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Capítulo IV
Luego de -hasta cierto punto- pasar un día agotador, lo último que Legolas esperaba al regresar de su pequeña campaña contra los ladrones, era encontrarse con los reproches del rey de Gondor. Se había asegurado de dejar el cargamento de mithril en las manos correspondientes, así que una vez hecho eso, se encaminó hacia el palacio, mas apenas había llegado, con el anochecer ya caído, cuando Aragorn -quien estaba en compañía de Faramir, su inseparable consejero- nada más de verlo, pareció abalanzarse cubriéndolo de reprimendas, lo que le hizo recordar vagamente los regaños que Gandalf solía darle a Pippin o Merry cuando cualquiera de los dos hacía alguna travesura.
- Aragorn -dijo, cuando pudo tener la oportunidad de defenderse- Me parece que no es para tanto. Estoy bien, los ladrones ya han sido apresados y el mithril fue recuperado, todo fue más sencillo de lo que imaginas.
- Sí, pero pudo no serlo, Legolas -respondió el hombre contrariado- Pudiste necesitar refuerzos o salir gravemente herido.
- No imagines cosas que no son. Salí perfectamente bien, no fue más que una escaramuza de niños para mí.
- Oh, entonces ¿Qué significa eso que tienes en el brazo?
El príncipe llevó su mirada hacia donde Aragorn señalaba, topándose con un corte que se extendía por el costado de su brazo izquierdo, que había desgarrado la ropa y claramente dañado la piel, pues se notaba además la sangre seca que la cubría.
- Una ridiculez -dijo, con un tono completamente desinteresado- En medio de la pelea una de sus flechas me alcanzó, pero como puedes ver, apenas y se trató de un pequeño rasguño.
Pero la mueca en el rostro de Elessar estaba muy lejos de estar conforme.
- Se me ha dicho que las flechas que usaban esos sujetos estaban envenenadas, muchos de los hombres que se enfrentaron a ellos, están en las Casas de Curación por intoxicación.
- Bien, es cierto -aceptó el rubio- Pero para mí es apenas un veneno notable, no me pasara nada y estaré perfectamente para el día de mañana.
- De eso nada, tú te vienes conmigo ahora mismo.
- ¿A dónde?
- Vamos a curar esa herida -respondió impasiblemente el ojiverde- Es lo menos que puedo hacer por ti.
- Te he dicho que me encuentro bien.
-Lo creeré cuando me encargue yo de eso.
Por el tono de voz usado, y la determinación que se encontraba en los ojos del soberano, era muy claro que no importaban cuantas negativas se le dieran, pues insistiría lo necesario para salirse con la suya. Y ciertamente lo hizo, pues Legolas no tuvo más opción que terminar cediendo, pues lo que menos deseaba era que el rey se llevase un disgusto con él por tan poca cosa.
Con resignación, el elfo se despidió de Faramir y obedientemente siguió al empecinado Strider, hasta un lugar al cual no había accedido antes, a pesar de tener prácticamente el permiso para entrar en cualquier parte del palacio. Era nada más y nada menos que la Habitación del Rey. Aragorn entonces le hizo sentar en un largo sillón revestido de exquisitas telas, mientras que él preparaba las cosas que necesitaba, y que le aclaró, que como todo buen sanador, tenía todo tipo de instrumentos con fines médicos en su alcoba.
Así, mientras el rey limpiaba la herida, Legolas se tomó ese tiempo para pasear su vista por todo el lugar. Los marcos de las ventanas eran de un color plateado, mientras que las finas cortinas que hondeaban suavemente con la brisa nocturna, eran rojas. Había bastantes velas puestas en bellos candelabros por toda la habitación, alumbrando perfectamente. La cama era enorme, coronada por un dosel, los postes cuyo color era el dorado, estaban preciosamente tallados con diversas figuras, y los cortinajes que rodeaban la cama, eran rojos también, como muchas cosas más que se encontraban en la estancia.
- Esto ya esta -exclamó Aragorn, al terminar de ajustar el vendaje colocado- Y es un perfecto trabajo, debo agregar.
