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: B s . A A A    : full 3/4 1/2   : E E   : Light Dark Anime/Manga » Hetalia - Axis Powers » Reina mía

Alega Dathe
Author of 66 Stories

Rated: K - Spanish - General - England - Reviews: 5 - Published: 07-31-09 - Complete - id:5264083

Diclaimer: Axis Power Hetalia no es de mi propiedad.
Advertencias: --
Pareja: Isabel I/Reino Unido.
Palabras: 1.082
Beta: Yuki-dono.
Resumen: Porque la Reina siempre tiene la última palabra.


¿Cuándo fue la última vez que se había sentido tan satisfecho con un soberano? Enrique VIII no obtuvo el puesto del peor de todos, claro; compartía el primer lugar con otros ocupantes del trono tan insoportables como él. Entre ellos, uno de sus hijos. María Tudor no había sido tan desastrosa, para nada, pero el título de sanguinaria no se lo ganó por andar regalándoles flores a los protestantes ni por su misericordia hacia los presos de la Torre de Londres.

Aunque el pequeño retoño de Enrique VIII, Eduardo VI, no fue nada malo en el poco tiempo que estuvo reinando. Un tanto prepotente y creído sí fue, pero se lo perdonaba. Apenas era un chiquillo, tener bajo sus manos el control de todo Reino Unido representaba una responsabilidad muy cruel para una persona tan joven. Cierto que había actuado como se debía, Reino Unido se había inclinado ante su mandato con la mayor sumisión posible; el agarrarle cariño fue un agregado temprano. Sentía debilidad hacia los chiquillos. Su muerte a tan corta edad significó una desgracia; un rey que prometía tanto…

Volviendo al tema, los buenos reyes eran contados. Al menos el bastardo apestoso no tenía mejor suerte con los suyos. Puros tipos patéticos que dirigían patéticamente a una nación patética. En cambio, ahora se consideraba visitado por la fortuna.

Su nueva reina contaba con toda su aprobación, fidelidad y ciertos sentimientos cursis que las hadas no dejaban de insinuarle a la menor oportunidad. Isabel I vivía por él; se habían casado como un siervo que entrega su vida hacia su dios.

Representaba la virtud de toda Inglaterra al despreciar el cuerpo de los hombres, desdeñaba al propio sexo opuesto que osara cotejarla; su corazón permanecía cerrado para todos menos para su propia nación. Reino Unido recibía el amor de su reina. Y, por primera vez, él no se sentía avergonzando ni al recibirlo ni al darlo. Ya no era una unión beneficiosa para ambas partes; ya no eran camaradas en la guerra; eran amantes, en un sentido platónico de la palabra. Él era un país y ella su reina virgen. Sus dedos nunca tocaron nada más abajo que su cara, y cariños más íntimos fueron velados a favor de la decisión de Isabel de nunca ser tocada por manos varoniles.

Isabel, detrás de su suma bondad, también era estricta. A sus siervas les exigía el mismo grado de comprometimiento, la misma pureza de su cuerpo y su alma. Atesoraba los amores de ellas, por la reputación de su corte; era como la tía amorosa que brinda comprensión y a la vez pide fidelidad a la familia. Reino Unido no dejaba de admirarla en todo momento.

Ni siquiera ahora mismo; es más, al contrario. Estaban en la corte, ojeando una petición de casamiento que le había pedido una de sus siervas más queridas, una joven inglesa de rostro todavía aniñado. Después de interceder por ella ante su padre reacio a aceptar un matrimonio con un pintor francés, Isabel le había prometido que solucionaría su problema de la manera adecuada. Reino Unido no dudaba que lo haría; Isabel era sabia a pesar de su edad.

-Ay, estas niñas. A veces tengo que cuidarlas tanto –comentó Isabel, mientras esperaban.

-Ya entenderán que vuestra virtud es lo más cercano a la perfección en este mundo –le dijo Reino Unido, alabando a su Reina casi sin darse cuenta.

-Lo sé, amor mío, y usted es sin duda la perfección de la que habla.

Reino Unido se azoró. Esperaba que no se estuviera refiriendo a la cuestión de su virginidad, porque entonces no correspondía al elogio. ¡Un país tan viejo como él hacía mucho que había dejado esa etapa atrás! N-No era una bestia depravada como el bastardo apestoso, por supuesto, pero aún así…

La puerta de la habitación se abrió y la sierva entró por ella. Andaba vestida con sus mejores galas, que no eran gran cosa en realidad y más bien resultaban un intento pobre de parecer elegante; aunque, ciertamente, era bonita. Se sabía observada por los miembros de la corte. Isabel la evaluaba de arriba abajo; el ceño arrugado señaló una clara descalificación. Reino Unido se encogió de hombros, sintiéndose mal por estar a punto de criticar a la muchacha. Ya tenía su mérito al caminar con tantas agallas hacia el trono; había visto hombres más grandes temblar al acercarse a Isabel. Ésta, al menos, ocultaba la mayoría de los nervios. Aún así, el rostro anormalmente pálido la acusaba.

La muchacha se inclinó ante la Reina.

-Mi querida niña, ya se alegrará de saber que vuestro padre no se opone a vuestro matrimonio –comenzó Isabel-, en cuanto sea yo quien posea la última palabra. Me ha confesado amar profundamente a ese hombre y estar dispuesta a irse a Francia con él. Me encanta vuestra determinación, y he recibido pruebas de lo mucho que os amáis. –El rostro de la muchacha se iluminó, esperanzado por la aprobación de la Reina-. Una unión semejante no ostenta ningún argumento en contra para las partes. Sin embargo, recuerde que debe anteponer su felicidad egoísta ante los deseos de su Reina. Reflexione sobre lo que vuestra merced quiera, sin duda llegará a la conclusión de que muchísimo más importante para usted es satisfacer a su reina. Y yo prohíbo vuestro matrimonio.

La muchacha se tambaleó. Reino Unido pensó que dentro de un momento a otro se desplomaría al suelo, desmayada. Isabel pareció pensar lo mismo, porque siguió:

-Mi querida niña, lo que le falta a usted es un buen escarmiento. Un castigo. ¿Qué no valora la virtud de mi palacio? ¿Por qué unírsele a un hombre cuando puede dedicar su vida a la pureza del cuerpo? Mandaré a despedir a su francés con lo mejor de mi buena voluntad. Usted lo entenderá con el tiempo; sin duda, espero que lo haga.

Fue demasiado para la pobre mujer. Perdió el conocimiento e Isabel, sorprendida sin saber a qué se debía aquella mala educación en su presencia, la mandó a llevar cargada a una habitación dedicada exclusivamente a las siervas. Luego iría a ponerle su castigo, cuando despertara.

Reino Unido se preguntó si Isabel no había sido demasiado dura o si quiera se daba cuenta de ello. Pero, al preguntarle, quedó convencido inmediatamente de que no podía estar equivocada. Ella no. Nunca.

-¿Acaso pone en duda, amor mío, mi decisiones tan acertadas hasta el momento?

-Oh, no, claro que no, Reina mía. Como su caballero, jamás podría.

-Oh, mi Arthur…


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