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Estaba en clase, distraída mirando por la ventana cuando le vi. Era un chico algo más alto que yo, con el pelo largo y negro y de repente, me miró, a mi, con esos ojos negros y penetrantes.
No sabía quién era. Parecía mayor que yo, pero eso no podía ser puesto que yo estaba en el último curso y no le había visto nunca antes. Pero entonces, ¿significaba eso que se había colado en el instituto y no estaba estudiando? ¡No podía ser! Charlie no me perdonaría nunca que me enamorara de alguien sin estudios.
La otra posibilidad era que ya había terminado el instituto, cosa bastante lógica puesto que si era mayor que yo, y yo estaba en el último curso, él tenía que haberse graduado antes que yo.
Miré a mi compañera de clase, Jessica, y le susurré al oído:
-¿Quién es? ¿Lo sabes?- Jessica siguió la dirección de mi dedo hasta encontrarse con el hermoso rostro del misterioso muchacho.
-Black, Jacob Black- dijo sin más. ¿es que acaso no veía que era extremadamente guapo? ¡¿cómo podía quedarse indiferente ante tal belleza?! -. Es dos cursos más pequeño que nosotras.
Oh Dios mío.
...
Salí del apartamento puntual, con tiempo de sobras para ir a trabajar. Se tardaba más o menos una media hora en llegar andando, pero como yo soy extremadamente torpe, debía salir de casa como mínimo con una hora de antelación por si las moscas.
Rosalie me había conseguido un trabajo en un restaurante italiano como camarera. El jefe parecía simpático y de hecho había sido el único al que poco le había importado mi torpeza. Esperaba que no fuera un trabajo demasiado difícil de hacer para no meter la pata, si sólo se trataba de servir copas en la barra, estaba segura de que si me concentraba lo suficiente podría llegar a hacerlo bien, aunque si me tocaba servir mesas, no tenía tanta confianza en no caerme.
Justo cuando salí de casa oí que me llamaban.
-¡eh, vecina!
Me giré y vi bajar con todo su esplendor y su belleza a Edward. Me quedé tan sorprendida que no le respondí. Pronto se puso a mi lado y me preguntó a dónde iba.
-pues iba a trabajar- y sin más me sonrío, a mí, y me preguntó si podía acompañarme -. ¡Pues claro!
Sonreí cual boba enamorada y salimos juntos del edificio.
Durante todo el camino no paró de hablarme y contarme cosas, muy triviales, pero divertidas. Aunque iba dándole conversación en mi interior no paraba de preguntarme cuál era el motivo de su presencia. ¿Acaso no tenía nada mejor que hacer? Porque, la verdad, acompañarme a trabajar no parecía la cosa más interesante ni divertida del mundo.
Me sonrió.
...
No lo volví a ver hasta pasado un mes. Apenas había olvidado algún detalle de su cara cuando choqué con él por accidente al salir del supermercado.
-¡Perdón! –supliqué si abrir los ojos. Era la cuarta vez que chocaba con alguien desde que había entrado en el recinto, y las cajeras me miraban mal. Cuando abrí los ojos, empecé a recoger todo lo que se me había caído al suelo.
Fue entonces cuando vi una mano de color rojizo agarrando varios tomates antes de tendérmelos. Y lo reconocí.
-Mu... muchas gracias –respondí ruborizada. Jacob sonrió mostrando unos dientes deslumbradoramente blancos.
-¿Te ayudo en algo? –se ofreció con otra sonrisa.
Asentí sin poder pronunciar palabra. Agarró todas mis bolsas con un solo brazo y se dirigió hacia mi coche sin que yo tuviera que decirle cual era. ¿Se habría fijado en mí antes?
-¿Eres la hija del jefe Swan, verdad? ¿Isabella? –preguntó mientras cargaba las bolsas al maletero.
Hice una mueca.
-Bella a secas –repuse.
Se rió otra vez.
-Te acompaño a casa –me ofrecí, para devolverle el favor.
...
Aquel día estuve más patosa de lo que esperaba. Se me cayeron tres copas, una botella de vino y otra de cointreau, cinco platos, cuatro tazas y seis vasos. Un completo desastre.
Pero, ante todo pronóstico, mi jefe no pareció enfadado.
-No pasa nada, mujer –me alentó dándome unas palmas en la espalda-. Ya le pillarás el truquillo.
Suspiré resignada y empecé a fregar el suelo. Por lo menos no iba a romper las baldosas a menos que resbalara con el suelo mojado y me diera de cabeza contra ellas.
