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: B s . A A A    : full 3/4 1/2   : E E   : Light Dark Anime/Manga » Hetalia - Axis Powers » Crónicas de un amor desafortunado

Alega Dathe
Author of 66 Stories

Rated: M - Spanish - Humor/Romance - France & England - Reviews: 72 - Updated: 12-14-09 - Published: 04-03-09 - id:4967552

Notas: Después de varias semanas, aprovecho para subir el capítulo. Espero les guste, ¡y esperen el próximo pronto! Aún las actualizaciones serán más esporádicas, sin embargo, pero espero poder compensar.

Se les quiere :) Oh, y Sorciere Blanc, no he podido responderte al review porque sale que tienes bloqueado los mensajes privados, ¿está bien eso? Bueno, en todo caso, aquí ya tienes a Alfred :D

Capítulo 18

En la comisaría, Reino Unido esperaba que los dejaran libres pronto. No tenían nada que los inculparan, aparte de una pila de cuerpos malheridos que no significaban nada bajo el peso de una confesión sincera como la de ellos. Francia fue interrogado primero, al salir se encogió de hombros, indicándole que el asunto podría ir para largo visto la poca intención de los policías de ser transigentes en su caso. Reino Unido entró y comprobó que Francia estaba en lo correcto; cómo odiaba cuando sucedía esto. Fueron veinte minutos en donde contó su versión de los hechos, con la acertada impresión de que los policías estaban pocos dispuestos a creerles. Reino Unido se esforzó por parecer sincero, incluso dejando el sarcasmo a un lado cuando lo que en verdad quería era comérselos vivos, sólo por atreverse a dudar de su testimonio.

Antes de salir, uno de los policías se preparó para indicarle cuál sería su celda mientras estudiaban el caso. Reino Unido se indignó, pataleó, escupió groserías y amenazó con demandarlos si no lo dejaban libre pronto; su reacción no favoreció a su imagen, menos cuando le insinuaron que ya tenían su expediente en la mano, con aire acusador. Reino Unido palideció, preguntándose qué habría puesto allí; se había asegurado de borrar todas las violaciones a la ley que había acometido en los últimos años, pero siempre era posible que se le escapara una o dos. Nadie era infalible.

No se topó a Francia en el pasillo, supuso que ya lo habrían llevado a la celda compartida en la que residirían mientras se arreglaba el embrollo. Al entrar, aprovechó para escupir a los pies del policía antes de que cerrara la reja. Éste lo miró furibundo, pero no hizo nada. Sólo se retiró después de darle unas amenazas que buscaban atenuar su comportamiento violento. ¡Faltaba menos! Si estaba allí gracias a su estupidez.

Reino Unido inspeccionó la celda, conociendo a sus indeseados compañeros y buscando a Francia. Buscó una, dos, tres veces incluso, mas no lo encontró. Reino Unido le preguntó a otro preso si no había entrado un hombre con las características de Francia, e incluso describió su personalidad después de que el hombre se lo negara, insistiendo que debía de estar allí. Recibió la misma respuesta. Reino Unido se resignó a dejar que el asunto avanzara por sí solo, sentándose en una esquina de la celda, aislándose de los demás. Esta vez quería pasar desapercibido, sin compartir con ningún grupo en especial. Además, había estudiado la distribución y se encontró con que su área, los matones, tenían una pinta terrible. Y él no se mezclaría con ellos, como caballero que era.

Pasadas unas horas un policía lo llamó y le dio permiso para hacer una llamada. Reino Unido fue conducido hacia el teléfono preguntándose a quién podría llamar que fuera efectivo esta vez. Aún seguía esperando la ayuda de Japón de la vez anterior, pensó en Canadá pero le dio vergüenza que lo viera en esa situación, y por último, después de convencerse de que no tenía a nadie más a quien acudir, se decidió por América. Sus burlas serían más soportales que la cara de decepción de Canadá.

… ¿En qué pensaba? ¡Claro que era preferible un Canadá decepcionado que un América con aires de magnificencia, salvándole el pellejo! Reino Unido lo llamó y éste le respondió tras la línea.

-¿Sí?

-Hola -habló Reino Unido, tratando de sonar natural-, ¿cómo has estado?

Canadá pareció alegrarse.

-¡Muy bien, señor! Me alegra mucho que sea usted. No soy de recibir muchas llamadas, sólo América me llama con frecuencia pero para pedirme favores. Siempre. Es un incordio, nunca puede dejarme tranquilo, no parece entender que es triste que sólo se acuerden de uno para eso. Y eso porque ahora no está de amigos con otros, porque si es así se olvida de mí… -Canadá se interrumpió-. ¡Oh, lo siento, señor! He hablado y hablado sin pausa. ¿Cómo está usted?

