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—En este caso, el axis rítmico se produciría en la penúltima sílaba—explicaba la joven con tono apasionado mientras sintetizaba sus palabras en la pizarra—, porque en ella recaen la intensidad, el tono y el timbre, ¿lo veis? En este poema en concreto, ¿qué tendríamos, versos yámbicos o trocaicos?
—Trocaicos—respondió uno de los alumnos, el típico gafitas con aspecto de sabelotodo acostumbrado a intentar deslumbrar profesores. En este caso, la profesora se volvió con un brazo en jarras y el ceño suavemente fruncido con incredulidad.
—¿Trocaicos? Son endecasílabos, el acento cae en las pares y en la décima sílaba, que es par, así que…
—Yámbicos. Sí, yámbicos—se corrigió el gafitas sin dejar por ello su altivez.
—Yámbicos—repitió con paciencia—. Bien, ¿y qué me decís del tipo de endecasílabo?
—Heroico—susurró Sheldon para sí.
La joven pareció haberle oído, pues detuvo su gesto de ir a anotar algo en la pizarra y se volvió con rapidez. Como si le esperase ahí, centró su mirada oscura en Sheldon y le sonrió un momento. Acto seguido, depositó la tiza en el bordecito de la pizarra diseñado a ese efecto y se sacudió las manos de polvillo blanco.
—¿Cómo has dicho, Sheldon?—le preguntó con una familiaridad que a Sheldon le resultó tan cálida y cómoda como sorprendente y extraña en vista del modo en que se habían conocido.
—Heroico. Tiene acentos en la segunda, la sexta y la décima.
—Eso es. Muy bien, Sheldon.
Coqueta y nerviosa, se colocó los mechones ondulados detrás de las orejas y se volvió a la pizarra otra vez para apuntar “heroico” tal y como Sheldon había dicho. Al hacerlo, la agitación se le fue y volvió a ser la misma profesora segura de sí misma a pesar de su juventud. Tenía más años que los que aparentaba, pero muchos menos que los que cualquiera de sus colegas. Era un prodigio, una de esas personas brillantes con la inteligencia y la actitud necesarias para sobresalir en su campo.
Se la veía como pez en el agua en su aula, se dijo Sheldon. Ahora que se encontraba en sus dominios, era tan distinta a la jovencita temblorosa de cabeza gacha que se abrazaba a sí misma que Flack y él habían tenido en la sala de interrogatorios. En el momento de entrar en la habitación y ver su expresión corporal, Sheldon había sabido que tenía ante sí a una mujer inocente o a la mejor actriz que había visto en mucho tiempo. Las pruebas y el progreso del caso habían terminado demostrando que, por suerte, se trataba de la primera opción.
Y es que no sabía explicar los motivos, pero aquella mujer le había llamado la atención. Tal vez se tratase de su intelecto, de sus historias personales con cierto paralelismo o del hecho de que aquella mens sana fuese envuelta además en un corpore no tan solo sano, sino también hermoso. Lo cierto era que Sheldon había creído en su inocencia desde el principio, cuando las pesquisas iniciales la señalaban como la autora material del asesinato de uno de sus colegas, con el que había mantenido una relación fugaz y tormentosa.
Tampoco lo comprendía bien, no sabría racionalizarlo, pero por algún motivo había terminado dirigiéndose al aula donde la profesora impartía aquella asignatura de lírica española e hispanoamericana enteramente en español. Oyendo aquel acento impecable y de sonido aparentemente nativo, era muy probable ninguno de sus alumnos de la exclusiva Universidad de Columbia adivinase que trataba con una desheredada criada en lo peorcito del Bronx por una analfabeta funcional que malvivía de las ayudas estatales y la había traído al mundo con quince años.
Con dieciocho, tres años más que su madre al darla a luz, aquella joven había terminado sus estudios universitarios. Estudiándola al surgir su nombre en el caso, a Sheldon le había parecido una coincidencia irónica, la más sólida y última en ambas biografías, pues ella, a diferencia de él, había proseguido en un camino lineal y ascendente, sin aparentes sobresaltos ni sueños rotos aparte de aquel amor breve y hecho añicos que la había situado en el punto de mira de los investigadores. No iban muy desencaminados en el fondo. A aquel sátiro que se ganaba el pan enseñando lexicología se lo había llevado al otro barrio una antigua pareja: su aparentemente inofensiva secretaria.
