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Alega Dathe
Author of 66 Stories

Rated: K - Spanish - General - Denmark & Norway - Reviews: 3 - Published: 07-21-09 - Complete - id:5235776

Diclaimer: Axis Power no es de mi propiedad.
Advertencias: Ninguna.
Personajes: Dinamarca, Noruega.
Palabras: 1.731
Resumen: No todas sus exploraciones salen como ha previsto. Y en esa ocasión, fue mejor así.


El cielo estaba oscuro, ni un retazo de luz se colaba por las nubes y las estrellas no servían para aliviar la completa negrura en la que su expedición y él avanzaban bajo el terreno a sus anchas. Había sido una idea precipitada la de internarse en una tierra desconocida, ni siquiera se prepararon como se debía para estos casos. Pero esa especie de llamado en su interior era demasiado fuerte como para ignorarla o quedarse más tiempo en su propia tierra, esperando que sucediera algo que lo calmara.

Dinamarca sabía que eso no sucedería al menos que él emprendiera el viaje hacia lo lejos. Su instinto se lo indicaba a cada palpitar del corazón. La nieve caía sobre su grupo y unos tumbaron sus morrales en la nieve y se sentaron sobre ellos. Los demás, menos Dinamarca, los imitaron. Éste los miró con extrañeza y les pidió explicaciones.

Le decían que estaban cansados y, por esta vez, mejor detenerse ahora y recuperar energías para proseguir. Dinamarca estuvo tentado en llevarles la contra, mandarlos a levantarse y retomar el rumbo, pero no lo hizo al respirar el cansancio de sus hombres. Y el de él mismo. No se había dado cuenta de que su propio cuerpo le pedía un leve descanso, e incluso lo hubiera seguido ignorando hasta caer de espaldas al suelo, sobrepasado por el agotamiento. Dejó su morral en el suelo, colocó su hacha junto a él y se sentó.

Sus hombres estaban luchando por prender fuego. La nieve seguía cayendo y parecía querer empeorar de un momento a otro, inesperadamente, como si se divirtiera causándole dificultades. El clima de aquel lugar parecía sujeto a un encanto. Antes de partir, uno de sus hombres que había inspeccionado la zona le había asegurado que el cielo estaría despejado o, al menos, lo suficiente para recorrer un buen trecho en reconocimiento. Pero el tiempo actuó en su contra, al punto de dejar extenuados a unos fuertes vikingos como ellos. Y el fuego no se encendía. Había comenzando a soplar un inesperado viento. Incluso Dinamarca estaba tiritando tras su abrigo de piel.

El viento, por el ritmo llevado, cantaba una canción de mar. La reconocía, era como “y los hombres fuertes, llevado por las aguas, a criaturas y a bárbaros por igual matarán, y su sangre esparcirán por el terreno fértil, ¡para Dinamarca la tierra consagrar!” Era una señal, no un juego de su mente. El viento cantaba dándole esperanzas.

Se rió. Hallaba su ocurrencia bastante cómica. No, no era una ocurrencia. Reía con el viento y en silencio le aseguró que su canción volvería a tener razón. El frío, la nieve, la falta de luz eran obstáculos que representaban pequeñas dificultades, ¡había que pensar en la meta, después de todo!

Visto que sus hombres todavía no lograban encender fuego, él fue a prenderlo. Lo logró casi el mismo instante en que duró apagándose. Aquello era extraño, hasta el fuego quería sumársele como una dificultad demás. Hasta ahora habían sido buenos compañeros en el saqueo. Volvió a reírse, con el sonido del viento más fuerte en sus oídos.

Sus hombres tenían el sentido del humor apagado. El viento no cantaba para ellos, o mejor dicho, ellos no se daban el gusto de prestar atención a la letra y entenderla. El miedo a lo desconocido corroía su ánimo, y la única razón por la que seguían allí era porque, para regresar, ya era demasiado tarde. Dinamarca trató de infundirles parte de su buen humor, en vano. El hecho de que de cierta manera la vida de él fuera infinita tenía algo que ver; los demás eran mortales y el viento colándose por sus pieles les recordaba que no había ser más delicado que el hombre.

Dinamarca se ofreció a buscar una cueva en la cual resguardarse. Fue portando su hacha como único equipaje. Se internó en la oscuridad y esperó hallar una luz al final de su recorrido. En algún momento (incluso para sus ojos de gato, en aquella noche era imposible ver más allá de sus narices) se adentró en un bosque. Árboles altos, con su tronco y hojas congelados, la nieve bajo sus pies. No había nada cálido en el ambiente. Y ese silencio sobrenatural, donde no se oía ningún animal, le parecía hostil.

Dinamarca no se desanimó. O evitó desanimarse, para ser más precisos. Sus hombres contaban con él, no iría a defraudarles. Entornando los ojos, para forzar la vista, se dispuso a hacer un dueto con el viento que seguía acompañándole con su melodía.

-En el paraíso de los dioses, ellos tienen sus descendientes, hombres de gran valor, con el hacha y el vigor en las manos…

Su voz era el único sonido. Del reto seguía el silencio sobrenatural. Sus pasos eran amortiguados por la nieve.

-… y decidieron zarpar, para los demás pueblos gobernar, porque ellos tienen chispa divina y los demás riquezas que dar…

Se detuvo. Ahora al viento le acompañaba otro. Uno diferente. Su instinto se lo decía. ¿Acaso los gélidos vientos querían amainar el buen humor del suyo? Como pudo, vio que había llegado a una cueva, incluso más sombría que a su alrededor. Se adentró en ella y la inspeccionó, asegurándose de que no hubiera desagradables sorpresas en su interior. Al comprobar que sería perfecta para sus hombres, decidió buscarlos. Ya había memorizado más o menos el camino.

