|
Author of 40 Stories |
Miércoles: Orgullo
Levantó la vista del libro y no pudo evitar rodar los ojos. Había visto miles de acciones cuestionables –como a una pareja de Gryffindor que parecían no darse por enterados que la biblioteca no era un motel-, pero por primera vez sentía que quería levantarse y recitar un discurso puritano sobre la moral.
Cuando alguien le habló, saltó asustada. Sintiendo que su corazón quería salirse de su pecho, contestó:
-Verbo pasado. Era mi amiga.
Beth había sido su mejor amiga los primeros años de Hogwarts. Prácticamente eran siamesas: iban a todos los lugares juntas, se reían de lo mismo, y hasta empezaban a usar las mismas expresiones como “adorable” para referirse a todo. Sin embargo, la llegada de la pubertad empezó a cambiar aquello. Mientras Rose prefería quedarse un sábado en la noche leyendo, Beth salía a hacer lo que solo el calamar gigante supiera con otras compañeras de curso. “No me llevo bien con ellas” argumentaba la pelirroja, cuando su amiga le insistía en que las acompañara. “Apenas las conoces” respondía. “¿Para qué conocerlas? Se nota a leguas que son empollonas que quieren aparentar ser geniales y bonitas”. “¿Ah, sí? Al menos no son una empollona amargada como tú”. La adolescencia terminó por separarlas definitivamente.
-¿Y ahora es tu enemiga? –preguntó, distraídamente. Abrió el libro de Encantamientos-. Porque créeme que tu mirada da miedo.
-Tampoco es enemiga –suspiró. Alzó nuevamente la mirada al frente, pero esta vez no se escondió tras ‘Moste Potente Potions’-. Es solo que Dan Fawcett me invitará a la fiesta del Club de las Eminencias.
El que podría llamarse románticamente el objeto de sus afectos, se encontraba a menos de tres metros enseñándole Runas Antiguas a Beth. No es que le molestara esto. Runas era una asignatura difícil y muy pocos entendían, por lo que ayudar a los demás no era nada de raro; pero cuando Beth parecía estar más preocupada de encontrar cualquier razón para empezar a jugar con la corbata del chico, eso sí que la hacía salirse de sus casillas.
-Ya, ¿pero planeas que suceda con una poción de amor?
-Muy gracioso, Scorpius –dijo enojada, pero aún así enrojeciendo mientras él lanzaba una suave risita-. Solo busco información adicional para la redacción de Pociones –le mostró la sección del libro.
-Y yo busco información sobre la prueba de Encantamientos. ¿Qué te preguntaron a ti?
Solo compartían Estudios Muggles y Herbología, por lo que en caso de pruebas, uno siempre la tenía uno o dos días antes que el otro, y se decían qué le preguntaron. En el caso del profesor Flitwick, él nunca solía repetir las preguntas.
-Entonces, no estudio estas dos páginas –Scorpius bufó-. Genial, de seguro tendré que describir el Encantamiento Homorphus. ¿Por qué siempre las pruebas de Ravenclaw son más fáciles que las nuestras?
-Flitwick no tiene preferencia por nuestra casa.
-De alguna u otra manera, los jefes de casa siempre la demuestran.
-Estudia, Scorpius –le dio una palmadita a su libro-, antes que sigas entrando en terreno peligroso… Defenderé mi casa hasta la muerte, ¿vale?
-Cuidado, Rose la-fiera Weasley me comerá vivo.
Ambos sonrieron antes de concentrarse cada uno en lo suyo. Los únicos problemas que interrumpían constantemente la lectura de Rose eran dos: Dan y Beth seguían sentados en la mesa de al frente, y que Scorpius quizás tuviera razón. Sus habilidades comunicativas con desconocidos habían mejorado bastante en el último tiempo, pero cuando se trataba de él, se comportaba peor que una muda borracha. Y el hecho que se llevaran bien, no quería decir que la iba a invitar a la fiesta. No era una verdad lo de la invitación, sino más bien una suposición y lo que más quería que ocurriera.
