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(*) Editado el 22 de abril de 2011
Disclaimer: Si los personajes de Harry Potter me pertenecieran, el protagonista no sería Harry Potter. Además habría sexo, drogas, rock 'n roll y Slytherins desnudos.
"MORTÍFAGO"
(Death Eater)
Primer año.
"This is what I brought you, this you can keep. This is what I brought you may forget me. I promise to depart, just promise one thing: kiss my eyes, and lay me to sleep"
Prelude 12/21, AFI.
2. Selección innecesaria.
Quedaría muy trágico, muy literario, explicar que todo empezó con la muerte de mi madre cuando tenía cuatro años. Pero mentiría y, aunque estéis predispuestos a dudar de mi palabra por mi condición de Slytherin, soy cruel, oscura y grotescamente sincero.
Podría deciros que encontrar su cuerpo sanguinolento y desmembrado sobre la costosa alfombra de la Sala de Estar me hizo vomitar y dejar de comer durante días. Podría deciros que pobló muchas de mis pesadillas. Podría deciros, incluso, que me hizo ser un niño introvertido y huraño, que provocó que me regodeara en el placer de la soledad.
Podría deciros infinidad de verdades, pero no son las que nos conciernen ahora.
Después de esa muerte mi padre trajo a su madre a casa, lo que no me llenó de rebosante felicidad. Esa mujer viuda, a la que mi máscara de indiferencia hacia todo y todos parecía molestarle, me trataba de convencer en cuanto veía la oportunidad de que su nuera había sido asesinada por un auror desaprensivo. No, ella sabía lo que realmente había pasado, pero tanto mi abuela como mi padre opinaban que con esa historia yo comenzaría a odiar a los aliados de Dumbledore y me uniría irremediablemente a las filas del Lord. Se equivocaban. Sus historias, los mortífagos y Dumbledore me fueron y me serían totalmente indiferentes.
No, en realidad todo empezó el primero de septiembre hacía siete años.
—Theodore, compórtate como se espera de ti.
Esas palabras, una mirada inexpresiva y una mueca de desdén en la boca. Así se despidió mi padre de mí en el andén 9 ¾. No traspasó la barrera mágica, por supuesto, ¿para qué? ¿Para toparse con unos cuantos muggles y otros tantos sangresucia? No iba a soportar a toda esa escoria por su hijo. Claro que a su hijo, a mí, le importaba una mierda lo que hiciera o dejara de hacer. Puede que por eso me dedicara ése poco cordial mohín desdeñoso.
Hablar de mi progenitor saca a colación muchos temas que aún no deben ser contados. Pero, para poneros en situación, diré que su principal problema para conmigo era que no compartiera sus ideales. Como a muchos de mis compañeros, se me había inculcado que aquellos que poseíamos sangre entera y puramente mágica éramos superiores. Me habían enseñado a creer que era una aberración el parentesco con muggles. Me habían explicado lo que era un traidor a la sangre, y lo había comprendido, aceptado y secundado. El problema vino cuando intentaron convencerme de que los muggles deberían ser exterminados o, en menor medida, adiestrados para servir a los magos. Ahí radicaban muchos de mis castigos infantiles. Oh, por favor, no creáis que fui un Slytherin tolerante, tened la decencia de no pensar que tenía algún tipo de deferencia hacia aquél defecto genético. El conflicto venía dado cuando yo exponía que me daban exactamente igual los muggles. Para mí eran como el ganado, y no matábamos a las vacas por ser inferiores.
Suponía que mi padre, en el fondo, quería un hijo del cual pudiera alardear con su selecto grupo de amigos, del cual sentirse orgulloso, gracias al cual mantener conversaciones encabezadas con algo parecido a: "pues Theodore hoy me ha dicho que los muggles son como animales, que cuando sea mayor seguirá mis pasos". No, la verdad era que cuando las visitas hablaban de sus hijos, hijos modelo, hijos como Malfoy, Crabbe, Goyle, Greengrass o Parkinson, mi padre callaba y asentía con la cabeza, lanzándome miradas de desdén; quizá preguntándose por qué él no podía tener ése tipo de caprichos, por qué su hijo no alardeaba ni daba saltos de alegría ante la perspectiva de convertirse en un esclavo de los deseos de un mestizo autoproclamado Lord.
