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Livia57adC
Author of 31 Stories

Rated: M - Spanish - Romance/General - Harry P. & Draco M. - Reviews: 200 - Updated: 11-05-09 - Published: 06-03-09 - id:5108533

IN VINO VERITAS

CAPITULO V


Eileen observó a su marido en silencio. Él fingía leer, pero ella se había dado cuenta de que llevaba un buen rato corrigiendo el mismo examen. Con el bolígrafo rojo en la mano, sin utilizarlo. Y Severus era de los que no perdonaba ni la más pequeña falta de ortografía. Eileen sabía que su marido tenía el corazón dividido. Y que esa era una de las pocas ocasiones en las que le había visto dudar, incapaz de decidir qué era lo correcto. Harry había recogido sus cosas aquella misma tarde y había vuelto a su casa. Severus le había visto marchar sin decir esta boca es mía. A Eileen le habría gustado sacudir a su marido y detener a Harry. Y darle con la muleta después. ¡Hombres! La noticia de que el ahijado de Severus llegaba al día siguiente había provocado la desbandada. Esta vez se quedaría al menos un par de semanas. Y como el curso escolar acababa en apenas en dos días, era lógico pensar que Draco venía dispuesto a pasar mucho tiempo con su padrino, aparte de con su hijo.

Para ella las cosas eran más sencillas. Draco Malfoy le había parecido un hombre encantador. Pero Harry era su “niño”, a pesar de que ya no tuviera edad para ser el niño de nadie. Tenía veintidós años cuando Eileen le había conocido, después de un tiempo de haber empezado a salir con Severus, Robert todavía por aquel entonces. Ella no había vivido los peores momentos de Harry, al principio de llegar a Nueva York. Pero había sufrido con Severus sus devaneos con el taxi y más tarde en aquel club gay de Chelsea. Laurie había sido una verdadera bendición en la vida de su hijo, solía decirle Severus. Ella estaba completamente de acuerdo. Cuando había fallecido, ambos habían sufrido casi tanto como el propio Harry. Eileen no conocía demasiado de aquel amor adolescente con el padre de Scorpius. Sabía por Severus que ambos habían sido enemigos declarados en la escuela, por culpa de aquella complicada historia de magos oscuros, profecías y un montón de cosas más que Eileen tenía serias dificultades en comprender. Y que habían acabado en una apasionada relación que finalmente Draco había roto. Para Eileen estaba claro como el agua. Su corazón no tenía divisiones. Era enterito de Harry.

Cuando aquella tarde Eileen le había ayudado a recoger sus cosas, Harry había estado muy callado, taciturno. Hasta el punto de que, por un momento, se había sentido como si ella y Severus le estuvieran echando.

—No tienes por qué irte —le había dicho, un poco molesta—. Esa historia ocurrió hace demasiado tiempo como para que dejes que te afecte tanto, Harry.

Él había seguido metiendo en la bolsa de viaje las prendas que Eileen iba doblando y dejando sobre la cama.

—Simplemente encárale y pasa página —había insistido Eileen—. ¡Sois dos hombres hechos y derechos, por el amor de Dios! —bueno, tal vez derechos no— ¡No dos sacos de hormonas de diecisiete años!

Entonces, sin mirarla, apretando con innecesaria fuerza en la bolsa los pantalones que acababa de darle, Harry había dicho:

—Seguramente Severus diría que no estoy haciendo honor a mi Casa —una sonrisa avergonzada había asomado a sus labios— Pero si tengo a Draco frente a mí, lo último que podré hacer es pasar página, créeme.

Y Eileen continuaba preguntándose cómo se podía seguir estando enamorado de alguien que te había dejado y que no habías visto en treinta años.

o.o.o.O.o.o.o

Draco llegó a Nueva York con tres objetivos claros. Pasar el mayor tiempo posible con su hijo. Recuperar el tiempo perdido con su padrino. Y encontrar tiempo para meditar sobre su matrimonio. El primero tendría que adaptarse a los horarios de Scorpius en el hospital. El segundo sería mucho más fácil, ya que Severus tenía clases de recuperación de verano sólo por las mañanas. Para el tercero ya encontraría el momento.

Cuando llegó a casa de Severus aquel mediodía, dos días después de haber aterrizado en Nueva York, Draco se sentía especialmente animado. Comería con su padrino y su esposa y pasaría la tarde con Severus en el sótano, ayudándole a hacer algunas pociones de uso diario, para el dolor de cabeza o el ardor de estómago. A Draco siempre le había relajado ponerse delante de un caldero y poder hacerlo junto con su padrino le llenaba de felicidad.

—Huele delicioso, Eileen —alabó, aspirando con apetito el aroma del asado que llenaba la cocina.

Ella sonrió. Mordiéndose la lengua y las ganas de preguntarle si todavía recordaba a un amor de adolescencia llamado Harry Potter. Eileen reconocía que tenía que haberle amado mucho para escribir la carta que escribió. Y también haber pasado su parte de calvario, cuando creyó que Harry estaba muerto. Definitivamente los hombres eran idiotas, pensaba Eileen mientras preparaba la ensalada. El idiota de su hijo, huyendo como un conejo. El idiota de su marido, incapaz de obligarle a quedarse. El idiota de Scorpius, metiendo las narices donde no debía y liando todo aquel berenjenal. Eileen suspiró. Y aquel bendito, sonriendo como un idiota, sin enterarse de la misa la mitad.

—Por cierto, les he traído una cosa —dijo Draco, sacando unos pequeños objetos de su bolsillo y dejándolos encima de la mesa.

Eileen jamás podría dejar de asombrarse cuando alguien agitaba una varita y realizaba magia frente a ella. Una serie de botellas recuperaron su tamaño normal y Eileen dejó escapar un involuntario ¡oh! casi tentada a aplaudir como cuando un mago muggle ejecutaba un buen truco.

—Whisky de fuego, hidromiel y cerveza de mantequilla —explicó Draco—. Puede que usted no haya probado nunca ninguna de estas bebidas.

Eileen examinó detenidamente las botellas, que eran muy parecidas a cualquier botella muggle, dejando aparte la singularidad de sus etiquetas.

