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: B s . A A A    : full 3/4 1/2   : E E   : Light Dark Anime/Manga » Hetalia - Axis Powers » El ladrón del tesoro

Alega Dathe
Author of 66 Stories

Rated: M - Spanish - Humor - Hungary & France - Reviews: 6 - Published: 03-08-09 - Complete - id:4910059

Diclaimer: Axis Power Hetalia no es de mi propiedad.
Advertencias: Yaoi
Personaje: Hungría, principal.
Palabras: 3.477
Beta: Miyuki Mina.
Resumen: Harían un trato, sería su secreto.


Hungría estaba desocupada esa mañana, y Austria ni siquiera estaba a la vista. ¿Habría ido a visitar a Alemania o a Suiza? La opción número uno le sentaba mejor que la dos, si era sincera. Dio un suspiro, mientras caminaba por los pasillos de la austera casa de Austria, y decidía cómo pasar el tiempo.

Una idea cruzó por su mente en un segundo. Una excelente idea. Hungría sonrió ante este hecho. ¿Cuándo fue la última vez que se dedicó a su adorado pasatiempo? Había estado tan ocupada en estos días… Un descanso placentero le haría bien.

Fijó su rumbo hacia su habitación, con paso apurado. Abrió la puerta de su habitación y la cerró de inmediato, sin provocar ruido alguno. Fue hasta la biblioteca y leyó los títulos de los libros, pero no encontró ninguno de temática homoerótica. Es extraño… ¿los habré colocado en otra parte? También buscó sus historietas, hecha tanto de profesionales como aficionados con talento, y obtuvo el mismo resultado. ¡No había rastro de sus tesoros! Rebuscó en toda la biblioteca en vano. Vio debajo de la cama, en las gavetas de la peinadora, en cualquier rincón del cuarto. Ni siquiera en el armario los halló. Con cierto pánico, intentó con sus fotos en vivo. Las guardaba en una caja de madera, sencilla, sin nada que la protegiera. Viviendo con Austria, usar un candado le pareció innecesario. Por suerte, la caja sí apareció. El alivio fue momentáneo, luego otra vez lo sustituyó el pánico. ¡Las fotos no estaban allí! ¡Alguien las había tomado!

-Ay, no, ay no…

Creía que perdería el control en cualquier momento. ¡Alguien descubrió su secreto y se lo llevó! ¡Le robaron! El corazón le latía con taquicardia, ¿quién habría podido ser? ¿Y si se lo mostraba a Austria? ¡Ay, no! ¡Con las imágenes allí guardadas, tan personales! ¡Daba la impresión de ser una especie de pervertida! Piensa, no te alteres, mantén la calma. Debe de haber un sospechoso, ¡pero el único que se le venía a la mente está muerto! ¡Oh, Prusia! Empezaré la investigación desde cero, ojalá no sea demasiado tarde… Se retuvo en el espejo, acomodando su imagen. Aparentaría serenidad, nada de irse con los nervios. Salió de su habitación.

A pesar de haber pasado el resto del día investigando, yendo de un sitio a otro examinando el comportamiento tanto de los criados como los del gobierno, los resultados la deprimieron. Nadie parecía ser su ladrón, no le dirigieron ni una mirada acusadora, ni siquiera desdeñosa; actuaban como normalmente lo hacían. Ya en la noche sus nervios la traicionaron. Tuvo que irse al cuarto de baño apenas ocupó Austria el mismo salón que ella. Controlándose con ejercicios de respiración, se preparó para salir. Austria la esperaba en la mesa del comedor, tomándose un café negro.

-Buenas noches. -Ella le devolvió el saludo-. ¿Te sentarías, por favor?

Le obedeció, acomodándose en la silla junto a la suya.

-¿Quieres algo de tomar? O si te apetece un bocadillo antes de cenar…

-No hace falta, así estoy bien -lo interrumpió.

Hungría logró ocultar la turbación creciente. El resto de la noche transcurrió sin ninguna anormalidad, se esforzó en que su reciente pérdida no se reflejara en su rostro. Actuó como siempre y, al despedirse de Austria para el siguiente día, se permitió soltar una profunda exhalación. A medida de que volvía a encontrarse sola, la angustia por el desconocimiento total de su situación se abrió camino en ella, instalándose en la cabeza y siendo el único pensamiento del cual se preocupó. El sueño lo agarró ya en la madrugada, se despertó horas después con la sensación de no haber descansado nada. Como pudo, se desperezó y salió de la cama.