Di media vuelta sin dirigirle la palabra a ese hombre alto, ligeramente encorvado, aunque elegante, a ese hombre que posee un deje de superioridad permanente pintado en el rostro y, por primera vez, vi el expreso de Hogwarts. No me impresioné. Caminé y, arrastrando sin dificultad el baúl que mi abuela había hechizado para que no pesara antes de darme cientos de consejos referentes a las amistades apropiadas e inapropiadas, me choqué con un chico mayor que yo que llevaba rastas y una caja bajo el brazo. Del impulso caí al suelo y él, sin inmutarse, siguió corriendo. Un corro de curiosos se agolpó a su alrededor y le pidieron que abriera el paquete, que debía de estar lleno de fotos de aquel imbécil porque todos gritaron espantados. Cuando me puse en pie e iba a colocar derecho mi baúl, otros dos, esa vez un par de gemelos pelirrojos, me volvieron a embestir.
—¿Estás bien? —No, no me lo decían esos gilipollas, sino un chico moreno y de ojos grises, mayor que yo, que me tendía una mano.
Me levanté sin su ayuda y, como me miraba sonriente, esperé a que me dijera cuatro tonterías y me dejara tranquilo. Me las dijo:
—Soy Cedric, Cedric Diggory, de Hufflepuff —explicó—. Es tu primer año, ¿verdad? Esto siempre es un caos, pero acabas acostumbrándote, ¿quieres que te ayude a subir el baúl al tren?
Una vez se quedó a gusto y le demostró al mundo entero que era una buenísima persona que se entretenía ayudando a los pobres chicos desvalidos, le dejé atrás, sin decirle que pensaba que era un completo fracasado.
Subí sin ayuda de nadie al vehículo, entré en uno de los muchos compartimientos vacíos y esperé a que llegáramos de una maldita vez al colegio. Tardó unos quince minutos en arrancar y otros diez más en comenzar a moverse. Los familiares de los primerizos, y éstos incluidos, parecían tener un afán obsesivo por las despedidas emotivas y públicamente bochornosas.
Recuerdo perfectamente que estaba pensando que Malfoy o algún otro amigo de la infancia entraría en cualquier momento por la puerta, cuando fue ella la que la abrió, la que miró a un lado y a otro de la pequeña estancia, la que reparó en mí y la me sonrió de un modo que lamentablemente sólo puede ser catalogado como absolutamente encantador.
Fue la primera vez que vi a Lisa Turpin. Por aquél entonces llevaba el pelo rubio muy largo, hasta la cintura, pero seguía siendo tal y como sería años después: bastante baja, con unos kilos de más —como recalcarían Parkinson y Greengrass al cabo del tiempo—, algo pecosa y eternamente sonriente. Me daba asco tanto esa felicidad que irradiaba de ella como ese jersey ancho, raído, o esos pantalones desgastados. Una sangresucia pobre, pensé. No me equivocaba del todo: era sangre mezclada, pero vestía así para sacar de quicio a su madre y porque, en su opinión, la ropa muggle era extremadamente divertida.
—Hola, ¿han pasado por aquí unas gemelas morenas preguntando por mí?
—¡Eh, Nott, estás aquí! Te estábamos buscando. —Eran, por supuesto, Malfoy y su voz que arrastraba las palabras. La verdad es que cuando era más pequeño hablaba como una persona normal. Yo pensé que estar tanto tiempo con Crabbe y Goyle le había dejado imbécil, pero lo cierto es que comenzó a vocalizar como si tuviera un grave problema de subnormalismo cuando cumplió los diez años, según él porque los verdaderos Slytherins hablan como las serpientes. Según mi humilde opinión porque trataba de diferenciarse del resto, pues temía y aborrecía la mediocridad. Y supongo que la seguirá temiendo y aborreciendo, porque su vocalización no ha mejorado nada.
—Lamento que me hayáis encontrado.
Malfoy, Crabbe y Goyle rieron. Malfoy porque pensaba que no lo decía en serio, que ser total y absolutamente inexpresivo era mi manera de llamar la atención, cosa que aprobaba. Los primates rieron porque, al igual que sus respectivos padres, estaban obligados moralmente a hacer lo que el Malfoy de turno hiciera o les pidiera.