- Seguro, un simple rasguñito curado y crees tener las capacidades de Lord Elrond.
El edain le dio una mirada de indignación fingida, mientras que Legolas se limitaba a perder sus ojos azules a su alrededor, poniéndose finalmente de pie.
- Es una habitación bastante fastuosa -reveló- Digna de un rey.
El hombre suspiro con cansancio, denotando con eso que no apoyaba del todo la idea.
-La han decorado así para mí... no es que realmente yo esté de acuerdo con todos estos lujos -se encogió de hombros- Son demasiados.
- Eres el rey, Estel -replicó, acercándose lentamente hacia una de las ventanas que se encontraban abiertas-.
- Sí, y ya me estoy cansando de que todo mundo tenga la afición de recordármelo cada vez que se les presenta la oportunidad.
- Lo que sucede es que cada vez que a ti se te presenta la oportunidad, lo olvidas.
Aragorn gruñó algo entre dientes, pero no dijo nada más, permitiendo que el elfo recorriese la gran estancia, deteniendo en ocasiones su atención en algún objeto que le pareciese peculiar.
Un largo suspiro escapó de la boca del monarca, al tiempo que sin ceremonia alguna, se sacaba la corona dejándola a un lado en el sillón en el que estaba sentado, y sacudiendo después enérgicamente sus cabellos negros con ambas manos, hasta que finalmente, quedaron lo suficientemente desordenados-arreglados para su gusto personal.
- Estoy pensando seriamente en dejar de usar la corona -comentó casi al aire-.
Al instante, los ojos sorprendidos de Legolas se incrustaron en su persona.
- ¿Quieres dejar de ser rey? -y había un tono asombrado en su voz-.
Ante tan sincera muestra de sorpresa por parte del príncipe, el hombre no pudo hacer otra cosa más que comenzar a reír gustosamente.
- No, no -dijo, parando su risa- No, me has malentendido, no es que desee abandonar el cargo de rey. Me refiero únicamente a ya no usar la corona todos los días... es pesada y me es incómoda.
Legolas ahora fue quien rió, aunque por lo bajo, tanto de su interpretación, como de las palabras de Aragorn que habían sido acompañadas de un gesto sobre su cabeza, que trataba de expresar la situación.
- Lamento decírtelo, pero es obligación de un rey portar su corona siempre y ante todos los demás.
- Quizás pueda crear una ley respecto a eso.
- Sería una ofensa a las costumbres de la realeza, incluso yo tengo que portar una corona cuando estoy en Mirkwood, al igual que mis padres. Aunque, las coronas élficas son más sencillas y ligeras de llevar.
- Esa podría ser una solución.
- ¿Cuál?
- Pues... -arqueó ambas cejas, tratando de darle énfasis a sus palabras- Cambiar la corona por una de estilo élfico, sería lógico, pues pase mi infancia entre elfos.
- En ese caso, únicamente ofenderías a la realeza de Gondor, dudo mucho que a tu gente le agrade que hagas tal cosa.
- Bien, entonces no me queda más que sufrir mi destino ¿No es así?
- Exactamente, es así como se habla.
- Tu humor se ha vuelto tan primoroso como el del buen Gimli.
- Algo debía de aprenderle a nuestro temperamental amigo... y definitivamente, no iba a ser lanzar hachazos por aquí y por allá.
- Sí eso has aprendido de Gimli, creo que lo mejor es no saber que has aprendido de mí.
- Tienes razón, no querrás saberlo.
Los dos se sonrieron con el buen humor que los tiempos de paz habían traído consigo, y que, a pesar del tedio que pudiese llegar a hacer mella en ellos, aun así, hasta ahora no había sido capaz de menguar aquella chispa de alegría que anidaba en los corazones de aquellos que se habían aventurado en la peligrosa misión para deshacerse del Anillo Único.
- Han sido cosas buenas, Aragorn, no lo dudes -dijo, queriendo aclararlo a pesar de la broma- Eres el más excepcional de los hombres que conozco, capaz de hacer que el atroz concepto que tienen muchos elfos sobre los humanos, sea completamente erróneo.
