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Grandes y abiertos, los expresivos ojos azul marino observan tras la ventanilla como el paisaje se movía y cambiaba.
Se veían cada vez más casas, habían llegado a la población.
La pequeña niña se inquietó, no quería venir aquí, pero ahora estaba impaciente por ver su nueva casa.
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Siguiendo el camión de las mudanzas, pasaron una gran verja de metal mohoso y oscuro, el coche tembló un poco a causa de la carreterita de adoquines.
Cuando el auto se detuvo, la niña asomó la cabeza antes de abrir la puerta y posar los pies sobre el maltrecho pavimento.
Sus padres y hermanos hicieron lo mismo. Toda la familia alzó la vista a su nuevo hogar.
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Toda la ilusión de Nanoha Takamachi se disolvió al ver el tétrico caserón. Ningún miembro de la familia comentó sobre el pésimo estado del edificio.
“Necesita limpieza, una mano de pintura y un par de arreglos y estará como nueva” anunció con ánimo al fin el cabeza de familia después de un largo silencio.
La joven Nanoha, a sus nueve años, no acababa de convencerse.
A pesar de estar a la luz del radiante sol de la mañana, la casa era oscura y aterradora.
“Da miedo ¿eh?” le guiñó un ojo Kyouya, el mayor de los hermanos. Parecía gustarle el lugar.
“Vamos a verla por dentro” les propuso Miyuki, la mediana.
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Mientras los padres hablaban con los transportistas, Kyouya y Miyuki corrieron a ver el interior de su nuevo hogar.
Nanoha sin tantas prisas, les siguió observando la fachada, gastada, gris y vieja. Las ventanas eran grandes y numerosas, pero ni una quedaba intacta.
Nanoha se detuvo en seco cuando vislumbró una sombra en una de las ventanas del primer piso.
Retrocedió sin apartar los ojos de la ventana, en la que bailaba una cortina. La sombra se había movido.
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La maleza crujió bajo sus deportivas cuando se adentró en una parte del jardín. Andaba hacia atrás intentando averiguar qué era esa silueta que parecía humana.
Su corazón latía fuerte, en suspense.
“Chac” Su espalda chocó de repente con el tronco de un árbol.
“Craaaaaa” Nanoha volteó de un salto, asustada por el agudo chillido. Dos cuervos echaban al vuelo con enfado al ser molestados.
Llovieron unas cuantas plumas negras como el azabache.
Nanoha empiezó a sentir aprensión. Observó el anciano árbol, seco y desnudo, con sus ramas alzadas al cielo, como garras.
Parecía la mustia mano de un moribundo pidiéndole a dios.
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“¡Nanoha!” le gritaron sus padres para que no se extraviara.
La pequeña giró hacia sus padres, volvió a mirar la ventana, la extraña silueta ya no estaba.
“Nanoha, ven” volvieron a llamarla. No era necesario que le repitieran más. La pequeña corrió junto a los suyos.
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Al entrar en la casa, su boca se abrió asombrada. A pesar del polvo y las pequeñas grietas, las amplias habitaciones de aquella casa aún recordaban sus tiempos de gloria.
La decoración era antigua, pero elegante. “¿Habéis escogido ya cual queréis que sea vuestra habitación?” preguntó Momoko con una sonrisa.
“Esto es enorme. No sé con cual quedarme” respondió Miyuki desde lo alto de las escaleras. “Yo quiero ésta” se oyó la lejana voz de Kyouya por el interior del segundo piso.
“Y tú, Nanoha ¿Por qué no vas a investigar? Elige la que te guste más.” La animó cariñosamente la mujer. Shiro, el patriarca de los Takamachi le dió un empujoncito en la espalda como énfasis.
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Primero decidió pasear por el primer piso mientras sus padres guíaban a los hombres de la mudanza para entrar y colocar muebles.
La cocina parecía la de un restaurante, el salón principal listo para una recepción de al menos sesenta personas.
Nanoha parpadeó al ver la enorme lámpara araña colgada en el techo, tintineante y tan bella como amenazadora.
Toda la casa parecía sacada de una película.
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Descubrió la puerta que daba al sótano, Nanoha presionó el interruptor de la luz, pero ninguna bombilla respondió a la orden.
Estaba oscuro como la boca del lobo. La niña cerró la puerta y dió media vuelta.
“Cuidado” le advirtió uno de los trabajadores que lleva una caja cuando estuvo a punto de chocar con la niña.
