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You can’t run away from your future
Capítulo 5
La bala atravesó el hombro derecho del haitiano limpiamente. Él se tambaleó y retrocedió un par de pasos hasta chocar con la pared de ladrillo del edificio que tenía detrás. Se llevó una mano a la herida y con una expresión completamente cabal y fría, se dejó caer, deslizándose poco a poco hasta el suelo. La sangre oscura le cubrió los dedos negros, pero Claire no se detuvo con contemplaciones. Le pasó la glock a Peter y continuó puenteando el vehículo. Tomó los dos cables pelados y puso en contacto el mechón de hilos de cobre que sobresalía de cada uno. Las chispas saltaron de inmediato y el monovolumen entero se sacudió cuando el motor comenzó a rugir.
Claire le dirigió una mirada orgullosa a Peter que él correspondió con una sonrisa torcida. Después la joven puso las manos sobre el volante y se preparó para pisar el acelerador, pero él la detuvo.
—Tu mano —dijo simplemente, lleno de sorpresa. Claire siguió la dirección de su mirada, sin comprender, y entonces vio que las heridas que se había hecho en los nudillos al romper el cristal habían desaparecido. No había cortes ni sangre seca, y ya no sentía ningún escozor. Se había regenerado.
—¿Cómo…
Pero Peter ya estaba retirándose el chaquetón y palpándose la herida bajo la camiseta negra llena de sangre.
—La herida ya no está —dijo —Nuestros poderes han vuelto.
Los dos miraron al haitiano, que continuaba inmóvil en medio de la acera, semiinconsciente. Probablemente al ser herido, sus poderes habían dejado de funcionar y de anular los de sus iguales.
—En ese caso, larguémonos de una vez —repuso Claire —llévanos a casa.
A Peter le gustó como sonó ese “a casa” y alargó una mano para tocarla y teletransportarse, pero en ese momento algo cayó sobre el capó de su monovolumen, hundiendo la chapa unos centímetros. Claire contuvo una exclamación de sorpresa.
Nathan Petrelli estaba allí. Con traje impecable, la raya a un lado y el rostro bien afeitado. Sonrió un poco al reconocerles, después bajó del coche de un salto y se acercó a la puerta de Peter, que no tenía cristal, con pasos elegantes y comedidos.
—Hermano —saludó, acompañando su voz con un movimiento de cabeza y una sonrisa amarga—Tú siempre metido en problemas. No has cambiado, Peter.
—No puedo decir lo mismo de ti, Nathan. ¿Desde cuando exhibes tus poderes? Pensé que no querías que nadie supiera que eres uno de los nuestros.
—¿Hermano? —susurró Claire, con un hilo de voz.
Peter la miró, y no necesitó leerle la mente para saber lo que estaba pensando. Maldijo su suerte y separó los labios para explicarse, pero Nathan se le adelantó.
—Peter es mi hermano menor, ¿no te lo había dicho, Claire?
Ella no supo qué parte de sus palabras le resultó más demoledora; si el descubrir que la persona en la que había confiado esos últimos días era familia del hombre que más odiaba en el planeta o el hecho de que el Presidente de Estados Unidos conociera su nombre y hubiera ido a buscarla personalmente.
—¡Tú! —acusó a Peter.
Molesto, Peter cerró los ojos y paró el tiempo. Claire se había quedado congelada con una expresión acusatoria y despectiva. Sus labios se replegaban hacia atrás sobre los dientes blancos, como si fuera a insultarle.
Él sabía que tarde o temprano se enteraría de su parentesco con Nathan, pero había esperado que para entonces Claire ya confiara en él, de modo que le permitiera explicárselo. Ese era el peor momento para tener una discusión con ella y convencerla de que era la única persona de la que podía fiarse. No obstante, le tocó suavemente un brazo y la devolvió al movimiento.
—¿Cómo has… —Claire se detuvo en mitad de la frase, percatándose de que Peter había vuelto a congelar el tiempo y probablemente a ella también. Petrelli estaba paralizado con una mano apoyada en el techo del vehículo y el cuerpo inclinado para hablar por la ventanilla. Por detrás de él, el haitiano parecía desmayado o muerto. Nada se movía alrededor y no había ningún sonido. Era como estar dentro de una burbuja.