- No creo que yo sea tan excepcional -soltó, suspirando mientras que repentina e inesperadamente, sus ojos parecían adquirir una apariencia opaca- Si fuese tan grande como dices, quizás Arwen no se habría enamorado de alguien más.
Con sorpresa, Legolas entreabrió los labios con la intención de decir algo, pero ningún sonido salió de ellos.
La pesadumbre que se posó sobre el rey fue tan clara que el elfo pudo notarla a la perfección.
El tema de Arwen no se tocaba. Nunca. Al menos esa parecía haber sido la regla que se instaló entre todos los miembros de la Comunidad del Anillo, que permanecieron viviendo en Minas Tirith por el mismo motivo del que no hablaban. La desdicha de Aragorn era tan notable, que todos decidieron jamás tocar aquel tema tan delicado, ya que ni siquiera el mismo rey pronunciaba el nombre de la bella hija de Elrond, como si el hacerlo, provocara un dolor insoportable, y quizás, así había sido.
Mas, a pesar de la pena que ahora cubría a Aragorn, el eldar era capaz de notar que iba acompañada también de un inconfundible paño de resignación, que se notaba en las facciones -súbitamente cansadas- del rostro del pelinegro.
Cerrando los ojos durante unos momentos, tratando de aclararse a si mismo, Legolas volvió a abrirlos, enfocando esta vez su mirada azulina sobre su entristecido amigo.
- La grandeza no tiene nada que ver... el amor se manda a si mismo, y no hay cosas que puedan obligarlo a presentarse -comenzó, con un tono de barítono bastante suave- Puede ser que la persona que haya atrapado el amor de Arwen no sea ni la mitad de gloriosa que tú, pero, eso no fue decisión de ella, sino de su corazón. Y, lo que ahora debes de hacer, es quererla, por el sentimiento sincero que en su momento te entregó... quererla como si llevara tu propia sangre, y dejar que poco a poco el amor que tienes por ella vaya disminuyendo hasta que deje de doler.
De alguna forma, Aragorn pareció encontrar aquello bastante divertido, porque se rió sin alegría, y sonrió sin entusiasmo.
- Mellon nin, hermosas son tus palabras, pero temo que debo declinarlas... ¿Qué podría saber de desamores alguien perfecto y hermoso como tú?, mi angustia esta alejada de todo aquello que hubieses podido leer o escuchar en canciones.
Legolas entonces sonrió, aproximándose hacia donde se encontraba el hombre, tomando asiento nuevamente frente a él, como cuando le estaba curando la efímera herida en su brazo.
Sus ojos azules se movieron examinando pausadamente el rostro del rey, y pronto, una expresión dotada de ternura agració aun más sus facciones.
- Puedo saber lo suficiente -dijo entonces, con la misma suavidad de antes- Ya que hace mucho tiempo, mucho antes de que siquiera tú hubieses nacido o tu padre, yo también amé y perdí.
La revelación consiguió que el semblante sombrío de Aragorn cambiase abruptamente, y ahora fuese un mohín de completa admiración lo que adornase su rostro.
- ¿Cómo? -articuló- ¿Tú, Legolas? ¿Cómo podría haberte pasado eso? ¿Murió?
El príncipe negó pacientemente con la cabeza, mientras que la sonrisa permanecía imperturbable en sus labios.
- No murió -aclaró-.
- Entonces... -Aragorn paró a mitad de lo que pensaba, tratando de reordenar sus ideas- ¿Nunca le dijiste?
- Estoy seguro de que lo sabía muy bien.
Pero la expresión de confusión completa en el rostro del exmontaraz no mejoró, haciendo que Legolas le mirase de la misma forma en la cual una madre miraría a su ingenuo hijo cuando no entendiese algo.