“Eso va a la cocina” le indicó Momoko atareada.
Nanoha se apartó. Volvió a recorrer la primera planta y se detuvo en la acogedora y amplia recepción.
Dos hombres le cortaron el paso llevando entre bufidos un sofá. Al pasar, Nanoha fue hacia las escaleras.
En el más alto de los escalones vio a una niña de pelo dorado. Estaba parada ahí, en silencio, observando como por el pasillo pasaba una entusiasmada Miyuki llevando unas cajas con su nombre hacia el fondo, a su nueva habitación.
La rubia giró su cabeza y miró a Nanoha directamente. Nanoha enarcó las cejas. ¿Quién era esa chica?¿Qué hacía allí?
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Quizá era alguna vecina fisgona, aunque su expresión seria no parecía guardar mucha curiosidad.
Puede que fuera hija de alguno de los transportistas, aunque no la había visto antes.
La niña, que debía tener su misma edad, no apartó la mirada de la de Nanoha. La pequeña de los Takamachi subió un par de escalones y se detuvo.
Sintió que había algo raro en aquella muchacha. Sin contar que vestía una intimidante capa negra, con un forro rojo en su interior, a Nanoha le recordó la de los vampiros cinematográficos.
“Hola” saludó Nanoha a pesar de la extraña sensación que le transmitía la chica.
La rubia no contestó. Nanoha frunció levemente el ceño. Volvió a probar “Me llamo Nanoha Takamachi ¿y tú?”
No obtuvo reacción por parte de la chica de la capa. De hecho, la intrusa, ignorándola completamente, empezó a descender las escaleras.
La misteriosa niña le pasó de largo y Nanoha, intrigada, dio media vuelta sobre el escalón. Alzó su mano para tomar el hombro de la extraña niña antes de que se fuera, quería su atención.
“Ey” la avisó inclinándose para alcanzarla.
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La chica de la capa volteó la cabeza ligeramente abriendo sus ojos como platos, asombrada e incluso asustada.
La mano de Nanoha pasó justo a través de la chica, y tras su mano, le siguió el cuerpo. Al no encontrar nada sólido, Nanoha había calculado mal la distancia y perdió el equilibrio.
Cerró los ojos con fuerza mientras atravesaba el volátil espejismo de aquella rubia. Un helado torbellino de sensaciones e imágenes pasó por su cabeza.
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Miradas asustadas, iluminadas por un fugaz y rabioso relámpago.
-Rechazo-
Un desgarrador grito de agonía.
-Dolor-
El sonido del metal cortando el aire.
-Miedo-
Rojo sangre.
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El suelo se acercó; más bien fue ella la que se acercó al suelo. Aún aturdida, Nanoha sólo tuvo tiempo de anteponer sus manos frente a ella para frenar el golpe.
“Pof” se oyó el sordo sonido del pequeño cuerpo impactando contra el suelo y un leve gemido por parte de la niña.
“Nanoha” chilló la hermana mayor de la muchacha, corriendo a socorrerla.
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Nanoha tomó su mano derecha en su regazo, le dolía.
Se incorporó sentándose sobre sus talones y alzó sus incrédulos ojos hacia las escaleras.
No había ninguna chica con capa ahí.
“Nanoha ¿estás bien?” le preguntó Miyuki arrodillándose junto a su hermana. El resto de la familia no tardó en llegar y rodearla.
Aterrada por lo sucedido, la niña no contestó inmediatamente, su mente todavía intentaba comprender qué acababa de ocurrir. No lo había imaginado. Había una niña extraña ahí.
Pero no había rastro de ella. Se había volatilizado en la nada.
“Nanoha, cariño” susurró su madre afectuosamente. Por fin la niña reaccionó y apartó su turbada y asustada mirada de las escaleras.
Algunos de los hombres de la mudanza se acercaron también por si podían ayudar. Uno tras ver la hinchazón en la mano de la niña, les indicó cómo llegar a una clínica cercana.
Momoko tomó a Nanoha y decidió llevarla allá mientras el resto de la familia acababa de organizar los muebles.
Nadie vio esta vez a la oscura sombra que observaba, oculta en un rincón, cómo madre e hija salían de la casa.
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La clínica era un modesto local. Lo llevaba un risueño doctor de pelo cano y bigote. Cuando llegaron, estaba vacía, así que el facultativo les atendió de inmediato.