—Claire, tienes que escucharme —Peter reclamó su atención, hablándole con aspereza —Yo…
—¿Es verdad que el presidente Petrelli es tu hermano? —le interrumpió ella, hoscamente.
Peter apretó los dientes y cerró los puños.
—Sí.
Lo siguiente que vio fue la glock de Claire apuntándole directamente entre las cejas.
—Me has engañado —escupió ella. La voz le temblaba pero las manos no. Sujetaba el revolver con firmeza, los brazos rectos y las manos rígidas. Sin embargo, lo que Peter encontraba más perturbador era su expresión, parecía tan dolida y derrotada que no pudo evitar leer sus pensamientos.
“Tú también no. ¡Confié en ti! ¡Eres otro de ellos! Como los que mataron a mi padre, los que me hicieron esto… ¿Qué voy a hacer ahora?”.
—Claire, yo no soy Nathan y no trabajo para él —se defendió, mostrándole las palmas de las manos para tranquilizarla. Era un gesto vano y los dos lo sabían. Peter podría congelarla, subirla volando a una azotea o volverse invisible ante sus narices. Su ventaja era abrumadora, sin embargo, se mostraba dócil, algo que Claire no podía comprender.
—Si eso es cierto, ¿por qué no me dijiste que Petrelli era tu hermano?
—Porque sabía que reaccionarías así.
—¡Apártate!
—Claire…
Sin más preámbulo, Claire apretó el gatillo con decisión y el proyectil salió disparado a toda velocidad. Pasó junto a la oreja derecha de Peter y continuó su camino hasta dar con un blanco.
En un primer momento, pensó que Claire había errado el disparo, después, al percibir un movimiento por el rabillo del ojo, se dio cuenta de que no le había disparado a él. Oyó un gruñido de dolor y se volvió hacia Nathan. Se sujetaba un brazo y apretaba los dientes, furioso y lastimado. De alguna manera había logrado descongelarse, lo cual no era posible.
En toda su vida, Peter sólo había conocido a una persona capaz de vencer la habilidad de detener el tiempo. Sylar.
Justo en ese momento escuchó un portazo y giró el rostro a tiempo de ver a Claire salir del vehículo a toda velocidad y perderse por un callejón. Abrió la boca para llamarla pero Nathan se propulsó y salió volando para perseguirla.
—¡No! —gritó Peter. Arrancó la puerta, más que abrirla, y echó un brazo hacia atrás para tomar impulso. Fue como si lanzara un explosivo invisible que surcó el aire tras Nathan y lo alcanzó en cuestión de unos segundos, desviándolo de su trayectoria. El presidente perdió el control y se estrelló contra la cristalera de un edificio, atravesándola con su cuerpo.
Peter no se detuvo. Se quitó el chaquetón, lo arrojó al suelo y se lanzó tras su hermano. Aterrizó de golpe sobre los cristales rotos, a tiempo de ver a Nathan levantándose trabajosamente de entre los escombros. Estaban en una planta de oficinas, llena de mesas vacías.
—Esto ha llegado demasiado lejos—le avisó Nathan en tono autoritario. Tenía cortes en la cara y manos y sangraba profusamente en el brazo en el que Claire le había disparado.
—¿Quién eres? —exigió Peter sin inmutarse. Quería una confesión.
Nathan soltó aire entre dientes, como si fuera a sonreír o a decir algo, pero en lugar de eso alargó una mano hacia Peter con los dedos índice y corazón estirados. Fue como si unas manos invisibles le alzaran y la estrellaran contra una pared, clavándole a ella con una fuerza irresistible. Peter, incapaz de moverse, no pudo más que contemplar a Nathan lleno de odio.
—¿Quién crees tú que soy, Peter? —aunque la voz continuaba siendo la de Nathan, el tono era completamente diferente. Ya no era agudo, limpio y elegante. Era más grave e irónico, casi burlesco. El rostro también estaba transformado en una mascara grotesca de deleite, ira y locura. Era como contemplar a un extraño metido en el cuerpo de su hermano —Venga, Pete, ¿no lo adivinas?
Peter apretó las mandíbulas, luchando por vencer la resistencia invisible que le apuntalaba. Deseaba furiosamente liberarse para enfrentarse a Sylar y vengar a su hermano.
