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Nota: la historia se basa vagamente en lo que se cuenta del pasado de Stella Bonasera en el capítulo 5.24 "Grounds for Deception" de CSI:NY. No es necesario haberlo visto para entender nada, se puede considerar este relato como un simple universo alternativo sin más, pero en cierto modo, el universo alternativo surge de ahí.
Disclaimer ridículo: si tuviera algún derecho sobre CSI:NY, anda que iba a estar yo aquí.
Mac observaba embelesado el techo de aquella sala de espera donde confluían y se entrecruzaban varios pasillos. A simple vista le parecía una elipse sin demasiada excentricidad, prácticamente una circunferencia en cuya parte superior cabía casi todo el Olimpo, o así lo había deseado su pintor. Había tantos fragmentos de mitología griega que Mac se maravillaba al ver la maestría de los trazos y cómo su autor había podido plasmar tanto en tan poco sin que el resultado fuese una mezcla abigarrada y sin sentido.
La escena que más cómoda resultaba desde su ángulo y también la que le parecía más llamativa sin que pudiera explicar por qué era esa en que Dafne, huyendo de la insistencia de Apolo, se transformaba en laurel. El artista había sabido retratar la agonía en las facciones en plena metamorfosis de la joven, parte de cuyo cuerpo ya tenía forma de árbol, así como el dolor y la frustración del dios que la pretendía. Resultaba perturbador y atrayente hasta límites que ni él mismo comprendía contemplar cómo los delicados pliegues sedosos del vestido se estaban convirtiendo en incipientes raíces.
Se dijo que Dafne y Apolo le recordaban a una pareja que conocía bien, la suya con Claire. Se observó los dedos desnudos, desprovistos ya de alianza y suspiró. Claire no se había transformado en laurel, sino que había puesto tierra y abogados de por medio. Tenía razón cuando le echaba en cara la enorme carga de trabajo que soportaba a diario o su incapacidad para desconectar y dedicarse a ella. Tenía toda la razón, pero Mac se dijo que no merecía ser tratado así por una mujer a la que prácticamente tuvo que esposar a la cama el 11 de septiembre de 2001 para que no fuese a trabajar con gastroenteritis, una gastroenteritis que terminaría por salvarle la vida.
—A veces creo que preferirías que me hubiese marchado a trabajar aquel día—le había echado en cara Claire durante su última conversación. Mac quedó sorprendido ante la mención, ambos habían acordado de manera tácita no hablar del tema—. Así guardarías un buen recuerdo de mí. Así no me odiarías.
Mac ni siquiera había tenido fuerzas para tacharla de injusta. Se alegraba de que Claire siguiese viva, por supuesto, pero no comprendía tanta hostilidad hacia él ni tanto deseo de perderle de vista, sobre todo desde que Reed, ese hijo que Claire había tenido antes de conocerle, hiciese acto de aparición en sus vidas. Ahora madre e hijo compartían casa en Queens y, por lo que Mac sabía, tenían planes de mudarse a Tampa después del verano.
Claire no había necesitado de la intervención divina para huir de él. Se había marchado sola. Sin embargo, no podía evitar ver las caras de ambos superpuestas sobre aquella pintura que se dijo quedaría grabada en su retina durante mucho tiempo. Ojalá pudiera encontrar al pintor y poder costearse sus honorarios.
—¿Inspector Taylor?
El hombre que se le acercaba era un tipo de pelo corto y rizado, traje de chaqueta y una nariz mucho menos griega de lo que le habría gustado. Como si quisiera resaltarla, caminaba con la cabeza ligeramente alzada y echada hacia atrás. Mac le estrechó la mano y se fijó en sus gemelos en forma de antiguas monedas etruscas.
—¿Profesor Papakota?
—Oh, no. Soy Steven Papadopoulos, su ayudante. El profesor Papakota se encuentra fuera de la ciudad en una conferencia, ya se lo dije a su subalterno por teléfono. Dígame, ¿de qué se trata?
