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: B s . A A A    : full 3/4 1/2   : E E   : Light Dark Books » Twilight » Lo que es y lo que fue

vrydeus
Author of 113 Stories

Rated: T - Spanish - Romance/General - Leah & Rachel - Reviews: 12 - Published: 05-24-09 - Complete - id:5085772

Disclaimer: De la tía esa Meyer y blabla.

Rated y Advertencias: ¿PG15? O algo así. Femslash. Lime, lemmon y derivados. Nada muy explícito pero que lo hay, lo hay. Están advertidas, nada de quejarse después.

Resumen: Sonaba a algo que no tenía nombre porque no lo necesitaba si el simple hecho de estar juntas lo explicaba por sí mismo. –Leah/Rachel. Femslash. Oneshoot.

Nota: ¡ZOMG ME ENAMORÉ COMPLETAMENTE DE ESTE PAIRING! Marca registrada de vrydeus, graciasdenada. (Es broma, no vamos a ponernos territoriales sobre un pairing, for God’s sake). Escrito para mi propio reto de Slash y Femslash de Twilight en el foro del Lobo, la Oveja y el León. No estoy del todo convencida con el resultado pero me ha gustado muchísimo experimentar esta pareja por primera vez. Esperemos que con el tiempo y la práctica mejore porque SÍ, DAMAS, habrá más fics de Leah/Rachel que son mi nuevo otp del femslash.


Lo que es y lo que fue

Las noticias corren muy rápido en La Push, como el fuego y la pólvora. Una persona se entera de algo e inmediatamente, como si fuera una ley tan comprobada como la teoría de la relatividad, medio pueblo está al tanto en menos de cinco minutos. Tres si les apuras.

Leah se entera de las nuevas noticias un martes por la mañana de boca de Seth mientras ambos desayunan tostadas y leche en la sala de estar.

- …y la hermana de Jacob volverá para pasar el fin de semana.

Su mano se congela a medio de camino, a punto de tomar el vaso. Levanta la mirada. Ha dejado de masticar.

- ¿La hermana de Jacob? - ha tenido tanto tiempo de práctica para mentir que ahora no le cuesta nada, es natural aplicar a su voz un tono indiferente cuando por dentro su corazón parece despertar y volver a latir, como si se desperezara y dijera ‘Lo siento, me quedé dormido, pero aquí estoy’ - ¿Cuál?

- No sé, creo que la mayor.

- Seth, son gemelas.

- Ah – frunce el ceño -. Bueno, la que se casó con el hawaiano no, la otra. La que se fue con una beca a Washington (¿era Washington? Jake dijo eso, supongo). Creo que Rebecca.

Leah asiente y sigue comiendo.

No le ve el sentido a corregirle a Seth y decirle que no, no es Rebecca la que vendrá a pasar el fin de semana.

***

El sábado llega más temprano de lo previsto y Leah quiere ignorar aquel día, quiere fingir que no sabe que en ese momento ella ya estará en la casa de los Black. Quiere pretender que no le interesa si preguntará por ella o intentará contactarla, si se acordará que en La Push vive una chica -una mujer, ahora- llamada Leah Clearwater con la que compartió algo más que el vivir en el mismo vecindario desde que eran niñas.

***

- Leah.

No sonaba así, antes. Era diferente. O tal vez será que no tiene buena memoria. Pero sabe que eso no es verdad porque sino no recordaría todas esas cosas que preferiría olvidar, que intentó enterrar en un cajón bajo tierra para nunca volverlo a ver pero que resurgía una y otra vez.

Se voltea, evitando mirarla.

- ¿Para qué me llamaste?

Un silencio incómodo. Vacilación.

- Para… hablar contigo. No te veo desde hace años.

Leah se odia a sí misma por recordar la cantidad exacta. Por tener que morderse la lengua y apretar los labios para no decir ‘Cuatro, Rachel, cuatro años’.

Rachel. También sonaba diferente antes. Sonaba a aquella muchacha de rostro afable y una mente excepcional para las matemáticas. Sonaba a tardes en su casa, en su habitación, leyendo revistas o hablando del nuevo novio de Rebecca. A tomarse las manos con la excusa de sólo hacerlo para incomodar al pequeño Seth de siete años, a algo profundo que sólo ambas entendían y que Rachel ni siquiera compartía con su gemela ni nadie más, algo secreto y oculto y de ellas.

Sonaba a algo que no tenía nombre porque no lo necesitaba si el simple hecho de estar juntas lo explicaba por sí mismo.

- Es verdad.

Y le mira, otra vez.

Sigue siendo la misma. Casi. Aún con el pelo largo, oscuro y lacio, aún con ojos marrones y brillantes y unos labios quizá demasiados finos. La misma imperceptible cicatriz en la mejilla derecha de cuando Jacob con un año y medio le cortó con una cuchara, las manos pequeñas y la tendencia a usar unos vaqueros bastante ajustados cuando en comparación el jersey le queda exageradamente holgado.

Se pregunta si también tendrá aún el lunar en el hueso de la cadera izquierda.

Rachel da un paso en su dirección. Luego otro. Y uno más. Como si tanteara el terreno y calibrara las posibilidades, aún tiene incluso la pinta de la chica que nunca creyó en las casualidades y los cuentos de hadas, sino en las circunstancias y lo que podía medirse, pesarse y verse para creer.

- Leah… ¿no seguirás enojada, verdad?