—Muchas gracias, Draco —dijo—. ¿Alguna de estas bebidas sirve para la comida?

—Me temo que no —respondió él. Tomó una de las botellas más pequeñas—. La cerveza de mantequilla no tiene nada que ver con la cerveza muggle. Tal vez su sabor le parezca un poco extraño si no la ha probado nunca, puede que incluso lo encuentre algo empalagoso. Su base es el almíbar, al que se añade mantequilla y agua con gas para que se haga efervescente (1). Suelen tomarla los niños.

—La probaré, aunque creo que será demasiado dulce para mí —aseguró Eileen.

Draco tomó otra de las botellas.

—La hidromiel es una bebida alcohólica fermentada a base de miel y agua. Es una bebida muy antigua que ya consumían los celtas, los sajones e incluso los vikingos. Existía la tradición de que las parejas recién casadas la tomasen durante un ciclo lunar después de la boda, para conseguir un hijo varón. De ahí lo que actualmente conocemos como “luna de miel”, que viene aproximadamente del siglo XVI.

—¡Vaya! Eres una enciclopedia andante —se admiró Eileen.

Él se rió.

—Me gusta leer —afirmó.

Antes de que Draco pudiera hacer alguna referencia al whisky de fuego, llamaron a la puerta de la cocina.

—¿Eileen, estás ahí?

Eileen reconoció la voz de Ethna, su vecina. Bastó una mirada de la profesora para que Draco hiciera desaparecer las botellas.

—Adelante Ethna, está abierto.

Una mujer sonriente, vestida con un chillón chándal verde entró en la cocina de los Norton. Debía tener más o menos la misma edad que Eileen. En las manos llevaba una bandeja cubierta con papel de aluminio.

—Oh, lo siento, no sabia que tenías visita —se disculpó.

—No te preocupes, querida. Es un amigo de Inglaterra.

—Encantado, señora —saludó educadamente Draco.

Ethna le sonrió embelesada a aquel hombre tan rubio y guapo.

—Sólo venía a traerle esto a Jimmy —dijo después, dejando la bandeja sobre la mesa y retirando el papel de aluminio para dejar al descubierto un espléndido pastel— De chocolate y nueces, su preferido.

—Oh… eres muy amable, Ethna —agradeció Eileen, un poco apurada.

—No tienes que agradecer nada, mujer —Ethna le hizo un pequeño guiño a Draco—. Su chico es lo más goloso que he conocido nunca. Está bien que hayas venido de visita… er…

—Draco.

—Tienes un nombre la mar de extraño… —Ethna miró a Draco como si considerara la salud mental de sus padres al elegir tal nombre. Después se volvió hacia Eileen—. Debe tener la misma edad que tu hijo, ¿verdad Eileen? No sabes cuánto me alegro de que estés aquí —otra vez, se dirigía a Draco—, porque después de tantas semanas en el hospital, Jimmy necesita airearse un poco. En buena compañía.

Eileen suspiró. Aquello se le estaba yendo de las manos.

—Le diré a Jimmy que le has traído el pastel —la profesora empujó sin demasiadas cortesías a su vecina hacia la puerta—. Muchas gracias, Ethna.

Cerró la puerta y respiró hondo antes de volverse hacia su invitado. El rostro de Draco era de un absoluto desconcierto. Seguramente preguntándose por qué Severus le había mentido, diciéndole que no habían tenido hijos.

—Puedo explicarlo —se adelantó Eileen, antes de que preguntara— Jimmy no es realmente nuestro hijo. Severus lo adoptó. Antes de conocernos.

Draco alzó una ceja, con expresión de que aquella explicación no le estaba convenciendo demasiado. Un hijo era un hijo. Adoptado o no. Además, ¿Severus adoptando a un niño, completamente solo? Eileen le devolvió una mirada resignada.

—Yo casi preferiría que hablaras con Severus —dijo.

Sin embargo, Draco no estaba dispuesto a dejar el tema fácilmente.

—¿Por qué le esconde? —y pensando en la mención que había hecho la vecina del hospital preguntó también— ¿Tiene algún tipo de problema?

¡Por supuesto que lo tenía! Pero no del tipo que seguramente Draco estaba pensando.

—Tuvo un accidente de moto hace un par de meses —respondió Eileen.

—Ah…

Al menos no era retrasado o tenía alguna enfermedad rara de la que su padrino se avergonzara. A Draco se le quitó un peso de encima. No se imaginaba a Severus avergonzándose de su propio hijo. Aunque fuera adoptado. Así que todavía entendía menos aquella omisión.

—Entonces, ¿por qué me lo habéis ocultado? —preguntó.

El corazón de Eileen dio un brinco de alegría cuando oyó la puerta de entrada. Severus acababa de llegar. Bien, que fuera su marido quien apechugara con aquella situación. El hombre entró tranquilamente en la cocina sin sospechar la que se le venía encima.

—A veces me pregunto por qué sigo dedicándome a esto —gruñó a modo de saludo.

Besó a su esposa y le dio unos golpecitos en la espalda a Draco. Después vio el pastel. Eileen no era muy dada a hornear pasteles.

—Vaya, pastel de postre —sonrió a Draco—. Tendrás que venir con más frecuencia.

—En realidad lo ha traído Ethna —dijo Eileen, en un tono en el que Severus sólo pudo pensar “oh, oh”—. Para Jimmy.

—Sí, ya sabes, tu hijo —intervino Draco, dirigiéndole una mirada acusadora.

Cuánta razón tiene el refrán que dice que se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo, se recriminó Severus. El matrimonio intercambió una mirada de aceptación de lo inevitable. Draco observó a ambos con recelo.

—Creo que Draco necesita una explicación, Severus —apremió Eileen a su marido.

La entrometida de Ethna, suspiró Severus mentalmente. Bien, difícilmente podría encontrar una explicación convincente que satisficiera a Draco, sino era con la verdad. Su ahijado le miraba en ese momento como si hubiera traicionado el código más sagrado de los magos. Severus apartó una silla y se sentó, indicando a Draco que hiciera lo mismo.

—Creo que en la anterior ocasión que estuviste aquí, no llegué a contarte cómo llegué a esta ciudad.