Reino Unido, a estas alturas, parecía sentirse tan incordio como América.

-Y-Yo… ¡pues bien! ¡Sólo quería saber de tu estado! ¡Ahora me voy, adiós, nos vemos, hasta la próxima! ¡No olvides que pienso en ti siempre!

Trancó el teléfono bruscamente. Y así desperdició una llamada. El policía lo miró con cara de que debía de estar bromeando; Reino Unido le dirigió una menos amistosa al preguntar si tenía derecho a otra. El policía negó con cierta satisfacción según le pareció a Reino Unido. Pasó la noche en la cárcel. Al día siguiente seguía sin tener noticias de su caso ni de Francia hasta el mediodía, cuando fue llamado de nuevo sólo para informarle que los hombres ya habían despertado en el hospital. Todos lo habían acusado. Reino Unido protestó, pero no pudo hacer nada ante la declaración de cinco sujetos moribundos. Volvió a su celda y pensó qué podría hacer, si llamar a sus abogados para resolver el problema como todo un caballero, amenazar a los matones con otros matones, o maldecirles y que la fuerza de su magia cayera sobre ellos.

Le dieron permiso para realizar otra llamada más. Reino Unido estuvo repasando las dos opciones que le quedaban, Japón y América, hasta que por fin su orgullo optó por la persona menos hiriente para él.

-Hola, Japón, ¿cómo estás?

-Muy bien, muchas gracias por preguntar. ¿Cómo está usted?

-Bueno, desearía poder decirte que bien… -Reino Unido vaciló un poco, pensando qué opinión tendría Japón de él después de llamarlo dos veces para un mismo problema-… pero no es así. Necesito tu ayuda, estoy en la cárcel y quisiera que vinieras para pagar la fianza. Te repondré el dinero, lo juro, sólo te necesito aquí. P-P-Por favor.

-Tomaré las medidas necesarias.

-¿En serio? ¡Gracias, Japón, sabía que podía contar contigo!

Reino Unido trancó el teléfono, más animado de lo que había pensando. Cuando Japón viniera, le pagaría y así buscaría a Francia. Su desaparición le carcomía el cerebro. ¿Lo habrían trasladado a una verdadera cárcel? No dudó que Francia tendría un expediente muchísimo peor que él, de seguro al idiota ni se le habría ocurrido trampearlo para aligerar los arrestos y desacatos a la ley, pero no dejaba de parecerle injusto. Francia no había alzado ni un dedo en la pelea como para que ahora estuviera pagando la peor parte. Y si bien verlo en desgracia le alegraba el día, no era así cuando lo estaba por algo en la que él no habría obrado con sus obscenidades habituales.

Pasaron dos días y Reino Unido perdió toda esperanza de que Japón viniera a auxiliarlo. Ya desesperado, pidió hacer otra llamada más. Tomó el teléfono tembloroso, casi tuvo que obligarse a marcar los números porque su cuerpo aún se resistía al agravio de su orgullo. Estaba llamando a América, qué bajo había caído.

-¡Hola, el héroe al habla! –gritó una voz al fondo.

Reino Unido gruñó, pensando que había fallado incluso en enseñarle a hablar apropiadamente.

-Hola.

-Reino Unido… este, ¡qué tal!

-Hola.

-Síi, eso ya lo dijiste. ¿Qué quieres? No recuerdo haber hecho nada que pueda fastidiarte.

-Ho… -Reino Unido se interrumpió. Vamos, podía continuar la conversación-. Necesito tu ayuda.

-¿Eh? No oigo bien.

-Que necesito tu ayuda –repitió Reino Unido, con el tono de voz un poco más alto-. Límpiate los oídos con regularidad. Serás niño, hasta en eso hay que estar detrás de ti.

-Ajáaaa, sé más amable, que capaz y me da flojera ayudarte.

“Paciencia, vamos, hay que tenerle paciencia.”

-No lo dudaría, supongo que ya te costará mover tu gordo trasero.

-¡Hey, estoy haciendo ejercicio!

-No me interesa lo que estés haciendo.

-Duh, que poco amable. Ya no te ayudo.

-No te doy opciones, América. Verás, e-e-e-e… -A Reino Unido le costó terminar de humillarse-… e-estoy en la cárcel –América soltó una carcajada al fondo-, ¡no te rías, es serio, imbécil! Necesito que vengas y pagues la fianza, estoy hasta el cuello y no tengo a nadie más a quien acudir.

