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Resumen del capítulo: UK, convencido de estar drogado o algo parecido, se aleja de Francia. ¡Las cosas no pueden estar peor! Y en ese mismo momento, empeoran.
Capítulo 5
A los amantes los acusan las ropas desperdigadas alrededor. Con la cabeza dándole vueltas, Reino Unido asimiló su segunda vez con Francia. O eso intentó. Éste seguía prodigándole besos en el hombro, y con cada uno de ellos le recordaba a Reino Unido lo débil que estaba siendo al ceder tan fácil ante las artimañas del bastardo del vino. Porque indudablemente todo se debía a alguna artimaña de Francia.
Era vergonzoso ver con cuanta facilidad caía. ¿Qué le ocurría? Y lo peor era que ni siquiera había luchado en serio. De haberlo querido, se habría librado de la opresión de Francia y encargado de pasar su cabeza por el suelo, hasta dañar la sedosa cabellera que en realidad seguía envidiando secretamente. Además, tampoco había tomado mucho, se encontraba en sus cabales para controlarse y apartar los besos del francés. Como ahora.
Tal vez la visión general del bosque había estropeado sus sentidos. Igual, nada en este mundo justificaba que todavía siguiera en brazos de Francia y vistiendo de manera tan indecente. ¿Qué pasaría si alguien los llegaba a ver? ¡Sería la peor humillación pública! Impulsado por el Resorte de su Dignidad, se levantó súbitamente.
-¿Qué pasó, mon cher? –preguntó Francia, confundido.
-Te dije que no me llamaras así –le dijo-. Y me largo, ya he caído demasiado bajo por ti. De seguro le echaste algo extraño al vino para que cediera como una maîtresse ante tus burdos encantos.
-Casi nunca utilizo drogas, sin embargo, reconozco que a veces recurro al arsénico pero ¿qué país que se respete no lo ha hecho alguna vez con algún pobre diablo? –comenzó Francia-. Y no es nada comparado con lo que hacían tus reyes. Pero tu vino estaba bien; como serás mi futuro esposo, encuentro bastante mal el envenenarte o incluso drogarte. Aunque, en caso de rechazarme…
-Ya te he rechazado como mil veces –le apestó-. Acepta que jamás le diría que sí a una existencia parecida a la tuya.
-¿Me has rechazado? –preguntó Francia, sonando sorprendido-. Pensaba que sólo preparabas el terreno.
-Eso es porque eres estúpido.
Reino Unido buscó sus ropas y, sin siquiera vestirse, se despidió de Francia con otro insulto. Se largó de allí, dispuesto a vestirse bajo la dudosa privacidad de unos arbustos y luego irse a su casa para tomar una prolongada siesta por la falta de sueño y reponer la energía que le había costado el maldecir a Francia. Todavía tenía la esperanza de que hicieran efecto. Al menos una.
Pues bien, no llegó ni siquiera a refugiarse entre los arbustos, ya que fue abordado por varios policías inoportunos. Le gritaron un “¡Alto ahí en nombre de la Reina!” y no tuvo otra opción que detenerse con toda la vergüenza posible en tal caso; en nombre de la Reina, eran palabras demasiado fuertes para él; apostaba que si Francia le decía “¡Cásate conmigo en nombre de la Reina!”, incluso llegaría a planteárselo en serio. Claro, con esta Reina, Isabel II y si fuera con antiguos regentes, quizás también; no todos, por supuesto: muchos le habían causado demasiados dolores de cabeza con su comportamiento, Enrique VIII apenas y fue uno de esos nobles males, incluso los mejores tenían una extravagancia oculta que había tenido que soportar hasta que se murieron (muertos por vejez o por muerte natural –es decir, asesinato-). Recordó que Isabel de Valois provenía de Francia y que ella no había sido tan mala. Hubo peores.
Ah, qué época tan lejana, cuando residía en la corte, se utilizaba peluca y le había quitado una parte de sí al imbécil francés; parecían enemigos mortales –sólo que sin lo mortal, ya se ha comprobado que Francia es difícil de eliminar-, sólo que él era muchísimo más capaz. Incluso en sus rencillas habían incluido a España y a Portugal, y… ¿qué hacía él pensando en todo eso con un arresto encima?
¡Hubiera aprovechado para salir huyendo! O, al menos, decir algo para defenderse o sacar a relucir su magnánima condición de país.
Era demasiado tarde.
