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16. Ella es y será todo para mí
Ella es y será todo para mí
por hacerme comprender qué es el amor.
Amor de piel para dentro del que parte en dos los huesos
sin mentiras y silencio entre los dos.
Le zumbaban los oídos y se encontraba un poco aturdido cuando abandonó el edificio. Tenía la sensación de estar caminando de manera errática aunque para los que le veían acercarse y le miraban como si fuera un espectro del más allá se desplazaba en una perfecta línea recta. Mac pasaba por sus caras, conocidas y desconocidas, sin llegar a registrarlas. Escrutaba los rostros como si no estuvieran allí. Solamente buscaba uno, escudriñaba la multitud en busca de una mirada. De un par de ojos verdes como aquellos que vio inundados de lágrimas.
Stella corría hasta él con la mirada verde y lagrimeante clavada en la suya como si temiera que se fuese a desvanecer si llegaba siquiera a pestañear. Cuando le tuvo lo bastante cerca, se abalanzó sobre él llorando con tanta violencia que Mac la tuvo que sujetar para que no se desplomase sobre el pavimento. Incapaz de nada más, Stella repetía su nombre de manera frenética y se le agarraba con desesperación.
Sin soltarla retrocedió unos pasos por la calzada y asintió cuando Flack le preguntó si se encontraba bien. El edificio presentaba un enorme agujero causado por la onda expansiva de la explosión. Verlo le trajo tantos recuerdos que por un momento a punto estuvo de perder el equilibrio y romper a llorar él también. Stella había presenciado impotente cómo la bomba hacía saltar aquella zona por los aires. A Mac no le costaba lo más mínimo imaginarse cómo se sentiría en aquellos momentos. De hecho, le resultaba tan familiar que le pareció obsceno.
Cuando Stella se calmó lo suficiente para abandonar el refugio que el pecho de Mac le ofrecía, levantó la cabeza y le miró a los ojos. Se encontraba chorreante y abotargada, con el pelo cayéndole desordenado sobre la ropa empapada, los globos oculares inyectados en sangre y la zona de las ojeras hinchada y enrojecida. Aun así, Mac se dijo que jamás había visto una mujer más hermosa que aquella que le observaba aún con temor e incredulidad. Y que poco importaba que ella quisiese a Hawkes y le fuese a partir la cara por lo que estaba a punto de hacer.
Se había imaginado besándola infinidad de veces, pero nunca sucedía de ese modo, igual que su mente no podía confeccionar sensaciones tan intensas como las que ahora mismo le copaban de pies a cabeza y le aislaban del mundo envolviéndole en una burbuja donde solo él y Stella tenían cabida. Stella respondía con ansias, con una urgencia que a Mac se le hizo tan hermosa que se dijo que no podía ser fruto únicamente de la desesperación y del miedo a perderle. Stella se estaba entregando con tanta pasión que le parecía una lástima y una contrariedad que su cuerpo le reclamase una dosis de oxígeno ipso facto.
Una ovación cerrada y adornada por vítores les recibió a la vuelta del beso. Mac intentó acallarla con una mirada feroz, pero terminó compartiendo la risa de Stella que se transformó en llanto alegre cuando vio aparecer a una de las cuidadoras empujando el carrito de Mac junior y Mindy, que venían tranquilos, sonrientes y ajenos a lo que sus padres habían vivido. Al oír cómo los pequeñajos les llamaban, Mac se dijo que le pediría a Stella que le dejase adoptarlos legalmente. Necesitaba a aquel par tanto como a ella. Eran su familia.
Cuando los bomberos de verdad estipularon que no había peligro, entraron en el edificio en busca de algo de ropa seca y se turnaron para cambiarse y vigilar a los niños. Stella aún parecía un poco inestable en su caminar, así que Mac se ofreció a conducir de vuelta a casa y ella le contestó con un asentimiento y la vista baja. De pronto daba la impresión de que no se atreviera a mirarle a los ojos, como si le temiese o se sintiera avergonzada del beso que se habían dado en la calle.