-¿Otra vez en la cárcel? ¿Qué no te cansas de que te pongan preso? –sin embargo, se podía notar que América se había puesto un poco serio-. ¿Y qué hay de Francia? La última vez parecían muy amigos.

-¡No somos amigos! –le apestó Reino Unido-, en fin, él no está disponible ahora. Te dije que tú eres mi única opción, idiota.

-Vale… soy tu única opción… pues entonces lo pensaré.

América cortó la llamada y a Reino Unido le nacieron unas ganas inmensas de mandarlo al diablo (y Rusia estaría más que encantado).

Pasó toda la tarde, Reino Unido pensó que ya no tenía oportunidades de salir pronto. Volvió a pensar en Francia y si su trasero habría hallado la forma de librarse, no creía que esto fuera cierto, después de todo… pero, si era así, ¿dónde estaba? Siguió cavilando hasta que el policía con cara de pocos amigos vino a verle. Le anunció que alguien había pagado la fianza y que quedaba libre. Al despedirse de los policías con una mirada de desprecio, aprovechó para preguntarles adónde habían llevado a Francia.

Había tenido razón, a otra cárcel. Memorizó la dirección, se lo agradeció con frialdad y salió nuevamente hacia la libertad. En la salida lo esperaba América, con una sonrisa brillante en su rostro, que Reino Unido la tomó como una de superioridad. Lo saludó con sequedad.

-¡Hola, Reino Unido! –exclamó él, mientras se metió al auto y le señaló el asiento del copiloto-. ¿Cómo es que te metes en tantos líos, a tu edad?

-Cállate, no fue mi culpa –le gruñó Reino Unido. Luego le explicó cómo habían acabado allí.

-¿Y Francia?

-Iremos a buscarlo ahora.

América asintió y se quedó en silencio. Reino Unido sólo se dio cuenta de esto cuando ya llevaban quince minutos sin mediar palabra aparte de las indicaciones que le daba; se extrañó pero no se preocupó lo suficiente como para intentar averiguar el mutismo de América.

La cárcel de Francia quedaba afuera de Londres. Era una cárcel muy pequeña, de fachada blanca, agradable a la vista. Tenía apariencia de hotel, una diferencia muy grande entre ella y la pocilga que había tenido que soportar. Se demoraron porque América se antojó de tomarse una coca cola y le brindó un té a Reino Unido. Le explicó que parecía tan ansioso, que daba miedo.

-Si estoy calmado, idiota –le gruñó, aceptando el té.

Preguntaron por Francia. Aun cuando ya había pasado el horario de visita, obtuvieron la oportunidad de ir a verlo. Al menos uno de ellos. América le cedió el privilegio, quedándose acomodado en unos sillones, blancos y blandos, mientras miraba el televisor de pantalla plana. Reino Unido fue conducido hacia la celda de Francia, para eso tuvo que subir el ascensor hasta el quinto piso y cruzar dos pasillos. Por fin quedó enfrente de la puerta de la habitación, giró la manija de caoba y se encontró con una imagen que desapareció la preocupación que había albergado hasta ahora.

Francia estaba acostado boca abajo, con una mujer masajeándole la espalda y una copa de vino a un lado, para beber cuando quisiera. Tenía un mayordomo para asistirlo en lo que hiciera falta y una bata de seda en una percha para cuando la mujer hubiera terminado con su trabajo. Reino Unido estaba tan desconcertado, que sólo atinó a balbucear ciertas incoherencias. El mayordomo anunció la llegada, con cierta vacilación. Francia levantó la vista y su rostro se iluminó al verle.

-¡Al fin vienes, mon chérie! –le exclamó-. ¿España consiguió sacarte? Se lo pedí hace días, que nos ayudara a ambos. Bueno, en realidad le dejé un mensaje con Romano, pero viene a ser lo mismo, ¿no?

Eso podía explicar muchas cosas. Reino Unido pasó a la habitación y se permitió sentarse en un sillón, enfrente al televisor de considerable tamaño. El mayordomo se apresuró a atenderlo, sirviéndole una copa de vino y dándole un menú con distintas opciones de comida. Reino Unido, para no parecer descortés, escogió sushi. El mayordomo asintió y se retiró para cumplir con el pedido.