—No, no lo hiciste —aunque Draco se preguntó qué tendría que ver la forma en que llegara su padrino a Nueva York, con tener un hijo.

Severus asintió pesadamente antes de empezar a hablar.

—Lo planeamos todo con Albus —empezó a explicar—. Él era garante de que yo había estado en el lado correcto durante todos aquellos años; de que había espiado para la Orden del Fénix desde las filas del Señor Oscuro —a pesar de los años, Severus no podía evitar seguir nombrándole así—, aunque en los últimos momentos pareciera todo lo contrario.

Con mucha clarividencia, Eileen había abierto una botella de whisky de fuego y había puesto un vaso frente a cada uno de los dos hombres.

—Si a Albus llegaba a pasarle algo, como así fue por desgracia, yo quedaba completamente desprotegido. Por lo tanto, cuando llegó el momento, sólo tuve que dejar unas ropas desgarradas con algo de mi sangre para que, aunque no encontraran mi cuerpo, todo el mundo pensara que había tenido el final que me merecía. Llevaba siempre encima un traslador que me dejaría en la habitación de un hotel, cerca del aeropuerto, donde ya tenía preparada mi maleta, documentación, dinero y todo lo necesario para viajar a Estados Unidos y desaparecer para siempre. Compré el billete en el mismo aeropuerto, una semana después, y no miré atrás.

Severus hizo una pequeña pausa, para dar un sorbo a su vaso de whisky, con una mirada de agradecimiento a su esposa.

—El caso de Potter era distinto —tanto Eileen como Severus observaron la sorpresa en el rostro de Draco ante la mención de Harry—, le había dicho a Albus que, si sobrevivía, quería desaparecer. Estaba cansado, sobrepasado por una situación de la que no era responsable, pero que todo el mundo esperaba que resolviera sin importar cómo. Quería que le dejaran tranquilo y empezar de nuevo en algún otro lugar, sin que nadie le señalara ni le recordara quien era. No quería que le buscaran y mucho menos que le encontraran.

—Pero murió —murmuró Draco.

Severus sólo miró su vaso, sin confirmar ni desmentir.

—Hacerle desaparecer a él era un poco más complicado —prosiguió—. La gente no aceptaría no tener un cuerpo que enterrar y llorar. Además, estaban sus amigos, que no le dejaban ni a sol ni a sombra. Sería muy difícil que estuviera solo en el momento de enfrentarse al Señor Oscuro.

Severus le dio otro trago a su whisky, mientras observaba la creciente tensión en el rostro de su ahijado. Se preguntó si Draco llevaría siempre encima la poción para el corazón. En ese momento no podía recordar si tenía el número del móvil de Scorpius. Miró a Eileen de soslayo. Ella era la que siempre prestaba atención a ese tipo de cosas.

—Por si ocurría lo peor, Potter les hizo saber a sus amigos, a la Orden y a todo el que quiso escucharle, que quería ser enterrado con su varita, y les dio instrucciones muy precisas de dónde y cómo. Llegado el momento, nadie se iba a atrever a poner en entredicho la última voluntad del héroe. Y sabía que contaba con Granger y los Weasleys para que obligaran al Ministerio a cumplirla en caso de que éste se empeñara en organizar las exequias a su manera.

—Pero Potter murió —esta vez la voz de Draco sonó un poco más enérgica, empeñada en constatar lo evidente.

Como en la anterior ocasión, Severus no respondió al comentario.

—Al igual que yo llevaba siempre mi traslador encima, —continuó Severus—, Harry llevaba una pequeña botellita con Filtro de los Muertos, que tenía la dósis suficiente para hacerle dormir profundamente durante 24 horas.

Como buen conocedor del arte de las pociones, Draco sabía que, a no ser que por alguna razón se sospechara de su utilización, era imposible determinar que una persona que había tomado el Filtro de los Muertos, no estaba muerta. Sólo unas gotas de poción Wiggenveld podían despertarla antes de que pasara el efecto. Draco retorció nerviosamente sus manos por debajo de la mesa. No podía esperar que nadie en esa cocina comprendiera el dolor que se expandía por su pecho cada vez que el nombre de Harry era pronunciado.

—No obstante, sé que hubo una temporada en que Potter flaqueó en su decisión. Que no parecía tan convencido con la idea de marcharse y desaparecer como nos había hecho creer a Albus y a mí. Ambos pensamos que había encontrado un motivo mucho más poderoso para quedarse, que no era ni Lupin, ni los Weasley, a los que consideraba su familia, ni sus amigos.

La agitación de Draco empezó a ser más que evidente y Severus intercambió con su esposa una mirada de preocupación.

—¿Estás bien, Draco? —preguntó.

Éste asintió con un movimiento brusco de cabeza, instándole a que continuara.

—Y… ¿después volvió a cambiar de idea? —preguntó, casi sin despegar los labios por la fuerza con la que se apretaban sus mandíbulas.

Severus asintió, sin perder de vista la progresiva palidez de su ahijado.

—Finalmente se ciñó al plan original. Se apareció en la habitación del hotel donde yo estaba esperándole, poco más de veinticuatro horas después de su teórico fallecimiento. Él también tenía allí su equipaje preparado, junto al mío.

Draco se dejó caer contra el respaldo de la silla y se cubrió el rostro con las manos mientras murmuraba ahogadamente, no, no, no… Durante unos minutos, en la cocina sólo se oyó la respiración agitada de Draco y el zumbido del avisador del horno, conforme el tiempo programado había concluido. Pero Eileen no se movió para ir a sacar el asado. Al igual que Severus, seguía pendiente del hombre que estaba sentado a su lado, tratando de valorar si sería necesaria la intervención de Scorpius como médico. Finalmente, Draco descubrió su rostro, todavía desencajado, y apoyando los codos en la mesa sostuvo su cabeza con las dos manos, como si fuera incapaz de mantenerla erguida.

—Jodido Potter… —murmuró.

Bien, pensó Severus, un insulto siempre era una buena señal. Miró fugazmente a su esposa antes de posar los ojos de nuevo en su ahijado.