Parecía que nunca nadie antes había limpiado aquel suelo del almacén de comida. Había mugre incrustada desde hacía milenios. ¿Y si la llevara a algún programa de la tele? A lo mejor era una reliquia nacional.
Entonces entró entre chillidos otra de las camareras.
-¡Oh, Dios mío! –gritó a pleno pulmón cuando al puerta que comunicaba con la sala dónde había las mesas se hubo cerrado. Dudé que los clientes no la hubieran oído. Y, aunque me parecía bochornoso el espectáculo, paré oreja. Quizás era algo interesante.
-Y guapo, tremendamente guapo –estaba describiendo a alguien. Y esa descripción me sonaba demasiado.
La puerta volvió a abrirse y entró otra de las camareras, algo atónita. Buscó entre el personal hasta dar con mis ojos. Empecé a disimular fregando con energía.
-Swan, hay un cliente que pide por ti –me llamó, antes de volverse hacia ellas-. ¡Pide por ella! –susurró desconcertada.
No la entendía, ni me imaginaba quien podía estar pidiendo por mi, así que me deshice de la fregona y me acicalé un poco antes de salir a la sala donde había las mesas.
¡Y allí estaba Edward Cullen esperándome!
…
El paseo había empezado muchas horas antes, y ya había oscurecido en las calles de Forks. El aire se había enfriado un poco, y yo intentaba disimular que me estaba apunto de helar hasta los huesos.
-¿Tienes frío? –afirmó más que preguntó mi acompañante.
Negué con la cabeza, pero él ya se había quitado una gruesa chaqueta de invierno y me la estaba poniendo en contra de mi voluntad por encima de los hombros. Se le veía preocupado por algo, y también un tanto nervioso.
-¡Estás helada! –exclamó tras rozarme la mejilla con la mano.
Sonreí intentando despistarlo. No quería que pensara que tenía frío, porque iba a querer volver a casa. Y yo no quería.
En lugar de volver hacia el coche, dónde podríamos disfrutar de una cálida calefacción, optó por darme un abrazo. Un fuerte abrazo que me dejó sin respiración durante unos instantes y me levantó unos centímetros del suelo.
-¿Estás mejor? –preguntó, divertido.
Yo le sonreí, sin darme cuenta de que, tras el abrazo, no me había soltado del todo y de que se había ido acercando poco a poco a mi rostro.
Cuento me percaté de la cercanía de su nariz, me ruboricé por completo.
…
Estaba tremendamente desconcertada. ¿Por qué se había quedado Edward Cullen a esperarme a que terminara mi turno?
Se lo pregunté en cuanto salimos.
-No tenía nada mejor que hacer –fue su respuesta, mientras yo me despedía de mis compañeros de trabajo, que seguían alucinando con el chico.
Estaba alucinando. ¿Qué respuesta era aquella? ¿Me estaba tomando el pelo? Quizás le habían dado plantón y no quería reconocerlo, y por eso había esperado a que yo terminara.
-No me lo creo –repuse haciéndome la perspicaz, aunque no tenía la menor idea de por qué se había quedado allí.
Edward se rió mostrando todos sus perfectos dientes blanquísimos. Tomé una fuerte inspiración antes de poder recuperar el aliento. La calle estaba fría aunque estábamos en verano.
-Venga, mujer, piensa –bromeó-. ¿Por qué te puedo haber esperado? Es muy fácil.
Me lo pensé un rato antes de responder. De pronto se me había encendido la bombilla en la cabeza y me acababa de dar cuenta de lo estúpida que había sido al no haber caído antes. ¡Cuantas fantasías se habían formado en mi mente en menos de tres minutos!
-Trabajas aquí al lado, tenías hambre, y como era tarde, me has esperado porque vivimos en el mismo edificio –dije de carretilla.
El chico sonrió.
-Eureka –me dio un toquecito con la punta de su dedo índice en la nariz. Me ruboricé levemente-. Además, no me hacía gracia que volvieras andando si te puedo llevar en coche.
Habíamos llegado a nuestro destino.
El Volvo plateado que adornaba la acerca de delante de nuestro edificio ahora se encontraba en medio de la calle. Edward me abrió la puerta del copiloto para que entrara.
Aterrada, acepté. Estaba emocionada y asustada a la vez. Todo olía a él. Demasiado bien para ser real.
Cerró mi puerta y en segundo estaba sentado a mi lado, encendiendo el motor y dando gas para calentarlo. Me daba la impresión de que Edward no iba a ser uno de esos chicos que conducen con prudencia.