Francia despachó a la masajista, se reincorporó sin ningún pudor y se colocó la bata, amarrándosela en un nudo perezoso. Tomó su copa de vino y le dio un sorbo, antes de caminar hacia él y tener el descaro de sentarse en sus piernas. Reino Unido se quejó, pero no con el desagrado debido. Tenerlo casi desnudo encima de uno podría descontrolarle los nervios a cualquiera; Francia le rodeó con el brazo y le dio un beso; su lengua tenía el sabor del vino. Reino Unido, mientras correspondía al beso, soltó la copa en el piso, derramando su contenido en la blanca y cara alfombra que le daba gusto arruinar.

-Qué poco dominio tienes –le dijo Francia, al ver el desastre. Lejos de molestarse, negó con la cabeza con aire divertido y le dio un trago de su copa-. Entonces, ¿España te ayudó?

-No. Fue América –le respondió Reino Unido, le molestó un poco la cara de sorpresa del rubio-. España de seguro estará durmiendo la siesta, pero lo que es seguro es que no movió un dedo para ayudarme.

-Qué extraño, si le indiqué a Romano que era un asunto importante… -dijo Francia-. Supongo que aún así se lo habrá tomado a broma.

-O te detesta lo suficiente como para querer que te pudras en la cárcel.

-Tremenda decepción se va a llevar, entonces –le sonrió Francia.

Reino Unido arrugó el ceño, viendo las comodidades de Francia por toda la habitación. Parecía un hotel cinco estrellas, no un lugar donde residir un preso. Francia le contó que ya había hablado con sus abogados y planeaban arreglar el malentendido lo más pronto posible; Reino Unido se ahorró sus propios planes, el de maldecirlos, porque no creía que lo fuera a tomar en serio o, en caso de hacerlo, tampoco se mostraría de acuerdo.

Francia le acarició los cabellos, y Reino Unido se sentió más incómodo en la posición que mantenía. Podía sentir las piernas de Francia tras la fina tela que los cubría; pensó en ideas que lo hicieron sonrojarse, pero logró no ceder a ningún impulso. No estaba allí para eso, aunque Francia ahora estuviera bajando su mano hacia la entrepierna. Reino Unido la detuvo a tiempo con su propia mano. Le dedicó una mirada de advertencia que no hizo ningún efecto en Francia.

-Sólo trato de ser hospitalario, mon cher.

-Guárdate la hospitalidad para otra ocasión, hay asuntos más urgentes que atender que una calentura. –Al decir esto, Francia llevó sus manos hacia su propio sexo; Reino Unido se mostró tan desconcertado por las intenciones de Francia, que tuvo que esforzarse en no perder la cabeza aunque la fuerza de voluntad estuviera cediendo con pasmosa facilidad-. Tienes un curioso orden de prioridades.

-Mi prioridad eres tú. –Reino Unido tomó el miembro de Francia, que poco a poco iba afianzado su dureza; era vergonzoso que ni él mismo tuviera su orden de prioridades claro. Francia volvió a besarle, rodeando su cuello con ambos brazos-. Vamos, más rápido, aprieta más… hay tiempo suficiente…

Reino Unido estaba dispuesto a hacerle caso, cuando la puerta de la celda se abrió y entró por ella América, reclamándole que se apuraran para poder irse a comer pronto. El tiempo se detuvo, los colores se le subieron a la cara y creyó que su corazón habría dejado de latir cuando América se quedó petrificado, como un infante quien descubre por error a sus padres teniendo sexo; sólo que peor, porque con América todo era peor de lo que ya era.

-Bienvenido –Fue lo que se le ocurrió decir a Francia.

-¿Esto es todo lo que tienes que decir? –gruñó Reino Unido, soltándole-. ¡Bájate de mí! –Francia iba a protestar-. ¡Ahora, cerdo pervertido!

Francia vio que Reino Unido no estaba de humor para ceder, tuvo que levantarse a regañadientes y acomodarse la bata. Reino Unido fingió que se arreglaba, lo que de verdad estaba haciendo era reuniendo fuerzas para dirigirse a América; sus manos le temblaron mientras alisaba el pantalón y trataba de no mostrarse tan evidente. Mientras tanto, ya Francia se había recuperado de la interrupción, en caso de que se hubiera alterado en primer lugar, y le ofreció asiento a América.

-N-No… no… -dijo América-, lo siento. No quería interrumpir, es que tenía hambre y… tu fianza… pagarla y eso…

-¿Lo harás? –preguntó Francia, incrédulo.

América asintió y murmuró algo sobre ser lo que un héroe haría.

-Gracias, prometo complacerte en lo que quieras al salir de aquí –le susurró Francia en la oreja antes de darle un beso fugaz en ella.

