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Author of 1 Story |
Buenas.
Chia-sama y Jackilyn-San aliándose para hacer proyectos juntas, para saber más sobre esto, visitad nuestro profile. Pero por sobre todo, tened en claro que ambas tenemos una manera diferente de escribir :)
Que disfrutéis de la lectura.
Disclaimer: Prince of tennis pertenece totalmente a Konomi Takeshi, su autor. Nosotras sólo tomamos prestado sus personajes :D
Autoras: Rosas Negras
Título: Flor de loto carmesí
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Capítulo 1: ¿Quién es él?
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Se acomodó en la oscuridad de aquel estrecho lugar, y rebuscó entre las ropas de su vestido rojizo algo que desde que lo probó se convirtió en una droga para ella. Nada más clavar sus dientes en la tableta y sostener el trozo entre ellos, se le escapó un suspiro de alivio, y entonces, lo atrapó más en su boca y saboreó con detenimiento aquella maravilla.
Oía voces en el exterior, pero las ignoraba. Sólo con estar a solas con aquel delicioso manjar, le bastaba, y cuanto más tardasen en dar con ella, mejor.
Siempre hacía lo mismo cuando algo le desagradaba. Huía, se escondía hasta que pasara algún tiempo, lo suficiente para hacer que a su madre se le pasara u olvidara.
No le agradaba su madre cuando algo se le metía en la cabeza, y desde hace bastantes años siempre le había recordado que era ya lo suficientemente mayor como para celebrar sus cumpleaños. Por si fuera poco, pidió ayuda a Osakada Tomoka, su amiga de infancia, a que escogiera indumentaria para ella.
Quería a su amiga, mucho. Pero, una cosa es ponerse pesada –contando que a Tomoka le fascinaban las fiestas- a que se probara miles de vestidos. Y conociéndola, la haría resaltar como nadie entre tanta gente, y eso era lo que no quería realmente. La incomodaba que la mirasen, que incluso pudiera escuchar algún comentario sobre ella. Porque siempre existirán aquellas mujeres que asisten a la fiesta sólo para criticar.
Por ello, en cuanto escuchó la puerta de la entrada y las voces de su madre y Tomoka, sus piernas se movieron rápidamente –pillándola en la cocina-, habiendo robado una tableta de chocolate. Así acabando escondida finalmente en el armario de limpieza, donde siempre pasaban sólo las asistentas.
Se relamió los labios e intentó olvidar lo que pasaba, fijándose de nuevo en aquel dulce. Sus mejillas se sonrojaron por la delicia y fue a intentar tomar otro trozo. Pero quedó ahí, en el intento. Parpadeó y se apegó más a la pared del armario, siéndole imposible por la estrechez del mismo.
Nuevamente algo no encajaba. En el último mes no le salían las cosas bien, nunca antes la habían encontrado, ella era la que daba la cara luego de un par de horas. Pero él acabó por encontrarla en cinco o diez minutos. Cuando estaba cerca, es como si le sintiera. Y ahí, por mucho que se encogiera, el lugar era algo pequeño, así que sólo podría esperar a ser pillada.
Tragó saliva al notar que las puertas se abrían lentamente hasta dejar ver entre éstas unos ojos dorados que, pese a la oscuridad, resplandecían como si nada, haciéndola dar un leve respingo.
El cuerpo masculino permanecía agachado, enguantado en un traje oscuro y mirándola con su expresión más severa y de indiferencia.
—Se acabó el juego.
Su ruda voz la hizo querer encogerse más de lo que estaba. En cuanto notó que sus ojos pararon en la tableta, quiso esconderla rápidamente. Sin embargo, cuando quiso darse cuenta ya no la tenía entre sus manos, y aquel hombre se había alzado mientras guardaba el chocolate entre el envoltorio para meterlo luego en su chaqueta negra.
—E-eso…
Sakuno parpadeó al ver la mano del hombre extendérsela, esperando que la aceptara para ayudarla a salir de aquel estrecho armario. La joven enrojeció más por ser nuevamente pillada y, de alguna manera, ser regañada por él. Sin mirarle, aceptó su mano y la levantó de un jalón.
—Su madre la espera. —recordó empujándola levemente hacia la salida de la habitación de los trastos de limpieza.
—Ah, p-pero el choco…
—No es hora. —interrumpió sin mirarla.