—¿Cuál es tu apellido? —Malfoy miró a la chica que había intentado hablar conmigo hasta que la interrumpieron. En ese momento, al no estar acostumbrado a verle con gente a la que él no conocía con anterioridad, gente sobre la cual no sabía nada de su familia, no logré descifrar ni ese brillo que apareció en sus ojos ni esa blanca sonrisa. Meses después me confesaría algo que me haría pensar que le había juzgado muy mal: "hay que llevarse bien con la gente, Nott, sobre todo con las chicas. Y más si no sabes aún a qué casa irán... Imagínate que resulta ser de Slytherin." Yo volvería a bajar la vista hacia mi libro, pero Zabini preguntaría que qué hubiese pasado si terminase en nuestra casa. La respuesta de Malfoy hizo que me diera cuenta de que no era tan tonto como yo me temía en un principio: "Que nunca sabes si te la encontrarás una noche sola, en la Sala Común. Y es mejor que vaya teniendo un buen concepto de ti, ¿no?" Sí, eso no dejaba de ser una muestra de bravuconería. El rubio se pasaba el día y parte de la noche hablando de sexo, chicas y cosas que seguro le iba a hacer a la primera que se le pusiera a tiro. Zabini opinaba que, o bien no se le ponían a tiro más que Millicent Bulstrode y Eloise Midgen, o bien eran un pringado. Era un pringado, por supuesto: Pansy Parkinson se le subía a los pantalones, literalmente, y el muy cretino estuvo haciendo el imbécil hasta cuarto curso. También puede que las pociones ilegales y el whiskey de fuego tuviesen algo que ver, quién sabe.
—Turpin —contestó—. ¿Han pasado esas chicas preguntando por mí o no?
Me miró fijamente, incómoda al notar cuatro pares de ojos clavados en ella. Yo negué con la cabeza y se fue rápidamente, como si no hubiera podido soportar ni un segundo más en ese compartimiento.
—Malfoy, deberías ducharte: las espantas. —Fue Blaise Zabini el que realizó esa sutil apreciación. Por aquel entonces aún no le conocía, no me sonaba su cara de ninguna reunión y ni mi padre ni mi abuela me habían hablado de él. El motivo era que su madre, no muy segura del regreso del Lord, no se decidía a unirse aún al Lado Oscuro, por si aquello los comprometía demasiado. Tiempo después se vieron obligados a tomar una decisión, como todos nosotros.
Zabini era como ella: nunca se comprometía demasiado con nadie, se llevaba bien con la gente que le interesaba pero poco se sabía con respecto a sus opiniones, siempre escondidas entre sarcasmos y mordacidades. Con el paso de los años adquirió una interesante fama que tenía bastante que ver con la herencia genética de su progenitora, de la que, sobra decir, disfrutaba y se aprovechaba.
—¿Y tú quién eres? —Malfoy, el que aparentemente no se duchaba, fulminaba al nuevo con la mirada. No le sentó muy bien que un desconocido le dejara en ridículo ante los demás.
—Blaise Zabini, futuro Slytherin —se presentó con una de sus medias sonrisas—. Tú eres Draco Malfoy, el hijo de Lucius Malfoy...
—¿Cómo lo sabes? —Interrumpió el rubio, hosco.
—Oh, porque te he visto en el andén con tus padres y me he dicho: "ése es un Malfoy, sí señor, se le nota a la legua", porque tu madre ha llamado a tu padre por su nombre y porque lo tienes escrito en el baúl que está en mitad del pasillo.
—¿Y qué querías? —Sí, Malfoy era uno de los pocos a los que no les gustaba aquel chico. Los motivos del rubio eran simples: Zabini tenía, y tiene, una personalidad demasiado definida, características que lo hacen único. Tal vez demasiado único, tal vez aún más único que el gran Slytherin que se esforzaba en hablar como una serpiente. Le catalogó desde el primer día como una amenaza y aún hoy sigue sin tragarle. Cabe destacarse que, si bien Malfoy dejó muchas de sus recalcitrantes características tras su infancia, el afán de protagonismo no fue una de ellas.
—Sentarme y disfrutar del agradable paisaje.
Y eso fue precisamente lo que hizo: sentarse a mi izquierda y mirar por la ventana. Al cabo de unos minutos apareció Pansy Parkinson, seguida por Daphne Greengrass, Las De Todos. Zabini tuvo una buena razón para inventar ese apelativo, y sólo necesitó tres años para calar a las dos chicas. Algunos dicen que las Slytherins son muy sociables. Yo prefiero llamarlas zorras.
—Draco, ¡cuánto tiempo! —Parkinson miró a Malfoy como si fuera un valiente soldado que acababa de volver de la guerra tras largos años. Le había visto el mes anterior—. ¿Sabes de lo que me he enterado...?