En el desayuno se sirvió poco; y con todo y eso dejó restos en su plato. La garganta parecía habérsele cerrado, y cada vez que tomaba bocado hacía un enorme esfuerzo por tragar. Al terminar, una sirvienta de aspecto tembleque le ofreció una carta. Después de que la sirviente le asegurara con nerviosismo que el remitente era desconocido y sólo había sido su obligación entregársela, Hungría la dejó ir, dejándole el sobre en las manos. Tuvo un mal presentimiento.

Querida mía, ¿cómo te encuentras? Imagino que no muy bien, me apena mucho lo que hago, pero es necesario dejarte en ascuas. Además, estoy muy ocupado revisando tu colección homoerótica, y vaya que me ha llevado tiempo. Tienes una cantidad impresionante de porno gay, estoy orgulloso de encontrar semejante apasionada del amor masculino. No te preocupes, cuido de tu colección como si fuera mía y la sigo manteniendo en secreto. Por ahora. Mis condiciones son simples y ya te las haré saber llegado el momento, por lo pronto, confórmate con saber que estás segura en mis manos.

Hungría arrugó el papel, llevada por la rabia. ¿Quién podría ser? ¿Quién jugaba con ella de aquel modo? El maldito bastardo se las pagaría cuando lo descubriera. Leyó la breve carta varias veces, tratando de hallar un parecido entre la letra de sus conocidos. Ninguno la tenía de esa forma, por otro lado, si fuera alguien del exterior sería más complicado, apenas y se carteaba con Rumania y sólo era para mandarse correo desagradable. Por no decir que una vez Prusia y ella mantuvieron una larga conversación a base de correspondencia, que consistía en intentar hacerle respetar las regiones vitales de los demás países (jamás tuvo éxito, evidentemente. Y, aunque esto lo mantendría callado, Prusia se apoderaba bastante bien de algunas regiones vitales; demasiado bien, o eso había tenido el placer de presenciar…).

La opción de destruir la carta la descartó de inmediato, aún no perdía la esperanza de averiguar la identidad de su hombre. Se la guardó en el bolsillo, allí estaría segura. No iba a dar oportunidad de que se perdiera y llegara a malas manos, peores que las del ladrón de su tesoro. Apenas acabara con el trabajo del día retomaría la investigación, ¡se esforzaría en conseguir al menos una pista! La agenda del día de hoy la ocupaban Francia, Inglaterra y Liechtenstein.

En realidad, con el primero no le tocaba reunirse. Había acordado una reunión con carácter de urgencia, sin siquiera exponerle por encima el asunto. Mejor partía ya, se dijo sin ánimos.


Francia la recibió en su despacho. Abarcaba todo cuando podría utilizar sin ser especialmente espacioso, incluyendo un sillón perfecto donde dos (y tal vez tres) personas se recostaran en él a gusto. Ella rechazó la invitación en cuanto se la sugirió, y sólo aceptó una copa de vino, previamente ofrecido.

-Ponte cómoda –le pidió Francia, tendiéndole entonces una silla frente al escritorio. Había unos cuantos papeles regados por la mesa, o eso daba la impresión. Si se agudizaba la vista, se notaban ocultos unos bocetos de pinturas detrás de las hojas en apariencia importante, tal vez recién dibujados.

-¿Para qué me querías?

-Te quiero para cosas a las que tú no aceptarías, chérie. –Hungría arrugó el ceño, ya se daba una idea.

-Estás en lo cierto, ¿y entonces?

Francia se encogió de hombros.

-Tengo la creencia de que, con un buen incentivo, la opinión de las personas varía.

-¿De esa forma los convences para que se acuesten contigo?

-Me malinterpretas –respondió Francia. Su expresión no había cambiado ni un ápice, Hungría no tenía la manera de averiguar si acaso lo había ofendido. De repente, se sintió avergonzada, vaya manera más maleducada de actuar, incluso tratándose de aquel tipo. Decidió comportarse con mayor decoro-. En fin, vamos al grano. Supongo que una mujer como tú estará ocupada y yo dentro de quince minutos salgo para una cita (es una chica hermosa, Hungría, ¡a lo mejor y la conoces!). –Hungría se preguntó si sería mujer para un solo día, ¿con cuánta frecuencia cambiaría Francia de pareja?-. Tu producción de videos porno me sigue impresionando, ¿sabes?

Cierto rubor acudió a las mejillas de Hungría. ¡Soltarle eso de improviso!

-Me alegra, Francis.

-Y también sabes que te admiro profundamente en ese arte.