—Vamos —Nathan se acercó hasta él sin dejar de apuntarle con los dedos —No lo estás intentando. Te daré una pista: no soy tu querido hermano. Hace años que no lo soy —añadió, y ahora su tono se volvió desdeñoso y cruel. Contempló durante unos instantes los inútiles esfuerzos de Peter por liberarse y sonrió de lado —Hace años que lo maté.
La furia que recorría el cuerpo de Peter le daba energía para seguir peleando. Ardía en deseos de asesinar a Sylar de la manera más lenta y dolorosa posible, y la impotencia que experimentaba no hacía más que enardecerle.
—Y ni tú ni tu adorada madre os habíais dado cuenta. Debo reconocer que hubo momentos en que pensé que me habíais descubierto —sonrió maliciosamente y ante los ojos de Peter se transformó en el Sylar que recordaba —sobre todo Angela, pero supongo que simplemente no queríais verlo, ni aceptarlo. Que el endeble de Nathan había muerto a mis manos, después de anunciar al mundo que yo ya no existía y que era el responsable de la destrucción de medio Nueva York. Pero eso ya lo sabes, ¿verdad, Peter? Me hicieron cargar con tus culpas así que ya no podía seguir siendo yo. Supongo que es justo que me convirtiera en tu hermano y que acabe contigo después de que me usarais como chivo expiatorio. Llamémoslo… justicia poética.
A renglón seguido, movió la mano en el aire para perforar el cráneo de su victima pero, tal vez debido a las heridas de Sylar o a la propia cólera de Peter, éste consiguió liberarse de su agarre y sus pies volvieron a tocar el suelo. De manera automática echó las manos hacia delante, empujando a Sylar como si lo hubiera tocado realmente. Él salió disparado por encima de las mesas de oficina, hasta golpearse de lleno contra una pared y caer al suelo hecho una bola.
Peter no le dio tiempo a reponerse, conjurando energía en su mano derecha mientras caminaba hacia él. Le arrojó un proyectil de luz blanca pero Sylar logró esquivarlo por los pelos arrastrándose hacia un lado. Se incorporó y atrajo una mesa con sus poderes para usarla como escudo en el mismo instante en que su enemigo atacaba. La bola de energía de Peter atravesó el mueble como si fuera de mantequilla pero Sylar aprovechó los breves segundos que eso le dio para volar hacia la ventana. Peter se giró y le lanzó otra bola que le alcanzó en la espalda justo cuando llegaba a la salida. Sylar gritó y cayó hacia abajo, vencido por la gravedad.
Sin embargo cuando Peter se asomó a los ventanales y miró hacia abajo, no vio rastro de su cadáver en la acera, ni tampoco sobre el techo de ningún vehículo. Maldiciendo interiormente, descongeló el tiempo y se marchó volando a buscar a Claire.
Claire corría a toda velocidad por las calles congeladas de Midland. El mundo se había parado a su alrededor y pensaba aprovechar la oportunidad para poner toda la distancia posible entre los Petrelli y ella. Notaba el aguijón del flato hundiéndosele en las costillas y a pesar de ello se negaba a detenerse, sin dejar de lamentar interiormente que la invulnerabilidad no le aportara algo de resistencia extra.
No tenía claro hacia donde huir. No tenía ningún lugar ni ninguna persona a la que acudir, y aquel en quien había confiado resultó ser sólo otro de los hombres de Petrelli. O mejor, su propio hermano. Debía haber sospechado algo cuando le dijo que el presidente tenía un interés personal en ella.
Lo que no alcanzaba a comprender era por qué no había dejado que simplemente la capturaran. Quizás su misión era diferente, quizás quería sacarle información primero, posiblemente sobre las personas a las que había ayudado su padre, la gente especial a la que había escondido. Seguramente por eso había accedido a llevarla con Andy, para congraciarse con ella y sonsacarle mejor.
Se sentía idiota por haber depositado en él su confianza. Su padre no lo habría hecho y Claire le había hecho un flaco favor a su memoria siendo tan estúpida y crédula. No era lógico que alguien tan poderoso como Peter fuera por libre. Los hombres del presidente deberían haberle encerrado o reclutado.
Había mentido desde el principio.
