto.
De hecho era tan agradable que Leah se preguntó cómo no lo había visto antes.
Al día siguiente luego de que Dane le hubiera halagado, Leah había llegado a la cafetería con una idea en mente. Intentaría no ser agresiva con él, se daría la oportunidad de conocerlo mejor antes de seguir juzgándole tan injustamente como había hecho hasta el momento.
- Buenos días – dijo él cuando llegó unos minutos más tardes, sacándose la chaqueta y dejándola en el taburete contiguo sin esperar respuesta. Estaba tan acostumbrado a que Leah le ignorara la mayor parte del tiempo que cuando ella le habló su cabeza salió disparada hacia arriba con tal rapidez que los huesos del cuello hicieron un audible crack.
- Hola.
No era la bienvenida del siglo pero era un progreso. De lanzarle una mirada furibunda a devolverle el saludo con cordialidad formal había un gran paso. Dane se sentó con una sonrisa radiante y Leah pensó vagamente, mientras le entregaba su café, que resultaba algo extrañamente agradable que ella pudiera hacerle sonreír así.
Al día siguiente, pasó algo fuera de la rutina. Dane se presentó acompañado de un pequeño niño (no podría tener más de tres años) que cargaba en sus hombros. Leah le sonrió con cariño. Puede que desde que había pasado toda la cosa con Sam se hubiera vuelto más taciturna y no tolerara mucho a la gente, pero la verdad es que los niños siempre habían sido una excepción. Quizás porque le recordaban a su hermano, quizás porque había algo en ellos simplemente tan puro que incluso ella no podía resistirse, pero le gustaban.
Pero entonces una mujer de cabello rubio entró en la cafetería sonriéndole a Dane con calidez mientras apoyaba una mano en su hombro y la sonrisa se borró del rostro de Leah instantáneamente.
Les sirvió en silencio y se dio el lujo de fulminar con la mirada al tipo cuando éste la estaba mirando. Prácticamente se dejó caer violentamente en la silla de la cocina cuando no le quedó más tarea que hacer y cruzó los brazos sobre el pecho.
Es natural que esté enojada, se dijo. Ha estado flirteando todos estos días conmigo cuando tiene una familia.
Pensó en la esposa de Dane. Leah sabía lo que era ver al amor de tu vida con los ojos puestos en otra. Lo sabía bien. Y no pensaba que nadie más mereciera ese dolor.
Tendría que haberlo supuesto antes, se dijo, y la tristeza se evaporó a velocidades astronómicas mientras la ira se abría paso, pensando en Andy, el niño cuyo padre flirteaba con una muchacha que no era la madre apenas se le presentara la primera oportunidad.
Era demasiado bueno para ser verdad, demasiado bueno para que le estuviera sucediendo a ella.
oOo
- Hola, Leah.
No le respondió. Le dirigió la Mirada Dura Número Dos, la que generalmente hacía que el destinatario se diera media vuelta y se alejara con prudencia, y le sirvió su café teniendo especial cuidado en derramarle accidentalmente un poco en su cara chaqueta.
Dane frunció el ceño desconcertado. Vale, Leah jamás había sido especialmente amigable con él, pero jamás le había mirado de esa manera (como si quisiera arrancarle un brazo) y la verdad era un tanto confuso si tenía en cuenta que hacía dos días ella le había hablado en buenos términos.
- ¿Sucede algo?
Leah tenía la mirada baja y él podía ver cómo le temblaban imperceptiblemente las manos. Cuando ella se dignó a verle, casi retrocedió un paso. Había algo en sus ojos casi frenético, peligroso, felino. Lobuno, diría él a falta de otra palabra.
- No deberías llamar ‘bonita’ a otra mujer que no sea tu esposa. No creo que a ella le agrade mucho. Y seguramente tu hijo tampoco lo apreciaría – le reprochó con la voz fría como el hielo.
Sus cejas se juntaron aún más. ¿De qué estaba hablando? Él no tenía esposa. Joder, que hacía casi un año que ni siquiera salía con nadie.