Sí. Sí estoy enojada, Rachel. Aún luego de cuatro años. De ocho si quieres contar desde el momento en que nos conocimos. ¿Suena a mucho tiempo, verdad? Pues suena a mucho tiempo porque efectivamente ha pasado demasiado tiempo. Exactamente la misma cantidad de tiempo que pasamos juntas, tú te marchaste.

Sí, Rachel, estoy furiosa.

- No.

Recuerda como era esto. Mentirle. Recuerda que siempre le hacía preguntas y ella siempre las evadía o contestaba exactamente con lo contrario, aún sabiendo que era en vano porque Rachel veía a través suyo como si estuviese hecha de cristal.

Da otro paso más y Leah no se mueve ni siquiera cuando le coloca las dos manos en sus hombros.

- Mentirosa - y por un momento vuelven a estar en la habitación de las gemelas, sólo ellas dos mientras a Rebecca le tocaba ayudar a Billy a cocinar. Sólo ellas dos, otra vez las manos tímidamente entrelazadas bajo el edredón y miradas que evitaban encontrarse para no responder a las miles de preguntas que ni siquiera ellas mismas se atrevían a formular -. Mira, Leah, yo no quería marcharme así, pero me conoces. Te expliqué mil veces que no quería seguir los pasos de mi hermana y que La Push no era para mí. Trabajé duro por esa beca y aunque muchas veces pensé en rechazarla, no lo hice porque sabía que allí tenía que ir.

Y como si no hubiera pasado nada de tiempo, como si no hubieran sucedido miles de cosas en esos cuatro años que parecen de esas pausas en la vida en las que quieres llorar porque el mundo no se ha detenido contigo, baja la mano hasta su cintura. Parece que va a abrazarle, pero a medio camino cambia de opinión.

Rachel. También la recuerda a ella.

Siempre tan indecisa. Impredecible hasta el último segundo.

Y recuerda esto aunque quiera decirse que no. Esto, la presión de esos labios sobre los suyos. Todo ese calor que a los dieciséis años era explosivo, nuevo y que le daba un nuevo significado a la palabra besar pero que ahora prácticamente se ha reducido a una sensación templada, casi fría. Y la suavidad que sólo la boca de otra mujer puede brindar. Recuerda el entreabrir los labios para que la lengua de Rachel acariciara la suya, lánguidamente, como si tuvieran todo el tiempo del mundo, como si dijera ‘te compensaré estos cuatro años, Leah, te besaré por otros cuatro y todo lo que le sigue y esta vez no habrá interrupción’.

Tampoco ella quiere que las interrumpan, como pasó antes. Nunca, a poder ser.

Rachel se separa un poco.

- Me matarás por decirte esto ahora y no podría culparte porque yo también me odio a mí misma por ello, pero ¿sabes? - contra sus labios, los alientos entremezclándose y las respiraciones agitadas tan cerca que es como si una se estuviera muriendo y la otra, resucitándola -. Todavía te quiero.

Piensa ‘No’. Piensa ‘No’ mientras se deja hacer como si fuera una muñeca de trapo en sus brazos y Rachel la besa una y otra vez, suave y lento y luego rápido y más completo como una versión más adulta de lo que como niñas en su momento no pudieron experimentar. Piensa ‘No ahora’ cuando se rinde ante la adolescente que una vez fue y alza la mano para enredarla en su pelo, atraerla más a ella y clavarle las uñas en la nuca como si quisiera retenerla allí para siempre. No ahora cuando pasaron cuatro años y casi pudo olvidarle a pesar de saber que nunca lo haría del todo porque aquel que dijo que el primer amor siempre se recuerda supo lo que era ser como Leah y Rachel, Rachel y Leah y nada más. Cuando recuerda que esas mismas dos palabras ella las estuvo a punto de decir pero no tuvo la oportunidad porque el día anterior el teléfono sonó tres veces antes de que atendiera y una Rachel de dieciocho años y sueños demasiado grandes para un pueblo tan pequeño como La Push le dijo Conseguí la beca, Leah.

Me voy, Leah.

(Ya no serás parte de mi vida, Leah.)

Y no importó que esa última noche antes de que su vuelo partiera a Washington hubieran besos menos controlados y caricias donde nunca las había habido. No importaba que le lamiera el cuello, que se sintiera tan mal y bien y correcto e incorrecto y que gimiera contra su boca cuando le palpaba bajo la ropa con movimientos torpes. Más descenso, un poco más de contacto, la mano de Rachel allí donde todo ardía y se derretía y clamaba por su roce, y los primeros jadeos contra su piel. ‘Allí… no, no, allí… más, Rachel… Te q…’ y el resto muriendo en su boca cuando el clímax llegaba, imponente y dejándola hecha de estremecimientos. No importaba devolverle el tacto y verla quebrarse en miles de fragmentos y pensar ‘Dios, no puede ser que te quiera tanto y debas irte mañana’ porque Rachel efectivamente al otro día se iría y nunca más podrían volver a sentirlo, sus dedos acariciando lugares prohibidos y la presión calentándoles la sangre, esos labios tan finos y pálidos entreabriéndose mientras le observaba deshacerse en sus brazos como muestra de lo vulnerable que en realidad quedaba ante ella.

Piensa ‘No, no ahora’ y besa a Rachel con todo lo que tiene, lo que es y lo que fue en algún momento porque cuatro años es mucho, quizás demasiado, pero así, sólo así no parece nada.



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