Os hablaré de Las De Todos. Eran las únicas hijas de mortífagos de nuestra edad y lamentablemente llevábamos viéndolas desde siempre. Resulta patético pensar que la chica que hay frente a ti se sacaba los mocos con la servilleta cuando tenía tres años, o que la otra se entretenía vistiendo a muñecas; claro que aún es peor acordarte de que ése egocéntrico de pelo rubio se dedicaba a desnudar dichos juguetes. Como iba diciendo: llevábamos con Parkinson y con Greengrass desde hacía demasiado tiempo. En realidad, en aquel momento yo me consideraba el privilegio de excluirme, evitaba estar con ellos todo lo posible, pero aún así, por motivos que escapaban de mi comprensión, me consideraban uno más, lo cual me resultaba sumamente denigrante.
Parkinson nunca había sido una belleza, ni lo era con once años ni lo iba a ser ahora con dieciocho, pero tenía algo, algo que nos hacía mirarla cuando pasara por nuestro lado; y ese algo, creedme, no era ni su cara de perra —en el sentido más amplio de la palabra— con los ojos demasiado juntos, ni su pelo moreno y lacio. Greengrass era otra cosa: a ella nos la comeríamos con la mirada sabiendo muy bien el porqué. Con el paso de los años y de la práctica se convertiría en el tipo de chica que cuando se te acercaba rezabas para que no te reventara la cremallera del pantalón, a la que imaginabas de diferentes formas y en diferentes situaciones entre la intimidad de las sábanas.
—¿De qué te has enterado?
—Pues de que... ¡Harry Potter está en este tren! En el compartimiento que está pegado al nuestro, al mío y al de Daphne, quiero decir —Greengrass me miró, esbozó una ligera media sonrisa y se sentó a mi derecha, dejando patente que habían decidido quedarse con nosotros en vez de junto al gran Harry Potter—. Draco, ¿harás lo que dijo tu padre, no? ¿Lo harás ahora, verdad? ¿Puedo ir contigo?
Lo que dijo su padre durante nuestro último encuentro hará una semana, se podía resumir en una orden clara, concisa y tajante: "hazte amigo de Potter". Sí, amigo, colega, como suena. El motivo de dicha petición, según explicó Lucius Malfoy, fue que así, además de ser mejor vistos y de borrar cualquier asomo de duda sobre el turbulento pasado de esa noble familia, quizá consiguieran obtener información de primera mano sobre el porqué de la supuesta muerte de Su Señor.
—Iré yo solo —dijo, intentando parecer sereno; serenidad que se fue al traste cuando gritó con la voz ligeramente temblorosa—: ¡Crabbe, Goyle, venid conmigo!
—No sé si es que el concepto de ir solo a algún sitio no lo tiene del todo claro o es que esos tres van en pack —comentó Blaise Zabini al cabo de unos minutos, provocando que las dos chicas lo miraran como si acabaran de percatarse de su patética existencia. Así lo miraba Parkinson, al menos, que se había ofendido por el tono burlesco empleado por el desconocido. Greengrass se limitó a observarlo con curiosidad.
Al cabo de unos minutos Malfoy regresó hecho una furia. Habían rechazado ofensivamente, según él, su amistad y le habían tirado una rata a uno de sus gorilas. No sé hasta qué punto esta historia es verídica, tampoco me importa, lo que sí que sé es que ese rubio egocéntrico se ganó una buena reprimenda por parte de su padre cuando se enteró de que no había conseguido lo que le pidió. La reprimenda no fue una brutal paliza, en absoluto. A la gente le gusta inventarse trágicas historias sobre los Slytherins y sus familias, historias cargadas de violencia, desprecio o incluso los más atrevidos hablan de violaciones e incestos. La gente se aburre demasiado. A los hijos de los mortífagos no nos pateaban hasta dejarnos medio muertos, no nos freían a Cruciatus cuando les venía en gana y tampoco nos lo montábamos con nuestras madres o bebíamos sangre durante la cena. Malfoy, por ejemplo, era un consentido al que sus padres le concedían todos los caprichos, al que su madre adoraba y al que su padre educaba con orgullo. Es cierto que en ocasiones le exigía demasiado pero, a fin de cuentas, él creía que lo hacía por su bien. Los padres de Greengrass y Parkinson tampoco abusaban de ellas o las prostituían, todo lo contrario: no podían permitirse un embarazo no deseado que manchara el nombre de su familia, ni un lujurioso romance que terminara con la fuga de su niña con algún maldito sangresucia que diera al traste con la perpetuación de su impoluto apellido.