—Solicité la ayuda del profesor en un caso con el que guardan relación ciertas antigüedades griegas. Esperaba que pudiera examinarlas y darme su opinión al respecto. Me contestó diciendo que, de no poder atenderme él, avisaría a alguien de su equipo para que lo hiciera.
Papadopoulos frunció ligeramente el ceño con actitud taciturna y asintió. Mac le observó y se dijo que había algo en él que no le gustaba. Ocultaba algo que, aunque tal vez legal, no era bueno. Probablemente tuviera que ver con su apariencia nunca lo bastante griega, con el hecho de que Papakota no le hubiese designado a él, el segundón, o quizá con la Dafne y el Apolo del dibujo, los cuales le estaba señalando en aquel momento.
—¿Le gustan?—preguntó Papadopoulos de improviso.
—Es un fresco muy hermoso—admitió Mac—, ¿quién lo pintó?
—Stella Argyros-Papakota, la hija del profesor. Lo pintó hace dos veranos viniendo día tras día de sol a sol sin casi ayuda. Tiene talento, ¿no cree?—Mac asintió—Cuando el profesor hablaba de algún miembro de su equipo, probablemente se referiría a ella. Ella y su padre son eminencias en su campo, los mejores expertos en el mundo. No es ningún secreto que, cuando su padre falte, ella heredará la cátedra junto con todo lo demás.
Conque de eso se trataba. Papadopoulos sentía celos de la hija del profesor, la cual era lo bastante buena en su especialidad como para no ser considerada una niñita de papá que ocupaba su puesto gracias al nepotismo. No solo eso, sino que además había decorado aquella sala con una maestría que Mac se dijo que Papadopoulos no parecía capaz de alcanzar jamás y, por si fuera poco, heredaría ese “todo lo demás” que parecía querer indicar negocios turbios.
—¿A qué se refiere con “todo lo demás”?
—A todo. La profesora Argyros-Papakota solo da clases en Columbia dos días a la semana aunque su salario no lo refleje. La mantienen en su puesto porque no pueden despedir a alguien como ella, pero cuando no trabaja aquí realiza otras actividades: peritaje, asesoramiento, restauración, conferencias, excavaciones… Incluso vende sus propias obras de arte y ella y su padre actúan de intermediarios que abastecen de antigüedades griegas las casas de subastas de este país.
—¿De manera fraudulenta?—Asqueado y sorprendido ante la sugerencia, Papadopoulos levantó las cejas y sacudió la cabeza de forma frenética.
—¡Por favor! Verá, el año pasado ya tuvieron que pasar una investigación a fondo cuando otro de los profesores de este departamento se vio envuelto en una red de contrabando en que estaban implicados algunos empleados de la embajada griega, incluso diplomáticos. Cuando la investigación concluyó, no solo se supo que los Papakota salían airosos, sino que se rumoreó que habían sido ellos quienes habían dado la voz de alarma, aunque nunca se les llamó a testificar más que como peritos de la acusación.
—¿Puedo preguntarle por qué la detesta tanto, entonces?
Papadopoulos intentó una mueca de descargo y un gesto que le restase importancia a la pregunta, incluso que la negase. Mac pensó que no le parecía simple envidia, sino algo más profundo, más enraizado y ponzoñoso aún. Dándole un segundo para continuar con su pantomima, alzó la vista al techo por enésima vez y se dijo que tal vez aquel Apolo y aquella Dafne habían hecho daño a más de uno y eran más reales de lo que Papadopoulos quisiera admitir.
—No la detesto—le corrigió Papadopoulos—, más bien todo lo contrario. Nos conocimos el primer día de clase y estuvimos juntos algunos años.
—Pero…—le animó Mac a continuar.
—¿Nunca ha amado a alguien del modo en que se ama a los dioses? Stella no era una mujer cualquiera, era Afrodita, Atenea, Artemisa… Todas juntas pero ninguna a la vez. No podía competir con ella, me eclipsaba, me anulaba hasta tal punto que no podía ni mirarla a los ojos. No me sentía digno de ella. Llegué a odiar que me besase, me distancié porque no soportaba tocarla, porque mi sitio debía estar a sus pies, haciéndole ofrendas, más que en su cama. La dejé el día en que leyó su tesis, justo después de que anunciaran su magna cum laude. ¿Y sabe qué es lo peor? Que ni siquiera pestañeó, que mientras yo me moría por dentro, ella seguía tratándome como si nada hubiera ocurrido, sin nostalgia, sin sufrimiento ninguno. Todavía hoy se comporta como si nunca hubiéramos estado juntos y no fuésemos más que dos compañeros de trabajo cualesquiera.