-Un gran cumplido, me apenas –dijo, por educación.

-Dejémonos de formalismos. Te admiro, y compro tu porno con bastante agrado, pero mi fidelidad hacia ti ni siquiera te conmueve el corazón.

-Te aseguro que lo hace.

-Me dejas con dudas, porque de ser así… -Hizo una breve pausa, para recrear el efecto adecuado. Hungría admitió lo intrigada que estaba-… ¡No le mandarías al imbécil de Arthur una cantidad mayor a la mía! ¡Es el colmo!

Oh, por Dios, ¿y eso era el problema? Francia siguió exponiendo sus quejas, cuidando de no decir nada insultante hacia ella. Reino Unido fue otro cantar, igual había sido tan mentado por otros países a través de los tiempos que un insulto ya no significaba nada en absoluto. Hungría lo dejó seguir, sin interrumpirle. Esperaría a que terminara de desahogarse para comunicarle la solución tan sencilla. Tomó como cinco minutos, aproximadamente.

-Concuerdo contigo en varios puntos, y lamento la situación. Lo arreglaré en el mismo instante en el que aumentes el pedido regular del producto. No puedo hacer nada si no me pides más de lo que ya te doy.

Francia pareció sorprendido. Hungría ahogó un suspiro, consternada. Vaya hombre.

Al zanjar el asunto, Hungría se marchó después de terminada su copa de vino. No consiguió conocer a la nueva amante de Francia, cosa que le desinteresaba por completo. Acudió a su siguiente cita, con Reino Unido. La reunión duró menos de lo esperado, el problema radicaba en el desvío desconocido de la mercancía de videos porno. Llegaban a las manos de la gente de Arthur menos de lo que habían encargado. Hungría imaginó a Francia arreglando él mismo lo que consideraba un desbarajuste. Le prometió a Reino Unido solventar la irregularidad. Y por último, marchó hacia Liechtenstein. ¡Gracias al cielo que sólo iría a darle su visto nuevo al nuevo traje de Liech! Si alguien le reclamaba de nuevo sobre su pornografía, colapsaría. Como si la angustia producida por sus tesoros no fuera suficiente.

Liechtenstein la recibió. Fueron juntas a su habitación. En una mesita ya había galletas de avellana en un plato, más café con leche. Pensó en decirle que no le apetecía, pero mejor lo dejaba pasar. Igual su ánimo no estaba para disfrutar de ningún bocadillo. Liechtenstein sacó de una caja un traje cuidadosamente doblado.

-He estado trabajando en él –le decía mientras se lo mostraba-. ¿Crees que a mi hermano le gustará?

Era un pijama, de color rosa pálido y lazos tejidos en la parte baja, más uno unido al borde del cuello. Hungría no supo qué decir: estaba bonito y todo, pero desconocía si el gusto de Suiza lo llevaba a esos extremos, por no nombrar lo femenino del conjunto. Liechtenstein pareció entender su silencio.

-Ah, a mi hermano le fascina –dijo-, el último se lo viste seguido. ¡Se ve tan lindo!

¿Liechtenstein, detrás de ese aire de inocencia, no lo haría a propósito? Porque nadie bien de la cabeza le daría a su hermano un traje que seguramente lo hacía parecerse a ella en todo sentido.

-Si dices que a él le gusta, no encuentro peros –admitió Hungría-. Es muy bonito, quienquiera que lo use se vería tiernísimo. –Y el calificativo de tierno desencajaba con el hermano, precisamente.

-Sí, eso me imagino –dijo Liechtenstein, con una sonrisa que convenció a Hungría que la niña lo hacía a propósito.

Siguieron conversando, alejándose el tema de Suiza y los vestidos, aunque los pensamientos de Hungría seguían volviendo al rapto de sus tesoros y del inminente peligro que corría su secreto. ¿Quién podría ser el autor del robo? Hasta ahora seguía igual de cruda en cuanto a su identidad. Liechtenstein captó su turbación. Después que sutilmente le pidiera una explicación a lo que fuera que le ocupara la cabeza, Hungría decidió sincerarse.

-Me han robado. Y no sé quién ha podido ser.

-¡Oh, eso es terrible! ¿Qué te han quitado?

-Algo muy importante para mí.

Liechtenstein, afectada, le ofreció sus servicios en todo cuanto quisiera. Hungría lo rechazó, bastante agradecida.

-Prefiero encargarme de esto sola, no quiero involucrar a nadie más.