—Chicos, ¿os dais cuenta de que vamos a dormir prácticamente juntos sin que nuestros padres estén por aquí cerca? —Greengrass nos miró a todos emocionada. No, repito que no era una ninfómana de bolsillo. Que con once años lo único que quería hacer era que la viéramos mayor de lo que realmente era. Claro que con el paso de los años desarrolló una curiosa predilección por las conversaciones subidas de tono. De todos modos no se tiró al primero que vio al llegar a Hogwarts, ni organizó una orgía en su segundo curso.
—Me han dicho que no se puede ir al dormitorio de las chicas —nos explicó Malfoy, haciéndose el entendido—, que hay un mecanismo que hace que si algún tío trata de bajar por esas escaleras...
—Un tipo sale de un cuadro, le da unos cachetes y le manda a la cama por guarrete. —Ahí estaba Blaise Zabini interrumpiendo lo que parecía un magistral discurso sobre las normas que deberíamos tratar de quebrantar en la escuela.
Me iba a dignar a mirarle, pero en ese momento entró otro chico en el compartimiento. Llegué a pensar que habían puesto un cartel luminoso con letras vistosas sobre nuestra puerta que rezaba "Pasen, inoportunos por aquí. Gracias". No, no había ningún cartel, pero no por ello dejaban de venir estúpidos. Primero fue ése, Longbottom, un futuro Gryffindor cuyos padres se pudrían en San Mungo y cuyo patético sapo se había perdido. Supuestamente, claro.
—Perdón —balbuceó al ver las miradas que recibía, miradas que iban de la hostilidad al desprecio, pasando por un profundo y vomitivo asco—. ¿Habéis visto un sapo por aquí?
Zabini sonrió maliciosamente: le encantaba divertirse a costa de aquellos que él consideraba inferiores. Y esto venía a ser de gran parte del alumnado y profesorado.
—¿Es viscoso?
—Sí...
—¿Feo?
—Bu... bueno...
—¿Verrugoso?
—Sí...
—Entonces lo he visto.
—¿De verdad? —Al pobre desgraciado se le iluminó la cara. Llamarlo patético es quedarse corto—. ¿Y dónde está?
—A tu derecha —contestó Zabini, muy serio, señalando en dirección a Malfoy.
No, no me reí. Pero Greengrass sí, y Crabbe y Goyle, hasta que se dieron cuenta de que ese desconocido se estaba metiendo con su amo y señor, entonces chasquearon los nudillos. Lo hacían continuamente. Lo siguen haciendo, la verdad. El motivo es desconocido, puede que sea un tic, o puede que tengan antepasados gitanos y ese desagradable sonido les recuerde a las castañuelas. Quién sabe.
Cuando ese prácticamente squib se fue debido a la falta de hospitalidad de mis compañeros de viaje, no se fueron todos con él, para así devolverme la soledad que añoraba.
—Mirad lo que tengo aquí. —Malfoy y su voz de gangoso grandilocuente nos señaló la jaula en la que presumiblemente guardaba algún tipo de ave.
—Oh, Draco, ¡qué búho más bonito!
—Pansy, que no es eso...
—Oh, Draco, ¡qué jaula más bonita!
—¡Cállate, Zabini!
—Oh, Draco, ¡qué ojos más bonitos!
—Gracias. —Y el que en ese momento creía ser todo un derroche de sex-appeal sonrió a Greengrass intentando parecer interesante. No lo consiguió, lo único que parecía era un duende con problemas gastrointestinales—. Pero no me refiero a eso, ¡Nott!
Ya. Que no participara en sus insustanciales conversaciones no les daba a entender que no quería saber nada de ellos, no, debían de interpretar mal mis señales. Señales tales como ignorarlos, no mirarlos o no contestarlos. Tendría que ser más obvio en el futuro, pensé.
En ese momento callé y continué con mi lectura, lectura que intentaba retomar desde hacía veinte minutos.
—Nott, míralo tú, anda. ¿Qué me dices?
Miré al interior de la jaula e, inexpresivo, observé qué era lo que Malfoy consideraba gracioso. Su búho pardo estaba en una esquina, acurrucado y aparentemente muy nervioso, ante algo verde, pequeño y rugoso. El sapo de aquél chico. No sé si pretendía hacernos reír mostrándonos cómo su preciosa y cara ave estaba acojonada ante un asqueroso anfibio, o quería hacerse el pequeño delincuente que comenzaría robando sapos y terminaría asaltando a ancianitas parapléjicas. Oh, era desternillante. No me reí porque temí que se me desencajara la mandíbula.
—Es fascinante —comenté, volviendo la vista a mi libro.
Creo que no le hizo mucha gracia mi falta de entusiasmo. Qué trágico.