—Comprendo—dijo por meter baza antes de seguir oyendo más sinsentidos. Necesitaba cambiar de tema—. ¿Hoy es uno de esos días en que la profesora Argyros da clase aquí?
—Argyros-Papakota, si no le importa—respondió Papadopoulos con el mismo tono pedante y suficiente de toda la conversación—. Prefiere usar ambos apellidos juntos o solo el de su padre. Y no, me temo que hoy no da clase aquí, solamente viene los martes y los miércoles.
—¿Podría darme su número de teléfono?
—La llamaré yo y le preguntaré dónde pueden verse y a qué hora. Vive cerca de aquí, en el mismo Morningside Heights, a un par de calles, pero no recibe a casi nadie en su casa, probablemente le cite en algún café.
—Deme su número, prefiero encargarme personalmente, si no le importa—Papadopoulos alzó las cejas con altivez ante el tono de Mac mientras se sacaba el teléfono móvil del bolsillo y sacudió la cabeza.
—¿Habla usted griego?
—¿La profesora Papakota no habla inglés?
—No si puede evitarlo. Esta lengua de bárbaros nunca le ha gustado mucho aunque ella no la llame así por respeto, pero incluso sus clases son siempre en griego. Aunque, bueno, tratándose de un agente de policía que…
—Inspector.
—Como sea, viene a ser lo mismo. Tratándose de un inspector de policía que además no habla griego, puede que haga una excepción.
Cansado de lidiar con aquel tipo petulante y deseoso de marcharse de allí, Mac dejó a Papadopoulos salirse con la suya. Se centró en las pequeñas escenas del techo y su mente desconectó de la conversación en aquella lengua de la que sabía poco más que “ouzo” y “feta”. Además, la sangre de Jacinto volviéndose su flor homónima o el nacimiento de Atenea de la cabeza de Zeus le resultaban infinitamente más interesantes.
—Inspector Taylor—Le sacó de su pensamientos abruptamente cuando colgó—, la profesora Argyros-Papakota me ha anunciado que le recibirá con mucho gusto en su casa si puede acercarse ahora. Le indicaré cómo llegar.
Mac anotó mentalmente las indicaciones de Papadopoulos y constató que la casa se encontraba cerca de allí. Podría dirigirse al hogar de la profesora caminando, pero prefirió llevarse consigo el coche. No podía perder tiempo en volver a la carrera al aparcamiento de la universidad si recibía una llamada de emergencia. Se despidió con educación de Papadopoulos por mucho que no lo mereciera y condujo con tranquilidad deseando no volver a cruzarse con ese tipo en la vida. Solo esperaba que la esquiva profesora nada amiga del inglés no fuese ni la mitad de arrogante o que, si lo era, al menos tuviese contenidos con los que llenar su ego en lugar de mera presuntuosidad vacua. De todas maneras, se dijo, alguien capaz de crear un fresco como aquel tenía todo el derecho a sentirse por encima del común de los mortales.
La profesora era propietaria única de un edificio de tres plantas más sótano y jardín en el que vivía ella sola. Más que una casa en Manhattan, parecía un chalé arrancado de alguna zona residencial y trasplantado al corazón de Nueva York. La valla, alta y de aspecto engañosamente endeble, se encontraba coronada por cámaras de seguridad y escoltada por una tupida cortina vegetal que impedía ver nada de lo que hubiese al otro lado. Mac se detuvo ante la puerta de entrada, sin más indicación que el número de la calle, y pulsó el botón del portero automático, que también tenía cámara. Unos segundos más tarde, a la vista de que no había obtenido respuesta, colocó la placa ante la lente de la cámara. Inmediatamente se oyó el zumbido metálico del cierre al abrirse.