Pasaron otros veinte minutos hasta que por fin Hungría decidió irse. Se despidió afectuosamente de Liechtenstein y le dio las gracias por la atención.

-Al contrario –dijo ella-, soy yo la que tiene que agradecerte. Espero que recuperes pronto eso importante para ti. Yo… no quiero sonar entrometida, pero de encontrarme en una situación así, acudiría a mi hermano sin dudarlo. Estoy segura que el señor Austria le ayudaría.

Hungría también agradeció el consejo, sin pasársele por la cabeza seguirlo. Eso sólo servía si su tesoro no incluía imágenes de desnudos de algunos de sus conocidos, entre ellos su hermano y Austria bastante encimados el uno con el otro. Al final se despidió y le deseó suerte con el regalo para Suiza. Liechtenstein se lo agradeció de corazón.

Al llegar a casa, se encontró con la ausencia de Austria. Le había dejado informado, por medio de un sirviente, que se ausentaría hasta la mañana siguiente por culpa de Alemania e Italia. No le especificó nada más. Hungría sintió alivio y curiosidad, decidida a preguntarle en cuanto volviera. De esa manera, estaría libre de obstáculos para volver tras la pista del ladrón de su tesoro.

Arrancó con la carta anónima, sin ningún resultado. Caminó hacia la biblioteca, tomando la resolución de inspeccionar las cartas que recibía Austria de otros países, por si tenía suerte. Ojalá que para comunicarse con él siguieran utilizando el sistema antiguo; Austria lo prefería en vez del correo electrónico, conocía su opinión al respecto y le parecía muy de él: si se enseñaba a escribir con letra pulcra y cuidada era para esas ocasiones donde comunicarse a larga distancia, sin tratarse de un asunto urgente, era requerido.

Algo tirado en el piso llamó su atención, ¡con lo impecable que era el lugar! Se acercó a él y a medida que acortaba la distancia, lo iba distinguiendo. Conocía ese algo en el piso, una foto. Se agachó para recogerla. Al verla, ahogó una exclamación de asombro, ¡era una de sus fotos! Esta fotografía se había tomado mientras América y Canadá se tomaban una ducha después de un partido de fútbol americano, le costó tanto conseguirla.

-Oh, regresaste a mí… -dijo, sin salir de su estupor.

Dudaba que su ladrón se le hubiera escapado una parte, aunque fuera mínima, de su tesoro. Además, ayer pasó por allí mismo y no vio nada. La habían dejado tirado hoy, en su ausencia. Ir a la biblioteca se convirtió en una tarea prioritaria. Emprendió el camino y otra vez se encontró con otra fotografía: Reino Unido luchando con una rama de arbusto donde se había enganchado su traje de angelito, dejándole apreciar más que unas buenas piernas. Avanzó y nuevamente halló otro interponiéndose en su camino: China en unos baños termales. Así siguió ocurriendo, sus manos se llenaban de fotografías hasta que, justo en el borde la puerta de la biblioteca, se encontró con la última: Francia posando desnudo para ella.

Abrió la puerta, esperando encontrar sentada a la persona causante de tanta angustia. Y efectivamente la halló. Estaba en el escritorio de Austria, ojeando una novela de contenido homoerótico. A Hungría le invadieron varias emociones poco agradables, se esforzó por controlarlas de momento y entró a la austera habitación. Él la saludó con aire coqueto. Ella le devolvió el saludo secamente.

-Explícame esto, Francis.

-Es evidente, mademoiselle, y si la opinión que tengo de su inteligencia es acertada, sobran las explicaciones.

-¿Con qué propósito tomaste mis pertenencias? No te debo por ninguna de ellas.

-Lo sé, sólo pensé que sería entretenido para ambos cierto trato.

-¿Qué te hace pensar que aceptaré?

-No tienes opción. Si te niegas haré públicas las fotografías y tu reputación se irá al suelo.

-Tú las tomaste.

-Todos piensan que soy un pervertido, no me afectaría tanto ¿pero qué hay de ti?

Bien, tenía razón. Estaba entre sus manos.

-Háblame del trato.