—Harry ha leído tu carta —dijo—. Ahora sabe que no ibas a dejarle.

De pronto la cabeza de Draco pareció recuperar su estabilidad y se alzó bruscamente, mirando a Severus con espanto.

—Scorpius no la destruyó —aclaró éste—. Pero eso es algo que tendrás que discutir con él.

Draco tomó el vaso de whisky que todavía no había tocado y lo apuró hasta el fondo de un solo trago.

—Está bien —dijo después, mirándolos a ambos con la firmeza Malfoy congelada en sus ojos—. Tenéis muchas cosas que contarme.

o.o.o.O.o.o.o

—Ese tipo ya ha venido tres veces esta semana —Tony sonrió con complicidad—. Y siempre te observa, jefe.

Harry dirigió discretamente la mirada hacia la mesa a la que Tony se refería.

—Debe trabajar en alguna de las oficinas de por aquí cerca —respondió a su empleado, quitándole importancia.

Por supuesto no le dijo que también él se había fijado en el nuevo cliente. Alguien a quien le gustan los tíos no podía pasar por alto a aquel hombre en particular. Cabello castaño claro, bien cortado, con un flequillo que caía suavemente sobre sus ojos. Harry no se había acercado lo suficiente como para poder discernir exactamente su color. Probablemente marrones, color miel o incluso con trazos ocre. Sus rasgos faciales eran atrayentemente duros, muy masculinos. Los labios, ligeramente prominentes, prometían ser expertos en placeres que cualquier hombre, sin importar sus inclinaciones, agradecería. Siempre iba muy bien vestido, así que Harry supuso que era un brooker, un alto ejecutivo o incluso abogado. Parecía rondar los cuarenta y pocos. Harry no podía negarse que le atraía bastante. Pero no era de los que le entraban a otro hombre si no estaba muy seguro del ambiente donde se encontraba. Y mucho menos en su propio local.

—¿Ves? Ya te mira otra vez, jefe. Ese tipo quiere rollo, estoy seguro.

Harry meneó la cabeza con una pequeña sonrisa. Tony, a pesar de ser completamente hetero, siempre se preocupaba de informarle cuando había entrado, a su parecer, un “tío bueno” en el bar. Entonces trataban de discernir si era gay o no. Se había convertido prácticamente en un juego entre ellos. Harry no pudo evitar desviar sus ojos nuevamente hacia la mesa tres y esta vez sus miradas coincidieron. El hombre le sonrió. De una forma discreta, pero inequívoca. Una que decía que no quería llamar demasiado la atención, pero que transmitía su evidente interés. ¡Joder! Había perdido la práctica en esos juegos de ligoteo y seducción. Los últimos polvos de Harry habían sido en el cuarto oscuro de algún club en los que la sutileza no estaba precisamente a la orden del día. Se movía bien en ese ambiente. Nada de sentimientos, nada de involucrarse más allá del tiempo que durara el sexo. Jamás llevaba a nadie a su casa. A la casa que había sido también de Laurie. El hombre seguía mirándole, sus labios ligeramente curvados todavía, a la espera de una respuesta por su parte. Bueno, ¿por qué no?, se dijo finalmente Harry. Tal vez ya iba siendo hora de intentar algo más que un polvo rápido en un cuarto oscuro. Cogió la única muleta en la que ahora se apoyaba y se dirigió hacia la mesa que ocupaba el hombre que ahora le dirigía una mirada extrañamente ansiosa.

—Hola —saludó—. Espero que estés disfrutando de la comida. Soy Jimmy Norton, el tipo al que tendrás que denunciar si algo te sienta mal —añadió tendiéndole la mano.

El hombre se la estrechó con firmeza.

—Steven Monroe —se presentó—. Reconozco que no suelo comer en este tipo de sitios. Pero éste no está mal.

—Entonces, ¿debo sentirme halagado? —preguntó Harry, con un leve deje irónico.

—Por supuesto —Steven miró su muleta—. ¿Por qué no te sientas? Tiene que ser incómodo.

—Lo es —admitió Harry, aceptando el ofrecimiento.

Dejó la muleta apoyada en la mesa y se afirmó ambas manos sobre ésta para sentarse.

—¿Qué te pasó? —preguntó Steven, mientras observaba toda la maniobra.

—Accidente de moto —respondió Harry con una pequeña mueca—. Pero lo peor ya ha pasado, créeme.

—Si tú lo dices… —sonrió Steven.

—Y bien, ¿qué te ha llevado a comer durante tres días en este “tipo de sitio”? —inquirió Harry, deseando apartar el tema de su accidente de la conversación.

—No pretendía ofenderte —se disculpó el hombre—. La carta de vinos es de lo mejor que he visto —aseguró.

—No me has ofendido —bueno, un poco sí, pero Harry no estaba dispuesto a admitirlo.

Una pequeña sonrisa asomó a los labios de Steven. Harry se dio cuenta de que no tenía que haber mencionado que se había dado cuenta de que había comido en su bar los tres últimos días. Ahora el tipo pensaría que también le había estado observando y la idea le causó una pequeña incomodidad. Steven pareció intuirlo porque se apresuró a tomar la palabra, respondiendo a la anterior pregunta de Harry.

—Estoy en la ciudad por negocios —explicó—. Todavía me quedaré por aquí un par de semanas más.

—¿No eres de aquí? —preguntó Harry extrañado— Pues tienes acento neoyorquino.

—¿De veras? Soy de Chicago. ¿Conoces Chicago?

Harry negó con la cabeza y la pequeña expresión de alivio de Steven le pasó completamente desapercibida.

—He estado muchas veces en Nueva York —explicó el hombre de negocios—, pero siempre por trabajo. Agendas muy apretadas, ya sabes… —esta vez Harry asintió, dando a entender que comprendía— Pero en esta ocasión me gustaría encontrar a alguien que me enseñara la ciudad.

—Así que lo que necesitas es un cicerone… —tentó Harry— Pues hay autobuses turísticos que te pasean por la ciudad por pocos dólares. Le diré a Tony que te dé uno de esos folletos que tenemos para los turistas.