La quietud del jardín acentuaba la sensación de no pertenencia a Manhattan. Los árboles crecían altos, algunos de ellos con frutas de aspecto apetecible o flores que desprendían un leve perfume a campo, había una pajarera por la que asomaba un pájaro cantor, una hamaca, un balancín, una mesa de forja con sillas a juego y una pequeña fontana redonda con una ninfa. Mac caminó por el pequeño sendero de losetas que conducía a la entrada y antes de alcanzar la puerta, esta se abrió. Tras ella no estaban ni Afrodita, ni Atenea, ni Artemisa, sino todas a la vez y ninguna al mismo tiempo.
Stella Argyros-Papakota era una mujer alta y esbelta de rizos de miel, ojos verdes y piel de aceituna. Sus facciones y su atuendo parecían empeñados en no dejar la menor duda de su origen mediterráneo. Mac la examinó y se preguntó si aquel vestido largo y escotado propio de una sacerdotisa algo procaz, la joyería delicada pero antigua e insultantemente rica o los toques sutiles y acertados de maquillaje estarían allí por él, el extranjero en su tierra, o si aquel sería el modo de la profesora de presentarse siempre, de gritarle a todo el mundo que era griega y estaba orgullosa de ello.
—¿Inspector Taylor? Soy Stella Argyros-Papakota, encantada de conocerle—le saludó con un inglés teñido ligeramente por una sombra de griego tan suave como el colorete que maquillaba sus mejillas afiladas.
—Mucho gusto.
Mac estrechó su mano y la siguió cuando ella le hizo un gesto para que se sentase en una de las sillas de forja. Hacía un buen día, soleado y cálido, pero nada agobiante ni con un sol que picase al iluminar. Salvo que la profesora necesitase entrar en casa por algún motivo, él conversaría encantado con ella en el patio. Para demostrarle que, fuese griego o no, era ante todo un caballero, apartó una silla y le hizo un gesto a la profesora para que se sentase, pero ella sacudió la cabeza y colocó uno de sus brazos en jarras.
—¿Desea tomar algo? Estaba preparando café, iba a servirme uno.
—No, muchas gracias.
—¿Está seguro? Es café preparado al modo griego, ¿no lo ha probado nunca? Tiene un secreto.
—Está bien, póngame uno, si no es mucha molestia.
—En absoluto. Espéreme aquí, por favor.
Mac se recostó en su asiento y la observó marchar. Al levantar los pies vio que su calzado encajaba con el resto: sandalias planas de cuero con tiras entrecruzadas que ascendían por el tobillo. Con una sonrisa pícara se preguntó si también iría vestida así cuando pintaba los frescos y se dijo que, de ser así, más de uno se habría alegrado de pasar por debajo, igual que más de uno se alegraría al verla inclinarse para anotar algo sobre la mesa si llevaba esos escotes durante el desempeño de su labor como docente. La profesora era una mujer bellísima que se sabía hermosa y no se avergonzaba de mostrarlo sin ostentar.
Mac contemplaba la ninfa de la fontana, que vertía agua de su tinaja, cuando la profesora regresó portando dos tazas de café negro y humeante y una bandeja de pequeños bollitos de hojaldre y miel. Colocó una de las tazas ante Mac, la bandeja en el centro y se sentó frente a él con las piernas cruzadas a la altura del muslo. Mientras balanceaba la que quedaba arriba de forma distraída, Mac comprobó que las tiras de la sandalia subían hasta media pantorrilla.
—No se lo beba entero—le instruyó sacándole de sus pensamientos sobre sandalias y piernas interminables y bien torneadas—, tiene posos al fondo.
—¿Es una costumbre griega o es que la cafetera está rota?
La profesora sonrió ampliamente y terminó por reír con suavidad. A Mac le costaba sostenerle la mirada. Se sentía extraño, efervescente y lleno de vida como no lo había estado en mucho tiempo. Aquella mujer le ponía de buen humor, le hacía bromear y flirtear de un modo que ni con Claire había intentado. No era propio de él comportarse así, pero al mismo tiempo le resultaba tan natural con ella delante que pensó que lo único que importaba era lo agradable que le parecía y que debía disfrutar del momento de tonteo mientras durase.