Y así quedaron, Hungría no tuvo más remedio que aceptar. Lamentaba su suerte, prácticamente se había visto imbuida a aceptar sin derecho a negarse. Se preguntó si de haber obrado Francis de mejor manera, es decir, presentarle el trato sin chantaje de por medio, ella habría aceptado sin sentirse presionada a ello…

Después de reflexionar unos instantes, su conciencia le susurró tímidamente un sí. ¡Qué baja era! ¿Cómo podría mirar a los ojos a Austria ahora? Una cosa era atesorar fotografías de desnudos (entre otras cosas) de sus conocidos y él inclusive, y otra muy distinta observar un momento tan íntimo como el acto sexual entre ellos, bajo la condición de no decir ni una palabra ni dar cualquier movimiento que lo impidiera cuando este acto incluyera a Austria. Francis le había dicho que habría al menos dos videos por semana y que aceptaba sugerencias sobre el próximo en su cama.

Hungría no era tan fuerte, había debilidades que trastocaban su voluntad. La oferta de Francia era demasiado tentadora, tanto que le sugirió de inmediato la curiosidad que le causaba Canadá y Grecia en una situación así. A él le complació sus dos sugerencias y le prometió que las tomaría en cuenta. Hungría se había ilusionado y esa emoción la avergonzaba por dentro porque en realidad ya no tenía quejas de nada de lo que haría Francis y ella. Se convirtieron en cómplices.


Una semana después, Hungría no sólo tuvo dos videos, ¡sino seis! Francis le explicó que, si le gustaba la muestra, le pidiera el resto sin pena, él se lo daría encantado. Hungría los vio todos aquella misma tarde y, ya a entradas de la noche, fue a llamarlo por teléfono para fijar la fecha en el que le llegarían los demás. Cuanto más pronto, mejor.

Iba encaminada a ello cuando un ruido inconfundible para sus oídos le arrebató toda idea y pensamiento. El instinto le dijo que posiblemente no hiciera faltar llamar a Francia. Fue con cautela al sitio donde provenía el curioso sonido, esforzándose en mantener en silencio sus pasos. Las luces alrededor del pasillo estaban apagadas, excepto una que brillaba con tenuidad, la puerta ligeramente entreabierta traspasaba un poco de luz de la habitación. Y justo allí se oía movimiento. Hungría contuvo la respiración, se acomodó bien para no ser notada y echó un vistazo.

Había dos hombres, uno forzando el otro, al parecer. Los reconoció enseguida. Sostenían una discusión en voz baja, Hungría agudizó el oído y trató de entenderla.

-Lo que pides está más allá de todo deseo –dijo Austria-, me niego rotundamente a cualquier intención enferma de las tuyas.

-¡Mis intenciones no son enfermas! –se defendió Francia-. ¡Y mira que quitarte los pantalones de ese modo, quería hacerlo yo!

Oh, querido, siempre tan honradísimo. Hungría esperó expectante a que la discusión se diera por finalizada y pasaran a un terreno más francés, cosa que ocurrió en pocos minutos, después de que Austria dejara en claro lo cerdo que era Francia mientras le rodeaba la cintura con las piernas.

Hungría siguió observando sin perder detalle. Suerte para ella que Austria había quedado de espaldas a la puerta y no corría peligro de ser vista, al menos por él. Estaba segura que más de una vez Francia la había mirado y sonreído como quien comparte una travesura. Era como si le complaciera ser visto (al igual que a ella le complacía contemplar en vivo y en directo). ¡Podría morirse ahora mismo y lo haría feliz!

Francia consiguió hacerlo una y otra vez, Hungría perdió la cuenta de cuánto había hecho derramarse a Austria. El hombre tenía una habilidad única para eso, por más acosador, violador y pervertido que fuera. Y los guturales sonidos que salían de sus bocas apocaban los suyos propios, cuando no podía controlar la ebullición de emociones que hervía en ella. A veces su orgasmo se producía al mismo tiempo que Austria se corría en manos de Francia y así continuaron hasta que, exhaustos, ambos se dejaron caer en la cama, Francia rodeando con sus brazos el cuerpo sudoroso de Austria y cuidando que no volteara hacia la puerta.

Hungría recuperó el control de sí misma lo suficiente para lograr retirarse de allí. Sin embargo, antes de irse, Francis volteó a verla y el guiñó el ojo. Hungría se ruborizó pero le dedicó una sonrisa satisfecha.

Horas más tarde, el resto de los videos porno con Canadá y Grecia le llegaron por correo. No los vio enseguida sino que tardó dos días, la escena en directo la había dejado llena a rebosar. Incluso saboreaba recordando cada detalle. Eso sí, no tuvo el valor de ver a los ojos a Austria por un buen tiempo, no por pena, sino porque temía que el brillo lujurioso en su mirada la traicionara…

De todas maneras, si lo hubiera hecho, se habría encontrado con que Austria también le evitaba la mirada muerto de vergüenza.


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