Tenía quince años, apenas había besado a un chico en toda su vida –Lorcan Scamander, su primer amor- y estaba más tiempo rodeada de libros que de personas en carne y hueso –los personajes de novela no cuentan como compañía real. Carente de cosas divertidas, sus días eran bastante aburridos.
Un momento. ¿Qué le estaba pasando? Primero no podía leer un párrafo sin mirar hacia Dan y Beth, y ahora empezaba a divagar sobre sus experiencias amorosas.
-¿Me prestas tus apuntes de Encantamientos?
Miró a Scorpius y sintió que la cabeza le dolía. Iba a ser una larga tarde en la biblioteca.
En los siguientes días tuvo algo más importante en lo cual ocuparse: preparar el discurso en honor al profesor Slughorn. Al término de la última clase les confesó que ése sería su último año en Hogwarts. No era su profesor favorito, pero le dio pena saber que el siguiente curso otra persona impartiría Pociones. Como consecuencia de esta revelación, los miembros del Club de las Eminencias se reunieron y decidieron darle un regalo de despedida. También, surgió la idea de un discurso y la gran mayoría opinó que Rose sería la más apropiada para hacerlo.
-Como si no tuviera nada que hacer –bufó, molesta. Había estado más de una hora sentada frente a una hoja en blanco y varias arrugadas en el suelo. No sabía qué palabras usar o qué quería transmitir-. ¿Y ahora qué? –se giró preparada para lanzar toda su frustración contra el que osaba en distraerla de su misión actual: llegar a los dormitorios y ser una viva imitación de la Bella Durmiente hasta la mañana siguiente.
-Quería saber cómo ibas con lo del discurso. Te ves algo… alterada.
Dan Fawcett la miraba como si tuviera tres cabezas y en una hubiera una gran verruga horripilante.
-Er, no… Digo, sí. Está difícil, pero puedo hacerlo –balbuceó, sintiéndose completamente estúpida.
-Supongo que eres la única que puede. Por eso te elegimos –sonrió.
La acompañó hasta la sala común, y charlaron de las clases y los exámenes. Rose se sorprendió de la memoria que tenía para recordar cada palabra empleada en las preguntas de los exámenes. Con razón le iba tan bien. Y con este descubrimiento, prácticamente se babeó entera.
-Oye, ¿y tienes pareja para la fiesta?
-No, ¿por qué? –respondió al instante. Al darse cuenta de su ansiedad, agregó:-. Se me había olvidado que debemos llevar pareja…
-Solo curiosidad –evadió la pregunta, alzándose de hombros.
Rose se sumergió un periodo rosa cursi (lleno de imaginaciones de cómo bailarían y hasta la manera en que Dan debía besar) y tan extraordinario, que le estaba afectando el cerebro. Todas las feromonas producidas por su organismo la hacían quedarse en blanco cuando hablaba con alguien, tener que pedir que le repitieran lo dicho porque no escuchaba y llegaba al punto de imaginarse que cada vez que Dan Fawcett le sonreía en los pasillos cuando se encontraban, que tenía intenciones ocultas (me ama con locura y pasión).
-Rose…
En su interior, ella bailaba de felicidad.
-Rose –unos dedos chasquearon a un palmo de su cara y despertó de su periodo rosa-. Te he estado hablando hace un buen rato y pareciera que tienes la cabeza en las nubes. ¿Podrías…?
-¿Podría dejar de ser tan Rose Weasley? –le interrumpió-. ¿Qué pasa?
Scorpius frunció el ceño. Debía estar confundido por su inusual buen humor.
-Ayer falté a Transformaciones y los apuntes de Nott solo un esquizofrénico con parkinson podría entenderlos. ¿Me prestas los tuyos?
Tan feliz estaba, que ni se molestó en retarlo por hacer referencia a los esquizofrénicos con parkinson para hacer entender que la escritura de su amigo era ilegible.