Y no estaba equivocada.
…
Él estaba conmigo cuando llamaron del hospital de Chicago.
¿La familia Swan?
Si.
Somos del Saint Jeremy de Chicago. Debemos informarles de un accidente de aviación sucedido esta madrugada.
¿Cómo?
¿Son ustedes los parientes de Phill y Renée Dwyer?
Pareció una broma telefónica de muy mal gusto.
El teléfono se quedó colgando.
A mi se me paró el corazón.
A partir de entonces todo iba ido de mal a peor. No salía de casa. Mis notas bajaron a más no poder. Mis amigos terminaron por hartarse de mi (pedí a Charlie y a Jacob que no contaran nada a nadie, no quería ser la víctima del pueblo) puesto que nunca salía. Charlie se deprimió y pidió un permiso para la comisaría.
Sólo Jacob venía a visitarme cada día, y yo lo trataba cada vez peor.
Él se hacía el fuerte a mi lado, pero un día me llamó Embry. Cuando no estaba conmigo, mi novio se comportaba exactamente como yo.
Siento ser yo quien te diga esto, Bella, pero lo estás deprimiendo. Anímate por el bien de los dos, por favor.
Eso fue como un montón de agua helada cayendo desde cincuenta metros encima de mi cabeza.
Y fue entonces cuando supe que debía dejarlo, por lo menos hasta que me recuperara.
Aunque, al parecer, él no opinaba como yo.
…
La temperatura del coche había subido. O quizás era mi temperatura corporal.
Edward aparcó justo delante de la casa. La calle estaba completamente vacía a excepción de un chico que deambulaba unos metros a lo lejos. El sonido de las olas rompía el silencio consecutivamente.
Bajé del coche algo alterada e intenté calmarme inhalando algo del aire frío que nos llegaba desde el mar.
Cuando abrí los ojos, Edward volvía a estar a mi lado.
Quedé petrificada cuando sus brazos me atraparon contra el Volvo. Eso que estaba apunto de pasar no podía ser real.
¿De verdad me iba a besar o sólo me estaba tomando el pelo?
Se acercó peligrosamente.
-¡Eh! ¡Tú! –exclamó una voz demasiado conocida-. ¡Suelta a mi novia!
Me volví hacia el lugar de procedencia de aquella voz. El chico que deambulaba por la calle no era ni más ni menos que Jacob Black, furioso como nunca antes y dispuesto a romperle ese hermoso rostro a Edward Cullen.
Decidí que debía actuar y me dirigí sin vacilación hacia el recién llegado, con la mala pata de caerme a medio camino.
Con más mala suerte, fue Edward quien llegó a ayudarme, y Jacob parecía todavía más enfadado que antes cuando nos alcanzó. Si las miradas mataran, estaba claro que Edward hubiera muerto cincuenta veces antes de tocar el suelo.
-Bueno, Bella, mejor me voy –me dijo en un tono de voz suave, antes de ir hacia la puerta del edificio y dejarnos a solas.
Jacob estaba intentando tranquilizarse de espaldas a mi cuando la puerta de uno de los balcones se abrió. O mis compañeras estaban escuchando, o mis vecinos se habían vuelto unos cotillas.
-Querría que me explicaras –empezó Jacob, aguantándose la rabia que tenía dentro-, porqué me dejas a mi porque estás deprimida y luego resulta que te encuentro ligando con otros. ¿Ya se fue la depresión? ¿O era una excusa?
…
Sé que he tardado muchísimo en actualizar, y por eso os pido disculpas. Primero estuve de exámenes finales, luego con las pruebas de acceso a la universidad, me fui de viaje ocho días y, cuando volví, empecé a hacer prácticas no remuneradas todas las mañanas. Vamos, que todavía no estoy de vacaciones, y lo que me queda.
Pero sé que todo esto no es excusa por que he ido actualizando otros fanfics. Simplemente, no sabía cómo continuar y esta tarde, gracias a Siesna, ha salido esto.
¿Qué os parece? Espero que os haya gustado.
Agradecimientos a: Siesna, Nadza Potter, Juu, AsakuCullen, coquitoh, MaliCullen05, Chris Marie 2403, Rei Hino Cullen, Diana Prenze, Ginebra216, Sakura Daidouji, iOvs Anna Cullen Ross, Ludmila y Luz.
Muchas gracias por vuestros reviews, de verdad.
Eri.