América se apartó bruscamente, soltando exclamaciones de asco y desconcierto inteligibles pero que cumplieron con su finalidad.

Reino Unido se levantó, olvidándose de la vergüenza anterior y reemplazándola por una rabia creciente. Se acercó a Francia y le jaló por su cabellera.

-¡Ay, ay, todo menos el cabello! –chilló.

-¡Esta vez te has pasado! –le acusó Reino Unido, ignorando sus quejas-. Eres un cerdo y yo un reverendo imbécil por haberme preocupado por ti, no sé qué hago aquí aparte de ver otra muestra de tu degradación humana. –Se volteó hacia América-. Espérame en el pasillo, nos vamos.

América asintió, sin rechistar, y se fue comportándose extrañamente solícito. Reino Unido le soltó el cabello a Francia, quien chilló adolorido por lo que consideraba un trato cruel.

-Tendrás tiempo para otras sesiones de masajes, porque aquí pienso dejarte. –Reino Unido salió de la celda, sin volverse hacia Francia. No supo qué expresión había puesto, ni si se habría tomado su declaración en serio.

En el pasillo se encontró con el mayordomo, quien sostenía su pedido en una bandeja. Reino Unido no se disculpó y le pasó de largo. Ya una vez afuera, comenzó a soltar pestes de Francia mientras entraba al auto, América lo oía sin decir ni medio.

Ya en la casa, mandó a acomodar una habitación para América. Lo dejó en la sala mientras fue a cocinar una cena de agradecimiento por toda la ayuda que le había brindado el menor. No captó las caras de desagrado que había puesto América cuando le anunció su recompensa, tampoco hizo caso de sus intentos por llevarlo a comer afuera alegando que no quería ser una molestia y que debería estar cansado.

En realidad, Reino Unido lo estaba. Mucho. Pero no quería mantenerse inactivo porque eso significaría dejar a su mente lista para ocuparse en asuntos que no quería tratar ahora, aunque ya no tuviera al causante de sus cavilaciones en la casa, la propuesta seguía en pie para convertirlo en una maraña de inseguridades. Insistir en una cena que sabía que América detestaría era sólo una treta para distraerse; lo estaba utilizando, pero no era lo peor que había hecho en todos aquellos siglos y, mientras le diera una satisfacción temporal, lo seguiría haciendo.

Cocinó lo mejor que pudo y le presentó sus platillos a América, quien ya estaba sentado en la masa con expresión resignada. Apenas probó el primer bocado, cuando ya se estaba quejando del mal sabor; discutieron un rato hasta que América decidió colocarle cantidades industriales de salsa de tomate y mayonesa, Reino Unido se ofendió, y por eso le obligó a tomarse todo el jugo que había licuado para él, a sabiendas que el chico preferiría una coca cola.

América se lo terminó todo pese al drama, Reino Unido recogió los platos, los colocó en el lavadero y los dejó para después. Se volvió a su asiento y esperó que América siguiera distrayéndole, sólo que se encontró con que el chico parecía estar más serio que unos minutos antes.

-¿Qué te ocurre? –le preguntó.

-Yo… -América se detuvo, pensando en qué y cómo lo diría-. Canadá me explico que, pues, tú y Francia están saliendo juntos.

Reino Unido se tensó, sobreviniéndole una tos inoportuna.

-¿Es cierto?

Reino Unido dejó de toser obligado por la necesidad de América por obtener una confirmación de su parte. Pensó que ya había dado suficientes pistas como para que alguien se hiciera una idea del panorama entre ellos dos; nunca esperó tener que dar una declaración tan directa.

-Sí –dijo, sin hallar manera de retrasar la respuesta.

La expresión de América fue una gama de colores de tonalidad rosa hasta que por fin recuperó su tez habitual, por otro lado, desconocía qué le decía su actitud. Casi nunca lo veía tan serio, y menos por algo relacionado tan estrechamente con él.

-¿Te molesta?

-N-No… -negó América, bajando el rostro-. Solo, es raro. Quiero decir, verte ten metido con alguien…

-Entiendo –le cortó Reino Unido, sin querer que el chico siguiera.

Se quedaron en silencio por alrededor de cinco minutos, luego Reino Unido cambió el tema de conversación, América lo siguió y estuvieron hablando y discutiendo hasta muy entrada la noche. A pesar de estar muchísimo más cansado todavía, al irse a acostar Reino Unido le dedicó unos últimos pensamientos a Francia antes de caer rendido.


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