Mientras los buscaba en su mochila, el chico se inclinó sobre la mesa y le dijo en voz baja:
-¿Puedo decirte algo… quizás un poco delicado? –preguntó-. Lo que hagas no me incumbe, pero me caes bien y es mejor que lo sepas.
-Claro, dime –asintió, descolocada por sus palabras.
-No te emociones tanto con Fawcett. Él está interesado en otra.
Ya no bailaba en su interior. Primero se sorprendió y luego se enojó.
-¿Por qué dices eso?
-Porque lo oí conversando con su grupito de amigos ayer –bajó la mirada-. Además he visto cómo lo miras. De verdad te gusta y me preocupa que-
-¿Qué? ¿En que basas tu argumento en oír conversaciones ajenas como un delincuente? –le costó mentalizarse en que no podía subir el tono de voz-. Porque ciertamente eso es preocupante.
Nunca le había hablado de esa manera. De repente, sintió que estaba frente a Hugo o a alguno de sus primos, los cuales le estaban haciendo una broma pesada y el hastío hervía en su cuerpo.
-Es solo que… -cerró la boca, mirándola con intensidad. Su silencio la hizo enojar aún más-. ¿Cuán segura estás que irán a la fiesta juntos? ¿Ya te invitó?
La verdad estaba fuera de lugar. Menuda respuesta: “técnicamente no, pero hay grandes posibilidades que lo haga porque parecía interesado si ya tenía pareja o no”. Con lo que se limitó a contestarle:
-Tienes razón –tomó el cuadernillo y lo dejó caer sobre la mano que tenía apoyada sobre la mesa. Él saltó, sorprendido-. No te incumbe –cerrando con fuerza el libro que leía antes que él se le acercara, se puso de pie y se fue como un huracán.
¿Acaso quién era él para cuestionar lo que pensaba? No era su mejor amigo como para que se sintiera con la confianza de decirle todo eso. En lo único que se basaba era en haberlo escuchado hablar con sus amigos, y seguramente en el pasillo y sin mucha detención porque ellos no eran compinches ni mucho menos.
Salió de la biblioteca desorientada. Sus piernas se movían en modo automático hacia la torre de Ravenclaw, aunque no sabía hacia dónde dirigirse. Tampoco sabía qué pensar. Podía sentir oleadas de sentimientos (negativos) y sus pensamientos eran incoherentes. Lo único que tenía claro es que no le hablaría nunca más a Scorpius por entrometerse así.
Y así fue. Cada vez que se encontraba con él en los jardines o camino a alguna clase, fingía no haberlo visto. Albus le preguntó si tenía alergia a “Malfoy, porque ahora arrugas la nariz como si olieras mierda cuando alguien lo menciona”. “No quiero hablar del tema” solía decir y como último recurso “ese idiota cree que me puede dar órdenes como si no tuviera voluntad propia”.
El discurso finalmente lo concluyó. Le pidió su opinión casualmente a Dan Fawcett (“ni que hubieras estado una eternidad para tenerle tanto cariño”) y se sintió satisfecha con el resultado. No quería leer en realidad el discurso. Tenía la sensación que iba a quedarse sin voz frente a todos los concurrentes, por lo que le buscó a varios que tenían mucha personalidad y al final un compañero de Albus aceptó.
Habiéndose desecho del estrés del discurso y de los deberes de la semana, Rose se lanzó sobre un sillón de la sala común y dispuso a relajarse.
Se pasó un buen rato jugando ajedrez, manteniéndose invicta hasta que perdió contra una compañera de curso.
No tuvo tiempo de lamentarse porque Dan Fawcett se le acercó y le preguntó si podían conversar en privado.
-Claro –asintió.
Felicitando a la ganadora, lo siguió hasta la salida de la sala común. Él la halagaba por el discurso, pero realmente no lo escuchaba. ¡Ése era el momento! Por fin había llegado el día en que le iba a pedir ser su pareja para la fiesta del Club de las Eminencias.