- …y los hombres fuertes, llevado por las aguas, a criaturas y a bárbaros por igual matarán, y su sangre esparcirán por el terreno fértil, ¡para Dinamarca la tierra consagrar! –Acabó riéndose. Le encantaba esa canción. Él mismo la había compuesto, por supuesto.

Al salir de la cueva, se encontró con que la oscuridad era ahora más espesa y, si bien antes sus ojos se habían adaptado bien, ahora estos no veían nada. Absolutamente nada. Los vientos gélidos volvieron a soplar y callaron a su viento cantarín. Nada más que ellos se podía oír. Sintió que el corazón se lo oprimían con una mano, y le costaba cada vez más respirar.

Cayó al suelo, jadeando y llevándose una de sus manos hacia el corazón. Latía, todavía latía a pesar de la cadena a su alrededor. Debían ser imaginaciones suyas, porque él estaba bien de salud y no debería haber nada que lo dejara en el piso, sin poder levantarse. Pero así era, sus piernas no le respondían, sus brazos temblaban y el aire comenzaba a escasear dentro de sus pulmones. Se quedaría sin aire y correría el riesgo de morir.

Pensó haber perdido la conciencia, porque cuando volvió a abrir los ojos, la oscuridad ya no era tan profunda y había alguien más con él. Un chiquillo, o eso le pareció por su baja estatura. Éste parecía discutir en voz baja consigo mismo. En realidad, su voz era inaudible. Luego, el chiquillo pareció alterarse y cortar la discusión consigo mismo, al tiempo que se volteaba como si le estuviera dando la espalda a alguien a propósito. Fue allí cuando el chiquillo lo vio despierto. Se acercó y pudo detallarlo mejor.

-Eres muy lindo –le dijo, cuando estuvo a palmos de él.

El chiquillo lo ignoró. Fue cuando se dio cuenta de que lo habían amarrado. Trató de soltarse, pero fue imposible. También sentía una sensación extraña en el pecho, como si unas manos heladas lo estuvieran deteniendo. Al parecer, el chiquillo comprobaba que estuviera en buen estado. Su hacha estaba recostada sobre la pared de la cueva.

-En serio lo eres –siguió-. ¿No te lo han dicho? ¿Vives por aquí? ¿Te gusta tener debates contigo mismo? Yo digo que no a las dos preguntas, vengo de lejos y prefiero no pensar mucho las cosas, ya sabes. O tal vez no sabes. ¿Cuál es tu nombre? El mío es Dinamarca, puedes llamarme Din, Dina, Dan o como quieras. Estoy aquí conquistando tierras bárbaras, no digo que tú seas uno en el otro sentido de la palabra, pareces muy civilizado, pero tú entiendes. ¿Oíste mi canción? Más o menos es así, aunque a veces hay menos o más sangre de la esperada y los mares no es que nos quieran mucho todo el tiempo. ¿Verdad que es genial? Y la canto bien, ¿tu cantas? Espero que sí, ya me imagino cantando los dos juntos. Mi canción o cualquiera que quieras. ¿Sabes que eres muy lindo?

-Te dejaré libre –dijo el chiquillo-. Pero retírate inmediatamente de aquí o la próxima vez sí te mataré.

-¡Qué amable eres! –El chiquillo le iba desamarrando-. Pero no te preocupes, aquí estoy bien, sólo hay que resguardarse del frío. Tenemos bastantes abrigos, así que no es problema.

Volvía a estar libre. Se estiró para saborear su libertad. El chiquillo pareció conversar nuevamente consigo mismo, pareciendo un tanto contrariado.

-Dije largo. Este es mi territorio.

-Ah, ¿tú eres de aquí? –entendió Dinamarca-. ¡Genial, ya me preguntaba cuándo aparecerías! ¡Estoy tan feliz, tú pareces muy agradable! Y lo más de buena gente, como me liberaste de estas ataduras. Gracias, amigo. ¿Y tu nombre?

El chiquillo lo miraba con una expresión parecida a la perplejidad. Dinamarca se quedó confundido, ¿qué podría haber dicho? ¿O quizás era su encanto natural que lo había deslumbrado? Seguramente. Él era encantador. A veces ni podía consigo mismo.

-Si no te vas de aquí antes del mediodía, te mataré –le amenazó el chiquillo, volviendo sobre sus pasos y comenzando a alejarse de allí.

-¿Eso es una especie de invitación para comer? ¡Porque la acepto con gusto! Vendré yo y mis hombres, a los que debo ir a buscar ahora, por cierto. Les contaré lo que has hecho por mí, seguro que también te encuentran lindo. Porque lo eres, ¿ya te lo dije? –El chiquillo ni se volteó a verlo, siguió adelante-. ¡Nos vemos, amigo! ¡Un gusto conocerte!

Cuando se alejó, Dinamarca se echó a reír. El viaje había valido la pena, después de todo. Ese chiquillo se veía en realidad muy amigable aparte de ser lindo. Seguramente ahora iría a preparar la comida que le acabó de prometer, aunque, claro, él no se quedaría de brazos cruzados. Le prepararía algo a cambio para que no se pusiera en duda su urbanidad.

Mientras caminaba en busca de sus hombres pensó en algún plato para prepararle. Ya estaba aclarando y el viento se había calmado, incluso la nieve. El paisaje prometía mucho de esta forma.

-¡Ah, ojalá pudiera hacerle probar mi Amor ardiente!*


*Es un plato danés.


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