Paró ante la puerta de una habitación y, en la espera, la joven trató de poder arrebatarle el dulce. Pero desgraciadamente, lo tenía bien escondido entre la ropa.
Cuando la puerta fue abierta, el joven se inclinó levemente hacia la mujer y le colocó delante a su hija para luego marcharse después de ser agradecido por la dueña de la casa.
Sakuno lo observó por unos momentos mientras se marchaba a paso lento, lo veía extraño y a la vez misterioso. Pero no negaba que en muchas ocasiones le ha llegado a dar miedo.
Fue acogido en casa hace poco de un mes. Ella y su madre lo encontraron justo en la entrada de la casa, en la verja. Yacía echado contra el muro con la mirada perdida y la cabeza gacha, totalmente sucio, y desaliñado. Sorprendentemente para Sakuno, su madre le pidió que llamara algunos de los sirvientes para que lo llevaran adentro. Éstos se encargaron de lavarlo y darle ropa limpia y después de eso, él las observó con aquellos poco peculiares ojos dorados, dando sólo a conocer su nombre; Echizen Ryoma.
No sabía qué le había pasado para que estuviera en aquellas condiciones. No dijo nada al respecto. Pero su madre lo aceptó. Decía que eso era tan sólo sus asuntos, que no podían insistir en que se lo contaran. Sólo si se diera el caso en que él quisiera abrir su… corazón. Aunque estaba claro que Echizen estaba lejos de hacer tal cosa, muy lejos. ¿Cómo es posible que su madre lo dejara quedarse tan sólo por haberlo encontrado cerca de casa y con ese aspecto deprimente? Estaba de acuerdo en eso de ayudar a los necesitados… pero él, con solo mirar sus ojos sentía un estremecimiento de temor. Porque cuando la miraba, no mostraba ningún rastro de agradecimiento, de amabilidad. Toda su expresión era fría. Sólo acataba órdenes y las cumplía al acto, y luego, no sabía a qué se dedicaba después de su turno de trabajo.
Nunca llegaba a encontrarle.
Llegó a pensar que tal vez hubiera salido a despejarse después de tanto ajetreo por la casa pero, luego lo encontraba saliendo como si nada del baño. Y después de tanta pregunta a cada asistente de la casa, pudo asegurar que no salió de ella.
—Sakuno, hija, ¿qué haces? —la voz de su madre la trajo a la realidad. —No te quedes ahí, entra.
Asintió y entró a la habitación acompañado de un leve empuje en su espalda por su madre. Se encontró a Osakada Tomoka sentada en uno de los sillones mientras tomaba tranquilamente una taza de té. Cuando dejó ésta sobre la mesita frente a ella al verla, Sakuno tragó.
—¡Sakuno! —exclamó a la vez que se abalanzaba hacia ella en un fuerte abrazo. —¿Dónde estabas? ¡Tenemos mucho que hacer!
—Eh… lo siento, Tomo-chan. —contestó algo forzada al intentar aflojar el agarre. Luego parpadeó. —¿M-mucho… que hacer?
Al ver la divertida sonrisa de su amiga, volvió a sentir un nudo en su estómago. Su madre nunca mentía, como el año pasado. Volverían a formar esa aburrida fiesta –para ella- sin ningún impedimento. Por eso podría haber empezado a no agradarle sus cumpleaños. Porque no sólo se trataba de eso, siempre intentaban presentarle jóvenes que asistían a la fiesta, como si así por fin se dignara a interesarse o enamorarse para finalmente casarse. Sin embargo, eso no estaba en sus planes. No ahora.
Escuchando hablar a Tomoka tan entusiasmada con su madre -todo lo que tenía previsto hacer-, le hacía querer volver a desear huir de aquella habitación. Pero sabía que sería en vano mientras aquel hombre permaneciera en su casa.
—¿Qué dices, Sakuno?
Tomoka pareció esperar su opinión o respuesta respecto a algo que no llegó a escuchar. Ante la mirada de ella y la de su madre, se humedeció los labios y jugó con sus dedos mientras clavaba sus ojos en un punto alejado de ellas.
—Tengo que estudiar. —respondió lo primero que se le vino a la cabeza.
—…Sakuno, es viernes.
—Ah, pero… Tomo-chan, sabes que ya mismo vendrán los exámenes finales y…
Osakada suspiró.