- Te contaré, Estel -decidió finalmente- Era la elfa más hermosa que hubiese visto a mis pocos años, aun ahora, pienso que era uno de los seres más bellos de toda Arda, incluso más que la Dama Galadriel, sin afán alguno de ofenderla. Pero su gran hermosura también era interior... todo en ella era de la más inalcanzable perfección, como un regalo de los Valar. Yo solía contentarme únicamente con mirarla de lejos y adorarle en silencio. Tuve muchas oportunidades para hablar con ella, de ser su compañía, de disfrutar incluso de la gentileza de sus sonrisas. Ella sabía más de la vida que yo y de igual forma, le fue fácil adivinar aquellos sentimientos que le profesaba, que día con día se hacían más latentes en mí, pero... los rechazó, sin siquiera usar palabras en realidad. Aunque yo lo entendí.
Aragorn escuchaba con atención, como si de un cuento bastante antiguo y lejano le estuviese siendo revelado, e, indudablemente, de alguna manera, eso era lo que estaba sucediendo.
- Cuando eso pasó -continuó- No deseché ese amor, porque no podía... incluso cuando ella escogió a otro para compartir su felicidad, aún entonces, yo sabía que no era capaz de borrarla de mis pensamientos, por más que me doliera cada parte de mí, incluso aunque eso pudiera causarme la muerte.
Los ojos del hombre se entrecerraron, con un ligero aire analítico, para después clavarse en los de Legolas, que aguardaba pacientemente a cada una de sus acciones.
- Los elfos mueren de pena -dijo algo que era muy bien sabido- ... ¿Tú dolor se hizo más ligero y te permitió vivir?
- De cierta forma -enderezó un poco su postura- Cuando algo como esto sucede, los elfos únicamente tenemos dos salidas. Morir de tristeza o vivir por alegría.
- Creo que no alcanzo a comprender -expresó sinceramente-.
- Se dice, Aragorn, que cuando la persona amada es feliz, tú debes compartir esa felicidad aunque no seas responsable ni participe de ella. Es duro, no hay duda, pero debes hacer todo lo posible para que la alegría de quien amas se vuelva la tuya, solamente por la dicha de verle con bien es que debes de tomar fuerzas para seguir tu camino.
El silencio cayó en la Habitación Real, sin embargo en el aire aun parecía flotar la voz de Legolas, que hacía un tranquilo murmullo en los pensamientos que comenzaban a reunirse en la cabeza de Elessar. Cada palabra y cada frase se entrelazaban, dándole nuevas perspectivas y anidando en su mente tanto preguntas como respuestas.
Con un inaudible suspiro, Aragorn observó a su compañero apenas unos segundos, antes de romper el silencio apaciguado que los envolvía.
- Hablas de ella con mucha devoción -indicó- ¿Sientes todavía ese amor?
Por respuesta inmediata, Legolas negó con la cabeza.
- Hace mucho tiempo que ese amor se fue, mis palabras son únicamente un fiel reflejo a los sentimientos que por ella tuve.
- Sin embargo... -Aragorn hizo una pausa- Nuestra situación puede asemejarse hasta cierto punto, pero no es igual. Legolas, a ti jamás te dieron promesas, ni te colmaron de palabras de amor, ni mucho menos, te hicieron crearte la ilusión de una vida al lado de la persona que amas. Tu dolor no es el mismo que el mío, tú ya tenías el conocimiento de que tu cariño no era correspondido, en cambio yo, creía tan firmemente que sí, que pude haber apostado mi vida y la de todos mis camaradas por ello.
- Jamás he dicho que nuestros pesares sean los mismos -aclaró sosegadamente, sin inmutarse ni un poco a pesar de ver cierta acusación en la mirada del rey- Ningún amor puede ser comparado ni igualado con otro, y lo mismo sucede con los sinsabores provocados por esos amores. Puedo comprender tu pena hasta cierto grado, no soy ajeno a los sentimientos tan dolientes que te rodean, y sé también que la única forma de puedas liberarte de ellos no es otra sino dejarlos ir.
- ¿Cómo? -si su voz hubiese sido pronunciada con más fuerza, se hubiese convertido en reproche- ¿Cómo podría olvidar este amor tan infructífero y desdichado?