Una vez afuera, caminaron sin rumbo alguno. Harta del prolongado silencio en el que se habían sumergido, preguntó:
-Entonces, ¿qué querías decirme?
-Pues, verás… -se rascó la nuca. Disminuyó el paso y ella le imitó-. ¿Tienes pareja para la fiesta o no?
-Aún no. ¿Por qué?
Su corazón retumbaba histérico como el tambor de un ritual africano.
-Lo que pasa es que… Esto es penoso, pero le gustas a Tom Bones –dijo, divertido-, y el muy cobarde no sabe cómo preguntarte que seas su pareja. Es por eso que si no tienes a nadie más en mente con quién ir, sería genial que se lo pidieras. O si él te lo pide, que vayas con él –explicó-. Claro, si es que no tienes otra opción. No te estoy obligando ni nada. Es solo para que lo tengas en cuenta.
Tom Bones era el chico enclenque que no debía conocer que las pociones para el acné se inventaron hacía muchísimos siglos. El que contaba y se reía de los chistes más aburridos (“estás muy tenso, deberías diluirte para que no seas una poción sobresaturada”) del mundo entero, el chico que gritaba en vez de hablar cuando tenía a alguien a menos de cincuenta centímetros de distancia, el que comía con la boca abierta y el que había ensuciado una vez sus apuntes de Encantamientos con grasa porque “estudié mientras cenaba, lo siento”.
Dan Fawcett no se había acercado los últimos días por ella para invitarla, sino para convencerla de ir con su amigo.
-¿Tú ya tienes pareja?
-Sí, iré con Beth –alzó las cejas, sonriendo como si fuera el chico más afortunado pisando la escuela.
-Ah…
-Bien, ¿qué me dices?
-Lo pensaré. Gracias –no tuvo idea si sonrió o lo dijo de manera agradable. La verdad es que no le importaba lo que él pensara de ella.
¡Estúpido! Le había dado falsas esperanzas…
Sorprendentemente, no se sentía tan mal. Ya, que el chico era guapo, simpático e inteligente; pero no estaba enamorada de él. Le gustaba mirarlo y pensar que él se sentía atraído hacia ella la hacía sentirse deseada (por muy novela rosa que sonara esto último). De hecho, hasta le daba risa que Bones fuera tan tímido como para mandar a su amigo a analizar si ella aceptaría ser o no su pareja.
Era una atracción infantil. De esas en las que se imaginaba cómo sería llamarlo con apodos cariñosos y celebrar el aniversario… Aunque no podía negar que le molestaba el hecho de haberse mostrado interés en ella. Lo había malinterpretado y tuvo un prolongado periodo rosa por ello. Debería haber sido más directo.
Suspiró y se lanzó sobre su cama. ¡Cómo odiaba las impresiones erróneas!
-Er, Weasley –Bones la alcanzó al salir de Runas Antiguas al día siguiente-. Me gustaría preguntarte algo.
-¿Si? –preguntó, tratando de parecer inadvertida de sus intenciones.
-¿Te gustaría ir a la fiesta del Club de las Eminencias conmigo?
A pesar que fuera una manera un poco controversial en la que el profesor Slughorn se rodeaba de los mejores estudiantes, estar en el Club era un honor. Al menos así pensaban todos cuando mencionaban que pertenecían a éste y otros los miraban con envidia. Que alguien del mismo Club te invitara era genial, siendo o no también partícipe del Club, porque eso quería decir que aquella persona “te ve como valiosa”, escuchó a Beth decir la noche anterior.
-Lo siento –alzó la mirada y se encontró con la persona a la que menos quería ver en ese momento: Scorpius venía caminando hacia esa dirección-. Ya tengo pareja –el estómago se le revolvió.
-Oh, no pasa nada –la sonrisa de Bones se desplomó en un segundo.