—Casi a mitad de Enero, ya. ¿Has escuchado lo que te he dicho?
Sakuno no respondió. Y al momento se percató que mientras había estado hablando, retrocedió hasta estar justo en la puerta de la habitación, pegando su espalda contra ésta. Al pasar una mano por atrás suya hasta dar con el pomo, la notó sudada, aún estando el invierno presente. Su respiración se hacía agitada, y el bombeo de su corazón bastante notable, acelerado.
Cuando no estaba de acuerdo en algo, cuando se sentía obligada a hacer algo que no le gustaba hacer, la impotencia se hacía presente. Más sumando que deseaba decir lo que pensaba, pero no tenía el suficiente coraje para hacerlo. Sólo le había dicho a su madre que era innecesario montar esas fiestas, pero cuando ella insistió, Sakuno no dijo nada más.
—E-está bien… —susurró siendo escuchada.
Abrió la puerta y salió por ésta, oyendo de fondo en la habitación las voces animadas de Osakada y su madre. Una vez cerró de nuevo tras ella, aceleró el paso antes que se dieran cuenta que se había marchado.
Nuevamente por donde hubo pasado se encontró con los asistentes que trabajan para la casa, no obstante, aquel hombre no se mostró ante sus ojos. Su madre, Sherezade, nada más vio que Echizen pudo dar con su hija en pocos minutos, la dejó en sus manos. Como si fuera su niñera, aún contando que supuestamente él alegó decir tener dieciocho años. Sakuno cumpliría los veinte, y lo veía demasiado alto y maduro como para pensar que ella es mayor que él.
Ni siquiera podía mirarlo como un menor. ¿Qué había estado haciendo siendo tan joven?
Al notar pasar por su lado a una de las sirvientas, se volteó hacia ella y la llamó.
—¿Sí, señorita?
—¿Ha visto a… al señor Echizen?
Sakuno pestañeó ligeramente al observar las facetas de la sirvienta. Sólo fue nombrar a aquel hombre, que hizo cambiar los colores de la mujer. La vio abanicarse y carraspear.
—Ehm, lo siento, sí, creo que… —se giró hacia la izquierda y señaló el camino hacia las escaleras. —Justo por donde ha venido usted, pero no sabría decirle en qué habitación.
—Ah, ya veo… gracias de todas maneras.
Sólo iría a echar un vistazo. Además, tenía que recuperar aquello que le había quitado, aunque seguramente no lo conseguiría.
Se agarró firmemente a la barandilla y volvió a subir las escaleras con decisión. Justo al llegar arriba, no se separó de la barandilla mirando con detenimiento ambos caminos del pasillo. Si giraba a la derecha es como si volviera al calvario donde estaban Tomoka y su madre. A la izquierda se encontraban los dormitorios. Como obviamente se negaba a volver con ellas, optó por la segunda, pasando de largo los dormitorios desalojados, los cuales se ocupaban cuando Tomoka u algún otro invitado de sus padres decidían quedarse alguna noche.
Sus pies se detuvieron al divisar la puerta de su habitación semiabierta. Arqueó levemente una ceja, extrañándose, pero dándole la curiosidad de ir a mirar. Sintió algo bajo su pie derecho en sus intentos de acercarse, apartándolo y agachándose. Sakuno se humedeció los labios, y sus ojos se abrieron levemente por la sorpresa, más porque ni siquiera le sonaba tener tal cosa. Pasó sus dedos por aquella cosa diminuta y aparentemente blanda, estrujándolo por ello. Se escuchó algo parecido a un quejido, muy diminuto y agudo. Pero antes que tuviera intención de inspeccionarlo más a fondo, algo más fuerte provino de su habitación. Y sin soltar aquella especie de muñeco, se incorporó y apresuró, abriendo la puerta de golpe.
Sakuno lo miró incrédula. Se quedó estática en la misma puerta y totalmente muda.
—¿Q-qué…?
El hombre al que su madre le encargó ser su sirviente personal posó sus ojos en ella, desviándolos como si no hubiera pasado nada a la vez que se agachaba y recogía un gran libro demasiado gordo del suelo. Lo observó unos momentos y lo volvió a colocar en su lugar.
Sakuno sacudió la cabeza, la agachó y se sonrojó.
—Eh… verá. —balbuceó, llevando ambas manos hasta su pecho sin alzar el rostro. —¿M-me… lo devolverá…?