No al cabo de demasiado tiempo nos volvieron a interrumpir: una sangresucia llamada Granger, que también buscaba al condenado sapo. Había oído hablar de los placeres que produce la zoofilia, pero nunca creí que los anfibios fueran una opción a tener en cuenta en este tipo de relaciones. En esta ocasión la impresión general acerca de ella fue algo más dispar: Zabini la miró de arriba abajo, analizándola; Malfoy se fijó en su pelo desordenado y sus dientes largos, luego supongo que la comparó con Parkinson y al no ser mucho peor que ella se encogió de hombros; Crabbe y Goyle se miraban entre ellos, tratando de comprender la complicada frase pronunciada por la visitante "¿Habéis visto un sapo? Neville, un chico, ha perdido uno"; Greengrass la observó con superioridad y Parkinson amenazante. Yo vi el título del libro que llevaba en el regazo: "Historia de Hogwarts", me gustaría mentir y contaros que me resultó indiferente que alguien como ella leyera ese tipo de obras que, evidentemente, yo había repasado más de cinco veces, pero era joven y aún no controlaba eso del estoicismo total, así que lamentablemente me dejé llevar y arqueé las cejas.
—¿Y quién lo pregunta?
Granger miró a Zabini con dureza, a la defensiva. En ese momento intuí que era una sangresucia, lo cual hizo que perdiera ese prácticamente inexistente halo de encanto que poseía. Podéis llamarme intolerante: lo soy, al igual que otros muchos como que yo. Pero no nos culpéis, pues si no lo fuésemos, vosotros no seríais tolerantes: dejarían de reconocerse vuestras bellas acciones y dejarían de llamar la atención vuestros utópicos pensamientos. Deberíais estarnos agradecidos. La existencia del bien no tiene razón de ser sin el mal de por medio.
—Hermione Granger —contestó no sin cierto retintín—. Y tú debes de ser Draco Malfoy, tu baúl está en mitad del pasillo, ¿sabes?
—No. Yo soy Draco Malfoy.
Y el diálogo no viró drásticamente hacia derroteros más interesantes, en absoluto. Cuando esa futura Gryffindor se marchó airada, no recuperé mi ansiada y deprimente soledad; al contrario, se quedaron todos dónde estaban, haciéndome compañía. Estaba conmovido. Tan conmovido que me dediqué a contar las palabras que tenía cada hoja de mi libro y a anotarlas en los márgenes.
Cuando, tras largas y tediosas horas de absurdas conversaciones insustanciales, el tren finalmente redujo la velocidad, ya estábamos todos cambiados y vestidos con las ridículas ropas neutras: es decir, corbata negra y túnica sin escudo. Lo cual, para mis compañeros de viaje —y para mí mismo, no nos engañemos— era una total pérdida de tiempo. Íbamos a ir, quisiéramos o no, a Slytherin.
Bajamos del Expreso de Hogwarts o, al menos, lo intentamos. Al que se le ocurrió la brillante idea de juntar a cientos de niños en un mismo tren que únicamente tiene tres salidas ridículamente pequeñas era gilipollas. Y lo sigue siendo, si no lo han matado ya. Como iba diciendo, nos intentamos acercar hacia la libertad, hacia el exterior, cuando una manada de sangresucias y subnormales profundos se nos unieron, corriendo como si les fuera la vida en ello, como si repentinamente se hubiesen dado cuenta de que sus vidas no valían nada. Yo di media vuelta y anduve nuevamente hacia el que había sido mi compartimiento, saqué un libro, ese mismo libro que tenía en algunas páginas el número de palabras que había en ellas, y me dediqué a leer y a esperar cansinamente a que los imitadores del rebaño de búfalos en celo se murieran o, en su defecto, dejaran de taponar las salidas. Dejaron de taponar las salidas, pero se lo debieron de pensar bastante, sopesando los pros y los contras del suicidio, porque tardaron más de diez minutos. Me levanté parsimoniosamente, dejé mi baúl bajo el asiento como nos habían dicho que hiciéramos, y caminé hacia el exterior. Cientos de cabezas, desde distintas alturas, se movían de un lado a otro, buscando antiguos compañeros, caras nuevas o sapos, como el futuro Gryffindor que seguía gimoteando "¡Trevor, Trevor!" a mi izquierda.
—Qué asco, ¿verdad? —dijo alguien que se había acercado por mi diestra—. Me refiero a ése hombre de ahí: mira qué gordo y qué barba tiene más horrorosa.