- No sé de q… - pausa -. Oh.
Lo había entendido. Esbozó una sonrisa enorme que logró controlar un poco después de ver cómo la mirada extraña que Leah le dirigía se volvía más intensa. Parecía que explotaría en cualquier momento.
- Leah, Leah, no – se apresuro a decir -. No es mi esposa. Se llama Ruth y es mi hermana menor. Ayer vino a visitarme con su hijo, Andy.
Instantáneamente dejó de temblar. Las palabras parecieron hacer eco en su mente una y otra vez y cuando finalmente el significado de éstas cobró sentido, lo supo. Supo que jamás se había sentido tan avergonzada en su vida. Y la sonrisa, casi orgullosa, de Dane no ayudaba en nada.
- Andy – dijo vagamente, desesperada por cambiar de tema -. Es… un lindo nombre – sentía la garganta seca.
Casi se esperaba que Dane dijera algún comentario sarcástico o arrogante, algo que demostrara que él sabía la vergüenza que ella sentía en esos momentos por haber malinterpretado todo y, más importante, haber reaccionado por ello. Se esperaba que le sonriera con presunción, pensando que ella ya había caído a sus pies, y comenzara a tomar ventajas de la nueva confianza adquirida.
No lo hizo. Le sonrió con calidez, con los ojos centelleando misteriosamente, y procedió a contarle todo sobre Andy con cautela, como si esperara que en cualquier momento ella le callara entre quejas de que no le interesaba.
Pero Leah, por primera vez, no lo hizo.
***
Tercera parte
Agosto dio paso a septiembre con una rapidez sorprendente y fue en ese mes que sucedió por primera vez.
- Leah… - Dane parecía nervioso. Jugueteaba con la cuchara en la taza una y otra vez y miraba un punto arriba de su hombro -. Realmente me gustaría… que tú… y yo – añadió rápidamente – pudiér…
- No. Estoy ocupada todos los días – tajante. Quizás demasiado. Intentó relajar la expresión, que ante sus palabras se había endurecido, para demostrarle que no estaba tan enojada como su voz aparentaba.
- Ah. Esto… vale.
Aquella noche, mientras se revolvía entre las sábanas, Leah pensó vagamente que no debería haberse mostrado tan sorprendida. Era evidente que Dane quería algo con ella, por muy arrogante que sonara de su parte, y era de esperar que en algún momento se cansaría de puros cafés y rechazos. En algún momento querría ir a por el objetivo.
Una cita.
Casi rió. Si el supiera que ella nunca había tenido una cita. Lo más cercano a ellas que había llegado a experimentar era una cena con Sam, pero difícilmente podría definirse bajo aquel término. Ellos se conocían desde chicos, desde la escuela en primaria en La Push, y en el momento en que empezaron a salir las cosas no habían cambiado mucho. Claro, ahora se besaban y se decían de vez en cuando algunos ‘Te quiero’ a media voz, pero seguían siendo los dos adolescentes despreocupados, mejores amigos, que en realidad preferían una tarde viendo películas y riendo a carcajadas en vez de un paseo por el parque con las manos enlazadas como dos idiotas románticos.
Una cita.
Se preguntó qué tal sería. Imaginó en su cabeza todo y, por primera vez, pensando en ella como una simple muchacha normal de poco más de veinte años. La manera en que la recogerían a cierta hora a su casa, cómo le dirían que esa noche se veía preciosa, los nervios ante la primera vez saliendo tan formalmente con alguien. Imaginó el cosquilleo en el estómago cuando le retiraran la silla para que pudiera sentarse, cuando rozara sus dedos con los suyos fingiendo que sólo intentaba tomar un trozo de pan, el momento en que más tarde cuando la llevara de vuelta a su apartamento le dijera que había pasado una noche maravillosa.
No fue hasta varios minutos más tarde que Leah descubrió con sorpresa que la persona que había imaginado a su lado en su primera cita era Dane.
oOo
Si tuviera que describirlo de alguna manera, Leah probablemente le llamaría ‘paciente’.