—No me interpretes mal —se apresuró a decir Steven—. No soy una persona que se dé a las relaciones fácilmente —reconoció — Pero me has parecido una persona agradable.

Una persona agradable, se sonrió Harry. Ese tipo no parecía tener muy claro cómo se ligaba en Nueva York. Tal vez en Chicago lo hicieran de otra forma.

—Está bien —aceptó—. Te enseñaré la ciudad —después señaló la muleta—. Pero espero que en tu empresa te paguen bien, porque los taxis nos son una de las cosas más baratas de Nueva York.

Steven sonrió con cierta presunción.

—No hay problema.

o.o.o.O.o.o.o

Draco había llegado al apartamento de su hijo con una excitación difícil de contener. Gracias a Merlín, ninguno de los dos jóvenes estaba en ese momento. Ver a Harry por primera vez, aunque fuera de lejos mientras se movía por el bar ajeno a su presencia, había sido una montaña rusa de emociones difíciles de describir. Conseguir atraerle hacia su mesa y charlar unos minutos con él, hasta arrancarle la promesa de enseñarle la ciudad, le había dejado emocionalmente agotado. Draco se desplomó en el sofá y cerró los ojos, reviviendo cada palabra de la conversación, cada rasgo de aquel Harry maduro. ¡Dioses! Harry era mucho más perfecto ahora que en sus recuerdos adolescentes. Hasta aquellos increíbles ojos verdes le habían parecido más verdes de lo que recordaba. Tal vez fuera la ausencia de gafas. Y su voz… Era más grave y en absoluto atolondrada. Ya no hablaba como si tuviera que pronunciar cien palabras en menos de un minuto y llevara medio de retraso. La voz de Harry había hecho cosquillas en cada centímetro de su piel. Pero su sonrisa seguía siendo la misma. Esa que nacía dentro de él, se escenificaba en sus labios y saltaba a sus ojos. La sonrisa de Harry le había hundido el estómago hasta fundirlo con sus costillas. Y Draco nunca habría sospechado ser tan feliz de no tener estómago. Cuando se había sentado a su mesa, también había podido observar sus manos. Siempre habían sido más pequeñas que las suyas. Pero hábiles y fuertes. Y fue casi doloroso reprimir el impulso de alargar las propias y tomarlas entre las suyas, buscando recobrar aquel tacto un poco áspero y calloso por culpa de la escoba. Nunca había logrado que Harry suavizara sus manos con el bálsamo que él mismo utilizaba, por más que se quejara de esa aspereza sobre su piel. Sin embargo, sus uñas ahora estaban bien cortadas y no había rastro de padrastros. Lo que más le había sorprendido de su aspecto era esa barba de dos días que daba a Harry un aspecto desarreglado e informal, con un punto de descaro que le hacía increíblemente sexy. Demasiado para la escasa salud mental de la que gozaba desde hacía apenas una semana.

Ahora sabía todo lo que creía necesitaba conocer sobre Harry. Después del shock de descubrir que estaba vivo, Severus y Eileen habían satisfecho su avidez de información sobre la nueva vida de su ex pareja en Nueva York. Hasta cierto punto, podía comprender por qué no quería verle. Pero sólo hasta cierto punto. Porque él estaba loco por tener la oportunidad de decirle mucho más de lo que había escrito en aquella carta. Cuando por fin lo lograra, ya tendría unas palabritas con su hijo.

No había hecho partícipe de su plan a nadie. Cuando después de comer, ya mucho más tranquilo y con su cerebro de vuelta, habían bajado al sótano para que Severus le mostrara su pequeño laboratorio, Draco se las había arreglado para encontrar lo que buscaba y hacerlo desaparecer en su bolsillo. Después se había pasado un par de mañanas pateando Manhattan en busca del sujeto adecuado. Y lo había encontrado en Wall Street. Era perfecto. Draco no buscaba a alguien que físicamente se le pareciera. Pero sí que tuviera una apariencia determinada, con la cual él se identificara y se sintiera cómodo. Mientras le entretenía preguntándole una dirección con un plano de la ciudad en la mano, Draco le había lanzado discretamente un Confundus al muggle y después le había robado un buen mechón de pelo. Había repartido la poción en varios frascos de Pepcid, la dosis justa para una toma cada seis horas. Después de todo, la acidez estomacal no era tan inusual entre los ejecutivos.

Los tres objetivos que tenía Draco cuando llegó a Nueva York se habían reconvertido en uno solo: lograr que Harry Potter reconociera que estaba vivo. Y cuando eso sucediera sólo estarían ellos dos y lo que tuvieran que decirse. Pensar que aquella carta que había guardado celosamente durante veintisiete años la había leído un montón de gente antes que su verdadero destinatario, le tentaba los dedos hacia su varita y a empezar a escupir maldiciones y no parar. Pero no se maldice a la familia. Así que su temperamento racional le había llevado a emplear sus esfuerzos en algo mucho más productivo. Cuando por fin tuviera a Harry donde quería, estaría desprevenido, solo y no habría testigos.

o.o.o.O.o.o.o

Harry no se sentía tan bien desde hacía mucho tiempo. Durante las dos últimas semanas, fiel a su promesa, había llevado a Steven por toda la ciudad y habían cenado juntos seis o siete veces. Harry apenas había sacado la foto de Draco del cajón. Scorpius, por su parte, parecía que había entendido el mensaje y no había vuelto a aparecer por el bar. Aunque si él y Mike iban sólo para comer, a Harry realmente no le molestaría.