—No. —respondió automáticamente.
No dijo nada más, sin moverse de la puerta. Aunque pensara que podría tomar otra tableta de la cocina, algo la retenía. Alzó un poco sus ojos para mirarlo y su sonrojo aumentó, su cuerpo se movió por si solo y le arrebató aquello de las manos del chico, avergonzada. ¿Por qué no la habían colocado al cargo de una mujer en vez de un hombre, encima joven?
Ryoma pestañeó ligeramente por su acción.
—E-estaba por… guardarlo. —explicó nerviosa, tragando.
—No es la primera vez que veo uno de estos desperdigados. —comentó. —Ya si puedes, prosigue guardando el resto.
Señaló un pequeño montoncito de ropa en la cama, resaltando más la ropa interior y haciéndola enrojecer de nuevo.
Prosigue guardando el resto.
Prosigue.
Se mordió el labio y se acercó rápidamente a la cama a cubrir las prendas. ¿Acaso ya había tocado gran mayoría? Alguien que aún era un completo extraño para ella.
Se giró hacia Echizen al ver que tenía intenciones de abandonar el cuarto.
—Espera. —pidió en un murmullo.
Ryoma paró, pero no se volteó.
—Como ya dije, no es la primera vez. —le recordó él.
Sin más que decir, volvió a retomar su camino, apartándose al prever que cierta chica hiperactiva aparecía sin previo aviso, pasando él por la puerta una vez Osakada se adentró al cuarto, exclamando el nombre de Ryuuzaki.
—¿Sakuno?
Alzó su rostro por su llamado, pasando sus ojos de Tomoka a sus espaldas, donde cierta mirada dorada la hizo retroceder un paso. Aquellos ojos se abrieron levemente por una supuesta sorpresa, desconcertándola. Sakuno, notando que no se movía, bajó sus ojos a su regazo, encontrándose con aquella pequeña especie de muñeco en forma de diablillo. Pero cuando quiso volver a mirarle, ya había desaparecido de su vista.
Tomoka miró hacia atrás, y al no encontrar a nadie, miró a Sakuno con el ceño fruncido. Haciéndola reaccionar al tomarla de los hombros.
—¡Sa-ku-no! —nombró pausadamente, torciendo el labio.
—¡Ah, lo siento!
Tomoka suspiró, parpadeando al fijarse precisamente en aquel muñeco.
—¿Y esto?
Sakuno lo apartó inconscientemente al ver que su amiga intentó tocarlo. Sin saber qué decir al respecto, lo llevó a sus espaldas y sonrió nerviosamente. Sólo era un muñeco, ¿entonces por qué actuaba así?
—¿Q-qué querías, Tomo-chan? —preguntó, tragando al ver el ceño más fruncido en Tomoka. —¿Tomo-chan…?
—¿A qué crees que he venido? ¡Has vuelto a desaparecer! —espetó. —Ven, no tenemos todo el día.
—¿Eh? Ah… esto… espera…
Sus súplicas fueron ignoradas, siendo jalada del brazo y cayéndosele el muñeco de las manos. Nada más chocar contra el suelo, una leve vibración le recorrió el cuerpo, sin embargo Osakada pudo con ella y cerró la puerta con fuerza tras salir ambas.
Una extraña sensación la había invadido, como si el tiempo se hubiera detenido unos minutos en el transcurso de la caída de aquel muñeco que, nada más tocar el suelo, su corazón bombeó con mucha fuerza.
Una vez estaba más alejada, aquella sensación desapareció. Y para no darle demasiadas vueltas, lo relacionó con su malestar al recordar la aburrida fiesta de cumpleaños. De la cual presentía que no sería como los demás.
Todo el tiempo en que estuvo secuestrada por Tomoka, no imaginó que el resto del servicio de la casa se dedicara a redecorarla. Prepararon todo para la dichosa fiesta, y juró escuchar voces desconocidas que hablaban con su madre, quien la dejó a solas con Osakada.
Sakuno guiñó los ojos al sentir que le rozaban los labios, mirando a su amiga a su lado. Tomoka le sonrió.
—Tienes los labios muy rojizos. —le tocó la cara y la observó con detenimiento. —Sigues con esta apariencia muy juvenil, por lo que, al igual que los otros años, no necesitas demasiado maquillaje.