Dane no estaba dispuesto a rendirse pero tampoco la presionaba. Dejaba caer sutilmente alguna que otra invitación una vez cada una o dos semanas, sin mostrarse intimidado por su rechazo y aceptándolo todo con una actitud que Leah antes habría encontrado irritante.
Ahora la hallaba, a falta de otra palabra, dulce.
Lo cual no significaba que le gustara. Dane le caía mucho, muchísimo mejor que antes, y podía ser que incluso le resultara tolerante, pero de allí a salir con él había un gran paso.
Un paso que ella, bajo ninguna circunstancia, estaba dispuesta a dar. Demonios, ni siquiera quería ser su amiga. Mucho menos saldría con él como algo más, pensó frenéticamente.
Ella seguiría rechazándole, él algún día se cansaría de esperarla y se marcharía. Ambos seguirían con sus vidas y no serían más que un vago recuerdo de lo que nunca llegó a pasar.
(¿Por qué la perspectiva no sonaba tan bien como lo había hecho dos meses atrás?).
oOo
Observó el sobre un tanto ansiosa. Era de Seth.
No podía ser nada bueno. La única razón para que le comunicara algo por escrito era que el mensaje fuera una noticia tan mala que decirlo en palabra habladas fuera peor. Se preguntó por varios minutos qué sería. ¿Era posible que le hubiera sucedido algo a él? ¿A su madre? ¿A Billy? ¿O quizás a alguno de la manada? ¿Otra vez los chupasangres se habían metido en problemas y ellos tendrían que ir a ayudarles?
Consideró cada posibilidad antes de tomarlo con dedos ligeramente temblorosos. Se sentía insegura.
Rasgó el sobre sin molestarse en recoger los pedazos cayendo al suelo y sujetó entre sus manos la carta, el papel con la torpe caligrafía de Seth.
La leyó. Una vez. Dos. Tres, cuatro, cinco.
Perdió la cuenta de cuántas veces sus ojos recorrieron las mismas palabras. No podía dejar de verlas. No podía dejar de beberse el significado de ellas una y otra vez.
Quizás, pensó entre las olas de dolor que le desgarraban el pecho, es verdad que soy masoquista.
Se envolvió el torso con los brazos, se acurrucó en el suelo y se permitió, luego de tantos años, volver a llorar.
oOo
Cuando en años venideros les pregunten cómo fue su primer beso, ellos no mentirán. No dirán que fue mágico, como si ellos fueran los únicos que existieran en el mundo, ni que sintieron cosquillas en el estómago. No irán diciendo que él se acercó lentamente y que ella le esperó con ansias, que él le tomó el rostro entre las manos y le acarició los labios contra los suyos como si acariciara los pétalos de una flor.
Dirán la verdad.
Dirán que Leah por primera vez llegó tarde al trabajo y se topó con Dane justo en el momento en que este abría la puerta de la cafetería. Que pensó ‘¿Por qué? ¿Por qué todos pueden ser felices menos yo?’ y decidió que ella también quería, por una vez, dejar de sentir dolor. Que necesitaba sentir lo que sea que no fuera ese filo cortante en el pecho. Que le arrinconó, le estampó los labios contra los suyos y más que envolver los brazos en su cuello en realidad le clavó las uñas en la camisa.
Leah no dirá que lo hacía porque le amara ni nada parecido. Confirmará que era todo por rencor, por furia, una manera de desquitarse y aliviar ese tormento en labios de otra persona.
Dane acotará que no fue romántico. Que él no se lo esperaba y que cuando Leah le besó él al principio pensó que por fin tendría una oportunidad. Que tras dos segundos comprendió que la cosa era totalmente diferente, que ella en vez de besarle le dominaba, le mordía los labios con ira, y que aún así no le importó. Que Leah atacaba más que besar. Que en vez de acariciarle la nuca le clavaba las uñas en el pecho como si su boca no fuera suficiente descarga y que había algo felino, casi lobuno en cómo sus dientes se entrechocaban y ella no le daba importancia.