Después de tratarle la lesión y vendarle la muñeca, el hombre sonrió a Nanoha ofreciéndole un dulce por su valentía durante el proceso. Nanoha sonrió y aceptó el obsequio.
Mientras el doctor y Momoko hablaban de cosas de mayores, el hombre explicándole a la madre que por suerte la herida era una torcedura sin importancia, Nanoha paseó distraídamente por la sala de espera.
Saboreaba su caramelo debatiéndose en si explicar a su madre lo que había visto o no cuando se percató en las fotos enmarcadas en las paredes.
Habían fotos de mucha gente, de diferentes tiempos. Había fotos actuales, de colores vivos. Otras en blanco y negro, e incluso en sepia. Eran retratos de la gente de aquel lugar.
Diferentes generaciones inmortalizadas en papel.
En una de ellas, Nanoha reconoció una silueta familiar. Era ella.
Su nueva casa.
El caserón se diferenciaba claramente al fondo de una familia sonriendo a la cámara. Estaba magnífica, esplendorosa incluso. Aún así seguía emanando esa trágica atmósfera. Sombría y triste a la vez.
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“Ah, la casa encantada” susurró una voz a sus espaldas. Nanoha dio un respingo y giró sobre sus talones.
“Perdona, no quería asustarte” le sonrió una jovencita rubia de media melena. “Soy Shamal” se presentó la mayor, debía tener unos veinte años, pero su sonrisa risueña parecía más joven.
“Yo me llamo Nanoha” tomó con su mano sana la que Shamal le ofrecía y la zarandeó educadamente.
“Eres nueva por aquí ¿verdad? No te había visto antes” dijo la rubia sin mucho preámbulo. Se la veía una chica curiosa e inquieta.
“Sí, acabamos de mudarnos a la mansión Yagami” informó la niña. Al oír esto, Shamal perdió su entusiasmo por un momento.
Con mirada seria, la rubia ojeó a Nanoha. La miró de arriba abajo, deteniéndose en el brazo lastimado de la niña. “Ya veo” murmuró con tono seco.
Agachándose levemente para hablarle a la niña a su nivel, Shamal le dedicó una mirada de preocupación. “Ten cuidado, Nanoha. En esa casa...”
“Shamal” interrumpió el doctor acercándose a ellas junto a la madre de Nanoha. “¿No deberías estar estudiando?” le regañó el hombre.
La joven se irguió encarándolo y volvió a sonreír, retomando su actitud animosa del principio. La conversación que estaba apunto de tener con la nueva inquilina de la mansión maldita del pueblo, aparcada por el momento.
“Sí. Ahora voy, tío” anunció Shamal. Se giró para despedirse de Nanoha. Su semblante se tensó por un momento, cómo si debatiera en contarle a la niña un secreto. “Hasta otra, pequeña. Sé prudente” le dijo al fin y se marchó.
“Hasta otra, doctor. Muchas gracias” hizo una reverencia Momoko y empujando levemente a Nanoha se la llevó de la clínica de la misma forma que la había llevado ahí.
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La pequeña Nanoha siguió dándole vueltas a todos aquellos extraños sucesos. Lo que único que tenía claro es que pasaba algo raro con su nueva casa.
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Cuando llegaron, los muebles estaban colocados, algunos trabajadores estaban reparando algunos desperfectso e instalando ventanas nuevas. Poco a poco la casa parecía tomar una nueva y mejor apariencia.
Nanoha siguió inusitadamente callada.
A causa de su pequeño traspiés en las escaleras y su consecuente torcedura, sus familia había insistido en que no hiciera nada por hoy para no forzarse.
Pero Nanoha no podía quedarse quieta sin hacer nada mientras los demás trabajaban y se esforzaban por tener limpia la casa para cuando acabase el día.
Se dedicó a deambular por la casa, muy despacio, mirando cada rincón. Buscando algo, aunque no sabia qué.
No encontró nadafuera de lo común, pero en ocasiones, giraba su cabeza para mirar tras de ella, a un lado, en las esquinas. Alguien, algo, la observaba.
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El sol empezó a ponerse y Shiro empezó a encender las nuevas luces alógenas que habían instalado. Iluminaban con notable claridad.
A medida que las horas pasaban y las tareas importantes se acababan, los trabajadores que habían estado deambulando y ocupándose de algunos arreglos, se marcharon.