Miré hacia abajo y me encontré con una despectiva Daphne Greengrass. Bueno, eso es una exageración, por aquel entonces yo era escasos centímetros más alto que ella, no los suficientes como para mirar hacia abajo y verla. Afortunadamente al cabo de los años alcancé una altura aceptable, bastante por debajo de Zabini, aunque al mismo nivel que Malfoy, para frustración de éste. Pero volvamos al relato: me habían encontrado, lo cual no me hizo dar saltos de alegría. A los pocos segundos ya estaba rodeado de caras nerviosas, expectantes y aburridas. En realidad sólo había una cara aburrida además de la mía: la de Draco Malfoy, que durante todo el viaje nos había expuesto hasta la saciedad su interesante opinión sobre la Selección.
El gordo de la barba horrorosa, como muy amablemente lo había apodado Greengrass, nos guió mediante gruñidos y gestos que denotaban su desbordante inteligencia hacia unos botes en los cuales, según diversos rugidos del gigante, nos debíamos colocar en grupos de cuatro. Me dejé arrastrar por Greengrass hacia uno de ellos, el mismo en el que poco después se sentaron Zabini y otro chico muy rubio con cara de mal humor: Zacharias Smith, futuro Hufflepuff para su frustración y Slytherin renegado para unos pocos. No hay mucho que contar de él, entusiasta o, me atrevería a llamarlo fanático, del quidditch, no muy inteligente pero sí bastante violento; podríamos decir que era impulsivo y susceptible, para endulzar la descripción. Aunque era entretenido verle odiando y despotricando contra Potter a la menor oportunidad.
—Menuda mierda de barcucha. Se cae a pedazos, joder. —Esas fueron sus primeras palabras. Adecuadas para un niño de once años, no me cabe la menor duda. Aunque lo cierto es que siempre he catalogado el inconformismo como una virtud.
Cuando pisamos tierra firme de nuevo, apareció milagrosamente el asqueroso y patético sapo que había extraviado su asqueroso y patético dueño. Al cabo de unos minutos nos enteramos de que Malfoy había intentado reventarlo contra una roca sin mucho éxito y que el guardabosque lo había encontrado y se lo había devuelto a Longbottom. Pobre Malfoy, detrás de esa cara de asco permanente y de esas aristocráticas facciones se hallaba un niño malcriado y sádico que sólo buscaba llamar la atención de los que le rodeaban y sentirse superior al resto. Trágico, ¿o no? Y finalmente, tras un poco de teatro y otro poco de sopor, llegamos al vestíbulo y una mujer, McGonagall, nos dio la bienvenida dedicándonos su mejor cara de chupar limones especialmente agrios. Parkinson, si no recuerdo mal, la resumió en dos palabras: pasa amargada. Tras interminables explicaciones que no explicaron absolutamente nada se fue, no sin antes recriminarnos que nos pusiéramos... que se pusieran, mejor dicho, más presentables. Yo estaba perfectamente bien.
—Ésa es la jefa de Gryffindor —nos reveló muy altivamente Malfoy El Suspicaz.
—Ya. Y Snape es el de Slytherin, Sprout la de Hufflepuff y Fli... Flichi... Flichiwicly... —Greengrass se trabó—. Bueno, uno pequeñito el de Ravenclaw. Me lo ha dicho mi prima —añadió al ver que la miraban con curiosidad. Oh, sí, su prima. Malfoy también pareció recordarla, porque se le puso cara de salido en miniatura al instante. Con el paso de los años volvimos a ver esa cara muchas veces, demasiadas.
Smith se nos acercó refunfuñando que unas gemelas le perseguían y nos miró con el ceño fruncido, desafiante, como deseando que le echáramos para saltar a nuestra yugular. Pero la pose de perdonavidas le duró poco, pues se puso a gritar como el maníaco que era cuando unos cuantos fantasmas atravesaron la pared. Después de ver al futuro Hufflepuff perdiendo la poca compostura que pudiera haber tenido, después de que Malfoy se riera de él, después de que el primero se liara a patadas con el segundo y acabara enzarzado en una pequeña reyerta con Crabbe y Goyle, McGonagall volvió para, ceremoniosamente en su humilde opinión, ridículamente en la opinión del resto, darnos paso a lo que llamó El Gran Comedor.
—Es un hechizo para que parezca como el cielo de fuera —explicó la recalcitrante voz de Granger detrás de mí—, lo leí en la Historia de Hogwarts.