“¿Por qué me has salvado.”“Supongo que no puedo dejar de hacerlo.”
“No voy a irme sin ti, Claire”.
“¿Aún no te has dado cuenta? Tú no te vas a ninguna parte sin mí”.
Mentiras, todo mentiras. Por eso no quería separarse de ella, por eso la vigilaba constantemente.
¡Traidor!
Claire intentó no dejarse llevar por la rabia y el dolor que abnegaban su mente. Tenía que pensar con claridad y analizar sus opciones. No tenía nada más con ella que su pistola, un poco de dinero en metálico e identificaciones falsas que ahora tampoco podría usar. Peter podía haberlas visto y de cualquier modo, ya sabía que su plan original había sido ir a Arkansas.
De pronto el mundo se puso en marcha otra vez. Los peatones continuaron su camino por las aceras y los coches se deslizaron en todas direcciones. El ambiente se llenó del sonido de los motores, cláxones, conversaciones y música callejera.
Claire se metió de inmediato en unos soportales para evitar ser vista. Los hombres de Petrelli, el presidente y Peter estaban por la ciudad, buscándola.
Usar cualquier tipo de transporte público estaba descartado. La buscarían en las estaciones de trenes y buses, en los taxis y en los aeropuertos más cercanos. Quedarse en la ciudad tampoco parecía una opción. Contarían con ello, dado que era su última residencia conocida y el lugar donde estaba su novio y sus amigos. Recurrir a ellos no estaba sólo descartado, sino que supondría ponerles en peligro.
¿Qué demonios podía hacer?
Peter se volvió invisible en el aire sin dejar de otear cada calle y callejón de la ciudad en busca de Claire o Sylar. Especialmente de Claire. Debía dar con ella antes de que los hombres de Sylar lo hicieran o sería demasiado tarde para ella.
El corazón le latía a toda velocidad, acumulándole sangre en las sienes. Notaba los miembros pesados y la respiración agitada ante la posibilidad de que Claire muriera.
Esa pequeña boba.
Quizás el iluso fuera él por seguir pensando que si salvaba la animadora podría salvar el mundo, reparar lo que había hecho. Quizás fuera un inepto por interesarse por ella más de lo estrictamente necesario, pero no podía abandonarla a su suerte ni siquiera ahora. Ni siquiera cuando acababa de descubrir lo que apenas se había atrevido a imaginar en sus más oscuras pesadillas: que Nathan había muerto y que ese que se hacía pasar por él no era otro que Sylar.
Ahora que sabía que su hermano estaba muerto, el miedo a perder a Claire también se había intensificado. Hubo un tiempo en que intentó salvar a todo el mundo y después de fracasar estrepitosamente, ni siquiera pudo proteger a su propia familia. La idea de fallarle a Claire también le hacía sentirse enfermo y desquiciado como en las semanas siguientes a su explosión.
Al pensarlo, notó el calor generándose dentro de su cuerpo, como si fuera un reactor nuclear. Impotente, contempló como sus manos se volvían visibles y rojas, su piel trasluciendo la energía radioactiva que incrementaba en su interior. Apenas podía respirar y mucho menos controlar sus propias reacciones.
Conocía esa sensación incontrolable y arrasadora de tener una bomba iniciando la marcha atrás en su interior. Si no lograba dominarse explotaría otra vez y se llevaría a todo Midland y sus habitantes con él.
Demasiado afectado para volar, Peter aterrizó torpemente en una acera llena de gente. Sus poderes habían comenzado a fallarle y ya no era invisible. Un puñado de transeúntes le vieron y retrocedieron espantados.
Hiperventilando, Peter se arrastró hasta la entrada de un parking subterráneo intentando minimizar las consecuencias de una explosión que parecía inminente. Tropezó en los peldaños y rodó escaleras abajo como un fardo. Se quedó paralizado unos instantes, pero después continuó arrastrándose hacia el interior del parking. Su calor corporal alcanzó cotas insoportables y su propia piel parecía a punto de quemarse. La cabeza amenazaba con estallarle en pedazos y sus órganos internos con licuarse por la exposición a temperaturas tan altas.