Al ocaso la familia estaba sola en su nuevo hogar. Cenaron ligero, y cansados se fueron a la cama. Aún les quedaba trabajo para el día siguiente.
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Nanoha no quería quedarse sola en una habitación desconocida. No en aquel lugar. Pero tampoco quería preocupar a su familia o que creyeran que era una cobarde.
Kyouya ya la atormentaba suficiente bromeando con ella sobre historias de fantasmas. Así pues, la niña dio las buenas noches con una alegre y valiente sonrisa.
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Mientras cada miembro de la familia se dirigía a sus nuevos cuartos, la niña corrió a la cocina. Apenas tenían lo básico, pero por suerte, había lo que Nanoha necesitaba.
Armada con tres cabezas de ajo, volvió a su habitación, se sentó sobre la cama, vigilante, y esperó. Esperó largo tiempo con inquietud. Estaba asustada y nerviosa a pesar de querer negarlo.
No pasó nada. La recién estrenada lucecita en la mesita de noche iluminó la misma queda y aburrida habitación durante más de media hora.
Los párpados de la niña empezaron a pesar y su cabeza ladeaba levemente. Dos veces estuvo a punto de quedarse dormida.
La bombilla parpadeó por un instante y Nanoha obligó a su cabeza a erguirse, alarmada. Abriendo los ojos de par en par miró con atención cada rincón de la habitación.
“Sé que estás ahí. Sal” murmuró pretendiendo no tener miedo. Sin embargo apretó con fuerza los ajos en su mano.
No ocurrió nada y la niña pensó que quizá fuese su imaginación. Pero de repente distinguió movimiento al lado del armario, entre las cajas aún embaladas que descansaban en su habitación guardando ropa y juguetes.
“No te tengo miedo” comentó en voz alta pero con voz débil. No sabía si la frase era para informar al ente o para animarse a sí misma.
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De repente, pero con movimientos suaves y elegantes, la negrura que parecía la sombra del armario avanzó. Nanoha pronto distinguió los rubios mechones de pelo y el pálido y fino rostro.
Unos ojos rojos brillaban en la penumbra mirándola con fijeza. La niña etérea sólo había dado un paso y tras descubrirse se quedó inmóvil esperando la reacción de Nanoha.
La nueva inquilina de la casa se sorprendió al volver a ver a la muchacha de la capa negra. Se alegró de saber que no había sido una alucinación, pero temía que iba a pasar ahora.
Tras los primeros segundos de estupefacción y admirativa observación, Nanoha reaccionó mostrando con rostro serio sus cabezas de ajo.
Las blandió como armas contra la rubia que ni se inmutó por el extravagante comportamiento de la chica.
Aquellos exóticos ojos inhumanos apenas repararon en las hortalizas, miraban directamente a los de Nanoha, incomodando a la niña con su intensidad carmesí.
El fantasma siguió mirándola cómo si viera por primera vez un ser humano, cómo si intentara descifrar algún misterio.
Finalmente, la rubia separó sus labios “Puedes verme” dijo simplemente. No era una pregunta, era una afirmación suave que llevaba consigo un tenue atisbo de incredulidad y asombro.
NA: Aquí está el primer capítulo. Se descubre quien es el fantasma y quien la mortal :D Muchisimas gracias a los que votasteis (kunaby, Sunako-san, KidaLuna,Syaoran Li Clow, MajorMikePowell III, xeonice, BlackRosee, Mish1 y BPHaru..espero no olvidar a nadie ) , estuvo la cosa reñida, pero finalmente Fate se ganó el puesto de eterno fallecido. Si hubiese sido Nanoha, la historia hubiera variado, si os interesa saber como decidmelo y os hago un resumen;)
Pues eso, que aunque extraño, el fic ya esta en marcha. Dejadme review para saber que opinais, si se puede mejorar, o lo que sea.
A los anónimos de:
gore: Bueno, no sé que impresión te dejó este primer capítulo, pero te advierto que habrá giros argumentales, estás sobreaviso, porque ni yo misma sé cómo va a ser esta historia. De momento empezó algo tétrica. Eso me pasa por escribirla escuchando música de terror ^^;
sumat20: A ver que opinas. Si te parecía interesante, aquí tienes otro capítulo en el que ya sucede algo. Nanoha acaba de llegar a su nueva casa y ya ha sufrido un accidente. Espero que Fate no sea un fantasma vengador ni nada :DGracias por el review.