Legolas se puso de pie tan súbitamente, que causó un breve sobresalto en el edain, que lo observó con una mezcla de vulnerabilidad y abatimiento.
Inclinándose un tanto, el elfo colocó sin mucha fuerza una de sus manos sobre el hombro derecho del rey, atreviéndose apenas a darle un apretón ligero.
- Siempre que haya un hueco en tu vida, llénalo de amor -la voz de Legolas le llegó fuerte y clara, como el sonido de las olas en el mar- No pienses, sufriré. No pienses, me engañaran. No pienses, dudaré. Ve simplemente, diáfanamente, regocijadamente, en busca del amor. ¿Qué índole de amor? No importa ¡Todo amor esta lleno de excelencia y nobleza!
La mano blanca del eldar abandonó su posición, al mismo tiempo que Legolas se arrodillaba, quedando en cuclillas, mirando ahora hacia arriba para encontrarse con los ojos del rey.
- Ama todo lo que puedas, ama a quien puedas, pero ¡Ama siempre! No te preocupes de la finalidad de tu amor, el amor lleva en sí mismo su finalidad -y esta vez, su mano se posó sobre la rodilla del soberano, tocándole también apenas- Y recuerda bien, Aragorn... No te juzgues incompleto porque no responden a tus ternuras, el amor lleva en sí su propia plenitud.
Finalmente, Legolas volvió a ponerse de pie, ante la mirada absorta que le dedicaba en ese momento el soberano.
- Siempre que haya un hueco en tu vida -repitió, con una sonrisa cándida delineándose apenas en sus labios- Llénalo de amor.*
El príncipe se quedó unos momentos contemplando al rey, permaneciendo en quietud en aquella callada observación. Sin embargo, cuando lo juzgó adecuado, ando en dirección a la salida, con toda la intención de abandonar el lugar.
- Te deseo muy buena noche, Estel -dijo conforme se marchaba-.
Finalmente llegó hasta la puerta, abriéndola con especial cuidado y cerrándola tras de él de igual forma, dejando al edain en completa soledad, con sus cavilaciones.
El tiempo pasó, haciendo que la noche avanzara más, dejando que la luna se posara como absoluta reina en el cielo ennegrecido, manchado de estrellas. Para el momento en el que Aragorn salió de su ensimismamiento personal, seguramente ya todos debían de estar durmiendo en el reino. Con expresión ausente y de forma silenciosa, el ojiverde mudó sus indumentarias por ropas de cama, y después, apagando las velas una a una, dejó todo en oscuridad. Terminó yéndose a la cama, refugiándose bajo finas sabanas y mullidas almohadas.
Y esa noche, luego de mucho tiempo, se durmió con una sonrisa embelleciendo su rostro.
AřağøŗŋxLeğσļaş AřağøŗŋxLeğσļaş AřağøŗŋxLeğσļaş AřağøŗŋxLeğσļaş
Con franqueza, Faramir se sentía completamente inundado por la curiosidad, lleno de una intriga de la cual no podía deshacerse por más que tratara de pensar en otras cosas.
Y no era para menos, pues el rey se encontraba de un misterioso humor inmejorable.
A primera hora de la mañana, habían tenido una junta con el Consejo, así que el senescal se esperaba que Aragorn se presentara dando una muy mala cara, sin embargo, contrariamente a todo eso, el gobernante hizo acto de presencia mostrándose tan fresco como la mañana misma. La junta fue larga y un tanto tediosa en algunas partes, pero ni eso consiguió que el soberano apartara la expresión placida de su rostro.
Ahora finalizada la reunión, Faramir caminaba a su lado por el último piso del palacio, mientras le daba un recuento de las cosas que tenían de reserva en la Armería principal. Aragorn continuaba ostentando aquella aura armoniosa que daba la impresión de darle tanta paz a su figura.