Un policía le hizo un absurdo chequeo por si llevaba armas ocultas o alguna sustancia estupefaciente; se planteó si en realidad el policía se estaba aprovechando de su condición para manosearlo. Obviamente, resultó limpio en ambas cosas. El policía decidió que encontrarlo desnudo en un sitio público bastaba para arrestarlo.
-¡Por dios, hay una docena de personas que hacen lo mismo por aquí! –se quejó Reino Unido.
Si caía él, caerían todos los demás. Les relató la ubicación exacta de los otros en el bosque que practicaban la indecencia pública. Fue especialmente específico con los franceses, en especial con el mismo Francia. Estuvo a punto de llevarlos hacia el bastardo, mas la autoridad le impidió moverse de su sitio.
Apresaron a los tres ingleses del árbol, mas ningún francés y, para colmo de los males, tampoco a Francia. ¿Dónde se habría escondido? A Reino Unido le llenaba de curiosidad al igual que de resentimiento. Después de todo, ¡se encontraba en esa situación gracias a él! Y por más de una razón: Lo drogó para acostarse con él, lo trajo en contra de su voluntad a un parque donde se reunían gente sin vergüenza, persistía con esa ridiculez del matrimonio, y por último y no por eso menos importante, el bastardo se negaba a ser maldecido o simplemente morirse. Y ahora lo arrestaban. A él. A Reino Unido. A un país hecho y derecho.
De nada sirvieron sus alegaciones, maldiciones, gritos de ayuda a los seres del bosque, invocaciones de magia negra y demás, para mejorar su situación. Era llevado en la patrulla junto a otros ingleses franceseados (es decir, estúpidos) por violar una ley que ni siquiera fue su intención romper en primer lugar. Ah, cuando atrapara a Francia, ¡cuando se vengara! Ya vería. Sería mucho peor que la paliza de Waterloo.
Para su alivio, le dieron la oportunidad de vestirse antes de colocarle las esposas. Lo único malo fue que no encontró su ropa interior por ningún lado, tal vez se había olvidado de agarrarla cuando tomó lo demás… En fin, ya era demasiado tarde para hacer algo. Lo metieron en una patrulla de policía, junto a borrachos ingleses. En todo el camino estuvo gruñendo, echando pestes contra el malnacido de Francia quien había osado no compartir su suerte, lo maldijo airadamente y los borrachos a su lado le acompañaron en su rabia contra el francés, sólo por consideración patriótica. Estaba molesto. Si hubiera adoptado la técnica de Suiza, dispararle en vez de actuar como un caballero, se estaría ahorrando toda esta desgracia ahora. Pero no, su corazón era demasiado noble, incluso con Francia. Daba igual si lo había insultado en todas sus citas, el imbécil debía de agradecer que como negativa no le hubiera pateado el culo. ¡Pero ahora sería peor! ¡Reino Unido no requería de las fuerzas de las tinieblas para ser un verdadero demonio!
Se vengaría, claro que sí… cuando lograra salir de la cárcel.
Lo encerraron en una celda pequeña junto a los otros tres. Estaba esperando que le ofrecieran la dichosa llamada para pedir ayuda; a quién, ya lo pensaría.
Carecía de amigos.
A decir verdad, jamás había estado en la cárcel, no como prisionero. Había visitado a futuros decapitados en la Torre de Londres, encarcelado a mucha gente, sí, pero jamás había sido el criminal –o pobre diablo-. Quedaría marcado toda la vida en su expediente; antes, claro, había cometido crímenes peores, reconocía para sus adentros todas las triquiñuelas, planes astutos y engaños que había obrado en el pasado, sin embargo, ¡nunca nadie había hecho un registro sobre un papel de lo mal que se había portado! Algunas quejas aisladas, los libros de historia… pero nunca un documento legal. Al salir de allí, tendría que desaparecer ese documento a como diera lugar. Él tenía talento para eso; era una cualidad resaltante en los nuevos tiempos, cualquier país que se respete debería ser un maestro o, al menos, manejarse un poco en esos lodosos terrenos (igual no eran los más pantanosos hoy en día).
Pasó toda una tarde a la espera. Cuando volvió el policía, el mismo que lo había manoseado, le guiñó un ojo como una especie de saludo y luego le dirigió una mirada de arriba abajo, como diciéndole “¿Y para cuando te quitarás la ropa, de nuevo?”. El estómago de Reino Unido se revolvió. Lo que faltaba. El policía no se quedó por mucho tiempo, vino para sacar a los otros tres de la celda.
-Están libres –les dijo y dejó a Reino Unido dentro.
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