—Costumbre griega, luego le explicaré por qué.
—De acuerdo. A propósito, ¿cómo debo llamarla? El señor Papadopoulos me pidió que utilizase sus dos apellidos o solo el último, no sé si…
—Stella está bien, no haga caso a Steven, siempre se pasa de formal y nunca ha sabido entender una broma. Llámeme Stella. Lo de “profesora Argyros-Papakota” lo dejo para la clase y las conferencias.
—De acuerdo, Stella. Contésteme a una cosa si no es indiscreción, ¿por qué tiene usted dos apellidos?
Se preguntó a sí mismo a qué había venido aquello. No le sobraba el tiempo, tenía mucho que hacer en el laboratorio y ya había estado demasiado tiempo fuera intentando localizar a alguien que le hablase de las monedas supuestamente atenienses que llevaba en el bolsillo. Lo último que le convenía era ponerse a escarbar en la historia de aquella mujer a la que, sin embargo, no podía dejar de mirar. Una cosa era bromear un poco con ella y su cafetera y otra muy distinta era indagar en su historia personal sin que viniera a cuento. Era mejor no abusar de su hospitalidad.
No obstante, no podía evitarlo. Se sentía como si hubiera vuelto a los quince años de pronto, fantaseando con las situaciones más subidas de tono y absurdas que su imaginación había producido en mucho tiempo. Era una suerte que aquella mirada inquisitiva no pudiese ver dentro de su alma. Aunque Mac sentía que sí, que los ojos verdes de Stella le estaban leyendo la mente y que en cualquier momento vería aquella taza de café con posos derramada sobre su entrepierna mientras le gritaba unos insultos en griego y le abofeteaba enérgicamente con esas manos nervudas.
En lugar de agredirle como se había temido, Stella abrió la boca para contarle su historia. Su madre, Eleni Argyros, era restauradora y amante de Christos Papakota, al cual conoció cuando ella, Stella Karina, ya tenía unos meses. Juntos se trasladaron a Nueva York con una oferta de Columbia bajo el brazo y allí se casaron y proyectaron una vida en común en la que darle más hermanitos a Stella. El día del segundo cumpleaños de Stella, una Eleni embarazada de un par de faltas tuvo un accidente de tráfico que acabó con su vida. Enterrada Eleni, Papakota decidió no marcharse de la Gran Manzana, sino adoptar a Stella, quien no tenía más familia. Al formalizarse la adopción, Papakota le dio a Stella su apellido sin quitarle el de su madre y resolvió criarla contándole de Eleni y hablándole de mitología todas las noches en lugar de leerle cuentos infantiles.
—A grandes rasgos eso es todo. Ya sabe por qué me llamo Stella Karina Argyros-Papakota.
—Stella no es un nombre muy griego.
—No me diga, Inspector Taylor.
—Mac, por favor.
—Mac. Stella viene del latín. Mi madre me lo puso porque vio una estrella fugaz caer del cielo y de pronto supo que estaba embarazada. Además, no solo de griego vive el hombre. Los romanos también son una cultura muy interesante, aunque no tanto. Nos copiaron todo lo que vale la pena, eran los estadounidenses del momento.
Mac sonrió con ironía y aceptó el pastelillo que le ofrecía Stella. Al probarlo, vio que iba relleno de pistachos. A Claire le habría encantado, aunque también habría protestado por lo terriblemente malo que algo así sería para su línea. Resultaba reconfortante ver a Stella tomarse otro baklava, como le explicó que se llamaban, y saborearlo con gusto y sin remordimientos. Mac se dijo que no comprendía por qué alguien así no llevaba anillos, cómo nadie se había fijado en una mujer hermosa, culta y fascinante como ella.
—Ahora comprendo la reacción de Papadopoulos cuando le he preguntado si no hablaba usted inglés. Lleva aquí toda su vida, ¿tanto odio nos tiene? ¿Qué le hemos hecho para que procure no hablar nuestro idioma?