—…Igual no lo querría. —musitó Sakuno.
—Vamos, mujer. Déjate llevar en días como estos, relaciónate.
Sakuno se quejó en silencio, y enrojeció cuando su estómago rugió en demanda de comida. Lo último que había llevado a su boca fue un trozo de chocolate que pudo tomar antes que se le fuera arrebatado. La imagen de Ryoma se le vino a la cabeza de manera maquiavélica, viéndose como el culpable y enemigo con respecto a robarle los chocolates.
Tomoka rió y acarició la cabeza con cuidado a no estropearle el peinado. Seguidamente, dejó que se levantara y se observara. A cabezonería de Ryuuzaki tuvo que dejar que al menos ella eligiera algún vestido que le agradase. Un vestido negro que le llagaba por las rodillas, acompañado por lazos y adornos en tonos rosados. Osakada le ajustó los lazos negros que ataban sus trenzas, golpeándole con suavidad la espalda una vez hecho.
—Estoy segura que estarás encantada cuando bajes. —animó Tomoka.
—No sé, el año pasado…
—¡No es de comparar con el año pasado! —sonrío y cogió su mano, tirando de ella. —¡Vamos, vamos!
No dejó siquiera a que le contestara. La sacó del cuarto donde vistió y maquilló, y antes de llegar a las escaleras, Tomoka ralentizó el paso, pudiendo Sakuno mirar con más atención al piso de abajo. La gente entraba una tras otra por la gran puerta, unos más arreglados que otros, contando que los amigos de clase estaban ahí. Como los otros años. Tomoka era mucho más social que ella, y aunque ha intentado hacer que se hablara con aquel grupo, Sakuno hacía todo lo posible por negarse. Había algo que no le agradaba de ellos. Aparentemente parecían amables, pero es como si lo fueran con Osakada delante.
Al bajar el primer escalón, una voz muy familiar le llegó a sus oídos. Y entonces, cuando alzó su rostro, sus ojos se abrieron en sorpresa. Su mano se soltó del agarre de Tomoka y, sin el menor de los cuidados, bajó a toda prisa las escaleras para abalanzarse a los brazos de aquella persona –aprovechando de paso su descuido al tropezar-.
—¡Sakuno! —exclamó con sorpresa el hombre, estrechándola seguidamente entre sus brazos. —¿Me echaste de menos?
—Pensé incluso que no vendrías. —Sakuno ni alzó la mirada para verlo, quedándose pegada a su pecho. —Bienvenido, papá.
El hombre lo agradeció con un beso en su cabeza, apartándola con suavidad al ver a su mujer acercarse. Sakuno recibió una suave caricia en su rostro por parte de su madre, quien saludó a su marido con un beso. Se apartó un poco y los observó mientras mantenían una conversación, haciéndole aparecer una sonrisa en sus labios.
Según le contaron hace tiempo sus padres, se conocieron en una reunión de trabajo. Su padre japonés, de nombre Hideaki, quedó prendado por la belleza de la mujer que se convirtió en su esposa, Sherezade. Hija de poderosos adinerados árabes que había heredado toda la belleza de su cultura y explotado la libertad al lado de su marido, convirtiéndose en la mujer que era ahora.
Hideaki era el que se encargaba de mantener a la familia, por ello, debido al trabajo, no pasaba demasiado por casa. Siendo una suerte que esta vez hubiera podido presentarse en el cumpleaños de su hija. Por esta razón, Sakuno prefería al menos vivir más normalmente, sin tantos lujos, si así podía tener a su padre más en casa. Pero estaba visto que su padre amaba su trabajo.
—Mi regalo está junto a los demás, feliz cumpleaños, Sakuno. —sonrió.
Su hija le devolvió la sonrisa, dándole las gracias. Tomoka se acercó y le señaló las mesas repletas de comida, apareciéndole un gran brillo en sus ojos. Se moría de hambre.
—Ehm… voy a…
—Ves a comer. —incitó su padre. —Iré en un rato.
Ella asintió levemente con la cabeza, sonriendo avergonzada. Se dirigió junto a Osakada a una de las muchas mesas, tomando un plato y echando un poco de variadas comidas, sintiendo de nuevo rugir su estómago.
Tomoka, al llevarse algo a la boca, dirigió sus ojos por la gran sala, observando cada uno de los invitados. Cuando se fijó justamente en alguien que parecía estar oculto, tragó la comida.