Stella abrió la puerta de casa sin haberse dirigido a Mac en todo el camino de vuelta. Mac tragó saliva al verla girando la llave y se mentalizó para pedirle disculpas y jurarle que nunca más volvería a hacer algo así. Si Stella se lo pedía, incluso estaba dispuesto a volver a abandonar su vida, a marcharse de Nueva York y no regresar nunca más. Lo había pasado demasiado mal en las calles como para permitirse a sí mismo vivir la misma experiencia dos veces, pero sabía que aunque encontrase una casa y un trabajo nuevos allí donde fuese, sería una carcasa vacía. Su hogar seguiría estando en Nueva York, en la casa de Stella, Mac y Mindy Bonasera, el paraíso que parecía condenado a abandonar ahora que había probado el fruto prohibido de los labios de Stella.
Dejaron a los niños en su parquecito para que jugasen y Stella no tardó un instante en abrazársele de nuevo y echarse a llorar en silencio para no asustar a sus hijos. Todo había pasado, estaban a salvo, precisamente por eso se deshinchaba. Le acarició los rizos, todavía húmedos, y le susurró que ya no había peligro, que todo saldría bien. Y que la quería. Al oír esto último, Stella levantó la cabeza como impulsada por un resorte y le miró con los ojos enormes y cargados de tristeza.
—¿Me… me quieres?—pió atónita porque la sorpresa que tenía clavada en la garganta no le permitía más. Mac asintió y le acarició las mejillas con ternura.
—Hace tiempo que me di cuenta de que sí, de que lo que sentía no se podía explicar llamándolo amistad, gratitud o cariño. Te quiero, Stella. Estoy enamorado de ti y aunque sepa que no es a mí a quien quieres, sino que…
—¿Qué? ¿Que no es a… Mac, ¿de quién crees que estoy enamorada?
—De Hawkes.
—¡¿De Hawkes?! ¡Pero, Mac! Sheldon es mi amigo, él y Ana se han portado muy bien conmigo y me han ayudado muchísimo con los niños, pero ya está. No es a él a quien quiero.
—¿A quién, entonces? ¿Flack?—Stella emitió un sonido negativo.
—A un ex marine viudo que es el papá que han escogido mis dos niños y que casualmente vive en esta casa, ¿te suena?
Clic. Las piezas del rompecabezas encajaban con tanta claridad y limpieza como los engranajes de la maquinaria de un reloj suizo. Stella se había confesado enamorada de un hombre que quería a otra y había definido la situación como inamovible. Mac se dijo que nunca había sido un presumido, pero que pasaría una larguísima temporada sin ningunas ganas de jactarse de sus dotes deductivas. Lo tenía tan cerca que no había sido capaz de verlo, pero el misterio del Claddagh era tan obvio y sencillo como ese de quien encuentra una colilla y exclama “¡mira, aquí han fumado!”.
Pensando en el Claddagh, recordó que lo tenía aún en el bolsillo. Al cambiarse de ropa lo había pasado de un pantalón a otro, pero ni Stella se lo había reclamado aún ni él se había acordado de devolvérselo. Ya iba siendo hora de hacerlo y tenía el modo perfecto de entregárselo. Le tomó la mano izquierda extendida, se agachó y colocó el anillo de tal modo que el corazón apuntase hacia el exterior. Al verlo, Stella asintió y le acarició el pelo mientras le miraba a los ojos.
—Sí, quiero.
—En ese caso, prepárate.
—¿Que me prepare?
—Ponte lo mejor que tengas en el armario y llama a casa de Sheldon y Ana, yo iré metiendo a los niños en el carrito. Diles que tardaremos un poco, que nos esperen. De camino tenemos que pasar por Tiffany’s y por alguna floristería.
—¿De verdad quieres hacerlo ya?—preguntó incrédula. Mac Taylor improvisando le parecía un oxímoron.
—Nunca he estado tan seguro de nada, pero si prefieres esperar, lo ent…
—Conozco un restaurante griego estupendo donde podemos ir los seis después a celebrarlo, ¿qué te parece?