—Para no hablarlo hasta el punto de tener algo de acento extranjero—añadió Stella con una sonrisa calmada—. No es nada concreto, solo un poco de rechazo chovinista para agarrarme a mis raíces y olvidarme de que ya no existen. Supongo que en Grecia también me sentiría extranjera, mi padre y su hermano Tasso se quedaron sin sus tierras, tuvieron que venir aquí prácticamente con lo puesto y Tasso se acabó suicidando de pena cuando yo era niña. No tengo patria a la que volver aunque me sienta de allí, porque no me siento neoyorquina. Odio esta ciudad y a ratos me siento… encerrada en una crisálida que yo misma me he creado.
—Creo que la comprendo. Tal vez pensará usted que mi vida no le importa, pero…
—Oh, no, por favor—Hizo uno de sus innumerables gestos al hablar y terminó tocando la mano de Mac por accidente. Sorprendido, Mac se esforzó por no mirarla. El contacto era agradable, no quería que Stella retirase la mano—. Estoy cansada de tanta charla académica y de que la gente me vea como si fuese Atenea y tuviera la respuesta para todo. Por favor, cuénteme lo que quiera de su vida, necesito algo de conversación personal, alguien que se atreva a sacarme de la estantería y desempolvarme. Sigo siendo un ser humano.
—Claro—Se preguntó si Stella se le acababa de insinuar y se dijo que serían imaginaciones suyas—. Vine a Manhattan desde Chicago hace muchos años con mi mujer. Poco a poco, el trabajo en el laboratorio me ha ido absorbiendo hasta tal punto que, ahora que estoy divorciado sin posibilidad de reconciliarme, no me queda nada más. Me muevo en círculos cada vez más pequeños, viendo siempre a la misma gente y a veces…
—…se siente aislado, como si no fuera una persona, solo un autómata, un robot que trabaja sin descanso—Mac asintió—. Sí, sé lo que es. ¿Sabe qué creo? Que los dos necesitamos que alguien nos lleve a cenar, ponernos hasta arriba de ouzo, whisky, tequila o lo que sea, volver a casa de madrugada dando tumbos, que después suceda lo que tenga que suceder y despertar la tarde del día siguiente con la madre de todas las resacas por sombrero.
—Parece un buen plan para alguien con veinte años menos.
—No es usted tan mayor, pero quizá tenga razón. ¿Cena, una copa y nada de resaca?—Mac asintió con una sonrisa inquieta. No se atrevía a preguntarle hasta qué punto iba en serio o si estaba ligando con él—Bien, pero antes, dígame, ¿por qué quería visitarme? Steven me ha comentado algo de un caso.
—Oh, sí. Disculpe, lo había olvidado.
—Buena señal—Mac agachó la cabeza agradeciendo no ser un hombre que se ruborizase con facilidad y buscó en sus bolsillos hasta dar con las monedas.
—Verá, estas monedas fueron encontradas dentro de la maleta de una víctima de asesinato en el hotel Hilton. La víctima había llegado horas antes procedente de Atenas.
Stella tomó la moneda entre los dedos con cuidado como si fuese algo frágil. La examinó de manera cuidadosa, prestándole gran atención hasta al último detalle de los dibujos de la cara y la cruz antes de arrojarla al aire como si la usase para tomar una decisión. Mac supuso que estaría intentando calcular el peso por mucho que no fuera necesario. Los análisis del laboratorio les habían descubierto que aquella pieza estaba hecha de cobre.
—Parece una pieza antigua, pero es falsa.
—¿Está segura?
—Sí, completamente. ¿Ve esa letra de ahí?—Le señaló la caligrafía que enmarcaba al rostro de la cara de la moneda, concretamente una letra parecida a una Q. Mac asintió y miró a Stella a los ojos—Se llama qoppa y se quedó obsoleta hace siglos. Es cierto que se usaba en Corinto, de donde se supone que es esta moneda. De hecho, Corinto se escribía con qoppa, pero no en el siglo dos, sino siglos más atrás. Es falsa y creo que conozco a alguien que cometía ese error de la qoppa de manera continuada durante la carrera.