—¿Sabes algo de aquel chico? —preguntó curiosa. —No sé si soy yo, pero… aunque veo a los demás sirvientes por la casa, ese en concreto parece estar más alejado cuando hay mucho tumulto.
Ryuuzaki guió sus ojos hacia la figura que yacía arriba en las escaleras, apoyado en las barandillas. Afirmó interiormente que también se lo pareció. Siempre trataba de no estar entre demasiada gente, observando a lo lejos.
—Pero…
Sakuno la miró de reojo. Notando aquella sonrisa pícara en sus labios.
—Todo hay que decirlo, está demasiado bien.
Osakada tuvo que ayudar a su amiga para que no se atragantase, dándole leves golpes en la espalda y riendo al ver su cara enrojecida.
Intentando ignorarla, buscó con la mirada a su padre, viéndolo en el mismo lugar donde lo dejó. Guiñó los ojos al notar que estaba muy fijo en alguna cosa y, siguiendo la dirección de su mirar, se encontró de nuevo con la figura del misterioso sirviente. Los miró de hito en hito, sin comprender. Si no recordaba mal, era la primera vez que su padre lo veía. Aunque hubiera notado que Echizen era nuevo en la casa, ¿por qué esa mirada tan fija y seria?
Y como si lo hubiera también notado, Ryoma se apartó de la barandilla y desapareció entre los pasillos del piso superior.
—¡Ah, chicos!
Sakuno, sin decir nada, intentó no fijarse en los supuestos amigos de Tomoka. Pero ésta no estaba por la labor de dejarla, agarrando su brazo antes que pudiera alejarse lo suficiente de ellos. Tuvo que forzar una sonrisa, saludándolos con timidez.
—Feliz cumpleaños. —parecieron desear.
—G-gracias.
No se sentía cómoda. Se lo había comentado a Tomoka, pero ésta le contestaba que era por su timidez, que se tendría que acostumbrar y conocerlos más y, entonces, podría llevarse mejor con ellos y hablar con soltura. Pero Sakuno sabía que no se trataba de eso.
Suspiró cuando los escuchó hablar entre ellos, dándose cuenta en esos instantes que su padre ya no se encontraba en el mismo lugar. Y por lo que pudo notar, en la sala tampoco.
Dejó en la mesa el plato casi vacío, se excusó con Tomoka, y se apartó del grupo para buscarlo más a fondo.
Preguntó incluso a su madre que permanecía hablando con la de Tomoka, pero no sabía dónde se había metido.
—Tal vez fue al baño, no te preocupes tanto, no se marchará esta noche.
Ante las palabras de su madre, sólo pudo asentirle. Pero su preocupación no cesó.
Se acercó a las escaleras y miró hacia arriba, pensativa. Cuando tocó la barandilla a su lado derecho, su corazón dio un vuelco. Tragó saliva, decidiendo subir a la planta superior, moviendo sus pies con lentitud.
Sentía como una pequeña voz en su cabeza le hablaba e incitaba a que prosiguiera.
Acércate, no temas.
Ven y quédate conmigo.
Sakuno se lamió sus labios resecos, llegando hasta el final de las escaleras. Sus ojos se movieron al lado derecho instintivamente, y sus pies se movieron automáticamente hacia ese lado, viendo al poco tiempo la puerta cerrada de su habitación. Aquella voz, sea de quien fuera, se encontraba ahí.
Justo al parar frente a su cuarto, se llevó una mano al pecho y la otra agarró el pomo. Seguidamente, con la mirada clavada en la puerta, cogió aire y giró lentamente su mano que sostenía el pomo, abriendo poco a poco.
Pero en su habitación no había nadie.
Desconcertada, observó con detenimiento todo su alrededor, moviéndose de la puerta para mirar más a fondo. Aún así, no veía nada fuera de lo normal. Se frotó la frente y se juró a sí misma dejar de leer libros de fantasía. O al menos, alternarlos con otro tipo de libros más normales.
Cuando estuvo más alejada de la puerta, ésta se cerró de un portazo, exaltándola. Respiró hondo por el susto y miró ceñuda las ventanas abiertas, teniendo que frotarse los brazos por el frío que entraba por ellas. Tocó los marcos de las puertecillas para cerrarlas, y algo se movió entre sus robillos, volviéndola a exaltar mirando alertada y asustada de que se tratase de alguna rata. Porque no era demasiado pequeño como para tratarse de algún bicho.