Incapaz de arrastrarse unos centímetros más, Peter se rindió frente a un Cherokee plateado. Un coche frenó bruscamente para no atropellarle. Escuchó vagamente el sonido de la puerta abriéndose y unos pies tomando tierra, y con un gran esfuerzo se volvió, quedando boca arriba. Quería alertar a la persona de que huyera, que se alejara lo más rápido posible de él.
Sin embargo, no se encontró un rostro anónimo ni desconocido. Era Claire.
—¡Peter! —exclamó ella, con el arma sujeta laxamente en una mano. Sabía que lo más inteligente sería largarse de allí aprovechando que él no parecía en condiciones de seguirla pero Claire no podía apartar los ojos de Peter ni librarse de la angustia que le producía su visión. Se sacudía victima de un temblor constante, su cuerpo entero irradiaba una luz y un calor insalubres y parecía estar retorciéndose de dolor.
—Cla..i…re… —gimió él con un hilo de voz rota y zozobrante. Claire no lo aguantó más. Dejó la glock sobre el capó del coche que acababa de robar y se arrodilló junto a él, poniéndole la cabeza sobre sus rodillas en un acto más reflejo que premeditado.
—Peter. ¡Peter!, ¿qué te pasa?
Él boqueó como si fuera incapaz de llenarse los pulmones de aire. Sus labios se movían rígidamente, intentando pronunciar algo que se le escapaba.
—¡Vete! —farfulló de golpe en un torrente de voz cortada y brusca —Voy…a…esta..llar…
Claire abrió mucho los ojos, comenzando a comprender. Se le erizó la piel de la nuca y el cuerpo entero se le tensó. Le tocó el rostro sudoroso y sintió un escozor doloroso en las yemas de los dedos. Apartó la mano y se dio cuenta de que se había quemado, pero su piel se regeneró rápidamente eliminando las quemaduras.
—¡Vete! —escupió él otra vez.
Como un relámpago, una certeza apareció en la mente de Claire. Era Peter Petrelli y no Sylar el que había explotado en plena Nueva York cinco años atrás. Y fuera por lo que fuera, iba a volver a hacerlo llevándose a Midland y todos los alrededores en el camino.
—No —se negó ella. Se quitó la cabeza de Peter de las rodillas, se acuchilló a su lado y le pasó un brazo por debajo del cuello —Voy a sacarte de aquí. Ayúdame.
Peter utilizó sus últimas fuerzas para ayudar a Claire a ponerle en pie. Con gran esfuerzo lo consiguieron y ella le guió hasta el asiento del copiloto. Le colocó dentro y cerró de un portazo antes de rodear el coche y correr hasta el volante. Pisó el acelerador y salió disparada hacia la salida del parking. No tenía tiempo para pagar la estancia (por no mencionar que el coche era robado) así que Claire aceleró a fondo y se llevó por delante la barrera de seguridad. El coche rugió por el esfuerzo pero subió la empinada cuesta que les llevó a una de las calles principales de la ciudad. Claire se lanzó a la carretera sin ceder el paso e ignorando los pitidos que los demás conductores le dedicaron, realizó una serie de adelantamientos temerarios e invadió incluso el carril contrario.
Peter, a su lado, se abrazaba a sí mismo y apretaba las mandíbulas con todas sus fuerzas como si tratara de contener la bomba que guardaba en su interior.
—Hay una carretera estatal saliendo de Midland —recitó Claire atropelladamente —No pasa por ningún pueblo en varios cientos de kilómetros.
Peter entendió vagamente sus intenciones y cerró los ojos como toda respuesta, concentrándose en calmarse. La energía nuclear vibraba dentro de él, fluyendo hacia todo su cuerpo como si la tuviera en la sangre. Sin embargo, se sentía más consciente de sí mismo que unos segundos atrás. Claire bajó las ventanillas de modo que el aire que le bañaba el rostro, revitalizándole.
Empezó a darse cuenta de que había encontrado a Claire (o ella le había encontrado a él) y eso ayudó a tranquilizarle. Los edificios fueron quedando atrás, así como las huellas más inminentes de civilización. Pasados unos minutos llegó a leer el cartel que indicaba el inicio de la carretera estatal. Claire aumentó la velocidad y siguió adelante, lanzándole miradas de reojo para cerciorarse que el tono rojizo que parecía emanar de su piel comenzaba a disiparse. Poco a poco iba perdiendo color y apenas temblaba. Había girado el rostro hacia ella y la observaba conducir, siguiendo todos sus movimientos con la mirada.