Con Steven habían hablado de todo y nada. Como si ambos estuvieran un poco a la defensiva en cuanto a dejar al otro saber demasiado sobre sus respectivas vidas. Tenían la misma edad, aunque Harry seguía pensando que Steven se veía algo más joven. Su profesión le llevaba a viajar bastante y aunque estaba en Nueva York por un par de semanas, le había confesado que había podido alargar su estancia a una más, porque su empresa le debía días de vacaciones. Después tendría que irse a Londres. Aquello descorazonó un poco a Harry, aunque no acababa de entender por qué. Después de todo, Steven estaba siendo fiel a su confesión de que no se daba a las relaciones fácilmente, porque entre ellos no había nada que no fuera un buen compañerismo a la hora de hacer turismo por toda la ciudad. Sin embargo, Harry se sentía cómodo a su lado. Steven tenía una conversación amena y fluida, la de alguien que estaba acostumbrado a hablar en público y a que le escucharan. A veces Harry tenía la sensación de que se perdía en su labia y olvidaba con demasiada facilidad lo que quería preguntar para averiguar un poco más de él. Pero le había contado infinidad de cosas sobre todos los países que había visitado. Siempre lograba mantenerle encandilado, pendiente de sus palabras. Y tenía una especial habilidad para evitar las preguntas que no quería responder. Harry no lo consideraba algo excesivamente preocupante. Él guardaba suficientes secretos como para sorprenderle que alguien más pudiera hacer lo mismo.

Otra de las cosas que descubrió de Steven fue que no le interesaban demasiado los deportes, y las pocas tentativas que hizo Harry en ese terreno le confirmó que, sorprendentemente, no sabia demasiado de ninguno. Ni siquiera de baloncesto o béisbol. Le había llevado a un partido de los New York Knicks y Harry había tenido la impresión de que se había aburrido un poco, aunque había declarado que la experiencia había sido memorable. No tenía mucho de memorable que los Knicks hubieran perdido. Otra vez. Sin embargo, a Steven le entusiasmaba la opera, asunto en el que Harry andaba bastante flojo. Pero para complacerle había buscado la programación del Metropolitan. En aquel momento había en cartelera Romero y Julieta, del American Ballet Theatre, con una tal Diana Vishneva y un tal Marcelo Gomes. Harry lo había pensado detenidamente. Podía ser todo lo gay que quisiera, pero había llegado a la conclusión de que era demasiada mariconería invitar a un tío al ballet. No obstante, en un par de meses representarían Tosca de Puccini. Si Steven volvía por allí, se arriesgaría a comprar un par de entradas.

Harry no le había hablado a nadie de Steven. Y con “nadie”, se refería a Severus y a Eileen. Severus frunciría el ceño y Eileen se entusiasmaría demasiado pronto. De los dos, era quien más ganas tenía de verle en una relación otra vez. A Tony le había amenazado con un flagrante despido si se atrevía a abrir la boca. Por supuesto el camarero no le había tomado muy en serio, aunque había jurado por su familia que antes muerto a que se le escapara una palabra. Y de todas formas, pensaba Harry, aquello no podía considerarse una relación. Aunque la más larga que había tenido, había surgido de forma totalmente inesperada y sin buscarla.

Recordaba perfectamente la primera vez que había visto a Laurie, cuando se había acercado a la barra en la que él servía para pedir una copa. Había sido bastante curioso, porque Harry siempre había tenido predilección por los rubios de tez clara —y se negaba a creer que fuera por culpa de cierto Slytherin alojado en su pasado— si bien no le hiciera ascos a un chico guapo aunque fuera pelirrojo. Laurie tenía el pelo incluso más negro que el suyo y su piel broncínea resaltaba unos rasgos inequívocamente latinos. Sus ojos eran de un castaño tan oscuro que parecían negros, siempre brillantes, como si acabara de bañarlos en colirio. Laurie era un hombre atractivo, aunque por el club se movían tipos sin duda mucho más atractivos que él. A Harry le había cautivado su sonrisa. Labios sensuales y dientes blanquísimos. Laurie le había pedido un gin tonic y él se lo había servido, al principio sin prestarle más atención que a la veintena que voceaba sus pedidos al mismo tiempo. Pero Laurie se había quedado indolentemente apoyado en la barra, observándole de forma descarada. Entremedias se le habían acercado algunos tipos, que sin duda conocía porque habían compartido conversación y risas. Pero después invariablemente volvía a su postura de observador. Había perdido un segundo gin tonic a Harry y éste se lo había servido, esta vez devolviéndole una mirada que decía que empezaba a estar un poco harto de tanto escrutinio. Entonces Laurie había esbozado esa sonrisa con la que finalmente le había cazado.

—¿A qué hora sales? —le había preguntado.

—Lo siento, tengo planes —había respondido Harry, un poco irritado.

Laurie había vuelto al día siguiente.

—Así que sales a las cuatro…

—Pero ya he quedado —le había dicho en esa ocasión.

Sin embargo, Laurie había mostrado ser una persona tenaz. Había insistido al día siguiente.

—Tendrás un día libre…

Harry había dejado el gin tonic delante de él.

—Lo tengo.

—Entonces te invito a cenar. Dentro de… digamos tres semanas. Así no podrás decirme que ya has quedado.

—¿Qué te hace pensar que mi agenda no está llena?

—Chiquito pero revoltoso, ¿eh? —había respondido Laurie con un guiño.

Harry le había ofrecido su mejor sonrisa.

—No me quejo —y había añadido un poco ofendido por el primer adjetivo—. Tampoco tengo quejas.

—Estoy seguro —había afirmado Laurie con una sonrisa traviesa—. Entonces, ¿qué? ¿Cenamos? Soy de los que prefiere follar en la cama, después de una buena comida.

Harry reconocía que su relación había sido muy física al principio. Con Laurie el sexo era apasionado, vigoroso. A veces, parecía que competían para ver quién lograba dejar agotado antes al otro. Harry pronto se había acostumbrado a amanecer en una cama que no era la suya, en contra de su costumbre. Despertar envuelto en los brazos de Laurie se convirtió en algo cotidiano y necesario, casi sin darse cuenta. Después de la primera noche que habían pasado juntos, Laurie se había presentado en el club casi todos los días.

—Ni se te ocurra quedar con nadie —le había coqueteado la noche siguiente—. Te advierto que los italianos somos muy celosos.

Harry se había reído, pero sintiéndose secretamente halagado. Aquella noche también se había marchado con él. Y la siguiente. Y la otra. Laurie no le había dado tregua hasta conseguir que su cama fuera la única en la que Harry quería estar.

Un mañana Harry había despertado encontrándose con los brillantes ojos de Laurie observándole intensamente. El italiano había acariciado su pelo revuelto y había llenado su rostro de pequeños besos.

—Me gustaría tenerte aquí siempre —le había dicho.