No dirán que luego de eso se separaron, se miraron a los ojos y coincidieron en que había que hablar de lo que recién había sucedido. Contarán con sinceridad como ella se apartó con brusquedad, se frotó los labios con el dorso de la mano y que cuando Dane intentó preguntarle qué pasaba ella le fulminó con la mirada y él retrocedió, sorprendido. Que ella se marchó sin otra palabra y él no la siguió porque entendía que a veces hay preguntas que no tienen respuestas.
No mentirán.
Pero Leah jamás confesará que, partida en dos trozos, la carta que rezaba que Emily estaba embarazada descansaba silenciosamente sobre la mesa del salón.
***
Epílogo
Leah no volvió a la cafetería. Fue despedida por faltar un solo día al trabajo y la verdad es que no podía importarle menos. Consiguió un nuevo empleo en poco más de una semana, en una biblioteca, y poco tiempo después juntó el suficiente dinero para poder comprarse el departamento que hasta hacía poco había estado alquilando.
No volvió a ver a Dane desde el día en que le besó, hacía más de tres meses. Tampoco se molestó en buscarle. Se decía vagamente que al final el tipo había resultado ser bueno, pero que había llegado en el momento equivocado. Se preguntaba con desgana si las cosas hubieran sido diferentes si ella hubiera sido diferente.
Nunca encontraba la respuesta.
No siguió buscando a su imprimación. Terminó aceptando que para ella la vida no era así y que a veces simplemente las cosas no son como uno desearía.
Asistió de vuelta a las clases de control de ira. Tardó cuatro meses en poder volver a ser completamente humana, a controlarse lo suficiente para no entrar más en fase, y consiguió cambiar. Ya no era tan amarga ni tan cínica y, luego de tantos años, pudo volver a ser normal.
Volvió a La Push, nueve meses más tarde de haber recibido aquella carta, para visitar al hijo de Emily, el pequeño Adam. Era un niño precioso. Tenía los ojos oscuros de su madre y los hoyuelos de Sam. Leah jamás olvidaría la manera en que el niño sonrió cuando la vio por primera vez, como si la conociera de toda la vida, como si la hubiera estado esperando todo ese tiempo. Fue como si las heridas hubieran cerrado definitivamente y todo finalmente hubiera encajado.
Y la vida continuó.
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Once meses más tarde, Leah continuaba trabajando en la biblioteca.
Masculló por lo bajo. Hoy le tocaba ordenar los libros del pasillo B alfabéticamente.
Subió las escaleras con cuidado, con una pila de libros en la mano. Cumbres borrascosas y Orgullo y Prejuicio, los grandes clásicos, descansaban en sus brazos, esperando volver a sus estanterías.
- Mierda – murmuró, cuando Berenice cayó al suelo con un sonoro estruendo.
Resoplando con molestia, bajó las escaleras con cautela. Nunca olvidaría la vez en que había caído de ella, tirando toda la estantería en el camino. Debió quedarse toda la noche para arreglarlo.
Se sobresaltó cuando vio una mano pálida ofreciéndole el libro.
- Vaya, gracias – frunció el ceño un tanto desconcertada. Creía haber visto al tipo antes.
Lo reconoció en el exacto momento en que él habló.
- De nada – Dane sonrió con calidez, como siempre recordaba que él había hecho -. Y a riesgo de sonar repetitivo aún luego de un año, Leah, ¿te gustaría tomar conmigo un café?
(Y entonces ella lo entendió.
No era su imprimación y nunca lo sería, pero eso no evitaba que por primera vez en años sintiera esa extraña calidez en su pecho. No quitaba que tuviera la sensación de que quizás después de todo ella también tuviera su final feliz ni la repentina expectación por saber si, como se dice, esperar finalmente tendría su recompensa.
No era su imprimación y nunca lo sería; era Dane, sólo Dane, y tal vez para Leah aquello fuera suficiente.)