La lección se prolongó apenas unos minutos más, el tiempo justo para que el gafitas volviese a intentar quedar por encima de la profesora y ella le señalase con una sonrisa que había confundido por completo los conceptos de cadencia y anticadencia. Sheldon sonrió complacido al oír aquel apunte, rodeó los puntos suspensivos de la segunda estrofa y anotó primorosamente al margen “suspensión” como si aquella hoja debiera estar impoluta para ser entregada.
La profesora metió sus libros y su portátil en la cartera mientras los alumnos se marchaban. Sheldon decidió aprovechar para acercarse a ella. De nuevo parecía estarle esperando a pesar de volverle la espalda, pues cuando le tuvo lo bastante cerca, se giró y le observó de arriba abajo. Sin que Sheldon supiera si se trataba de una broma o no, extendió ambos brazos y los junto por las muñecas. Al verle abrir tanto los ojos, rió y sacudió la cabeza.
—Supongo que no vienes por eso. Si no, no me habrías dejado terminar la clase—le dijo ya en inglés, con un acento que delataba su origen neoyorquino, pero no humilde.
—Ha sido la secretaria.
—Lo sé. La tenía delante en la cafetería cuando tu compañero ha venido a arrestarla. Cuando le he visto acercárseme tan serio con los dos uniformados, casi me da un infarto.
Sheldon inclinó la cabeza a modo de asentimiento. No podía culparla, conocía de sobra la sensación de impotencia al ser acusado de algo que no has cometido. Bastante la habían asustado ya en la sala de interrogatorios, donde a punto había estado de vomitar cuando le presentaron las fotos del cadáver ensangrentado y con el rostro machacado a golpes. Por fortuna, ella al menos no había terminado entre rejas, pues no tenían nada sólido contra ella.
—Entonces, si no vienes por eso, ¿puedo preguntarte a qué se debe la visita? No creo que vengas a clases de literatura solo por pasar el rato.
—Debería hacerlo, se aprende mucho.
—Oh, está bien. En ese caso, ven cuando quieras.
Se cargó la bolsa al hombro y echó a andar hacia la puerta. Sheldon la siguió intentando ordenar sus ideas. Había tantas cosas que quería decirle, pero no sabía cómo ni si debería o podría. Se dijo que la joven estaba siendo demasiado amable con él después del trato que había recibido. Y que parecía increíble que una sencilla camiseta gris jaspeada pudiera quedarle tan bien.
—Quería pedirte disculpas—Atónita, la joven se detuvo en seco y frunció el ceño con extrañeza, como si el gafitas acabase de darle una de sus respuestas tan vehementes como erróneas.
—¿Cómo dices?
—El modo en que te tratamos en la sala de interrogatorios estuvo fuera de lugar. Nos comportamos como si fueras culpable cuando en realidad no teníamos más que sospechas y algunos indicios equívocos. No teníamos ningún derecho a intimidarte de esa manera, te pido perdón.
—No pasa nada. Era necesario, ¿no crees? Investigar en cualquier campo significa crear hipótesis, recoger datos y cribar. Y en toda criba se cometen errores hasta que logras encontrar el camino correcto. Me asustasteis mucho, tuve que irme a urgencias con un ataque de ansiedad, pero luego lo entendí. No fue culpa tuya ni de tu compañero, hicisteis lo correcto.
—En contenido sí, pero no en forma.
—¿Sabes qué? Nunca me han gustado los movimientos esteticistas precisamente por eso, porque se quedan en lo externo y desprecian lo que contiene. ¿Has probado el jamón ibérico?
—¿Cómo dices?—La joven soltó una carcajada y le dio una palmadita en el hombro.
—Siento el cambio brusco de tema, es que iba a ponerme a darte otra lección de literatura y no quiero que salgas huyendo. En vez de eso, ¿te apetece una lección gastronómica? Conozco un bar de tapas y pinchos que está bastante bien.
—¿Tapas? Sé lo que es una tapa, pero, ¿y un pincho?
—Te lo enseñaré. Dime, ¿qué te parecerían unas tapas y unos pinchitos con un buen fino para comer de manera informal?
—Suena bien, aunque prefiero el Rioja.