—No quiero hacerte daño —murmuró él, pasados unos segundos de silencio. Ya no había nada a su alrededor más allá de extensiones tierra desierta —Nunca he querido hacerte daño.
Claire apretó los labios y fijó la vista en la carretera. No estaba segura de querer escucharle, sobre todo porque le creía. Por alguna razón le creía.
—No trabajo para los hombres del Presidente. Si no me han detenido es porque Nathan es…—Peter se detuvo e hizo una mueca de dolor. El calor ya casi había desaparecido por completo, ahora se sentía frío y mareado, y pensar en Nathan resultaba insoportable —era…mi hermano, y porque sabe que sus hombres no pueden hacer gran cosa contra mí. Hasta ahora yo me he mantenido al margen y él me ha dejado en paz.
—Hasta ahora —repitió Claire, como si hubiera algo en sus palabras que la incomodara.
—Dejé de estar al margen cuando te ayudé a escapar, Claire —dijo él, con tono calmo y grave. Tenía de nuevo esa expresión hermética, dura, que parecía profundizar la cicatriz en su rostro.
—¿Y qué te ha pasado? —preguntó ella rápidamente. No quería tocar el tema anterior, no quería pensar en por qué la había salvado e ido contra su propio hermano por ella. Tenía más miedo de que eso fuera verdad que de que estuviera mintiéndole. Resultaba extraño y turbador.
Peter tardó unos segundos en responder. Dejó de abrazarse a sí mismo y relajó el cuerpo con cuidado, cerciorándose de que los síntomas de su inminente explosión habían desaparecido casi por completo.
—Mi hermano está muerto.
—Le herí en un brazo —se justificó ella inmediatamente, impactada por la noticia.
Él esbozó una sonrisa sin humor.
—No fuiste tú. Nathan lleva años muerto. Sylar tiene el poder de transformarse en él, lleva suplantándole todo este tiempo. Me juego lo que quieras a que la Ley Linderman siempre fue cosa suya: quiere quitarse de en medio toda la competencia. Ahora es el hombre más poderoso del mundo.
Claire guardó silencio por unos instantes, procesando la terrible noticia. Había odiado a Nathan Petrelli desde que llegó al poder e instauró la ley Linderman y ahora descubría que en realidad, el hombre al que había detestado y temido todo ese tiempo era él que le había destrozado la vida en primera instancia: Sylar. Su pesadilla desde que tenía dieciséis años vivía y había vuelto a por ella.
—Por eso me quiere —murmuró, más para sí misma que para Peter —Para robarme mi poder. Si puede regenerarse…
—Nadie podrá acabar con él —completó Peter con un tinte oscuro en la voz.
Los dos intercambiaron una mirada llena de significado.
—Ahora entiendo por qué me has protegido —dijo ella.
Peter podría haberle dicho que en realidad no tenía ni idea de por qué protegerla era tan importante hasta ese día. Que no había comprendido las verdaderas razones que ocultaba el interés de Nathan en ella hasta que descubrió que en realidad él era Sylar, pero decidió no hacerlo. No podía ofrecerle otras razones. No quería tampoco dárselas a sí mismo.
Permanecieron unos minutos más en silencio. Peter subió la ventanilla y el ronroneo del motor fue lo único que se escucharon.
—Sal de la carretera y para el coche —dijo él, pasado un rato.
Claire le dirigió una mirada de extrañeza, pero obedeció. Se salió de la estatal y detuvo el vehículo en los rastrojos de un campo próximo a la carretera. Entonces se giró hacia Peter.
—Ahora conduzco yo —explicó él.
Le puso las manos en la cintura y en un parpadeo, los dos desaparecieron del vehículo robado como si nunca hubieran estado allí.
Ocho mil años después actualizo. Tengo un par de capítulos más escritos ya pero los escribo a ritmo de caracol reumático y con narcolepsia así que los subo igual de lenta. Si alguien todavía sigue interesada/o en el fic será un milagro y tendrá mi gratitud eterna. Como nota, todo apunta a que seran 10 episodios y un epílogo, ahora a ver cómo se me da. Gracias de antemano.
Con cariño, Dry.