Justo cuando pasaban frente al Campo de Práctica que el rey hacía muy poco había terminado de adecuar -principalmente para su propio uso-, Elessar se detuvo, aproximándose a la baranda de piedra, cuyos pilares habían sido tallados de forma bastante artística. Una vez que se encontró junto a ella, situó su mano derecha sobre la fría piedra, clavando sus ojos al frente, más, su mirada se ubicaba hacia abajo en un punto en especial. Faramir, intrigado, se instaló junto a él, buscando también con la vista aquello que había capturado la atención de su rey. No fue difícil que encontrar dicha cosa, ya que era bastante notorio que Aragorn estaba mirando a la única persona presente en el Campo de Entrenamiento, que no era nadie más salvo el mismo Príncipe Legolas, que en aquellos instantes, practicaba con su arco, lanzando fechas que daban sin excepción alguna siempre en el blanco. A pesar de la altura y la distancia en la que estaban ellos dos, aun así eran capaces de apreciar bastante bien la forma en la cual el elfo hacía gala de sus habilidades.
Fue entonces cuando el pelinegro hizo una pregunta que a parte de descolar un poco al senescal, terminó causándole más intriga referente hacia Aragorn.
- Faramir -le había llamado- ¿Cuáles son aquellas cosas que tú amas? -preguntó-.
Por unos segundos, Faramir fue incapaz de responder, pues no estaba muy seguro a que había venido aquella pregunta, sin embargo, la mirada del rey le decía claramente que estaba esperando por una respuesta.
- Pues... -comenzó el senescal, de una forma titubeante- Mi esposa -dijo al fin- El reino, el trabajo que hago a su servicio, Majestad, y el recuerdo de mis familiares que ya no se encuentran entre nosotros -finalizó-.
La gentileza en la sonrisa que le mostró Aragorn fue una que a pesar de todo, en contadas ocasiones Faramir había sido capaz de ver.
- Ama todo lo que puedas, amas a quien puedas, pero ama siempre -pareció recitar, con un tono tan solemne como para presentarse ante el propio Consejo- Eres afortunado, Faramir.
En ese momento, el pobre consejero comenzaba ya a cuestionar acerca de la salud del rey, o si es que por alguna razón, se había encontrado alguna especie de pócima revitalizadora o semejantes.
- Ya lo creo, mi Rey -optó por responderle, pese a sus propios pensamientos- También tú lo eres, Aragorn, que lo sepas siempre.
Aragorn no le respondió, limitándose únicamente a observar como Legolas lanzaba tres flechas al mismo tiempo, acertando la primera en el centro, y las otras dos con habilidad, una arriba y otra abajo.
Y entonces, sonrió otra vez.
- Sí, tienes razón -contestó al fin- Lo soy.
Faramir no alcanzaba a comprender -y temía que si seguía mortificándose por encontrar la respuesta, comenzaría a dolerle la cabeza-, así que no tuvo más opción que la de permanecer en silencio al lado del monarca, y así los dos fueron testigos, una vez más, de la gran capacidad que el elfo de Mirkwood tenía con aquel arco que en sus manos, parecía ser una bendición de destreza.
Continuara...
Primero que nada, comenzare con aclarar cosas:
* Las letras en cursiva para nada provienen de mí, en realidad es un ¿Poema? ¿Escrito? (es que siempre he tenido problemas para clasificarlo) cuyo nombre siempre se toma popularmente por del “Llénalo de Amor”, de Amado Nervo -gran poeta mexicano, que vivió entre finales de los mil ochocientos y principios de los mil novecientos-. Francamente, desde que lo leí la primera vez, me ha parecido quizás el mejor escrito que ha pasado frente a mis ojos. Siempre tuve la inquietud de poder usarlo en alguna de mis historias, pero ninguna se prestaba para eso XD al menos hasta ahora.
Ok, ahora, respecto al capitulo... ¡No sé!, no pregunten, simplemente esta cosa rara salió de mi dañada cabecita 9.9 (culpen a que no he comido). Bien, no hay nada más que decir, salvo que me retiro, agradeciendo mucho sus opiniones. ¡Espero encontrarnos en el siguiente capitulo!
.:¤°—— .ČeĻeŋ Marΐŋaİđεŋ. “El amor es una comedia en la que los actos son muy cortos y los entre actos larguísimos...” ——°¤:.