—Ya estoy aquí siempre —había respondido Harry con un gruñidito de complacencia pegándose todavía más al cálido cuerpo de su compañero para seguir durmiendo.

—Me refiero a que traigas tus cosas aquí. Que vivas conmigo.

A Harry se le había ido el sueño de golpe.

—¿Hablas en serio?

—No he hablado más en serio en toda mi vida.

Harry no había esperado aquella proposición. No había tenido nada que pudiera considerarse una verdadera relación desde que vivía en Estados Unidos. Tampoco la había buscado porque, por alguna retorcida razón, consideraba que no era algo que alguien como él pudiera conseguir. Pero había mirado a Laurie y había descubierto ansiedad y esperanza en su rostro. Por él. No había tenido que pensar su respuesta.

—Pues ya puedes ir haciendo sitio en tu armario.

Laurie le había hecho sentirse amado, necesario. Importante, porque hubo alguien para quien fue el centro de su vida y no un mero instrumento para librarle de sus problemas. Alguien que se preocupó por él porque le amaba y no porque tuviera que llegar indemne a ningún enfrentamiento mortal. Alguien que le hizo promesas y las cumplió. Un hombre en cuyos planes jamás estuvo el querer dejarle…

Descubrir que Laurie estaba enfermo y que seguramente le perdería en pocos meses había sido uno de los peores golpes que Harry había recibido en su vida. Y Dios sabía que había recibido unos cuantos. Laurie había decidido que no quería alargar innecesariamente las cosas y había rechazado el tratamiento agresivo que la medicina podía ofrecerle. Harry le había apoyado. Era un precio físicamente demasiado alto sólo para conseguir unas pocas semanas más. Así que mientras habían podido, habían continuado con su vida normal. Disfrutándose el uno al otro el tiempo que fue posible. Las dos últimas semanas de su vida Laurie las había pasado en el hospital, tan sedado que apenas fue consciente de que Harry no se movió de su lado.

—Aún eres joven, Harry. Rehaz tu vida —le había dicho en uno de sus últimos momentos de lucidez.

Y Harry se lo había prometido con la boca pequeña, tragándose las lagrimas para que no las viera.

Las semanas siguientes a la muerte de Laurie, Harry las había pasado como en una nube. Sin poder aceptar que nuevamente estaba solo. Esperando verle entrar por la puerta en cualquier momento. Hasta que la realidad se hizo tangible y cruda y tuvo que aceptar que el lado izquierdo de su cama seguiría vacío. No había vuelto a haber nadie importante en su vida. Tampoco se había molestado en buscarlo.

Que esa noche Steven le hubiera invitado a cenar en su hotel, para ser más exactos, en la habitación de su hotel, abría un mundo de expectativas. Hasta cierto punto, había cogido por sorpresa a Harry, ya que Steven no había demostrado interés en ningún acercamiento físico hasta el momento. Y Harry se moría por follárselo. Esperaba fervientemente que Steven considerara que había llegado el momento de “darse a una relación”.

El ejecutivo se alojaba en el New York Palace Hotel, en Madison Avenue. Era un hotel de lujo, a tiro de piedra de la catedral de San Patricio, el Rockefeller Center y la Quinta Avenida. Harry se apareció discretamente tras las rejas de entrada y atravesó el patio hasta la entrada del hotel. La habitación de Steven estaba en el piso 42, en la Torre, que tenía una recepción y ascensores privados. Harry sonrió para sí mismo. A Steven le gustaba vivir bien, no le cabía duda.

Cuando llamó a la puerta Harry reconoció sentirse un poco nervioso. Aquel hombre de Chicago con acento de Nueva York le atraía realmente. Y no quería meter la pata precipitando las cosas.

—¡Hola! —Steven se apartó para dejarle entrar— Pasa, por favor.

Harry admiró la estancia que se mostraba ante sus ojos. Sí, a Steven definitivamente le gustaba vivir bien. La habitación, o mejor dicho, suite, daba a una de las esquinas del edificio, y desde cualquiera de sus ventanas podía admirarse una bella panorámica de Nueva York de noche, con miles de lucecitas dibujando cada edificio. La estancia estaba decorada en tonos cálidos, beige y marrón, dividida en dos zonas bien delimitadas. En una de las esquinas, unos elegantes sofás y sillones de color marrón conformaban un pequeño salón, con varias mesitas sobre las que brillaban elegantes lámparas. Separado por uno de los sofás, tras el cuál había una sobria mesa, larga y estrecha, adornada por un cubo de cerámica con flores, estaba el comedor. Una mesa ovalada rodeada de seis sillas, tipo silloncito de respaldo curvado, estaba vestida con un fino mantel blanco de hilo, y preparada para dos comensales. También había varias bandejas térmicas, para conservar la comida caliente.

—Espero que estés hambriento —dijo Steven, señalando la bien provista mesa— ¿Quieres tomar algo antes de cenar? ¿Whisky? ¿Martini? ¿Jerez?

Harry negó con la cabeza. Más le valía no empezar a beber antes de la cuenta, si quería mantener la cabeza lo suficientemente despejada al llegar a los postres. Que hubiera postre, por favor, rogó mentalmente. Tenía la impresión de que Steven estaba un poco nervioso esa noche. No declaradamente nervioso, no. Por lo que había podido conocer de él durante los últimos días, parecía ser un hombre con un férreo control de sí mismo. No obstante, su sonrisa asomaba algo vacilante en sus labios, cosa que inquietaba un poco a Harry. Y su forma de moverse por la habitación era levemente brusca, algo alejada de la elegancia con la que solía impregnar cada uno de sus movimientos. Con este último pensamiento, Harry estuvo a punto de tener un déjà vu, que la voz de Steven frustró.

—Entonces, ¿comemos?

Se sentaron a la mesa y Steven destapó una de las bandejas.

—¿Pastel de carne? —preguntó Harry, aunque había un leve aroma a jerez.

Steven sonrió.

—Paté de carne con champiñones y jamón. Tiene un sabor exquisito, créeme.