Pero sus teorías fueron descartadas al escuchar una vocecita aguda acompañado por una risita. Sakuno deseó no haber subido, no tener aquella curiosidad de ir a ver de qué se trataba aún teniendo aquella voz llamándola. Por un momento pensó que se había vuelto loca, pero siempre ha pensado que aquellos mundillos de los libros deberían de haber sido inspirados por algo. Y en cuanto vio aquello aparecer entre las patas de la mesita, sus ojos se agrandaron en sorpresa.
Aquel muñeco que recogió del pasillo estaba vivo. Tenía en una de las diminutas manos una especie de tridente, moviendo su cola de un lado a otro. Enteramente negro, con unas orejas picudas. Sus ojos totalmente rojos se fijaron en ella y aquella boca se ensanchó en una maquiavélica sonrisa. Si sólo fuera un muñeco, podría verlo… adorable. Pero teniéndolo de aquella manera, sólo podía sentir miedo. Cuanto más pequeño, más difícil se le haría intentar dar con él y defenderse.
—Chocochoco. —pronunció el diminuto ser, dando golpecitos con el extremo de su tridente en el suelo.
—¿Eh…?
El diablillo comenzó a andar ligeramente hacia ella y como comprobándola, le pinchó con su tridente, haciéndola apartar automáticamente los pies. Tragó al ver su sonrisa ensanchar aún más y es cuando se dio cuenta que podía tener una gran boca.
Y sin esperárselo, lo vio saltar ágilmente sobre el escritorio que estaba a su lado, mirándola fijamente, otra vez.
—¿Q-qué… eres?
Le oyó reírse, y de pronto emanar un aura oscura. Sakuno retrocedió, agrandando sus ojos incrédula y horrorizada al ver que aquel diablillo aumentaba el tamaño de su boca, directo hacia ella. Por puro reflejo se echó a un lado, pudiendo esquivarlo.
—No, esto no es nada bueno. —se dijo.
Volvió a moverse rápidamente, lo que pudo, para apartarse de nuevo de aquel diablillo, que nada más aumentaba cuando iba a por ella con esa gran boca. Aunque extrañamente, se enganchó en su rostro en un descuido, con aspecto normal. Viendo sus intenciones de arañar toda su cara, hizo forcejeo de quitárselo, teniendo más fuerza debido al tamaño, lanzándolo contra el suelo.
Ryuuzaki jadeó, retrocediendo y topándose con la mesa. Entonces, tomó entre sus manos aquella densa carpeta donde guardaba todos sus apuntes, no teniendo algo más con lo que defenderse. Sin embargo, al girarse aquella cosa no estaba ante sus ojos.
Dio un paso hacia delante, teniendo la carpeta firme contra su pecho. Sus ojos repasaban cada rincón de la habitación, y al no dar con aquello, pudo suspirar de alivio. No obstante eso era lo que menos debió hacer. Una risita más maquiavélica se escuchó, y se lo encontró justo encima de la cama, saltando hacia ella. Sakuno gritó, cerrando sus ojos con fuerza y utilizando aquella gorda y pesada carpeta contra él, moviéndolo frenéticamente de lado a lado y sin mirar lo que hacía.
Escuchó una pequeña maldición y paró sus acciones. Abrió sus ojos, guiándolos con lentitud hacia la ventana, agrandándolos de sobre manera. Se llevó una mano hasta sus labios y sus piernas temblaron tanto que perdió el equilibro y cayó sentada en el suelo, sin apartar su mirada de él.
Sentado en el marco de la ventana con aires de indiferencia, mirando con aburrimiento pero con enfado aquel ser diminuto que tenía entre su mano. El joven sacó algo entre su ropa, quitó el papel y se lo tendió al diablillo.
—Ah…
Los dorados ojos se fijaron en ella, y luego, sus labios se curvaron en una arrogante sonrisa.
—Es bueno compartir, Kinder sorpresa.
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Ahí queda la cosa.
También tenemos cuenta en Livejournal, una comunidad para Rosas Negras, para así ir actualizando cada vez que se suba capítulo nuevo. Además de explicar cualquier duda de la historia :D
Por eso, cualquier cosa, ir allí ~
Saludos.