Tras algo que injustamente fue denominado como "canción", la subdirectora nos fue llamando por orden alfabético. Los nervios me mataban, tanto que me metí las manos en los bolsillos y me dediqué a mirar en derredor, conteniendo algún que otro bostezo. Zabini, situado algo por delante de mí, se miraba las uñas y escuchaba o, mejor dicho, oía, lo que fuere que Granger le estuviera contando. Malfoy, unos cuantos novatos por detrás, le decía a Parkinson que toda su familia había ido a Slytherin y ella, que no sé si se lo creía, le miraba intentando parecer interesada. Smith se movía de un lado a otro de la fila, gruñendo incoherencias, aparentemente histérico. Lisa Turpin me lanzaba rápidas miradas desde la lejanía y, cuando se daba cuenta de que la había visto, no se sonrojaba ni disimulaba: me sonreía abiertamente. Reconozco que me estaba poniendo nervioso: la observaba con indiferencia, con una indiferencia altamente hiriente, y parecía resbalarle.
—Cuando yo os llame, deberéis poneros el sombrero y sentaros en el taburete para que os seleccionen —nos explicó la joven subdirectora—. ¡Abbott, Hannah!
Crabbe y Goyle fueron seleccionados para Slytherin, al igual que una chica con cara de transexual y aspecto de ser un familiar cercano del guardabosque: Millicent Bulstrode. Después le tocó el turno a Malfoy, el cual nos estuvo dando el coñazo durante semanas recordándonos que el maldito trapo ajado le había colocado en Slytherin sin siquiera tocarle la cabeza. Zabini le espetó que era por su voz de serpiente gangosa, que imponía. No hizo que el rubio dejara de vocalizar como McGonagall sin su dentadura postiza, pero al menos sí que dejó el tema del Sombrero Seleccionador.
—¡Nott, Theodore!
Fui hacia el taburete con las manos aún metidas en los bolsillos y cara de aburrimiento mortal. Sabía dónde pasaría los siguientes siete años, la idea de participar en esa actuación ante cientos de estúpidos me parecía absurda. Me coloqué el sombrero en la cabeza y no me sorprendí cuando comenzó a contarme estupideces: el trapo se debatía entre Ravenclaw y Slytherin, alegando que mi mente era buena pero que mi ambición era mayor, y que ésta última era la que hacía funcionar mejor la primera, o algo ligeramente similar. Así que, tras treinta segundos de monólogo, decidió colocarme en Slytherin. Oh, qué sorpresa.
Caminé tranquilamente hacia mi nueva familia, como McGonagall quería que llamáramos a nuestros compañeros, y me senté junto al que más tarde descubrí que era Adrian Pucey, un cazador del equipo de quidditch dos años mayor que yo.
—¡Parkinson, Pansy!
Sí, fue seleccionada para Slytherin a los pocos segundos, al igual que Greengrass, en cuyo caso el sombrero apenas le rozó el pelo. Después vino la aparición estelar del Gran Pequeño Harry Potter, que tenía cara de estar pensando en si llevaba o no sus calzoncillos de la suerte y que, para satisfacción de Malfoy, que le miraba furiosa y maliciosamente desde nuestra mesa, temblaba como si estuviera siendo víctima de un ataque epiléptico. Fue directo a Gryffindor, como cabía esperar. Cuando Goyle rugía y sus tripas parecían hacerle el coro, el último chico fue llamado por McGonagall. El último chico que resultó ser Blaise Zabini. Slytherin, como acertadamente había predicho él mismo en el tren. Se bajó del taburete aparentemente muy satisfecho, se colocó a mi izquierda y me miró alzando las cejas.
Después del apasionante discurso de nuestro cuerdo director aparecieron los cuatro fantasmas pertenecientes a cada una de las casas y, tras ellos, la comida.
NOTA: Como veis, el fic comienza con el primer año de nuestros queridos Slytherins en Hogwarts. Obviamente no voy a calcar los libros de Rowling, porque sería un rollo de escribir o leer. Me limitaré a que coincidan algunos de los acontecimientos principales, centrándome más en los tres últimos, que serán los más interesantes para la historia.
Con respecto al género, no estoy muy de acuerdo con él: habrá "romances" (qué palabra tan espantosa) y de todo un poco, aunque me hubiera gustado que uno de los géneros fuera algo así como "oscuro", definiría mejor la trama.
Sobra decir, porque ya lo sabéis, que un review anima a un escritor, le hace consciente de la aceptación de su obra y le empuja a seguir escribiendo para todos aquellos que la siguen.
Muchísimas gracias a Filbuster y a Peter Mayfair por los suyos, reconozco que no esperaba ninguno =).
«Metanfetamina»