-De verdad lo lamento.
Se giró, asustada. No podía enfrentarlo. ¿Cómo? Le había advertido que a Dan Fawcett le gustaba otra chica, Beth a final de cuentas. ¡Se lo había dicho y ella le había pegado una gran patada en el culo hasta Timbuktu!
Seguramente se reiría de ella. Prefería tener que besar al calamar gigante antes que soportarlo con esa sonrisa burlona que tiene cuando se siente victorioso o conocedor de algo más importante que el otro. Esa molesta sonrisa de satisfacción. No, no iba a permitirlo.
Mientras la fiesta se acercaba, Rose tenía dos grandes problemas: no tenía pareja y no podía enfrentar a Scorpius. En cuanto a lo primero, no se sentía urgida. Tenía la esperanza que cualquiera aceptara ir con ella a último minuto, aunque no supiera a quién invitar. Le preocupaba más lo segundo. ¿Era su imaginación o justo cuando planeaba actuar como si ella siempre hubiera estado en lo correcto, él le aparecía hasta en la sopa? No es broma. Levantaba la mirada y ahí él estaba, caminando junto a sus amigos. Se encontraban en algún aula, él saliendo y ella entrando porque tenía la misma clase. Lo escuchaba reírse con sus amigos en al biblioteca.
Luego de una semana completa de evasión, se sintió rara. Rara mal, no rara positivo. A pesar de estar acompañada con algunos compañeros de curso, se sentía sola. Nadie la retaba por cargar tantos libros hasta que le obstruyeran la vista.
Fue el martes de la siguiente semana, en la tarde cuando volvieron a hablar.
Ella estaba sentada frente al lago, leyendo. Era invierno, pero aún así había sido un día soleado y templado, por lo que decidió aprovechar la luz del sol para terminar de leer la novela de suspenso que Albus le había prestado.
-Aquí tienes tus apuntes de Transformaciones –un cuadernillo cayó sobre sus piernas y el libro-. Quise devolvértelo hace tiempo, pero no tuve la oportunidad de hacerlo.
Al no recibir respuesta alguna, se sentó a su lado. ¿Acaso era tan obvio que la vergüenza la consumía por no haberle hecho caso?
El sol se ocultaba. Solo quedaba una pequeña porción de éste, dándole matices anacarados al horizonte... Era bastante ilógico que siguiera afuera leyendo. Por eso le dolía la vista, se dijo mientras cerraba los ojos. Le estaban empezando a escocer.
-Supe que Fawcett irá con Elizabeth Wyatt…
Suspiró y lo miró. Scorpius lucía tan calmado como si nada hubiera ocurrido en los últimos días.
-Le gustan las cabezas huecas con una estupidez tan grande como su culo –sentenció.
Él lanzó una larga y sonara carcajada. Ella se limitó a sonreír con tristeza y a tratar de esconderse entre sus hombros.
-Soy orgullosa –dijo, a modo de disculpa.
-Lo sé –el iris gris de sus ojos reflejaban el atardecer, acompañando a la perfección la calidez que transmitía su presencia.
Aquel día fue la primera vez se abrazaron. Y también fue cuando acordaron ir a la fiesta juntos, porque eran los únicos miembros del Club de las Eminencias que no tenían pareja aún.
La noche de la fiesta en que Rose se encontró con Scorpius en el corredor del tercer piso, supo que él era la pareja correcta.
N/A: Nota sumamente corta porque quiero subir este capítulo rápido y no hacerlos esperar tanto. Me encantó escribir la escena del lago. No sé, es como romántica sin serlo del todo. Es un romántico sutil.
¡Muchas gracias por los reviews!
Y para los que leen mi fic “La reina de las manzanas”, ya estoy escribiendo el capítulo. No estará para antes de noviembre, lo siento muchísimo. Me está costando horrores sacarlo adelante porque es el más dramático de todos (que sí, las comedias tienen su punto trágico).
Cuídense, chau.