—¿Algún alumno suyo?
—Colega. Steven siempre se equivocaba y pensaba que el reinado de la qoppa como letra había durado hasta el siglo quinto después de Cristo, no hasta el cinco antes de Cristo. Son mil años de diferencia que le costaron más de un suspenso. Siempre le martirizo con el tema mitad en broma, mitad en serio, pero nunca aprende.
—¿Está segura de que es él?—Se encogió de hombros y sacudió la cabeza.
—No puedo saberlo con total seguridad, le tocará averiguarlo a usted, pero no me sorprendería nada. Tiene los conocimientos y los contactos necesarios. Si quiere, puedo buscar en mi agenda y hacerle una lista de la gente con la que sé que Steven trata habitualmente.
—Muchas gracias, me sería de gran ayuda. También hay otras piezas que me gustaría que examinara, pero son unas cuantas y sé que su tiempo cuesta dinero, así que podríamos concertar una cita con usted en el laboratorio y el departamento de policía se encargaría de costear sus honorarios.
—Estoy segura de que la embajada también contribuirá. Se trata de recuperar piezas robadas de nuestro patrimonio cultural o de evitar que mancillen nuestro nombre, ¿no cree?
—Se lo agradezco, aunque no creo que vaya a ser necesario—Miró el reloj, se levantó y le tendió la mano. Por muy bien que se sintiese en aquel jardín, no podía permitirse permanecer allí más tiempo—. Me encantaría quedarme, pero…
—No puede irse—protestó Stella con un mohín coqueto—. Aún no le he explicado lo del café. Siéntese y relájese, se lo ruego. Si alguien le pregunta por qué tardó tanto el volver, écheme la culpa a mí. No sabe el carácter que tengo cuando se meten conmigo, me defenderé bien si a sus compañeros de trabajo no les parece bien.
Mac sonrió y volvió a sentarse. Stella le pidió que bebiese el café hasta casi acabárselo y le diera la vuelta a la taza colocándola sobre el plato. Mac le advirtió de que mancharía el platito, pero el gesto de “¿en serio?” de Stella le hizo saber que estaba diciendo una obviedad ridícula. Stella pretendía que el platito se manchase por mucho que Mac no comprendiese el motivo ni por qué se apresuró a coger la taza y examinarla con el mismo gesto concentrado con el que momentos atrás observaba la moneda falsa.
—El futuro se puede leer en los posos del café, por eso lo tomamos así.
—No creo en la astrología, ni en las brujas, ni en los horóscopos—Stella sonrió.
—Yo tampoco, pero esto es diferente. Déjeme probar, ¿qué mal puede hacerle? Diga, ¿qué es lo peor que puede pasar, que falle? O tal vez no, tal vez acierte y eso le da miedo porque tendría que reconocer que he triunfado sobre la razón.
—¿Y si lee la suya primero?
—Imposible. Uno no puede leer su propia taza, pero—Apuró su café y volcó la taza sobre el platito antes de tendérsela a Mac—, aquí tiene. Le enseñaré a leerla si le apetece aprender.
—Está bien. Pero antes, ¿qué pone en la mía?—Stella sonrió y le echó un buen vistazo a la taza antes de mirarle a los ojos un momento y luego volver su atención a los posos con el mismo gesto concentrado que cuando examinaba la moneda falsa.
—Es interesante, muy interesante. Veo una mujer, una extranjera. Y también un restaurante con gastronomía exótica. Hay risas, alcohol en cantidades moderadas, un taxi compartido y…
—¿Y?
—A partir de ahí, el futuro no está nada claro. Lo que sí puedo adelantarle es que será… ¿mañana viernes? ¿Pasará usted a recogerla a las siete y media a su casa de Morningside Heights, tal vez? Yo creo que sí, aquí lo pone muy claro.
—Cuánta información y qué precisa. Déjeme leer la suya.
—Aún no le he enseñado cómo se hace.
—No importa, estoy seguro de que acertaré con mis predicciones.