Harry no pensaba ponerlo en duda. No después de haber cenado con él un número suficiente de veces como para no rechistar cuando Steven elegía un plato. Durante un buen rato mantuvieron una conversación intrascendente. Steven le contó que estaba a punto de cerrar el trato que le había llevado a Nueva York. Y Harry le explicó que se había estropeado uno de los congeladores del bar y todos los problemas que ello le había causado.

—Supongo que te preguntarás por qué te he invitado aquí hoy.

Habían llegado al segundo plato y después de mantener una conversación banal y relajada aquella declaración tomó un poco por sorpresa a Harry. Sin embargo, era lo que había estado esperando.

—Bueno, me gustaría pensar que has llegado a la conclusión de que soy una persona con la que puedes relacionarte fácilmente —dijo, esbozando una sonrisa que esperaba fuera lo suficientemente convincente.

—Créeme que lo eres.

Y a pesar de sus palabras, Steven no correspondió a la sonrisa de su invitado. De pronto, a Harry el solomillo se le hizo una bola en la garganta.

—¿Cuál es el problema entonces? —preguntó. Y si a estas alturas me sale con que es hetero, lo mato, pensó.

Steven dejó sus cubiertos apoyados en el plato y le echó un vistazo a su reloj. Después miró a Harry, con una intensidad que desconcertó al moreno.

—Ahora me dirás que estás casado y tienes un montón de hijos —bromeó Harry sin mucho entusiasmo.

—En realidad, sólo uno —respondió Steven.

La respuesta fue tan templada, tan natural, que Harry se encontró sin saber qué decir. Aunque fue consciente de que su boca se había quedado más abierta de lo necesario. La interrumpida cena empezó a dar muestras de querer revolverse en su estómago. Especialmente porque Steven seguía mirándole de una forma que lo agitaba y retorcía como cuando… No, se negó. No como entonces. Un denso silencio se había extendido entre ellos. Steven apartó los ojos de Harry sólo para mirar su reloj de nuevo. Y ese mero gesto exasperó a Harry.

—¿Sabes? Ya no tengo edad ni paciencia para ayudar a tíos como tú a salir del armario —arrojó su servilleta sobre la mesa—. Ni para que me tomen el pelo.

—Espera… —Steven se levantó e inclinó rápidamente hacia delante, alcanzando a retener su mano— Sólo espera unos minutos más, ¿de acuerdo? Por favor —rogó.

Harry no habría podido decir exactamente por qué volvió a sentarse, cuando lo que deseaba era salir de aquella sofisticada habitación lo antes posible. Algo en los ojos de Steven se lo impidió. No, no eran sus ojos, se corrigió. Era la forma en que le miraba. Steven también volvió a sentarse.

—Te debo una explicación —dijo.

Harry se acomodó mejor en su asiento y se cruzó de brazos.

—Oigámosla —aunque la forma de decirlo sonó más a un reto que a una verdadera disponibilidad a escuchar.

Sin embargo, a Steven no pareció importarle.

—Amaba a mi esposa cuando me casé con ella —empezó a explicar—. Pero no de la misma forma en que amé antes a otra persona. Nunca como a él.

Harry no apartó la mirada cuando la de Steven volvió a clavarse en la suya, desafiándole a continuar.

—Es cierto que nunca lo hicimos público. Pero no eran buenos tiempos para nosotros. Para nadie en realidad. Estábamos en medio de un gran conflicto y debido a la posición de mi familia, mi situación era un tanto difícil. Aunque reconozco que la suya no era mucho mejor.

Steven se había levantado y rodeado la mesa, hasta casi situarse a espaldas de Harry. Tan erguido, tan impasible como si estuviera dando una clase de economía en lugar de estar desnudando su corazón.

—Le dejé —confesó—. Cuando empezó a pedirme cosas a las que yo no estaba dispuesto a renunciar. Que creí no tenía derecho a pedirme. En realidad fue un ataque de pánico en toda regla.

Harry intentó volverse hacia él, pero Steven se lo impidió, apoyando con firmeza las manos sobre sus hombros.

—No —dijo suavemente.

Después las retiró. Con el corazón martilleando en su pecho a un ritmo insano, Harry escuchó tras él la respiración agitada de Steven y un pequeño jadeo, apenas reprimido. Unos instantes después, las manos volvieron a apoyarse en sus hombros. A Harry no le hacía falta mirarlas para saber que ahora eran distintas. Más blancas, más delgadas, de dedos largos y estilizados. Y no las miraba porque tenía los ojos cerrados, tan apretados que cuando los abriera seguramente un montón de lucecitas bailarían frente a ellos. La voz que sonó a continuación también fue diferente. Menos grave y también más insegura.

—Cuando me di cuenta de lo que había hecho le escribí una carta para citarle. Necesitaba volver a verle para decirle lo imbécil que había sido. Que estaba dispuesto a seguir a su lado, pasara lo que pasara —la voz pareció romperse durante lo que duraba un suspiro, para después reafirmarse nuevamente—. Pero no llegué a tiempo.

Respirar. Durante un momento infinito Harry sólo pudo pensar que necesitaba respirar. Y que la cabeza dejara de zumbarle. Y las manos de temblarle. Y de sudar como un maldito condenado. El hombre tras él se había quedado en silencio. Esperando. Seguramente aguardando la respuesta que tampoco él había obtenido. Harry abrió los ojos y trató de enfocar su vista, borrosa y empañada.

—Dímelo —su voz sonó extraña hasta para él, lejana y distorsionada, como si proviniera de un lugar cavernoso, en lo más hondo de sí mismo—. Escribiste que podría oírlo la próxima vez que nos viéramos.

Las manos se deslizaron de sus hombros despacio, casi con reverencia. Y eran pálidas. Delgadas. Sólo de verlas Harry sintió ganas de llorar. De acariciarlas y besarlas. Y cuando los brazos le aprisionaron contra el pecho a su espalda, Harry los asió con fuerza, mientra sentía otra mejilla rozar la suya, otros labios tan cerca de su oreja que la bañó de aliento cálido y palabras deseadas.

—Te amo, Harry.

Continuará…


(1) Receta encontrada en Yahoo! Respuestas, de Jor!, a la pregunta de si existía de verdad la cerveza de mantequilla.


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